1.12.09

La fiambrera de Muñoz Molina, 2
























Ha salido a colación el San Camilo 1936. En una de las entrevistas promocionales de La noche de los tiempos, la que publicó Babelia, el entrevistador, con buen tino, le preguntó por la novela de Cela. “Es un libro muy importante”, dijo Muñoz Molina, escuetamente, sin aclarar la importancia ni extenderse en su consideración. Cualquiera que haya seguido a MM desde sus inicios asistió a la polémica que quiso organizar el ABC entre él y Cela, cuando Cela estaba ya abducido por la gloria y publicó una ridícula Pavana para un doncel tontuelo en la que acusaba a Muñoz Molina (“el garzón M2”) de haber sufrido a su costa un ataque de cuernos. Fue una cosa tabernaria, de amigotes, que vino a cuenta de una polémica anterior entre Umbral y Muñoz Molina. Umbral se había sobrado con él en Las palabras de la tribu, con él y con “los ciento cincuenta novelistas de Carmen Romero”, como llamaba a una generación en la que, además de MM, se dio por aludido Julio Llamazares, ese absoluto fracaso de novelista.
Por aquel entonces, principios de los 90, yo asistí muy divertido al rifirrafe. Me gusta Cela, me gusta Umbral y entonces me gustaba mucho Muñoz Molina, cuyo Ardor guerrero sigo considerando uno de los libros más importantes de aquella década, a mi juicio no superado por su autor. Estaba maravillosamente bien escrito y trataba el único tema del que todos los españoles han oído narrar algo, pero del que no se había escrito un libro convincente. El tema era apestoso, pero el contenido (“un ambiente de techos bajos”, dijo Savater) fascinaba desde la primera página, gracias sobre todo a la extraordinaria fuerza de la prosa y al esfuerzo de desnudez, sin esos añadidos estúpidos (literarios) que suelen embadurnar la prosa literaria española y que cada cierto tiempo necesitan un Baroja que los desacredite.
Pero también me gustaban los otros, Cela desde que tengo uso de razón, y Umbral desde que llegué a Madrid. Los dos escribieron su libro sobre la guerra, más de uno, aunque los mejores fueron, respectivamente, San Camilo y Leyenda del César visionario. Esta última es de lo mejor que hizo Umbral. No hay narración (Umbral no sabía narrar, sólo sabía escribir), pero su estética valleinclanesca devolvía con la deformación precisa el ambiente intelectual fascista en las vísperas de la hecatombe. El personaje era la prosa. Mi idea de los laínes quedó fijada en esas páginas; no así de Torrente Ballester, gran narrador, de quien Umbral hablaba mal igual que hablaba mal de Galdós, por ignorancia. No obstante, recuerdo, más o menos, una gran frase de aquel libro: “Foxá comía con cucharilla de plata, y Torrente con cucharón de palo para las sopas aldeanas”. El libro era breve pero era un constante sofoco de frases brillantes (sonoras, diría Marsé), aunque lo más importante es que daba una idea bastante aproximada de lo que pasaba por el cerebro de la intelligentsia estética joseantoniana, la píldora que se tragaron.
El otro libro, San Camilo, sigue siendo una pasada. No hay vez que no lo abra que no me quede pasmado con la potencia transparente de su prosa. El método, ya se sabe, era lo que entonces se llamaba estructural, es decir, una yuxtaposición de fragmentos que no se sostienen por una historia continuada sino por la fuerza de cada uno y la impresión del conjunto. Aquí no hay narración, pero sí hay novela, porque leerla es como estar dentro de un bombardeo, una locura que se agranda hasta extremos tan delirantes como ciertos. Cela escribió ese libro a finales de los 60, pero desde las primeras líneas se respira dentro de 1936. Cela te mete dentro de la locura colectiva, no te la enseña en fotos antiguas. Es difícil escribir con más desgarro sobre aquellos días sin soltar discursos ni sermones, más allá de las melopeas medio surrealistas que el protagonista se larga frente al espejo.
Cela publicó esta novela con 53 años, los mismos que tiene ahora Muñoz Molina. Ambas están escritas en el apogeo de sus carreras, las dos saludadas como obras maestras de sus respectivos autores. Las dos tratan el mismo asunto, y las dos parten de la misma idea: aquello fue una salvajada, una locura colectiva, una mezcla de instinto e ignorancia. Durante muchos años se le reprochó a Cela que metiera a todos en el mismo saco, tirios y troyanos borrachos de ginebra histórica, cegados por el entusiasmo de la sangre. Y eso es lo que hace Muñoz Molina, sólo que él se guarda la coartada de la excepción, del personaje excepcional, del artista sensato en un mundo de locos. Cela se hundió en ese fango y lo retrató con la amargura del hieratismo. Subió las trochas más difíciles en su camino por sacarle las entrañas a una época valiéndose de lo que se ve, de lo que se dice y se respira. En vez de sermones, Cela barajaba, yuxtaponía, contrastaba, pero no rellenaba con consideraciones ideológicas el torrente irrepresable de la prosa. La novela era un lugar hermético de 1936. Estás allí, no sentado en una butaca viendo documentales de la época, que es la sensación que yo vengo teniendo con Muñoz Molina.
Con esto lo único que quiero decir es que los dos han contendido en un momento de sus vidas con el tema, y los dos han coincidido en el fondo de sus apreciaciones históricas, pero uno de ellos, Cela, fue mucho más lejos. Los dos responden a la estética de su momento. A finales de los 60 y principios de los 70 se publicaban cosas aún más raras, casi todas lastradas por su audacia, que es un poco el defecto que tiene San Camilo, que es un libro sin principio ni fin, tan impactante y definitivo en una página como en cien. La novela entera, la lectura entera de la novela, de cabo a rabo, es un ejercicio de fascinación sin esperanza, pero yo me temo que habrán sido pocos los que hayan recorrido ese camino tan deslumbrante como agotador.
En el caso de Muñoz Molina, llevamos tantos años de posmodernismo cinematográfico mezclado con autoficción y desprecio de las medidas narrativas, que esa falta de contundencia general de la novela puede que sea una muestra más de lo que se sigue llevando. A la prosa poderosa la lastra, de momento, una falta de definición estética, un hacer cosas muy serias con métodos muy poco serios, poco menos que sacados del folletín y del tebeo, o de esas películas históricas en los que cada personaje representa una cosa, y la dice y se va. Pero así es la imaginación contemporánea, qué le vamos a hacer.

2 comentarios:

  1. conde-duque11:17 p. m.

    Yo también soy un gran fan de "San Camilo 1936". No tiene nada que ver, pero para mí figura en la lista de los libros anestesiantes, como "El testimonio de Yarzof" de Sánchez Ferlosio. Uno puede sumergirse en cualquier momento en cualquiera de sus páginas, en el curso de su prosa, como en el torbellino (o la corriente mansa, depende) del río, y dejarse llevar, olvidándose hasta de la muerte.

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  2. Me alegran estas coincidencias. Qué injustos hemos sido con esta novela (y con la de Ferlosio), metiéndolas en el saco del distanciamiento fácil, cuando eran las que se salían de la melopea setentera.

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