30.11.09

La fiambrera de Muñoz Molina, 1
























Como se trata de una novela de mil páginas, me detendré al final de cada tercio de La noche de los tiempos, la novela que acaba de publicar Muñoz Molina. En realidad no son mil páginas. Si lo fuesen, Fortunata y Jacinta debería tener dos mil y pico, y La última viuda de la Confederación lo cuenta todo, esa gran novela, más de tres mil. Pero las editoriales españolas ya han asumido como normales la letraja para niños, las cajas estrechas, los márgenes tremendos. Lo importante es el libro gordo, el objeto contundente. Menos importante, por lo que se ve, es coser los libros como es debido. Esta novela no es mucho más larga que El jinete polaco, que en su primera edición tenía casi la mitad de páginas. Pero bueno, manda el canon del libro electrónico. Manda la letraja.
El título no me gusta. Estoy un poco cansado ya de los títulos extirpados de la fraseología. Son títulos-foto, instantáneas de la lengua captadas como son. La costumbre tiene algo de trampa: el escritor no pierde el tiempo en aportar una frase nueva a su idioma. Cuando lo hace, cuando no recurre al acervo general, corre el riesgo de fallar, de que el título no prenda. Pero es algo generalizado: ha habido incluso escritores que se jactaban de haber utilizado un verso ilustre para poner de manifiesto la ignorancia de quienes alababan su originalidad.
La historia tampoco me gusta. No sé cuántas veces ha contado ya MM la historia del artista triunfador que se casó muy joven por error con una mujer paleta y al final logra pasar de ella y se reúne con su amante moderna y extranjera. Lo contó, demasiado crudamente para mi gusto, en la novelilla El dueño del secreto, y con diferente grado de detalle en El jinete polaco o en Ardor guerrero, o algo más disfrazada (disfrazada de loca) en Plenilunio. Cuando leo una novela pienso en su primera mujer, qué pensará la pobre viendo que en cada nuevo libro la mujer oficial es más gorda y más fea y la amante más guapa y más extranjera. En La noche de los tiempos la cosa se calca de un modo tan evidente que hace perder de vista que se trata de 1936 y no de los años 80. El protagonista, Ignacio Abel, responde a la descripción física del propio MM. Es un arquitecto moderno, hastiado del paletismo español, de las caras de pueblo (qué obsesión con cifrar la degradación personal en ese detalle), de una España rancia y analfabeta, de su mujer de culo gordo y tobillos hinchados, fea y sumisa. Llevo trescientas páginas y es de esperar que en los dos tercios que restan de novela esa mujer cobre un poco de dignidad, no sea un ejemplo mudo de la España deleznable.
Ignacio Abel tiene una amante a la que no le falta de nada: es guapa, culta, judía y norteamericana. Dejó a un escritor sin futuro y en España, ese país exótico, se lió con un arquitecto prometedor, por lo menos más prometedor que su marido. La dama en cuestión es como una estrella de Hollywood recortada y pegada en una postal cutre de la España negra. El protagonista viaja de Madrid a Nueva York, como MM, y describe lo que ve desde el tren donde viajó MM. MM está en todas partes, en todos los inagotables y pleonásticos juicios sobre cualquier cosa, en la rigidez de sus personajes (que se ponen rígidos hasta para correrse), en su condición exageradamente plana. Todo está contado en un pretérito imperfecto sin escenas, con personajes mudos en la cartelera de un cine de pueblo. En trescientas páginas no he encontrado un solo diálogo que no sea un intercambio de información histórica, ninguna escena (salvo, quizá, la de la amante que llama a casa de Abel vista por el niño) que muestre a los personajes, que los haga vivir.
Porque ese es, de momento, el principal problema que yo le encuentro a la novela, que no está narrada. Es un minuciosísimo argumento, pero no una narración. Es la hojarasca poética que sepulta cualquier mínima posibilidad de vida. La prosa de Muñoz Molina es excelente, pero también lo puede ser la de un ensayo, la de unas memorias disimuladas, incluso la de una novela. El problema es que con eso no basta. Uno no se cree algo porque el autor practique una larga enumeratio con el inventario del atrezzo. Para creerte una novela, para meterte en ella, hace falta que los objetos sirvan para algo, no expuestos en párrafos potentes, al margen del pensamiento y de la acción de los personajes. En ocasiones tenía la sensación de que los personajes se pasan la novela descansando, a la espera de que se acabe la relación pormenorizada, un poco funcionarial, de las circunstancias y los objetos, y puedan de nuevo hacer algo, cosas tan originales como meterse mano delante de las Meninas o…, ¿o qué más? Ah, sí, hay un tópico encuentro de ricos extranjeros que de la noche a la mañana (en el año 36) le ofrecen al protagonista un trabajo maravilloso en Estados Unidos. Lo demás está todo descrito, no narrado. Los personajes son figuras de cartón que el autor hace saltar de una página a otra. MM sólo narra lo primero, las circunstancias, pero cuando es hora de empezar la escena salta a la narración de otras circunstancias que también se quedarán huérfanas de acción.
Estoy seguro de que de ahora en adelante la novela me dará sorpresas agradables. De momento es una mala novela porque no es capaz de que el lector deje de escuchar en cada línea el sermón muñozmoliniano y vea a los personajes, a ver qué dan de sí. Aunque también puede ser que no den más de sí, que todo lo anegue el tsunami prosístico de Muñoz Molina, y uno no sea capaz de esa sensación privativa de las novelas que consiste en que el lector pueda vivir confortablemente viendo ir y venir a los personajes o a sus pensamientos y en que el narrador vaya detrás de los acontecimientos, no revelándolos ni juzgándolos sino conociéndolos a medida que se producen, que la gramática interna de la narración permite que se produzcan o exige un giro inesperado, o lo hace brotar. El estilo es tan inevitable como la imaginación. Un estilo que no fluye es un rollo, y una narración que no cobra vida por sí misma y sigue fielmente los planes previos inquisitoriales del autor, ésa es una narración fallida. Ni siquiera es una narración.
El estilo de Muñoz Molina es bueno pero tampoco tanto. Apenas pasa del primer grado de subordinación y abusa de las construcciones anafóricas, sobre todo de yuxtaponer parrafadas nacidas de un verbo en infinitivo, en participio o en gerundio, los odiosos gerundios. Y tiene un defecto que en un autor de su talla es inaceptable. Amplía sistemáticamente, añade frases como si aún no hubiera llegado a la formulación redonda, pero nunca elimina esas otras frases que le ayudaron a llegar a ella. No hay poda por ningún lado. Todo vale porque todo está dicho con rigor poético, aunque los personajes se comporten como muñecos de madera o como esos mitómanos de culturilla cinematográfica que siempre imaginan a mujeres desnudas bajo la gabardina de Humphrey Bogart. Eso sí que es de pueblo.
Dejo este tramo de lectura después de la mejor escena de cuantas llevo leídas, el bofetón al niño, buena por cómo está contada, no por ella misma, porque la hemos visto mil veces en escenas de padres formales que pierden la paciencia con sus hijos inocentes. La escena da pie al segundo movimiento de la novela, cuando, por así decirlo, ya está liada. Y entonces viene la primera gran sorpresa de la novela, lo verdaderamente inesperado de Muñoz Molina: su deuda estilística nada menos que con Camilo José Cela y el impresionante San Camilo 36. Pero eso merece una bernardina aparte.

