15.2.14

Camino del Maestrazgo


Los confidentes audaces es una novela escrita sin ganas. En principio es el relato de un cínico, Jesús López del Castillo, Rostro pálido, un intrigante sin escrúpulos que resulta ser la mar de majo, y que cuenta a Aviraneta sus aventuras a través de los libros de historia que ojea el autor. Baroja no se molesta en que el confidente sea, además, fidedigno: una noche escuchó en un patio oscuro a dos masones que se preguntaban por la contraseña para la siguiente reunión, y a partir de entonces, en un abrir y cerrar de ojos, el tal López del Castillo ya está intrigando a dos bandas y con las altas esferas cristinas. No es que necesitemos más datos históricos, porque de eso la novela viene cumplida, sino que a Baroja no le ha apetecido dar más cuerpo a la escena y más sentido a los hechos. De vez en cuando subraya el cinismo del narrador con una carcajada siniestra que es el ritornello con el que se rematan sus más crudas observaciones, pero eso no es suficiente.
Se diría que Rostro Pálido tiene ese arranque provocador y sin sentimientos que tenía César Moncada, esa inmoralidad de honestos fines, sobre todo el de sobrevivir. Por su relato pasan telegráficamente momentos que treinta años atrás daban a Baroja para escenas potentes y conmovedoras. Aquí, de vez en cuando, sale una voz de cascarrabias, más que de mala persona, y Baroja da la sensación de que recoge no solo todo lo que le viene a la memeoria (hay mucho reciclaje en este libro) sino incluso lo que le viene a la mano, al comentario de café mientras estaba descansando de escribir. Se empeña en no desarrollar nada, y si tuviéramos humor para volverla a leer notaríamos las costuras de los días, cuándo acabó una historieta y se fue a dormir, cuándo dejó a un personaje y bajó a la gran cocina de Itzea, a comer con la familia.  En los días de mal humor, el cinismo de López del Castillo adquiriría el tinte del viejo misántropo, y en los días de buen humor recrearía páginas de cuando era joven.
En sus dos primeros tercios, hasta que el narrador llega a Morella, la novela es un hilado de chascarrillos barojianos, personajes de almoneda, entre fantásticos y miserables, como el Saturno ese, medio alquimista, medio trapero. Uno se imagina a Baroja empalmando barojianismos mientras piensa en otra cosa, dando por buena cualquier nueva asociación, siempre y cuando luego, al leerlo, siga fluyendo, y en eso hacía décadas que era un maestro. El personaje está concebido con arreglo a su humor y, como hiciera en Shanti Andía con Ichaso, para descargar al protagonista (entonces Shanti, ahora Aviraneta) de opiniones demasiado comprometedoras o puntos de vista demasiado crudos, aquí Baroja se esconde en personajes secundarios y suelta bilis para que, muchos años después, los buitres le piquen las entrañas. No copio el fragmento de las mujeres gordas (V, 565-566) para no dar de comer al hambriento, pero sí la conclusión a la que llega López del Castillo: “La vida, en general, es una bazofia maloliente y poco apetitosa. Se come de ella porque se tiene apetito, no porque sea buena ni agradable.” Y eso que López tiene, como buen cínico, el ramalazo decadente:

-¿Qué quiere usted? Yo soy español, y, a pesar de que me parece perjudicial, tengo un amor oculto por lo negro, por lo sombrío, por lo misterioso; me encantan las sacristías con Cristos sangrientos; me gusta ver las monjas, los frailes, los cortesanos, y hasta tengo simpatía por los mismos carlistas.

Un poco más adelante, Baroja resume las migas que se han ido cayendo entre tanta aventura fugaz:

Se veía que el conficente tenía la voluptuosidad del peligro. no era, sin duda, un hombre de valor a la manera de los tipos impulsivos. Tenía un valor frío, sereno, le gustaba asomarse a los abismos como si el vértigo le atrajera (…). Había en el confidente un fondo de audacia, de atrevimiento, cierta imaginación, cierta fantasía, y un sentido grande de la intriga, con una frialdad y una serenidad verdaderamente extraordinarias. Para él, las cosas de la vida eran muy cómicas, aunque pareciesen tristes, y lo mismo se le antojaba risible que uno llorase por una desgracia imaginaria, como que se lamentara por tener una herida mortal en el vientre.

