29.10.14

La corta distancia

            

Los caminos del mundo está compuesto de dos novelas cortas y un relato. El propio Baroja facilitó el camino a bastantes críticos negando que la longitud de sus novelas tuviera que ver con ningún subgénero. Teniendo en cuenta que en las tres piezas aparece Aviraneta, lo único que distingue al conjunto de una novela es que se habla de tres tiempos distintos con tres narradores diferentes. Baroja ya nos ha acostumbrado a eso desde su primera entrega, a eso que Benet llamó la disgregación de la novela y que vale como excusa y como análisis.
Yo prefiero no insistir en esos lugares comunes de la condición proteica o, para citar al propio autor, de la ausencia de alfa y de omega. Eso lo dijo Baroja cuando ya no escribía novelas sino reportajes dialogados, pero hasta 1934 siempre hay un propósito de unidad novelística, sea la novela larga, como sucedía con El escuadrón del Brigante, o sea la novela corta, como sucede con las que forman Los caminos del mundo. No solo no pasa nada por considerarlas como entidades autónomas en vez de como fragmentos de un todo, sino que además suelen salir ganando si así se las mira.

La culta Europa

            La primera novela corta es un fragmento de las memorias que Ignacio de Arteaga, hijo de la marquesa de Monte-Hermoso, escribió durante su confinamiento en Chalon del Saona, un sitio la mar de cómodo para estar preso donde hay varias tertulias barojianas para pasar la tarde. Al final de El escuadrón del Brigante, Aviraneta se había comprometido con la marquesa a liberar a su hijo.
            El narrador es un realista convencido que aún no ha terminado de desengañarse con Fernando VII; un amante de la vieja aristocracia que habla, sobre todo al principio, como los señoritos de sangre azul. Eso hasta que se encuentra con Aviraneta, con quien no comparte ideas pero sí objetivos políticos y, sobre todo, ganas de salir de allí.
            Así que la novela, con peripecias de disfraces, narra la huida de Arteaga y Aviraneta, su paso por Alemania y Holanda y su final en Inglaterra. Con ellos, además del ayudante Ganish, que va y viene y desaparece, viaja Corina, que, salvo en una escena del principio en la que ella y su amiga Gilberta se tiran a Arteaga y a su amigo Ribero, la verdad es que no tiene papel.
            Cuando Leguía, el narrador principal de las Memorias, encuentra estos papeles de Arteaga, siente al principio aversión hacia una narración que le parecía “petulante, con ínfulas aristocráticas y disertaciones genealógicas”. Del narrador dice que “expresaba ideas reaccionarias”, “perjudiciales y anticuadas”. Y remata: “Iba pasando las páginas del cuaderno sin gran curiosidad, cuando tropecé con el nombre de Aviraneta”. Eso sucede en la página 44 de una novela que tiene 135. En esas 44 páginas Baroja ensaya un modo de narrar que llevaba usando desde Los últimos románticos: es la novela de hotel extranjero, las tertulias de gente de diferentes nacionalidades, llena de diplomáticos viejos y gordos y señoritas atractivas y libertinas. Es la novela de pensión pero con gente frívola y cosmopolita en vez de curas y comisionistas. Es una novela con más estrellas.
            Lo divertido es ver cómo Baroja interpreta esa voz que no le gusta. Ensaya el retrato de lo que no es, ni Aviraneta ni Leguía ni él, y lo hace a base de complementos románticos:

            Tuve una época de fiebres y quedé entistecido, aburrido y abandonado. Se me hincharon las articulaciones de las manos y de los pies. En vez de llamar a un médico, no hice caso.
            Por entonces, y en la cama, comencé a leer las obras de Chateaubriand que me había prestado la señorita de Angennes, sobrina de Monsieur de Saint-Trivier.
(…)
            ¡Oh René! ¡Yo he vivido tu vida, he sentido los mismos grandes deseos, el mismo desdén por los vulgares menesteres de la existencia cotidiana, la misma desgarradora pena, la misma niebla espesa de melancolía!

