15.8.26

Azul cielo


Cuando apareció Deep blue, el superprograma informático para jugar al ajedrez —hoy ampliamente superado—, se habló mucho de algo en lo que muchos no habíamos caído, que el jugador lleva a cabo un proceso instintivo de decantación, es decir, a lo largo de una partida rechaza cientos, miles de alternativas sin considerarlas siquiera. El gran maestro, el profesional de élite, no es tanto el que menos descarta como el que más profundiza en las que no descarta. El resultado, como todo el mundo sabe, es que hoy las máquinas son invencibles, pero también que su portentoso desarrollo es inversamente proporcional al simple placer de jugar.
Con la memoria —y con la literatura— sucede algo parecido. Los recuerdos evolucionan según un sistema instintivo de decantación, casi siempre ingobernable. Si pienso en mi infancia de finales de los 60 y principios de los 70, la memoria me proporciona un caos de imágenes disparejas que con paciencia y una buena dosis de recreación, o sea de inventiva, yo debería ir encajando. Si pienso, por ejemplo, en el día que nos dieron fiesta en el colegio porque se había muerto Franco, recuerdo alguna escena suelta, el abrigo de cheviot que llevaba Rodríguez, que a los diez años ya tenía cara de abogado, y unas cuantas escenas más que servirían para reconstruir no un día concreto sino una época, una sensación. En cambio, si tiro de Google o de redes sociales, acabaré diciendo el modelo y la talla del abrigo y la fecha de nacimiento de los hijos de Rodríguez, a quien después de aquel curso no he vuelto a ver.
Algo de esto da que pensar la novela de Sandro Veronesi, Septiembre negro, excelente por muchas otras razones que luego comentaré, pero estrictamente contemporánea en el sentido de que los novelistas ya trabajan con deep blue. Si algún defecto he de ponerle a esta novela es precisamente ese, que el protagonista sabe demasiado de lo que recuerda, algo de lo que el propio narrador se cura en salud: «Bobby Fisher ha pasado a ser mi ídolo borrando a casi todos los que tenía de niño cuando me gustaban todos los deportes —y cuyos nombres fui olvidando poco a poco y he tenido que buscar en Google para mencionarlos en esta narración». Pero le pasa a Veronesi, mutatis mutandis, lo mismo que a Cervantes, que solo se hace algo aburrido cuando sabe demasiado de lo que cuenta, en este caso de las Olimpiadas de Munich 72, tristemente célebres por aquel secuestro mortal de parte del equipo israelí. Al margen de esas ristras de nombres y apellidos, de medallas y campeonatos, la novela, la pura invención —o la memoria decantada— es de muy gratificante lectura.
Veronesi era otra de las recomendaciones de Piperno y con esta no me ha defraudado en absoluto, de hecho ya estoy a la busca de otros títulos suyos como Caos calmo que se me pasaron en su día y ahora ya no son sencillos de encontrar. El género de Septiembre negro es el de la salida de la infancia, ese territorio delicado en el que los juguetes quedan despojados del aliento que les daba vida y son sustituidos por la autoconciencia púber, en este caso por una fulgurante aparición del eterno femenino, por el primer amor. Gigio es un chaval de doce años cuyo cuerpo es atacado por la hormona del descubrimiento. Vive en la quintaesencia del catolicismo, con una madre irlandesa, fiel hasta el extremo, y un padre italiano que, como creo que decía Ángel González, practica la fidelidad pero tampoco es un fundamentalista. Completa la familia Gilda, una niña que brotará como una flor de la sabiduría, y los visita el clásico personaje del que un niño —y un lector— se encariña nada más verlo aparecer por la puerta, el tío Giotti, un estupendo relato en sí mismo que no voy a tener el mal gusto de desvelar.
Pero está la rama del amor, la bella Astel, hija de rico empresario italiano y suntuosa madre etíope, a la que conoce en la playa, en esos veranos de mar y juego, luminosos de mañanas fragantes, que solo son soportables cuando uno tiene esa edad. La buena idea de Veronesi es que lo malo, el drama, la negritud del verano, lo que podría haber llenado una novela entera de Camilleri, con relaciones turbias y venganzas familiares, aquí se deja para las páginas del desenlace, de manera que la novela entera es un largo prolegómeno, la recreación de un mundo que se vale por sí mismo, por mucho que la trama negra sirva para acelerar el desenlace y darle intensidad. Y eso que no dejo de encontrarle, aparte de los wikiexcesos, algún que otro defectillo. La escena cumbre, por ejemplo, la conversación que Gigio escucha detrás de una pared, está contada con un tipo de estilo indirecto que se hace machacón y mareante, y además resulta un tanto previsible: el lector sabe de qué va la vaina un par de páginas antes de lo que da la impresión de que el autor tenía previsto; y el final, ese recoger las cosas cuando se acaba el verano y la novela, es un tanto prolijo, incluso el epílogo botánico, hermoso y significativo, pero un poquito largo.
Y sin embargo todo lo demás, que es casi todo, es un placer continuado, empezando por una prosa clara como las mañanas en las que Gigio divisa las islas normalmente ocultas por la bruma, sin esa manía de preferir las vidrieras a las ventanas que, al menos aquí en España, sustituye las buenas historias, o las bien contadas, por efectismos palabreros que se evaporan antes incluso de hervir. Esta novela no: aquí los capítulos, todos estupendamente rematados, consiguen consistencia poética, autonomía estética sin necesidad de pirotecnias expresivas, por más que el autor no suelte la rienda del qué pasará. Septiembre negro queda en la memoria como esas películas con las que al día siguiente uno se despierta y le queda la sensación de no haber terminado de verlas, como si estuvieran aflorando todavía islotes de significado, gestos y palabras que pasaron desapercibidos pero se grabaron más allá de los inventarios exhaustivos, por el simple proceso de decantación que provoca la buena literatura sin necesidad de rellenarla con enciclopedias.

 Sandro Veronesi, Septiembre negro, trad. Juan Manuel Salmerón, Anagrama, 2026, 266 p.


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