20.2.24

Con la minga


Una mujer se duerme en el tren al ir a trabajar por la mañana y acaba en un pueblo perdido donde la toman por actriz y la llevan a representar la típica recreación histórica. Un hombre que aspiraba a gran actor vuelve a su pueblo después de una vida de fracasos y allí organiza la ya casi olvidada recreación histórica. Hombre y mujer dejan atrás sus tristes vidas y se pierden juntos en un ensueño de amor.
Este es el punto de partida, y el de llegada, de la última novela de Luis Landero. Se nos cuenta la vida triste de los personajes, sus trabajos grises, sus familias pobres, un marido mueble, una novia tragaldabas, el querer y no poder de los personajes de Landero, antihéroes de barrio, que se ilusionan con proyectos «como jugando a inventar una historia con la ingenua convicción de los niños» y tienen «un trasfondo como de bobería y de futilidad». Así ha sido desde los tiempos de Gregorio Olías, el Faroni de Juegos de la edad tardía, por más que a veces (en Una historia ridícula, por ejemplo) desaparezca una de las caras del personaje, la del sueño posible, la de la ilusión inofensiva, y quede un —para mí desagradable— ensañamiento en la mediocridad. No es el caso de La última función. Aquí Landero aprecia a sus personajes, escribe a favor de obra, y eso ilumina la novela con un candor que se basta sin necesidad de armar complejas tramas ni meticulosos desarrollos. Salvo Blas, el marido de Paula, la mujer perdida en el apeadero de los sueños, que es el retrato deprimente y fiel de tanto varón fracasado, de gente que empezó hiperactiva y luego se quedó varada en un sofá, viendo programas estúpidos, sin quitarse la ropa de conserje, con «cara de tortuga», el resto de personajes tienen todos su punto de rehabilitación estética, que para eso sirve una novela. Todos son gente sin brillo, muchos soñaron con lo imposible, pero ni los devora el resentimiento de ser corrientes y molientes ni se pierden en palinodias masoquistas. Igual que Amelia, la novia tragaldabas, come y folla como una leona y cambia de novio cuando encuentra otro con más apetito, así todos se avienen a conquistar quimeras asequibles y participar en festivales de ilusión que no necesitan de talento sino de buena voluntad. 

Landero tira en este punto de un clásico de la cultura contemporánea, el turismo como único modo de resurrección de los pueblos perdidos y la recreación histórica como fórmula fingida, teatral, de congeniar a todos los vecinos y atraer a los forasteros. La España de hoy no se entiende sin ese afán por recrearse, por disfrazarse todos los vecinos para representar un pasado de mitología pobre. Cualquier aldea tiene su fin de semana medieval, su belén viviente o su tragedia de Longinos, y los vecinos que no pudieron saludar desde el escenario del Teatro María Guerrero ni pasearse por alfombras rojas tienen al menos la oportunidad de encarnar por unos días el alma de su pueblo. Y a eso, además, lo llaman futuro. Landero no ha dejado escapar esta curiosa paradoja de la España que se esfuma porque nadie quiere vivir en descampados, y la convierte en el territorio favorito de su poética novelesca, «el caso singular de un vano intento, de un sueño que tarde o temprano acaba desembocando en la inmisericorde realidad, con todo lo que eso tiene de heroico, de lastimoso, de inútil, de cómico, de trágico y hasta de ridículo, según el sueño sea o no más fuerte y verdadero que la realidad misma». Pocas novelas de Landero se salen de esta idea, y cuando el equilibrio entre el sueño ingenuo y la rutina rastrera se decanta por uno u otro lado, la cosa es menos efectiva que cuando ambos son caras de una misma moneda, la que compra, si no la felicidad, al menos una existencia llevadera.

Es el reino de Landero y en él se mueve como Pedro por su casa. El lector no espera giros argumentales ni aventuras apasionantes. Lo que hay es ese mínimo resumen del principio, y a partir de ahí una técnica que, en lo estructural, consiste en ir sacando hilos adelante y atrás, contar de dónde viene cada cual, hacerle una cabeza, como aquel que dice, llenar la historia de prolegómenos, de aquello que leemos antes de empezar lo gordo, aunque luego resulte que lo gordo no está, es otro hilo suelto, otra descripción previa, otro escenario. El encanto de Paula, quien, como la heroína de Miguel Mihura, se redime jugando, está en la necesidad de regresar al punto de partida, al día en que, siendo niña, un mago de la legua la hizo desaparecer bajo una capa carmesí, y en no saber, como una Segismunda de cercanías, si sigue dormida o ya se ha despertado. Y el de Tito, el hombre de voz imponente, es algo parecido, la redención del artista que naufragó en una oficina, imposible sin el apoyo que le prestan sus vecinos, sin que los demás finjan que uno es quien quiso ser y se presten con entusiasmo a ser figurantes de aquella ilusión perdida.

Pero la novela no es una suite deliciosa solo por eso. De no ser por la prosa de Landero, no pasaría de ser eso que Valle-Inclán llamaba «literatura de pobre hombre». Lo agradable —y fascinante— es cómo Landero estira la historia, duplica los nombres y los adjetivos, alarga las enumeraciones, reitera las descripciones y empalma las digresiones; cómo, de una idea mínima, a base de ir saltando de secundario en secundario, de vida en vida y de escenario en escenario, la novela, sin perder el ritmo ni un lenguaje que debe parte de su atractivo a cierto, digamos, revenimiento, no necesita meterse en dibujos para salir airosa y redondearse como lo que es, como una historia corriente y olvidable que por unos días se decora de afecto solidario y admiración sincera.

En cierta ocasión trataba yo de explicarle a un amigo que con los años la experiencia hace que uno empiece una clase que había preparado y al minuto ya se haya ido por otro lado mucho más interesante, y que a veces, con un comentario, con una frase, con una pregunta, puede salir una clase bastante más instructiva que si se hubiese atenido al temario oficial. «O sea, con la minga», me dijo mi amigo. Pues eso: uno termina La última función y piensa que Landero la ha escrito sin complicaciones, dejándose llevar por su propia voz, sin acudir a más documentación que alguna noticia breve de un diario de provincias, y ha conseguido sin el menor esfuerzo una pieza mucho más gratificante que otras en las que al trasluz se podía ver la complicada partitura. El escritor llega a lo más alto de sí mismo cuando da la sensación de que su novela se mueve sola y él escribe como quien lava. Así como si nada.


