Una casualidad parecida a las que salvan el pellejo de Tom Ripley, un error sin malas consecuencias, ha hecho que leyera este libro después de años de pasarle la mirada por el lomo sin decidirme a quitarle el polvo, y eso que cuando he leído a Highsmith (Carol, por ejemplo), he disfrutado de su incontestable calidad. Pero el caso es que la serie Ripley, pese a su prestigio, ocupa en mi biblioteca mental el ciertamente penumbroso rincón de la novela negra, un género que cada vez que lo he visitado me ha dejado la sensación de haber ido a toda prisa para no llegar a ningún sitio. Ahora he leído la primera de las novelas que la componen porque vi en alguna parte que sucedía en Nápoles, lo que no es del todo cierto y, en lo poco en que sí lo es, no tiene nada que ver con lo que yo buscaba. Escrita en 1955, El talento de Mr. Ripley, transcurre en Italia, sí, en un pueblo costero llamado Mongibello, cerca de Nápoles, pero también en Roma y sobre todo en Venecia, aunque de Italia solo vemos algún chiquillo menesteroso que se ofrece a guiar al turista extranjero, un par de campesinos que al narrador le huelen mal cuando tiene que rebajarse a compartir con ellos un asiento de autobús y unos cuantos zánganos de policías que miran por encima de las cejas pero no se enteran de nada. Las descripciones son de tarjeta postal, de tarjeta telegráfica, y el interés por el país donde sucede la acción, prácticamente nulo. Lo realista de esta novela es que está protagonizada por ese tipo de turista americano de la época beat que se marchaba a algún pueblo soleado donde todo era barato y practicaba la bohemia durante una larga temporada. Los lugareños son figuras pintorescas en el mejor de los casos, casi siempre tópicos acartonados. No, no se viaja a Italia en estas páginas, y mucho menos a la Italia neorrealista de mediados de los 50. Se viaja a un país con palabras escritas en italiano, casi todas nombres de calles y restaurantes, pero nada más.
La cuestión es que un millonario norteamericano, Greenleaf, paga a un conocido de su hijo, el joven Ripley, para que vaya a Nápoles y convenza a su hijo de regresar a Estados Unidos y ocuparse del negocio naviero de la familia. A partir de ahí, todo es absorbente, todo es intrigante, y nada es verosímil. La novela se sostiene sobre dos gruesas columnas: un estilo veloz, lleno de detalles (documentos, direcciones, viajes, cartas, equipajes, apellidos), enérgico incluso en los pasajes en los que no debe ocurrir nada (después de las dramáticas escenas de asesinatos, por ejemplo), y un personaje que va de lo ingenuo a lo psicópata, de lo afortunado a lo resentido, sobre todo esto último, porque le mueve un invencible rencor hacia sus orígenes humildes y la correspondiente coartada moral contra quienes nacieron teniéndolo todo. Por mucho análisis psiquiátrico que uno haga del comportamiento errático de Ripley, no hay más que eso, la necesidad de no ser él, de disfrazarse de niño rico, usurpar una vida regalada y hacer lo que sea para mantenerla, aparte de un fondo de propia identidad no asumida que en otras novelas Highsmith trataba sin veladuras de ninguna clase.
Juega en contra de la incertidumbre con que en un principio se debió de leer esta novela el hecho de que sepamos que forma parte de una serie, es decir, que por muchas tropelías que cometa el protagonista, por muchos torpes asesinatos, falsificaciones chapuceras y mentiras inconsistentes, uno ya sabe que Ripley se irá de rositas, pero aun así lee con avidez la epopeya del criminal patoso al que salva la estupidez del resto de personajes. Es de imaginar que la pregunta que se hizo Highsmith sería algo así como qué pasaría si un criminal comete todo tipo de errores y nadie, ni aun quien los tiene delante de sus narices, es capaz de darse cuenta. Ni el padre del joven bohemio, ni mucho menos los investigadores italianos, que son tontos perdidos, ni siquiera el detective llegado desde Nueva York, tampoco muy despabilado, ni mucho menos la inocente Marge, enamoradísima del joven asesinado pero negada para sumar dos y dos cuando se encuentra con las pruebas de quién ha cometido el crimen; nadie desenmascara al, por otra parte, destarifado Ripley, quien a todas horas ve llegado el momento de que lo pongan en manos de la justicia y lo sienten en la silla eléctrica. Tanto es así que en su huida hacia adelante es capaz hasta de falsificar la herencia de quien ha asesinado, un detalle que no llama la atención de la legión de familiares, investigadores y periodistas que lleva meses siguiendo el caso.
