11.12.13

Juventud, egolatría


No es de extrañar que Baroja decidiera publicar en 1918 Las horas solitarias, un año después de ese importante y delicioso libro que fue Juventud, egolatría. Sus juicios, entre descarnados y compasivos, escritos con esa transparencia, con esa impresión de sinceridad, habían tenido mucho éxito, y el éxito ya se sabe que predispone al autor a que el siguiente libro no esté tan cuidado. Esto no quiere decir nada malo ni bueno con respecto a Las horas solitarias; simplemente, Juventud, egolatría no tiene ese aire de miscelánea, sino de un repaso breve y sincero de su vida, de sus ideas políticas, filosóficas y literarias. Para el entusiasta del 98, es un libro imprescindible para comprender su generación, por lo que tenían en común y por lo que no, aunque este forraje académico, tan obsesionado con las ideas generales y los vínculos de unión, a veces no tiene nada que ver con el personaje.
               Así, para Baroja, el 98 se puede resumir así: “en el período de 1898 a 1900 nos encontramos de pronto reunidos en Madrid una porción de gentes que tenían como norma pensar que el pasado reciente no existía para ellos”. En un mismo café nos cuenta que llegaron a reunirse hasta cuarenta jóvenes escritores que habían llegado a Madrid con la misma intención. Y hubo de todo: su amigo Azorín triunfó, por más que luego a Baroja no le gustase nada su evolución política, cosa que, por lo menos a la altura del 17, no había mellado en absoluto su amistad. Pero su amigo Silverio Lanza, pese a ser un gran escritor, siempre tuvo ese comprensible sentimiento de resentimiento y vanidad que tienen los que no entienden por qué, siendo mejores que la mayoría, no se les hace ni caso. En todo caso, la mayoría, como pasa siempre, se perdieron en el olvido o en la estropajosa bohemia, de la que Baroja no dice nunca nada bueno, por más que se compadezca, por ejemplo, de Alejandro Sawa, de quien cuenta un par de anécdotas definitivas.
               En una, Baroja se encuentra con Sawa y con Cornuty (ese que quería morirse “en un jardín reducido”, según nos contará después Baroja en sus memorias), se toman juntos unas copas, que paga Baroja, hasta que Sawa le pide a Baroja tres pesetas. Baroja no tenía tanto dinero encima. “Bueno, pues vaya usted a su casa, y tráigame usted ese dinero”. Baroja, inocente, fue, y de regreso se encontró a Sawa en la puerta del café, que recogió el dinero y “en la escuela de Baudelaire y Verlaine”, le dijo: “Puede usted marcharse”.
               La otra anécdota es de Sawa ya ciego y desahuciado. Uno conserva la imagen que dio del bohemio Cansinos Assens, verdaderamente patética, más aún que la que dio Valle-Inclán. Pero Baroja cuenta que fue a verlo con un sombrero duro, de ala recta, y que Sawa cogió el sombrero y empezó a manosearlo. “’Estos sombreros se llevan con el pelo largo’, decía, con entusiasmo”. Hay más comprensión en esa frase que en toda la leyenda bohemia de Alejandro Sawa.
               La galería de tipos de la época que en sus memorias se convertirá en un inventario exhaustivo se limita aquí a media docena de personas tan importantes para su carrera como para la historiografía literaria: Paul Schmitz, que viajó con él a Toledo, cuando Baroja escribía Camino de perfección; Ortega, “de los pocos españoles a quienes escucho con interés”; Azorín, por supuesto; su hermano Ricardo, siempre interesante, o gente que le cae gorda, como Dicenta o Felipe Trigo. Aunque tan interesantes o más que los párrafos que les dedica son las opiniones en forma de píldora que sostiene sobre autores clásicos y modernos, desde los grandes realistas europeos a, incluso, los historiadores romanos. No es cosa de poner aquí esas opiniones, pero sí de destacar que Larra no le caía tan bien como nos manuales adocenados nos han dado a entender: “Es un tigrecillo amaestrado, encerrado en una jaula pequeña. Hace las gracias de los gatos, maúlla como ellos, se deja pasar la mano por el lomo, pero en ocasiones el institno le sale a los ojos y se observa que piensa: ‘¡Con qué gusto os devoraría!’” En más sitios he leído comentarios desdeñosos hacia Larra, nunca en los manuales al uso, claro.
               La parte más interesante quizá proceda del momento en que cuenta su infancia y juventud y el ensayo, o lo que sea, se convierte en novela autobiográfica: su infancia nómada, sus días en Burjasot (el pueblo donde llevan a Luisito en El árbol de la ciencia), su breve ejercicio de la medicina en Cestona (“En Cestona empecé yo a sentirme vasco, y recogí ese hilo de la raza, que ya para mí estaba perdido”), los años de la panadería, con agudas reflexiones sobre obreros y empresarios, todo visto ya desde la perspectiva de Itzea, es decir, cuando, a los 45 años, dice: “Siento la impresión, al asomarme a la vejez, de que todo con el pie un suelo más firme que en la juventud”. Su amigo Azorín lo dijo con mucha gracia: “La mejor manera de vivir muchos años es hacerse viejo cuanto antes”. En el caso de Azorín, viejísimo.
               Baroja reconoce que su prosa es “agria”, y sus opiniones disolventes. Sobre este punto se ha manipulado mucho, sobre todo a raíz de un florilegio de improperios que prologó Giménez Caballero y que sirvieron para hablar de él como “precursor del fascismo español”. Tonterías. Seguro que en ese libro está este párrafo:

