11.2.14

Pasión y muerte de un fantoche


En Humano enigma Baroja nos contó los motivos por los que los catalanes en general y la Junta de Berga en particular odiaban al Conde de España. En La senda dolorosa, Baroja ensaya una tragedia bufa con la crónica minuciosa del final del conde, desde que varios miembros de la Junta lo traicionan hasta que, en un final espectacular, estilo Jaun de Alzate, la calavera del conde departe amigablemente con otros cráneos del cementerio. A través de Hugo, el inglés, y sus investigaciones por los pueblos de la zona, Baroja ensambla sin fisuras la crónica verosímil, plagada de entrevistas, datos, detalles y escenas recreadas con tanto amor al detalle como al humor negro, con la estructura de la pasión y muerte de un fantoche. Al conde lo traiciona doblemente Carlos María Isidro, el pretendiente, que acepta sin pestañear, lavándose las manos, la matraca de su mujer y ordena que sea relevado de su puesto en Berga, “por bestia”. Una vez traicionado y hecho preso, los miembros de la Junta lo someten al espolio de sus ropas y lo visten de rey pobre. No hay dignidad de ningún tipo para el conde. Le anuncian que lo van a deportar a Andorra, por miedo a que se les desmande, pero contratan a unos malhechores para que por el camino lo secuestren, le aten una piedra al cuello y lo tiren al río. Ni siquiera se ocupan de enterrarlo, por más que la piedra se suelte y el cadáver navegue río abajo hasta enredarse en un matojo de la orilla y que unos vecinos del pueblo, para evitar la pestilencia, se lo lleven a enterrar. Y la cosa no termina ahí.
               Uno de los motores de esta novela es la curiosidad por el hecho de que un acontecimiento que por regla general a Baroja le dura página y media (la caída en desgracia de un personaje secundario y su asesinato) ocupa en este caso el libro entero. Si bien empieza con una panorámica histórica llena de generales con nombre de calle, Narváez y O’Donell y Espartero y por ahí, con ese airecillo enciclopédico que nos habíamos encontrado, en versión genealógica, al principio de Humano enigma, enseguida el tono de crónica precisa y veloz, atenta hasta el más mínimo detalle, escogido siempre por su aroma oral, no por su sanción libresca, sube la velocidad dramática y satírica de la novela sin declinar en ningún momento, y la verdadera sorpresa de la novela es que todo continúe a la misma velocidad y sin salirse jamás del magro argumento, y estalle al final en una parodia macabra que redondea magníficamente los dos libros, que, esta vez sí, creo que son una única novela, y desde luego no la peor de la serie de Aviraneta.
               Cuando terminan los datos históricos, cuando el conde muere miserablemente, Baroja nos tiene preparado un final dickensiano extraordinario: la no menos precisa y puntillosa crónica de la decapitación del cadáver y de cómo el médico Alegret, un galeno barojianísimo, se lleva la cabeza en un saco para mondarla y estudiar las condiciones craneales de semejante indeseable sujeto, un poco como en los dos libros estudia Baroja sus condiciones cerebrales. Este Alegret es uno de los pequeños autorretratos deformes que Baroja va dejando en las esquinas. También el doctor Alegret recuerda con nostalgia “unos amores románticos”, a consecuencia de los cuales “se metió en un pueblo, dispuesto a practicar la austeridad y el cartujismo. El doctor había tenido una época de sentimentalismo y de erotismo agudo; pero después, poco a poco, este erotismo se había calmado hasta llegar a la indiferencia”.
Alegret mide y Baroja especula. Cuando el conde ya barrunta la caída, y antes de un discurso sobre el hombre del Mediterráneo (que, aunque lo diga un personaje trágico, podría haber figurado perfectamente como un breve capítulo de Juventud, egolatría), Baroja lo describe con el viejo espíritu naturalista:

El conde estaba distraído, intranquilo, en un estado de perplejidad crepuscular. habl´mucho y de una manera incoherente. Todo le parecía antipático, desagradable, inútil. Se le veía dominado por la debilidad y el pesimismo. Tenía, según dijo, ideas negras, que no podía vencer. Le preocupaban sus enemigos. Hugo pensó que padecía un comienzo de delirio de persecución.
               El conde tenía, indudablemente, manía persecutoria, que se armonizaba bien con sus ideas de grandeza, de megalomanía.
               Hugo observó que al general no le chocaba la alteración cíclica de su carácter, la periodicidad de su tristeza.

