26.4.12

Fragmentos



Cuando murió Labordeta escribí un artículo para el periódico (ya solo publico los obituarios, me estoy especializando en la muerte) y aproveché para leer su cancionero y entresacar aquellos versos que me hacían gracia, cualquier tipo de gracia. Ahora, ojeando pantallas viejas, ha salido el resultado de aquella búsqueda. Teniendo en cuenta que al final solo cité los versos que ya sabía (los que sabe todo el mundo), me pregunto qué sentido tan raro de la documentación tengo en medio de este wikimundo de citas fáciles. La razón por la que no usé esa antología de citas es que yo no escribo de la documentación al texto sino del texto a la documentación. Es decir, escribo sin citar, o citando lo primero que me viene, y luego, si acaso, busco alguna flor de búcaro que quede mona. Si alguna vez lo he hecho al revés, no me salía un artículo sino una vitrina, una monada. En este caso supongo que cuando terminé el artículo no sabía dónde meter citas que no fueran pleonásticas o me exigieran alargarlo demasiado.
               Pero guardo buen recuerdo de esta pequeña antología porque fue compilada por motivos prácticos, es decir, como un puñado de citas que igual valen para un roto que para un descosido. Yo soy más lector de versos que de poemas. Todos los grandes poetas tienen una antología de poemas pero pocos una de versos, de fragmentos peculiares, algo así como los restos de los poetas arcaicos griegos. Siempre he pensado que, aparte del azar y el tiempo, los responsables de esas ruinas venerables son los propios versos, su capacidad para ir de boca en boca y de pluma en pluma, y casi me inclino por pensar que solo sobrevivieron los mejores.
               Así que no sé si resultó útil o inútil. Por si acaso, por si alguien sí le ve la utilidad a esta manera de deshuesar un cancionero, lo dejaré guardado en este otro armario, que por lo menos tiene puertas de cristal.

1974
Cantar y callar

Aragón
Polvo, niebla, viento y sol
y donde hay agua, una huerta;
al norte, los Pirineos:
esta tierra es Aragón.

Y con él van en compaña
las gentes de estas vaguadas,
de estos valles, de estas sierras,
de estas huertas arruinadas.
Todos repiten lo mismo

Todos repiten lo mismo
cuando dicen que se marchan.

Tenía viento y carreta
y recuerdos de la guerra,
barro, sol, piedra y paisaje
y un regancho de agua muerta.

con la rabia que produce
abandonar lo que se ama.
Yo soy igual
Yo soy igual que mi padre,
mi padre fue labrador,
yo soy igual que mi padre
Los leñeros
Camino de la ciudad
van los leñeros.
Bajan leña, bajan fuego,
bajan hambre y soledad.

La cogieron con sus manos
en los neveros.
Largas horas, largos días,
tristes meses, tristes años.

De vuelta de la ciudad
van los leñeros.
Se quedaron sin la leña
sí con hambre y soledad.
Las arcillas
Sólo quedan los viejos
y los barrancos,
como esqueletos rotos
contra la tarde
El poeta
Caminos son
abiertos por su fuerte voz
lanzada contra cierzo y sol
y contra tantos siglos de dolor.
Cuando se agosta el campo
La sierra blanquinegra,
lejana y fría,
que acomete a los hombres
día tras día

Cuando se agosta el campo
y se hace sol el cielo,
sólo queda el camino
como consuelo.
La vieja
La tristeza de tus ojos
de tanto mirar,
hijos que van hacia Francia
otros hacia la ciudad.

Siempre te recuerdo vieja
sentada frente al portal,
repasando antiguas mudas
que ya nadie se pondrá.

Siempre te recuerdo vieja
nunca te podré olvidar,
eternamente paciente,
sufriendo sin más ni más.
Por el camino del polvo
(completa)
Por el camino del polvo
van en dirección a la era,
lleva los granos de trigo
que ha salvado de la tronera.

Unas veces la tronera,
otras la falta de agua
y cuando todo va bien
los precios no valen nada.

Estate toda la vida
amorrao a los secanos
pa que luego desde arriba
te lo quiten de las manos.

Por las secas barranqueras
bajan la piedra y el barro
hasta ese cauce pequeño
por el que camina un carro.

Cauce donde veinte ovejas
abrevan en el estío
y, cuando la nieve crece,
cauce que se hace hasta el río.

El aire abrasa la siembra,
el sol seca la cosecha,
y en el invierno los hielos
dejan la oliva deshecha.

De un lado al otro del pueblo
a pesar de todo andas
para ver donde te tumbas
y nunca más te levantas.
Dónde se van
Y la tarde ya apardea
ya se pone el sol nuestro amo
y la tarde ya apardea...
Canción para una larga despedida
Nadie escribió tu nombre en las paredes,
ni nadie habló de ti con voz de llanto.

1975
Tiempo de espera

Canción de cuna
sobre la tierra estéril
Tan sólo tengo manos, ajadas manos,
trabajadas por soles, vientos y barro
Carta a Lucinio
No sé quien me ha empujado
ni me ha traído

Y al fin tras tantas horas
nada tuvimos
No cojas las acerollas
toma el camino de casa
que allí te espera tu hermano
y entre los dos hay que levantar
A varear la oliva
A eso del mediodía
y el sol subido
detenemos el tajo
para un respiro

Contigo a no sé dónde
aquí no hay sitio
ni lugar ni trabajo
Ya ves
Cf.
Ya llegó la sanjuanada
No, no volverán ya más
a estos páramos yertos.
No, no volverán ya más
a estos desiertos.
Homenaje a Víctor Jara
Pienso en la última tarde
cantando tus canciones
frente a la gran montaña.

como un toro que surge
en una tarde clara
frente a la tierra parda
Canto a la libertad
Cf.

1976
Cantes de la tierra adentro

Cantes de la tierra adentro
y en las tierras turolenses
sólo se queda el pinar

Une tu mano conmigo
une tu mano y verás
como los que nunca oyeron
empezarán a escuchar:
el agua será del yermo,
la tierra de cada cual
Parábola al modo brechtiano
(o El milagro de Lamberto)
Voy a entrecavar tomates,
a sembrar trigo y cebada.
No te quedes en la puerta

No te quedes en la puerta
entra hacia dentro
que de la cocina al fuego
es tuyo, es nuestro
Serenamente hablando
Serenamente hablando digo hoy
que es duro caminar
sobre tierra baldía

Serenamente hablando quiero decir
que hace falta valor
para seguir aquí.
Serenamente hablando quiero gritar
que aquí está nuestro sitio
y no en otro lugar.
Rosa rosae
Salimos adelante,
nunca sé la razón,
quizás como testigos,
o náufragos o heridos,
Coplas de Huesca
No te quedes en el fuego
que no es cosa de dormir
átate las alpargatas
que sí, que sí es cosa de seguir
Puesto que el joven azul
de la montaña ha muerto
Puesto que el joven azul
de la montaña ha muerto,
es preciso partir.

1977
Labordeta en directo

Coplas del tión
Si yo encontrase una moza que se quisiera casar
me quedaría en el valle y me pondría a labrar.

