6. 1965-1969
En sus últimos años Aldecoa dedicó la mayor parte de sus no demasiados cuentos a temas que cristalizarían en la novela Parte de una historia, de 1967, y que tienen que ver con el giro que los acontecimientos estaban tomando en el país. Los extranjeros en España volvían a ser un tema, aparte de unos bichos raros, pero también la forma de vida de cierta burguesía intelectual que intentaba remedarlos. El cine ya no era solo la cámara desnuda que constata las verdades dolorosas, sino una retórica de arte y ensayo, una pose divine, como un cóctel de sabor francés en una terraza ibicenca con vistas al mar de Ulises.
Y así, aun en los cuentos de realismo tardío vemos ya la cámara por alguna esquina. ‘Un buitre ha hecho su nido en el café’ es como si Orson Welles tuviese una querida que le birla un Cary Grant ya sesentón, a él y a otro aspirante igual de joven que ella pero que no da la talla, y suponemos que no solo la económica, sino más bien la talla social, el mucho mundo, ese glamur que entonces todavía era glamour. Es muy filmable, pero un tanto tópico, como algún otro intento de aspecto folletinesco con el que Aldecoa recayó en ese humor tan discutible. ‘El silbo de la lechuza’ parece, en efecto, un proyecto de folletín al estilo de García Pavón, en este caso con unas viejas ociosas y unos novios que se esconden, y unos animales de casino de provincias que envían anónimos al estilo de los de Calle Mayor, además de un loco que piensa que ha matado a su mujer. Lo menos gracioso es la evidente voluntad de serlo, y durante demasiadas páginas.
Hay dos cuentos, uno del 65 y otro del 68, que suponen un giro incluso drástico hacia esa estética culturalista, refinada, etílica y pretenciosa que por otra parte abundaba entre los escritores de su generación, desde Martín Santos a Garcia Hortelano pasando por todos los habituales del cogollito goytisolano. Uno es ‘Ave del paraíso’, paradigma de los cuentos gauche divine, contado con sarcasmo pero sin demasiada gracia. El mundo —cerrado— es una isla con bon vivants, beatniks, mucho alcohol, tratamientos nobiliarios y un exceso de parafernalia verbal para contar que beben mucho y no hacen nada. Sea una crítica o una concesión al experimentalismo de la época, resulta demasiado largo y vacío, aunque puede que en esto consista la crítica precisamente, algo más explícita en el otro cuento de este estilo, ‘Amadís’, la historia de un crimen, el asesinato de un viejo coleccionista de arte (y seductor de viudas y especulador inmobiliario) a manos de su joven pareja y de otro joven amigo. Enterrado en la hojarasca verbal, el ambiente es una mezcla de psicodelia ibicenca de la época y exquisitez lampedusiana. No es la primera vez que Aldecoa utiliza nombres de cuento medieval o de novela artúrica, o de drama simbólico decadente, pero el conjunto resulta demasiado prolijo, sobre todo porque, como en muchas otras ocasiones, la resolución del cuento coincide con su argumento, pero en este caso esa técnica despoja de interés buena parte del excesivamente largo relato.
Otro relato largo, también de aire Nouvelle Vague pero mucho más interesante, todavía en el 65, es ‘Los pájaros de Baden-Baden’, quizá uno de los más famosos del autor, aunque me temo que no tanto por su incuestionable calidad como por haber sido llevado al cine o porque el título se hacía eco de un chascarrillo muy madrileño que luego repetía con frecuencia Eduardo Haro: «Madrid en agosto es Baden-Baden». Sobre todo, claro, para cierta clase de selecta burguesía. Pero sorprende que con este relato se haya hecho una película, aunque sorprende menos que, con las licencias artísticas de la época, Camus utilizara el cuento como punto de partida, casi una mera coincidencia, porque la película no tiene nada que ver con el relato. Lo que escribió Aldecoa es sobre una mujer, Elisa, que está escribiendo un libro en verano y en su entorno aparecen tres hombres: un imbécil de su misma edad, suponemos que un alto cargo ministerial que está de Rodríguez en Madrid y quiere ligar con ella sin demasiado disimulo; un médico mayor que Elisa, que le trata con condescendencia y respeto pero también se siente atraído, y un joven fotógrafo que va a ilustrar su libro, desastrado y bebedor, muy beat (un poco pronto era en España para ser jipi), del que Elisa se enamora con un amor, este sí, de película francesa. Rechaza a quienes la desean (el estúpido Rodríguez, que además es el marido de una amiga de Elisa) y a los que la quieren (el médico abstemio, o casi), pero no puede resistirse a quien representa su propia juventud perdida. Mucho cubalibre para otra historia cool con más planteamiento que otra cosa. La supuesta película empezaría al terminar el relato. La de Camus, de 1975, es otra cosa.
