14.9.12

La tragedia según Roth



Fue George Steiner, en Tolstói o Dostoievski, quien estableció la diferencia fundamental entre los dos grandes maestros rusos: Tolstói recuperó la épica para la novela moderna, y Dostoievski la tragedia. El caso de Tolstói es más que evidente, y en el de Dostoievski resulta muy útil para entender, por ejemplo, Los hermanos Karamázov, una gran tragedia de mil y pico páginas que sin embargo se atiene a las exigencias teatrales de la tragedia: espacios y tiempos reducidos, destinos que no pueden no cumplirse, la ceguera del hombre, su locura transitoria, la persecución implacable del arrepentimiento, etc. Claro que, en el caso de Dostoievski, los personajes rara vez salen de su locura, y si salen, como en el caso de Crimen y castigo, es para cumplir con la catarsis trágica, con la purificación final, como es el caso, por ejemplo, de la Alcestis de Eurípides o del final de la Orestíada.
               Precisamente Alcestis, junto con Hipólito, son las dos tragedias que cita Philip Roth en su novela griega, La mancha humana, las dos de Eurípides, naturalmente, que es el trágico más escabroso, el que elevó la miseria real, no solo moral, a categoría trágica. Aristófanes se reía de él parodiando a sus personajes como si fuesen todos psicópatas y pordioseros, algo que va más a tono con el hiperrealismo sangrante de la novela norteamericana contemporánea.
               Roth no esconde la plantilla: desde el hecho de que Coleman Silk, el protagonista, sea un profesor de griego, o el impecable resumen de la Ilíada que nos ofrece nada más empezar el libro, hasta las referencias directas a tragedias clásicas y, sobre todo, la composición trágica, dostoievskiana (o sea euripídea) de la novela. Y como en las tragedias griegas el argumento era conocido y lo importante (bueno, en Eurípides no tanto) no era su revelación sino su desarrollo, tampoco importará mucho si cuento el argumento, es decir, las tragedias individuales de cada personaje. Porque las tragedias griegas no solo contaban la tragedia de un personaje sino la tragedia de cada uno de los personajes. En Antígona, por ejemplo, no hay ningún personaje que se sustraiga a esa decisión imposible que salga como salga, sea cual sea, les traerá a todos la ruina. En La mancha humana, las tragedias que chocan y se buscan unas a otras la ruina son las siguientes:
               El protagonista, Coleman Silk, tiene un crimen que purgar, su condición de renegado, que, como se nos dice al final de la novela, tampoco dependió enteramente de sí mismo, porque en la década de los cuarenta disimular la propia raza no era el tipo de crimen que creemos ahora salvo para los pioneros contra la segregación racial. Su crimen, en todo caso, se vuelve contra él sin querer, sin comisión deliberada, como en Edipo, precisamente cuando dos palabras homéricas, negro humo, le cuestan la ruina académica en el sentido de la desgracia  de Coetzee. Este coro de erinias malvadas son los habitantes mojigatos de Athena, cómo no, una pequeña ciudad universitaria de Massachusset donde todo el mundo es tan hipócrita y pazguato como nos hemos imaginado en casi todas las novelas de campus. Todo el prestigio que se ganó como profesor ocultando sus orígenes raciales se le vuelve en contra por un comentario que tampoco era racial, sino una excusa para poner en marcha la maquinaria provinciana. Son los días en que todo el mundo estaba horrorizado por la mancha humana que dejó Clinton en Monica Lewinsky. Su sucesor dejaría manchurrones de sangre en medio mundo, pero no escandalizó tanto.
               Quizá como catarsis, Coleman encuentra una ninfa, Faunia, casi cuarenta años más joven que él, con quien Coleman se refugia de su propia desgracia, al tiempo que, gracias al Viagra, entona sus danzas dionisíacas. Pero esa catarsis, naturalmente, trágicamente, le costará la muerte, de un modo incluso más severo del que ideó Dostoievski para Raskolnikov.