Luis Landero, La última función, Tusquets, 2024, 220 p

19.2.24

Caballo

Cuaderno de invierno, 61


Aparte de las cabras y de las ovejas, vemos estos días algún que otro caballo rondando por la vega. Los hay de dos clases sociales bien distintas. En las mañanas de sol puede verse un hermoso alazán de patas blancas que cabalga un jinete con aspecto jerezano, gorra campera y chaleco lleno de bolsillos. Lo trae hasta un maizal ya cosechado y ahí practica con él ejercicios de doma, le cambia el paso, lo hace andar de lado, recular, o que trote levantando mucho las rodillas, o se arranque al galope hasta el ribazo. Más de una tarde lo he visto a él y a otros dos muy parecidos, con mantas protectoras, pastar en un bancal junto a su cobertizo, pero en las noches de hielo, y mucho menos en el temporal de principios de invierno, no se los veía por la vega, seguro que estarían a resguardo en algún establo caliente, entre paja limpia y seca.
Pero más adelante hay un poni royo, en un cercado de alambre, y otros dos caballos menos lustrosos, uno negro despintado, más grande que el otro, blanco sucio y con hechuras de burdégano. No tienen un mal techo en el que cobijarse cuando por las noches cae la rosada ni cuando a mitad del día pica el sol. De buenas maneras y sin que se me notase mucho, le pregunté al dueño, un día que estaba descargando una paca de paja para dejarla allí tirada, si iba a dejarlos todo el invierno. «No, no», me dijo, «cuando se gire el mal tiempo me los llevaré a una nave que tengo». Esto fue antes del temporal, pero entonces ya las noches eran frías y los pobres jamelgos bebían agua en una bañera vieja, llena de hojas y de arenilla, y más de un día los vi que lamían las últimas gotas sucias del fondo. Eso sí, el dueño, muy ufano, me los ofreció por si algún día quería dar un paseo…

Desde que cedió el temporal paso casi todos los días por el cercado y me alegro por ellos cada vez que no los veo. Aunque por el día se pueda ir a cuerpo gentil, esta noche, por ejemplo, el termómetro ha bajado hasta los tres bajo cero y ha habido que meter a los mastines aunque no quisieran. Estos caballejos son rústicos, peludos, seguro que aguantarían, pero así yo también me quedo más tranquilo.

18.2.24

Poda

Cuaderno de invierno, 60


Todos los años intento someterme a rigurosos manuales sobre poda y siempe acabo haciendo caso a lo que me dijo una vez un primo mío: «Tú corta las que tiren para adentro y para arriba, y au», y más o menos es lo que termino haciendo, llevado más por la intuición y por cierto sentido estético que por cualquier otra norma. Y así repelo el árbol de ramas finas y despejo los muñones en los que han crecido varas demasiado juntas, y corto en forma de y griega las que tiran verticales, consciente de que al año que viene multiplicarán la letra y la que tire más al interior habrá que podarla entera. 
Quién sabe si es ese el método más adecuado y el que mejor preserva y sanea. Una vez podado, pienso que todo se dirige a que llegue a las pomas más altas sin demasiado esfuerzo y a que las que salgan sean más gordas que las que naturalmente saldrían, y que si el resultado me satisface se debe a que un árbol podado se parece más al que dibujaría en un papel. La simetría y la copa proporcionada son aspiraciones humanas, no frutales. Estoy seguro de que un árbol feo y desgarbado, más tupido por un lado que por el otro, más crecidas unas ramas que las otras, puede dar más fruto que esta estética de peluquero que nos mueve a dejarlo como lo dejamos, y eso que no somos maniáticos ni fundamentalistas. 

Ni siquiera creo que haya que podarlo tanto, porque pasa con la poda que uno empieza cortando una ramilla como con temor a hacerle daño y termina serrando ramas gruesas que se salen de la simetría ideal. La decisión de acabar con una rama que lleva creciendo tres o cuatro años termina siendo un acto casi instintivo. Es entonces esa misma falsa idea estética del arbolito regular la que obliga a detenerse antes de dejarlo en cuatro palos desnudos y salvajemente mutilado. Un año iba a venir un experto en poda pero ese mismo invierno decidió abandonar su faceta docente. Al año siguiente, nuestra poda intuitiva hizo que unos árboles estuvieran preñados de frutos y los otros no tuviesen más que alguno de muestra. Desde entonces nos regimos por el mismo criterio autodidacta que empleamos en el huerto: lo que un año sale bien, al siguiente se repite; lo que sale mal, se olvida.

17.2.24

Crujido

Cuaderno de invierno, 59


Al pasar junto a un árbol viejo lo hemos oído crujir. Hace un día raboso, como se llama por aquí a estos días fríos y ventosos, y también a los zagales contestones y que no se dejan manejar. El Raboso es también, por cierto, un vinazo áspero de la llanura veneciana, hecho con uva picina, que según Plinio el Viejo es «la más negra de todas». Quizá en español raboso tenga que ver, como en italiano, con rabia, palabra que también se usa cuando el tiempo es inclemente: hiela con rabia, sopla el cierzo con rabia, etc. Hoy, en fin, era un día de esos, «para destetar buitres», como decía el otro, y el viento hacía crujir al árbol seco igual que crujen las ventanas desvencijadas de una casa en ruinas. 
No es fácil distinguir en estos árboles cuáles son las ramas muertas y cuáles están vivas todavía. En casa solemos, en verano, marcar con un clarión o atar un trapo a las ramas secas del ciclamor o del almendro viejo, para cortarlas cuando pierdan la hoja sin dañar ninguna que conserve aún algo de savia. A veces están grises y resquebrajadas pero aun así les salen «algunas hojas verdes». Resulta muy desagradable cortar una rama gorda y darse cuenta de que todavía brilla la humedad en la medula, y seguramente le quedaban más años para estar seca del todo que a uno mismo para dejar de respirar. Estos días, con la poda en marcha, hay que andarse con ojo para cortar y no amputar.

Estos otros árboles, al borde del camino, no tienen quien les marque las ramas secas. Este que cruje creció enclenque y torcido, como si el viento raboso lo hubiese azotado desde que era un tallo flexible. Algunos crecen rectos al amparo de otros árboles o de algún reser invisible donde no pega el aire tan continuamente. Este creció giboso, y aun es posible que a su disformidad haya también colaborado el que a alguien le sobrase alguna rama fundamental, porque le estorbaba para labrar o porque le daba sombra a un corro de cebada. El resultado es una torcedura dramática, resistente y contrahecha, petrificada en su propio desamparo, rabosa ella misma como el vino ese que, dicen, va tan bien con las carnes fuertes y los sabores terrosos. Cualquier día pasará la motoniveladora, lo arrancarán de cuajo y lo dejarán allí hasta que se pudra.

