9.12.13

Apoteosis del buen tuntún



Dice Baroja en el prólogo a Las horas solitarias que necesita ir alternando “lo novelesco inactual” (es decir, y por aquella época, las Memorias de un hombre de acción) con “la actualidad” (es decir, las novelas que aquí llamamos de ciudad), y que este libro, “como los de juventud, en que el autor habla demasiado de sí mismo”, pertenece a la parte actual de su trabajo. Pero las novelas actuales iban a ser cada vez menos frecuentes, y en su lugar iría apareciendo lo que, en términos demasiado generales, podríamos llamar ensayo. En realidad, se trata de la apoteosis del buen tuntún: ahora una pieza sobre librerías de viejo, luego un viaje a Córdoba y Málaga (“Como no tengo gran cosa que hacer…”), luego unas divagaciones filosóficas superficiales, más tarde un paisaje de Vera, después un episodio novelesco, etc. Aquí remete Baroja artículos eruditos sobre los agotes, reseñas de lectura pesada (Bergson, Menéndez Pelayo), escenas de saloncito donostiarra y casi cualquier tema que se le ocurre, siempre con esa sensación, algo impostada en ocasiones, de que en todo se mete como un modo de matar el tiempo. Si va a San Sebastián a escribirnos una de vestíbulos de hotel, es porque se cansa de estar en el pueblo, y si se vuelve al pueblo es porque incluso aquellos que lo agasajan (en Bilbao, en Málaga) consiguen que Baroja los despache con un punto de impertinencia que hasta entonces uno no había notado en casi ninguna de sus novelas, salvo, curiosamente, en la que saldría dos años después, La sensualidad pervertida (la sensualité, como dice una cortesana de San Sebastián). También allí hay digresiones reflexivas al margen de la trama, más que como parte de ella, y también allí está ese tono impertinente que en las novelas uno no detecta.
               ¿Qué quiero decir con impertinente? A mí me divierte mucho el Baroja que se indigna con los curas y los caciques, el pesimista que piensa que España tiene lo que se merece, pero ya no tanto el Baroja que juega al escritor epatante con los amigos que le obsequian en Bilbao. Me gusta mucho el escritor que trata de inscribir la conducta humana en un plano de circunstancias biológicas, el que tira de ironía para glosar las paradojas del transformismo, como se llamaba entonces al darwinismo; pero no me gusta el vulgar opinador que trata de argumentar que Francia no ha dado ningún ingenio verdaderamente original. Esos maximalismos, más que propios de la época, son los propios del escritor de circunstancias. A Umbral lo perdían, y digo Umbral porque allá por 1917, fecha de Las horas solitarias, se estaba cociendo en España el mito del escritor sin tema, del novelista sin novela, del que escribe por escribir y, cuando hace falta cerciorarse de algo, se limita a aquello de “no me voy a levantar ahora a mirarlo”. Ciro Bayo, amigo de Baroja (con él fue en el viaje que dio luego cuerpo a La dama errante), hacía tiempo que se dedicaba a estas cosas. La literatura de viajes llevaba años en su mejor momento. La ruta de don Quijote, de Azorín, es de 1905; Por tierras de Portugal y España, de Unamuno, de 1911; Madrid, escenas y costumbres, de Solana, había empezado a publicarse en 1913. Etcétera, etcétera. Baroja no había tenido mucha necesidad hasta entonces de escribir libros de viajes porque sus novelas ya lo eran, y espléndidos.
               Lo que tiene de más novedoso Las horas solitarias es que su autor renuncia a otra estructura, tema o como se quiera que no sea el ir a lo que salga. Uno tiene sensación de tiempo por las estaciones que van pasando, pero eso no basta para mezclar ensayos de etnografía, reportajes cómico-periodísticos, reseñas de libros indigestos, y esas, siempre, maravillosas páginas de Itzea, sus descripciones campestres, insuperables, la nostalgia blanda, brumosa en la que vive cuando viaja al útero vasconavarro. Con libros como este, que en rigor habría que llamar miscelánea, cajón de sastre, llegaremos a Pla o a Cunqueiro. De Pla decía Umbral que él iba escribiendo cosas y el editor hacía los libros. Este libro es un poco así. Se nota que tiene voluntad de heterogéneo, pero también que todos los asuntos que toca, separados pero considerados como un todo, quizá sean el mejor retrato de su autor, un hombre que sentía la necesidad de alternar los folletines y los mamotretos de filosofía, Madrid y Vera de Bidasoa, la inevitable arrogancia del triunfador y la sencilla conversación con su sobrino, Julio Caro, que por entonces no tenía que tener más que tres añicos, y que en el tono me ha recordado a la conversación de Cela con el niño de los hectómetros en el Viaje a la Alcarria.
               Sí, claro, hay una unidad, y si no se la buscamos enseguida. Además, el libro tiene tres episodios, dos unitarios y el otro desperdigado, especialmente brillantes. Su relato del viaje a Fraga para conseguir un acta de diputado, contado en presente, es magnífico. El propio Baroja se presta a ser el protagonista un tanto desganado del chanchullo. La cosa, entre idas y venidas, no termina de cuajar, pero en el camino Baroja cuenta con gracia y mala leche las entrañas corrompidas del sistema electoral español, tampoco muy distintas de las que ahora soportamos, dicho sea de paso.
               El segundo, el de sus dos viajes a San Sebastián, todos llenos de conversaciones de hotel, aristócratas en apuros y cocottes de temporada, es un estupendo estudio preparatorio del tono y el ambiente que utilizaría para La sensualidad pervertida, si bien en la novela rebajaría, para bien, el tono sarcástico que aquí no siempre tiene gracia.
               En ambos casos triunfa el novelista, el narrador, porque el ensayista suele perderse en ideas generales y abusa del verbo ser. Esto es esto, aquello es lo otro, la vida es así, la muerte es asá…, ese vicio de la frase que a los escritores españoles les acaba de impedir que reflexionen con un mínimo de seriedad, sin estar tan confiados en que la buena prosa lo soluciona todo.
               Pero lo mejor, con mucha diferencia, de este libro son los capítulos que le dedica a Itzea, a la vida corriente, a los paseos por el huerto y por la carretera, a las flores que se abren y los cielos que se cierran, a la lluvia y al río. En ellos, de la mano de su formidable dominio de la descripción, brotan sus mejores momentos. Y es esa brillantez, para mi gusto, la que hace que el libro no me haya terminado de gustar, aunque sí de entretener, y mucho: quizá esperábamos un libro entero dedicado a eso, a ver cómo brotan los crisantemos.
               Baroja lo habría considerado excesivo. Lo suyo era cambiar, saltar deprisa por los temas y los personajes como salta uno por las piedras cuando cruza un río. En Juventud, egolatría, ensayo general de sus memorias, hay una unidad íntima, un aire familiar que nos atrapa, sobre todo porque a través de ese libro vamos explicándonos los referentes biográficos de sus mejores novelas. Incluso ensayó una breve galería de tipos de la época. Pero Las horas solitarias ya es Itzea, ya debería haber sido Itzea toda ella, y quien haya leído el impresionante Los Baroja, de Julio Caro, uno de los libros más hermosos y mejor escritos que uno ha leído en su vida, sabrá por qué lo echo de menos.

               

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