Hay que ver que dolor tengo por no encontrar solución
en la cama de mi casa y no ser ya más tión
Canta compañero canta
El miedo tiene raíces
difíciles de arrancar

Por el alba del camino
a tu hermano encontrarás,
dale la mano y camina
hasta llegar al final
Todos repiten lo mismo
Tenía viento y carreta
y recuerdos de la guerra,
barro, sol, piedra y paisaje
y un regancho de agua muerta
Planta un árbol
la vida es implacable con el hombre,
la historia no se puede parar

1978
Que no amanece por nada

Compañeros

Qué larga ha sido la noche,
y el alba que tanto tarda:
salid al camino hermanos
que no amanece por nada,
Cierzo

Sopla duro, paisano,
sopla de golpe,
libéranos a todos
de quien oprime al hombre
Tú cantarás por todos
Tú cantarás por todos,
por los muertos, por los vivos
Crónicas de paletonia
Apenas si era mil ocho los paletones
pero hicieron de esta tierra
una tierra sin razones,
sin ovejas, ni ganado,
sin labrador, ni pastores.
Hermano hombre
Todo es un tigre merendando
Acuérdate

Siempre harás mas de lo que has hecho:
acuérdate, acuérdate.

Ese ser de ojos asombrados
que contempla los años con nostalgia,
puede ser tu hermano, tu enemigo,
puede ser tu guía o tu amenaza.
Puede contigo hacer el viento,
la guerra, la esperanza,
o convertir tu vida en un desierto.

Ese que mira con descaro
la fría soledad de los espacios
puede contigo atravesar el mundo,
Amarga compañera
Sabes como la yerba,
como el pantano,
amarga compañera:
dame la mano
Inciertas mañanadas
corriendo entre los campos
nace la alfalfa,
crecen los trigos,
las sementeras

Haz saltos que iluminen
tu tierra oscura
y combate con ellos
la singladura
de los que nada tienen,
porque a estos nunca,
con el agua sobrante,
les fue traída
una cosecha cierta
que asegurase
trabajo todo el año
sin alejarse
Porque avanzamos juntos
Qué lejos queda ya
aquella incierta edad
donde se prohibía
hablar de libertad

hablábamos del hombre
y sobre todo
sentimos sobre el rostro
sus presidios,
su muerte vegetal
en el agosto

Cuando sus ojos cantan
cantamos todos:
canta la soledad
y canta el río,
canta la calle entera,
canta el olvido

1979
Cantata para un país

Introducción y Vengo a hablaros
No vengo a hablaros del viento,
ni a maldecir de los fríos;
vengo a hablaros de unas tierras,
y unos paisanos, los míos.
Ponte contento
Vamos a hacer que esto acabe
autonomizando todo
Albada
Cf.
Todos son
Entre ellos y nosotros
vamos a tener que hacer
una tierra en donde quepan
todos de una santa vez.
Poema
ahora que la lluvia
recorta suavemente
los ruidos en la calle

Tantos trozos de vida recordamos
que el alba nos asaltó de golpe,

1981
Las cuatro estaciones

Jota

La luz que me trae agosto
quisiera verla en tu pelo,
y entre tus brazos morenos
consolar la sed que tengo
Poema 2 (o Amarillea todo)
Amarillea todo
hasta esos pájaros que huyen
de las primeras voces
de la niebla.
La zambomba

Cuando ya se ha calentado
continúa su camino;
somos un pueblo que anda
sin encontrar su destino
Nana

Las duras jornadas
de escarcha y de boira
de frío en el cuerpo
de hielo en el alma
Ya viene marzo con flores
la alegría de vivir.
De vivir en una tierra
donde encuentres el sentir
porque sean compañeros
los que están cerca de ti.
El Mayo

Un mayo pulido
de flores hermosas
que haga de nosotros
un pueblo sin sombras.

1984
Qué queda de ti

Qué queda de ti, qué queda de mí
¿Qué queda de mí?
¿Qué queda de ti?
Elegía del misil
mamá que es comprensiva,
muy buena y bondadosa,
seguro que me dice
que me vaya a rezar.

Un misil, un misil
para Navidad.
Mandárselos a Reagan
para la Navidad.
Con tus manos
Cf. recuento
A Georges Brassens
Cf.
Viejo País

Qué te puedo decir
a ti, viejo País,
si tu barro me sabe
a recuerdo infantil

1985
Aguantando el temporal

Aguantando el temporal
y el campesino canta,
por no llorar
De aquel tiempo pasado
De aquel tiempo pasado
quedan nombres de calles,
anuncios olvidados,
muñecas de Pekín;
quedan tiernos paisajes
con la niebla a jirones
sujeta al pretil
y un señor a caballo
que mandaba en Madrid:
De aquel tiempo pasado
queda el viento sin fin.
Carta de casa
Aquí madre está vieja,
igual que el tiempo,
y el abuelo Manuel
ya lo internamos
por aquella locura de insensato
de salvar del naufragio
al sindicato.

De la fábrica vieja
nada queda,
por vender se vendieron
los escombros
de la última vez que hicisteis huelga
y tirabais enteros
los armarios

Y nada más, entiéndeme,
todo lo mismo
con unos años más,
más pesimismo
Zarajota blues
La amo
la odio
le tengo un cariño ancestral
Crónica del regreso
Y de golpe me encuentro en mi casa,
forastero en donde nací,
forastero también
en el tajo
donde yo levanté con mis manos
lo que uno trabaja por mil.
¡Eh, tú!

Ahora que ya no se creen
casi ná de ná
de este personal
y miran perplejos
a quienes seguimos
metiéndoles caña
con ingenuidad

¡Eh, tú!
qué hacemos ahora
con esta juventud
que nos margina,

1986
Tú y yo y los demás

Abrí todas las puertas
(o Pequeña libertad)
Bajo qué árbol descansas,
huyendo, como vas,
de tanto fuego vivo
que te quiere quemar
y hacer que nunca puedas
unirte a los demás
de regreso al hogar,
pequeña libertad.
Aragón blues

y que se nos llevan el agua,
mecagüen Reus que se nos llevan el agua
Ya ves
Recuérdame,
como un árbol batido,
como un pájaro herido,
como un hombre sin más.
Recuérdame,
como un verano ido,
como un lobo cansino,
como un hombre sin más.
Me dicen que no quieres
De esta tierra hermosa
dura y salvaje
haremos un hogar
y un paisaje.
Albada

Esta albada que yo canto
es una albada guerrera
que lucha porque regresen
los que dejaron su tierra.
Tú y yo y los demás
la ciudad viste
colores suaves,
de raso y tergal,
Somos

de manos contra manos
izando la igualdad

Somos
igual que nuestra tierra
suaves como la arcilla
duros del roquedal
Aragón
Polvo, niebla, viento y sol
y donde hay agua, una huerta;
al norte, los Pirineos:
esta tierra es Aragón
Canto a la libertad

entre todos aquellos
que hicieron lo posible
por empujar la historia
hacia la libertad.

Que sea como un viento
que arranque los matojos

1987
Qué vamos a hacer

Qué vamos a hacer
Qué vamos a hacer,
qué vamos a hacer
cuando el futuro
venga con nosotros
a tomar café.
Joven paloma

No quiero que del suelo
tú me levantes
porque amo la tierra
y este paisaje.
Este paisaje duro
que crece altivo
levantando su cuerpo
tan malherido.
Tan malherido vive
como yo vivo
mientras tú te recreas
con los olvidos.