16.2.24

Selva

Cuaderno de invierno, 58


Todos los inviernos digo que voy a limpiar la parte de abajo. Cuando se desnudan los membrillos, el sauce y la noguera que jalonan el cuello de la acequia, siempre me digo que de este año no pasa. La parte de abajo se quedó como esos nombres no especialmente precisos que persisten por alguna razón añadida. Podríamos llamarla de algún modo más poético, el paseo de los membrillos, por ejemplo, pero eso implicaría sanearlo, limpiarlo de ramas cortadas que amontonamos a modo de empalizada para que los perros, sobre todo Galán, no empujen la valla, y de chupones que les salen a los membrillos y a los odiosos ailantos. Habría que arrancar las zarzas y levantar la yedra que repta por el suelo, y rastrillar las capas de mantillo que se van superponiendo cada otoño y descargar el talud que lo separa de la parte más civilizada del jardín. Lo llamamos la parte de abajo como podríamos llamarlo el trastero, el sitio al que no da tiempo a ir para ordenarlo antes de que la primavera vuelva a ponerlo intransitable. Deberíamos afanarnos durante muchos días para traerlo a pliego, o contratar maquinaria que desmontara el talud y albañiles que levantaran un murete y abrieran una senda de sablón. «Y entre tanto pasa el tiempo sin remedio, pasa y seguimos dando vueltas a los detalles, cautivos del amor…», dice Virgilio, y ya solo van quedando fuerzas para mantener aquello que levantaron los bríos de la juventud. Hay partes del jardín que nos recuerdan lo que ya no ha de cambiar, quizá porque tampoco es necesario avasallarlo todo. Son lugares que gozan de una cierta independencia, con esa tolerancia selvática, un tanto inglesa, tan distinta del rigor francés cartesiano en el que nada puede quedar sin la huella de su domador. Nos limitaremos a podar los membrillos, a ver si no se hielan este año, y a quemar los palos de ailanto y a despejar una hilera de tierra para que las calabazas lo enmarañen todavía más, pero también este invierno nos olvidaremos de los sueños de extrema, rectilínea pulcritud. Los mastines en sus rondas han abierto un caminillo por el que se puede pasar cuando bajamos a tirar los cubos de ceniza, y tienen un corro despejado donde se tumban a observar los rebaños de cabras que pastan en el maizal de más abajo. Con eso, de momento, es más que suficiente.

15.2.24

Quema

Cuaderno de invierno, 57


Cada año viene al terreno de más abajo un señor que prende fuego a los ribazos de ambos lados del bancal y se sienta en un cajón a contemplar cómo avanzan las llamas sin salirse de su recorrido. De vez en cuando se levanta y con una rama apaga una llama que, supongo yo, podría soltar alguna chispa que prendiera en el talud de más arriba. Luego acude a otro extremo del ribazo y vuelve a encender, y cuando espesa la humareda me doy cuenta de que por allí se ha levantado un poco de viento que mantiene las primeras llamas lejos de los cerezos que cultiva el vecino. Vuelve a sentarse, se enciende un cigarro y espera que el fuego siga su curso. Si cambia el viento, el señor se vuelve a levantar y sofoca las llamas que han llegado a cierta altura, poca, ciertamente, porque la quema es humo y cañas que crepitan al arder, pero no hay llamaradas que se enrosquen hacia el cielo ni fogatas que puedan extenderse, todo lo contrario de otros vecinos que siempre se confían más de lo debido y acaban teniendo que echar mano de mangas y calderos. Este señor, en cambio, no veo que use agua. Su única herramienta es la rama con la que a veces apaga el ribazo que se puede desmandar y el cigarro con el que vuelve a encenderlo después. Entiende el viento, se sabe orientar en la humareda. No sé si es el dueño de la finca o uno de los tres o cuatro agricultores que van con sus máquinas labrando para unos y otros, quizá sea un especialista con nombre y todo, el quemador, el rastrojero, qué se yo, pero todos los años, cuando viene, me da la misma sensación de que sabe lo que se lleva entre manos.
Río arriba quemó unos carrizos que habían crecido en el lecho de un ramal de la acequia. Antes de que se consumieran los cañutos, alguien echó el agua y el resultado es un fondo negro con reflejos y espigas hirsutas que al margen de los campos que riegan y separan componen un ejercicio de expresionismo abstracto. La naturaleza sin contexto tiene siempre un atractivo misterioso. Este señor ignora que su tarea eficaz, medida, sobria y aseada deja curiosas obras de arte por el campo. Quizá lo sepa. Quizás es eso lo que mira mientras fuma.

14.2.24

Hoyo

Cuaderno de invierno, 56


Hoy había que cavar un hoyo para trasplantar un aligustre que ha crecido, acaso demasiado, en un macetón de barro. Los hoyos tienen algo de arqueológicos. Igual que con los terrones del huerto, no me conformo con dar cuatro golpes de azadón y sacar después la tierra con la pala, si es que cabe. Por algún curioso trastorno necesito ir excavándolo muy poco a poco, trazar un cuadrado de lados muy rectos e ir sacando limpias las paredes con el palanquín, y agacharme con una paleta de albañil y con ella ir repasando los bordes, las rebabas, con la idea de avanzar hasta un cubo perfecto de unos cuarenta centímetros de arista en el que quepa no solo la raíz del aligustre sino una cama de abono y un relleno de tierra buena. Al avanzar con la paleta van saliendo tierras de distintos colores, capas de arena de cuando allí se hizo una obra, cascotes de ladrillo, raíces de árboles que hace mucho fueron arrancados. El hábitat dormido del subsuelo va saliendo y yo lo destajo y lo voy amontonando junto a las hojas secas para formar un mantillo con el que pueda luego cubrir el suelo alrededor del tallo. Cuando la cosa se pone dura, lo relleno de agua y espero a que la absorba, y otra vez voy sacando fragmentos, contando raíces, haciendo palanca con la punta de la paleta para liberar guijarros incrustados en la tierra. 
Hago las cosas que no se han de ver como si hubiera que dejarlas a la intemperie. Hace muchos años leí un libro que me impresionó, Dios lo ve, del arquitecto Óscar Tusquets. Era un recorrido por aquellas obras concebidas para llegar a la máxima perfección posible y que nadie las viera nunca, desde los retratos que se metían en los féretros de los antiguos egipcios, de un naturalismo sobrecogedor, a estructuras de metal que servían de armadura para construcciones de cemento. Intentaré que este hoyo, cuando lo termine, sea una escultura de aire, un volumen perfecto y vacío, y lo miraré un rato y es posible que incluso le saque otra foto, poco antes de meter el mazacote del aligustre, que ya solo al entrar descarnará la tierra, y rellenarlo rápidamente para mantenerlo vertical. El agua con que lo riegue luego se ocupará de ablandar las paredes y deshacer las diferencias. No solo quedará oculto sino que dejará de ser.

