12.11.12

David Copperfield


1.

Terminé la biografía de Dickens tan mosqueado con su autora que decidí acudir al encuentro del verdadero Dickens. Y empecé David Copperfield, que llevo a medias. David se ha reencontrado con Tapples, un muchacho muy noble y muy sufrido que había en el internado de Salem’s House, cuando el padrastro de David, el malvado Murdston, se lo quitó de encima.
               Hay personajes secundarios que gusta que reaparezcan, que suponen una grata sorpresa, pero hay otros, como Tapples, que tienen que reaparecer, que el lector los necesita para encajar alguna pieza suelta, en este caso la pieza Steerforth. Steerforth es otro compañero del internado de Salem’s House, el protector de David (nunca de balde), a quien el protagonista admira más que a nadie. Este Steerforth, varios cientos de páginas atrás, se portó muy mal con el pobre Tapples, no intervino para que se librara de una paliza y demostró mucha menos gallardía que el, entonces, insignificante Tapples. El narrador no lo comenta, pero insiste poco después en su rendida admiración por Steerforth.
               Esto es lo que se llama tirar un cabo. Hasta que no reaparezca Tapples no quedará desenmascarado el verdadero valor moral de Steerforth, y eso que cuando por fin aparece (en un muñido teatral en el que interviene el moroso Micawber) tampoco es él quien trata de quitarle a David la venda de algodón que le hace poner a Steerforth por las nubes. Es Agnes, la bella Agnes, a quien pretende el viscoso Uriah Heep.
               Contar un argumento de Dickens es meterse en un embrollo de personajes. Todos se cruzan como en una calle sin semáforos. Los hilos narrativos son trapecios que coinciden con otros trapecios donde van montados otros personajes. Micawber entra y sale del libro por cualquier parte, como un personaje del que resulta difícil desembarazarse y que, en cambio, nos alegra con su visita. Micawber es el moroso Vázquez que yo leía de pequeño, un tipo del que no hay que fiarse pero que divierte escuchar, y que en el fondo nunca deja pufos capaces de arruinar a nadie, sino un reguero de pequeños impagos que lo llevan de una casa a otra, como las infancias barojianas. Dickens juzga mucho, pero también comprende. Los hay que no pueden salirse de su condición de muñecos malos, los Murdston, el saurio Uriah Heep, el inquietante Steerforth, pero los buenos lo son siempre dentro de sus debilidades. Son buenas personas, como el marido de Pegotty, el cochero, más agarrado que una lapa, como la divertida Mrs. Micawber, la típica esposa del bohemio, igual de tronada que él, que lo sigue al fin del mundo porque es la única que se fía, y lo hace con un amor exagerado, de opereta, muy divertido.
               El otro gran personaje, claro, es Pegotty, ilustrísima heredera del Ama de Julieta. Es igual de parlanchina que ella y en sus parlamentos lo sigue mezclando todo, pero tiene un corazón como el de un ternero (por eso se le estallan los botones) y toda la sensatez del mundo. Qué bien funciona este personaje, lo pongas donde lo pongas. Desde las amas negras de Faulkner hasta las añas de Pombo, las amas siempre han sido una buena excusa para que el poeta hable por ellas, se asome a su lengua y a su pensamiento, a cómo lloran y a cómo se alegran, y a cómo lo lían todo para ser las únicas capaces de verlo claro. Dickens sabía escucharlas. Hay una carta llena de borrones, mal escrita, con letrajas nacidas de los nervios y de la inocencia, del puro, desconcertado sentimiento, que nos conmueve con cada falta de ortografía, que ya sabía Dickens que suelen ser pruebas de sinceridad. 
               David Copperfield no tiene eso que podríamos llamar el regodeo que me cansó un poco en Nuestro amigo común. Hay hilos mayores, personajes que atraviesan la obra entera, unos para dramatizarla y otros para decorarla, o para cambiar de tema, o para hacernos reír. Dickens emplea un procedimiento muy útil y muy sencillo para el que solo se necesita escribir como él escribe. Cada personaje secundario, de esos prebarojianos que se dedican a cosas raras, viene marcado por un tic narrativo que repite sin cesar. El de Uriah Heep, quizás el más gracioso de todos, es el de la falsa humildad, llevada a un extremo que incluye y mitifica a todos los que se dicen humildes. El padrastro Murdston solo sabe hablar de la firmeza, y practicarla según sus tenebrosos métodos. Micawber se pierde en sus floreos gaseosos y siempre corta igual: “En una palabra”, dice, y resume su parlamento de la forma más sencilla y más reveladora. Micawber siempre acaba consciente de que está en la ruina, pero se recupera enseguida y vuelve a perderse en floreos. Me he quedado cuando David lee la carta en la que Micawber, con lenguaje judicial, le explica que ha dejado a Tapples sin un duro. El bueno de Tapples se había fiado de él y lo había avalado. Veremos cómo hila Dickens ahora el sablazo a Tapples con el descubrimiento de la verdadera identidad de Steerforth. Micawber parece ser que se ha ido con sus deudas a otra parte.

