23.2.14

Aniversario


Notas (musicales) sobre un poema de Antonio Machado.

Ayer hizo setenta y cinco años que murió Antonio Machado. Tengo que escribir algo para su centenario. Me gustaría hacer con él lo mismo que estoy haciendo con Baroja, leerlo de cabo a rabo, y en vez de glosar novelas dedicarle a cada poema una entrada.
Cuando traducía las Geórgicas me di cuenta en seguida de que el mejor verso para traducir a Virgilio es el alejandrino machadiano. No traté de imitarlo, para no hacer el ridículo, pero antes de sentarme a traducir leía unos cuantos poemas suyos. Campos de Castilla, la vieja edición de José Luis Cano, estaba siempre al lado de los diccionarios. Ese castellano definitivo, jugoso y claro, esa forma emocionada de nombrar, sin la pompa de las odas, con una emoción más cercana y profunda, que es la emoción de los que cantan a las cosas.
Esta mañana lo he vuelto a abrir un poco al azar, pero buscando algún poema de Soria, algún paisaje machadiano. Lo primero que me encuentro es un hospicio:

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.
      Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de grietados muros y sucios paredones,
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!
      Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
      a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

               Y me quedo en él, porque es este el alejandrino que leía una y otra vez mientras escuchaba a Virgilio. Sí, Machado es nuestro Virgilio, y no solo en términos de emoción poética, de tersura sin afectación, sino en el de haber fijado un canon de naturalidad. Es este castellano en el que mejor nos reconocemos, el que Machado fue a buscar a la Rioja, a casa de Berceo, y lo tradujo a su tiempo y desde su tiempo a la lengua entera, con el mismo rango que el propio don Gonzalo.
               En algunos aspectos, el serventesio alejandrino es más berceano de lo que parece. Las sinalefas son bien pocas. Si prescindimos de las que Berceo también podía usar contrayéndolas (d’ennegrecidas, d’invierno, d’antigua) o podándolas (a un, y enfermos, sobre una), solo hay cinco sinalefas entre vocales abiertas, prohibidas el alejandrino primitivo, cuatro de distinta palabra (hospicio, el; sórdido edificio; sombra eterna; ventanuco asoman) y una dentro de la propia palabra (torreones), y ello porque es preferible que considerar la sinalefa en la cesura, cosa que aquí solo sucede en sombra eterna. Luego hay un caso raro, de grietados muros, y digo raro porque los editores están de acuerdo en escribirlo sin prefijo a- pero luego ninguno coloca la diéresis sobre la i, imprescindible para la escansión del hemistiquio.
               Cuando uno está componiendo alejandrinos el número de sinalefas se dispara si se quiere mantener la naturalidad. Bien es verdad que al traducir casi siempre la sinalefa es necesaria, y que el poeta puede siempre decir de otra manera, pero en uno u otro caso escribir alejandrinos sin sinalefas corre el peligro de que resulte una cosa pesada y machacona. En Berceo no resulta así. Sus “monótonas hileras” no se hacen pesadas, ni tampoco en el autor del Libro de Alexandre. Por eso son grandes poetas, porque en ellos es un delicado fluir, como un río que las acompaña, lo que en otros parece un ruido de cantería.
               En cuanto al ritmo, si lo comparamos con cuatro cuadernas marianas de Berceo veremos la verdadera diferencia de estilo. Por ejemplo:

Tornemos ennas flores que componen el prado,
que lo façen fermoso, apuesto e temprado;
las flores son los nomnes que lida el dictado
a la Virgo María, madre del buen Criado.

La benedicta Virgen es estrella clamada,
estrella de los mares, guïona deseada,
es de los marineros en las cuitas guardada,
ca quando éssa veden es la nave guiada.

Es clamada, y éslo de los cielos, reína,
tiemplo de jesu Christo, estrella matutina,
sennora natural, pïadosa vezina,
de cuerpos e de almas salud e medicina.

Ella es vellocino que fue de Gedeón,
en qui vino la pluvia, una grand vissïón;
ella es dicha fonda de David el varón
con la qual confondió al gigant tan fellón. 

               El ritmo es el siguiente:

CESURA
10ª
11ª
12ª
13ª
14ª
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶

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̶
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̶
¡
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̶
¡


̶
̶
¡
̶
̶
¡


En el poema El hospicio el cuadro quedaría así:

CESURA
10ª
11ª
12ª
13ª
14ª
¡
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̶
¡
̶
¡
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-
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¡
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̶
̶
¡
̶

Primera sorpresa: Machado es más estricto que Berceo en la escansión del alejandrino. Berceo no suele acentuar en tercera y suele acentuar en décima, y Machado no acentúa en ninguna de las dos. Para él la norma no distingue entre primer y segundo hemistiquio: siempre se acentúa en sexta y nunca en tercera. Según la frecuencia, se pueden ordenar por hemistiquios.