13.2.24

Oveja

Cuaderno de invierno, 55


Pensé que las ovejas se asustarían, que se irían corriendo al vernos apuntarlas con la cámara, pero la suya no es una mansedumbre huidiza; al contrario, al vernos se acercaron como si fuésemos el pastor que venía a sacarlas de allí. Siguiendo la línea del ribazo hay una malla de nailon de un metro de alta para no tener que vigilarlas, suficiente para que ellas no se salgan y para que cualquier perro, no digamos un lobo, entre sin saltar siquiera.

  De las ovejas siempre hemos pensado que eran tontas y con ese pensamiento ya teníamos bastante, lo cual tampoco es muy inteligente por nuestra parte. Está demostrado que recuerdan, que reconocen, que socializan. No todo en ellas es estar aborregadas. A estas, víctimas del entretiempo, les debe de parecer extraño que las hayan abandonado. Con la cantidad de hierba que tienen a su disposición, la única razón por la que se nos acercan con la mirada fija y la sonrisa buena es que esperan que nos las llevemos a un sitio cubierto donde reencontrarse con sus amistades, echarse en sus rincones preferidos y rumiar como sus antepasados la paja y el alfaz, y desde luego disfrutar del calefactor comunitario en estas noches aún bastante frías. Es ahora cuando más las vemos, en terrenos no sembrados, en barbechos que verdean con la lluvia, en huertos no labrados en los que las ovejas limpian las bufalagas y de paso los abonan antes de pasar la reja. Luego, cuando empiecen a crecer los ajos y los cereales, dejaremos de verlas tan a menudo, seguramente solo en bancales abandonados, o en sotos a la orilla del río, pero ya no creo que las dejen días y días a repelar el suelo entre ribazos negros.

¿Qué podrá más en ellas, la seguridad de que el pasto no se acaba o la inquietud de que nadie viene a echarles de comer? ¿Les deprimirá el recuerdo del rebaño grande, de los alegres paseos por la cañada? ¿Sentirán el frío de no tener un cuerpo al lado, de haber sido despojadas tan temprano del vellón? Su inexpresividad conformista y empanada es más bien una percepción nuestra. Supongo que ellas se observarán de otra manera, y de otra manera pasarán la noche ateridas de frío, preguntándose las unas a las otras qué habrá sido de aquel hombre que les daba de comer, de aquel perro que las protegía.

La prosa bucle


Después de leer Mañana y tarde nos habíamos quedado con ganas de formarnos una opinión algo más matizada sobre el Nobel Jon Fosse y recalamos en Melancolía, dos novelas que, puesto que sus protagonistas son parientes, se sirven en un solo libro. Melancolía I, a su vez, está compuesta por una novela de dimensiones convencionales, otra de las que solemos llamar corta y un relato de los que solemos llamar largo. Melancolía II es una novela breve. Los cuatro textos tienen que ver pero también se pueden tomar como piezas autónomas en la medida en que no necesitan de los otros para cobrar sentido ni los detalles que aportan modifican la interpretación de los demás.
La novela larga con que da comienzo el libro es la historia de un poeta loco de mediados del siglo XIX. Tiene miedo a no saber pintar, a que su maestro lo desprecie, y está enamorado, con un platonismo delirante, de la hija de su patrona. Como a Oblómov, el héroe de Iván Goncharov, le cuesta levantarse de la cama, vive preso de sus pensamientos en forma de bucle, todo se lo repite unas cuantas veces, la mayor parte de ellas literalmente, como si necesitara pisar de forma repetida en el mismo suelo antes de plantar el pie, antes de plantar el pensamiento. Su lectura me recordaba a aquel minimalismo repetitivo de los Maertens, Nyman o Gass que tan de moda estaba, todavía, a mediados de los 90, la época en la que Fosse escribió este libro. Se trataba de una constante repetición de frases con levísimas variaciones entre cada una de sus ejecuciones yuxtapuestas, y un regreso permanente a otras frases ya dichas sobre las que se vuelve a ensayar el periodo repetitivo. Así eran muchas piezas de estos músicos y así es, en este libro (en esta primera novela larga, sobre todo), la prosa de Jon Fosse. 

Esa forma de escribir está justificada porque la historia se cuenta en primera persona y el protagonista, el pintor Lars Hertervig, está loco perdido. Sus pocos paisajes mentales son el traje de color terciopelo lila con el que viajó de su pueblo noruego a Alemania para hacerse un gran pintor, pero también los celos que le inspira el tío de su amada Helene, al que se imagina sobándola con sonrisa babosa y que se aparece en la puerta de la habitación de Lars para decirle que se vaya, en escenas cuyos elementos decriptivos recuerdan a las del padre de Gregorio Samsa; pero sobre todo vive sumergido en la paranoia de que él, Lars, sí sabe pintar pero los otros, casi todos, no saben, a pesar de lo cual se mofan de él y lo sablean. La escena en la que Lars, por fin, «entre sus dos maletas», acude al café de los artistas y allí lo embroman y se ríen de él y le hacen círculo como en las pesadillas y lo engañan diciéndole que su amada Helene lo espera al fondo del café, es ya un grado de repetición que va de lo hipnótico a lo desesperante, que es lo que solía suceder con aquellos músicos minimalistas, pero en este caso con la obligación añadida de que todo sea invariablemente desolador. El recuerdo de Poe, que ya nos vino a visitar en Mañana y tarde, es aquí un constante ritornelo. La realidad más inmediata es para Lars también la más inasible, lo más persistente es lo más cruel. Lars debe salir de un laberinto mínimo que lo está mortificando, pero su manera simple y espiral de ver el mundo resulta convincente, es decir, no sería de extrañar que la mente de alguien abatido por la obsesión funcionara de esa forma tan ingenua y machacona, encadenada a las mismas percepciones entre reales y fantasmales.

La segunda parte, la novela corta, sucede cuando Lars ha sido ingresado en un sanatorio y quiere largarse de allí. Quiere volverse a poner su traje de artista y salir de aquel agujero kafkiano (otra vez) en el que la única obsesión del médico es que los pacientes quiten nieve a paladas como forzados y no se masturben. Todo lo que puede satisfacer alguna ilusión está prohibido, empezando por pintar, y un guardián convenientemente intimidatorio se ocupa de que nadie disfrute de un minuto de soledad. Lars se refugia en su amada Helene, con la que puede charlar con la misma verosimilitud con la que ve caer la nieve, y en darse un descarnado placer, con la misma obsesiva insistencia con la que no puede salir de sus repetitivos pensamientos.

