19.8.26

Flaubert con palomitas


Volvamos al principio. En una entrevista para El País con Alessandro Piperno descubrí a un autor con aires dannunzianos (solo en el aspecto) que se declaraba lector de Javier Marías y reivindicaba la figura de Giorgio Bassani. Era profesor de literatura francesa, tenía una larga trayectoria como novelista y recomendaba, entre los autores italianos contemporáneos, a Sandro Veronesi. Piperno me cayó bien, y como de Marías ya lo he leído todo, me puse al día con Bassani y con Veronesi, de quien ya dije que fue todo un hallazgo, y ahora le tocaba el turno al propio Piperno y su novela Aire de familia, que es la que estaba promocionando en aquella entrevista.
Y lo primero que hay que decir es que Aire de familia no es una novela sino dos, tan independientes que no tienen nada que ver la una con la otra. Hasta mitad de volumen, el profesor de francés, entusiasta de Flaubert (el narrador, no el autor, aunque sean el mismo), escribe un arranque tipo La mancha blanca, y no solo por las derivadas de la cultura de la cancelación sino porque la prosa y el tono recuerdan mucho a los de Phillip Roth. En este caso, el punto de partida es un puñado de frases sacadas del «maravilloso epistolario» (ya lo creo que sí) de Gustave Flaubert, que el profesor cita a sus alumnos y estos lo acusan de misógino y no sé cuántas cosas más, hasta el punto de que se ve apartado de su puesto como docente y poco menos que forzado a dejar la profesión. El tema es recurrente. En la vida real suceden casos todavía más sangrantes, como el de la profesora que prohibió la lectura de Romeo y Julieta en un colegio inglés por «apología de la heterosexualidad». Porque lo malo de los excesos woke es que se trata de actitudes tan delirantes que sus parodias acaban siendo tópicos de risa floja. En todo caso, si ese es el tema, hay que desarrollarlo, y no basta con personajes pasados de rosca como el viejo profesor que en su día fue el mentor del narrador y luego viene a sustituirlo, o la excompañera militante que maniobra para que lo echen, todos monigotes de brocha gorda, sin cara, sin matices, y sin gracia.
Y ahí viene el primer problema con esta novela. Si esta parte del tópico cancelatorio no es más que un punto de partida para la verdadera trama, entonces es algo excesivo que una introducción sea más larga que su desarrollo, sobre todo si, como digo, no tiene nada que ver con él. Pero si hay que considerar esta primera mitad como novela aparte, entonces está sin hacer, sin desarrollar y desde luego sin rematar, porque todo queda en nada cuando empieza lo otro. Entretanto, el autor introduce otra historia tópica de noble raigambre faulkneriana, la de los parientes o amigos de un muerto que pasan revista a sus vidas después del funeral, que a veces sale bien (Graham Swift, Last orders) y a veces queda disuelta en ese otro tópico añadido del reencuentro y balance de triunfos y fracasos, como sucede aquí, donde también sirve para, al final del libro, tratar de enlazar, harto infructuosamente, las dos historias con un encuentro tan cauteloso como veladamente salaz.
Todo ello está escrito en una prosa, digamos, solvente, culta y veloz, pero no como un Ferrari exquisito sino como un camión cargado de palabras. Piperno sabe mantener la atención y la velocidad sin descuidar el lenguaje que se supone le corresponde a un profesor de literatura francesa como él, por más que la adoración de Flaubert no se avenga demasiado con ese tonelaje verborreico. Aunque eso daría lo mismo si hubiera seguido, más allá de la página 200, emulando a Roth, desarrollando una historia que servía para definir estos tiempos tan despóticos como ignorantes, esta selva de prejuicios en las que nadie esta libre de que llame a su puerta la policía moral para acusarle de cualquier nonada.
Pero la historia se agota, el profesor renuncia a la pelea y el escritor a la novela, y empieza entonces una historia más propia de telefilme norteamericano, tipo Tío no hay más que uno y por ahí, que de las sacrosantas cartas de Flaubert. Al narrador le viene del cielo un niño huérfano cargado de tópicos envueltos en papel de Navidad: los problemas en la escuela (bullying incluido, aunque el chico lo supera porque es más inteligente que todo eso), las estrictas costumbres judías que se trae de su anterior vida angloparlante, su súbita desaparición, con indagaciones y teléfonos («¡agente!»), y correteos y sagaces deducciones del narrador para encontrar él solo al niño e indicar a los miembros de orquesta lacrimógena que templen sus instrumentos: los violines empiezan en la página 357, pero tampoco consiguen sus húmedos propósitos.
A todo esto, la prosa intelectual de Roth viene a ser sustituida por un remedo del Tom Wolf de La hoguera de las vanidades, con personajes tan excesivos como manidos (ese productor cinematográfico del que ni los hermanos Coen podrían sacar partido), y crece la sensación de que opersonajes, escenas y estilo son de recurso de novela vulgar, y lo que había empezado siendo un texto para seminario de literatura contemporánea se convierte sin disimulo en reciclaje para pulpa de aeropuerto. Y lo peor es que los lugares comunes que se suceden sin descanso son todos de cine popular norteamericano, y brilla por su ausencia lo que pudiéramos llamar la italianidad de la histora, o al menos un barniz de cultura no plastificada, de literatura sin grasas saturadas. Y de Flaubert ya ni hablemos. 
Queda la sensacion de cómo en nuestros días las fronteras entre la literatura culta y la de consumo fácil se van desdibujando. Una novelucha (bueno, dos) puede promocionarse como un delicatessen para lectores cultos. Una historia banal, sin nada memorable, llena de clichés archisabidos, puede hacerse pasar por un retrato implacable del mundo contemporáneo, quizá porque hay teléfonos móviles por todas partes, porque todos los personajes tienen mucho dinero (aunque no tengan trabajo) y todos los hoteles son suntuosos. Pero esto es lo que funciona, como si los lectores de John Grisham quisieran parecer aficionados a Umberto Eco, o como si la inteligencia ácida de Phillip Roth sirviera para enjaretar una comedieta de sábado por la tarde, de esas el nombre de cuyo guionista nunca importa a nadie. Las papeleras del aeropuerto de Bangkok están llenas de historias como estas.

 Alessandro Piperno, Aire de familia, trad. Carlos Gumpert, Libros del Asteroide, 2026, 415 p.

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