14.11.14

La novela deshuesada

            

La primera parte de este libro, El convento de Monsant, ya la hemos comentado aprovechando que se acaba de editar en volumen aparte. La segunda, El viaje sin objeto, creo que también se ha publicado como pieza suelta, pero no sé si en esa edición se ha incluido el final, La aventura de Missolongui, que Baroja publicó cuatro años después, en 1920, en Los contrastes de la vida, tomo VII de las Memorias de un hombre de acción, a pesar de que cronológicamente debiera ser el tomo X.
            En todo caso, La ruta del aventurero es uno de los libros donde menos aparece Aviraneta, sendos cameos fugaces, más fugaz aún el de El viaje sin objeto, y al mismo tiempo uno de los más gozosamente barojianos. Con La aventura de Missolongui o sin ella, ya he colocado este tomo en la vitrina de los grandes libros de Baroja.
            La ruta del aventurero es un libro antológico en un doble sentido: el de ser uno de los libros más característicos de su autor y el de contener retazos de sus obras anteriores. En él hay paisajes calcinados que nos recuerdan a las visiones febriles de Fernando Ossorio, y un tipo de guasa que nos remite a los tiempos de Silvestre Paradox, a sus aficiones dickensianas y a ese personaje, pintor aventurero, caminante de chaqueta al hombro que ahora se llama Thompson y que en otras novelas se llama de otro modo pero es el mismo tipo. Es como si, diez años después, Baroja hubiera revisado la trilogía La vida fantástica, más bien la hubiera adaptado a un estilo más sobrio y punzante, más maduro y socarrón, con frecuencia igual de hermoso. En varias páginas he anotado incluso las iniciales CJC, porque su lectura me ha convencido de que el Viaje a la Alcarria procede más incluso de aquí que de esa otra España negra que pintó y describió Solana.
El libro, en fin, es un ejemplo lozano de cómo no es una estructura dramática lo único que puede armar una novela que es una mezcla de cuaderno de viajes, memorias inventadas e historias de dulce sabor popular. Con los excesos de erudición histórica echábamos de menos la narración, el puro acto de contar, te voy a contar, tengo una historia que contarte, que es en lo que consiste al fin y al cabo una novela. En estos dos últimos tomos Baroja decidió publicar las novelas cortas o relatos cortos que en principio no daban para apañar una novela, por mucho que El viaje sin objeto sea más largo que otras novelas de un solo tomo. El hecho de meterlos en la serie de Aviraneta solo se justifica porque los hechos acaecieron en el primer tercio del siglo XIX, pero uno podría prescindir del decorado histórico y con los mismos mimbres escribir un libro de viajes y meditaciones de ambiente contemporáneo. Es más, El viaje sin objeto ya no sucede en el XIX ni en el XX sino en esa edad barojiana que comprendemos mejor con los dibujos festivos de Julio Caro que con los periódicos de cualquier época. Faltan pocos años, cinco, para que Baroja se instale definitivamente en un mundo de fantasías barojianas en las que él es otro personaje más. Estas novelas cortas ya van ahuecando los cojines.
            El lector barojiano se entretiene a veces con la reordenación de la obra de Baroja. El viaje sin objeto pertenece a la trilogía La vida fantástica igual que El convento de Monsant pertenecía a la tetralogía El mar. Ambos están remetidos en estas Memorias, apenas perfumados por unos datos históricos tan magros que Baroja podría haber metido sin problemas en cualquiera otra de sus novelas. La poca acción histórica, la prisión y la fuga con la que termina el libro ya las ha utilizado en otras novelas de la serie, pero el resto, lo no aviranetiano, es sin embargo altamente barojiano, fresco, terso, luminoso. El problema de Baroja no es que escribiese demasiadas novelas sino que escribió demasiadas novelas buenas, las de la vitrina principal, y algunas como esta, que debería ser un clásico absoluto, permanecen ocultas para la mayoría de los lectores, incluidos algunos estudiosos de su obra.
            Las primeras líneas llaman la atención como si fueran un eslabón perdido:

            Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan al aire su cacareo estridente como un grito de guerra, y las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.

