6.8.26

Me ha dicho que va a cambiar


La escritura paratáctica de las últimas hornadas, para las que una cláusula subordinante es peor que tener bolsas en los ojos y dos conjunciones seguidas sientan como las patas de gallo, produce a veces prosas brillantes, sobre todo cuando quien escribe tiene oído para el ritmo y habilidad para los contrastes poéticos en sus frecuentes enumeraciones, y para esa estética del collage en la que se van empalmando referentes culturales, observaciones agudas y metáforas cotidianas. Este es el caso de Lucía Solla Sobral, otra gallega que escribe muy bien, por más que tenga el vicio, me temo que generacional, de ponerle adjetivos posesivos a las partes del cuerpo. Eso de tocó mi culo con su mano es una cosa que me pone malo. Con lo bien que suena me tocó el culo, sobre todo si no es a traición.
Estas prosas, por lo demás, solo tienen la pega de que no respiran, de que empañan de frases el cristal; son sublimes sin interrupción y eso acaba siendo agotador. Uno está más por la transparencia, por olvidarte de que estás leyendo, que aunque parezca mentira es más difícil que el barroco pop. Pero Solla lo domina, ya lo creo que lo domina. Otra cosa es lo que se nos cuente, una historia entre plana y manida, del género de la superación personal, de la poética de la autoayuda. La protagonista, Marina, de veinticinco años, se enamora de un papichulo veinte años mayor que ella, divorciado y con una hija de su misma edad. El hombre es «tan guapo», y tiene pasta y se dedica a los eventos y lleva tatuajes. Para que se note que es viejo, solo escucha jazz y a Eric Satie; sin embargo, para que no sea tan viejo, fue padre a los veinte y tiene una vida de lo más activo. Es un agüelo en la flor de la vida, o sea, un pijo con buen gusto (a pesar de los tatuajes), y además cabrón, capaz de maltratar a su novia postadolescente, ningunearla, castigarla o someterla, en un crescendo que desde poco antes de empezar uno ya se huele dónde va a ir a parar. Porque ella tiene una superamiga pero es que está ciega con el maromo, y odia a su, digamos, hijastra, pero luego se llevan bien y tal, y a todo esto del otro sabemos que la llama cielo, que es un macarra con Bentley («a veces era bruto, pero nunca egoísta», anda ya), que la exhibe como a una perra de marca y se la lleva a «la casa del terror más bonita en la que había estado», y que ella está tan enamorada que se deja humillar hasta lo que sin exagerar podríamos llamar violación, por más que «la violencia no siempre es evidente ni da pasos como truenos». A todo esto, Marina tiene una familia. Todo el mundo tiene la cara tapada, con una sonrisa que se intuye a lo lejos, y hay un padre muerto, ay, que justifica el rollo eléctrico de la muchacha, por más que algunos (su compañero Martín, su amiga Diana, su rollete Eduardo) le recuerden que había «otras cosas, otra yo».
A mí todo esto me deja un poco frío, primero porque, por debajo de la prosa chispeante, no hay más que un argumento algo esquemático que si algo tiene de realista es ese incomprensible masoquismo de algunas mujeres capaces de volverse anoréxicas para que el macho les siga babeando cuando vuelve de follar con otra. Y digo realista porque hay en nuestra época una extraña disfunción entre lo que sabemos, lo que defendemos y lo que hacemos. Al margen de que una historia de heterosexualidades tóxicas a mí ya me parece pasada de fecha, el mito de la mujer que ama más allá de su dignidad no es un acto de amor y valentía sino un paso atrás, una rémora, una idiotez, y eso que Marina estudió filosofía pero lo dejó para meterse en periodismo. Aunque quizá esa sea la explicación, el abandonar la lógica y meterse a «redactora en una agencia de marketing digital», y por si acaso ella misma se lo reprocha: «¿Y qué hacía una chica como tú con un hombre como él?», porque «sabía que había hombres que gritaban, que controlaban, que humillaban, pero no sabía que era posible enamorarse de ellos». Pues lo vemos todos los días en el telediario, maja, y si no en las teleseries.
Así que, después de muchas van y muchos hoof en tardes de scroll en las que no apetece ni pintarse el eyeliner y coger la tote bag, de todo un catálogo de la comida plástica de nombre extranjero que rumian los chicos cuando se sientan a ver Gran Hermano (literal), nos queda la tonta del bote que se deja maltratar por un chulángano de provincias veinte años más joven que el cantante favorito de la chica, nada menos que el vejestorio Morrissey. No entiendo nada. Bueno, sí, que se nos cuenta lo fácil que es meterse en una relación tóxica y lo difícil que es salir de ella. Pero al final sí se puede y hay que dar el paso y los amigos te apoyan, y el malo es cobarde y da risa y los amigos lo espantan y todos lo celebran después con refrescos y gusanitos, y queda la imagen sonriente del padre muerto que acaso Marina siga buscando en mañanas de soledad.
De modo que celebramos una prosa tan estupenda (posesivos aparte) para una historia que no nos hace dudar porque esté mal contada sino precisamente por ser tan característica de este tiempo de flojeras web, de inconsistencias caprichosas y malos de tebeo, aparte de que (no sé por qué, porque no hay ninguna descripción que lo justifique) al macho plano de la historia no dejaba de imaginármelo como a José Manuel Cuenca, el pijo valenciano que era la mano derecha de Mazón en los tiempos de la dana. Claro que el Cuenca este es más viejo aún que el malo de la novela. Igual tiene la edad de Morrissey.

Lucia Solla Sobral, Comerás flores, Libros del Asteroide, 2025, 244 p.

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