13.7.26

Tierra, mar y humo (5)

 

Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
5. 1961-1963

La década de los 60 trajo de nuevo abundante producción cuentística, nuevas vertientes temáticas y estilísticas que añadir al realismo de las vidas deprimentes. En ‘La despedida’, sobre la descripción de los viajeros en un tren, el registro de sus vidas sin sustancia —quizá un poco atacado de palabras—, hay un único retazo dramático al final, el del hombre que sale del pueblo por primera vez para operarse y su mujer lo despide entre sollozos. A pesar de la ternura, acrecentada, profundizada por la impasibilidad con que se narra, disuena ese desequilibrio de otros cuentos, lento, moroso y muy descriptivo al principio, más rápido al final, con otro tono más urgente, como con ganas de acabar. Pero hay que insistir en que se trata de una técnica, de una forma de disponer la narración. El hecho de que nos resulte algo desequilibrada no pasa de ser un gusto personal, faltaría más. Ya demostró Thelonius Monk (quien no me extrañaría nada que gustase a Aldecoa) que la disonancia puede ser arte superior.
En otros casos no hay que dar explicaciones. ‘Patio de armas’, por ejemplo, es un cuento importante y novedoso por varios motivos. Baste un párrafo para saber a qué me refiero: 

La barroca anaglipta contrastaba con el mobiliario vascongado, severo, macizo, intemporal, un punto insulso. Cupidónicos cazadores, ánades en formación migratoria, carcajes abandonados entre las juncias, piraguas embarrancadas en las orillas del agua, lotos, lirios, hiedras, mostraban sus relieves en el techo. Un zócalo de madera cubría dos tercios de las paredes. Ovaladas acuarelas, en marcos dorados, colgando hasta el zócalo, representaban paisajes convencionales: ruinosos castillos fantasmados por el plenilunio, bucólicos valles verdeantes engarzados entre montañas nevadas, una charca helada con zarrapastrosos niños patinadores…

Sí, es la prosa exquisita de Aldecoa, pero hay algo más que ya tiene el perfume joyceano que después pondría tan de moda Martín Santos. Entre los «cupidónicos cazadores» y las «midelgüésticas mozas» no hay tanta diferencia. Estamos en la época, y Aldecoa combina la estética cinematográfica (pronto se estrenará una versión de Young Sánchez) con una nueva forma de impresionismo. Unos colegiales se resisten a ser del todo conscientes de la situación de guerra en la que viven, a pesar de que matan al padre de uno de ellos. Hay un tono más elusivo, sin ese directo a la mandíbula que tanto jalearon los asiduos de las tertulias, al margen de que el cuento entra en el grupo de la pseudobiografía de la adolescencia. Y hay, también, algo de Los 400 golpes en ella (la película era muy reciente). A pesar del españolísimo prefecto tridentino, el cuento tiene algo de europeo, de blanco y negro anubarrado, miradas hondas e ingenuas, silencios elocuentes.
‘Patio de armas’ consolida una forma distinta de hacer literatura que no excluye los métodos que tan bien manejaba el autor. En ‘El porvenir no es tan negro’, Aldecoa da otra clase maestra de cómo se reproducen los diálogos para que además de verosímiles e insulsos sean altamente significativos, en este caso los de una reunión de oficinistas de medio pelo y sus señoras en el piso de uno de ellos. La voces son distinguibles y están muy conseguidas, igual que ese soso tumulto de las reuniones de entonces, todas marcadas por una tediosa falta de malicia, y de sustancia. Se interesan por miserias, por el precio de un butacón, por el sueldo del vecino. El mundo de la gente común, en realidad, es así, tan bienintencionado como mezquino. El final aquí es un poco siniestro: el padre se pone a hacer imitaciones y su hijo pequeño llora porque piensa que se ha ido (o le asusta su presencia exageradamente real…), en los lindes del humor negro, faceta que Aldecoa no abandonó nunca del todo. ‘Hermana Candelas’ desciende sin rubor a los terrenos de la broma, pero con desparpajo y más acierto que otras veces. Una mujer adivina el porvenir a ignorantes con ganas de tener novio como recurso para llegar a fin de mes, lo que exige que sugestione a sus cliente, pero no que les mienta. Tiene gracia la médium advirtiendo de que las voces del más allá puede que solo sean fantasías, como si, aparte de sacarse un dinerillo, no quisiera estafar del todo. Las voces del más allá no son las de los espíritus sino la de Telefónica, que llama a la pitonisa para reclamarle el pago de un recibo.
El estilo realista calamitoso lo seguimos encontrando en versiones algo diferentes, con su punto intrigante o la renuncia a la trama como tal. Ejemplo de lo primero es ‘Dos corazones y una sombra’, sobre una pareja de solteronas que todavía no han perdido la ilusión de pillar novio antes de que el tiempo se les eche encima. Pero son un poco raras: fingen que viven con su padre cuando llama un extraño, se encargan combinaciones que nadie va a ver puestas más que ellas. A pesar del raro perfume a cerrado que se respira, no deja de ser un poco tópico todo. Y ejemplo de lo segundo, la renuncia a la trama, podría ser ‘La tierra de nadie’, ramillete de estampas cuarteleras, con generales que se aburren y mandan a por vino al pobre recluta que ha aprendido a leer en la mili, un cuadro de jerarquía y dejadez que sofoca lo que pudiera tener de historia, de cuento.
Pero el realismo de siempre sigue dando buenos frutos, y ‘Fuera de juego’ es uno de ellos. En este caso no se retratan las penalidades de los desposeídos sino la comida dominical de una familia con pujos de burguesa. Los diálogos, excelentes, se concentran con la llegada del hermano, al que sus hermanas han visto con una chica que quizá sea de una clase social inferior. Todo el clasismo pequeñoburgués sale a relucir, la familia como conquista social y el «garbanzo negro» al que igual «le da revolucionaria». Son las huellas de un pasado que aún no está demasiado lejos, y ello traza dos líneas más relativamente nuevas, la de la sombra de la guerra y la de las ganas de huir de un mundo tan enteco. ‘Las piedras del páramo’ vuelve sobre la guerra con un despliegue muy poético, dramático incluso, pero bastante oscuro. Como de costumbre, un largo principio sosegado se resuelve al final en una situación que exige algo más que estar atento: un disparo, un detenido, un cura de por medio, un cadáver arrojado a la cisterna, y una, digamos, obligación estilística de oscuridad muy de su tiempo. Que esa penumbra se deba a la cautela con ciertos temas o a una nueva forma de abordarlos todos es algo que probablemente no podía quedar resuelto en la España de la época. Mejor no recordar, o hacerlo selectivamente, en un pasado exclusivo, en parte imaginado, como sucede en ‘La vuelta al mundo’, la triste historia del viejo marinero que consume sus días jugando al parchís con su mujer y evocando momentos de su vida en la mar como una forma de decir algo, aunque no sea cierto. La gracia está en darse cuenta, a mitad de cuento, de que son muy viejos. Pero esta historia del anciano que recorta sus recuerdos de papel no acaba de resultar original, por más que el personaje de la mujer, que le sigue la corriente, esté muy bien. Qué buenos son esos personajes aparentemente secundarios, casi mudos, cuando están tratados con delicadeza.
Y quedaba, para terminar el año, la otra propuesta, la huida, la necesidad del exceso, y un capítulo que combina la apuesta por la pseudoautobiografía con el signo de los tiempos, que para un escritor informado podría ser la literatura beat. Pero en España no empezó a publicarse a Korouac hasta la década de los 70, cuando Aldecoa ya no estaba, y eso le da especial interés a ‘La piel del verano’, un relato beat a la española marítima. Rafael lucha consigo mismo para no emborracharse otra vez con Antonio, pero empeña el reloj por un bocadillo de sardinas y unas cuantas absentas, hasta que la cosa ya no tiene vuelta atrás. Es el tema de la atracción irresistible, que sí, puede proceder, todavía, del decadentismo finisecular, pero ese ritornelo del «tengo que escribir» del protagonista nos traslada a literaturas mucho más cercanas en el tiempo. Aprovecho para citar una más de sus muchas espléndidas descripciones iniciales, esos arranques deslumbrantes que impulsan a la lectura íntegra del relato, en este caso con un estilo que sin perder la elaboración se hace incluso más poético por la vía de la concisión: 