Formas de estar contigo
sin el olvido
de la tierra callada
que hemos vivido
Mi barrio
y en medio del calor
las siestas producían
un sonoro silencio
donde se oía el sol.

a nostalgia de los pinos
que veías en tu infancia
allí, en aquel pueblo,
olvidao de la montaña.
Allí

Cuando ahora te nos hundes
y con tus manos sujetas
la nostalgia, en tus ojos
la alegría porque piensas
que regresas a tu casa
allí, en aquel pueblo
olvidao de la montaña.
Llegar al mar
Quiero llegar al mar
que desconozco
para huir de la furia
del árbol y la piedra

y escapar de este cierzo,
de esta sed y esta herida

"De aquí no salgo
porque no me gusta el mundo"
Pavana

A tu padre, cansado y silencioso,
le decías: "Padre, ¿qué haces aquí?"
musitaba palabras sin sentido
y seguía sentado frente a ti.
Guárdate

guárdate
de las viejas historias triturada

guárdate
de las tardes de estrellas y nevadas

1989
Trilce

Trilce

y en tus ojos descubrí la calma
de caminar despacio por los días
la soledad, la aurora y la distancia.

de ti guardo el olor a primavera
Aire

Ahora te presiento duro y frío,
con la misma cansada soledad
con que mueven los hombres el olvido
de la infancia que se quedó detrás.
Juana

la mano segura
que te indica bien
lo que tú no ves:
Estoy hablando de una mujer.
Nieve en abril
(o Para Ángela)
y luego allí
donde da la vuelta el viento
te toparás con los sueños
olvidados por el tiempo.
Apenas una vida
apenas una sombra en una casa
y el silencio que nos dejó al marchar:

Cuando eran oscuros tiempos
y la vida era igual
que un paisaje tierra adentro:
seco, duro y de desierto.
Por eso hoy quiero volver
a estar contigo en sosiego:
Hay que seguir
al lado de la tierra.

mientras las ausencias hacen
sentirnos a todos lejos.
Con tu voz
Una tarde cualquiera de agosto
entre luces rompiendo el calor
volveré a tus manos ausentes
como vuelve a la sombra el rincón
y en las viejas y rotas quebradas
donde el tiempo nos hizo a los dos
buscaremos un lugar muy quedo
donde crezca otra vez el amor.
Para qué sirvió
Si en oscuros trenes
vas a trabajar
por países densos
viejos como el mar
y en la lejanía
guardas la nostalgia
de tu infancia quieta
en la inmensidad.
Si eres extranjero
allí donde estés
porque te lo gritan
una y otra vez
sin que tú comprendas
cómo puede ser
que desde muchacho
nadie te dé fe:
Para qué sirvió
la muerte de Sacco y Vanzetti.
El espejo

me gustaría huir
por pasillos de hielo
Banderas rotas
Cf. Recuento

1993
Canciones de amor

Mar de amor
y he prendido mis labios
a tu rostro
con la fuerza de un huracán
Si fueses como la aurora
pues viene tras de la noche
cuando empieza a clarear
Una tarde sin fin

Fue una tarde sin fin
de mediados de agosto,
yo cantaba en un pueblo
y al final de la plaza
tus ojos presidían
todo el atardecer
Canción de amor
Porque no nos ven hablar
dicen que no nos queremos,
porque no nos ven hablar.....

fatigosas mañanas
después de amar.
Cuando eres yo
Y el tiempo va creciendo entre los dos...

tú me has crecido de pronto en el camino
y me has borrado la huella que fui yo.
Con tus manos
y con tu boca una fiesta,
y con tus brazos ventanas.

y con tus besos banderas,
y con tus pechos mañanas.
Las uvas dulces
Lejos como las tardes
de aquel verano
que entre solanas altas
tomé tus manos.

1995
Recuento

Pregón
flores que gimen de pena

Teruel sostiene la base
de esta tierra que te cuento
que, a pesar de estar caída,
la aúpo con gran sentimiento.

Aragón sufre en Agosto
y en primavera se hiela,
gracias que luego el otoño
del invierno nos consuela.
Sanjuanada

Y aunque nos quiten el pan
y nos dejen sin alimento,
seguimos puestos de pie
para defender lo nuestro,

luchando contra los vientos,
contra la tierra y el cielo.
Rogativa de agua

Entre los Santos y Santos
y Vírgenes de Aragón
que nos echen una mano
a defender la Región
de tanto proyecto nuevo
de hacer especulación
y que a la larga producen
soledad y emigración.
Regresaré a la casa
(completa)
Regresaré a la casa,
la casa de mi padre,
abriré la ventana
y que la limpie el aire.

Que limpie la esperanza,
que arrastre los recuerdos,
y arranque de los muros
los retratos ya muertos.

Que azote las arañas,
las ratas campesinas
que invaden los rincones
donde murió la vida

Renovaré los suelos,
el techo y los tejados
y el muro que soporta
los cierzos más airados.

Blanquearé el silencio,
el patio y la cadiera,
y el rincón, donde los niños,
crecimos hacia fuera.

Y cuando respirables
resulten las alcobas,
traeré a mis compañeros
para iniciar la obra
de levantar un árbol
delante de la puerta,
que dé cobijo al aire
y al hombre le dé sombra.
El villano
Cuando las fiestas terminan
volvemos a la ciudad
y en el pueblo solo quedan
unos viejos y un pardal.
Cuatro novias he tenido
las cuatro se me han marchado
con cuatro mozos más guapos
que los que aquí nos quedamos.
Nana para dormir a un niño
en la montaña
Duro ha sido este verano,
dura su ausencia y trabajo,
duró seguirá el otoño
para quien no tenga tajo
A Georges Brassens
Dime joven difunto
Jorge Brassens
si con Cristo y María
te encuentras en buen plan
entonando la misa
en el viejo latín,
con cantos gregorianos
como te gusta a ti,

1997
Paisajes

La sabina
Y allí permanece enhiesta
como un monegrino más
sabiendo, como ellos saben,
lo duro que es pelear.
A veces te descubro

A veces te descubro
en la inocente mueca
de este otoño,
Habanera baturra
Desde un ibón
va esta habanera
con la retranca
de un perdedor.
Que aunque no es Cuba,
la mala uva
es una cosa,
muy de Aragón.
El decreto treinta y tres
Y siempre sigo perplejo
con mi risa de conejo
y mi aire anarco burgués
Adónde
Adónde, adónde, adónde
se fue el día de hoy
Si tus labios
Antes de que la niebla
se haga mañana
y el sol nos desconcierte
con su llegada.

Si tus labios supieran
a madrugada,
iría por las calles,
a eso del alba
buscando en los portales
tu risa franca
y encontrando de golpe
toda tu estampa.
Algunos rojos de antaño
y el rojo más pequeño
está de restaurador
jodiendo la cocina
de su abuelo el labrador

En el fondo eran rojos
de tresillo y de sillón
Corrido de Francho Blas
Quieren hacer adosados
que cubran la poca vega
y a la orilla de la ermita
meter una discoteca.

Y aquí termina señores
el corrido Francho Blas,
que nunca volvió a su tierra
por no cabrearse más.
A ti te entiendo
A ti sí que te entiendo
con tu mirada limpia

Tan solo a ti te entiendo
cuando pasas deprisa
camino de los sueños
que hacen que levantemos
los hombros de la ruina
Suceso francés
Y entre nogales floridos,
hierba, helecho y humedad
se abrió camino el amor
por un conducto ilegal, muy ilegal.
Monegros
Nunca vendrá Mayo
a esta hecatombe
de tierra atormentada.
No me digas ahora

los días agrestes
los labios vacíos

y el rostro increíble
de aquella muchacha
que tenía el cielo
como libertad.

