25.9.14

Enciclopedia del decadentismo



A contrapelo, de Joris-Karl Huysmans, es uno de esos raros libros que a pesar de ser novelas muy malas, o quizá por eso, quién sabe, se convierten sin embargo en documentos imprescindibles, hitos de la literatura, biblias de esto y de lo otro. Precisamente todo lo que lo hace ser mala novela es lo que se lleva más de un siglo citando como modelo de modernidad. Y la verdad es que cuadra con el espíritu del decadentismo esa sensación de progresivo adocenamiento que se va apoderando del libro, ese sustituir el ingenio y la imaginación por ristras de palabras exóticas. Pero siempre se ha vendido como una novela, y como tal hay que juzgarla.
            Habría resultado, quizá, mucho más honesto prescindir del protagonista ficticio y presentarlo como un ensayo sobre el artista moderno. Pero entonces tampoco se habría sostenido en el tabernáculo en el que lo tenemos. Este libro es famoso más allá de la erudición literaria porque parte de un mito suficiente, es decir, por su condición de novela. Lo malo es que el mito, que empieza muy bien, se queda en su formulación, en una frase de recuerdo.
            Es el mito, tampoco novedoso pero siempre actual, de la torre de marfil. El ocioso Des Esseintes abandona el mundanal ruido y se refugia en el campo, pero en vez de dedicarse a plantar cebollas se encierra en su casa y la decora con arreglo a la sensibilidad estética que no puede disfrutar en contacto con el mundo real. Algunas de sus primeras decisiones son muy ingeniosas: vestir una habitación con un decorado sobrio y humilde en sus formas pero lujosísimo en sus materiales, pintar las paredes de naranja (como Houellebecq, curiosamente), o dedicarse a comprar flores naturales que parezcan artificiales, incluida la proustiana catleya, “esta orquídea que hacía florecer los más ingratos recuerdos”. Incluso es interesante su primer alarde de erudición, cuando está recopilando títulos para su biblioteca y, de paso, encaja un ensayo sobre la poesía romana en el que dice los lugares comunes que siempre han dicho los decadentistas, que Virgilio es árido y pomposo y que el gran poeta es Lucano, que los historiadores (salvo Tácito, ¿qué tendrá Tácito que ni los más disolventes provocadores se atreven a decir que no les gusta?) le interesan menos que Petronio, y que Petronio es la leche.
            Esta disertación sobre historia de la literatura romana es gratuita en el detalle y reveladora en su conjunto. Los decadentistas se fijaban en el modelo de putrefacción del imperio romano para imitar las irisaciones de sus gangrenas y tapizar con ellas sus guaridas. Les atrae el desequilibrio formal, el exceso, el refinamiento morboso, la provocación. Pero resulta que Petronio, además de ser el cronista de la putrefacción moral, es un realista de primerísima línea que no se contenta con excursos eruditos, y que hace maravillosamente algo de lo que Des Essientes, enfermo del estómago, no se siente capaz: describir la comida.
            Es eso lo que pierde a este libro, la erudición decorativa, como es lo que desde antiguo, desde Apolonio de Rodas por lo menos, se reprocha a los modernos, que se enjugacen con las palabras, que se entretengan con los sonidos, que se preocupen exclusivamente del estilo y de quien ha de leer sus escritos, y practiquen, en consecuencia, esa pena de impotencia narrativa. A Flaubert no le ocurría, claro, porque Flaubert, además, tenía imaginación y sabía narrar. Huysmans lo sabe y babea cada vez que nombra a Flaubert, e incluso le toma prestada alguna que otra frase, como cuando dice aquello de “un candor maternal cuya dulzura afianza y proporciona, por así decirlo, el interesante remordimiento de una especie de incesto”, que es, con más palabras, peor dicho, lo que sintió Frederick cuando por fin tuvo a tiro a Madame Arnoux.
            Y no solo a Flaubert. “La admiración que sentía por Baudelaire no tenía límites”, pero le faltaba la sangre. Lo nombra constantemente pero solo a veces lo vemos acercarse, cuando cuenta cómo intentó pervertir a un muchacho del arroyo dándole dinero regularmente durante algún tiempo, a cambio de nada, de su propia perdición; o cuando discursea sobre la superioridad moral de los prostíbulos con respecto a los cafés, donde retrata muy bien, todo hay que decirlo, el sentimiento de falsa victoria que anima a quienes pretenden ligar en vez de pagar; o, sobre todo, cuando decide marchar a Londres, por motivos de mera estética, y antes de emprender el viaje ya ha sido capaz de imaginarse con todo detalle lo que va a sentir, de modo que se vuelve otra vez a su casa.
            Por cierto que, a propósito de este viaje, Huysmans, que ha abandonado hace rato al personaje y ahora se dedica él a resumir la historia de la literatura contemporánea, suelta otra de esas tontadas que nos hacen sospechar que la superficialidad estética de los decadentes no es más que trasunto, muchas veces, de su superficialidad cerebral. Cada vez que leo a Rubén Darío, además de paladear la descarada sonoridad de sus versos, no puedo dejar de pensar que eso solo puede ser obra de un escritor un poco tonto. Y así dice Huysmans, el infeliz: “trató de airearse el cerebro leyendo esos libros tan apreciados por los convalecientes y los alicaídos que no se sienten con fuerzas para leer obras más consistentes y jugosas: las novelas de Dickens”. Si hubiese sido todavía más moderno, habría disertado sobre la sensación de estar leyendo un novelón de Dickens, el tipo de ropa que apetece ponerse, la clase de suelo donde anima a pisar, el repertorio de pensamientos que sobrevienen cuando se cierra el libro, la imagen que uno compone mientras se va traduciendo a sí mismo a la condición de personaje dickensiano.


