10.9.14

El bon vino



            Un año de estos acabaré yendo antes de que empiece el curso al Muro de las Lamentaciones, como Pablo Iglesias, pero de momento mis ejercicios espirituales no salen de paisajes conocidos. Este año he peregrinado a San Millán de la Cogolla, en busca de entusiasmo, aunque preferí hospedarme con los benedictinos del Monasterio de Valvanera, a dos pasos de Anguiano, también en La Rioja. Está enclavado, nunca mejor dicho, en uno de los hondos valles de la Sierra de la Demanda, mirando al sur. Aparte de los nueve monjes que conté mientras asistía a los maitines (cantados, como manda San Gregorio, si bien no con la pericia de sus colegas de Silos), el monasterio es también hospedería, restaurante y centro de peregrinaciones y comilonas. La influencia vasca se deja ver en el aire comunal, de frontón de pueblo, que tienen los saraos que se organizan por un quítame allá esas pajas. Pero luego se van los autobuses y quedan los ecos de la sacristía, las pisadas en el suelo de madera vieja, el órgano minimalista que acompaña el rezo, las terracillas llenas de ajos y de alubias que bajan hasta el río.


En efecto, salvo que alguno tuviera dispensa, conté solo nueve monjes en maitines: dos viejos de la tierra, tres machuchos también nacionales y cuatro jóvenes filipinos. Me sorprendió, pero no tanto, porque en San Millán, ahí al lado, aún vive una docena de agustinos recoletos, que es la orden a la que después de la Desamortización se devolvió el convento, patrimonio benedictino durante siglos, y estos agustinos habían andado mucho por las Filipinas; de hecho, su condición misionera filipina fue la que les facilitó su instalación en el convento. Lo curioso es que en el de Valvanera, aún benedictino, crezcan los retoños agustinos. Indagaré más en el asunto porque por fin he podido hacerme con la imprescindible Historia de los agustinos recoletos de Ángel Martínez Cuesta. Ardo en deseos de enfrascarme en su lectura.
A los benedictinos los pude ver en una capilla aneja a la iglesia, de aire sesentero, seguramente mejor caldeada que el coro de toda la vida. Se cuidan bien los frailes: una tropa de camareras colombianas, dependientes cubanos y jardineros de la tierra (incluido el matrimonio que atendía el huerto) les hacen la vida muy sencilla, aunque uno habría esperado la sencillez del monje que planta el huerto por su mano. Entretanto, el padre prior, supongo, metido en internet desde las nueve de la mañana, cobra las tarifas de la hospedería. La cosa, en fin, adquiere, sobre todo en días de sol, el aire que tenían esos balnearios que proliferaron en las sierras franquistas. Los muros siguen siendo de piedra colorada (ignoro si allí también la llaman rodena), pero las contraventanas ya son de peuvecé, discretamente pintadas con esmalte rojo.


El único defecto que encontré en el monasterio no se debe tanto a las relajadas costumbres neobenedictinas como a las estrictas normas del Gobierno de La Rioja. Empeñados en controlar la proliferación de cabras monteses, han dejado que se enzarcen sus veredas, y así he venido, con los brazos acribillados a rasguños, como si en vez de respirar el aire puro me hubiera dedicado a los cilicios. Llevo un par de días inventando fantásticas historias para justificar esas costras en forma de runa que me llenan los brazos como si fuera un bárbaro gelono. Para cuando fui a visitar los monasterios de San Millán, me sentía como un monje troglodita de los que se fueron con el santo a las montañas.
Para un profesor de lengua española ir a San Millán es como para uno de biología visitar la casa de Darwin, a la que por cierto se puede ir andando desde el mismo Londres. Uno se alegra de que hayan sabido montar un buen complejo de turismo cultural, y siente un algo en el estómago cuando ve, labradas en mármol blanco, las célebres palabras enos sieculos de lo sieculos, que saben a octubre, a ocres de vendimia y alumnos junto al radiador. En la misma lápida están las primeras palabras escritas en vasco de las que hay constancia, izioqui dugo… Es emocionante, sobre todo antes de empezar el curso.


Todo el aparato cultural está en el monasterio de Yuso, junto al pueblo, un edificio orgánico de siglos donde conviven piedras de edad media lluviosa con fachadas renacentistas y frescos dieciochescos, conservados en sus candorosos coloretes gracias a un suelo de alabastro con poderes isotérmicos. La guía (excelente) se detenía en los conductos de aire que mantienen los cantorales sin necesidad de envasarlos al vacío, o en el envidiable suelo de barro del refectorio, en el ingenioso facistol o en la declinación del sol equinoccial, siempre con detalles interesantes para el profesor peregrino y para el jubilado amo de casa.