Primer hemistiquio:

7 veces, 44%
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
4 veces, 25%
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶
3 veces, 19%
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
2 veces, 12%
¡
̶
̶
¡
̶
¡
̶

Segundo hemistiquio:

8 veces, 50%
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
6 veces, 38 %
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
2 veces, 12 %
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶

El que más abunda es el de acento en cuarta y en sexta, seguido del de acento en segunda y en sexta, del de acento en segunda, cuarta y sexta y del de acento en primera cuarta y sexta. O sea, y más claramente:

13 veces, 41%
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
11 veces, 35%
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
6 veces, 19%
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶
1 vez, 3%
¡
̶
̶
¡
̶
¡
̶

En el caso de Berceo, la cosa es más o menos así:

Primer hemistiquio:

4 veces, 25%
̶
̶
¡
̶
̶
¡
̶
3 veces, 19%
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶
3 veces, 19%
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
2 veces, 12%
¡
̶
̶
̶
̶
¡
̶
2 veces, 12%
¡
̶
¡
̶
̶
¡
̶
1 vez, 6%
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
1 vez, 6%
¡
̶
̶
¡
̶
¡
̶
  
Segundo hemistiquio:

6 veces, 37%
̶
̶
¡
̶
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¡
̶
6 veces, 37%
̶
¡
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̶
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¡
̶
3 veces, 19%
¡
̶
¡
̶
̶
¡
̶
1 vez, 6%
¡
̶
̶
¡
̶
¡
̶

               O sea, en total:

10 veces, 31%
̶
̶
¡
̶
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¡
̶
9 veces, 28%
̶
¡
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¡
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5 veces, 16%
¡
̶
¡
̶
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¡
̶
3 veces, 9%
̶
¡
̶
¡
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¡
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2 veces, 6%
¡
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¡
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¡
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2 veces, 6%
¡
̶
̶
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̶
¡
̶
1 vez, 3%
̶
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¡
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¡
̶

Comparemos solo los totales en ambos poemas:


Gonzalo de Berceo:

10 veces, 31%
̶
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¡
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¡
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9 veces, 28%
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¡
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¡
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5 veces, 16%
¡
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¡
̶
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3 veces, 9%
̶
¡
̶
¡
̶
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2 veces, 6%
¡
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¡
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¡
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2 veces, 6%
¡
̶
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̶
̶
¡
̶
1 vez, 3%
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶

Antonio Machado:

13 veces, 41%
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
11 veces, 35%
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
6 veces, 19%
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶
1 vez, 3%
¡
̶
̶
¡
̶
¡
̶

               De modo que Berceo solo emplea una vez (La benedicta Virgen) el hemistiquio que más usa Machado (y aun así habría que saber cómo pronunciaba bene don Gonzalo), y Machado nunca emplea el que más usa Berceo, el anapesto ( ̶    ̶  ¡  ̶    ̶  ¡  ̶  ). Tan solo se ponen de acuerdo en usar regularmente el hemistiquio de dos tiempos (2ª y 6ª) y el de tres en yambo (2ª, 3ª y 6ª).
               Las combinaciones más frecuentes en Machado, o sea el verso entero, son pues las siguientes:

A (3 veces)
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶

//
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
B (3 veces)
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶

//
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
C (3 veces)
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶

//
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
D (2 veces)
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶

//
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
E (1 vez)
¡
̶
̶
¡
̶
¡
̶

//
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
F (1 vez)
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶

//
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶
G (1 vez)
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶

//
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶
H (1 vez)
¡
̶
̶
¡
̶
¡
̶

//
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
I (1 vez)
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶   
̶
//
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶


Versos tipo A serían:
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
con su frontón al norte, entre los dos torreones
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa

Versos tipo B:
de grietados muros y sucios paredones
a contemplar los montes azules de la sierra
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!

Versos tipo C:
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas
de antigua fortaleza, el sórdido edificio

Versos tipo D:
su triste luz velada sobre los campos yermos
caer la blanca nieve sobre la fría tierra

Verso tipo E:
Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano

Verso tipo F:
mientras el sol de enero su débil luz envía

Verso tipo G:
En un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!

Verso tipo H:
a un ventanuco asoman, al declinar el día

Verso tipo I:
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos

               De todos los cuadros, sin duda el más significativo es el de hemistiquios totales en Machado:

13 veces, 41%
̶
̶
̶
¡
̶
¡
̶
11 veces, 35%
̶
¡
̶
̶
̶
¡
̶
6 veces, 19%
̶
¡
̶
¡
̶
¡
̶
1 vez, 3%
¡
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̶
¡
̶
¡
̶