Los estibadores habían dejado el trabajo para comer; en las sombras de las bodegas de los veleros tomaban ensalada y vino fresco. El andén del muelle olía a especias, a amoníaco y petróleo. Un hombre, sentado, pescaba desde la punta del espigón. La dala del barco de línea vertía un chorro manso, y su rumor de fuente transponía el embarcadero a plazuela. En los bordes de la chimenea se disolvía lentamente el humo de los fuegos de a bordo. La brisa estaba aún lejana en la alta mar vacía. Cardúmenes, por tamaños, daban nervadura a las aguas; aceraban, sombreaban, verdecían. Balsas de aceite se irisaban en torno de los manchones. Estaba roñada y aparentemente quebradiza la escalerilla de hierro, que se perdía en una neblina vegetal. Entre las matas de moluscos y las alguillas algo se entreabría u oscilaba. El cielo azul apresaba en su campana la ciudad blanca, el agua negra-azul-verde-negra, y el relámpago dorado, a veces violeta, de los mondos montes, cicatrizados de torrenteras. 

No tenemos cuentos del 62, y solo tres del 63. En ‘La chica de la glorieta’ sigue la línea noctámbula y desgarrada, con las mismas dosis de inclemente verosimilitud que de ternura, en este caso la noche de una joven prostituta que finalmente consigue avío. Es una noche cualquiera; bueno, una noche que sale bien…, o no, porque no está claro quiénes son los del 600 que paran para contratar sus servicios. Seguimos en ese tono que, tal vez impropia o anacrónicamente, llamo beat, con una voz, la de la chica, verosímil pero no deslumbrante.
Los otros dos nos remiten a lo más antiguo de su obra y a lo más reciente, pero son perfectamente compatibles. En ‘Los pozos’, con estructura similar a la de Young Sánchez —menos elaborada— se cuentan los prolegómenos de una corrida de talanqueras, en un pueblo con un alcalde y un marqués, y todo lo que eso significa. Vuelven los ya casi olvidados aires solanescos (incluso celianos, por El gallego y su cuadrilla), pero también la dignidad del fracasado que Aldecoa nunca abandonó. Y, en fin, ‘Al margen’ tiene el interés de que anticipa temas que abordará en Parte de una historia, su última novela, aquí con una mujer que se debate entre dos hombre, uno que le recrimina que beba tanto y otro que la incita a beber más. Asoma el mundo de alcohol y cigarrillos que tanto daría de sí entre la intelectualidad tardofranquista, a la que Aldecoa todavía le dio tiempo a retratar.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, Alfaguara, 2018, 777 p.

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