            No es que suene a Cela; es que Cela suena a 98. Sus querencias bestiales le arrimaban a Solana, pero esta prosa tan limpia… Cela aprendió que si quería domar su prosa tenía que poner la coma después de guerra. Luego se la quitó, esa y todas, pero para entonces ya había escrito el Viaje a la Alcarria, que es lo que importa. Ese proceso de desmitificación y emoción, de ternura y realismo crudo que los del 98, sobre todo Baroja y Machado, aplicaron al paisaje (Unamuno es más campanudo, Azorín más fino), es sobre el que luego construiría Cela su prosa, insensible a la emoción machadiana por efecto de la retranca barojiana, sus breves carcajadas sin abrir la boca.
            Porque en La ruta del aventurero, además, hay mucho humor. Toda la primera parte es un ejercicio de dickensianismo, o incluso, además, muy inglés: “Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina como un estado natural de mi casa”, dice Thompson, que se pasea por Lincolns Inn, como en Bleak House, o recrea un ambiente circense que nos recuerda a Hard times, monta una sociedad no muy limpia con Will Tick, el Houthorn (¿se llamaba así?) de David Copperfield. Thompson elabora gráficos robinsonianos para estructurar y mensurar sus condiciones como persona, o ensaya un lirismo muy británico, con su punto ácido, en el epitafio a su amigo Burton.
            Su punto de vista es el de un inglés que pensase lo mismo que Blanco White, al que cita, así como en Los contrastes de la vida, y a propósito de los toros, citará al antitaurino Jovellanos). La ilustración española coincidió con la borrachera romántica europea: es perfectamente compatible seguir viendo las cosas como Montesquieu y pintar pañuelos de pirata.
            Este tono dickensiano coincide con la estancia en Londres de Thompson. En la manera de componer barojiana hay algo que me gusta mucho. La historia y los caracteres se subordinan a uno de los detalles. Compositivamente, el héroe no está en Londres porque es inglés, sino que es inglés, y dickensiano, porque está en Londres. Es evidente, y así lo deja entrever, que Thompson pensaba en gente como Blanco, porque las siguientes partes parecerán escritas por el más pesimista de los ilustrados o por el más sarcástico de los románticos.
            Esta novela se publicó en 1916, doce años después del año 98, 1902. Pero el que habla sin piedad del país es el mismo cáustico jovenzano: “Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris, abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco más lejano de la cultura de Europa”. Todo el capítulo ‘Revelación de la España clásica’ es una página importante para la gran antología de la España negra: “Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la catedral me dio la revelación de la España clásica, emborrachada con su sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia”.
            No falta la crítica del covachuelismo galdosiano (origen Larra), con ese trabajo inútil que consigue un taxidermista inglés como Thompson en el museo de Historia natural, y el habitual ramalazo anticlerical: “la política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una deslealtad o una infamia; pero, eso sí, la harán con reservas mentales; luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra canallada”.
            Pero estas opiniones, que en este libro están bien proporcionadas, en los años treinta concluirán por devorar la trama entera. Tengo Los visionarios como el primer libro que leí de Baroja que me parecía ya casi sin interés, y Los visionarios está habitado por gente que da opiniones absolutas, crudas y bien dichas, con su punto de escandalosas, o de cascarrabias. Pero nada más.
            Pero el noventayochismo de este libro no se articula solo en frases contundentes sobre los males del país, cosa que Valle-Inclán seguiría haciendo (en cierto modo, comenzaría a hacer) cuatro años después, cuando Baroja parece alejarse un poco de ese tipo de compromiso narrativo y, después de La sensualidad pervertida, sus novelas se alejan del presente combativo yo diría que definitivamente. Podemos pensar que Baroja pone a hervir materiales que aflorarán en la cabeza de Luis Murguía, pero también que Baroja empieza a revisarse, a usar sus propias obras como materia narrativa.
Al margen del dickensiano Silvestre Paradox, en este libro hay huellas claras de La busca y de Camino de perfección. Es difícil no acordarse de don Alonso con la divertida historia del domador de panteras, o de Roberto Hastings cuando Thompson se inventa una fortuna del ascendido comandante Cox, o del Valencia con la pelea del matón de la cárcel de Sanlúcar, o de la pensión de doña Casiana en todo el capítulo ‘La casa de huéspedes’; o, en fin, del propio Manuel cuando encuentra cobijo en casa del señor Custodio: “Ya que no puedo ser un criminal hábil, intentaré ser una persona honrada”.
            Y es imposible no acordarse de Camino de perfección cuando uno lee estas líneas:
El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta.
El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.
Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos.
El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre ; los montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento.
A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los trillos, daban vuelta a las eras.
Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a Philonous y a mí.