2.

               Hay algo decepcionante en el final de David Copperfield, más allá de la simple decepción de que se acabe. Se trata de una discrepancia argumental que por otra parte se debe a la habilidad de Dickens para que el lector conjeture permanentemente, es decir, se plantee la novela en los términos en los que se la plantea el autor. No se trata de pensar qué pasará ahora sino cómo se resolverá esta cuestión. La primera pregunta es propia de novelas agatacristianas, la ignorancia como suspense. Pero la segunda propone al lector una partida en la que no hay trebejos escondidos, y en este punto hay dos jugadas que no me gusta cómo ha resuelto el autor.
               La primera es el personaje de Dora. Hija del acaudalado señor Spenlow, el primero que da trabajo –remunerado solo con prestigio- al joven David, esta niña es tonta desde el principio. Tampoco sería muy exagerado decir que no se puede ser más tonta, mimada, gazmoña e infantil, hasta un extremo que ya no recuerda la infancia sino el retraso mental, un poco como esa sensación que dan a veces las declaraciones de Ana Botella. Cuando Dora se entera de que David tiene que trabajar (su tía Betsy, la que lo mantiene, se ha quedado sin un duro por culpa, como sabremos luego, de los manejos de Uriah Heep), el amor se le esfuma enseguida. Qué asco, un trabajador. Dickens ha llevado al extremo la tontería de la niña, subrayada por el no menos estúpido perro Jip. Lo normal, entonces, es que Dickens terminara con ella su noviazgo y volviese sus ojos a Agnes, la gran mujer de la novela, pero entonces a Dickens se le plantea un problema: el final debe ser la unión inminente de Agnes y David, pero, si Dora desaparece ya de escena, para rellenar los huecos sentimentales antes del gran final con Agnes habría que haberse inventado otra novia.
               Se nota en qué línea Dickens decidió cambiar de rumbo. Él, que es capaz de alargarse lo que sea menester con una tormenta (espléndida) o un diálogo insulso y divertido (Micawber vs. Micawber), lo resuelve sin embargo de un plumazo, en tres líneas, como aquel que dice. De pronto muere míster Spenlow y se descubre que no le queda un duro, o sea que la niña rica no tiene ni para el ajuar. Y se casa con David. La jugada es maestra, porque hasta entonces oíamos a un escéptico Copperfield fingir un amor increíble hacia una boba de reglamento. Pero este matrimonio insulso tiene la virtud de hacerlo víctima de la ironía bufa, como si él no se diese cuenta de lo que todo el mundo tiene claro, que aquello es imposible. Ocurre entonces que David se acostumbra, y Dora, puesto que resulta cargante ser tan permanentemente idiota, empieza a revelarse, con uve, como un personaje mucho más interesante de lo que creíamos: el autoengañado David empieza, a pesar de sí mismo, a tener razón, y Dora empieza a ser lo que muchos años después sería la Kitty de Ana Karenina, una mujer dulce y aparentemente frágil que a la hora de la verdad actúa como una gran mujer.
               Pero no. Igual que en una tarde decidió cargarse al padre de Dora, a míster Spenlow, en otra tarde, y en uno de los capítulos más breves del libro, decide cargarse a Dora. Eneas necesita que muera Creúsa para liarse con Dido. Stallone necesita que unos bandidos matasen a su mujer para liarse con la tetuda del cartel. Hay que quitar a Dora de en medio, y de paso al perro, que se muere, ya puestos, como el perro de Ulises. Luego, de vez en cuando, dice que es viudo, pero se le olvida con facilidad. Si Tomalin analizara esta novela, diría que David es un monstruoso maltratador que