2001
Con la voz a cuestas


Retrospectivo existente
nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía

¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.
1936
¿qué fue de nuestro vuelo de remanso,
por qué pagamos las culpas colectivas
de nuestro viejo pueblo sanguinario;
quién nos resarcirá de nuestra adolescencia destruida
aunque no fuese a las trincheras?
La voz del poeta
Sabiendo que el amor es un fracaso
El poeta
Caminos son
abiertos por su fuerte voz
lanzada contra cierzo y sol
y contra tantos siglos de dolor.
Nos haces una falya sin fondo
Miguel:
mamá te vuelve a descubrir
cada mañana
y mira tus camisas,
tus viejos pantalones,
tu boina de domingo,
tus zapatos de campo y de paseo
y te gesta de nuevo,
esta vez a lágrimas y llanto.
Los maestros
y con el Tom Waits me abrí la garganta
para cantar jotas y rancheras locas.

Sus versos de ausencia y de compromiso,
risas anarcas y de amores vivos
son los versos duros que enseñaron siempre
lo que en viejos libros nunca nos dijeron.
Escrito en el roble
uno de agosto llama alacranada
Long-play
Cuarenta fueron los baldíos años,
casi cuarenta nuestra casa oscura,

Y era un tiempo sin madre y sin amparo
y eran miles de padres bajo el suelo
y miles de cadáveres en paro,
de cadáveres en paro…

con un sonido de tinaja oscuro
Sexto recuerdo
Es doloroso, ya ves,
saberte casi muerto en medio de la vida
Poema de amor justo
Por eso nos amamos
porque miramos los mismos cromos desde hace tiempo
porque compartimos el miedo
cuando los policías buscaban a los agitadores
Adamar

Viniste como quise que vinieras,
marchándote, dejándome a solas,
con tu fondo de belleza no conquistada,
salvajemente natural, sencilla,
Ella
Hace ya tiempo
que su voz me suena a cotidiano,
como el agua, la guerra,
y las calizas grises de mi tierra

Siempre hay alguien que ha muerto

Alguien pasa al fondo de la calle, camino de su casa

y estas tierras carmín, que nos cobijan,
Teruel tiene la sangre a flor de arena
A veces me pregunto
que bien que lo pasaba
en las clases de usted
con la visión cachonda
del tiempo que se fue.
A veces me pregunto
qué hago yo aquí.
Mientras vosotros estáis
Mientras vosotros vais,
yo vengo.
Doloroso es cruzarse en el camino.
Banderas rotas
y vimos cómo al final
sólo nos quedó el recuerdo
de un mástil desarbolado
y unos jirones de tela
rotos por el vendaval.
Escucha joven poeta inadvertido
No lo olvides
del pueblo vienes
y el pueblo es tu raíz,
en consecuencia,
no hagas caso del pueblo.