El problema es que sus historias, contadas tan a la ligera, hecho todo tan sin esfuerzo, parecen tan solo producto de la cierta fantasía. Baroja, al extremar la rapidez de las peripecias (en cierto modo, al someterlas a su proporción oral), no consigue la mímesis suficiente para que la cosa cree su espacio propio. Es Baroja metiendo cuentas en el sedal de la prosa, pero no un auténtico collar.
Baroja escribe esta novela en 1930. Desde el principio de la lectura sentí por la novela un desapego parecido al que me invadió en Los visionarios, escrita poco después. La técnica de la disgregación se lleva por delante la novela misma. Sigue siendo entretenido, pero la suma de entretenimientos no está lejos de aburrir, una lección que nunca aprendió Cela, quien casi desde el principio fio la calidad de la novela a la perfección de las cuentas, no a la forma del collar, que casi siempre resultaba una cosa plana y barajable.
El caso es que, a las ochenta páginas del comienzo, Baroja mismo se cansa del relato de López del Castillo (la vida de cualquier aventurero, contada sin detalles, es un rollo) y se va de viaje rumbo al Maestrazgo, a narrar los estertores del carlismo, a conocer a Cabrera. La historia del confidente acabará como en la anterior novela no acabó la de Hugo, que al final no se fue al extranjero con Susana. Aquí Jesús, el cínico, sí se va con Marieta, dejando a sendos cónyuges plantados después de la muerte de la niña, en una escena de mucha más intensidad que la media, pero reciclada de otras novelas, si bien sirve de resumen de la trayectoria moral del personaje:

Mientras se luchaba en Morella de este modo, Marieta y yo cuidábamos de la niña enferma, que ya se nos moría. Preocupados con ella, no pensábamos en los cañones ni en los tiros.
Es cosa estraña la vida. No se conoce uno a sí mismo. Para mí mis sentimientos constituyeron una sorpresa. hasta la época de mi matrimonio me había tenido por un hombre sensible; luego, cuando me metí en los asuntos de espionaje político, me creía un cínico, un desalmado capaz de cualquier brutalidad, y después, en este pueblo, comencé a sentir por aquella chica enferma, desconocida, el cariño de un padre.
Estaba tan preocupado con ella, que no pensaba en otra cosa.

El resultado es que su viaje al Maestrazgo, al sitio de Morella, cambia por completo el tono (ya hay narración que contar, no solo anécdotas e hilaturas históricas) y da la sensación de que es un añadido para que esas primeras ochenta páginas tomen forma de libro. Teniendo en cuenta que la siguiente novela, La venta de Mirambel, también forma parte del viaje, aunque cambie de narrador, uno piensa si no debería haber publicado la historia de Jesús López como novela corta y haber agregado este final al siguiente libro, con lo que, de paso, habría alcanzado la proporción habitual y además tendría una unidad que así yo creo que no tiene. Esta sola suposición ya da idea de que Baroja termina su serie de Aviraneta con un inventario del material sobrante, casando cuentas disparejas, lo cual, con una perspectiva amplia, es un ensombrecimiento final de la serie, un irse muriendo la novela entera.
En todo caso, teníamos muchas ganas de llegar a Morella por ver cómo resolvía las escenas de asedio y, sobre todo, por las descripciones de la zona. Lo del asedio, otra vez, decepciona un poco por su brevedad. Hay buenos detalles (la metralla de las piedras venerables, el hundimiento del puente sobre el foso) pero es inevitable acordarse de Galdós, de la sarcástica Zaragoza, de la tremebunda Gerona, es decir, tomarlo como centro del relato, no como anécdota. Baroja carga un poco los pinceles de bermellón pero enseguida sigue con sus viejos anticuarios. No ha continuado con el asedio porque se hacía hora de comer.
Dejemos eso. Voy a ir copiando aquí algunos fragmentos de esas descripciones del Maestrazgo. En los artículos sobre el paso de Baroja por Teruel se suele ir directamente a La venta de Mirambel después de La nave de los locos, y estas otras descripciones, con cierta frecuencia, pasan desapercibidas, o se atribuyen mecánicamente a la otra novela. En cualquier caso, siempre se cita el primer párrafo tan solo.