Pero hay algo en Melancolía I que no sé si responderá al estilo de Fosse (ha escrito muchos libros) pero aquí decepciona un poco a un lector como el que suscribe, que por lo demás tampoco es muy aficionado a los finales campanudos: el dejar las cosas como están, sin resolver, como si cualquier mínimo retoque final estropease la armonía general, con esa voluntad, digamos, panorámica que busca más la impresión estática del conjunto que la evolución narrativa. Ocurre también en la novela corta que cierra esta primera parte y que apenas tiene que ver con las otras dos. A finales del siglo XX, un escritor de treinta y tantos años decide entrevistarse con un pastor de la iglesia noruega y lo que encuentra es a una pastora que encima está muy buena, lo invita a té y a vino, se ofrece a secarle la ropa y a que la visite cuando quiera, y el escritor, algo desconcertado por tanta amabilidad y por tan sugerente cuerpo, y también empapado por la lluvia, aterido de frío, decide largarse sin continuar la senda que él mismo ha trazado. Se supone que es el autor de la historia del pintor, y se supone también que la pastora noruega tiene algo que ver con la ideación de Helene, la muchacha que centra las obsesiones de Lars, pero todo queda sin hacer, no más que apuntado. El lector es conducido hasta un paisaje y, cuando llega al umbral, se le invita a que vuelva por donde ha venido. 

La otra novela corta, Melancolía II, es terrorífica, escatológica en el doble sentido de la palabra: habla del acabamiento de su protagonista, la vieja Oline, y de la inmunda vejez que la martiriza. Oline ya no controla la memoria ni los esfínteres, todo se le olvida y se caga y se mea en cualquier parte. En su cabeza entran y salen escenas de cuando era niña, las espantadas y cambios de humor de su hermano Lars (luego pintor, luego loco encerrado en un sanatorio), las salidas de tono de su padre, capaz de desmontar la casa familiar para llevársela a otra parte solo porque piensa que el vecino le ha tirado una piedra, o el mal rollo con la cuñada, Signe, que va a buscarla porque su marido, el hermano de Oline, está a punto de morir. Oline carga con la cruz de ir a por pescado pero no puede llegar a casa, antes tiene que detenerse en la letrina, los niños se mofan de ella, los gatos se le comen el pescado, solo un vecino se apiada de la pobre vieja y sale a pescarle una merluza, con la que asiste, sin darse cuenta, a la agonía de su hermano… Es difícil añadir ningún detalle que no sea más deprimente todavía. Esa sensación que ya tuvimos con Hamsun, esa obligación de lo morbosamente triste, en la historia de Oline llega a su máxima expresión. Seguramente Jon Fosse probó caminos algo menos desoladores en la larga trayectoria que lo llevó a lo más alto. Nosotros, de momento, ya hemos tenido bastante.


Jon Fosse, Melancolía, trad. Ana Sofía Pascual Pape, Random House, 2023 (1995, 1996), 375 p.

12.2.24

Verdor

Cuaderno de invierno, 54


Las colonias de berros en el agua fría, que no sé si son berros comestibles o indigesta berriza, y las lentejas de agua que pitean entre la corriente cristalina forman la primera pincelada de verde brillante que mancha el fondo ceniciento del invierno. Son al río lo mismo que la flor del almendro es al secano. En un avellanar que controlamos han salido las campanillas nivales, con su aspecto de mariposas mustias y mojadas, y de los avellanos cuelgan sus amentos como gusanos de seda. Pero no es tanto aviso de la primavera como flora de temporada. No han salido porque se adelante el tiempo bueno sino porque siempre salen a principios de febrero, una obviedad que tal y como están los tiempos casi es un alivio, por más que veamos también un hato de ovejas pastando entre jugosos herbazales y los campos ya labrados vayan verdeando con los primeros brotes. 

Pero esta otra irrupción del verde tiene algo de excesiva, como si a la paleta de tonos apagados le hubiera caído un bote de pintura fresca. La unión, el engrudo, lo que hace tonos tan distintos compatibles seguramente sea el agua, una transición cromática y conciliadora que, más que correr, parece temblar. El río sigue siendo música vistosa entre los campos dormidos. En los paisajes del norte, ese contraste lo hace el musgo entre las piedras, y tampoco los ribazos llegan a este extremo de blancura desteñida. Hay en ellos una vida más constante, solo son las hojas en el suelo o en los árboles las que marcan el paso del tiempo. Aquí hay también partes del río sin una sola mancha que se aparte de la grisalla invernal, donde el agua transparenta lechos negruzcos y los árboles se caen de viejos, nadie los aparta y cubren las orillas de madera muerta. Los troncos se erizan de astillas, paisajes inclementes donde no pueden siquiera posarse los pájaros y esperan tan solo la llegada de un ejército de hormigas que los vayan devorando mientras los cubre la yedra. No encuentro motivos, sin embargo, para identificar el invierno con la muerte ni con ninguna otra forma de final. Siempre pienso que es espera y es principio, un latido silencioso, vibración de lo inminente, y que esos troncos muertos no son más que síntomas de la vida entera. La vejez se parece más a un tórrido verano, no a un invierno colorido.

11.2.24

Cadiera

Cuaderno de invierno, 53


La cadiera, como se llamaba por aquí al banco con respaldo, tiene más de un siglo. Estuvo muchos años al amor de la lumbre, en ella se sentaban sus dueños a pasar las largas noches del invierno. Cuando ya era muy vieja sirvió de decorado para una película de amor, y después unos amigos la guardaron hasta que nosotros nos la trajimos. Aunque había sido tratada contra la quera, no podíamos meterla en casa porque tenía demasiados agujeros de carcoma, de modo que la instalamos al resguardo del sol, debajo del alero, pero en todo caso a la intemperie. Cada año le aplicamos un protector, pero no la barnizamos porque si quisiéramos lijarla no tardaríamos en destrozarla. Igual que un viejo enfermo pero con buena presencia, digno y envarado, por dentro está hecha migas. Con el tiempo se ha convertido en una especie de árbol. En invierno está sola, despojada, gris de viento, verdosa de musgo, pero luego, en primavera, sacamos macetas del invernadero y se llena de plantas y de flores. Las guirnaldas le caen por los brazos en los que antiguamente se apoyaban para dormitar los labradores, las hortensias florecen por delante de las muescas del tiempo y los tablones del respaldo, que poco a poco se van desencajando. Ya hace días que nos dimos cuenta de que estamos asistiendo a un final muy parecido al de un ser vivo. Sobrelleva bien los embates del frío y el peso de las plantas, pero ya no aguanta el peso de nadie. Lo que fue madera recia de la sierra, cepillada y ensamblada cuando se casaron los mozos del pueblo, quizás el primer mueble de un hogar humilde, es ahora un poyo frágil que no admite más clavos que los torcidos y herrumbrosos que ya tiene. 
Y cada primavera, cuando vamos a sacar las plantas, nos preguntamos si no estaría mejor con una mano de pintura, con esos tonos alegres con que se decoran los jardines, con esos barnices fuertes que sacan las vetas y acristalan la madera, y no este tono anémico y descolorido. Pero acabamos convencidos de que así es más elocuente, y además llega un momento en que uno sabe que aquella madera recia, por más inviernos que la degraden, se mantendrá en pie más tiempo que sus dueños, igual que sobrevivió a los jóvenes enamorados que la estrenaron y a los artistas apasionados que la retrataron.

