8.7.26

Tierra, mar y humo (2)



Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
2. 1952-1953

Al margen del proyecto novelístico Ciudad de tarde, que por los cuentos anteriores podemos barruntar que seguiría pautas parecidas a las de La colmena, 1952 es, valga la siniestra polisemia, un año de depuraciones; en el caso de Aldecoa, la de una clara decantación por el realismo poético, sin florituras ni alardes léxicos, pulido, directo, como es el caso del estupendo ‘Hasta que llegan las doce’. A partir de la noticia de un accidente, el cuento reconstruye la vida miserable de la familia de un obrero a través del deambular de un niño, un viernes sin escuela, como probablemente fuera el resto de los días. El niño se refugia por instinto en los juegos sin juguete, juegos de pobres, de oficios humildes. Donde otros niños dejarían volar su imaginación con aviones de papel, este juega a barrenderos… Aunque no estamos ante un objetivismo puro, al que Aldecoa se acercó mucho pero nunca practicó con extremo rigor, aquí ya se percibe un cambio, una estilización realista que, como sucedería con ‘Chico de Madrid’, no es del todo gratuito suponer que debió de interesar a su buen amigo Sánchez Ferlosio.
Los temas de realismo crudo se suceden con ‘El diablo en el cuerpo’, donde a un comerciante acomodado le toca un par de veces la lotería y se obsesiona con que ha hecho un pacto con el diablo, hasta que pierde el jucio. El tema de la obsesión por salir de pobres o no caer en la pobreza no era infrecuente (antes, por ejemplo, ese personaje de Cela que se vuelve loco porque olía a cebolla; poco después, aquellos inquilinos de Hoy es fiesta, la tragicomedia de Buero, a los que pierde un billete de lotería), pero aquí el autor intenta ser gracioso, lo que no suele salir bien, y tarda en arrancar, algo que ya comentamos que, por lo mucho que se repite, forma parte de una técnica deliberada. A veces esa larga introducción parece un cuento aparte, como en ‘Camino del limbo’, inmediatamente posterior, la vida de un pobre oficinista que esperaba más de la vida. Sobran, además, algunos dejes melodramáticos, y no acaba de casar bien, como si fueran dos historias empalmadas, el largo principio en la estación de tren con la vida en las oficinas de un taller de metalurgia.
Pronto, sin embargo, esa misma línea férrea pasaría por un importante apeadero, ‘La humilde vida de Sebastián Zafra’, que, por las fechas y el contexto, parece una primera versión de Con el viento solano (1956): también se llama Sebastián el gitano de la novela que mata a un guardia y huye desesperadamente. En el cuento, una familia de gitanos va por esos mundos buscándose la vida y visitando a un familiar que está en presidio. Las mujeres sufren la inconsciencia bruta de sus maridos, y los niños sobreviven como bestezuelas. Contrasta el bucolismo de las descripciones del campo con la miserable vida de estas criaturas, digamos, libres. Dos gitanos se van a buscar metal de la guerra, y uno, Sebastián, muere cuando desentierra una granada.
Son tiempos muy crudos. En ‘Quería dormir en paz’ vemos a un personaje desamparado, del tipo Martín Marco, que duerme en un banco de la calle y tiene que dar explicaciones a la policía, pero aquí la crudeza es mucho mayor. El hombre llora por su miseria y su hijo muerto, seguramente de hambre o de un entorno insalubre. Como no se puede identificar, lo llevan a comisaría unos guardias que ni se ensañan ni se compadecen, como si fuera el pan (o la falta de pan) de cada día. Es tremendo, y eficaz porque resulta otro ejemplo de lenguaje depurado, vecino de una transparencia que Aldecoa no siempre quiso practicar.
Como para terminar el año huyendo de tanta sordidez, el autor viajó de nuevo al mar en ‘La nostalgia de Lorenza Ríos’, que tiene un tono de canción, de bolero pescador. Es interesante porque anticipa lo que será Gran Sol, pero la fuerza dramática se le va en el barniz melancólico con que lo quiere pintar. Aquí la música lo desdibuja.
Las biografías dicen que de 1953 es la novela inédita El gran mercado, que acaso se refiera a un largo cuento publicado al año siguiente, porque la producción cuentística es ya de por sí muy abundante. ‘…Y aquí un poco de humo…’ es una delicada fantasía sobre la muerte de un niño, que para variar no es pobre. Sin embargo hay que reiterar el desajuste de un largo principio que da la sensación de que el protagonista no es el niño enfermo sino la vecina, doña Ricarda, que lo entretiene hablándole al chiquillo de la muerte, para que se vaya haciendo a la idea… El final es ingenioso, pero comparativamente muy escueto, no solo con respecto al cuerpo del relato sino a otros en los que esa, digamos, concinnitas narrativa está más cuidada; por ejemplo en ‘Un cuento de Reyes’, la triste historia de Ómicron, un hombre negro que como fotógrafo profesional pasa hambre pero como rey Baltasar le hacen fotos por ser negro de verdad, sin necesidad de embadurnarse con betún, y además le dan unas perrillas para que compre algo de comer. El cuento se construye sobre el diálogo, con más agilidad, sin tanto intervencionismo. Vamos hacia el objetivismo fotográfico, y resulta curioso que  Aldecoa no lo practicase más (que Aldecoa no escribiera su Jarama), porque lo cierto es que se le daba muy bien.
