27.5.10

El juego del secreto























No sé hasta qué punto Tormento puede considerarse la primera parte de una novela cuya segunda parte sería La de Bringas. Si se leen en el orden en que las escribió Galdós, Francisco Bringas pasa de ser un hombre algo apocado pero muy buena persona al avaro especialista en postizos que veremos después. Y, al revés, Rosalía pasa de ser una mujer despreciable, una vívora sin cerebro, interesada y cotilla, a cobrar, además del protagonismo, cierta dignidad narrativa. Leídas las novelas en orden inverso al de su escritura y al de los acontecimientos, produce cierto alivio recordar que Bringas no es un sujeto tan inmundo, pero a Rosalía le caen encima todos los vicios de la pequeñez.
Francisco y Rosalía abren y cierran Tormento como personajes secundarios y abarcan La de Bringas como protagonistas. Se diría que, antes de narrar sus miserias, nos cuenta el autor la razón por la que son miserables, sobre todo Rosalía, a través de uno de esos personajes gloriosos que de vez en cuando crea don Benito: Amparo, la hermana de Refugio, que, esta sí, cerrará con una espléndida demostración de humanidad –y se sorna– el ciclo de las dos novelas. El drama de Amparito, aparentemente secundario, fragua en Tormento una novela redonda, mucho más novela que La de Bringas, aun usando en ambas registros de folletín, y a veces abusando incluso.
La historia de Tormento es muy sencilla. Una muchacha pobre, al servicio de su pariente Rosalía, es pretendida por un indiano rico, Agustín Caballero, primo también de la familia. Pero hay un impedimento que casi acaba con Amparo: hay un secreto en su vida, una turbia relación con un cura salvaje que lo echó todo a perder por ella. Este secreto es todavía más macguffin que las deudas de Rosalía en La de Bringas. Galdós lo encubre y lo estira; hacia la mitad de la novela, tendí a pensar que quizás un poco demasiado, pero la gran elipsis final lo justifica todo, incluso el funcionamiento del artefacto narrativo.
Y, argumentalmente, ya no hay más. Ni menos. El estudio que pinta Galdós de la muchacha y el pretendiente es el de dos víctimas de la podre social madrileña y al mismo tiempo de dos personas sanas, limpias y verdaderas, que de no haberse amado de verdad podrían muy bien haber sido engullidos por la maledicencia implacable, por esa saña despiadada que siempre han tenido las sociedades muy pequeñas. Conviene no olvidar que Galdós no habla de una gran ciudad sino de un círculo pequeño y cerrado en medio de una ciudad populosa. El funcionamiento del secreto, del tabú, de la habladuría y de la condena es el que siguió amargando la vida de muchos españoles durante más de un siglo. Desde nuestra perspectiva, no tiene la menor importancia lo que pudo haber tenido Amparo con ese cura rebotado, una especie de Unamuno salvaje, más bruto pero aproximadamente igual de desquiciado. También Proust hablaría luego de los celos del pasado, pero sin vincularlos a esa ponzoña española de los dimes y diretes, verdugo del más mínimo traspiés, que en este caso es fácil de imaginar en qué consistió. Un cura que aprovecha el reducido espacio del confesionario para violar las tiernas mentes de las muchachitas, a ver cuál cae, y que se vio preso en las redes de alguna cuya divina presencia lo sacó de sus casillas, en este caso de su confesionario. Los curas suelen ver bien que los desmanes se cometan a oscuras y en silencio, pero cuando salen a la luz son capaces de crucificar al más pintado, sobre todo si no es colega del sagrado ministerio.
Así las cosas, en la novela se libra una batalla moral entre las personas decentes que no quieren saber nada del pasado de nadie y las cucarachas que olisquean las debilidades para instalar allí su nido de lenguas negras. Agustín Caballero no le debe nada a nadie (en el Madrid de la época este dato es decisivo), pero tiene algo así como la mala conciencia del indiano, el que se pasó media vida trabajando como un mulo y decide volver rico y craso a una sociedad que se le revela repugnante. Incluso su largueza, su dadivosidad con los parientes es un modo de pagar por integrarse, de hacerse querer. Si algún fallo tiene la novela es que el personaje de Caballero es íntegro desde el principio, tan íntegro que no cabe la menor duda de que no consentirá que le amarguen la vida a Amparo para siempre. Pero, como Galdós es tan buen narrador, Caballero casi llega tarde, casi la devoran. Uno queda suspenso y expectante, a la espera de cuál será el método de salvación, puesto que la salvación ya se da por descontada. Y es aquí donde brilla el gran narrador, donde aparece como un ángel el gran Felipe Centeno, que si no lo conociésemos ya de El doctor Centeno su truco del veneno nos sorprendería en vez de alegrarnos solamente. Sabemos que Felipe no puede ser el vehículo de ninguna muerte. Cuando Amparo bebe el vaso de veneno confiamos en que algo tiene que seguir funcionando bien en el mundo, gente como Celipín y como esos personajes buenos de Galdós.
La crítica, alguna crítica, ha hecho con Galdós lo mismo que la Bringas hace con Amparo, despreciarlo por bueno, por crear personajes puros que nos devuelven la hermosura de la condición humana. Lo emocionante del final de Tormento no es que triunfe el bien y que la feliz pareja mande al cuerno a toda la marabunta deslenguada, sino que todavía quede gente buena. Se puede ser ahora Caballero, Felipe o Amparo (incluso Refugio, un personaje que me encanta, demasiado amiga de las Rufete). Son exactamente iguales las deudas ficticias del que regresa, igual el miedo de los inocentes a que lo que digan los demás pueda destrozar su vida, igual la ingenuidad que sin cálculo ni palinodia, por puro instinto, no es capaz ni siquiera de servir como vehículo del mal.
La novela, por lo demás, se ha relacionado con las dudas unamunianas, y hay un fragmento que, aislado en unas oposiciones, a más de un concursante le haría dudar. Galdós cuida siempre mucho los detalles teatrales, y tiene la deferencia de quitarle al exclaustrado la sotana y vestirlo poco menos que de vergonzoso en palacio, un Polifemo enfermo de resentimiento que pasó por el seminario. Teatro es también toda la espléndida escena en la casa del cura Polo, mientras en una habitación agoniza Celedonia y él va por los pasillos persiguiendo a la muchacha con sus uñas negras. Tremendo el momento en que la moribunda se despreocupa de su muerte y se lía a criticar, a sospechar, a prohibir, a sospechar. Si a Unamuno el cura le pudo dar más de una idea, esta escena no me creo yo que no encantase a Valle–Inclán. Y luego dicen.
Una última cuestión. Esta novela ha sido durante mucho tiempo lectura escolar. Lo fue incluso cuando todavía era verosímil. Los estudiantes que lo leyeron en los 70 todavía pudieron pensar que aquello podía pasar, podía estar pasando. Ahora que la situación ya no es creíble salvo para ciudadanos abducidos por alguna secta (cada vez más, por otra parte), queda sólo el arte de narrar como sustento de la historia. Y ese arte sigue fresco como el primer día. Ese secreto Galdós tampoco lo desvela, pero, igual que el otro, está más claro que el agua.

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