               Basta compararlo con los versos para darse cuenta de que la emoción machadiana, lo que más le distingue de Berceo, es alternar el heptasílabo clásico, con acento en segunda y sexta, y el mucho más emotivo con acento en cuarta y sexta. Ahí, en ese impulso, en esas tres átonas seguidas es donde anida la fuerza que vuela en el resto del verso. Voy a escribir en fila los trece hemistiquios así construidos. Al lado pongo el número de estrofa, porque resulta llamativo que lo utilice dos veces en la primera estrofa y cinco en la última, lo que da idea de que esa es la cláusula que utiliza Machado para emocionar  el poema:

el caserón ruinoso (1)
de ennegrecidas tejas (1)
con su frontón al norte (2)
entre los dos torreones (2)
de grietados muros (2)
mientras el sol de enero (3)
sobre los campos yermos (3)
al declinar el día (3)
a contemplar los montes (4)
o, de los cielos blancos, (4)
como sobre una fosa (4)
sobre la fría tierra (4)
sobre la tierra fría (4)

               Este heptasílabo, en fin, ya es clásico, no románico, y suena como un violín, no como unos palotes, y no lo digo en broma: un paloteado con el mismo ritmo que lleva el heptasílabo más utilizado por Berceo (  ̶    ̶  ¡  ̶    ̶  ¡  ̶  )es el que usó Goyo Maestro para la música de Témpora y violeta. Más románico imposible.
               Con el otro heptasílabo más abundante, el clásico de dos acentos, con tres átonas entre ellos que le dan solemnidad ( ̶   ¡  ̶    ̶    ̶   ¡  ̶  ), igual que en un endecasílabo heroico ( ̶  ¡  ̶    ̶    ̶  ¡  ̶    ̶    ̶  ¡  ̶ ), Machado ha escrito los siguientes hemistiquios:

hospicio provinciano (1)
en donde los vencejos (1)
anidan en verano (1)
y granan en la noche (1)
de invierno las cornejas (1)
de antigua fortaleza (2)
el sórdido edificio (2)
y sucios paredones (2)
atónitos y enfermos (3)
azules de la sierra (4)
la nieve silenciosa (4)

               Es muy llamativo que ocurra justo lo contrario que con los hemistiquios con tres átonas iniciales, que abunda más en la parte final del poema. Este otro hemistiquio heroico, llemémosle así, es mucho más frecuente al principio, y pierde relevancia conforme avanza el poema, pero sí aparece en el último hemistiquio (la nieve silenciosa), del mismo modo que el otro había aparecido en el primero (Es el hospicio, el viejo). Y eso que hay un verso (en donde los vencejos) que asignamos al esquema   ̶   ¡  ̶    ̶    ̶   ¡  ̶   con toda reserva: aunque donde es tónica, a efectos prosódicos no es tan relevante como el otro acento, el de vencejos.
              
Estas son, en fin, las cuentas que me hacía con Machado cuando estaba traduciendo a Virgilio. Este era el orden de palabras, de las palabras, siempre que podía, más machadianas que encontraban. Luego había que tener en cuenta ese arranque casi endecasílabo (el viejo hospicio provinciano), algo que los modernistas practicaban mucho, dividir el verso en dos mitades no exactamente isosilábicas, y que Machado, aquí, solo hace dos veces, en ese primer verso y en el cuarto de la segunda estrofa (es un rincón de sombra eterna), y que yo tuve que adiestrarme severamente para no hacerlo demasiado en la traducción.Y por supuesto el arte de expresar los sentimientos sin nombrarlos, tan solo a través de aquello que los produce, objetos que llevan huellas de abandono, silencio y dolor. 
En términos puramente técnicos, Machado no pasó de hurgar en los mismos asuntos que le interesaban a Virgilio: cómo nombrar con grandeza las cosas más humildes, cómo ver desde la voz común los más hondos problemas, cómo presentarnos la realidad envuelta en verdad, profunda y transparente, pero no exacta. Machado es un río inexacto de verdades, porque la verdad no es exacta, la verdad está en el que ve, no en lo que es visto. Y la verdad era el hombre capaz de mirar con emoción nuestro paso por el mundo, la herramienta para contemplar el campo cada día, para mirar un hospicio desde fuera y hacerlo el hospicio de todos los tiempos y todas las edades. 

Cromograma vocálico del poema El Hospicio

4 comentarios:

  1. Anónimo3:39 a. m.

    He encontrado este blog por casualidad, buscando sobre Machado, y me he quedado embobada leyendo esta entrada... Y más cuando me he dado cuenta que fue usted (o fuiste tú) quien me animó a escribir cuando tenía 14 años! Llevabas patillas y botas de punta allá por el Isabela.... Solo puedo darte las gracias.

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  2. Ya sabía yo que merecía la pena celebrar el aniversario de Machado. Así que la alegría que me da tu comentario hay que multiplicarla por los 23 años que hace de las patillas y las botas de punta. Un abrazo.

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    Respuestas
    1. 23 años ya... qué mayores somos. Te seguiré leyendo.
      Un abrazo también.
      Silvia

      Eliminar
  3. Anónimo11:33 a. m.

    Lo del cromograma es una invención geométrica a lo Borges, ¿no?

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