               Faunia, la ninfa dionisíaca, desgarrada y follaora, tiene su propia tragedia. Fue maltratada de niña, su padrastro abusó de ella, al tiempo que le hizo vivir en permanente huida hacia ese mismo abuso. Es como si el fauno que persigue a Siringa la pudiera haber violado antes de que Tetis la convirtiera en cañaveral, y a partir de entonces arrastrase su condición de fatídica sirena. No es difícil rastrear modelos mitológicos, pero aquí lo más importante es que sobre la joven Faunia, con su punto de Medea que pierde por su locura a sus dos hijos, pende para siempre el colmillo del fauno, su exmarido Lester, de cuya locura no podrá escapar.
               Y Lester sufre hybris vietnamita, o sea. Es uno de esos soldados que volvieron zumbados de la derrota y cuyo destino es vengar su miedo encarnado en sus hijos muertos, en su exmujer lasciva, o en el propio Coleman. La coda es Delphine, la profesora francesa que fomenta la circulación de bulos que acaben con Coleman y que tiene un final, tengo que decir, algo confuso: no está suficientemente bien explicada su última, involuntaria afrenta a la memoria del ya fallecido Coleman.
               Podríamos seguir: el hijo menor de Coleman es un Edipo judío de reglamento; él y sus hijos (salvo Ismene, claro) echan al padre a Colono/Athen, y cumplen así el mismo acto criminal que cometió Coleman al repudiar a su madre. El libro entero está entretegido de mitología trágica, y su desarrollo es también tan trágico que a pesar de una estructura no lineal tiene toda la encarnadura de lo representable.
               ¿Le sale bien todo esto a Roth? Sí, claro, pero siempre con su coartada narrativa, que es también su principal exceso: ahogar las escenas en reflexiones, y alguna, sobre todo al final, alargarla hasta dañar el ritmo del relato. El relato de los hechos está convenientemente desestructurado, con idas y venidas que aíslan el fragmento del relato, generalmente para bien, como en los mejores relatos autónomos del libro: la visita de los excombatientes al restaurante chino, la historia de los grajos, magnífica, y alguna que otra más, no muchas, porque la novela hace del argumento relato (que es el mejor modo de avanzar muy reflexivamente) sin salirse de los márgenes estrechos de las múltiples tragedias.
               Pero resulta que es eso precisamente lo que más disfrutamos del libro, los largos fragmentos especulativos, los ensayos, muy logrados en Farley, menos en Delphine, de forzar la prosa hasta llegar a la conciencia del personaje. Es como si nos diera unas cuantas páginas para que reflexionásemos con él sobre un asunto inminente o ya ocurrido, que es lo que, salvo esas excepciones, casi nunca es del todo presente. Roth acumula muchos planteamientos que resuelve con pocos hechos y gran cantidad de palabras. Todo es un permanente ir empezando. El final podría haber sido el comienzo de una novela negra, y eso hace que la solución de algunos conflictos, en especial el de Delphine, pero también el de Coleman y Faunia, supla con tragedia lo que habría exigido quizá más desarrollo narrativo. Y más agones, más encuentros a cara de perro, el de Faunia y su exmarido, el de Coleman y Lester, el de Delphine y el propio Lester, o incluso Faunia, en el fondo su rival.
               A veces creo que la estrategia de Roth pasa por no salirse de los arquetipos que simbolicen previamente su visión de los Estados Unidos. El excombatiente de Vietnam es de catálogo, si bien nunca está claro que sea un Taxi Driver o un pobre diablo. Se nos ha hablado de su capacidad de locura, pero no la vemos, no la sentimos, no la presentimos. No corre ningún riesgo Zuckermann, el narrador, en la última escena con él a solas en el hielo. Por mucho que le enseñe la trepanadora, sabemos que no le hará nada, y nos cuesta creer por un momento que fuera capaz de asesinar, víctima de la locura trágica, a Coleman y a Faunia. Y algo similar, pero en otro sentido, me ocurre con Faunia. No me la termino de creer a no ser que piense en ella como una perturbada mental, que tampoco estaría de más. Sí, son los personajes de Eurípides y de Dostoievski, gente que piensa con otros registros, víctimas de tragedias insoportables que se quedaron desquiciados para siempre, hasta que, dejándose llevar por el destino, saliesen al encuentro de su propia muerte.

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