            Afortunadamente, Baroja no insiste mucho en este tono relamido y prefiere escribir con su estilo, y en primera persona, ideas que no comparte. De paso, presenta un cuadro de realistas contra constitucionalistas, reaccionarios contra liberales. Cuando llega Aviraneta a la novela, Baroja cierra el libro de Chateaubriand y se pone a preparar la fuga.
            No nos interesa demasiado aquí el aparato histórico, pero sí la representación de El burgués gentilhombre que todos estos ilustres confinados organizan para divertirse, y el coqueto carnaval con los mismos trajes de teatro. Baroja pinta una acuarela de currutacos y chichisbeos, y en la pieza de Moliére nos viene otra vez Galdós a la memoria, esa teatral La corte de Carlos IV , que sigue siendo uno de los Episodios que más me divierten. No falta el viejo y gordo y la mujer ardiente y resultona, en este caso el matrimonio de Monsieur de Montrever y Gilberta, nombre falso, como todo en esas vidas, que sin embargo deja alguna descripción especialmente sabrosa. Del marido ingenuo dice Baroja que era “un hombre grueso, fuerte, abultado de abdomen, de cabeza redonda, muy calva, patillas pequeñas, nariz corta, y la barba rodeada de tres arrugas de papada”. Con esa pluma de destazar no se puede escribir como escribía Saint-Simon. En todo caso, cuando llega Aviraneta el narrador se deja de posturas.
            A partir de entonces viene lo peor y lo mejor de esta novela. Lo peor es que la fuga se convierte en un reportaje de turismo sin vida. El propio Baroja decía que el viaje estaba hecho “a base de guías antiguas y de estampas”, lo que no quiere decir que abunden las descripciones. Hay dos, la de Utrech y la de Carlsruhe, que sí pueden responder a esa imagen apagada. Pero la de Utrech, por ejemplo, tiene, precisamente, el encanto de una estampa, un encanto propio, no como remedo. Y eso que en ella Baroja comete un error rarísimo en él. Repite en dos párrafos sucesivos la misma expresión: “todo muy ordenado”, y no parece que lo haya hecho adrede.
Sin embargo, entre estampa y estampa, el viaje no deja de ser una retahíla de lugares y tipos extranjeros que hablan mal de los países que no son suyos, con un Ganish que está entre Sancho Panza y los graciosos de teatro, y unas cuantas escenas de humor, alguna de humor negro. También es cervantino el gusto por los disfraces e incluso por el intercambio de disfraces, algo que también aparecía en El escuadrón del Brigante y que ya entonces me recordó a Restauración, la comedia de Eduardo Mendoza.
            Las discusiones siempre son parecidas: “El realista acusaba a Aviraneta de mal español, porque deseaba el triunfo de napoleón contra los aliados; y Aviraneta acusaba al realista de mal francés, porque aspiraba a que los extranjeros venciesen en su patria y realizaran los planes ultraconservadores de Metternich”. Corina, en una de sus escasas intervenciones, suelta una soflama pangermánica: “En toda nación es necesaria una aristocracia inteligente que dirija y una masa que siga, y por lo que ustedes dicen, en España no tienen ni pueblo ni aristocracia.” La novela transcurre en 1813 pero las palabras, escuchadas cien años después, suenan muy elocuentes. Un embajador que se dedica a la cría de pajaritos suelta la tontería del aristócrata de revenido abolengo: “¿Es que usted cree, mi querido señor, que se pierde algo con que mueran cuarenta o cincuenta mil individuos de canalla humana?” Y así sucesivamente.
            Baroja decidió meter la trama en la maleta y limitarse a viajar, pero en ese viaje uno encuentra el germen de lo que años más tarde sería Agonías denuestro tiempo, a mi modo de ver una de sus mejores trilogías. Solo como anticipo de aquellos futuros viajes por Holanda, ya sin estampas, ya con sitios vistos y pisados, ya creo que esta novela corta tiene mucho interés.
            Por lo demás, nos quedaremos con algunas perlas sueltas: la historia macabra “del tabernero de cara triste e indiferente”, tremenda; la historia de la criada rubicunda, con una escena de techo roto y culo en pompa; la del burgomaestre de Altenkirshen, que deseaba la muerte a todos los militares; la historia del alemán “grueso y rojo” que estornudaba en el plato; o, en fin, en el colmo de la incomprensión entre naciones, la del chino relativista.
            Vista así, como viaje con escenas, con escenas tan cervantinas como la del culo de la holandesa, la novela es una breve sucesión de historias apuntadas, pero cuyos personajes más interesantes se quedan sin desarrollo. Si Corina se pone a actuar, a Baroja se le va de páginas la novelilla. Si en vez de mirar cuatro estampas viejas hubiera viajado por los lugares de la ficción, habría escrito Elgran torbellino del mundo.

