9.11.14

La canónica


La Canóniga

            De las dos novelas que componen Los recursos de la astucia, la primera y más breve, La Canóniga, es la que señaló Ortega y Gasset como “un ejemplo del arte de Baroja”, y el propio don Pío no quedó nada insatisfecho de ella.
            La Canóniga es una excepción literaria en las Memorias de un hombre de acción. La novela sucede en Cuenca, en 1821, y aparte del ambiente cada vez más escabroso entre realistas y liberales del Trienio liberal, y de la idea, constante en Baroja, de que los realistas ya entonces se valieron de “la plebe brutal y fanática” para engordar sus filas, lo único que pertenece propiamente a las memorias de Aviraneta es el plan de Bessières para tomar Cuenca. En ese pasaje aparece un momento Aviraneta, como si asomase por una puerta la cabeza y se volviese a marchar.
            También es excepcional que Baroja cuide tanto la carpintería trágica. Aquí le vamos a poner el pero de que es una larga novela resumida, que con el mismo argumento perfectamente le habría podido salir una novela de trescientas páginas. Y si lo coge por banda Dostoievski, de mil. Esa estructura dramática, ese presentar a los personajes y a mitad de novela desatar un vertiginoso desenlace, no sé si Baroja lo tomó de Dostoievski, pero sería una más de las cosas que felizmente adoptó, él que descreía de los armazones previos, aunque no tanto como los críticos creen.
            La novela, en efecto, es una crónica ficticia, la narración de una leyenda popular en el momento en que sucedió, el testimonio notarial y folletinesco de los hechos cuando fueron hechos, antes de convertirse en mito. Lo folletinesco es la historia; lo notarial, cómo está narrada, eso que a mí me resulta un poco demasiado denso, demasiado resumido. Aunque contada por Pedro Leguía en 1837, a partir de lo que le contó un constructor de ataúdes de Cuenca, la novela respeta ese tono de tragedia sentenciosa, que podría recibir un título por cada uno de los personajes que la protagonizan: la pasión y muerte de Miguelito Torralba; la locura de Cándida, “la ansiosa advenediza, que intentaba apoderarse de la vieja morada de la Sirena”; la traición de Sansirgue, el cura corrompido; o incluso la firmeza de doña Gertrudis, o la triste historia de la huérfana Asunción…
Todos los personajes podrían ser protagonistas de su propio folletín, pero el mejor de todos, y acaso el más barojiano, es Miguelito Torralba. El señorito perdis nos recuerda un poco a La feria de losdiscretos, pero aquí comete el error trágico de convertirse en el Fernando Ossorio que busca “un amor vulgar y corriente” en la huérfana Asunción, cuya madrastra, con rasgos de tía borracha y avariciosa, en connivencia repugnante con el cura Sansirgue, destrozan la vida de Miguelito.
Baroja plantea la redención de Miguelito en una primera parte muy 98 y luego deja respirar un poco la acción con la historia del sepulturero y la incursión de Sansirgue en casa de la Dominica. Baroja se despacha con los curas y su sentido hipócrita de la humildad, e introduce a otro cura razonable, don Víctor, para soldar los hilos de la trama. Las páginas del repelente Sansirgue, su sermón improvisado, nos recuerdan el aire rancio y venenoso de los Fermines de Pas que en el mundo han sido.
Pero a partir de ahí la novela se precipita en varios desenlaces, la muerte de Miguelito, el juicio a Sansirgue, similar al juicio de Regato en Con la pluma y con el sable, la ruina de la Cándida, todo contado a toda velocidad, para mi gusto a demasiada velocidad. Es posible que una novela corta canónica exija este movimiento acelerado, de modo que una descripción de Cuenca del principio dura lo mismo que la muerte trágica del protagonista, y la conversación entre un sepulturero y un constructor de ataúdes lo mismo que la huida, persecución, captura, juicio y ejecución de su antagonista.
Por lo demás, uno tiene la sensación de que esta es la clásica historia que Baroja, o su hermano Ricardo, escucharon en su primer viaje a Salvacañete, sitio importante en esta serie, aquí y en Lanave de los locos. Es también muy 98 visitar una ciudad pequeña, tomar apuntes y acuarelas, recoger alguna leyenda y con todo eso armar un breve folletín. Ya el zoom con que comienza, de Cuenca a la Casa de la Sirena, un espacio cerrado donde reunir los elementos de la trama ficticia, como sucederá en El laberinto de las sirenas y como había sucedido en El mayorazgo de Labraz, es el mismo que había usado al principio de la entrega anterior, con la descripción de Aranda de Duero. Allí fue muy duro con el campo y con sus habitantes, pero aquí, quizá por lo rocoso del paraje, Baroja lo describe con mayor romanticismo. En este tomo de Los recursos de la astucia, pero en la segunda novela corta, hay otro pasaje de Aviranta mirando el campo de Coria también muy emotivo, como si fueran las casas, las peñas, los ríos y las callejas las que redimiesen esa brutalidad mezquina que en determinadas circunstancias manifiestan sus habitantes.
Y así la descripción de Cuenca da ya el tono romántico y desgarrado a que aspira la narración, un tono que es el de principios de siglo, una pose romántica que aquí Baroja no emplea en son de befa:

