17.2.14

Vuelven los bríos


Los materiales con los que apañó esta novela Pío Baroja son más interesantes que los de Los confidentes audaces, y no solo porque casi dos tercios del libro sucedan en el Maestrazgo de Teruel. La dispositio barojiana ya la hemos visto en otras novelas: a grandes rasgos, un primer tercio entre enciclopédico y viajero (V, 635-679), rematado con “un suceso romántico”, el asedio de Mirambel por parte de las tropas del Serrador, como transición a una segunda parte interesantísima, de puro relato de aventuras (V, 684-711), la historia del Navarrito y sus compinches; y un tramo final (V, 711-754) que no tiene ya nada que ver con Mirambel y donde nos cuenta, a través de Roquet, el agente de Aviraneta, la llegada de Cabrera a Berga para vengar la muerte del Conde de España, y que perfectamente habría cabido a continuación de La senda dolorosa, o hasta formar un libro propio.
               Esa primera parte nos devuelve a Leguía como narrador pero se centra en la historia de los Montpesar, antepasados de un señor muy atildado (y con otro tanto de energúmeno, como buen aragonés) a quien Leguía encontró en los baños de Trillo (antes de que fuera leprosería y mucho antes de que tuviera una central nuclear) y que, envuelto a genealogías barojianas, se reputaba descendiente de un caballero templario, detalle más que suficiente para que Baroja nos cuente lo que averiguó sobre la orden de los Templarios y las fantasías nefandas que se contaban de ellos. Como apunta el propio Baroja, en aquellos años los templarios eran un tema raro; hoy suena como un buen resumen de los cientos de miles de panfletos que se han escrito al respecto.
               Hoy esta manera de proceder de Baroja la encontramos un poco gratuita, precisamente porque se ha convertido en una verdadera peste. Igual es Baroja también el pionero de la wikinovela, ahora tan en boga. Pero Baroja se tomaba la molestia de rebuscar en anticuarios y librerías de viejo y aportar algún dato que no estuviese en las obras divulgativas al uso. Lo que nos cuenta de los templarios no hace gracia ahora, pero en 1930 tenía su punto. Lo que tenía gracia entonces y ahora es la descripción y recreación del convento de las Agustinas de Mirambel. Baroja vuelve a plantearse, pero de manera bien distinta, lo que sintió en aquel convento de Toledo, en Camino de perfección, y con un sí es no es de retranca se deja de aquellas agonías eróticas y se pone en el pellejo no de “las mujeres llegadas allí equivocadamente, de poco espíritu, de poca imaginación y de poca fe”, para las que el convento sería una tumba en vida, sino de aquellas otras “de corazón llameante” que “miraban los muros de la fortaleza ascética con amor, considerándolos no de cárcel horrenda, sino más bien de retiro celestial”. Baroja se centra (y esto ya no está en la Wiki) en ver lo que vieron las monjas desde su retiro, esa “naturaleza pobre, un poco áspera, mas no sin encantos”, que al propio Baroja lo arroba en un curioso fragmento que es como si cerrara los ojos y se transportase a los esteticismos de la juventud:

El suntuoso cortejo de las estaciones tiene siempre su carácter y su pompa; cada una de ellas, para el que sabe oírlas, canta su canción peculiar y típica e inconfundible: el día de primavera es la melodía joven, fresca y alada; el de otoño, el adagio melancólico y lánguido; el de invierno, el recitativo rudo, poderoso y amenazador. La tarde de verano, con el cielo azul espléndido, la tierra seca, el paisaje con aire tembloroso de ingravidez y de irrealidad, es el himno violento y estridente en honor de las divinidades pánicas.
Esta canción peculiar de cada estación del año posee siempre muchas notas, muchos tonos, muchos matices.
En la primavera es el cuco, como la voz de un niño burlón jugando entre las matas al escondite; la alondra, en el aire, como una saeta de luz; la perdiz, rechoncha, con las patas rojas, que se pavonea coquetona; el seto verde, la flor en el almendro y la nube blanca en el cielo, de un azul de sueño.
En el verano es el calor, que resuena en el oído como un caracol sonoro; el trigal amarillento, con sus amapolas rojas y sus acianos azules; el grillo, que chirría en la tarde pesada y monótona, y la estrella que parpadea con más fulgor en la noche.
En otoño son las bandadas de grullas por el cielo gris, en forma de triángulo, gritando su adiós de despedida a las tierras frías, abandonadas; los pájaros, emigrantes, de colores; las avutardas, voluminosas, con sus alas blancas, y los graznidos de los cuervos a lo lejos.
En invierno, el águila o el buitre sobre los cabezos de los montes cubiertos de nieve, y los gorriones aleteando cerca de los cristales, buscando la comida y un asilo contra el frío…
Para alguna de aquellas monjas de espíritu poético y soñador, el convento debía tener sus encantos.