            Puede ser que este desprecio incomprensible se sustente en lo que tampoco aceptaba de sí mismo. Huysmans fue naturalista ortodoxo hasta que se refugió en este decadentismo de aromas excesivos. Pero el suyo, ahora, sobre todo ahora, suena a decadentismo de enciclopedia, eso que tanto detestaba Umbral, nuestro último decadente. Hacia el final del libro, el protagonista y autor da con una descripción de sí mismo que es una de esas raras gemas narrativas que de vez en cuando flotan por el libro pero nunca terminan de prosperar:

La imperfección misma le agradaba, con tal de que no fuera ni parásita ni servil, y tal vez había una cierta dosis de verdad en su teoría según la cual el escritor de segunda fila en la decadencia, el escritor con personalidad propia, aunque sea imperfecto e incompleto, destila un bálsamo más irritante, más apetitoso, más excitante e incisivo que un artista consumado y perfecto de la misma época. En su opinión, era justamente entre los turbulentos esbozos de estos autores donde se podían encontrar las exaltaciones más refinadas y más mórbidas de la psicología, las distorsiones más atrevidas y exageradas de la lengua obligándola, a pesar de sus últimas resistencias, a contener y a admitir la sal efervescente de las sensaciones y de las ideas.

            Esto es, muy verosímilmente, lo que Huysmans pensaba de sí mismo, que era un escritor menor en el que bullían las genialidades, como un río de agua turbia donde saltan truchas con escamas de colores. Y así encontramos una porción de buenos ejemplos de casi todo lo que tiene que ver con la modernidad: los alardes sinestésicos, el desarrollo de una novela lírica que había empezado su maestro Baudelaire con los petit poèmes, tan presentes en Huysmans; la incorporación de filósofos que teorizasen sobre la modorra (Schopenhauer) y poetas que supieran describir con música el horror (Poe); el gusto por contar la infancia en un colegio de jesuitas, y que pronto se convertiría en género; el onirismo presurrealista (Bretón lo citó mucho), la galería de modernos (Villiers, D’Aurebilly, los que leía Valle-Inclán), los rataplanes musicales que prefiguran obras tan posteriores como el Concierto barroco de Carpentier, y, en fin, unas cuantas páginas que necesariamente nos llevan a Proust.
            Hay de todo, sí, pero como en un catálogo, sin auténticas corrientes internas, sin los riesgos del desarrollo, sin zambullirse en las sensaciones que describe más allá del oropel verboso con que las decora. Le falta eso, la comida, el buen color, lo que tenía Petronio, de modo que cuando quiere abrochar el libro con algo impactante, subversivo, epatante, no se le ocurre otra cosa que curarse del estómago metiéndose lavativas de caldo concentrado, como Cela.
            Seguiremos, claro, hablando de la biblia del decadentismo, y seleccionaremos sus párrafos para ilustrar los temas de literatura, pero no sé si nos lo volveremos a leer entero, desde luego no en esta penosa edición, ya vieja, de Juan Herrero. Uno agradece el esfuerzo del traductor, que debió de dejarse los dedos en los diccionarios, pero la cantidad de errores de puntuación y faltas de ortografía es impropia de una colección como esta, por no hablar de lo pleonásticamente generoso que se muestra el editor en las notas a pie de página, extensos párrafos en los que nos cuenta, por ejemplo, la biografía de Edgar Allan Poe, o nos explica las páginas recién traducidas, como si no las hubiésemos entendido. Sabe mal decir esto porque traducir a este tipo debe de ser bastante complicado, pero el tema de los correctores es algo que me saca de mis casillas. Quizá no es culpa del traductor y solo del corrector, o de una máquina, yo qué sé, lo que sea, pero creo que si no he podido disfrutar de la novela es porque cada vez que me topaba con una coma mal puesta sentía como si en mitad de un canto gregoriano escuchado entre penumbras de colegiata un turista se pusiese a toser. 
            Lo que sí permanecerá es el mito, el personaje que construye un mundo aparte, el misántropo por supervivencia, el héroe silencioso que escucha los movimientos de su espíritu. Aunque solo sea por la oportunidad que da este libro de pensar en ello (y de recopilar ingentes materiales para clase), ya merece la pena.



Joris-Karl Huysmans, A contrapelo, trad. Juan Herrero, Cátedra, 1984, 368 pp.

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