una intriga tenebrosa

            Tras el acostumbrado prólogo de Leguía, la historia la cuenta el barón de Oinquina, un afrancesado que, en París y en 1840, recuerda una conspiración liberal para matar a Fernando VII que se organizó en 1814. En esa conspiración estaba el general Renovales, de quien Baroja tenía documentos inéditos que incorporar a la novela.
            En esa conspiración está Aviraneta, y es la monda. En bastantes fases de la novela se transparenta que Baroja se lo está pasando en grande, con ese Oriente Montijano que organiza una red de conspiradores masónicos que se comunica con un cajón de zapatero puesto en plena calle, donde meten con disimulo los mensajes secretos. En ese tono un poco disparatado con que transcurre todo brilla la aparición de María Visconti, que llega a la novela para vengar la muerte de su hermano. Ella y Conchita, tu Conchita, son las dos mujeres que, a diferencia de la anterior novela corta, sí tienen más de una frase. Esta María, mezclada con la Coral de la última novela corta, sabe otra vez a Mendoza. Conchita es al narrador lo que Corito es a Leguía, solo que en este caso el novio rescata a la muchacha de las garras de su padre.
            Pero María Visconti sí entra en la trama. Su narración de cómo el cura inquisidor dejó morir a su hermano por una tontería de nada deja embobados a Oiquina, a Aviraneta y al lector, y Baroja aprovecha para continuar la narración en una historia de parejas dobles disfrazadas, tan habitual en estas últimas novelas, hasta que interrumpe la trama con unas cuantas páginas sobre Renovales.
            Cuando se reanuda, empieza el divertido relato de cómo intentó ponerse en práctica la conspiración. La novela baja a las callejuelas de Madrid con Fernando VII y su querida, Pepa la Malagueña, y unos preparativos del magnicidio llenos de zaguanes oscuros y escaleras crujientes y ventanucos, de pisos de alquiler y patios traseros de inmundas pensiones. Baroja siempre escoge los raptos y las emboscadas porque así describe cuartos antiguos y callejones sin luz. En medio de los hilarantes preparativos, saca a pasear a Corpas, uno de esos malos que con diferentes nombres siempre irán acechando a Aviraneta de ahora en adelante. En este espionaje de vecindario, no falta una reunión clandestina en la que todos se ponen ciegos de vino, incluido Aviraneta, pero también un cura repulsivo, el padre Madruga, “pequeño, negro, de movimientos rápidos y violentos. Tenía los ojos brillantes de un animal selvático, el afeitado de la barba muy azul, la boca saliente, con morro, y los dientes amarillos”. Este cura resulta ser el objetivo de la venganza de María Coral, digo, de María Visconti.
            Y la acción está, para entendernos, entre Pepe Gotera y Otilio y La venganza de El Zorro: “Lo detuve y forcejeamos. Estábamos luchando, cuando a la luz de la linterna apareció Aviraneta, de pronto, con un antifaz negro en la cara y un puñal en la mano derecha”. Como en muchas otras novelas, la cosa termina como el rosario de la Aurora, a las afueras de Madrid, en una venta abandonada donde vive un verdugo que es como aquel que aparece en Lafamilia de Errotacho y que tiene una presencia de ánimo admirable.
            La novelilla es, insisto, muy divertida, y creciente el recuerdo de Eduardo Mendoza. Quizá nos habríamos apañado igual sin esas páginas de Renovales, que remansan un poco el desenfadado cabalgar de la novela, y en su lugar habríamos pasado más rato con la fascinante María Visconti. Pero en más de una novela se nota que Baroja remete los datos todos juntos, como si los encuadernase de ficción. En este caso, el coronel Renovales está en un cartapacio que Baroja mete dentro de una acción un tanto desmadrada cuya gracia reside precisamente en sus limitaciones. Las estratagemas de Baroja son de andar por casa. Los astucias de Aviraneta, recursos de ahorrador. No creo que haya habido nunca un héroe de acción que saliese más barato que Aviraneta. Con una cuerda y un trastero tiene más que suficiente para atentar contra Su Majestad el Rey.

