12.12.13

Crónica y poética


No había leído La familia de Errotacho, primera entrega de la trilogía La selva oscura, pero estoy por pensar que tampoco la han leído los críticos, porque de lo contrario alguno, supongo, habría llamado la atención sobre lo mismo que me la ha llamado a mí: que, en parte, parece escrita por Cela. Ya sé que Cela sale con cierta frecuencia en estas lecturas barojianas, pero es que ni El asesinato del perdedor, ni Cristo versus Arizona, ni, en general, las novelas que escribió después de San Camilo 36, ni mucho menos el rimero de volúmenes que van de Los viejos amigos a El camaleón soltero se habrían escrito, afirmo, sin leer esta novela. No se parecen en todo, desde luego: la novela de Baroja tiene sentido, es una historia que se puede seguir, no es mera palabrería.
               Pero, aunque no fuese por esta menudencia de historiografía literaria, sorprende que por ahí no se haya celebrado el impresionante castellano de esta novela, ese juego, de raíz poética, que consiste en prescindir de las cohesiones anafóricas y darle a la prosa un aire sincopado, plagado de versos hermosos, pero que al mismo tiempo corre como el agua clara. Se podría escribir sin dificultad con este libro uno como ese que escribió Carver con fragmentos de Chéjov, Último sendero a la cascada, en el que se limitó a poner las frases una debajo de otra, en vez de una al lado de otra, y el resultado era de una fuerza poética fuera de lo común.
               La familia de Errotacho es una crónica de los acontecimientos –verídicos– que tuvieron lugar en 1924 en Vera de Bidasoa, en la frontera vascofrancesa. Un grupo de revolucionarios anarquistas, entre los que andaba Durruti, decidió acabar con la dictadura de Primo de Rivera y derrocar al rey Alfonso XIII, y planearon dos entradas simultáneas por los dos extremos de la frontera, pero lo hicieron tan mal que nada más entrar en España les esperaban los carabineros, que habían interceptado y descifrado las consignas pero no se molestaron en avisar al puesto de guardia de Vera. En una noche “negra como la tinta”, en la que “no se veían las manos”, los revolucionarios fueron cazados como conejos. El saldo lo resume así Baroja:

Entre los cuarenta o cincuenta que tomaron parte en la expedición de Vera hubo muchos cuyo final fue trágico. Dos muertos a tiros en el momento de la lucha, dos agarrotados en Pamplona, dos guillotinados en Burdeos, uno suicidado, uno despedazado por un tren, otro ahogado en una zanja, otro muerto en Barcelona a tiros con la policía y uno deportado y perdido en Cayena.

Los heridos que fueron presos resultaron en principio absueltos por un tribunal de Pamplona, en razón a que no se sabía si los causantes de las muertes de los carabineros habían sido ellos, porque era de noche y no se veía, pero un tribunal superior, con la aquiescencia personal del monarca, se saltó el rigor procesal y los condenó a muerte. Alfonso XIII siempre tenía mucha prisa por matar sediciosos. Con Galán y García Hernández no respetó ni los días de guardar.


               Todo esto, con preciso desorden y a velocidad creciente, nos lo narra Baroja tirando, sobre todo, de dos hilos. El primero es el del doctor Arizmendi, que indaga en los hechos y trata al final de que aquellos tres exaltados se librasen del patíbulo. También conoce a Manish, uno de los aventureros, que logró huir escondido en el pajar de don Leandro Acha, y cuya hermana, Margot, lo lleva loco, en un interesante inicio a lo Luis Murguía (un Luis Murguía casado y con hijos al que se le va el corazón por una muchacha) que acaba, nada más empezar, en agua de borrajas. Margot reaparecerá al final en una redención del doctor Arizmendi muy interesante con la que Baroja no quiso seguir.
Por otra parte, don Leandro Acha, erudito de aldea, cuenta (no escribe, él no quiere escribir, él solo cuenta) lo que sabe de aquel suceso revolucionario, lo que le han contado los vecinos, lo que ha dicho el periódico, las diferentes versiones sobre lo sucedido en la noche negra, sobre quién organizó la expedición, quién avisó a los guardias, quién dejó que la guarnición de Vera se quedara entre dos fuegos sin enterarse de nada, etc., todo, digo, con un fascinante desorden de detalles diminutos, cuajado de un lirismo frío, intenso, y un manejo del ritmo que ríete tú de los modernistas de salón. El relato de la ejecución de los dos presos (el otro se echa a correr y se arroja al vacío) es una obra maestra del arte de narrar, esa marcha sostenida y cargada de tensión con la que Baroja remata a veces sus novelas, escrita con una prosa deslumbrante, solo comparable a las mejores páginas de Solana, si bien en este caso está, además, rota de indignación. Baroja toma partido por los pobres vecinos engañados, no por el obispo repulsivo, por los mandos cobardes o por esos dos verdugos que para sí los hubiese querido Cela y que para sí los quiso Azcona. No me extrañaría nada que la idea de la película de Berlanga hubiese surgido de ahí.  
Dejo esta perla que así, aislada, igual podría haberla firmado antes que Baroja Solana o después de Baroja Cela, pero que, encajada en el relato de la ejecución, alcanza un nivel literario que no todos podrían haber conseguido.

