7.11.13

El héroe sano


Este puente pasado anduve por la costa de Vizcaya, por ese mar bronco y grisáceo que en días de lluvia es de un sentimentalismo telúrico. Me tira el norte. Durante muchos años fui puntual, cada otoño, a algún pueblo entre el Baztán y el Bidasoa, desde Irurita a Burguete pasando por el bosque de Irati. Esa parte navarra me gusta más que la vizcaína, pero para el efecto que me produce viene a dar lo mismo: en Navarra nunca dejo de pasar por Vera y hacerme una foto junto a la tumba de Julio Caro, y cuando regreso me cuesta mucho no acabar leyendo Las horas solitarias de su tío, por ejemplo, o alguna de las aventuras de Aviraneta. En este caso, en Bermeo, viendo el mar romper contra las rocas negras, lo más lógico habría sido que al volver a casa me enfrascase en Las inquietudes deShanti Andía, pero este año el dedo se me posó antes en la trilogía Tierra vasca y por exclusión, porque no me apetecía en ese momento leer novelas dialogadas, llegué a esa maravilla que es Zalacaín el aventurero, cuyas primeras páginas me sentaron como le sentaría una copa de Vega Sicilia a un alcohólico después de varios años de abstinencia. Estoy por beberme sus obras completas, y luego empezar con el sobrino, hasta que aguante el hígado.
               Porque yo echo de menos ese tipo de novela. Zalacaín lo leí, como casi toda mi generación, en el instituto, y no sé por qué motivo (supongo que por ese final un poco desmadrado) me dejé llevar tiempo después por la consideración de juvenil, poco seria, con que la crítica barojiana la ha ido dejando en las baldas de más arriba. Y qué va, qué va. Tan solo la descripción de Urbía con que se abre Zalacaín y cómo cierra el plano hasta los personajes es un modelo no solo de construcción narrativa sino, sencillamente, de una prosa castellana de primera categoría. La descripción final del cementerio es alta poesía; la caracterización a través del diálogo, de una precisión asombrosa. Hablo de los méritos que vamos ahora buscando en una buena novela, no de cualidades pasadas de fecha. Es el entusiasmo narrativo, la fruición romántica que sigue a Zalacaín, la emoción de los paisajes sin retórica, la acción rápida, sin pesadeces reflexivas, el modo de dialogar, ese bueno que contestan los personajes y que Cela supo ver y explotar. Mucho, pero mucho Cela hay en el Zalacaín, desde las congeries onomásticas a la nota breve, irónica y desnuda; desde la poesía de la exactitud a la composición por manchas de color: ahora una descripción sentida, luego una aventura, más tarde un diálogo sustancioso; unas gotas de folletín aquí, un documento histórico allá.


A este respecto tengo una teoría de andar por casa. La llegada de la máquina de escribir, el hecho revolucionario de que los dedos alcancen la velocidad de la mente, ha engordado la novelística contemporánea y la ha despojado de hechos, de acciones. Dejando al margen la novela pulp, en las novelas que llamamos serias pasan muy pocas cosas con respecto a la extraordinaria densidad narrativa de Baroja. En cada oración simple sucede una cosa distinta. No hay más tregua narrativa que esos capazos que de vez en cuando coge Baroja con algún personaje. Suceden cosas y nadie está solo. El héroe, Martín, no se separa de su Patroclo, Bautista. Todo el mundo se trata con consideración y en ese hablar tierno y escueto es donde Baroja pone todo el sentimiento que los narradores modernos emplean cientos de páginas en describir con sus veloces piruetas especulativas. No lo critico porque también me gusta, pero, como ex redactor de folletines, envidio esa renuncia casi ascética de Baroja por todo lo que no sea la pura narración.
Martín es el héroe de acción, según repiten todos los manuales desde hace cien años en las primeras líneas. Es lo que Cela llamaría el hombre sano, el que no se plantea más actividad que la inmediata. No es culto sino astuto, y no se deja avasallar por el pensamiento. Duerme en las condiciones más inciertas, ama como han amado todos los jóvenes, pero no cae en agonías ni en lamentaciones. Cuando aparece otra más guapa, se vuelve a enamorar, y cuando se le pasa la tontería tampoco se deja devorar por las erinias. Es, quizá, el héroe salvaje, el vasco antropológico, y nos cae bien. Charlaríamos con él porque sabemos que él no haría ascos, salvo que empezásemos a dormirnos en la suerte. Zalacaín huye del aburrimiento, su tío Tellagorri le enseñó a leer en las manos del monte, a disfrutar de lo que disfrutan los hombres del campo, cantar zorcicos y jugar a la pelota vasca, pero también a mantenerse siempre firmes, pasase lo que pasase, aun en ese torbellino folletinesco con que Baroja remata la novela. Demasiados reencuentros, pensábamos en nuestra juventud crítica, cuando ya se nos había olvidado la primera vez. Sí, demasiado folletín, y esa es precisamente la gracia, que la novela no abandona el encanto infantil de los días de gripe. Es romántica precisamente porque no especula, porque nunca deja de narrar. Aceptamos las bravuconadas baserritarras de Zalacaín (la toma de Laguardia, la huida poco convincente del calabozo) porque ya lo hemos adoptado como héroe. A Héctor el Atrida lo respetamos, lo tratamos con reverencia, pero a Zalacaín lo ajuntamos, no nos cuesta imaginarnos junto a él. El propio Baroja cita la Ilíada, a su manera, en la despedida de Zalacaín y Catalina, antes de que marche de guía con el coronel Briones, pero Martín siempre va vestido de Josechu el Vasco y nos produce la misma cercanía.
No, no es solo una novela juvenil. Es eternamente infantil. Está sana como una dentadura de leche. Los personajes nos enseñan a ser críticos y a distinguir a los imbéciles, pero todavía no se han atracado de escepticismo. Los carlistas quedan a caer de un burro, y el sarcasmo de Baroja no se deja de sentir, igual que la ternura. La novela juvenil es aquella que solo se lee cuando uno es muy joven y tiene estómago para tanto tópico. Pero esta tiene la virtud de, además, mantenerse en el tiempo gracias a su perfección narrativa y a esa pureza a la que en el fondo un lector aspira durante toda su vida. Es como si dijésemos que La isla del tesoro es una novela juvenil y nada más que juvenil. En cierto modo, yo creo que también lo decimos. Ese es el problema.

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