Si por su poca vida comercial e industrial Cuenca estaba entre las últimas capitales de España, por su aspecto dramático y romántico podía considerársela de las primeras.
Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los nogales, olmos y huertas de las orillas del Júcar y del Huécar, o contemplarlas desde arriba, viendo cómo en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos, era siempre un espectáculo sorprendente y admirable.
También admirable por lo extraño era recorrerla de noche a la luz de la luna, y, sentándose en una piedra de la muralla, mirarla envuelta en luz de plata hundida en el silencio.
Poco a poco, para el paseante solitario y nocturno, este silencio tomaba el carácter de una sinfonía, murmuraban los ríos, estallaba el ladrido de un perro, sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba el viento en la capa de los árboles y se oía a intervalos el cantar agorero del búho como el lamenta de una doncella estrechada en los brazos de un ogro en el fondo de los bosques.
En aquellas noches claras, las callejas solitarias, las encrucijadas, los grandes paredones, las esquinas, los saledizos, alumbrados por la luz espectral de la luna, tenían un aire de irrealidad y de misterio extraordinario. Los riscos de las Hoces brillaban con resplandores argentinos, y el río en el fondo del barranco murmuraba confusamente su eterna canción, su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos inciertos entre las rocas.

            Es este “misterio extraordinario” el que Baroja buscaba en las fachadas de las casas, en este caso en la Casa de la Sirena. Es el arranque literario del escritor cuando pasea, que se ha impuesto la obligación de trazar la crónica de un país imposible, pero que con ciertos paisajes siente cómo se excita su imaginación de lector de folletines. Yo creo que el que me parezca muy apretada, sobre todo al final, es solo síntoma de que me duele no seguir leyéndola.

