17.9.12

Sucesiones al trono



              Si hay algo cierto en todo lo que ha dicho Esperanza Aguirre para justificar su retirada es lo referido a su sucesor, Ignacio González, con quien “los madrileños no van a notar diferencia”.  Ya lo creo que no van a notarla. Poco antes de escuchar su sentida dimisión, leía yo este párrafo en Me casé con un comunista, la novela de Philip Roth. Es una conversación entre Nathan Zuckerman, el alter ego de Roth, y su padre, a propósito de que el joven Nathan (estamos en los años 40) es un rendido admirador de Wallace, aquel político que, en plena época de la segregación racial, intentó un sorpasso del partido demócrata en toda regla.
               “-Lo único que va a hacer tu hombre [Wallace] es impedir que los demócratas lleguen a la Casa Blanca –me dijo mi padre-. Y si ganan los republicanos, eso significará para el país el sufrimiento que siempre ha ocasionado esa gente. Tú no habías nacido cuando mandaban Hoover, Harding y Coolidge. No tienes una experiencia directa de la crueldad del Partido Republicano. ¿Desprecias los grandes negocios, Nathan? ¿Desprecias a los que tú y Henry Wallace llamáis “dos peces gordos de Wall Street”? Bueno, no sabes cómo es cuando el partido de los grandes negocios pone el pie en la cara de la gente corriente. Yo sí que lo sé. Conozco la pobreza y unas penalidades de las que tú y tu hermano, gracias a Dios, os habéis librado”.
               Esto, repito, pasaba en los años 40. Estamos en España y en el 2012, y el partido de los grandes negocios, sea del ala que sea, se sigue comportando, con sus matices españolazos, exactamente igual que el norteamericano. Lo malo es que entre esos matices hay que incluir la sucesión hereditaria en vez de democrática, un vicio en el que Madrid se lleva la palma. Ser conservador no significa ser tonto, y apuesto a que no todos los madrileños que votaron de alcalde a Gallardón habrían votado a Ana Botella, sobre todo por una razón de lo más conservadora: en el partido de la meritocracia y de las grandes fortunas, Ana Botella es la última de una larga lista de candidatos infinitamente mejor preparados que ella. El suyo fue un caso de amiguismo que en las próximas elecciones les pasará factura, porque esa señora, definitivamente, no da la talla ni siquiera para sus correligionarios.
               Es ingenuo pensar que en unas elecciones municipales o autonómicas la gente vota a un partido y solo a un partido. Aquí nunca se ha hablado de PP o PSOE sino de Gallardón o Lisavetzki, o bien de Aguirre y el tontaina de Tomás Gómez, una nulidad de hombre que espero que no vuelva nunca más a presentarse. Gallardón accedió a la alcaldía consciente de que la ganaba para regalársela a una señora a la que la gente no había elegido como cabeza de lista, y Aguirre, después de año y pico de mandato, deja el poder en manos de un sujeto demasiado prepotente y relamido para los votantes, y eso que los votantes, sobre todo en Madrid, tienen un estómago a prueba de pisotones.
               Pero también forma parte de la esencia del PP burlar la democracia, no rebajarse a un sistema tan plebeyo: Aznar nombró heredero sin pasar por unas primarias y Gallardón y Aguirre sin que el agraciado tuviera que pasar siquiera por unos comicios. A eso se le llama despreciar a la gente, y en ese sentido me creo a pies juntillas las palabras de la presidenta. No, no vamos a notar la diferencia.
               Claro que siempre tendremos una oportuna enfermedad que ablande nuestros corazones. Ya decía Cicerón que, cuando uno va a un juicio que tiene medio perdido, lo mejor es llevarse a los niños, dar pena, llorar un poco, estilo marquesa, como lloraba ella, o a moco tendido, como lloraba su delfina. Pongámonos en lo peor: supongamos que, en efecto, la salud de Aguirre le ha jugado una mala pasada y que no puede continuar en un cargo tan exigente. Aquí nadie le desea el mal a nadie, pero personas muy cercanas a mí murieron de cáncer (y se llevaron un tajo de mis entrañas que no ha vuelto a crecer) y solo me quedó el consuelo de que estuvieron bien atendidas, que se hizo todo lo posible por salvarlas, y que su situación social no influyó en absoluto en el desarrollo de su enfermedad. ¿Podré decir lo mismo con las reformas sanitarias que propugna la gente como Aguirre? ¿Tengo claro que con la política demencial del PP yo mismo no me moriré antes de hora porque no tengo rango suficiente para que me atiendan como es debido, como tengo derecho a que me atiendan? Esas dos personas tan queridas que murieron, mi madre y mi amigo, Pilar Bravo Serrano y Rafael Maícas Sacristán, murieron, ella, con el consuelo de que había podido dar a sus hijos una buena educación, y él con la desesperación de haber sido bien educado, haberse ganado un buen puesto de trabajo y tener toda la vida por delante. ¿Podremos decir lo mismo de los muchachos que ahora estudian en la Escuela Pública, hacinados y conscientes de que se les está degradando como ciudadanos?
               Eso en el caso del pathos, de la enfermedad y de las lágrimas. Todos deseamos, no creo que haga falta repetirlo, que Aguirre recupere la salud y, de paso, si es posible, la conciencia de que, mal que le pese al cogollito empresarial aristocrático, en este país todos somos iguales. Pero si se trata de un asunto no más que político, una jugada, una estrategia, el resentimiento de no llegar a lo más alto, entonces Aguirre se habría comportado como siempre, como una marquesa que piensa que los votantes, por encima de cualquier otra consideración, son ganado amaestrable, borregos a los que se puede manejar con cuatro lágrimas a tiempo y de paso proceder a la sucesión en el trono por cualquier medio que no sea el democrático. Nos lo han hecho tantas veces…

