No es la primera vez que John Banville recrea un estilo, un género, un autor incluso, como hiciera en La señora Osmond, escrita como continuación del Retrato de una dama, con la misma brillante densidad de Henry James. En el caso de Nocturno de Venecia, Banville se ha ido a la novela gótica tardía, la de finales del XIX (Drácula se publicó en 1897), en un ambiente truculento victoriano aderezado con un erotismo dieciochesco —más bien francés— que da como resultado una peculiar novela negra, como si a Benjamin Black, el heterónimo de Banville, le hubiera dado por emplear en sus enredadas tramas de crímenes y de sospechas el lenguaje que Banville se reserva para las novelas de calidad. Nada falta en esta última del género gótico, al menos en apariencia: los escenarios sórdidos, los personajes siniestros, malévolos, entre diabólicos y fantasmales, en este caso, además, fantoches de teatro cómico, el aristócrata estirado y polvoriento, el criado bufonesco y repulsivo, por no hablar de la galería de mujeres fatales, lagartas venenosas o sabandijas lascivas, que aparecen por los antros y rincones del oscuro y laberíntico palazzo donde se hospeda el protagonista o de la repugnante ciudad por cuyos pasadizos llenos de ratas mojadas se deslizan los personajes. Y no falta, ya digo, el ingrediente sicalíptico, explícito y, al menos en la escena sobre la que gira la novela entera, ciertamente violento a los ojos de hoy, no sé si tanto a los de entonces (y no tan entonces).
Pero es un gótico paródico, hilarante por momentos, una historia narrada por un tontaina que se deja manejar por el primero que aparece, a pesar de lo cual el autor consigue que no sepamos más de lo que la poca inteligencia del narrador no consigue adivinar, aunque a veces no ande lejos de imaginárselo. Pero el género negro se basa en la retórica del despiste y en que su resolución sea tan lógica como imprevisible. «Ah, claro», debe decir el lector, «cómo no me había dado cuenta», y no como esas otras —algunas muy populares—, escritas del revés, en las que el asesino siempre sale de una chistera impredecible. En todo caso es lo que menos me divierte; de hecho nunca leo a Benjamin Black y sí todo lo que encuentro de John Banville. En este caso hay una rara mezcla de los dos.
Lo que cuenta el idiota, un escritorzuelo londinense que ha pegado el braguetazo con una rica heredera, es que su flamante esposa, que no parece tener en él ningún interés sentimental ni mucho menos erótico («una pareja de célibes recién casados»), ha perdido parte de la herencia en favor de su hermana mayor, porque su difunto padre —muerto en extrañas circunstancias— no solo no aceptaba un pretendiente del que sí estaba muy enamorada sino que le apañó un novio nuevo —el narrador— tan poco inteligente como, digamos, peligroso. Nada más llegar a Venecia, y tras esa escena más de Mathew Lewis que de Bram Stoker, y más de Sade que de Lewis (ese «color de los crisantemos secos»…), la joven esposa, Laura, desaparece tras una descomunal borrachera de grappa que su incauto marido agarra con unos presuntos conocidos que se encuentra en un garito. A partir de ahí, y con tanto humor y estilo deslumbrantemente preciso como, en ocasiones, algo de estancamiento argumental, como si la trama se empantanase igual que las aguas viscosas de la ciudad, la novela se enreda en parodias de género y se resuelve con la destreza de quien acostumbra a producir piezas de ese tipo.
El personaje principal, no obstante, es la ciudad, Venecia, en la que el lector no va a encontrar las delicias románticas de la Serenísima sino «aquella urbe pestilente en las marismas de su inmunda laguna», «esa deprimente ciudad anegada y artificial», «aquel pestilente pueblo encajado en la fétida horcajadura del Adriático». Por si no fuera bastante con el hedor de sus canales, Banville deja una descripción de San Marcos que, a pesar de toda la suciedad que la rodea, no tiene desperdicio:
Lo que cuenta el idiota, un escritorzuelo londinense que ha pegado el braguetazo con una rica heredera, es que su flamante esposa, que no parece tener en él ningún interés sentimental ni mucho menos erótico («una pareja de célibes recién casados»), ha perdido parte de la herencia en favor de su hermana mayor, porque su difunto padre —muerto en extrañas circunstancias— no solo no aceptaba un pretendiente del que sí estaba muy enamorada sino que le apañó un novio nuevo —el narrador— tan poco inteligente como, digamos, peligroso. Nada más llegar a Venecia, y tras esa escena más de Mathew Lewis que de Bram Stoker, y más de Sade que de Lewis (ese «color de los crisantemos secos»…), la joven esposa, Laura, desaparece tras una descomunal borrachera de grappa que su incauto marido agarra con unos presuntos conocidos que se encuentra en un garito. A partir de ahí, y con tanto humor y estilo deslumbrantemente preciso como, en ocasiones, algo de estancamiento argumental, como si la trama se empantanase igual que las aguas viscosas de la ciudad, la novela se enreda en parodias de género y se resuelve con la destreza de quien acostumbra a producir piezas de ese tipo.
