12.5.11
El Lenin marroquí
4.5.11
Sarcasmo contemporáneo
26.4.11
El detalle del sostén
3.4.11
Suspenso en retórica, aprobado en narración
1.4.11
Ya estamos con los artistas
30.3.11
Hojas de acebuche
Cuida que a poniente las viñas no te miren |
ni plantes avellanos por medio de las vides, |
ni escojas los vástagos más altos, o bien, |
no podes los esquejes de la copa (tanto es |
su amor a la tierra), ni con el romo podón |
los pámpanos lastimes, ni plantes intercalados |
troncos de acebuche. Pues más de una vez |
a los pastores cuando están desprevenidos |
se les escapa el fuego, que se mete primero |
escondido debajo de la untosa corteza |
y se propaga todo alrededor del tronco |
y la llama al saltar a las hojas más altas |
provoca un tremendo estallido en el cielo; |
sigue desde allí y se apodera de las ramas |
y reina por las altas copas y el bosque entero |
envuelve con las flamas, y al cielo negra nube |
arroja engordada de espesa resina, |
sobre todo si se echa encima la tormenta, |
y se revuelve el viento que aviva los incendios. |
Cuando esto sucede no se nutren las vides |
de la raíz ni pueden si se podan revivir, |
ni salir otras nuevas en esa misma tierra; |
se salva, con sus hojas de hiel, el acebuche. |
27.3.11
Profundidad de los hoyos
Quizá preguntes cómo de hondo es el hoyo. |
Yo me atrevería incluso a plantar cepas |
en un surco liviano; el árbol que es alto |
se hunde más en tierra, y el que más la encina, |
que se estira tanto al cielo con la copa |
como a la región del Tártaro con la raíz. |
Así no la arranca el invierno, las lluvias, |
las ráfagas de viento: inmóvil permanece, |
a muchos descendientes sobrevive, ve a muchas |
generaciones de hombres pasar mientras perdura, |
y extiende por doquiera sus ramas vigorosas, |
y en el centro sostiene una sombra inabarcable. |
Creación de un viñedo
| Con estas previsiones, recuerda dejar |
| la tierra que se cueza, romper los montes grandes |
| con hoyas y las glebas volteadas exponerlas |
| al viento Aquilón, mucho antes de que plantes |
| la estirpe poderosa de la vid. Blando suelo |
| reclaman las mejores cepas. La escarcha fría |
| y el viento lo procuran, y el recio cavador |
| que mueve de la tierra deshecha las yugadas. |
| Pero aquel labrador al que nada se le escapa |
| busca con tiempo un sitio donde plantar luego |
| sarmientos en hilera, un suelo parecido |
| a aquel en que arrimó a los árboles plantones, |
| para que no extrañen el cambio de la madre. |
| En las cortezas marcan la orientación del cielo |
| y restauran así la posición de cada una, |
| la parte que aguantaba los calores del sur |
| y la que vuelta estaba de espaldas al norte: |
| hace mucho el hábito cuando están tiernas. |
| Has de averiguar primero si es mejor |
| poner la vid en faldas o en terreno llano. |
| Si en campos de tierra crasa quieres vendimia, |
| planta los brotes juntos, que no es más lento Baco |
| en cepas apretadas; si el suelo se empina |
| en lomas y colinas de cuestas muy tendidas, |
| espacia las hileras, ponlas al tresbolillo, |
| que cuadre al cortarse la hilera con la calle. |
| Así ocurre a menudo en las grandes batallas, |
| cuando una legión que formaba en columna |
| despliega las cohortes y las tropas ocupan |
| las anchuras del campo, y las rectas escuadras |
| y la tierra entera se ensancha y se ondula |
| de bronces que al abrirse resplandecen, en tanto |
| aún no se han revuelto en terrible combate, |
| y Marte, indeciso, pasea entre las armas. |
| Que la separación se ajuste entre las calles |
| a la misma medida, no por que alimente |
| la hermosa perspectiva un corazón vacío, |
| sino porque la tierra no de otra manera |
| dará la misma fuerza a todas, ni los sarmientos |
| podrán desparramarse por el espacio libre. |
25.3.11
Historia de la ciencia ficción
Juan Carlos Navarro me envía este vademécum (obra de Ward Shelley) del que habría que preparar una versión hispana... en forma de mula. Pincha en la imagen para explorarla.