La mano cortada

            La tercera pieza es la más breve de todas y la más desmadrada. Es, dice el subtítulo, una historia de tierra caliente, lo que nos cuelga irremediablemente del prejuicio de compararla con la Sonata de estío. Aquí Baroja se deja llevar del buen humor, y en ningún momento echamos de menos a la niña Chole. Es otra cosa.
            La historia la cuenta don José Antonio Alzate, un vasco que coincidió en Méjico con Aviraneta, y que habla, en presencia de Leguía, en la botica de don Rafael Baroja. Sucede entre 1816 y 1817 en una Veracruz llena de casuchas blancas y de zopilotes. Allí Aviraneta se doctora en bajos fondos, en acabado ejemplo de una de esas incorregibles opiniones de Baroja: “Estos países americanos, que han heredado todo lo malo de los españoles, adoran al bravucón y al Tenorio”. Ambas cosas es Aviraneta, que seduce a la hija de un criollo acaudalado, Coral, una mala de la estirpe de Doña Bárbara: “Coral, la hija menor, era una mujer soberbia. Tenía la piel blanca y muy mate, el pelo rizado, los ojos azules, claros, ardientes; la boca muy roja y las manos y los pies pequeñísimos. Vestía casi siempre de negro, trajes de seda, e iba llena de joyas.”
            Esta “Mesalina criolla” da lugar a un engranaje argumental más elaborado que en otras novelas más largas. Volkonski, compañero de Aviraneta en la búsqueda de minas de plata, confiesa que tuvo amores con Coral antes de que Aviraneta la pretendiera. Aviraneta, Eneas pragmático, abandona sin más a Coral, la Dido viciosa, y en ese momento Baroja introduce un fajo de datos históricos en el que está metido también Renovales.
            Pero la intriga se reanuda, Volkonski muere y Aviraneta se ahora docenas de deducciones y enseguida da con los asesinos. Eso sí, la escena de la alcahueta soplona es memorable. El remate final es puro Baroja: Aviraneta no remueve cielo y tierra hasta dar con el cadáver de Volkonski para honrar al amigo o encartar a su asesina, sino para recuperar los mapas de las minas de plata que el muerto llevaba en el bolsillo.
            Así que, salvo la primera, algo más deslavazada, las otras dos no solo funcionan perfectamente como novelas cortas sino que saben a un Baroja jovial, contento, chistoso, menos encogido de ánimo que en otras ocasiones. Como siempre, cuanto más inventa, cuanto más desparrama, más disfruta uno. Por eso, quizá, la última y más breve, “toda inventada y sin base en la realidad”, sea un delicioso final para el “orden de batalla” con que había editado la novela.
            Y por supuesto queda la certeza de que cualquier estudioso que quiera rascar en la genealogía literaria de Eduardo Mendoza debe pasarse por este libro.

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