20.4.12

Un escritor gallego



Llevo un día de lo más gallego. Esta mañana, camino de la fábrica, iba leyendo unas notas de viaje de Cunqueiro, de un viaje a Bretaña, a finales de los cincuenta, a puentes y prados y ciudades que él ya se había inventado para sus novelas, sobre todo para las Crónicas del Sochantre. Es muy gratificante atravesar un camino lleno de chatarra, de chimeneas complicadas como bronquios de un gigante fumador, y tener la mente ocupada en los gaiteros de Lorient y en lo bien que escriben los gallegos.
               Eso lo decía Umbral, qué bien escriben los gallegos. Él mismo quiso ser gallego de adopción, pero le sobraba la crueldad de la meseta. Concretamente lo decía de un gallego que a su juicio escribía mal, Torrente Ballester, que no solo no escribía mal sino que era de la rara especie de los narradores de verdad, de los fabuladores sin premeditación. Yo sé muy poco de literatura gallega en castellano, y casi nada en gallego: Rosalía, Pondal, Otero Pedrayo, Reixa, el sol de carallo y poco más. De los gallegos de cultura general y periódicos del sábado que yo leo, solo me parece poco gallego Manuel Rivas, sus ridículas frases bonitas, sus adjetivos como rizos teñidos que le caen a la frente de la prosa y le tapan la mirada. Digo que me parece poco gallego porque la prosa gallega que a mí me gusta tiene una cierta galaicidad que en Rivas no asoma. La ironía es siempre consecuencia del pudor, del saber hasta dónde se puede llegar, de podar sin repelar, y los rizos fuera, oiga. Lo primero que me fascina de la prosa galaica es que no es cursi, que no busca la belleza sino la emoción, o, por mejor decir, que en ella la belleza es la consecuencia clara, pero no insolente, de esa misma emoción. El gallego es refractario al rataplán. Ni aun en los tiempos del más desmelenado modernismo fue Valle-Inclán pomposo, nunca escribió una palabra de más. Lees a sus contemporáneos decadentes y te llenas los dedos de grasa. Ni siquiera Cela, el Cela de La Rosa, el Cela de antes de irse a Mallorca y engordar con las aguas del Mediterráneo y convertir en fallas bufas los severos cruceiros de Padrón, se separó de aquella seriedad fingida, medida, sin estridencias ni pleonasmos. ¿En qué consiste la emoción de Rosalía? ¿Alguien ha leído un verso despechorrado en Rosalía? Su voz no es aflautada sino agaitada, que es sonido continuo, bordón lluvioso, del mismo modo que en Cunqueiro los artículos no acaban, dejan de sonar, con ese primer silencio que emociona. Qué buen terminador de artículos era Cunqueiro, y qué poco le han copiado, con toda esa tontería de las conclusiones, los principios retomados y la frase lapidaria, con esos articulillos que se acaban como tumbas, donde ya no suena ni el recuerdo de lo recién leído. Cunqueiro te deja flotando, apartado, en terreno de nadie, con la misma leve curvatura de sonrisa con que están escritas sus últimas palabras, y con esa sinceridad que nace de quien ha llenado el artículo de guasa y al final, donde parece que hay más guasa, queda, discreta, recogida, una última nota sin doblez. Lo más intenso nunca está al final. Al final está lo más delicado. Igual, ya digo, lo trae la lluvia. Los cuentos de Joyce se tensan casi imperceptiblemente, sin forzar la voz, sin apretar nada, sin subirse nada, y luego vuelven al reposo ingrávido, como si se detuviesen por sí mismos, sin frenazos ni acelerones.
Hay una galleguidad también en el arte de la yuxtaposición, del ir acumulando cosas. Esa acumulación es el bordón. Las cosas se suman, no se explican, la gaita late antes, después y por debajo de floreos nunca del todo estrafalarios, pero siempre, de vez en cuando, brutales, con esa resignación guasona con que los gallegos constatan la brutalidad. En esto son muy ingleses, muy lluviosos. En los países encapotados las cosas se ven más nítidas, más como son.
Pero este, digamos, acento gallego de la prosa no es algo con lo que se nace si vives en Mondoñedo. Me he pasado por la sección de opinión del Faro de Vigo de ayer y no había un solo artículo cuya prosa mereciera la pena. Uno había breve, relamido, que se salía un poco de la penosa tónica general, artículos como bancos de parque, hechos de serie, iguales en Huelva que en Barbastro, con las rebabas del molde. Si en el Faro de Vigo hay casi una docena de articulistas y todos están tan adocenados, dónde busca uno ese acento, ese toque, ese dominio, ese sentido del ritmo y de la emoción, ese oído.
No es fácil, pero a veces lo encuentra uno. Al salir de la fábrica llevaba idea de leer en el sofá unas páginas del Sochantre, pero en vez de eso me he leído un libro de fútbol, Una insolencia, del gallego Marcos Abal, a quien tengo muy leído en su dietario Mi cama es una barca. Su prosa me gusta porque tiene todo lo que iba diciendo antes, y eso que pertenece a una generación, la del 75, según dice la solapa, que, a mi modo de ver, creció convencida de que las conjunciones deberían estar prohibidas. La mayoría de sus practicantes solo ve acumulación de frases cortas en lo que en realidad es música, un hilo donde los puntos son más leves, donde nunca se repiten estructuras, ni se machaca, ni se duerme uno en la suerte. Una prosa tensa y variada, semoviente, que es lo que no consigue, tengo que decirlo, la mayoría de los escritores de su generación que yo haya leído. Es como si se hubiesen dado cuenta muchos de que después de Kafka ya no se puede hacer nada que no parezca una floritura. La sangre, en cambio, no se detiene, y cuando una prosa está viva, su repudio de la hipotaxis, de la complicación sintáctica, se articula en las mismas secuencias musicales que podría tener, pongamos, la prosa de Proust. Ese fue el gran hallazgo de Umbral, lo que él quería: descubrir que con largas frases cortas, llenas de detenimientos y sortijas, podía mantener el flujo narrativo que le hipnotizaba en escritores como Proust, pero sin recurrir a tanta complicación. Ese mismo flujo puede ser interpretado con un laconismo ágil, lubricado de sonoridad discreta, como en murmullo, sin empalagar (Umbral empalaga), una única frase con muchos puntos, un único relato de muchos fragmentos, no cortados a escala ni medidos, sino compuestos, agregados, y eso es lo que me gusta de Marcos Abal y lo que yo llamo, por decir algo, por empastar la entrada, galaicidad.
Una insolencia es un libro de memorias infantiles futbolísticas. Son dos cosas distintas. La memoria infantil es lo que todo el que escribe quiere escribir porque sabe que es lo que va a poner a prueba su verdadera calidad, por la sencilla razón de que uno nunca quiere quedar mal con uno mismo, y menos aún cuando era niño. Y los libros de fútbol son muy peligrosos porque se prestan a la erudición de cromo. Los recuerdos son nombres, y ahí se queda todo. La solución de Abal es reducirlos a media docena y ponerlos de reloj. El niño gatea con el Barcelona de Cruyff entrenador, el del chupachús; sueña con Maradona, antes de descubrir lo que todos hemos descubierto, que es un gilipollas; se despierta de Maradona y transige con Butragueño (del Madrid era su padre, no él, pero aquél Madrid…); entra en la pubertad con Romario, y como ya ha crecido sabe por qué es un genio y sabe, también, qué tipo de genio es el que le gusta, el genio súbito, visto y no visto, holgazán imprevisible, rayo incomprensible, verdad breve, surgida de sí misma, no de una pizarra con olor a linimento. Como la prosa. El protagonista narra y se ve a lo lejos. “Yo qué sé. Él qué sabe”, en un juego de tiempos que a la larga destemporaliza el texto. Viajamos en un tiempo detenido, de antes y de ahora, del antes de antes y del antes de ahora, y eso, ese dulce llover, necesita muy buena mano. Y muy buen oído.
Entre los héroes, entre sus estatuas, está un niño al que la infancia le huele “a humo de cigarro puro en ese estadio de provincias”, allá en Pontevedra, “aquel Pasarón viejo, ya digo: lluvia, puros y señores calvos meando contra una tapia”, donde se sucedían los partidos lánguidos y en este libro se suceden páginas de belleza nítida, sin ramajes, abrigada de ironía. La ironía siempre es resultado, además de del pudor, de evitar el desparrame. El rigor poético es eso, no las frases bonitas. El rigor poético es hablar con claridad y todo seguido, desde que uno babea en la alfombra hasta que descubre el eterno femenino pero todo sigue igual de encapotado: “Hacerse adulto viene a ser conformarse con lo que hay, con uno mismo, sabiendo más o menos, o sospechando, quién es uno mismo”, dice quien está viéndose a sí mismo, allá lejos, en las gradas de cemento, con un padre cuyo retrato va formando páginas extraordinarias, instantáneas desde el suelo, desde el otro lado de los vasos y de las cucharas. El niño se esconde en el mundo, todo lo mira detrás de algo que, más que deformar, conserva, cautiva.
La colección que ha editado Una insolencia (cosido, con buen papel y agradable Garamond) responde al nombre de Hooligans ilustrados, o sea el subgénero de los futboleros cultos, ya practiquen la cosa (Bielsa, Valdano, Pardeza), sean carne de cemento (Vila-Matas, Marías, mi añorado Vázquez Montalbán, últimamente Gonzalo Suárez) o flor de crónica (Diego Torres, John Carlin, aunque, y ya es lástima, no tenemos en el fútbol ningún Joaquín Vidal). Marcos Abal está entre Guardiola y Vila-Matas, el pase fino y medido –“con todo el cuerpo”- del uno y la sorpresa permanente del otro, su lírica del distanciamento, su kafkiano humor.
“Leo las crónicas deportivas con devoción, porque en esas crónicas suele estar la mejor prosa, la más alta literatura del periódico, o la única literatura del periódico”, dice Marcos Abal. Un par de firmas, todo lo más, diría yo. Una epicidad previa se lo come todo, pero las metáforas, por lo general, carecen de grandeza, cuando deberían carecer de presencia. El fútbol solo ya es la metáfora y en su mera descripción cabe toda la literatura. Esa epicidad bélica es resultona pero pesa poco. Eso de acabar una crónica y sonreír de gozo como sonreía con las de Vidal yo no lo veo por ningún periódico, salvo, alguna vez, curiosamente, en los periódicos de provincias. También en el libro de Marcos Abal me interesa más la parte del fútbol regional que las páginas del Barça y el Real Madrid, páginas estupendas, no obstante, para quien sí disfrute de la prosa del periódico (no del Faro de Vigo). Espléndido, por cierto, el retrato de San Mamés, quizá porque no está contado desde un periódico sino desde una grada, envuelto en la tribu.
Pero lo otro, lo provincial, lo íntimo y lejano, lo de Pontevedra, es siempre lo más intenso. Un libro de memoria lírica es bueno si invita al lector a seguir pensando su propia infancia con esa misma forma de contarla. Narra y hace narrar. La vida del otro no importa. Importa la vida compartida. Es tu infancia la que lee, y se trata de una postura muy cómoda en un prado de blando césped sintáctico. “Nunca se puede empezar de nuevo”, dice, hablando de lo hecho, de lo escrito, que también es lo vivido, porque este es un libro de prosa orgánica, hecha a sí misma. La intervención del autor se limita a saber dónde y cómo tiene que poner las pinceladas que el cuadro le dice que ponga. Se nota, para bien, que el autor, más que releer, ha vuelto a escuchar su relato y le ha soplado las últimas impurezas. No es blando, no es condescendiente, pero tampoco comete la torpeza de ser duro, otro de los tópicos de la prosa contemporánea. Es una breve composición para piano forte y gaita gallega, muy bien construida, muy bien llevada, más intensa donde debe, y dejada correr hasta que ella se detiene en ese silencio emocionante y extraño.
Sólo le pongo un pero a este libro. Andoni Goikoetxea no era el Carnicero de Bilbao sino el Carnicero de Barakaldo. Suena mejor. Despiste raro en un gallego.