10.2.24

Música

Cuaderno de invierno, 52


Sábado de lluvia. El viento zarandea las ramas de los álamos y empuja desde poniente más nubes cargadas de agua, entre claros por los que el sol penetra y brilla en las cortezas húmedas de los cerezos. Lleve a rachas, finas cortinas oblicuas que se detienen cuando arrecia el viento y vuelven a caer, mansas, flotantes, cuando una nube gris ocupa el cielo. Luego, si para un poco, saldremos a podar algún manzano, pero ahora escucho en la radio La hora de Bach, el último programa nuevo que se emite en Radio Clásica, porque se jubila su presentador, Sergio Pagán, experto en música antigua y en amenizarnos muchos sábados de invierno con esa música superior a cualquier apasionada melodía, a cualquier amanerado romanticismo, a cualquier pedante oscuridad. Disfrutábamos de su música como disfruto de la extrema nitidez de la mañana, de las últimas ramas finas de los chopos por delante del cielo cambiante, ramillas como notas distinguibles, armónicas, conjuntas y variadas. Hay una música para cada época de la vida, pero también hay un Bach para cada estación del año, y todas vibran más allá de lo excesivamente humano. Igual que estas ramas que danzan elegantes han sido las mismas y han cambiado, han permanecido en su eterno ser distintas, la música de Bach me hipnotiza como un mismo paisaje que siempre tuviera un rasgo diferente, en el que no hubiera construcciones que lo fijaran en el tiempo. Los pasajes briosos no son eufóricos, ni los lentos melancólicos. Como la buena poesía, esta música y este paisaje suenan más allá de las penas y las alegrías, elevan el espíritu a una región del espacio que está limpia de miserias emotivas, pero al mismo tiempo las contiene todas, o al menos lo más puro de todas ellas. El invierno es un ejercicio de despojamiento, queda patente la esencia de las cosas y brilla la inminencia de lo que ha de venir. Las ramas están desnudas pero están vivas, anuncian una frondosidad que ocultará su lado sustantivo y permanente. Así es esta música, notas desnudas que no se emboscan ni se disfrazan, que bailan serenas en la claridad del día. Otros vendrán que las compliquen y las llenen de tormentas y de inundaciones. Otros las harán crujir, lucharán por extirparlas de sí mismas. Hoy no. Hoy el paisaje queda limpio y sinuoso, delicado y profundo como una suite de Johan Sebastian Bach.

9.2.24

Chopera

Cuaderno de invierno, 51


Paseo entre choperas por el río. Junto a los maizales, son los dos tipos de plantaciones que en los últimos años se han apoderado de la vega. No sé ahora, pero antes creo que había que pagar un canon al vecino porque los chopos desecaban los huertos de alrededor. Y no son como los chopos cabeceros, troncos viejos de los que se van podando velas para usarlas como vigas en las techumbres, ni esos otros que crecen a su aire junto al río y cada año un rayo les parte alguna rama gruesa, o se van secando poco a poco y el tronco se descorteza y el sol los tiñe de blanco y de gris. Estas otras choperas son románticas y artificiales, paisajes de duelo que nunca crecerían de ese modo por sí solas. En verano son más propias de meriendas en pandilla, pero ahora no me extrañaría nada que apareciera un tipo con levita y botas altas, cabizbajo, envuelto en un aura de desolación, o una ninfa pálida corriera con sus velos flotantes como en una película de serie B. La rectitud equidistante forma perspectivas góticas y especulares, aquí uno no se pierde entre la maleza sino entre lo exactamente igual, como en un mal sueño.
A estos chopos, no obstante, ya debe de faltarles poco. Duran lo mismo que una generación de humanos, quince años. Por ahí andarán, a punto de que los talen y hagan con ellos culos de banasta para la fruta. Más adelante hay otra pieza donde los cortaron el año pasado pero aún no han plantado chopos nuevos, y de los tocones salen arbustos como escobas. Quizá los dejen descansar un año, antes de rociarlos con gasoil y pegarles fuego, o con lo que quiera que suelan eliminar las zocas antes de plantar álamos nuevos. Supongo que el dueño pensará lo mismo que el dueño de un perro cuando se le muere, si merece la pena traer otro cachorro, si vivirá otros quince años para cuidar de él, si llegará a ver los chopos nuevos tan altos como estos, y a talarlos, y a sacar por ellos un dinero. Igual estos chopos ya están pasados, es posible que a su dueño no le diera tiempo y se muriese antes de que se acabaran de hacer. No siempre coinciden las épocas en la naturaleza. Quizá por eso la imagen que me sugieren es así de fantasmal.

