5.2.14

Miedo al payaso


Entre las novelas dobles de Pío Baroja, las que ocupan dos volúmenes, hay otra que se me había pasado por alto: Humano enigma y La senda dolorosa, ambas centradas en la siniestra figura del Conde de España, que fue algo así como el Queipo de Llano del absolutismo primero y del carlismo después. La primera, Humano enigma, con Aviraneta casi ausente (se limita a encargar al principio a un francés y un inglés que recojan toda la información posible sobre el conde), podría muy bien haber formado otra trilogía con Juan van Halen y La vida de un conspirador, las dos biografías que Baroja no llamó novelas. Humano enigma está compuesta igual que Juan van Halen, picoteando datos de aquí y de allá, alguno incluso repetido, como la estrafalaria costumbre del conde de arrestar a las mujeres que, aun sin salir de casa, no estuvieran bien peinadas. Pero la estructura, la disposición de los elementos, es sin duda novelesca. Forma parte de esa construcción impresionista, a base de manchas de color, unas sórdidas, salvajes, otras graciosas, estrambóticas, más un final muy serio que rescribe la novela desde un punto de vista muy interesante.
               La pieza transcurre en Cataluña. El Conde de España ya había sido, en tiempos de Fernando VII, capitán general de Cataluña, y en los últimos amenes del carlismo, para decirlo a la manera de Valle-Inclán, estuvo al frente de la guarnición de Berga, donde desde entonces se conserva la figura del conde como la quintaesencia del despotismo español, teniendo en cuenta, como insiste Baroja, que el tal conde era francés, y donde el propio Baroja, cómo no, tiene una calle dedicada.
               Más que una biografía, Humano enigma es el estudio de un psicópata, tres años antes, por cierto, de que se diese por inaugurada oficialmente la novela de dictadores con Tirano Banderas. No sé si hubo muchas novelas de esas antes del 27, relatos concebidos para retratar la mente enferma que somete a capricho a la ciudadanía. Habría que empezar, claro, con Tácito y Suetonio, las espantosas vidas de aquellos emperadores que perdieron la chaveta y se bañaron en tinas de sangre. Pero si nos limitamos a la literatura española, pocos antecedentes tuvo. Eso sí, después de él ya son incontables las novelas que han tratado el tema.
               Lo interesante, lo novelesco, es cómo aborda el asunto Baroja. He de reconocer que al principio me incomodó un poco, como si fuera un corta y pega gratuito, el capítulo dedicado a las investigaciones genealógicas. Es una ristra de varias páginas de nombres y apellidos, títulos, ejecutorias, partidas y legajos, un tributo de Baroja al mundo de huellas polvorientas en el que vivió metido tanto tiempo. Baroja, como muchos pintores, utiliza fondos ocre. El ocre de Baroja es el sepia de los grabados antiguos, de los cartapacios con badulaque, de las notas autógrafas y las cartas revenidas. Lo que en otras novelas son traperos o anticuarios, aquí es un viejo genealogista que llena al inglés y al francés, dos jóvenes con intención romántica, la cabeza de unos abalorios onomásticos tan sonoros como absurdos. Bastante después dirá el autor que el culto por la palabra, no por su significado, es de origen semítico. No le veo más valor a esas indagaciones de abolengo que ese, y otro añadido, global, sugerido, el de las majaderías con las que se ha legitimado desde siempre la supervivencia de la aristocracia.
               La impresión es de que Baroja va a ordenar papeles y ponerles un título. Pero no. O sí, pero de una manera muy inteligente. Decía que el conde de España es un sádico gracioso, como Queipo de Llano, que tenía mucho salero para cometer las monstruosidades más incalificables (parte de ese salero cayó sobre Franco, que lo mandó a pasear por Roma porque, ¡a Franco!, le parecía un tipo innecesariamente cruel, y porque lo llamaba Paca la culona). Baroja emplea este salero siniestro para llenar de anécdotas la novela, muchas de ellas yuxtapuestas, puestas en fila, sin más, que producen un doble o triple efecto en el lector. El Conde de España era tan gracioso que, cuando su propia hija intercedió por un soldado que se estaba helando de frío en la guardia nocturna, el padre accedió a sus deseos y metió al soldado en casa, pero a ella, a su hija, la sacó al balcón para sustituirlo. Qué risa. O cuando mandó a un batallón a marchar cara el mar, y solo dieron la vuelta cuando el agua les llegaba al cuello. O cuando, informado del indulto a unos condenados a muerte, hizo arrodillarse frente al pelotón a los indultados y ordenó a los soldados que les disparasen con balas de fogueo. Hubo uno de aquellos casi fusilados que nunca se lo perdonaría. Espero que en La senda dolorosa vuelva a salir.
               Las barbaridades del conde tienen ese aire de locura impredecible de todos los tiranos, subrayado teatralmente por el propio conde, que, cuando estuvo preso en Francia, pasó dos años fingiéndose loco, hasta que lo dieron por un caso perdido y lo mandaron a España. La sensación es de que, primero, se trata de un majara sanguinario, arbitrario hasta el absurdo (o más bien riguroso con el fanatismo católico hasta la locura), que les corta la mano a los que va a fusilar, ordena en el pueblo un toque de queda permanente, sube al despacho a su caballo y desde allí controla que nadie levante cabeza. Es la imagen popular de los dictadores pasados de rosca. Todo lo que se dice de él es, además de espeluznante, entretenido, porque todo lo ha pulido la transmisión popular, el barniz legendario que suele cristalizar a base de terror. 
               El interés, que no decae por mucho que parezca un ensayo de historia más que una novela, está en saber qué grado de verdad hay en una conducta tan estrafalaria y tan cruel, dónde termina el terror y empieza el mito. Hay incluso una delectación insana en la cantidad de estupideces que se le ocurrían a ese individuo, con qué sentido del chafarrinón acojonaba al personal. Se desmayaba en la iglesia como si entrara en éxtasis (seguramente entraba en ella bajo palio), ponía a prueba a los soldados en situaciones límite (“si me llegas a pedir fuego, te mando fusilar”, le dice a un soldado que le pidió tabaco sin reconocerlo), le daba al verdugo el mismo tratamiento que a los curas, o cazaba a los supuestos malhechores como a los conejos del campo, un poco en la gloriosa senda que caminarían después, otra vez, los generales de Franco. Por cierto, que el relato del verdugo no desentonaría con aquel imborrable capítulo de los dos verdugos en La familia de Errotacho. En conde, en fin, “tenía la manía incendiaria, la manía de la destrucción, el sadismo, la misoginia y una teatralidad macabra”.
               Decía que la novela empieza con un francés y un inglés. Tampoco la elección es gratuita. Los dos aprendices de agente, periodista el inglés, son lo que Baroja pensaba de sus respectivas naciones. El francés, Max, muere por una cuestión de orgullo, por la creencia de que un observador tiene que pasearse por el frente de batalla, no mirar los toros desde la barrera. El inglés, Hugo, más listo, consigue llegar hasta el mismísimo conde, y brindarnos un final magnífico. Baroja compara al conde con Aviraneta y después ensaya una “hipótesis étnica” marca de la casa (el conde tiene ascendencia germánica, lo que se demuestra principalmente con que es un energúmeno), y un boticario plantea teorías sobre los rasgos fisiognómicos y craneoscópicos de la fiera. Varios personajes van dando su punto de vista, cada uno más agudo, hasta que el inglés habla con la fiera en persona y resulta ser un sujeto retorcido y estremecedoramente lógico. Para él, “el hombre ilustre es siempre un histrión”.