Los guerrilleros del Empecinado en 1823

            ¿Qué quería decir entonces Ortega con que La canóniga era un modelo de su arte? Sospecho que para él era como esos críticos que no entienden a Góngora y siempre citan su soneto más petrarquista y menos gongorino, es decir, un modo de decir que así sí, que eso sí podría llamarse arte exento, mientras reunía colillas y materiales para escribir sobre la deshumanización del arte.
            Más canónica barojiana me parece a mí esta segunda novela corta, que no creo que pueda juzgarse con los mismos parámetros genéricos que la anterior. De hecho, Los guerrilleros del Empecinado en 1823 es más larga que varias novelas de un solo tomo de esta misma serie, Las furias, las dos del conde de España, La venta de Mirambel, etc. Más bien parece que a esta novela breve, que no corta, Baroja agregó un relato que sí era novela corta (y en este caso, además, breve).
            Los guerrilleros… utiliza un método que podríamos llamar cervantino o folletinesco, según los casos y con las mismas razones. Al comienzo de la novela, en 1823, el ministro Evaristo San Miguel encomienda a Aviraneta la tarea de indagar en San Sebastián cómo va de fuerzas el ejército de Angulema, y al Empecinado, en la misma reunión, que extienda su actividad guerrillera por las dos Castillas.
            Así, por un lado, se nos describe la situación más que lamentable del ejército liberal, la proliferación de grupúsculos absurdos y jaurías sanguinarias, el Batallón de los hombres libres, las Tropas de la Fe, un desastre: “Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones y desconfianzas, era imposible que el país y el ejército hicieran algo serio”.
            Las dos misiones, la de Aviraneta y el Empecinado, confluyen en las luchas contra Aviraneta, a partir de un largo y entretenido episodio, el de la toma de Coria, donde el aparato documental deja paso a la descripción de las acciones y a los deliciosos añadidos barojianos. Ya al principio decía, muy serio, Leguía (suponemos) que “la acción por la acción es el ideal del hombre sano y fuerte; lo demás es parálisis que nos ha producido la vida sedentaria”, de modo que da la sensación de que Baroja ha pulido en esta novela lo que había de sedentario, la proliferación de documentos, que incluso, cuando son largos, como la carta final del Empecinado (un despacho firmado por Máximo Reinoso), le produce el suficiente fastidio como para contestarla en cuatro líneas. Es decir, si comparamos esta novela y la anterior, Con la pluma y con el sable, se nota que Baroja ha prescindido de todo exceso en ese cuerpo interior que acolcha de sabiduría histórica la novela. Aunque solo sea por eso, me parece más redonda.
            Pero no es solo una cuestión de proporciones. Todo está contado entre un nutrido grupo de parientes barojianos. Por allí aparece Mercedes, la viuda de Arteaga, y Corito, pero también el banquero y la Sole, con Aviraneta metido en un armario y sin mayores consecuencias. Y se incorporan otros, unos meros figurantes (el padre Marañón, el Trapense que viaja con un látigo en la mano y Josefina Comerford a su lado), o la galería de guerrilleros desharrapados, de entre los que casi solo se salva el Arranchale, el Zalacaín que se trae Baroja para que la tropa entera no sea chusma. El pescador, el Arranchale, “ágil como un mono”, es capaz de despertarse a las tantas de la mañana, subir y bajar por una fachada interior (esas barojianas que siempre dan a un patio con una puerta pequeña), regresar a su cuarto y, sin solución de continuidad, echarse a dormir. El Arranchale es el pueblo fiable, el que trae a la caballería cuando podría huir sin dejar rastro.
            Y con los personajes vienen las historias mínimas, la aventura de Trigueros, la historia del Hereje, que tiró los santos al río, o la estratagema de la cuerda, en esos rasgos de imaginación algo infantil y doméstica con que Aviraneta escribe sus páginas de gloria, todo como preámbulo de la gran aventura, la toma de Coria. Están aquí las mejores descripciones del relato, la de Diamante y los milicianos, la de la ciudad levítica o esa genuina descripción barojiana que es lo que ve Aviraneta desde un altozano y de lo que se ríe su lugarteniente Diamante, el liberal de espada en pecho que acabará en un paredón improvisado por no usar de la astucia y del disimulo como hace Aviraneta, y que en cualquier caso sirve para salvarlo de milagro.
            Aviraneta, en efecto, decide pasar a Portugal disfrazado de aldeano, pero es preso en Sevilla (y la cuerda de presos pasa el puente de Triana entre la cada vez más agresiva locura de la chusma, aquella gente del ¡Vivan las caenas! que ni entonces aceptaba Baroja ni ahora podríamos aceptar cualquiera de los que nos desesperamos viendo reacciones semejantes de la gente que sufre.
            Dejémoslo en la descripción de Coria, en esos momentos de paz en que Aviraneta y Baroja, lejos de las balas y de los legajos, son el mismo más que nunca.

Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del Paredón.
A don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: le producía, momentáneamente, un olvido de todo; le recordaba los días de su infancia, cuando iba a la Peña de Aya y al monte Larun a ver el mar a lo lejos. Ese germen ahogado que tenemos todos de otro hombre o de otros hombres despertaba en él con la contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en silencio.
Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos verdes relucían frescos después de la lluvia; el río venía crecido y alguna nubecilla blanca se miraba en su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían las notas del órgano.
En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el pico y quedaban en extrañas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los vencejos chillaban, y una nube de cernícalos, que al transparentarse tenían un color morado, lanzaban un grito agudo.
Había al mismo tiempo ligeros incidentes que animaban el conjunto: un burro que corría por los hierbales y hacía sonar un cencerro; unas ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que pasaba a caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas venía despacio por el camino.
Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, de cacareo de gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del abejaruco, tenía un gran encanto. De pronto, las campanadas del reloj de la iglesia sonaban allí cerca con un fragor imponente.
Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de paz, ante aquella majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el crepúsculo...

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