               No traemos aquí las descripciones de Mirambel y sus alrededores porque están en todas las guías turísticas. Está bien, pero no es de las mejores descripciones de Baroja. La intensidad se amanera de datos y de leves inflamaciones que no nos resultan tan auténticas como otras veces. Aun así, la condición fronteriza de aquel país, entreverado de meseta pelona y mar florido, sí la supo ver, naturalmente.
               Esta manera de hacer recuerda a la disposición flaubertiana (descripción-drama-narración), que aquí le viene como de molde. El final de este primer tramo descriptivo vuelve al carlismo en un descenso de las alturas místicas, templarias y paisajísticas, hasta la tierra firme del Pirala, hasta materializarse en tres o cuatro tipos barojianos, el padre Caballería (que rivalizaba con el padre Chamorro en oratoria como Demóstenes con Esquines); un cura hechicero, que nos da información bibliográfica; o un clásico bufón barojiano, cuyo retrato sí traigo porque es como un dibujo de Julio Caro:

Sotavientos era un jorobadillo muy malicioso y muy original, que hacía de bufón. Sotavientos estaba encorvado, y por su enfermedad iba encorvándose cada vez más. para comprobar si su encorvamiento aumentaba o no, llevaba una plomada en el bolsillo y se la ponía en la punta de la nariz y medía la distancia entre su nariz y el suelo. Si esta no disminuía, quedaba contento, porque aseguraba que cuando la distancia se acortara hasta llegar a una marca que había hecho en el bramante, moriría.

               Los personajes forman parte del relato de un chamarilero, teñido, como las páginas de los templarios, de esa fantasía pobre de brujas y aparecidos que Baroja iba encontrando por los caminos, sometida a su muy frecuente costumbre de dedicar un par de páginas a contarnos alguna pesadilla.
               Pero es el “suceso romántico” del Serrador el que da pie a la segunda y mejor parte del libro, la historia de aquella partida de carlistas huidos a la que engañan un ventero y un sujeto repulsivo llamado don Cayo. Es un magnífico relato de casi treinta páginas, con todo el brío de los primeros tomos de la serie y de sus mejores novelas de aventuras. Incluso diría que es un argumento que ni pintado para un western a la española, con planes, trampas, regresos y venganzas. Por cierto, que, al principio del relato, uno de los de la partida cuenta un itinerario que también tiene que ver con Teruel y que no recuerdo haber visto citado:

Por lo que contó el Navarrito, que, al parecer, hacía de jefe, marcharon de noche y a campo traviesa por la orilla del Guadiela; luego tramontaron la sierra de Albarracín hasta Orihuela del Tremedal por entre riscos y sin cruzar poblados, y vadearon el río Tajo. Dejando a un lado Monterde, durmieron en Villarquemado, pueblo en un llano, poco sano, con una laguna en los alrededores. De aquí pasaron por la Peña Palomera hasta Alfambra, después bordearon la sierra de Gúdar hasta Villafranca de los Pinares y de aquí llegaron a Mirambel.

Al margen del error (es Villarroya, no Villafranca), la paliza que se pegaron los fugitivos fue de pronóstico. Es lo que tiene narrar encima de un mapa. Pero vaya, tiquismiqueces aparte, este es el momento en que el lector se hace la pregunta de marras: ¿qué habría pasado si este relato y el final del libro, con la embajada de Roquet, hubieran pertenecido a la serie del Conde de España? La primera vez que me lo planteé así fue con La nave de los locos. Allí es muy evidente la voluntad expresa de concebir la novela como una miscelánea variada en la que tienen igual dignidad los datos históricos que las escenas de acción, las descripciones de viaje que las reflexiones enciclopédicas, las galerías de tipos barojianos y los personajes reales. Estas novelas de los años treinta son manojos de retales que tienen que ver con un mismo tono de color. Todo eso ahora es muy moderno, y en los años 30 también, pero uno recae en sus nostalgias de lector de novelas. Disfruta de todo, pero nota, ay, que los fragmentos terminan cuando la idea de desarrollarlos lleva a su autor a empezar otra cosa distinta, y eso deja, junto al buen sabor del conjunto, el sabor a poco de las partes: cualquiera de las historias distintas que componen este libro habría servido para una sola historia, y todas nos dejarían a los lectores básicos tan satisfechos como las dos que dedicó al Conde de España.
Así que el libro termina con la embajada de Roquet a Berga, poco antes de que acuda Cabrera, un personaje al que Baroja no termina de tratar más que de refilón. No es la primera vez que esperamos encontrarnos con él y cuando llega pasa de largo, como Napoleón en La cartuja de Parma. Todo pasa de largo en este Baroja postrimero. Pero a fin de cuentas es más interesante la historia de Roquet y los dos cobardes, el bello Anatolio y el señor Marcillón, con quien cruza un interesante diálogo acerca del valor:

-Yo tengo el valor de reconocer que no soy valiente. ¿Qué quiere usted? Yo no tengo la culpa. El peligro, cuando estoy en su presencia, me trastorna; el corazón me empieza a palpitar con fuerza, el estómago me da como una vuelta, el cuerpo se me inunda de sudor y comienzo a temblar… yo no tengo la culpa.
-Nadie tiene la culpa de nada –dijo Roquet con cierta violencia-. ¿Es que cree usted que vamos a ponerle en la hoja de servicios valor heroico o valor acreditado, como se pone a los militares? No. Esas farsas ridículas se quedan para la milicia, pero no vales para los que hemos estado en presidio.
-No hable usted así.
-Es para decirle que todos los hombres son naturalmente cobardes menos los locos; pero cuando hay que hacer una cosa que no se puede evitar, se hace; como se muere uno al fin siendo valiente o cobarde. Ahora hay que seguir adelante, temblando o sin temblar, porque no se puede volver atrás.

El señor Marcillón consiguió vivir en el campo, en una casa con flores, rodeado de su familia. Roquet, en cambio, “gastó en poco tiempo el dinero que le habían dado don Eugenio y Marcillón, fue a Argelia y murió allí asesinado”. Así es el hombre de acción desde los tiempos de Zalacaín.

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