5 comentarios:

  1. Yo también deseo que la lideresa recupere la salud que ella quiere impedir que recuperen muchos enfermos que no tienen medios para pagarse una sanidad privada. Me alegro de que desaparezca del mapa político una de las políticas que más detesto. En cuanto al sucesor, ciertamente será más de lo mismo, que esta gente, como tú dices, serán lo que sean, pero tontos no.

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  2. No le deseo nada malo a esta señora, pero me alegro que desaparezca de la escena política. Y tampoco me van a conmover los que la lloren...

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  3. Rosamudejar8:31 p. m.

    Me parece un poco fuerte que la lideresa haya esgrimido entre otros motivos el de su salud ("cancer presuntamente curado")para una salida política que las malas lenguas atribuyen a otros motivos (¿estará preparando "alguna"?"), instrumentalizando su congoja para llegar a la gente. La puesta en escena dijo mucho ....
    Aunque fuera cierto.
    Desde luego si dentro de unos meses vuelve a aparecer en política,... le deseo lo peor.
    Y es que muchos-as pensamos que es una víbora.

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  4. Me atrevo a comentar para discrepar. Es evidente que no voy a entrar en gustos o disgustos personales porque cada quien tiene sus filias y sus fobias. A mí - ¡Qué le voy a hacer!- Aguirre me cae estupendamente y no tengo nada que decir a quienes expresan que les cae como un tiro.

    Mi discrepancia, sin embargo, va más por tu afirmación de que las sucesiones a las que tú aludes, la de Botella por Gallardón y ésta de González por Aguirre, no sean democráticas. Lo son. Democráticas, legales y legítimas, como también lo fueron la de Barreda por Bono o la de Griñán por Chaves. Todos ellos fueron elegidos en las urnas y en nuestro sistema constitucional no elegimos presidentes de Comunidad, o de gobierno, o alcaldes, elegimos diputados y concejales y éstos, a su vez, eligen presidente y alcalde. Por lo tanto, nada que objetar.

    Otra cosa es que los partidos políticos españoles sean muy mejorables en su democracia interna o que algunos preferiríamos que las listas electorales fuesen abiertas.

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  5. Si hay algo que objetar. No todo hay que medirlo en términos de legalidad. Es cierto que son los diputados o los concejales quienes eligen al presidente o al alcalde. Pero no es menos cierto que cuando se presentan a las elecciones,la propaganda, la foto en las farolas, quien promete el oro y el moro en los mítines, quien sale en los debates, es el que aparece el primero de la lista y que el partido propone para que sea presidente o alcalde. Si hay que poner al segundo porque al primero le ocurre algo que le impide ejercer el cargo, no habría nada que objetar pero si obedece a una maniobra para colocar a un oscuro personaje sin ningún tirón, me parece una sucia maniobra. Imagina que en un cartel ves una foto de Bob Dylan y su nombre escrito en letras grandes. Debajo en letras pequeñas lees María Jesús y su acordeón. Compras entradas. Lleno hasta la bandera. Empieza el concierto. Sale don Roberto y dice cuatro palabras. A continuación sale la del acordeón y os da el tostón durante dos horas. Legal, legítimo, democrático. Pero deshonesto de narices.

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