25.11.13

El héroe sano, 2


Pues sí: después de Zalacaín, en el tiempo que me dejan las lecturas de temporada, me metí con Shanti Andía, que es quizá lo que debería haber leído nada más volver de Lekeitio. Lo recordaba mucho mejor que Zalacaín, y también me ha impresionado más. Con Zalacaín fue gozo narrativo. Con Andía es nostalgia, pero una nostalgia que ya sentí, un poco anticipadamente, cuando lo leí la primera vez. Entonces yo era un chico, como dice Baroja, y esta página de la novela me parecía un atributo más del héroe:

Sí, todo está igual; yo sólo soy diferente, yo sólo he variado; era un niño, soy un hombre; era un ingenuo, soy un desengañado y un melancólico. He vivido en medio de los acontecimientos, y los acontecimientos me han escamoteado la vida.
               Algunas veces me miro al espejo, y al verme viejo y cambiado, me digo a mí mismo:
               -¡Ah!, pobre hombre. Tu juventud se fue.
               Han pasado muchoas años desde que salí de mi pueblo, ¿y qué he hecho? Ir, andar, moverme de aquí para allá, llevado por un turbión de acontecimientos que me han dejado el alma vacía. Cuando he buscado un poco de calor y de abrigo he encontrado frialdad, dureza y egoísmo.
               Navegando he perdido la noción del tiempo; embarcado, los días son largos, y, sin embargo, los años, suma de días, son cortos, escapan, vuelan. El tiempo ha corrido bien rápidamente para mí. Ese pensamiento en el pasado, cuando se deja atrás la juventud, es como una herida en el alma, que va fluyendo constantemente y nos anega de tristeza. Todo el camino andado parece una Vía Apia sembrada de tumbas.

               Esto lo escribe Baroja a los cuarenta años. Es uno de sus años de gracia. El mismo año, 1911, publica El árbol de la ciencia y Las inquietudes de Shanti Andía, dos obras maestras. Tusquets publicó hace un par de años la trilogía La raza, con formato y honores de novela contemporánea, igual que se publican las de autores vivos. Eso me gustó. Hay que sacar a Baroja de la incubadora escolar y preguntarse si hay alguien ahora que lo haga así de bien, si hay una novela de ochocientas páginas que pueda equipararse a la trilogía Las ciudades. Si hay algún libro para todos los públicos de la talla literaria de Las inquietudes...
               Pocas páginas antes, Baroja escribía una de sus famosas poéticas:

               Hoy no puedo soportar a la gente que juega con las caderas y con el vocablo; me parece que una persona que ve en las palabras, no su significado, sino su sonido, está muy cerca de ser un idiota; pero entonces no lo creía así. Cada edad tiene sus preocupaciones.

               Y sin embargo las descripciones de Shanti Andía son de una perfección emocionante. La bellísima historia del viaje al barco naufragado tienen un nivel difícil de superar. Y digo bien, porque si lo superas ya te estás amanerando, aunque sea solo un milímetro. Leo los párrafos escuetos de Baroja, ese constante refrenar el impulso romántico que lo animaba, ese permanente dejar que se disuelva en melancolía, que la ola no llegue a romper ni la prosa a desparramarse. No hay nada enfático en esta prosa, pero al leerla, al pensar en que la estoy leyendo (algo difícil en Baroja, que consigue de inmediato lo más importante de todo, que te olvides de que estás leyendo), soy consciente de lo difícil que es escribir así de bien y del férreo espíritu crítico que uno debe tener consigo mismo. 
               La primera valentía del poeta es la claridad. Pero Baroja parte de esa misma claridad para dar un giro metaliterario que si hubiera premeditado le habría salido presuntuoso. Porque Las Inquietudes de Shanti Andía, en su primera parte, cuando Shanti habla de sí mismo, no es exactamente una novela del mar sino del mar visto desde tierra. Es, como Sotileza, la novela del pueblo pesquero, del puerto de mar. Es novela de camarote, no de cubierta. Shanti va y viene a Manila en un par de líneas, y las siguientes páginas se dedican a un almacén de objetos curiosos que hay en el pueblo cercano. No hay, de momento (sí en la segunda parte, cuando ya no suenan a enciclopedia), historias del mar entendidas como ese rollo de gavias y cabestrantes, un error que cometió Delibes (creer que el mar estaba en sus tecnicismos marineros) y que cometería cualquiera que no acepte su condición, digamos, interior. Baroja lo sabe, y pronto la novela alcanza a la memoria, es decir, el mar de la infancia y de la juventud se diluye en el Baroja adulto. La primera parte de esta novela es muy Zalacaín. Nos esperamos un Shanti intrépido, sano. La juventud, más barojiana, más desengañada, ya es el Baroja envuelto en un abrigo, cabizbajo, con el cuello subido y las manos en los bolsillos, y al llegar a la madurez nos suelta esto, a mitad de novela. Cuando yo era mozo, ese desengaño del viejo lobo de mar me parecía de lo más romántico. Ahora que he alcanzado, y sobrepasado, la edad de su autor cuando lo escribió, me parece de un realismo enternecedor. Pero me emociona más ahora, como es lógico. Me emociona el héroe del primer capítulo y el desengaño de la mediana edad, a pesar de que sé que ese héroe no es Shanti, es Baroja. En esta novela el feliz Shanti pugna con el triste Baroja, y parece ser que al final gana el viejo marinero, la tierna fantasía cotidiana.
               Pero Baroja, pasada esta primera parte, utiliza pronto un mecanismo que será el método con el que, a partir de 1913, irá hilando las veintidós novelas de las Memorias de un hombre de acción, los múltiples narradores, los largos relatos insertados, un uso libre de la novela marco que le permite, por una parte, contar con distancia lo que contado por el propio Shanti parecería presuntuoso, y, por otra, llevar esa distancia al terreno de las estampas románticas. Así, hasta mitad de novela, da la sensación de que Baroja navega por sus veranos y por la lectura de Dickens. La historia del marino de Bisusalde, Juan de Aguirre, empieza con una escena propia de David Copperfield, la del anciano delicado que vivía en la costa con su hija. Uno diría que es ahí donde Baroja se replantea la narración cuando deja que el marinero Itchaso cuente, en cuarenta páginas incesantes, la historia de los dos Tristanes, en un tono más cínico que el de Shanti, como si Baroja, para contar las cosas a su modo, hubiera querido no implicar en ello al protagonista de la novela, un hombre más afable y risueño que el viejo lobo que cuenta una historia de barcos negreros, lo más parecido que tenemos a Joseph Conrad por este lado del mar.



