17.6.06

Factotum


Hace años había un tugurio en la calle de San Isidro Labrador que se llamaba Asociación Cultural Charles Bukowski. Dentro, una barra, una mesa pequeña, cuadrada, con un par de sillas de formica, y nada más. Los clientes, cuando tenían sed, se metían en la barra y cogían una cerveza. Yo lo frecuentaba poco porque en esa época me resultaba más fácil el punto de vista de Carver que el de Bukowski. Bukowski era siempre demasiado duro, impermeable a cualquier tipo de afectación. Chinaski, su personaje de siempre, era un perro en el sentido filosófico de la palabra, un κυνικός, alguien capaz de reducir cualquier comportamiento humano a su sustancia ciega y a su imagen muda. El mundo de Chinaski nace también de la provocación: “si presumes de malditismo”, parecía decir, “es aquí adonde debes llegar; el resto son pamplinas”. Lo de Carver se me hacía más cercano, más verosímil, lo comprendías y te hacías cargo. Sus historias podías transportarlas a cualquier silencio incómodo de nuestra vida; el alcohol, el paro y el suburbio parecían un decorado para interpretar las mezquindades que nos retratan. Pero Bukowski es más duro, siempre más duro. En sus libros no hay más realidad que las circunstancias, atroces, pero llevadas siempre con la altanería de quien las toma como son, de quien se toma como es. Su luz entra en sus libros como la luz pastosa despierta al que se acostó borracho.
Me pareció ver un cruce de estas dos miradas en Factotum, la película en la que Matt Dillon interpreta un Bukowski carveriano, explicado, comprendido. La mezcla de olores (habitaciones Edward Hopper, mujeres Lucien Freud, bares Tom Waits) garantiza el placer estético, pero Dillon se centra en un Bukowski algo sisífico, en la tragedia de quien ha aceptado una forma de vida sin contemplaciones. Creo que Bukowski es mucho más sarcástico, no tiene esa ternura de quien pide que lo entiendan. Eso es de Carver, pero es una opción, y Dillon la saca adelante mucho mejor que el que interpretó a Capote, por cierto. En este caso lo fácil consistía en hacer de Bukowski, y lo difícil, como hace Dillon, en dar vida a ese tipo de persona que cuando sonríe desde el otro lado de la barra no sabes si le haces gracia o es que le tira el hígado.

3 comentarios:

  1. Chian chian2:20 p. m.

    Viví en esa calle y, ahora sí, te felicito por desempolvar unos de los locales más enigmáticos que tuvo el Madrid poético.

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  2. Todavía no la he visto (teniendo en cuenta mis circunstancias, no estoy para ir corriendo al cine) pero me da que a Dillon no le sale el papel del señor Chinasky tan bien como a Mickey Rourke en Barfly. La verdad es que tengo un buen recuerdo de esa película aunque la vi hace unos diez años, cuando me encantaba Bucowski (Carver me parcía mucho más soso). Sin embargo, dudo que me hiciera de esa Asociación, nunca me gustaron mucho los fans de Bucowski, me recuerdan a los de U2, gente que sólo conoce a un grupo y tienden a la imitación clónica.

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  3. Anónimo8:42 p. m.

    Prefiero la postura de otro film contemporáneo, su protagonista antes de mostrar su historia nos advierte que no nos gustará su persona, es más, hasta llegaremos a odiarlo, pero pese a las circunstancias que nos hacen de tocar el cielo para después caer en el absoluto holocausto vital, nos pregunta ¿os gusto ahora? No pude contenerme a las típicas y tópicas comparaciones con Mr. Bucousky.
    Magníficas interpretaciones y muy pocas críticas positivas a una película desgarradora. The Libertine.
    Una recomendación de Kb(SAM)

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