Esa es la gracia de la novela. No es que sea posible un crimen perfecto, sino que es verosímil que nadie se entere de un crimen imperfecto, o de dos. El criminal puede pasear tranquilamente y poner el pie en vigas de hierro suspendidas en el aire cuando está a punto de precipitarse al vacío, como la Pantera Rosa. Hay un algo de morbosa redención del que nació para martillo, del pringado al que nada le irá bien en esta vida a no ser que deje las normas tan olvidadas como su propio pasado y se dedique a transgredir sin miramientos los principios más elementales. El triunfo de Ripley es el de una estupidez amoral, y desde ese punto de vista la novela no deja de crear un mito contemporáneo, el de la superchería victoriosa y la falta de escrúpulos como única manera que tiene mucha gente de luchar contra el destino. Si, además, formaba parte del proyecto que el lector se aliase con el protagonista, desease que pudiera finalmente huir de la justicia y salirse con la suya, me temo que eso solo estaba hecho pensando en lectores tan poco exigentes consigo mismos como el propio Ripley. Pero está claro que Highsmith no solo consiguió engatusar a los consumidores de literatura ultraprocesada sino convertir al tarado este en todo un clásico contemporáneo.
Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley, trad. Jordi Beltrán, Anagrama, 1989, 324 p.
La cuestión es que un millonario norteamericano, Greenleaf, paga a un conocido de su hijo, el joven Ripley, para que vaya a Nápoles y convenza a su hijo de regresar a Estados Unidos y ocuparse del negocio naviero de la familia. A partir de ahí, todo es absorbente, todo es intrigante, y nada es verosímil. La novela se sostiene sobre dos gruesas columnas: un estilo veloz, lleno de detalles (documentos, direcciones, viajes, cartas, equipajes, apellidos), enérgico incluso en los pasajes en los que no debe ocurrir nada (después de las dramáticas escenas de asesinatos, por ejemplo), y un personaje que va de lo ingenuo a lo psicópata, de lo afortunado a lo resentido, sobre todo esto último, porque le mueve un invencible rencor hacia sus orígenes humildes y la correspondiente coartada moral contra quienes nacieron teniéndolo todo. Por mucho análisis psiquiátrico que uno haga del comportamiento errático de Ripley, no hay más que eso, la necesidad de no ser él, de disfrazarse de niño rico, usurpar una vida regalada y hacer lo que sea para mantenerla, aparte de un fondo de propia identidad no asumida que en otras novelas Highsmith trataba sin veladuras de ninguna clase.
Juega en contra de la incertidumbre con que en un principio se debió de leer esta novela el hecho de que sepamos que forma parte de una serie, es decir, que por muchas tropelías que cometa el protagonista, por muchos torpes asesinatos, falsificaciones chapuceras y mentiras inconsistentes, uno ya sabe que Ripley se irá de rositas, pero aun así lee con avidez la epopeya del criminal patoso al que salva la estupidez del resto de personajes. Es de imaginar que la pregunta que se hizo Highsmith sería algo así como qué pasaría si un criminal comete todo tipo de errores y nadie, ni aun quien los tiene delante de sus narices, es capaz de darse cuenta. Ni el padre del joven bohemio, ni mucho menos los investigadores italianos, que son tontos perdidos, ni siquiera el detective llegado desde Nueva York, tampoco muy despabilado, ni mucho menos la inocente Marge, enamoradísima del joven asesinado pero negada para sumar dos y dos cuando se encuentra con las pruebas de quién ha cometido el crimen; nadie desenmascara al, por otra parte, destarifado Ripley, quien a todas horas ve llegado el momento de que lo pongan en manos de la justicia y lo sienten en la silla eléctrica. Tanto es así que en su huida hacia adelante es capaz hasta de falsificar la herencia de quien ha asesinado, un detalle que no llama la atención de la legión de familiares, investigadores y periodistas que lleva meses siguiendo el caso.
Esa es la gracia de la novela. No es que sea posible un crimen perfecto, sino que es verosímil que nadie se entere de un crimen imperfecto, o de dos. El criminal puede pasear tranquilamente y poner el pie en vigas de hierro suspendidas en el aire cuando está a punto de precipitarse al vacío, como la Pantera Rosa. Hay un algo de morbosa redención del que nació para martillo, del pringado al que nada le irá bien en esta vida a no ser que deje las normas tan olvidadas como su propio pasado y se dedique a transgredir sin miramientos los principios más elementales. El triunfo de Ripley es el de una estupidez amoral, y desde ese punto de vista la novela no deja de crear un mito contemporáneo, el de la superchería victoriosa y la falta de escrúpulos como única manera que tiene mucha gente de luchar contra el destino. Si, además, formaba parte del proyecto que el lector se aliase con el protagonista, desease que pudiera finalmente huir de la justicia y salirse con la suya, me temo que eso solo estaba hecho pensando en lectores tan poco exigentes consigo mismos como el propio Ripley. Pero está claro que Highsmith no solo consiguió engatusar a los consumidores de literatura ultraprocesada sino convertir al tarado este en todo un clásico contemporáneo.
Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley, trad. Jordi Beltrán, Anagrama, 1989, 324 p.

No hay comentarios:
Publicar un comentario