               La narración vuelve entonces a Shanti y a su rivalidad con Machín, un personaje de Dostoievski, con un aire a Smerdiákov, el epiléptico de los Karamázov, pero sobre todo a esos personajes cuya maldad es anomalía, pero cuyo fondo trágico no deja de ser bueno a pesar de las atrocidades que traman, o por lo menos comprensible desde un punto de vista, digamos, naturalista. Y, cuando esta sorpresa que es siempre la redención de un malo pierde fuelle, cuando esa ráfaga de viento se disipa, la narración coge nuevo impulso con el manuscrito de Juan de Aguirre, que narra en parte lo ya narrado por Ichaso (sin el gracioso cinismo de Ichaso), y amplía las aventuras como si navegando se hubieran metido en mares de otros siglos, en los cantos de Ossian y las novelas de Walter Scott, que aquí se citan varias veces al final. Baroja termina la narración metido en una estampa marinera como las que adornan las paredes de su casa de Itxea, los grabados que Baroja encontraba por la ribera del Sena en aquellas mañanas grises en las que escribía El árbol de la ciencia.
               Juan de Aguirre será ya Aviraneta. Después de Shanti, Baroja ya tenía el método para un carmen perpetuum, para una novela sin fin que le permitiese alternar sus dos tonos, el más cercano y pesimista y el más legendario y risueño. El efecto es complicado. Por una parte, los relatos insertados descargan la novela de realismo y la bañan de nostálgica aventura; pero por otra parte en esos relatos está escrita toda la crueldad y el pesimismo que el narrador realista, Shanti, no es capaz de sentir. Lo legendario se llena de pesimismo contemporáneo, y lo contemporáneo de ingenuidad aventurera. Al final Shanti es un viejo marinero al que su mujer le dice que siempre está contando las mismas historias, rodeado de hijos y nietos, feliz en esa felicidad innata, en esa alegría de vivir profunda que no sabe de ambiciones ni de envidias, la ausencia de avaricia que le libró del malhadado tesoro de Juan de Aguirre, pero no de su relato.
               El Epílogo, otra obra de arte, es un retrato del héroe liberado de su condición contemporánea. Es el héroe de siempre, el que es capaz de ser feliz. El mismo año Baroja trazó el impresionante retrato del hombre que no puede serlo. Andrés Hurtado es Pío Baroja, pero Shanti Andía es, más bien, el gran Ricardo Baroja, de quien sería momento de leer La nao capitana
               Dejó aquí ese compendio de moral epicúrea que es el epílogo de Las inquietudes de Shanti Andía. No creo que el tipo de emoción que busca se pueda conseguir mejor de otra manera, con otro estilo más o menos florido, sino exactamente así, con ese laconismo plagado de versos sueltos. Si acercas el oído, casi escuchas a Machado.

