30.9.14

Los límites

  

Así empieza lo malo es la mejor novela de Javier Marías. Lo digo con la misma convicción con la que, cuando salió Los enamoramientos, tan premiada, tan agasajada, escribí que era un petardo, una novela fallida, acaso la peor. Pero ahora, después de beberme en tres tragos Así empieza lo malo, con la voracidad del placer creciente, he vuelto a leer aquella bernardina y la verdad es que no tengo que pensar mucho para escribir esta otra: todo lo que en Los enamoramientos  le salió mal, aquí lo borda, mejor que nunca en algunos aspectos. Como diría el Profesor Rico, lo cortés no quita lo emoliente.     
               Es la mejor novela que ha escrito porque, para empezar, es una novela, una convención narrativa con sus límites y sus proporciones. A partir, sobre todo, de Negra espalda del tiempo, las novelas de Marías, las buenas, eran más bien grandes libros. Aquellas mezclas de realidad y de ficción resultaban muy interesantes pero empezaban a saltarse ciertas convenciones novelescas, sobre todo las relativas a la presencia del narrador y, en consecuencia, a la autonomía de la narración, que es lo que sucede cuando un novelista pretende romper las hechuras de una novela y lo que le sale es un brillante ejercicio que por convención llamamos novela. Hasta tal punto esto sucede que deberíamos agregar un nuevo nombre, o especializar el de novela solo para aquellas que respeten unas determinadas proporciones, las que sean, las suficientes para que el lector viva con placer creciente otras vidas, y no se limite a disfrutar de la prosa del autor o de sus pensamientos. Del mismo modo, uno disfrutó como un loco de Tu rostro mañana, aunque ahora pienso que lo que de veras disfruté fue la prosa de Marías, no unos personajes que con el tiempo, con el relativamente poco tiempo, se me han empezado ya a difuminar. Lo malo de las normas es que a fin de cuentas suponen la única garantía de perdurabilidad.
               Y eso que el principio de la novela, quizá por eso del “aburrimiento previo, para que la curiosidad y la invención despierten” que el narrador comenta entre paréntesis poco antes del relato final, me había parecido lo que creo que les ha parecido a los críticos aduladores, otro Marías, otra piedra en la gran construcción narrativa y tal y cual. Nada de eso. Después de ese aburrimiento previo, de ese ya está otra vez aquí el Marías con su prosa subjuntiva, ocurre algo que es lo que me sigue moviendo, a mi edad, a leer novelas, ese momento de plenitud eufórica en el que la novela empieza a correr a rienda suelta, el globo a ascender, la balsa a flotar, el niño a caminar, y el autor (el cochero, el piloto, el padre) tan solo tiene que vigilar que no se desboque, que no se dispare, que no se hunda, que no se caiga, casi siempre con las manos preparadas para actuar y la sonrisa complacida de quien siente que no es necesaria su ayuda. Este momento sucede con la aparición de Beatriz Noguera, el gran personaje de esta novela y de muchas otras. Los personajes son creaciones, pero también criaturas que crecen, y Beatriz no deja de crecer.
               De modo que, para empezar, este Marías no es otro Marías; es la novela de Beatriz Noguera, la esposa del director de cine Muriel, con quien mantiene una relación insoportable, la del matrimonio que no se habla, la del marido ya ofendido para siempre que si mantiene las apariencias es por los hijos o porque no había divorcio en España o incluso por la fuerza de la costumbre, que puede hasta con las situaciones más insostenibles. El joven Marías, en la novela el joven De Vere, con veintitrés años, en el Madrid desmelenado de los primeros ochenta, entra al servicio del director, uno de esos personajes muy artificiales de Marías que sin embargo resultan consistentes, en este caso porque recuerda mucho a otro personaje real y eso le da un, digamos, suplemento de verosimilitud.
               La circunstancia biográfica a la que, dice, ha acudido Marías, es que por aquellos años él trabajó para su tío Jesús Franco, Jess Frank, el santo patrón de la serie B española, especializado en vampirismo lésbico. Santiago Segura, que actuó en alguna de sus miles de películas, decía que era muy fácil trabajar con él: tal y como lo hicieses a la primera, bien, mal, regular o desastrosamente, Franco lo daba por bueno. Desde luego que Marías se encarga de sacar a un personaje llamado Jesús Franco que no es el director Muriel, de complexión y rasgos muy diferentes, a veces opuestos, y con un toque de figurante cómico que va corriendo a todas partes. Uno supone que lo hace para que nadie identifique al director Muriel con su tío, digo yo, pero sobre todo, y de esto estoy seguro (vaya, seguro…), para que no se confunda a la desdichada Beatriz Noguera con Lina Romay, esposa de Jesús Franco, ambas, no obstante, de belleza rotunda, frutal, y ambas con los dientes separados.
               Pero Muriel no está inspirado en el vivaracho Franco sino en Juan Benet, y eso lo detecta a la primera cualquiera que haya leído, por ejemplo, el prólogo que escribió Marías a la edición en un solo volumen de Herrumbrosas lanzas, en Alfaguara, y más de algún artículo en el que habla de los tiempos en los que él era El joven Marías igual que Pombo era El señor Pombo y el impertinente Rico El profesor Rico, en un chalet del Viso que también aparece en esta novela, así como un automóvil inglés, con el volante a la derecha, como el que tenía Benet. Pero bastará con esas cartas de Benet que publica Marías en las que le pide algunos libros sobre la Guerra Civil norteamericana para darse cuenta de que el tono de Muriel es sin duda el de Benet. Lo cual, todo lo más, contribuye a vivificarlo, a que no sea Marías hablando también, sino otro que no es Marías o más bien otro al que imita Marías mientras lo recuerda de aquella lejana época. El efecto, en todo caso, funciona estupendamente.