Pero el monasterio de las entretelas, el que uno se imagina cuando lee a Berceo, es el de Suso, allá arriba en la montaña, recoleto, medio excavado en la piedra, con cuevas que albergan cenotafios, relleno de tumbas, sobre todo las de los cuerpos, que no las cabezas, de los siete Infantes de Lara. Tan solo se conserva la planta de la iglesia, pequeña, suficiente, prerrománica, con arcos mozárabes y asientos de piedra visigótica, pero no la parte de las celdas y el scriptorium de mi amigo don Gonzalo. Todo ello, imagino, igual de escondido entre las matas, sin subir los techos por encima de los árboles, sin esa retórica del exceso que es la arquitectura posterior al románico, amén. Son nuevos los elegantes arcos de medio punto que a modo del claustro que no hubo (qué más claustro que los matorrales, si lo sabré yo) se asoman a la sierra blanda, recortada, mullida de robles y castaños, y a ese paisaje transitivo, sin excesos, en el que respiraba Berceo y en el que se incubaron esas palabras sagradas.


De hecho, al pasar por Berceo, rumbo a Nájera, con el brazo en carne viva por fuera de la ventanilla para que el airecillo de la sierra me lamiera las heridas, uno de mis acompañantes me preguntó si no me apetecía parar allí, entrar al mesón Berceo o a la tasca don Gonzalo, y yo dije, un poco pedantemente (efectos del cilicio natural, y de los años de brega) que Berceo estaba en el paisaje, en la transición de los valles feraces a los secarrales castellanos. No es ese un paisaje de monótonas hileras sino de bancales reducidos (exiguum colito), ribeteados por linderos de hierba oscura. Los álamos son chopos y se aprietan junto al río, como si fuesen acompañando al agua en un rebaño frondoso. La proporción de los bancales que se sacan de la ondulación del terreno es más humana que en Castilla. Un labrador arando (ahora, más bien, binando cepas) no es una mota perdida en el horizonte abrasador sino un señor al que casi se le ve la cara, porque el horizonte en estas tierras siempre está ahí al lado. No viven encerradas como en los valles vascos, pero cerca está la loma que los protege de los vientos fríos. Los pueblos se refugian detrás de los peñascos, a veces tapizan de tejas un collado, las casas se aprietan para dejar todo el espacio llano a los viñedos. Se ve verdura, pero no es selvático. Se siente la piedra, pero no es duro. Los viñedos al tresbolillo están plantados con el mimo y la perfección con que don Gonzalo esculpe sus alejandrinos. Triunfa el ocre presentido, el último verde intenso de las parras, los reflejos violetas de las uvas. Berceo no tenía esa melancolía que dan los pardos serrijones cuando pasas hacia el sur el puerto de Piqueras. Berceo estaba la mar de contento en su scriptorium del monasterio de Suso, y la paz interior se reflejaba en el amor que le ponía a las palabras. Se ha entendido mal lo de las monótonas hileras, creo. Machado soñaba en Soria con Berceo, pero si hubiera ido a leer sus versos al monasterio de la Valvanera se habría detenido más en el calor cercano. La sopa de convento no le habría sabido a tocino rancio sino, como a mí, a apio recién cogido en los huertecillos donde casi me despellejo. De hecho, si seguimos ascendiendo por aquel barranco de matojos fue porque pasamos junto a un manzano bien podado. Por el hombre, no por las cabras.



2 comentarios:

  1. Anónimo10:33 p. m.

    Que buen paseo me has dado. Cuando vaya, si voy, me llevaré este escrito para ir comparando.
    Juan Carlos Navarro

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  2. Me alegra que hayas vuelto por aquí. Estuvimos, mi entonces novia y yo, en el Monasterio de la Valvanera por el año 82, más o menos, con el 127, y cenamos y dormimos una noche, y desayunamos también, supongo. Llegamos porque, a esas horas, por aquellas carreteras de entonces y sin reservar, que era lo normal, no había nada más. La cena fue frugal, tal como dijo el monje, y mi recuerdo de aquello es agradable, como casi siempre. Me ha hecho gracia recordarlo a través de ti.

    Un abrazo

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