Los temas, con más o menos ironía, no se salen de la miseria que a poco que levantase la vista podía ver un escritor a principios de los 50. Cuando se habla de la influencia de Baroja, no es tanto en el lenguaje, siempre menos transparente, sino en su conciencia de que el escritor asume la tarea de mirar en torno, de narrar su presente y a los que no pueden narrarlo por sí mismos, y en ese símbolo de la tierra negra, la hondonada humilde, el detritus digno y honrado que más de una vez aparece por estos cuentos. Esta dignidad del pobre da lugar a piezas como ‘Al otro lado’, la historia de un emigrante que vive en una chabola y no encuentra trabajo en la ciudad. Aquí Aldecoa no se anda con rodeos ni cede al lector la oportunidad de deducir lo que se le cuenta: el emigrante malvive en una chabola con su familia y busca trabajo sin conseguir nada, hasta que ve a un vecino mendigando y en un último arrebato de dignidad decide volverse al pueblo, aunque tengan que luchar de nuevo contra el hambre. Al margen de la explicación sobre los orígenes de este emigrante, de por qué se vinieron a buscar trabajo y de esa frontera que los separa de los que, como algunos dicen ahora, tienen prioridad, el cuento se construye sobre los diálogos y la descripción breve, casi enteramente objetiva. El tema reaparece en ‘Seguir de pobres’, la triste historia de unos segadores ambulante cuyo largo principio parece etnografía lírica, a veces un punto excesiva. Luego llega la acción: a uno de los segadores le da un mal aire, lo que permite que se vea la crueldad ignorante del médico y la solidaridad de los compañeros. Volviendo a Baroja, me acordaba de la madre de Manuel en La Busca —otra vez— y del cura bárbaro y pancista que no la atiende en su lecho de muerte. 
De los cuentos con el tema del hambre y la emigración podríamos espigar ‘A ti no te enterramos’, una espléndida geórgica con variaciones sobre el tema del hijo pródigo: «Pasa rápidamente el tiempo en el campo. No hay monotonía en el trabajo, porque el trabajo de la tierra se hace con todo el hombre: con los ojos, con las manos, con cuerpo y alma…» El argumento, leve, no tiene las desproporciones de otros cuentos, y la prosa, de un lirismo virgiliano, no se duerme en la suerte. El campo es duro: labor improbus. El hijo enfermo se siente inútil en una familia de labradores que lo miran con afecto pero también con eso que Flaubert llamaba el callo moral, hasta que termina por marcharse a la ciudad, a buscarse un trabajo más cómodo y no ser un estorbo en casa y una boca más que alimentar. Las cosas, sin embargo, no van como imaginaba, como entonces y ahora imagina cualquier emigrante. El final semiabierto es una buena elección: ¿morirá de tuberculosis?, ¿regresará de la ciudad, por dignidad, por falta de fuerzas o por sentirse allí también de sobras?
Lo que sí es cierto es que la novela se aproxima: algunos cuentos ya son novelas cortas, proyectos de largo alcance que por lo que quiera que sea no pasaron la frontera del relato. Es el caso de ‘Solar del paraíso’, también con esos aires barojianos de los arrabales descritos con ternura. Es posible que la miseria todavía nos suene un poco a la que veíamos en La colmena, pero desde luego ya no hay huellas de Solana. Aquí se cuenta la historia de una familia —abuelos, padres, niños— que vive de un pobre jornal en una chabola. Una tormenta les anega la casa, y el dueño saca partido del desastre y los echa para construir viviendas en el solar. Los desahuciados van a trabajar a La Cañada, que para las mujeres es un —humilde— paraíso de oportunidades, pero para el hombre, ya casi sesentón, vago y alegre, el paraíso es el solar donde ha echado raíces, la taberna, los amigos, por miserable que fuese todo. Es, por otra parte, uno de los relatos donde con más escrupulosidad siguió Aldecoa las normas del objetivismo no intervencionista, si es que eso es posible más allá de aquellas que reclama un guion de cine.
Mucho más ajustado a su condición de cuento, con una historia más reducida, más condensada en una anécdota significativa, es ‘Tras de la última parada’, en el que un hombre se encarga de llevar a una mujer la citación de una embajada que seguramente cambiará su vida. «El hombre de ciudad» (sujeto que se repite con insistencia celiana) es el portador de la suerte que él no tiene, recadero de dichas de las que solo puede ser testigo. El cuento, de aire más impresionista, renuncia sin embargo a los alardes en favor de una precisión cada vez más limpia, la misma que encontramos en ‘Muy de mañana’, un buen relato al que solo le sobra la última frase, «La llaga de Roque, la llaga de la soledad que Roque necesitaba de Cartucho», innecesariamente pleonástica y melodramática, porque el resto es bien bueno. Un vendedor de melones vive pobremente con un chucho tullido y comparte con él lo poco que tiene. En un descuido, un coche le mata al perro y lo deja solo. Está muy bien la austera y cruda descripción, también llena de ternura, de cómo viven los dos, pero esa explicación final añade lo que ya sabíamos. Aun así, es un ejemplo de cómo avanza la desnudez estilística, aunque en ‘El autobús de las 7.40’ se aleje del objetivismo para desplegar, quizá con excesiva rapidez, un elenco de demasiados personajes, los que ve un soldado tímido y de poca virtud que sube a un autobús. Escucha lo que dicen los viajeros, sobre todo dos mujeres que parecen estar de vuelta de todo, pero no se atreve a decir nada. Es demasiado largo y carece de la intensidad que lo haría un poco más claro, otro caso de proyecto de mayor alcance que se quedó en apunte breve. Pero ya estamos a punto de que aparezca El fulgor y la sangre. Con sus idas y venidas, con sus aciertos y sus desproporciones, el escritor ya estaba hecho.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, Alfaguara 2018, 777 p.

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