24.3.11
Río viejo

Después de terminar La escapada, y teniendo en cuenta las noticias del Japón (con qué sencillez, con qué verosimilitud sucede lo nunca visto), me puse a leer El viejo, una de las dos historias que, barajadas en orden alternante, componen Las palmeras salvajes. Hasta allí me ha llevado la riada porque también sucede en un desbordamiento del río en Mississippi, algo como el Katrina, y porque me acordé, al ver, la otra noche, el final de True grit, del viejo presidiario acompañando a la mujer parturienta en medio de la ciénaga, entre cadáveres de mulas y cascotes de barcazas naufragadas, igual que nada más empezarlo a leer me viene la certeza casi absoluta de que sin esta narración de Faulkner Cormac McCarthy no habría escrito nunca La carretera.
Aprovecho, además, que el texto íntegro de El viejo viene recogido en The portable Faulkner para leerlo en inglés al tiempo que la traducción de Borges ahora reeditada por Siruela, no tanto para aclararme con lo que decía Faulkner como para saber lo que Borges a veces quiere decir. Estas traducciones deberían publicarse sin el nombre del traductor. Sólo de ese modo sabríamos si su presencia es inevitable con independencia de que sepamos de ella, porque así resulta imposible, en ocasiones, no leer a Borges en vez de a Faulkner; y en casi todas ellas, cuando me acerco a compararlo con el original, veo que en el flujo de sintaxis viscosa y potente de Faulkner se cuelan con demasiada frecuencia las apreciaciones típicamente borgianas, los adjetivos que sólo usaba él, las construcciones deliberadamente anglófilas, esa tendencia a la perfección serena y brillante que parece siempre quedarse así para siempre, como una larga sucesión de frases lapidarias, de versos pulidos y felices combinaciones. Parece el Borges que al describir la naturaleza la despoja de toda sombra de vida real y la barniza con sustancias abstractas. Sí, es un Faulkner poético y abstracto, con una prosa sin lamparones, planchada, inmaculada, la prosa de un experto de Naciones Unidas que acude a visitar el territorio devastado y lo mira todo con un rictus de úlcera sangrante. En Faulkner uno está metido en las aguas turbias y poderosas de la inundación, en el olor a naturaleza descompuesta. En Borges hay hallazgos léxicos, rarezas idiomáticas, interpretaciones perspicaces, giros oportunos, soluciones curiosas. O sea, en Borges, escriba, traduzca o respire, hay siempre mucho Borges.
Y entre sus peculiaridades una en particular que ha hecho mucho, pero mucho daño a la narrativa en español. Suele decirse que esta traducción de Las palmeras salvajes inició a muchos jóvenes escritores latinoamericanos en la degustación de William Faulkner. No me extrañaría: a algo tendrían que deberse las insoportables series de oraciones de gerundio yuxtapuestas que nos marearon en España de Luis Martín Santos en adelante. En inglés son, en efecto, largas ristras de subordinadas adverbiales que empiezan todas por un verbo en gerundio. En inglés ya suena excesivo (a los ingleses), pero en castellano resulta insoportable. Debería ser obligatorio sustituirlas por oraciones con conjunciones y verbos en forma personal o por oraciones de relativo, mucho más flexibles y menos monótonas que los dichosos gerundios.
Así que, cuando el presidiario con la mujer recién parida en la barcaza (el esquife) sube a bordo del barco lleno de gente que huye y se empeña en que los vuelvan a dejar por donde iban, en mitad de un río sin orillas, fangoso y lento, y se encuentra con un lugareño que habla en francés y le da cobijo y ropa limpia y le enseña a cazar caimanes, la prosa de Faulkner, en el más reflexivo y desgarrado, en el tono más lírico posible, enlaza frases como centellas que en la exquisita traducción de Borges se quedan en rastros de un arado donde crecieron curiosas especies botánicas.
22.3.11
La estrategia del hipopótamo