El personaje principal, no obstante, es la ciudad, Venecia, en la que el lector no va a encontrar las delicias románticas de la Serenísima sino «aquella urbe pestilente en las marismas de su inmunda laguna», «esa deprimente ciudad anegada y artificial», «aquel pestilente pueblo encajado en la fétida horcajadura del Adriático». Por si no fuera bastante con el hedor de sus canales, Banville deja una descripción de San Marcos que, a pesar de toda la suciedad que la rodea, no tiene desperdicio:
Me pareció que en la basílica de San Marcos se daba una curiosa mezcla de lo lúgubre y lo chabacano. Un sinnúmero de piececitas cuadradas de mosaico dorado decoraba todas las paredes, y había asimismo retratos en mosaico —de Jesucristo y sus apóstoles, de demonios, santos y pecadores—, en los que predominaban el color lapislázuli y un brillante y chillón tono violáceo de rojo. Con sus bóvedas y arcos ornamentados y sus múltiples cúpulas, semejaba el almacén de un mercachifle de baratijas con las paredes y los techos atestados de un batiburrillo de adornos de árbol de Navidad. Todo era vulgar en extremo y no podía distar más, diría yo, de la pétrea solidez y la sobriedad de nuestros magníficos templos.
Al narrador no le van las delicias de Keats, ciertamente, ni «el cálido sur y las burbujas que parpadean en el borde, las bocas manchadas de púrpura y todo lo demás»; más bien se siente en las tinieblas de Füssli o de Blake, con «la desasosegante sensación de ser el blanco de una broma encubierta que todos compartían y con la que disfrutaban sobremanera» y, como al detective sin nombre de Mendoza, se le va acumulando el sudor y la roña, los fluidos y la fiebre, hasta un extremo hediondo que nos hace desear, más que el desenlace de la historia, que alguien lo meta en una bañera y le dé una pastilla de jabón.
Estas novelas de crímenes y de acertijos funcionan si son leves, entretienen si se esfuman, de modo que lo interesante, lo divertido, es que estén tan bien escritas como esta, con la exquisita meticulosidad del Banville de siempre, al servicio ahora de una mascarada burlesca de sombras espirituosas y aguas putrefactas. Es lo que nos hace disfrutar hasta el final, más incluso que ese humor serio, el humor de quien no quiere hacerse el gracioso sino detallar sin componendas una sensación que le incomoda, y mucho más, desde luego, que un suspense que, como todos, podría haberse contado en cuatro páginas y nos dejaría el mismo frágil recuerdo. Ya digo que a mi el que me gusta es John Banville, no Benjamin Black.
Estas novelas de crímenes y de acertijos funcionan si son leves, entretienen si se esfuman, de modo que lo interesante, lo divertido, es que estén tan bien escritas como esta, con la exquisita meticulosidad del Banville de siempre, al servicio ahora de una mascarada burlesca de sombras espirituosas y aguas putrefactas. Es lo que nos hace disfrutar hasta el final, más incluso que ese humor serio, el humor de quien no quiere hacerse el gracioso sino detallar sin componendas una sensación que le incomoda, y mucho más, desde luego, que un suspense que, como todos, podría haberse contado en cuatro páginas y nos dejaría el mismo frágil recuerdo. Ya digo que a mi el que me gusta es John Banville, no Benjamin Black.
John Banville, Nocturno de Venecia, trad. Antonia Martín, Alfaguara, 2026, 315 p.

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