27.11.06

Cartuja 2


Nadie habla (claro) ni sugiere ni da a entender ni manifiesta que sea un sacrificio estar en la cartuja, pero tampoco que sea una forma privilegiada de vivir. Esa idea de “estar de espaldas al mundo”, que todos, en mayor o menor medida, hemos albergado alguna vez, como si los monjes representasen una comedia de falsos martirios, desaparece como por ensalmo, nunca mejor dicho, cuando ves El gran silencio.
Es una opción, desde luego, y sus virtudes (no creo que sea exacto llamarlo ventajas) son perfectamente aplicables a cualquiera de nosotros. Excepto aquellas personas cuyas cargas sociales y familiares les impiden concebir más aventuras que, si acaso, quedarse de rodríguez durante el verano, el resto podría, sin salir de casa, abrazar la vida cartujana.
Para percibir el tiempo hay que prescindir del horario, y en la película las indicaciones temporales son irrelevantes. No se nos da ninguna explicación, y me parece muy bien. Todo es un continuum en el que sólo cambian las estaciones, si bien es verdad que la vida cartujana se basa en un
horario muy particular. Se levantan a las once y media de la noche y se ponen a rezar a oscuras hasta las tres de la mañana; después se vuelven a acostar en un jergón de paja dura y allí reposan su cuerpo hasta las siete de la mañana; no desayunan, y desde esa hora se dedican a rezar y a estudiar hasta que deciden alimentarse o vuelven a la iglesia para seguir rezando.
Esto lo podríamos llevar cualquiera, e incluso en condiciones más extremas que las de los cartujos, pues en este mundo nuestro se concibe el silencio como hermano de la soledad, y esta como ausencia traumática de los otros. No es así, no debe ser así. Pocas parejas de novios dan más sensación de amor que las que pasan el tiempo sin decirse nada, leyendo sendos libros, mirando un paisaje lineal o disfrutando de las llamas de la estufa. El habla debería limitarse a las cuestiones de intendencia, o bien a los diálogos activos, esos en los que uno habla por corresponder, pero en los que proporciona siempre más placer estar callado y escuchar al otro. El habla es, sin embargo, una de las pocas actituces morales que nos quedan, como si callar diese mal fario. Recuerdo, de niño, el drama por el que tuvo que pasar un familiar lejano mío, por la sencilla razón de que su hijo, un chico joven pero, en todo caso, mayor de edad, había dejado de hablar. No hubiese sido tan preocupante que dijera tonterías o que fuese lo que se dice un bocas, aun en el caso de que su incontinencia verbal le hubiese puesto en algún embarazoso disparadero.
Pues bien, no sólo no pasa nada por estar callado sino que el silencio invita al dominio de los ruidos. Cuando uno camina por el monte, sobre todo si no tiene costumbre, lo único que escucha es a sí mismo, su jadeo perruno, su desbocado corazón, el frufrú de la siempre excesiva ropa, el monótono sonar entre las piedras de los pesados botos de goretex, amén de un acaloro general que baja el volumen de los sonidos de la naturaleza más allá de lo audible. El silencio sirve no sólo para que no hablemos, sino para acallar nuestro cuerpo. Estar en silencio no es lo mismo que estar callado. El silencio exige una cierta conciencia de silencio: no respirar ruidosamente, no hacer sonar apenas las pisadas; vivir, en fin, en un estado prelevitativo, como esas personas delgadas que caminan elevando mucho los talones.
O sea: vivir con cuidado. Hay una escena en la película muy ilustrativa para este particular. Un monje toma notas (en español) de algún libro sagrado. A pesar de que no son más que las notas de un estudiante, están escritas en papel pautado, la caligrafía es amorosa y cada rabo de cada letra sale con una curvatura cuya estética se adapta muy bien a esa vieja aspiración de Tàpies, el trazo suficiente, la pincelada única capaz ella sola de describir el mundo, al menos, en este caso, el mundo pequeño e infinito, el mundo infinitesimal de los cartujos.



1 comentario:

  1. Saludos. Muy interesantes reflexiones
    acerca del Cartuja y los cartujos. Yo
    añadiría que su forma de vida es un
    ejemplo de como vivir sin prisas, sin consumismo compulsivo y encontrándose
    a sí mismos.

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