5.11.05

Hemorragia


Recuerdo a Dominique de Villepin en la asamblea del Consejo de Seguridad en la que se intentaba frenar el delirio de Bush. Los discursos de Villepin, un hombre alto, delgado y con la nariz de punta, melenas ilustradas y frente de poeta, eran hermosas piezas de oratoria, por más que supiésemos quién era, a qué sector pertenecía. Pero ya estamos acostumbrados a no votar a nuestro candidato sino al contrario del que detestamos, del que no queremos de ningún modo.
Aun así, y comparados con los entecos discursos de nuestra ministra, una diplomática que no sabe hablar, las palabras de Villepin sonaban a música celestial. Igual que cuando, tiempo después, llamó al asunto de Melilla una hemorragia, en feliz metáfora que lo resumía todo, y que planteaba la cuestión crucial, la de si somos capaces de reducirla o tan sólo de fregar la sangre del suelo y esperar a que se callen los heridos.
Ahora Villepin trata de enfrentarse con palabras a una de las más sangrantes contradicciones morales de Occidente: llamamos terroristas a quienes emplean medios violentos en sus protestas, pero, si utilizan métodos civilizados, no les hacemos ni puto caso. Consideramos una rendición intolerable dialogar con los violentos, pero nos reímos de los pacíficos, los ignoramos.
Escribo estas líneas en sábado. Las protestas de Francia no se han cobrado aún ninguna víctima. La violencia se ha cebado en los enseres, los transportes y los inmuebles, en una especie de catarsis que se agrede a sí misma. Sarkozy enseñó el plumero llamándolos gentuza. Villepin trató de ganar tiempo con palabras, pero ni declaró el estado de sitio, como pedían los ultras, ni se agarró al ciego argumento de no tratar con quien se hace oír. Más allá de su carrera presidencial, Villepin se juega sus credenciales de poeta, y el extraordinario precedente que enseñe de una vez a la derecha europea que a bofetadas no se mantiene callada a la gente a la que previamente has condenado a la miseria. Las hemorragias internas no se friegan con lejía.

1 comentario:

  1. Anónimo7:52 p. m.

    Definitivamente, la razón dialógica nos ha abandonado. ¿Qué pueden hacer aquellos a los que nadie escucha?. Nos dicen que la violencia no es el camino adecuado, que hay que buscar el diálogo. En eso estamos todos de acuerdo, supongo. La cuestión es que no puede haber diálogo cuando ni siquiera se reconoce al otro como interlocutor.
    La conciencia moral de Occidente no respeta la alteridad; lo que es diferente es considerado como un fenómeno adverso, y con el adversario no se dialoga.
    Preferimos no ver la existencia real de la pobreza y la miseria que nos rodea porque sabemos que su mirada nos dañaría. Pero convertir al otro en objeto hace de la comunicación un problema insoluble.

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