               No caben conjeturas biográficas porque, aunque uno se la imagine como a Lina Romay, Beatriz Noguera es de la estirpe de Clare Bayes, más que de la reincidente Luisa, quiero decir que su atractivo lánguido, su desesperación tranquila me cuadra más con la manera que tenía Marías de admirar a Clare Bayes. Beatriz aparece una noche en la novela, tratando de congraciarse con su marido, y Marías observa desde uno de esos puestos de observación ridículos que busca siempre Marías, esta vez hasta subido a un árbol, y contempla y describe a un personaje en el que irá entrando poco a poco, narrativa y hasta físicamente, a la que irá pintando capítulo a capítulo, consciente de que cada vez que la deja la novela la extraña, y quizá sea esa la razón por la que decidió incluirla en el levemente forzado episodio del doctor Van Nosequé, el malo de la película, sobre todo porque a la postre es el único cabo que se queda sin atar: ¿sometía el pediatra hijo de puta a Beatriz a algún tipo de chantaje, a pagar por algo que no debiera saberse?
               Beatriz, además, es desde luego el más explícito acercamiento de Marías al erotismo, tratado con un naturalismo sorprendente por preciso, por verosímil, ocupado de lo que uno siente más, aunque no solo, que de lo que uno toca, pero sobre todo de la conciencia de estar tocando. Esa operación la ha hecho todo joven cazador que manosea a su presa solo para fijar el momento en el recuerdo. Por eso los jóvenes aprietan tanto, porque así se hacen más cargo de su situación, la memorizan, o eso creen. Qué bien tratado está este punto de vista, incluido el deseo un poco decadente, algo morboso, del narrador hacia Beatriz. Hubo un párrafo en el que la describía desmejorada, después del espléndido episodio del hotel Wellington, que a mí me recordó un poco a la Concha de Valle-Inclán, ese cinismo elegante, desde luego nada estentóreo ni machacón ni mucho menos desagradable, que es lo más corriente.
               Cuando una novela es novela, cuando vuela, cuando está viva, todo queda sometido a la fruición, a la entrega, y lo que con otro ritmo menos absorbente podrían parecer soluciones artificiosas (o, como en el caso del porqué más importante de todos, un conejo salido de un sombrero; eso sí, impresionante), en el imparable discurrir, tan bien medido, encaja con la naturalidad que siguen manteniendo sus principales personajes. Más de cartón es el malo, Van Nosequé, y no tan postizo y cargante como en su anterior novela el de todos modos cargante Francisco Rico, esta vez tratado también con mucha más gracia y con un recurso del todo dickensiano: llenarlo de tics lingüísticos, de palabras incomprensibles y modismos modificados y léxico en desuso, muy divertido.
               Sin embargo uno acaba tan contento que hasta la condición postiza del malo le parece adecuada, y eso por una razón que vale para la novela entera. Hay en ella mucho de pastiche, como cuando Marías empezaba. Pastiche de las típicas frases de película negra, de los clásicos espionajes, que en realidad no es pastiche sino el lenguaje de la ficción, el mismo que le ha exigido trabajarse el argumento, el desarrollo, mucho más que en esas otras novelas en que todo lo fiaba a la sintaxis y la documentación hipotética. Y el mismo que le ha impuesto un tempo narrativo impecable que exigía que Marías narrase sin dar la lata. A cambio, el artista Marías, que en esta novela no deja de pensar por la lengua de Shakespeare, se permite fragmentos, episodios, solos de prosa, el del suicidio por encima de todos, pero bastantes otros dedicados a esa descomposición del tiempo verbal en que consisten muchas veces sus digresiones. Eso sí, todos colocados como descanso necesario, como remanso de una acción desbocada, como interludio, o como esos pasos lentos que da el torero antes de comenzar una frenética tanda de naturales. Digamos que el Marías de siempre se sale para que pase la comitiva, escribe sus reflexiones subordinadas desde un discreto balcón, y en todo caso siempre son comprensivas, por lo menos siempre con Beatriz, y casi siempre con Muriel. Queremos porque comprendemos, porque creemos estar en posesión de lo que los demás no ven. Y una buena novela necesita que tengas afecto por el héroe, así de simple.
               No es mucha la ambientación del Madrid de la Movida, desde luego, más allá de unos cuantos nombres de bares y otros tantos lugares comunes. La verdadera ambientación es cómo está escrita la novela, como se hacía entonces, como él hizo entonces, con una estructura de parodia que se surte de géneros diversos populares y entra en bucles narrativos que la complican y le dan intensidad. Pero una buena novela no puede ser solo un pastiche, debe trascenderlo, otro de los logros que Marías debe a Beatriz Noguera, sin duda. El pastiche es solo el punto de partida, no un mero corta pega, como suele ser. La novela responde por sí misma, no hay broma que dure tantas páginas si no funciona como novela profunda, atenta a los detalles que solemos ver a solas y en silencio, y a veces no queremos formular y otras no conseguimos atrapar. Para eso está una novela también, para poner en palabras sentimientos compartidos. Y aquí, a pesar del envoltorio paródico, pero gracias a los grandes personajes, hay mucho sentimiento que compartir, cosas que sabemos que se sienten, o que incluso hemos sentido.