               Este Hugo, como digo, no pasa de ser el artista invitado, el periodista que investiga, un recurso tan sobado últimamente que ya nos parece vulgar, pero que en los años veinte podía salir tan fresco como aquí, sobre todo si Baroja lo deja, a él y a su historia personal (que ya arrancaba en la novela anterior) en un muy discreto segundo plano, un poco escondido de la grandiosidad esperpéntica del conde. La historia de Hugo y Susana, argumento para novelas de todos los tamaños (desde Werther hasta Madame Bovary o incluso Ana Karenina, y no en vano, digo yo, la niña se llama Kitty), aquí ocupa unas pocas páginas y ya nos imaginamos que Baroja, después de engatusarnos con esa mujer que no sabe si abandonar a su Albert/Charles, soso y previsible, o largarse con Hugo a Inglaterra, resuelve la historia en quince líneas, sin más, de modo que la historia novelesca es como una cenefa que va recogiendo los vuelos de la historia del conde, el calvario grotesco en el que no se salvan ni la víctima ni los verdugos.
               Todos los personajes que rodean al conde son tan ruines, tan devorados por la cobardía, que las patochadas solemnes de esta especie de ridículo ecce-homo llegan a resultar, como nos sorprendió al final de la primera parte, incluso interesantes, y el propio Baroja se sube con frecuencia a ellas para contarnos sus propias ideas. Así, un paranoico atacado de verborrea puede decir cosas como que “la palabra es siempre algo cínico y vulgar. Los pueblos que aman las frases son pueblos mentirosos y fanfarrones”, o bien se pierde en genealogías fantásticas, y no pocas veces, ya desde su puesto narrador, se despacha a gusto, además de con el conde, con el mundo que le rodea:

No pasó mucho tiempo, y los fanáticos comenzaron a echar de menos al conde de España. La multitud, siempre conservadora y tradicionalista, siente gran entusiasmo por el hombre que pega. Claro que hay rebeldes, unas veces, las menos, tipos de espíritu libre; otras, las más pedantes aleccionados conuna teoría política o social. El caso fue que pronto los carlistas catalanes reaccionaron y echaron de menos al conde, y lo glorificaron; su fama de traidor era falsa; los proyectos que se le atribuyeron de transacción estaban inventados por sus enemigos. España volvió a ser el prototipo del general honrado, cumplidor y severo, entre los carlistas.

La narración camina con la rapidez del Segre crecido que Baroja se para a describir en uno de los descansos de la crónica, como pórtico del último viaje siniestro del conde, del que no me resisto a copiar una escena que los antólogos del cuento de terror español, tan poco frecuente, deberían tener en cuenta:

La noche estaba húmeda y templada. había llovido, pero en aquel momento no llovía. El cielo aparecía anubarrado y negro.
El médico puso las manos juntas, Llusifer apoyó en ellas el pie, luego subió a los hombros del doctor, se encaramó a la tapia y bajó por dentro del tronco de un árbol.
Entonces el doctor se aproximó a la entrada. Llusifer se acercó también por dentro y quitó una barra de madera que sujetaba una de las hojas de la puerta del cementerio. Al quitar la barra, las dos medias hojas cedieron y se abrieron chirriando. Alegret, al ver la entrada franca, pasó adentro. Luego, entre amo y criado, cerraron y sujetaron las puertas con una piedra.
Entraron y fueron avanzando hasta llegar a la capilla. Entonces el médico encendió el farol: Llusifer empujó una ventana apolillada de la capilla, pasó adentro y abrió una puerta.
A la luz del farol, el espectáculo era imponente. En el recinto, viejo y polvoriento, con el techo cruzado por grandes vigas, cubierto por el polvo de los siglos, se veía en el suelo, desnudo, el cadáver del conde de España.
El médico dejó el farol sobre la mesa del altar, y, decidido, abrió su estuche de cirugía, sacó un cuchillo, la sierra, el escoplo y un martillo, y comenzó su obra.
Dio primero un profundo tajo en la garganta del cadáver, seccionó la tráquea y los tejidos y siguió cortando hasta la columna vertebral.
La desarticulación de la cerviz era lo difícil; pero eldoctor, valiéndose del escoplo y del martillo, rompió la vértebra cervical.
Llusifer tuvo que agarrar la cabeza por los pelos.
-¡Caramba, cómo pesa! –exclamó.
-Es lo que pesa más del hombre –contestó el doctor Alegret sentenciosamente.

               Uno no es de natural macabro, pero me encanta esta sorna exacta, esta cruda limpidez, estas bárbaras constataciones. En su formulación hierática llevan puesta toda su verdad y todo su absurdo. Es uno de los rasgos que más admiro de Baroja. En este caso es un poco tremendo, pero cuando describe una boda emplea los mismos recursos, y parecidos efectos.

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