El Maestrazgo es una comarca aislada; en realidad, independiente de Valencia y de Aragón; es como una plataforma alta, erizada de montes como conos truncados, verdaderos castillos naturales, limitada por los antiguos reinos de Cataluña, Aragón y Valencia, y extendida hasta el Mediterráneo.
Este macizo montañoso forma un polígono de montes y de cerros elevados, casi todos áridos, y de algunas llanuras fértiles y templadas inclinadas hacia el mar. Todo el territorio perteneció, según parece, antiguamente a la orden militar de Montesa.
Los altos de Maestrazgo están truncados en su cima, y presentan en ella una meseta horizontal. A tales montes se les llama en el país muelas.
Estas montañas truncadas, aisladas unas de otras, tienen entre sus bordes y anfractuosidades cornisas con veredas, que se comunican y pasan por encima de precipicios profundos.
Las muelas ofrecen paredes cortadas a pico inescalables, y sus veredas no pueden permitir el paso a tropas numerosas.
Este sistema de montes, levantados en escalones, forma un verdadero laberinto difícil de conocer, y permite a una partida el acercarse al mar sin gran peligro, el invadir las tierras de Aragón y de Valencia y el correrse hacia Cataluña, y de aquí a la frontera francesa.
Es fácil para el conocedor de este país rodear a un enemigo y atacarlo por la espalda; así ocurrió muchas veces a tropas bisoñas, que se encontraron a retaguardia con el contrario, a quien pensaban tenerlo de frente.
El Maestrazgo es un país seco, árido, frío; pero, sin embargo, tiene recursos para su población. Es un país de guerrilleros. La colina cercana al mar es la que ha dado en España, lo mismo que en el Mediterráneo que en el Atlántico, más abundancia de guerrilleros. Si, además de estos elementos, colina y mar, se añade la frontera, entonces brotan los guerrilleros como la grama en los jardines.
La colina en el maestrazgo no es tan baja para podérsela llamar cerro ni tan alta para tener categoría de monte; por eso se le llama muela. Casi todas estas muelas son calizas. Algunas de sus vertientes, de suave declive, están enmarañadas de matorrales, con encinas y pinares; pero la mayoría se encuentran peladas, desprovistas de vegetación, con paredones cortados a pico, que muestran sus entrañas rocosas, rojas y amarillas.
El monte más elevado de todo el Maestrazgo es Peñagolosa, ya bastante al sur de Morella, monte que parece atalaya del país, con un pico erguido, alguna vegetación y grandes escarpaduras, derrumbamientos y precipicios.
Esta montaña, la mayor de la comarca, no es precisamente estratégica.
Los ríos del Maestrazgo, llamados allí ramblas, van casi siempre secos, tienen el aire de los cauces del norte de África y se convierten en torrentes en algunas épocas de lluvia. Entonces hay avenidas y mucho lodo en los caminos.
El Maestrazgo es una región poco poblada. Morella, la capital, está en un circo de montes. En los alrededores de este pueblo se cultivan cereales, legumbres y algunos frutales. Antes había una industria importante de mantas; pero con la guerra decaía, e iban aminorándose el número de telares.
La muela más alta de las próximas a Morella es la Barumba o Garumba; en el pueblo se habla mucho de ella, como si de sus cimas llegara el viento frío y helado.
Hacia el lado del mar, el Maestrazgo toma otro carácter que en Morella; se ven muchos olivos y algarrobales, y la zona pierde su carácter adusto y su valor estratégico.

               Yo creo que si un escritor sabe describir bien lo demás lo tiene chupado. Esta descripción perfecta todavía conserva el impulso lírico que Baroja exhibía treinta años atrás, y que procede, sencillamente, de saber colocar los tecnicismos en su sitio. Baroja utiliza mucho una forma de periodo clásico, la más sencilla, con anticadencia y cadencia compensadas:

Este sistema de montes,
levantados en escalones,
forma un verdadero laberinto difícil de conocer,
y permite a una partida el acercarse al mar sin gran peligro,
invadir las tierras de Aragón y de Valencia y el correrse hacia Cataluña,
y de aquí a la frontera francesa.

               Este leve subir y bajar de la prosa tiene siempre en cuenta que cada escalón es un verso, y con frecuencia genera poemas claros, sonoros, profundos:

es como una plataforma alta,
erizada de montes como conos truncados,
verdaderos castillos naturales,

Este macizo montañoso forma un polígono
de montes y de cerros elevados,
casi todos áridos,
y de algunas llanuras fértiles y templadas
inclinadas hacia el mar.

Estas montañas truncadas, aisladas unas de otras,
tienen entre sus bordes y anfractuosidades cornisas con veredas,
que se comunican y pasan por encima
de precipicios profundos.

Casi todas estas muelas son calizas.
Algunas de sus vertientes, de suave declive,
están enmarañadas de matorrales,
con encinas y pinares;
pero la mayoría se encuentran peladas,
desprovistas de vegetación,
con paredones cortados a pico,
que muestran sus entrañas rocosas,
rojas y amarillas.