asesinó con su frialdad a la maravillosa Dora. La verdad es otra. Dickens es un mitógrafo, casi incapaz de crear personajes que no se le puedan ir de las manos, crecer y desarrollarse en verdaderos mitos, complejos y paradigmáticos. Pero también le corta las alas a la pequeña Emily, que se fuga con Steerforth, o a su tío, el hermano de Peggoty, un hombre entregado a una búsqueda. De todos queremos más porque están vivos y son grandes personajes, pero, si así la novela tiene mil y pico páginas, si los hubiera desarrollado a todos aún estaríamos leyéndola. El pecado de Dickens no es tratar a Dora con desprecio. El pecado es matarla cuando ya la había puesto a volar y la niña tonta del principio empieza a ser una mujer deliciosa a quien la tía Betsy nos ha enseñado a ver. (Otra que tal: la tía Betsy está pagando eternamente los desprecios que le hizo a la madre de David, en una forma de expiación que desborda el personaje para insinuar otra gran historia).
               Aunque, puestos a cortar alas, el tajo más decepcionante es el que le da a Steerforth. Nos pasamos la segunda mitad de la novela esperando que reaparezca Steerforth. Alguien lo ha de desenmascarar, y dudamos de si será el gran Traddles (que sin embargo se ocupa de desenmascarar, con ayuda de Micawber, al malvado Uriah Heep), o bien si, un poco al estilo de Dora, nos sorprenderá con lo que mejor se puede sorprender en una novela, que sea todo aquello que pensamos que no puede ser. Steerforth ha raptado a la bella Emily, que estaba a punto de casarse con el pobre pescador, pero pronto sabemos que la raptó no por usarla y tirarla sino porque la amaba de verdad. Todo lo cual, sin embargo, no dura. El joven malcriado por su madre no tardará, y lo sabemos desde lejos, mediante mensajero, en abandonar a su suerte, deshonrada, a la pobre Emily, y él mismo barruntamos que se lanza a un sumidero romántico, como aquellos versos de Alceo, el del hombre que queda solo sobre un barco a la deriva, que tanto imitarían luego los poetas de la época de Dickens. Muere a lo lejos, después de que, muy inverosímilmente, intente rescatarlo el pobre pescador al que le birló la esposa, que también muere en el empeño. Pero tanta muerte desgraciada no puede paliar el hecho de que Steerforth se ha quedado sin papel. Lo intuimos, pero no lo vemos. Tiene encarnadura de protagonista trágico, no de mero secundario. Le pasa a Dickens lo que después le ocurrirá a su discípulo Galdós: que algunos personajes son tan grandes que, si no son los protagonistas exclusivos, quedan infrautilizados.
               Esto de sacar defectos a los clásicos resulta muy gratificante. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se tomó la molestia de crear esos dos personajes, desarrollarlos, darles vida, encomendarles la tarea (por lo menos en el caso de Steerforth) de sostener buena parte del interés de la novela, para luego, por cuestiones de espacio, dejarlos desdibujados en un segundo plano que no se merecen? Visto de otro modo, estas renuncias, estas descompensaciones, son las que garantizan que la novela siga viva. Nos reconocemos como reales en cuanto detectamos las imperfecciones. Steerforth y Dora son dos móviles de acción que quedaron en agua de borrajas, quizá como las liebres de los atletas, necesarias para llegar hasta el final, pero que rara vez terminan la carrera. Lo malo es que eso no se decide. Un buen novelista decide, pero no premedita. Al plumazo de la muerte de Spenlow le siguió el plumazo de la muerte de su hija. En medio, un trozo de vida.  

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