11.7.26

Tierra, mar y humo (4)


Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
4. 1956-1960

No hace falta hurgar mucho para deducir que, tras la publicación de su segunda novela, Ignacio Aldecoa escribió ese mismo y el siguiente varios cuentos pensando ya en la impresionante Gran sol, de 1958, año del que no aparece registrado ningún cuento. Estos trabajos previos se centran en un realismo antropológico, documental, de oficios duros, descritos con minuciosidad y precisión pero sin alardes de retórica. ‘En el kilómetro 400’ es el primero de ellos, la historia de unos camioneros que cargan en puertos del Norte y van hacia Madrid. Los diálogos exigen haber sido escuchados, presenciados, con una prosa bien afilada para describir de la manera más realista posible la dureza del oficio. Aparecen, sin embargo, personajes quizá muy auténticos pero excesivos por bestiales, como el cojo de la taberna, que inevitablemente nos recuerda al tullido de la venta de El Jarama, aunque aquel también tenía mala leche pero no era tan bárbaro. Como se hace inevitable en el realismo de la época (y ello da que pensar que quizá este cuento también fuera un esbozo de novela), no falta la tragedia en el desenlace, en este caso bien resuelta porque no es la más previsible, aunque igual de triste. Las escenas laborales, los conflictos entre compañeros aislados del mundo en sus tajos, siguieron con ‘La urraca cruza la carretera’, en este caso una cuadrilla que asfalta una carretera con un calor de justicia. Un joven, el sufrido pinche, desperdicia el agua del botijo ante el enfado de sus compañeros. Luego va a rellenarlo y, por lo que se entiende, al tirárselo a un compañero el otro no puedo agarrarlo y se hace pedazos. Está muy bien descrita esa jerarquía casi castrense de los trabajos penosos, así como el desgaire del muchacho, demasiado verde y remolón, como si aún no supiera lo que se le viene encima. Y el tercero de estos cuentos de currantes, ya del 57, es ‘Rol de ocaso’, un ensayo general para Gran sol, con marejada incluida y otros elementos que allí desplegará, los tecnicismos marineros y el cansancio del barco y de sus tripulantes, el mal rollo contenido, el patrón atrabiliario… No es exagerado decir que Gran sol es este cuento debidamente alargado.
Pero antes de esa novela vieron la luz tres piezas más. La última de ellas (según el orden de la compilación) es la un tanto recurrente ‘Esperando el otoño’, en la que unos jóvenes haraganean en el bar del pueblo, juegan al ajedrez, al mus, beben de fiado y esperan la primera lluvia del otoño. No tienen otra cosa que hacer: su futuro es entrar en la fábrica de cemento o en la de productos químicos, y a ninguno le hace gracia. Y no hay mujeres. En ese pueblo no hay mujeres. Su realismo cinematográfico está muy bien pero ese camino ya lo había agotado Ferlosio, porque hay novelas que abren tendencias y otras son tan buenas que además de abrirlas las clausuran, al menos en la época en que fueron escritas (y, en el caso de El Jarama, todavía hoy).
Los otros dos cuentos del 57, sobre todo uno, son piezas maestras. En ‘Lluvia de domingo’ Aldecoa vuelve a un impresionismo quizás autobiográfico, con evocaciones del aburrimiento y Stevenson en la lluviosa lejanía; los sueños, las prisas por cumplirlos, la decepción inevitable y esa soledad que después de Sallinger ya asociamos con la adolescencia. El estilo es cercano al monólogo interior, con sensación en vez de trama, y resulta novedoso en su producción e inevitable pensar si Martín Santos lo leería, yo creo que sí. A pesar de que aún leeremos algún otro cuento de ese tenor, no es descabellado pensar que, igual que hizo con sus demás novelas, estas autoficciones adolescentes estaban llamadas a fraguar en otra, por qué no un Retrato del artista adolescente en versión española. 
Lo mismo podría haber sucedido con el que quizá sea el más famoso de sus cuentos, ‘Young Sánchez’, y hasta cierto punto el que ha generado una etiqueta cómoda para lectores vagos. Aquí se narran los prolegómenos del primer combate como profesional de Paco, Young Sánchez: el gimnasio cutre del barrio, la familia humilde, con un padre orgulloso del que el joven se avergüenza (como Stephen Daedalus, por cierto), el trabajo en un taller, el bar que frecuentan los boxeadores, sobre todo uno, el excampeón, y finalmente el vestuario. Cuando suena la campana para que empiece el combate, el cuento ya está contado.
La fama de Aldecoa como cuentista le debe mucho a este relato, por el tema, que se puso de moda como ambiente callejero para consumidores beat de jazz en vaso largo, envuelto en humo, y por el estilo, seco y eficaz, escurrido como un peso pluma antes de la pelea, sin ahorrar en ambientación sórdida. Es el retrato de los sueños humildes, y seguramente incumplidos, de las hostias que no van a sacar de pobre a nadie, todo lo más a dejarlo sonado. Pero, aparte del acierto en el tema, en el ambiente, es un cuento imprescindible. Que haya demasiados comentaristas y apologetas que hablen de toda su obra pensando solo en este cuento no creo que haya que reprochárselo al autor. Es lo típico por estos lares.
Entre 1958, cuando merecidamente ganó el premio de la Crítica con Gran sol, y 1961, Aldecoa solo publicó tres cuentos, si bien en el 59 sí publico reunidas algunas piezas anteriores. Supongo que hay razones biográficas que lo justifiquen pero esta es una lectura a palo seco y solo después, si acaso, rebuscaremos en el cajón de los matices. Así, por ejemplo, en el 59 solo publicó un relato, ‘El corazón y otros frutos amargos’, que a mi juicio no es un buen cuento por el tratamiento del tiempo. Un jornalero llega a un campo a trabajar y de pronto ya le ofrece un compañero irse con él y una moza lo engatusa. El inicio sí tiene su propio tempo, según esa marca de estilo de largos prolegómenos que no nos acababa de convencer, pero el resto está deslavazado. 
    Y de 1960 tenemos otros dos relatos que tampoco incluiríamos en la antología, por diferentes motivos. ‘Aunque no haya visto el sol’ supone un cambio de registro, con una prosa más deliberadamente poética, como un moderno romance de ciego con mujer borracha. La narración se construye sobre imágenes sueltas, con párrafos como versículos, a lo largo del tiempo, sin la —necesaria— compresión temporal de los cuentos anteriores. Además resulta un tanto lastimero, lo que no hace ningún bien al realismo, lo mismo que el humor zumbón, que ya hemos apuntado, las pocas veces que nos ha salido, que pese a manejarlo bien no era el fuerte de Aldecoa. En ‘La espada encendida’, un alcalde viudo y amargado se obsesiona con imponer la moral en el pueblo. Al alguacil lo trata como a un criado, y le ordena vigilar el parque, por si hay alguna pareja metiéndose mano, para multarlos. Ese tono de sarcasmo grueso (el cuento está dedicado a Rafael Azcona) que no veíamos desde el principio, sirve aquí como parodia del guardián de las buenas costumbres que ya empieza a estar solo en el mundo, quizá como una primera conquista del desarrollismo. En todo caso, la explicitud de la caricatura, que puede serlo del régimen entero, está muy bien como denuncia y testimonio pero nos deja un tanto fríos como relato. Pero eso también es lo que suele pasar, y en Aldecoa, afortunadamente, del todo excepcional.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, Alfaguara, 2018, 777 p.

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