27.11.13

La dama errante


La condición orgánica de la obra de Baroja (y de la de cualquier buen narrador) hace que algunos personajes le salgan con tal grado de verdad que no solo se apoderan de la novela sino que, como es el caso, determinan la siguiente. Al leer La dama errante da la sensación de que Baroja hubiera emprendido una novela sobre el papanatismo de café que había en el Madrid de la época en el momento en que Mateo Morral propuso una versión tangible de la cháchara anarquista. El doctor Aracil es uno de esos fabricantes de frases que abundaban en la época. Médico de prestigio gratuito, más basado en la postura que en la ciencia, se divierte comandando sus tertulias de café, donde “peroraba y lanzaba sus paradojas y sus frases brillantes”. Sus procedimientos, por cierto, recuerdan bastante a los de Unamuno:

               Uno de estos artificios [retóricos] estribaba en una antítesis casi mecánica, en una oposición sistemática de un concepto por el contrario. Se decía delante de él, por ejemplo: “Hay que dar trabajo a los obreros”, y él replicaba enseguida: “No; lo que hay que dar es obrero al trabajo”. “Hay que europeizar España”; él contestaba: “Hay que españolizar Europa”. (…) Se le decía: “Habría que encontrar un medio de ventilar bien el hospital”. Y él replicaba: “Lo primero sería ventilar bien las conciencias”. Otro decía: “A los campos españoles les falta, sobre todo, abono químico”. “Más abono químico les falta a nuestras almas, que están siempre en barbecho”.

               Cuántas veces habré leído la idiotez esa de que la historia de España se escribía en los cafés. En los cafés, esencialmente, se perdía el tiempo. Por un Valle-Inclán genial que declamaba entre los espejos, había cien inútiles que lo imitaban. Lo malo es que, de estos cien inútiles, unos cuantos eran, como ahora, los que gobernaban el país. La idea inicial de Baroja en esta novela me da por pensar que está concentrada en ese enfrentamiento con el significado real de las palabras, no con su apariencia, en este caso con el anarquismo:

Aracil era un anarquista, pero un anarquista retórico, un anarquista de forma; no tenía esa tendencia apostólica y utópica, ese entusiasmo por la vida nueva que han encarnado tan bien algunos escritories rusos y escandinavos.

               El que sí la tenía era Mateo Morral, aquí Nilo Brul, un exaltado catalán que a Baroja le cae bastante gordo. Este Nilo Brull, nos dice Baroja en el prólogo, “no es la contrafigura de Morral”, sino “la síntesis de los anarquistas que vinieron desde Barcelona, después de proceso de Montjuich, a Madrid, y que tenían un carácter algo parecido de soberbia, de rebeldía y de amargura”. Lo pinta, sí, con “tendencia apostólica”, pero también con una neurastenia bien poco intelectual. La carta que deja escrita a su muerte es un revuelto del Ecce-homo con los idearios anarquistas que huele a caso clínico. Baroja había sido más condescendiente con los anarquistas como Juan (una especie de Alejandro Miquis revolucionario) en Aurora roja, pero aquí Brull sirve solo para subrayar la inconsciencia palabrera de los intelectuales de velador y la inconsciencia brutal de quienes toman las ideas en su estricto sentido, acaso, para ciertas ideas, el único coherente. Ni a Baroja ni a nadie debió de hacerle ninguna gracia que el saldo del atentado fuera los reyes vivos y veintitantos vecinos muertos. La brutalidad estaba en la chapuza, y sobre todo en la defensa de la chapuza en nombre del ideal.

            
               Aracil nos presenta a Iturrioz, uno de los dos profesores de filosofía que tuve yo en el instituto (el otro fue don Mariano Larios), y todo apunta a que Baroja nos va a describir esa patética contradicción que debieron de sentir los plumillas de la época cuando vieron que las palabras, en fin, podían seguir matando. Pero la novela es de María, y lo que podría haber dado cuerpo al relato entero se queda en un motivo: Nilo Brull acude a refugiarse en casa del doctor Aracil (quien paga así sus bravatas anarquistas) y, como es poco probable que la justicia le haga ningún caso, decide huir con su hija.
              Baroja, que se informó de primera mano de lo mal que lo pasaron los anarquistas después del atentado, empalma con un viaje muy 98 a Portugal que hizo el propio Pío con su hermano Ricardo y con Ciro Bayo, una escapada que le da para describir la miseria económica y moral del campo español, para insistir en la cobardía de Aracil y para que la hija, una muchacha, emerja como una gran heroína, sensible pero resistente, cautelosa pero decidida, culta y lista, que no es lo mismo, y desde luego un ejemplo permanente para el pobre hombre que es su padre.
             Detrás dejan personajes admirables: el primo Venancio (que reaparecerá en La ciudad de la niebla), el noble guarda de la Casa de Campo, Isidro, el propio Iturrioz o un periodista inglés, Tom Gray, que le tiende los cabos necesarios para armar la siguiente novela. Y la huida, cómo no, le da a Baroja para dedicarse a su deporte favorito: describir caminos de cabras, casas destartaladas y tipos curiosos, vagabundos, señoritos sentimentales (ese muchacho que parece sacado del Quijote). Hay –breves- descripciones de la sierra de Gredos que competirían en belleza con las de Unamuno, y pasajes nietzscheanos que seguro que encantaron a Solana, como el relato de la muerte del caballo, escrito con esa emoción que solo nace del respeto.
               El propio Baroja creía que esta novela le había salido como “una tela impresionista”, una obra “poco serenada”, es decir, armada con rapidez en torno a materiales en principio heterogéneos. Pero en el fondo se trata de su principal virtud, la ausencia de premeditación, el encomendarse a la novela, más que escribirla, y crear un personaje, María Aracil, tan estupendo que casi exige otra novela para ella sola, como en efecto sucedió, y nosotros que la leamos.

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