8.2.24

Ajo

Cuaderno de invierno, 50


Incluso en el reino de la parsimonia vienen días de ajetreo. Mañana no solo termina la luna menguante sino que se anuncian lluvias, lo que significa que hay que apurar la faena y antes de que acabe la jornada tener los ajos plantados. Pensaba, una vez volteada la tierra y deshechos los grumos, seguir los consejos de Varrón y, después de extender por encima una capa de fiemo, cavarla nuevamente de través y finalmente trazar los surcos en línea con el mediodía. Pero todo se ha precipitado tanto que estas dos últimas labores se reducen a una sola, y conforme voy echando el estiércol de caballo, ya tratado, sin pajas ni moscas, voy también trazando el caballón, al que le queda un lomo de piel de licaón que más tarde igualarán las lluvias. Marché rapidamente a la fábrica de piensos donde me suelo surtir, y traje algunos sacos de compost equino, no porque sea el mejor para el huerto (lo más probable es que haya que ir suplementándolo más adelante, si es posible con estiércol de conejo), sino porque así persisto en mi afición a los caballos de labor. A los ajos les da lo mismo, y, como se suele decir, si no salen ajos saldrán ajas, cabezas de un solo diente. Son todos ritos aproximadamente inútiles, lecturas destiladas, rituales de fantasía, ejercicios benedictinos que nos eviten mirar a los ojos al mundo («inclinatio sit semper capite, defixis in terram aspectibus», con la cabeza siempre baja, los ojos fijos en la tierra) y nos sirvan para contentarnos con los límites de nuestro huerto, «ut non sit necessitas monachis vagandi foris, quia omnino non expedit animabus eorum», para que los monjes no tengan necesidad de ir vagando por ahí afuera, que de ningún modo conviene a sus almas. Y escucharemos mañana la lluvia desde nuestra celda, y veremos, asomados al portal del refectorio, cómo los caballones van perdiendo el apresto y se mojan y se ondulan, y sentiremos penetrar el agua y humedecer el diente de ajo, y de paso nuestros corazones. El mozo que me vendió el estiércol sonreía cómplice al cargar los sacos en la furgoneta. «Qué, ¿a empezar con el huertecico?». «Sí, sí…». Cómo explicarle la profundidad espiritual de mi labor, las urgencias astronómicas que necesito para persistir en la quietud, la paz que sentiré al subir del huerto y sentarme a leer las Florecillas de San Francisco.

7.2.24

Horca

Cuaderno de invierno, 49


Ya se acaba el menguante y quiero terminar el trozo donde plantar ajos tardíos. Falta poco, un par de hábitos de franciscano extendidos en el suelo, y lo hago con la horca de labrar, de recia dentadura. Este otoño preparé la tierra con el palanquín, pero vinieron los fríos, la noche y la galbana, y lo dejé todo a mitad. Ahora he descubierto que la horca exige menos esfuerzo y hace la misma labor, si bien no rompe después los terrones con la misma eficacia y hay que doblar el espinazo para deshacerlos con las manos.
De todas formas me sigo resistiendo a usar mula mecánica. Ayer mismo el vecino labró una pieza grande, le pasó el rotovátor y la dejó fina y mullida, lista para plantar. Yo ahora terminaré la sección de los ajos, pero me queda hasta mayo para ir labrando lentamente lo que queda del huerto. Es esta lentitud, la misma que me debería empujar a traer un motocultor, la que me llama la atención y me aficiona. Estoy aquí para vivir en otra dimensión del tiempo: cuando faltan pocos días para que algo tenga que estar hecho, y no hay ninguna otra labor urgente, no siento la necesidad de terminarlo cuanto antes, al contrario, distribuyo la faena para que coincida el tiempo del trabajo y el tiempo de la espera. Cuando he terminado, recojo el hábito y me subo a leer textos sagrados o me siento a contemplar el panorama. Desde luego que con este sistema es imposible que nada sea productivo, pero no hemos venido a este lado del mundo a producir nada. La vida ya nos exprimió bastante y el retiro es eso, un apartarse del sistema de producción, un desenajenarse. Pero también veo al labrador mudéjar que alquiló el bancal de abajo, un hombre joven que sí quiere rentabilizar el huerto y no mide la faena con hábitos contemplativos. En una tarde hace más que yo en un mes, y da gusto verlo trabajar, afanándose por llegar al final de la hilera con los planteros tempranos y cubriéndolos después con plásticos negros para que no los quemen las heladas. Su tiempo es otro. Combate el invierno, engaña al frío, exprime la tierra como él en su plenitud se exprime a sí mismo. La tierra está para cultivarla y la fuerza para gastarla, parece pensar, no para quedarse en casa y mirarla por la ventana.

6.2.24

Gato

Cuaderno de invierno, 48


Los gatos campan a sus anchas, siempre a prudente distancia. Cuando llegaron los mastines, más de uno que solía dormir por aquí pagó la confianza con la vida, pero luego siempre se mantuvieron fuera de su alcance, a veces más allá de la valla, sentados tranquilamente, observando cómo Galán y Morena los miran y se desgañitan, pero otras veces se pasean incluso por dentro del jardín, cuando saben que los perros están tirados debajo del nogal o se han metido a dormir en el invernadero. Entonces escogen un recodo, una silla vieja, unas hojas secas, y allí se quedan, o deambulan por el cuello de la acequia, a donde los mastines no pueden acceder, e incluso han llegado allí a criar. Una vez escuchamos un gatillo que maullaba en el aljibe vacío del vecino. Nos asomamos y allí estaba, recién nacido, lleno de tarquín y sin posibilidades ni de salir él del aljibe ni de que la madre fuese a recogerlo. Nos las arreglamos para meterlo en un cubo atado al extremo de un varal y lo sacamos de allí, lo limpiamos, lo secamos y lo dejamos donde calculamos que la madre lo había perdido, que no tardó en volver muy sigilosa para llevárselo con las otras crías. Era un gato blanco con la punta del rabo de color canela. A él o a alguno de sus hermanos lo seguimos viendo por el jardín con cierta frecuencia, como si supiese que aquí no pasan cosas malas, pero también consciente de cómo hay que guardarse de los perros, a qué horas se puede pasar por delante de la casa sin alarmarlos y a qué distancia tiene que estar la valla para subirse si vienen mal dadas. A veces me lo encuentro y le digo algo, pero él no se escosca. Morena es lenta y tampoco lo agarraría, pero Galán tiene unas arrancadas de velocista y en un descuido podría engancharlo. No lo creo. A veces los oigo ladrar desaforados y me asomo y no solo está ese gato sino algún otro colega más, lamiéndose despreocupadamente, o mirando a los mastines con esa mezcla de atención y poco miedo con que los gatos cuidan de sí mismos. Poco a poco van haciéndose con su terreno y sus horarios. Llegará el día en que los mastines ya los den por imposibles. Aún hemos de verlos juntos cuando sean viejos, tomando el sol.