Los verdugos comenzaron su trabajo. Dejaron sus cajones en el suelo. Sonaron éstos con ruido de chatarra; sacaron de las cajas unas piezas de acero bruñidas, brillantes, y las colocaron cuidadosamente en los postes.
Uno de los verdugos, el de Burgos, parecía algo zurdo; los dos tenían manos fuertes, con muchas arrugas, llenas de pelos; manos de gorila.
Después cada uno se sentó en el banquillo, probó en su cuello la altura del corbatín, y, tras de un tanteo, lo sujetó definitivamente. Luego el de Burgos engrasó los dos torniquetes y comenzó a hacerlos funcionar:
–Van como la seda –dijo, y se echó a reír.
–Siniestros personajes –exclamó el juez, en voz alta.
Mayoral, el de Burgos, mostraba deseo de hablar, y ensalzó las ventajas de su aparato. Producía la muerte por triple procedimiento: asfixia, estrangulación y descabello. La más importante de sus mejoras era una uña de sujeción del tornillo, mandada hacer por él.
También había pensado, sin duda preocupado con la estética, que, al tiempo de la ejecución, penetrara una aguja en la garganta, e impidiera el feo espectáculo de la salida de la lengua del ajusticiado; pero todavía no había resuelto esta importante mejora.
Mayoral se estrenó con el Sacamantecas, loco atacado de canibalismo, a quien él consideraba como un monstruo. había trabajado también en Pamplona, en la época de las ejecuciones fuera de la cárcel, en la Vuelta del Castillo.
Mayoral fue también el verdugo de los del crimen del expreso de Andalucía en la cárcel Modelo de Madrid; pero en esta ocasión no se lució: estuvo, según decían, muy torpe. Uno de los reos, el Honorio Sánchez Molina, tardó muchos minutos en morir, y el otro, llamado Piqueras, se le revolvió de tal manera en el banquillo, que casi estuvo a punto de arrancarlo del suelo.
El verdugo de Burgos tenía sesenta y tantos años y había ejecutado a cincuenta y una personas. había aprovechado la vida. Casi le venía a salir a persona por año. Guardaba un cuadernito con notas. A un lado habría puesto los ingresos y al otro las reflexiones.
“Con mi sistema –dijo– no se cogen pellizcos de la piel y apenas sale una gota de sangre.”

La mala estrella de esta novela, ensombrecida por las obras maestras de Baroja y por los prejuicios de sus lectores, le viene de que, entre crónica y novela, elija mayormente lo primero. Es sintomático que el elaborado primer capítulo sobre los habitantes del molino (el errotacho) no se despliegue proporcionadamente en una novela que en ese caso habría necesitado de proporciones tolstoianas. Baroja coge y deja. De pronto se pone a sí mismo, en boca de don Leandro Acha, a charlar sobre sediciones con el médico Arizmendi; luego da un repaso a los revolucionarios en un alarde de lo que podríamos llamar la poesía de los nombres, recurso del que Cela abusaría luego hasta el absurdo; a continuación parece que vamos a asistir a ese principio de novela psicológica entre un cuarentón y una ninfa baserritarra, y finalmente la narración se abalanza en el magnífico relato final. Pero la cuestión no es si Baroja empalma o no empalma narraciones, si deja tirados a los personajes o se saca otros (Manish) de la manga. La cuestión es que el ritmo narrativo es impecable, y que no deja de ser una forma de composición impresionista que tampoco habría dificultades para casarla con los procedimientos vanguardistas. Los críticos le reprochan que deje de lado sus labores narrativas y las use solo como excusa de sus soflamas. Qué tontería. La labor narrativa es impecable, la prosa no se puede mejorar. Querríamos también una estructura dramática del personaje como en aquellas grandes novelas. Pero este Baroja ya es otro: le interesan los hechos, la narración estricta de los hechos, en una prosa que se mueve en el límite del significado y del significante, de la precisión en el relato y la belleza restallante de la prosa. Cela se tiró muy pronto al lado del impacto formal. Quizá tomando como modelo la libertad compositiva de Baroja decidió no tomarse la molestia de narrar. Cela es un Baroja viejo que no hubiera sido Baroja joven.


No ha sido mala idea saltar de una novela de 1920 como era La sensualidad pervertida a estas crónicas contemporáneas.  Si hubiéramos seguido el orden cronológico, al llegar aquí, después de veinte de las veintidós entregas de las Memorias de un hombre de acción, no habríamos notado el cambio de una manera tan clara. En las Memorias la narración se desmigaja en relatos autónomos y utiliza la historia como argamasa para la libertad compositiva. Pero la prosa de La familia de Errotacho es mucho más tersa, más lírica incluso que la de las novelas ciudadanas, más cargada de amor a lo que escribe, con esa pose de miniador de palabras que nos lo presenta viejo y con boina, puliendo sin descanso las cuartillas. Yo me lo imagino soplando lentamente, con la boca casi cerrada, cada vez que calzaba uno de sus párrafos perfectos, como si quisiera secarles el esmalte. Seguro que era así, porque Cela, que lo copió todo, también lo hacía.
Después de esta novela, quien quisiera practicar el realismo objetivo, el lenguaje forense narrativo (no solo Cela; también Ferlosio), ya sabía cómo. Como lo supo el joven Ramón Sender, quien tres años después de publicada esta novela, en 1935, ganó el Nacional de Literatura con Míster Witt en el cantón, con un jurado del que formaba parte Pío Baroja.

2 comentarios:

  1. Juanjo Cruz Pitarch11:56 p. m.

    Excelente comentario Antonio, hace unos meses difrute de la lectura de esta novela que encontre en la biblioteca de La Iglesuela.

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  2. No conocía este libro, pero por lo que dices parece muy bueno. Me han entrado ganas de leerlo.
    Gracias por el descubrimiento.

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