La descripción es, en prosa, lo más parecido a un poema, porque además te garantiza estar sometido al símbolo poético, no a la formulación abstracta o metafórica del sentimiento del poeta. Te obliga a decir cosas, a nombrar objetos, como en la poesía antigua, a elevar la realidad a melodía. Con estos fragmentos de prosa, sin cambiar mucha cosa, Machado ya tenía un buen poema. Las metáforas ocurrentes son moneda barata, a fin de cuentas juegos de palabras, que sirven para caracterizar, no para decir, porque no dicen nada. La realidad está ahí para pintarla o describirla, hurgar en la esencia de lo que es, no de lo que parece, ordenar los adjetivos que más exactamente la describen de manera que despidan el aroma de lo que significan, aclarar de aes y oscurecer de oes, según el lado del monte que estemos mirando.
La descripción de Morella que aquí empieza suele nombrarse como el punto fuerte de este libro, y desde luego ha ahorrado mucho dinero en creativos de publicidad turística. Baroja es lo que tiene, que aunque viaje huido, disfrazado de aldeana, en un carro con una mula tiñosa y perseguido por los enemigos, cuenta las cosas igual que las escribió en su memoria cuando fue a visitarlas, y su audacia consiste en no abandonar nunca el punto de vista del viajero que fue Baroja, no del fugitivo que es su personaje. Eso para el turismo viene muy bien.
A poco de terminar el libro, de rematarlo con el zurcido de las fugas amorosas, hay otra descripción interesante, muy poco citada:

Este trozo de país desde Alcañiz hasta Zaragoza me pareció, en su mayor parte, un verdadero desierto polvoriento.
Era un país formado por cerros ocres, rojos y grises, calcinados por el sol, de color de ceniza; daba una impresión de tierra violenta y convulsa, polvorienta, ruinosa con sus pueblos amarillos, construidos con adobes de color miel; con algunas torres mudéjares de ladrillo, con tracerías decorativas. En el aire volaban los cuervos en bandadas. Las águilas se cernían en las alturas, y las urracas marchaban con su vuelo bajo. A veces cruzaba, rasando la tierra, una pesada avutarda.
Me daba una sensación extraña el pensar que se podía estar en un país todavía en guerra en un sitio tan desierto, en donde se andaban tres y cuatro leguas sin encontrar un pueblo ni un habitante.
Yo me figuraba que aquella tierra debía parecerse a Palestina. El campo se veía amarillento y blanco, con algunos registros en las acequias, como grandes colmenas encaladas; los pastores, con sus rebaños, corrían por los terrenos poblados de tomillares y romerales y se extendían los barbechos amarillos, áridos y sembrados de piedras.
Llegamos a Hijar, pueblo grande, calcinado por el sol. Cerca de él, en la Puebla, Quílez había fusilado años antes a veintisiete nacionales de Samper y de otros pueblos.
En las puertas de las casas de Hijar se veía mucha gente: hombres gruesos, con el pañuelo en la cabeza y el calzón corto, tipos de cara roja e inyectada; otros, flacos, renegridos, y una gran cantidad de mujeres y chiquillos.
En todo el día nos cruzábamos con tres o cuatro carromatos, con las mulas cansadas y medio dormidas. Cerca de Azaila vimos un hombre joven, moreno, que llevaba una piara de gorrinillos negros.
Pasado Azaila tomamos la dirección de Fuentes de Ebro, y en el camino, el tío Quico dijo:
—Este año no ha habido aquí ni moscas.
—¿Por qué? —le pregunté yo.
—No ve usted que no tienen qué comer. No ha llovido por aquí, y no ha habido nada.
Me chocaba mucho la extensión de la tierra improductiva.
En el campo se veían muchas casas de adobe y con parte de las tapias de la vivienda o del corral caídas.
Le pregunté la causa a nuestro arriero; pero él no supo contestarme.

Me temo que este párrafo no pega demasiado con las guías turísticas, y debería, porque no es frecuente esta asociación bíblica del Bajo Aragón ni este óleo tan brillante. Es difícil no acordarse de la impresionante descripción de los alrededores de Toledo en Camino de perfección, y yo creo que está a su altura, incluido ese añadido tan 98, y porque no hemos querido copiar más, porque la siguiente escena del tío Quico (V, 627) dice mucho del carácter del lugar.
Baroja termina esta novela satisfecho, imagino, de su musculatura descriptiva, y con mucho material aún, y acaso el más interesante, para reunir sus acuarelas en un libro, La venta de Mirambel, que ya he leído un par de veces (una para Fabricación Británica y otra porque en Teruel esta novela es de obligada lectura) y sé que voy a pasármelo bien.

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