15.4.12

Faulkner on mules, 1



Me llegó hace poco, por fin, el célebre The working horse manual. El libro lo editó Diana Zeuner en 1998 y se reimprimió muy poco después, pero hasta el año pasado no se publicó una segunda edición. Entre los aficionados a los caballos de labor parece indiscutible que se trata del primer manual de referencia. Es inglés: claro, exhaustivo y proporcionado. Pocos son los tratados sobre la materia que dedican un capítulo tan riguroso al arrastre de troncos, o que avisan de las diferentes maneras de herrar a las distintas razas, y advierten, muy especialmente, de la tendencia a tener pata de paloma de los maravillosos suffolk punch, sin duda mi caballo favorito. Viene profusamente ilustrado con buenas fotografías, pero los dibujos y los croquis podían ser mucho mejores. Comparados con los deliciosos dibujos de Bethany A. Caskey para Draft horses and mules, de Gail Damerow y Alina Rice, el otro manual de referencia (norteamericano, publicado en 2008), los redrawn de Carole Vincer para el manual de Zeuner la verdad es que son pocos y bastante malos; más que dibujos, croquis orientativos.
               Pero es que se trata de dos clases distintas de manual. El americano, el de Damerow y Rice, es un libro hermoso por sus abundantísimos dibujos y entretenido por su variada disposición. No solo informa en términos tan precisos como asequibles, sino que de cada tema incorpora artículos de granjeros que opinan sobre cómo construir establos para estas criaturas de mil kilos, de expertos en arar con mulas cómodamente sentados en un artefacto con ruedas (un negocio, por cierto, que está en manos de la cultura amish con la reconocida marca de arados Pioneer). El cuerpo de los diferentes temas está salpicado de tablas con medidas y proporciones y cuadritos con curiosidades, como las enciclopedias de los niños, pero el caso es que todos ellos son muy curiosos e invitan a leer el libro sin demasiado orden. Los capítulos, a su vez, se estructuran en breves apartados que van desgranando el asunto en todos sus pormenores. Es el libro de texto perfecto, y tiene algo del primer libro que yo recuerdo, un manual de urbanidad en castellano con dibujos norteamericanos, con animales muy bien dibujados y niños que ayudaban a sus mamás limpiando los cristales de la gran casa de campo, mientras nosotros, como dice la canción, comíamos “mirando un ascensor que había en el patio interior”. Pero también tiene algo de Enciclopedia Escolar, sin esa penetración del manual inglés, más campestre y llevadero, para gente que lee mucho en muy pequeñas dosis, que es como ahora escribe casi todo el mundo.
               Y, como dice el título, habla, y mucho, de las mulas, en páginas que yo comparo con los discursos de Faulkner al respecto. En The Reivers, William Faulkner establece un escalafón de animales según su inteligencia: primero las ratas, segundo las mulas, tercero los gatos, cuarto el perro, y el último, el más tonto de todos, el caballo (“una criatura capaz únicamente de una idea a la vez y cuyas cualidades más destacadas son la timidez y el miedo. Hasta un niño lo puede engañar o engatusar para que se rompa las patas, o incluso el corazón, corriendo demasiado a demasiada velocidad o saltando cosas demasiado anchas o difíciles o altas; comerá hasta reventar si no se le vigila como a un bebé; si tuviera sólo un gramo de la inteligencia que posee la rata menos despierta, sería el jinete”). Para la mula, en cambio, todo son elogios:
               “A la mula la sitúo en segundo lugar, y no en primero, porque puedes hacer que trabaje para ti, aunque solo sea dentro de las reglas muy estrictas que ella misma se impone. Nunca come demasiado. Tirará de un carro o de un arado, pero no participará en una carrera. No tratará de saltar nada que no sepa de antemano y con toda certeza que puede saltar; no entrará en ningún sitio si no sabe lo que hay al otro lado; trabajará pacientemente para ti durante diez años en espera de que se presente la ocasión de darte una coz. En pocas palabras, libre de obligaciones hacia sus antepasados y de responsabilidades con la posteridad, ha conquistado no solo la vida sino también la muerte, por lo que es inmortal; si hoy desapareciese de la tierra, la misma combinación biológica casual que la produjo ayer, volvería a producirla dentro de mil años, inalterada, idéntica, todavía incorregible dentro de las limitaciones que ella misma ha puesto a prueba y comprobado; siempre libre, siempre arreglándoselas.”
               Y en otro pasaje, algo menos levantado, especifica:
               “Una mula no es como un caballo. Cuando a un caballo se le mete una idea equivocada en la cabeza, todo lo que tienes que hacer es cambiársela por otra. Sirve casi todo: una fusta o una espuela o simplemente asustarlo con un grito. Una mula es distinta. Puede tener dos ideas al mismo tiempo, y la manera de cambiarle una es comportarte como si creyeras que se le ha ocurrido antes a ella. Se dará cuenta de que no es cierto, porque las mulas tienen discernimiento. Pero una mula entiende de cortesía, y cuando te comportas de manera cortés y respetuosa sin tratar de comprarla ni de asustarla, te devolverá la cortesía y el respeto, siempre que no te pases de la raya. Ésa es la razón de que a una mula no se la acaricia como a un caballo; sabe que no le tienes cariño: estás solo tratando de engañarla para que haga algo que ya ha decidido que no va a hacer, y eso es un insulto.”
El tratamiento que en Draft horses and mules se le da al tema es bastante más amplio y ortodoxo, pero igual de interesante: “Conviene saber que el propietario de una mula se enfrenta a un animal extremadamente inteligente que puede descubrir o burlar cualquier trampa que el ser humano le tienda en el camino”… Something special, se titula el capítulo dedicado al ganado mular. Aparte de una introducción tipo Reader’s Digest (reportaje sobre un personaje común amante del objeto del artículo), las diferentes secciones, cada una, como digo, de poco más de una docena de líneas, van alternando el contenido: el origen de la mula y del burdégano, una descripción precisa del rebuzno/relincho de las mulas, lo que ellos llaman el hee-haw, las características del burro semental y de la yegua madre, su alta resistencia a la anestesia, sus características físicas (incluidas esas callosidades que les salen en las patas de delante, porque mientras los caballos de labor las tienen en las cuatro patas, los burros nunca las tienen, de modo que las mulas solo las tienen en las patas delanteras: la genética es así de equitativa), etc. El libro corrobora la tesis de Faulkner de que las mulas son más sanas porque solo comen lo que necesitan y subraya, en general, su sentido de la supervivencia. Su longevidad es una cuestión aritmética. Si el caballo vive entre 24 y 30 años y el burro entre 30 y 50, la mula lo hará entre 30 y 40.