No puede ser otra cosa. Todo lo que le apasiona al pueblo –afirmó el conde-, lo mismo en las guerras que en los crímenes, es la leyenda; una versión lógica y natural parece siempre falsa; en cambio, una cosa absurda, de una absurdidad completa, llena el corazón popular y lo deja satisfecho.

Es decir, ese loco está tan loco como podrían estarlo luego las hienas fascistas y los sátrapas bananeros. Seduce a las masas aterrorizándolas. Las fascina haciendo el payaso. Las masas necesitan frases, rumores, leyendas, dejadas correr sobre cierta base comprobable de bestialidad. Baroja, insisto, escribe esto en 1927. Su dictamen de manipulación de las masas encontraría en poco tiempo varios condes de España repartidos por Europa y deformados hasta el delirio. Pero de la conversación entre el periodista inglés y el patético tirano hay más conclusiones que extraer: el Conde de España estaba al mando de una guarnición cuyos miembros, todos, estaban permanentemente armados. Cualquiera podría haber acabado con él (como así sucederá en La senda dolorosa), pero Baroja insiste en que había división de opiniones: era un tirano, sí, pero, decían, era un buen general. ¿No se libraron de él antes por miedo o porque no les parecía mal? Baroja echa pestes contra un sistema que se apoya hipócritamente en la vulnerabilidad de sus presuntos beneficiarios, a pesar de que Aviraneta se distinguía del conde de España precisamente en eso, en creer en el pueblo, no en las castas.
El asunto no se acaba aquí. El final del conde, la siguiente novela, tiene varios asuntos que resolver, novelescos, políticos y hasta filosóficos. Vamos a ello. 

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