14.1.08

FIRMIN


Hay algo en Firmin, de Sam Savage, que me lleva a novelas recientes y muy leídas como Tombuctú o Brooklyn Follies, de Auster, o Desgracia, de Coetzee, y no porque a mí me interesen las genealogías literarias, que salvo en sus líneas mayores, en las líneas que atraviesan épocas, no suelen servir para nada, sino porque ambas nos hablan de un mundo que se acaba, y en ambas la mirada encuentra su máxima pureza en la contemplación de seres más que humildes, en almas del subsuelo, fondos de un corazón exprimido sobre cuyas heces habría que reedificar la condición humana. En el caso de Firmin es, más que un homenaje a los libros, una especie de réquiem.
Estados Unidos es un país extraño. Quizá sólo sea el reverso de su proverbial ingenuidad, pero siempre me cuesta esfuerzo comprender cómo es posible que la misma gente que se devora con tal grado de salvajismo sea la primera en encontrar hermosas formulaciones para denunciarlo. Y sencillas. ¿Podemos imaginar una novela europea sobre el amor a la literatura de ficción que no sea pedante o remilgada? ¿Qué otra cultura literaria, salvo la americana –y, quizá, la inglesa- puede acometer algo tan hondo y tan sencillo como la desaparición del mundo? Es como si de los detritus de una sociedad criada en el egoísmo y en el miedo surgiesen brotes de asombrosa simplicidad cuyo veneno es el único capaz de regenerar la tierra. Es esta la época de Bush y del apocalipsis de Irak o de Nueva Orleáns, pero también es la época de Cormac McCarthy, de Philip Roth o de Paul Auster. Es como si unos cuantos escritores añosos, entre los que habrá que incluir con honores a Sam Savage, hubieran decidido tomar cartas en el asunto; como si unos cuantos vecinos, de esos vecindarios familiares de gente muy amable que vive en la pobreza y practica una especie de ascetismo del buen rollo, se hubieran solidarizado con el librero que pierde su negocio a manos de las grandes superficies y de los alcaldes sin escrúpulos. Lo importante no es que sucumba un negocio sino un género, no un tipo de literatura sino un tipo de lector. Que alguien tan duro como McCarthy triunfe como uno de los más grandes, que alguien tan tierno como Savage salga de una mínima editorial de pueblo y llegue hasta la mesa del lector peor informado, eso es algo que para que suceda necesita de un rango superior a la confianza en la literatura, de un estímulo como la confianza última en el ser humano. Los buldózer neocón están destrozando un tipo de vida que no sólo tenía en cuenta la escopeta encima del umbral, pero de los escombros salen ratas concienciadas, ratas que vivieron demasiado tiempo en un mundo tranquilo como para que ahora quieran adaptarse de buenas a primeras al capitalismo de alacranes en el que se ha convertido ese país. Un neocón, claro, diría que todos estos grandes tipos son producto del sistema, y que en un sistema como el que ellos añoran no tendrían motivos para ser geniales.
Hagan lo que hagan, piensa uno cuando acaba el libro, las ratas siempre serán más, y aunque de cada 13 sólo una tenga verdadera memoria, serán señal de un lugar habitable, de un túnel que, por lo menos de momento, no hay riesgo de que estalle y se derrumbe.

1 comentario:

  1. Estupendo¡
    Análisis perfecto.

    Eres un/artista:)

    A Sus Órdenes

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