La mítica terquedad de la mula (y en esto coincide también con Faulkner) no es sino una manifestación de su inteligencia, de ser un animal “extremely analytical”. Esta también es una cuestión de aritmética hereditaria, como los callos o la edad. El burro, como se sabe, es prudente y meticuloso. Al contrario que el caballo, en vez de correr despavorido utiliza el cerebro para salvar el peligro. Pero lo que confirma punto por punto lo dicho por Faulkner es lo relativo a su disposición al trabajo: “La mayoría de los muleros te dirán que, mientras que a un caballo se lo puede intimidar para que haga algo, una mula no hará nada hasta que acepte la actividad que le han propuesto, sepa que es segura y se sienta bien y dispuesta a seguir adelante”. En este punto puede distinguirse una mayor disposición por parte de la mula que por parte de lo que en Teruel se llama, irónicamente, el macho. O no tan irónicamente, no sé. A lo mejor es que con el macho hay que andarse con más cuidado: “El macho suele ser serio y fiable, pero pondrá a prueba a su dueño toda la vida. El macho trabajará de maravilla días enteros y entonces, de repente, dará un giro interesante a la situación solo para ver si estás atento.”
“Las mulas pueden ser muy listas y creer que saben más que quien las arrea. En realidad, a menudo es así”.  Entre ellas (otra vez Faulkner) funciona el respeto. Son leales con el amo que las trata bien, y extremadamente vengativas con el que abusa de ellas y con cualquiera que tenga el mismo aspecto en lo sucesivo. Las mulas establecen fuertes vínculos con su jefe, pero, si hay yeguas de por medio, prefieren a las yeguas. Es un resto de su condición de burros, un caso edípico-mulero que nos llevaría muy lejos abordar. Por lo demás, todo aquello que aprenden a ejecutar y descubren que no es peligroso, será lo que sigan haciendo cuando intentes que hagan otra cosa, tomar un atajo, variar una costumbre, no pararse a comer. La célebre terquedad de las mulas es una cuestión de supervivencia. Ellas no se empeñan en lo equivocado, en lo que no comprenden o malinterpretan, que es lo que hacen los tercos, sino que se obstinan en lo conocido, en lo seguro, en lo probado. Eso no es ser terco. Eso es, en todo caso, ser prudente.
Su maduración es más lenta que la del caballo, y también su aprendizaje. El caballo ya está para tirar a pleno rendimiento a los dos años, pero la mula tiene infancia, adolescencia incluso, y hasta los siete años es difícil ponerla a trabajar. Además está probado que admiten lecciones más cortas y concretas que los caballos, y a la mínima se hartan de los ejercicios inútiles que el caballo seguiría practicando hasta caer fundido. Eso de dar vueltas a un círculo, como antepasados uncidos a una noria, a las mulas no les sienta nada bien.
A las mulas, en fin, se las admira por su personalidad, y a los caballos por su belleza. “La gente con un ego muy grande, que odia parecer tonta y no le gusta que la pongan a prueba, no tiene condiciones para tener mulas”. La inteligencia del caballo es igual de sumisa pero mucho menos rencorosa. Esa contradicción en el carácter de las mulas me parece lo más humano que tienen: viven amarrados al trabajo, pero nunca olvidan un agravio y se obstinan en creer que hay algo mejor.
Hal Novak, de MacArthur, California (que tiene una granja de 30 acres, unas 12 hectáreas), no está de acuerdo con Faulkner en eso de que “trabajará pacientemente para ti durante diez años en espera de que se presente la ocasión de darte una coz”. Al contrario, dice Novak, “la mula aprovechará la primera ocasión que se presente para poner en su sitio lo que considera equivocado”. Por eso no son nada recomendables para un principiante, por más que, si se las maneja bien, puedan llegar a trabajar solas. Aprenden más despacio que los caballos, pero retienen más. Eso sí, tienen la misma memoria para las buenas costumbres que para las malas, y solo admiten disciplina en los treinta segundos que siguen a su error. Un poco más tarde ya lo consideran un abuso sin causa ni sentido, el palo no se sigue de la acción sino de la mano del hombre. Son resentidas porque no consideran justo el resentimiento. Quizá sea su rasgo más humano. Por lo menos el rasgo que caracteriza a buena parte de los personajes de Faulkner.

13.4.12

Fractura


El hilo narrativo es tan frágil como un hueso. El esqueleto que sostiene las costumbres puede romperse al menor tropezón. Mientras estuve con el brazo derecho escayolado, me limité a leer, y a un experimento que aún no sé si merece la pena: escribir un relato con un dedo de la mano izquierda.
Era una de las preguntas que formulé a varios pintores en el documental Un taller con mucha luz: ¿merece la pena cambiar de mano para crear? La idea me la dio la grabadora Caterina Burgos, que lo ha puesto en práctica con resultados sorprendentes. Yo no sabía qué pensaba mi mano izquierda por sí sola. En el teclado da la sensación de que solo se ocupa del ritmo, no del punteo. Está allí para lo que haga falta, pero doy fe de que conserva intactas sus cualidades. Leo una y otra vez el resultado del experimento y me cuesta mucho reconocerme. Como iba tan lento que muchas veces, al terminar una frase, ya se me había olvidado la siguiente (y, si la frase era larga, tenía que reconstruir la concinnitas recordando lo que iba a pensar, una mezcla de presente y pasado y futuro que habría hecho las delicias de San Agustín), el resultado, sobre todo al principio, era una prosa como aterida, un juego de pases cortos que sin embargo reconcentraba mucho más el pensamiento. Cuanta más velocidad al escribir, más relleno. El problema es que sin relleno todo es hueso, como las novelas de Unamuno, escritas, sin embargo, a toda pastilla, lo que me obligaba a reconstruir esa velocidad sin la que la prosa se queda fiambre.
Además del relleno, la velocidad aumenta la mala leche. He descubierto que mi mano izquierda es más pacífica, más comprensiva. Es una prosa como encogida de hombros, mucho más sincera (lo cual no tiene por qué ser una virtud), resignada y tolerante que mi levantisca mano derecha. Pero también era más, mucho más barojiana, lo que quiere decir que, cuando escribo con las dos, los restos de floreo se corresponden a la derecha y el viejo don Pío a la sufrida izquierda. Caterina Burgos me decía que grabando con la izquierda buscaba prescindir de la perfección de la costumbre, regresar al trazo libre y a la composición naturalmente acertada de los niños. Mis primeras lecturas, quiero decir, mi primer amor leído fue Baroja. Quizá me acompañó durante todo este tiempo sin saberlo, como una infancia fiel y silenciosa. Y cuando se ha tenido que ocupar de la mano mandona, de la mano macho, lo ha hecho sin todo aquello que me sobra para volver al inicio, a cuando, más que escribir, quería ser un personaje de Baroja.
Pensé que cuando recuperase la movilidad del brazo derecho me lanzaría a un relato desbocado hacia mí mismo y mis excesos, pero sucedió lo que menos esperaba. El hueso del brazo se había curado, pero el hueso de la costumbre se había roto, de modo que he pasado varias semanas en perfectas condiciones para la escritura y con una incapacidad absoluta para sentarme a escribir nada. Esta primera bernardina, después de tanto tiempo, es como una radiografía. A ver qué tal va la soldadura. A ver si ya no me duele pensar en que voy a ponerme a escribir. A ver si mis dedos ya son capaces de sostener otra vez los versos de Virgilio, y yo de olvidarme de todo lo que me sobra, porque si no dejaría de escribir para siempre, o me cortaría una mano.