4 comentarios:

  1. Esta novela es una lectura que relego a las vacaciones de Navidad. Mientras tanto me dejo guiar por tus atinados juicios y por el bisturí del análisis que haces.
    Muñoz Molina es el narrador que nunca llegó a romper como narrador. Lo dejamos en prosista.
    Con respecto a lo de su primera mujer, un psicoanalista posiblemente concluyera que el autor necesita expiar un pecado que le pesa sobremanera y que no puede quitarse de encima. Un caso, posiblemente, de mala conciencia (y ese toque de leyenda negra que le acompaña).

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  2. Anónimo7:36 p. m.

    Esta novela es una lectura que relego a las vacaciones de Navidad. Mientras tanto me dejo guiar por tus atinados juicios y por el bisturí del análisis que haces.
    Muñoz Molina es el narrador que nunca llegó a romper como narrador. Lo dejamos en prosista.
    Con respecto a lo de su primera mujer, un psicoanalista posiblemente concluyera que el autor necesita expiar un pecado que le pesa sobremanera y que no puede quitarse de encima. Un caso, posiblemente, de mala conciencia (y ese toque de leyenda negra que le acompaña).

    M.Cortés

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  3. La culpa de la doble publicación del comentario es mía, Marcelinuco. Me he liado con el moderador. Un abrazo.

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  4. Me encanta que le guste "La última viuda...", es una maravilla.

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