            Quizá el epítome de todos esos homenajes a sí mismo sea el capítulo ‘Las moscas’, con –extraña- ecuación incorporada.
            Pronto los capítulos empiezan a variar de tono y de forma, poemas en prosa que deja caer por el camino, como el discurso al amigo muerto, o algo después la canción a Mary la de Biriatu, creo que un claro antecedente de la Pamposha, la ninfa de La leyenda de Jaun de Alzate, y también del tono poético que emplearía en esa pieza; o la elegía ‘Mare serenitatis’, en un procedimiento que llevaría a su expresión más acabada, quizá, en El gran torbellino del mundo.
            Thompson es un viajero que cuando cruza los Pirineos practica la antropología general: los vascos son celosos y exagerados ( no obstante, vuelve a pasearse por las páginas el teniente Leguía, ministro de Zalacaín), los aristócratas son feos y degenerados,  “en toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre”, y en ese plan, sobre todo cuando le toca el turno a Pamplona, “un pueblo intoxicado por la clericalina”.
El análisis social de la sociedad pamplonesa tiene ese tono ilustrado (a lo Borrow), de inglés pragmático que desprecia ciertas inútiles convenciones o las trata como enfermedades endémicas. Muy cínicamente, en el buen sentido, se hace un buen amigo, Philonous, un perro, que lo acompaña casi toda la novela, hasta que Thompson se tiene que meter en una cárcel (pero qué cárcel, en un cuarto ventilado, con vistas sevillanas y una fugitiva, Tránsito, que le limpia y lo ama) para terminar la novela, como de costumbre últimamente, con una evasión llena de cordeles y ventanucos.
Pero lo histórico específico, la ambientación del 1823, se queda en un desprecio compartido a los realistas franceses y españoles y a unas noticias históricas que están remetidas en tres páginas escasas. Mejor. Baroja lleva varios tomos sin cometer los excesos de Con la pluma y conel sable. Cada vez hay más imaginación y menos historia comprobable, síntoma de salud novelesca, de fortaleza narrativa. La novela termina con algún apunte de romanticismo pintoresco: la seducción de la sobrina de la señora Landon, las armas para Grecia, locos, bandidos, hazañas piscatorias y de un donjuanismo moderadamente maldito. Al final aparece el cabo de unión con el principio de El convento de Monsant, el coronel Mac Clair, que morirá al principio de este libro, lo que quiere decir que todo él empieza en un naufragio y termina poco antes de ese mismo naufragio (falta la aventura en Grecia), como en la primera parte de la Odisea. Y todo ello en unas cuartillas que leyó Thompson a Kitty, la mujer del pobre coronel Hervés.
Este es el plan que seguirá después de las Memorias: unas veces estará más fresco y ocurrente; otras, más espeso. Baroja opta por deshuesar la novela, en suculentos relatos como El convento de Monsant y en fibrosas magras como en El viaje sin objeto. En la primera uno disfruta de la pieza bien hecha; en la segunda, de un método, el de agregar breves fragmentos, pecios de colores, que no necesita de fin. 

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