Lo bueno de ‘Los pájaros de Baden-Baden’ es que para contar historias modernas, de mujeres liberadas y metáforas ardientes, tampoco era necesario martirizar al lector con oscuridades ni alambicamientos, algo que en la época fue una verdadera lata. Las buenas historias seguían requiriendo transparencia, como es el caso de ‘Party’, también de 1965 pero publicada tras la muerte del autor. Un hombre se emborracha de coñac y de celos mientras su mujer está en una fiesta. El relato hurga en esa enfermedad de la imaginación (Aleixandre) que son los celos, en una discusión narrada en condicional con «un dramático tono de alta comedia». El hombre se castiga, se regodea morbosamente con que la mujer vuelve de la fiesta y tras una conversación de aire libresco ella le dice que no lo quiere, que está harto de él, de sus obsesiones y sus borracheras, por muy intelectuales que sean. Hasta ahí nos recuerda a las novelas que ya estaba escribiendo Murdoch (lo que no quiere decir que Aldecoa tuviera que conocerlas, claro), pero aquí el final es de un realismo predesarrollista: la mujer regresa de la fiesta y el que está harto del matrimonio parece ser él, porque ella es una inocente marujilla de la alta sociedad. El final consigue así redefinir el cuento entero, algo que si no se hace así de bien suele acabar fallando por pretencioso, y desde luego este no es el caso.
Hasta 1968 no volveremos a tener más cuentos. El año 67, suponemos, se pasaría excribiendo Parte de una historia; del 68 es el cuento ‘Amadís’, del que ya hemos hablado, y también ‘La noche de los grandes peces’, póstumo, que tiene todo el aspecto de ser un descarte de Parte de una historia, o un trabajo preparatorio. Nos trae recuerdos de Gran Sol y una mezcla entre la pesca de bajura y el turisteo pijo. Unos veraneantes de posibles salen a pescar con unos paisanos, la noche se da bien y sacan un pez zorro de cuatro metros que en su último estertor hiere a uno de los turistas en la mano, de lo que luego él presume entre sus ociosas amistades. Es una estampa sin mayor enjundia, pero con el reflejo de sus dos últimas novelas se llena de interés.
El último de sus Cuentos completos es del 69, ‘Un corazón humilde y fatigado’, también póstumo. Desde el título (Aldecoa murió de un ataque al corazón) hasta el contenido, el relato da el escalofrío de quien barrunta con cierta sorna su propio final. Unos comerciantes aparentemente sencillos y tradicionales reciben la visita de alguien que les pide que le ayuden a certificar la muerte de su hijo, que no se le siga dando por desaparecido. Son los «asuntos de la guerra» que siguen perturbando la tranquila vejez de la gente. Los tenderos se niegan, como se negaba tanta gente del país a decir siquiera que los suyos habían sido asesinados, y mucho menos los que no eran nada suyo. Eran los años 60, sí, pero aún ardía en silencio la memoria. El único que no parece tener miedo es un cura que bromea con la muerte seguro de que todavía le queda lejos. Como a Aldecoa… El cuento es un regreso al realismo sobrio, minucioso y brillante, pero sin rodeos ni prolijidades, y con esa estructura paradigmática de largo planteamiento y rápida solución, como si hubiera dejado para el final una pequeña muestra de lo mejor, de lo más característico, de lo más hondo y valiente, de lo más claro, de lo mejor escrito.
Así las cosas, y antes de leer los prólogos de Josefina Rodríguez Aldecoa, de comprobar qué cuentos seleccionó ella para su edición de Cátedra, solo con esta lectura parcial y caprichosa de los 79 Cuentos completos yo me atrevería a incluir los siguientes relatos en una supuesta antología. Todo este largo preámbulo no tenía más objeto que este escueto final.
- Chico de Madrid (1950)
- La sombra del marinero que estuvo en Singapur (1951)
- Los atentados del barrio de la Cal (1951)
- Los bienaventurados (1951)
- Caballo de pica (1951)
- Hasta que llegan las doce (1952)
- La humilde vida de Sebastián Zafra (1952)
- A ti no te enterramos (1953)
- Muy de mañana (1953)
- Los hombres del amanecer (1954)
- Santa Olaja de acero (1954)
- Aldecoa se burla (1955)
- Lluvia de domingo (1957)
- Young Sánchez (1957)
- Patio de armas (1961)
- Las piedras del páramo (1961)
- Fuera de juego (1961)
- Los pájaros de Baden-Baden (1965)
- Party (1965)
- Un corazón humilde y fatigado (1969)

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