Han pasado muchos años de vida normal, tranquila, sin más incidentes que los cotidianos.
Juan Machín no ha aparecido. Quizá anda perdido por los mares; quizá también ha ido a buscar algún tesoro en un rincón del planeta.
Como guardando la tradición de la familia, es él el Aguirre inquieto que se pierde por el mundo. ¿Vive? ¿No vive? ¿Volverá? No lo sé. Confieso que al principio no hubiese querido que volviera; hoy, sí, me alegraría de verle y de estrechar su mano.
Respecto de mí, siento un poco de vergüenza al decir que soy feliz, muy feliz. Es verdad que no lo he merecido, pero así es.
Cuando pienso en mi mujer, me acuerdo también de Diana Vernon; pero no tengo que recordarla como mi tío Juan de Aguirre ni, como el héroe de Walter Scott, muerta, sino que la veo viva, a mi lado. Hoy, con sus cincuenta años y los cabellos grises, me parece más encantadora que nunca.
Mi madre vive ya constantemente en nuestra casa de Izarte. Le gusta estar siempre en la cocina hablando con las muchachas y con mis hijas, echando leña al fuego y murmurando contra mi mujer.
En el fondo se entienden las dos perfectamente; pero mi madre tiene que reñir un poco; acusa a mi mujer de mandona y de que siempre quiere hacer su voluntad.
Todos mis hijos han sido mecidos en los brazos de su abuela, y dentro de poco podrá mi madre mecer a su bisnieto.
Yo cada día me siento más indolente y más distraído. Muchas mañanas, con el buen tiempo, me levanto muy temprano y sigo el camino abandonado, escuchando el rumor de los campos. Los pájaros cantan en las enramadas, el sol se derrama brillante por la tierra.
Al volver me detengo a contemplar mi casa, sobre el jardincillo que le sirve de pedestal. En el balcón de madera brillan los geranios rojos; en el huerto, algunos girasoles levantan sus grandes flores sobre sus tallos. Subo la escalera y me asomo al balcón. Las vacas pastan en nuestro prado; mis chicos suelen seguirlas protegidos del sol por grandes sombreros de paja. Enfrente veo las casas desparramadas de Izarte, que parecen de juguete, echando humo por la chimenea, y a lo lejos los montes.
Mi mujer sabe que algunas veces necesito vagabundear un poco, y me deja. Antes me solía acompañar en mis paseos, y algunas veces, al ver aparecer el lucero de la tarde, recitó esa poesía de Ossian, que hemos leído los dos en un ejemplar de Ana Sandow, y que empieza así: "Estrella del crepúsculo, que resplandeces soberbia en Oriente, que asomas tu radiante faz por entra las nubes y te paseas majestuosa sobre la colina... , ¿qué miras a través del follaje?"
Yo la solía escuchar con las lágrimas en los ojos. Aquellos cantos de Ossian me parecían admirables. Hoy mi mujer tiene demasiadas cosas en que ocuparse para corretear por el campo. Nuestro clan va aumentando y ella es la administradora. Yo le digo que es buen tirano, la dictadora inteligente, la representación del gobierno ideal para los perezosos.
Yo soy el vagabundo de la familia.
Cuando cambia el tiempo experimento la nostalgia de sentir la paz profunda del mar, de su abandono y soledad. Entonces voy a pasearme por la playa de las Ánimas, y contemplo, como si fuera por primera vez en mi vida, las tres rayas de espuma de las olas que rompen en la arena.
En la primavera me produce una gran alegría; en el otoño, una gran tristeza; pero una tristeza tan extraña, que me parece que sería muy desgraciado si no la sintiera alguna vez.
En esos días de noviembre, cuando vuelve la humedad y el dominio del gris; cuando vuelven las líneas vagas y borrosas y vuelve el silbar agudo del viento; cuando el arroyo Sorguiñ-erreca semeja un torrente,
Estrella del crepúsculo, que resplandeces soberbia en oriente, que asomas tu radiante faz por entre las nubes y té paseas majestuosa sobre la colina..., ¿qué miras a través del follaje? entonces me gusta pasear por la playa y saturarme de la enorme melancolía del mar y empaparme en su gran tristeza.
Luego, cuando ya estoy saturado de espumas, de olas, de gemido del viento, subo por la cuesta de los Perros hasta lo alto de las dunas, y avanzo por entre los maizales. Allá está la aldea tranquila donde vivo, allá están los míos. Voy acercándome a mi casa; la familia, en estos días de invierno reunida en la cocina, delante del fuego del hogar, me espera.
Allí cuento yo mis aventuras, y las adorno con detalles sacados de mi imaginación; pero las he contado tantas veces que mi mujer me reprocha un poco burlonamente que las repito demasiado.
A veces me preocupa la idea de si alguno de mis hijos tendrá inclinación por ser marino o aventurero. Pero no, no la tienen, y yo me alegro..., y, sin embargo... Ya en Lúzaro nadie quiere ser marino; los muchachos de familias acomodadas se hacen ingenieros o médicos. Los vascos se retiran del mar.

¡Oh, gallardas arboladuras! ¡Velas blancas, muy blancas! ¡Fragatas airosas, con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer, que ya no os volveré a ver más! Sí, yo me alegro de que mis hijos no quieran ser marinos..., y, sin embargo...

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