30.11.13

Baroja en Bloomsbury


María Aracil era un personaje demasiado bueno para quedarse solo en la protagonista de La dama errante. Esa certeza debió de ser muy evidente para Baroja cuando decidió empezar La ciudad de la niebla con la propia María como narradora. Y resulta de lo más convincente. María y su padre, el doctor Aracil, llegan a Londres y se instalan en una especie de zona franca, de hotelito para refugiados, una sala de espera en la que los tipos curiosos están fuera de cualquier contexto, y quizá por eso son curiosos. Da la impresión de que Baroja, que ha rendido un hermoso homenaje al inicio de Bleak house con su descripción de la entrada en Londres, se agazapa en este cosmopolitismo de mesa camilla igual que el doctor Aracil se recluye en el fumadero del hotel y no se preocupa de buscar trabajo. Es María la que se preocupa, y en esta preocupación y en el disgusto que le produce la indolencia oportunista de su padre están las mejores páginas de la novela, cuando es María y solo María la que lleva la narración. Baroja no se amanera para parecer femenino: tan solo se poda a sí mismo y recurre al teatrillo cervantino para reaparecer en forma de Iturrioz, que de pronto se ha venido a vivir a Londres.
               María conoce a los tipos barojianos de la pensión pero ella quiere patear Londres, de modo que su padre se queda para desaparecer. Baroja lo casa con una rica americana y si te he visto no me acuerdo. Es entonces cuando María (discretamente protegida por Iturrioz) emprende su nueva vida y sale a pasear por las minuciosas descripciones ropavejeras de Baroja: fábricas, puertos, almacenes, grúas, carros, obreros borrachos y mujeres de boca torcida, en la pirueta de trasladar la imaginación dickensiana a un viaje del propio Baroja a Londres, allá por 1906, tres o cuatro años antes de escribir esta novela. No faltan los personajes micawber, como el tal Roche, que soporta a su mujer con olimpismo volteriano; los personajes steerfort, como el farsante Vasily, que enamora a María con su pose entre revolucionaria y boreal y la desengaña casándose con una niña rica (que además está gorda, añade Baroja); hay hasta una pequeña banda de Fagin en el poco convincente negocio de enviar por correo bombas a España para que los Mateos Morrales del mundo se inmolen con ellas y dejen un reguero de cadáveres. En todo caso, esta primera parte no se sostiene por las querencias diogénicas de Baroja sino por el impulso de María, que conoce a la simpática Natalia, deja el hotel, borra a su padre y se marcha a vivir con ella.
               Aún queda media novela. Pero Baroja, en esta segunda parte, comete, a mi juicio, la torpeza de retirarle a María la palabra. La narración vuelve a la tercera persona y a partir de entonces la novela que estábamos leyendo solo aparecerá de cuando en cuando, en breves situaciones, escondida en un revuelto de trastos industriales, máquinas viejas, tipos curiosos, calles de Londres y simpáticas intervenciones de Iturrioz. Y además Baroja comete uno de sus rarísimos deslices estilísticos: no hay página en la que no aparezca una vez por lo menos la palabra negro, casas negras, suelos negros, nieblas negras, rostros negros, calles negras, barcos negros, etc., etc., con una profusión que no puede deberse a ningún propósito impresionista, que no puede ser más que un descuido. El lector está entregado a María y a su amiga Natalia, y cuando la narración, ya en la línea de tres cuartos, debía estar volando, Baroja se entretiene con sus descripciones de rimeros de cosas, con sus tipos estrambóticos y característicos y con sus paisajes negros. Muy Baroja todo, sí, pero no ahí, no en ese momento, no en ese tramo de la narración. El autor ha presentado tan bien a las dos mujeres que, puesto que viven por Boomsbury, tampoco veríamos en absoluto chirriante que sencillamente profundizasen en su amistad. Baroja tuvo la oportunidad, antes que Mansfield, de contar una historia de amor entre dos mujeres, y si seguía con la primera persona las cosas podrían haber ido por ahí sin el menor asomo de morbo, con asombrosa naturalidad para los tiempos que eran y para la severidad erótica de don Pío. Los respectivos novios que les salen (a Natalia el optimista Roche, ya separado, y a María el repentino Vladimir -de pronto amigo, de pronto amado y de pronto traidor-) no encajan bien en la lógica de la narración. Forman parte de la nómina. Pero si María hubiese tenido que hablar de ellos (y de Natalia) en primera persona, la cosa habría exigido mucho más de todo. Dickens no habría sido entonces en esta novela un catálogo turístico de Londres ni el reflejo de algunos personajes muy queridos, sino ese gran personaje que desboca la narración. Tan gran personaje que, después de dos novelas, aún esperaríamos alguna más.
               Por eso, terminada la novela, el cambio de voz no es una audacia sino una renuncia. En Baroja la amistad está siempre por encima del amor. La relación entre María y Natalia es de una pureza enternecedora. Baroja se asoma a las puertas de su afecto, pero, tímido, prefiere ignorar lo que ve cualquier lector. Incluso creo que cambió de voz porque, como dice la propia María al final, no tuvo fuerzas para ser inmoral, dicho sea en los términos de aquellos tiempos, por más que ella misma, e Iturrioz, y por supuesto Baroja, considerase que esa inmoralidad no es más que un acto de afirmación de la mejor parte del individuo.
               María, en fin, se casará con el primo Venancio, un tipo que nos cae bien desde La dama errante, sensato, valiente, viudo y con cuatro hijos, y Londres quedará en ese nimbo, en esa niebla juvenil en la que siempre estuvo a punto de pasar de todo. 

1 comentario:

  1. Anónimo11:41 a. m.

    Viajando con Dos Passos por España (Rocinante vuelve al camino) el autor recomienda dos obras de Baroja: La princesa errante y La ciudad de la niebla.
    Ahí estaba yo cuando me encontré con las dos últimas entradas de tu blog.
    Curioso.
    Rafael Esteban

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