Javier Marías, Así empieza lo malo, Alfaguara, 2014, 534 pp.

11 comentarios:

  1. Tus recomendaciones, amigo Antonio, nunca caen en saco roto... Tengo muchísima confianza en tu criterio literario.
    Un abrazo

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    1. Un poco maximalista estoy últimamente, pero también harto de críticas complacientes y descafeinadas, aunque sean elogiosas. Gracias por seguir pasándote, Luis Antonio.

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  2. Hablando de Romay, ¿no es acaso la moza que aparece en la cabecera del blog de Marías? Juraría que sí.

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    1. No me extrañaría nada pero nada. Si es un fotograma, es difícil de identificar, porque en sus películas hay tal lío de culos que no se distinguen bien las caras.

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  3. Anónimo8:13 p. m.

    Excelente y sabroso comentario.Gracias por el placer lector y su punto de vista

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  4. Anónimo9:24 a. m.

    Aquí un lector asiduo (y de largo recorrido) de Marías está totalmente de acuerdo. En las páginas de esta última novela tenemos al mejor Marías, que no es otra cosa que el Marías de "Tu rostro mañana", pero condensado en una novela (aquél fue el desparramado y despeinado, el excesivo, expandido, entregado) de 500 páginas, que hoy en día ya es decir, aunque para el desarrollo narrativo de Marías le viene como anillo al dedo. El "experimento" de Los enamoramientos fue otra cosa, mucho más light, descafeinada y ligera o liviana (quitando la digresión sobre el peligro - o no - de desear la muerte del ser querido); y precisamente triunfó en ventas y premios. Probablemente con este no triunfe tanto (es más "sucio", más carnal, menos refinado, dirán) pero a nosotros nos da igual, podremos ir diciendo por ahí aquello de así empieza lo malo y atrás queda lo peor.
    O puede que no, que siga triunfando y acabe en Nobel, aunque mala influencia tenga dichoso premio en el que recae
    Saludos y enhorabuena por el blog (especialmente los comentarios sobre Faulkner y Baroja)

    Destevaster

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    1. Gracias por recordarme que aún me queda alguna que otra novela de Faulkner y de Baroja por comentar. Cuando uno termina una buena novela, lo pasa mal hasta que da con la siguiente lectura. Y por el comentario, vaya.

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  5. conde-duque10:45 p. m.

    Leída tu entrada, no puedo no leerlo.
    Creo que va a ser una de mis (pen)últimas tentativas con el género novela.
    O me vuelvo converso o me perderé para siempre.
    Ojalá que ni una cosa ni la otra.
    Un saludo.
    E.

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  6. ¡Hombre, Ernesto! Te va a gustar. Yo es que decidí no hacerle caso a Pla...

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  7. Y eso que todavía no he llegado a los 40...
    A lo mejor me sale todo al contrario de lo que decía Pla y empiezo justo a leer novelas a los 40.
    E.

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