5.3.12

Importancia de las cabras



Geórgicas, III, 284-321

Y entre tanto pasa el tiempo sin remedio,
pasa y seguimos dando vueltas a los detalles,
cautivos del amor. Basta ya de esos ganados,
que nos queda la otra parte de este asunto,
la cabaña lanar y las cabras hirsutas.
Esto sí es trabajo, oh recios labradores,
de aquí sí podéis esperar los elogios.
Y no se me oculta lo difícil que es
salir airoso de esta empresa con palabras,
y añadir ese honor a las cosas sencillas.
Pero tengo un dulce amor que me arrebata
por ásperos desiertos del Parnaso; me gusta
ir por las cumbres donde no hay huellas de otros
que a la fuente Castalia se vayan desviando
por fáciles pendientes. Oh veneranda Pales,
con voz sublime ahora tenemos que cantar.

   Nada más empezar digo que es necesario
que pasten las ovejas en cijas confortables,
en tanto que retorna la estación frondosa,
y por el duro suelo se esparza mucha paja
con haces de helecho, que el frío de los hielos
a los tiernos corderos no haga ningún daño
ni les entre la sarna y las feas pateras.
A continuación cambio de asunto y dispongo
echarles a las cabras hojas de los madroños
y abastecerlas bien de agua fresca del río,
que miren los establos hacia el mediodía,
hacia el sol de invierno, al abrigo del viento,
allá cuando el frío Acuario ya declina
y se mete en lluvias para el fin del año.
Las hemos de atender con no menos cuidado,
por más que se aprecie la lana de Mileto
cuando la han hervido en púrpura de Tiro.
Su prole es más nutrida, su leche más copiosa;
cuanta más sea la espuma que dejen en los cubos
tras exprimir la ubre, tanto más manarán
al ordeñar las tetas exuberantes chorros.
También rapan las barbas, los blancos mentones
a los chivos del Cínipe, su áspera pelambre,
de uso en los reales y para vestimenta
de pescadores pobres. Pacen allá en los bosques
y cumbres del Liceo, las zarzas espinosas,
las matas que se crían por entre asperezas.
De volver al redil ellas solas se acuerdan
y guían a los suyos y apenas son capaces
de pasar con sus ubres cargadas por la puerta.
Así que pondrás tanto más celo en apartarlas
lejos de las heladas y de los ventisqueros
cuanto menos reclaman la atención del hombre,
y les tendrás a punto el pasto generoso,
ramones de forraje, y no cierres los pajares
todo el tiempo que dure la estación de la bruma.

3.3.12

Hipómanes



Geórgicas, III, 241-283

Hasta ese extremo toda clase de hombres
y de fieras terrestres y animales de agua,
ganados y pintadas aves se arrojan furiosas
al fuego, al amor, que es el mismo para todos.
No en otro tiempo fue más fiera la leona
por el campo, olvidada ya de sus cachorrillos,
ni los osos deformes causaron por doquier
tanta muerte y tantos estragos en los bosques;
es entonces furo el jabalí, es entonces la tigre
más salvaje que nunca; ay, y qué peligroso
es ir vagando entonces por los desiertos libios.
¿No ves cómo un temblor sacude a los caballos
por el cuerpo entero con solo que la olor
un aire familiar haya traído? No hay
ni freno de jinete ni látigo cruel
barranco ni roqueda capaz de contenerlos
ni río que se cruce ni torrente que arrastre
montañas descuajadas. Hasta el cerdo sabélico
corre y se afila los colmillos y escarba
la tierra con el pie y restriega la lomera
en un árbol y aquí y allá curte los flancos,
por prevenir heridas. ¿Y qué no hará el mozo
a quien el insensible amor se vuelve fuego
que abrasa las entrañas? Allá va el muchacho,
entrada ya la ciega noche, cruzando a nado
el crespo mar de cuando estalla la tormenta,
y las puertas del cielo, por encima de él,
atruenan majestuosas y retumban las aguas
que van a estrellarse contra los peñascales;
ni pueden retenerlo sus desdichados padres
ni la novia, que muerte cruel ha de tener.
¿Qué decir de los linces manchados del dios Baco,
de la raza violenta de lobos y de perros?
¿Y qué de las peleas de inofensivos ciervos?
Ya se sabe el furor que distingue a las yeguas;
Venus misma les dio su pasión allá cuando
las cuadrigas de Potnias a Glauco le arrancaron
los miembros a bocados. Las lleva el amor
más allá de los Gárgaras y el estruendoso Ascanio;
coronan las montañas, los ríos atraviesan.
Y en que el fuego penetra las médulas ansiosas
(más por la primavera, pues es por primavera
cuando el calor vuelve a los huesos), se suben
vueltas cara el Zéfiro a las altas peñas,
se embeben de brisas sutiles, y a menudo,
sin coyunda ninguna, quedan, oh maravilla,
preñadas por el viento. Huidas se dispersan
por entre los peñascos, riscos y hondos valles,
no, Euro, hacia donde tú naces ni el sol sale,
sino hacia el Bóreas y donde sopla el Cauro,
o allí donde nace el tenebroso Austro
que el cielo oscurece de lluvia y de frío.
Humor viscoso entonces destilan por la ingle,
hipómanes lo llaman los pastores, hipómanes,
que las malas madrastras solían recoger
y mezclaban con hierbas y aciagos conjuros.

1.3.12

Amorío


Geórgicas III, 209-241

Pero no hay ninguna artimaña que más
mantenga el vigor que apartarlos de Venus,
ya se trate de toros, ya prefieras caballos,
lejos de los estímulos del ciego amor.
Por eso guardan lejos, en pastos solitarios,
a los toros, allende el monte, el ancho río,
o los tienen cerrados cabe pesebres llenos.
La vista de la hembra les quita poco a poco
la fuerza y los consume, pues ella no los deja,
con sus dulces encantos, ni acordarse siquiera
de bosques o de hierbas, y a luchar a cornadas
arrastra a menudo a los bravos amantes.
Pasta en el gran Sila una hermosa novilla:
los toros se enzarzan, los unos con los otros,
en violenta batalla: abundan las heridas
la negra sangre corre por los cuerpos,
con tremendos bramidos traban las cornamentas,
y retumban los bosques y el vasto Olimpo.
No es costumbre guardar a los que se pelean
en el mismo cercado; antes uno, el vencido,
se marcha y destierra en parajes escondidos,
lejos, y su afrenta gime y las heridas
que causara el soberbio vencedor, los amores
que perdió sin que fuera posible la venganza,
y sin quitar la vista de su propio establo
abandonó el solar de sus antepasados.
Pues con todo cuidado ejercita sus fuerzas
y de noche se tumba encima de las piedras,
come cardos hirsutos, carrizos espinosos,
se prueba y descarga su ira a cornadas
contra el tronco de un árbol, y embiste al aire
y escarba en la arena, listo para pelear.
Recobrado el vigor, recompuestas las fuerzas,
se encampana y carga contra el enemigo,
que está ya descuidado, con toda su violencia:
como la marejada que en alta mar blanquea
y arrastra una ola de hondas lejanías,
y volcándose en tierra resuena con estruendo
en la orilla al romper contra las rocas, y cae
deshecha y tan alta como una montaña,
mas en la ola se agitan profundos remolinos
y arrojan arenas negras de sus entrañas.
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