Todo lo que tiene el liberalismo de destructor del pasado me sugestiona: la lucha contra los prejuicios religiosos y nobiliarios, la expropiación de las comunidades, los impuestos contra la herencia, todo lo que sea pulverizar la sociedad pasada, me produce una gran alegría; en cambio, lo que el liberalismo tiene de constructor, el sufragio universal, la democracia, el parlamentarismo, me parece ridículo y sin eficacia.

               No sé si eso será fascismo. Lo que sí sé es que, casi cien años después de dicho, sus palabras se entienden mejor que en estas últimas décadas de hagiografía democrática. En la España actual lo que nos empezamos a plantear no es si soportamos en el gobierno a una pandilla de señoritos con vocación de cuatreros, sino si ha habido alguna vez algo distinto. Ahora que el sueño democrático se está disolviendo en un golpe de estado de los amos de siempre, las palabras de Baroja no nos parecen tan producto de la época. Ni esas ni estas otras:

Los hombres probos, honrados, que no piensen más que en su conciencia, no pueden prosperar en la política, ni son útiles ni sirven para nada.
Es necesaria una cierta cantidad de desaprensión, de ambición, de deseo de gloria para triunfar. Esto es lo menos malo que se necesita.

               El propio Baroja no descendía a creer que su inutilidad (un poco presuntuosa, la verdad) se basaba en el bien, por más que la bondad la hubiera aprendido en casa.

Yo debía ser un hombre bueno. Mi padre lo era con una bondad un poco caprichosa y arbitraria; mi madre lo es con una bondad más firme y más enérgica. Sin embargo, yo tengo cierta fama de atravesado, y quizá lo sea.
              
               Esto es lo que nos sigue gustando de Baroja, su condición atravesada, algo que, por otra parte, fue bastante habitual entre nuestros escritores. hay una cierta inclinación al energumenismo exhibicionista entre nuestros literatos, paralela a la bonhomía con que la mayor parte de ellos se conducía en privado. Y al revés: Felipe Trigo, que se dedicaba a un “erotismo industrial”, ha tenido y tiene muchos peaneros. En privado era un sujeto comido por la ignorancia y el orgullo, como Rubén, por otra parte, a quien Baroja no nombra, pero ya dice bastante cuando, en uno de esos brindis al sol tan de la época, suelta la siguiente perla: “América es por excelencia un continente estúpido”.
               Y no solo América. Él se sentía vasco y castellano. Los catalanes le parecen “escritores rococó”, “amanerados saltimbanquis latinos”, razón por la que no es extraño que los excesos del modernismo le resultaran ridículos. Digo esto porque, hurgando en papeles viejos, me he encontrado con la visita que él y Ortega rindieron a Teruel en 1922, supongo que mientras se documentaba para La nave de los locos. Allí da a entender (o entendemos nosotros) que no le gustaban nada los nuevos edificios modernistas porque rompían la estética tradicional de la plaza del Mercado. Ya le dedicaremos unas líneas a esa visita.
               Pero aquí queríamos leer, navegar en el océano barojiano. Libros como este se prestan, casi exigen la cita permanente, el aparato historicista. Juventud, egolatría es, por ejemplo, uno de sus libros más nietzscheanos, y resulta obligado volver sobre las casi cincuenta páginas que le dedicó Sobejano en su estudio Nietzsche en España. También lo dejamos para otra ocasión. Lo primero es leer.

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