5.2.24

Maraña

Cuaderno de invierno, 47


Pronto habrá que coger la tijera y descargar de ramas el paisaje. Me gusta la maraña de las ramas viejas y las nuevas, las que verdean de musgo y las que palidecen porque puede que estén secas. Se juntan las vivas y las muertas, sobre todo en la mañana gris, bajo el cielo plomizo, con veladuras de niebla que asciende del río y jirones de humo de alguna chimenea. Durarán hasta finales de febrero, incluso más, las quemas de rastrojos y la espesa humareda que cubre el valle, e irá desapareciendo el tupido ramaje, tan denso como cuando está lleno de hojas, y al mismo tiempo tan descarnado, porque la hojarasca del suelo ya se va pudriendo y quedan al aire las ramas que habría que cortar. Es ahora cuando más desnudo está el invierno, más patentes sus vedijas, más elocuente su exceso, sobre todo en los frutales que no podamos el año pasado y ya se han estirado hasta más arriba de lo que da la escalera para recoger sus frutos. Vienen días de salvaje domesticación, de poda sin contemplaciones. Se terminó el mirar el frío al abrigo del hogar. Toca sacar el fuego, pelearse contra lo que no estorbaba. Pero la misma naturaleza de los frutales hace que si se dejan varios años no se desparramen como las nogueras viejas sino que se enreden en un ovillo de ramúnculos que, como los arces, acaban asfixiándose los unos a los otros, sobre todo si ya se han podado alguna vez. Es lo que nos pasó con un chupón de cerezo nacido del tronco que cortamos de uno viejo. Está entre dos cerezos grandes, de más de quince metros cada uno, y queríamos dejarlo que se hiciera como ellos pero un año lo podamos y las ramas crecen todas paralelas, no se abre por sí mismo, no deja que el aire lo atraviese, así que mejor lo reducimos a un cerezo de cultivo en el que no haya que instalar dos pisos de andamios para llegar a las ramas más altas, un arbolito entre gigantes, una planta doméstica entre ancianos libres. 
Pierdo la mirada en esta celosía de grises, esta empalizada sin hojas en la que también me oculto de los paseantes de la vega. Mantenerla sana implica descubrirse, abrirse al valle. Pero pienso que persistir en la maraña quizá no sea tan perjudicial para los árboles, ni para una cierta sensación de austeridad.

4.2.24

Fuego

Cuaderno de invierno, 46


El anticiclón convoca al fuego. En estas mañanas limpias y sin nubes, la vega se llena de fogatas cuyo humo denso asciende en columnas verticales que se acaban disipando sin viento que las empuje. Las hogueras se multiplican a medida que avanza febrero y se acerca la fecha límite para la quema de rastrojos, que empezó en octubre, y son aún más frecuentes los fines de semana, cuando se mezclan los fogones con el humo de rastrojera, flojo como el brío de los viejos, según dice Virgilio.
Yo había rastrillado el huerto y amontoné los tallos secos de los pimientos y de los tomates, las madejas quebradizas de las judías, las pieles de culebra que dejaron los pepinos, los tallos pálidos de los calabacines y los todavía verdes de las plantas de tabaco, que ponemos para espantar los bichos. Las dejé unos días para que se acabase todo de secar y por encima echaba hojas y yerbas que arranco antes de cavar el huerto. Hoy les hemos pegado fuego. Ardían como la yesca, la primera flamarada envolvió el montón entero. Los tallos secos crepitaban con las llamas y soltaban un humo amarillento, en cuestión de segundos los reducían a cenizas azuladas, sin perder su volumen, como si les costara más caer derrumbadas que abrasarse. Las llamas fascinan y atemorizan, a la primera chispa el incendio se hace incontrolable. A Galán no le gustan un pelo estos rituales y enseguida se mete en el invernadero, aunque luego, cuando quemamos hojas y restos de poda en un bidón de chapa, se tumba junto a nosotros, como si supiera que allí no hay riesgo de que se extienda. Pero en el bidón apenas asoma la llama, tan solo una espesa columna de humo, de la humedad que queda en las hojas, hasta que el fuego las seca y solo se ve por encima un temblor transparente. El montón del huerto lo contemplamos con la manguera en la mano, por más que hayamos mojado bien el suelo alrededor de la fogata y sepamos que en cuestión de segundos quedará reducido a unas briznas que vienen bien para mezclarlas con la tierra. Fugaz y poderoso, instantáneo y devastador, el fuego nos encandila mientras borra las señales de decrepitud. Desaparece la broza y no queda un recuerdo sino un principio. Aún aguanta unos minutos un hilo de humo, no más grueso que el de un cigarrillo.

3.2.24

Escarcha

Cuaderno de invierno, 45


Mientras suena en la radio la primera pieza de Sicut luna perfecta, el programa de canto gregoriano que escucho los sábados a primera hora de la mañana, me abrigo bien y salgo a saludar a los mastines y a ver cómo empieza a fundirse la escarcha con los primeros rayos de sol. Me asomo al ribazo que ayer quemó el vecino, hielo encima de ceniza, dos formas opuestas de blanco y negro, el blanco estrellado de la rosada y el negro de las briznas que el fuego dejó vivas pero se han helado, y el blanco de la ceniza polvorienta sobre el negro de los rastrojos que no se terminaron de quemar. No estuve ayer mientras ardían, esa inquietud que nos ahorramos, pero la paloma que ha caído seguro que termina de enfriar cualquier rescoldo que quedara oculto entre los yerbajos.
Dentro del jardín, ya en terreno sin calcinar, las hojas de las zarzas, moradas de frío, tienen una pátina blanca que márca más los bordes y las nervaduras. Las últimas hojas secas de los perales y de los cerezos se retuercen en el suelo, de un ocre gris, casi puede oírselas crujir, frágiles y acartonadas, antes de que el sol las debilite y las pudra más deprisa en las horas de calor. Las varas que cortamos de los arces amanecen cubiertas de pelusa fría, su verde tiene un punto más pálido que ayer, más amarillento, y algún brote temprano entre los nudos, como una cría que asoma, se ha encapsulado en una gota de hielo. 

Pero nada más salir el sol me acerco hasta un rosal de los de antes, esos que dan rosas prietas perfumadas, rosas de pueblo que cada año replantamos con esquejes nuevos. La escarcha se ha posado también sobre las hojas y parte de ellas, a veces una mitad más expuesta a la umbría, a veces los bordes dentados, se han teñido de un morado brillante, como sangre medio seca, y las surcan delicados nervios amarillos como líneas de caligrafía oriental. Pronto el sol derrite las estrellas diminutas y resplandece un verde intenso que no se perderá en lo que queda de invierno, hasta que empiecen a darnos las primeras flores de un rosa fuerte, fucsia casi. El hielo derretido, agua transparente, da más lustre a las láminas entre los nervios, como si les lavasen la cara y las dejasen listas para pasar el día.

2.2.24

Ciencias borrascosas


Durante la lectura de Un verdor terrible me he acordado de un libro que Seix Barral publicó suntuosamente a finales del siglo pasado, Caos, de James Gleick, un ensayo divulgativo sobre lo que entonces ya se llamaba el efecto mariposa, desde la teoría de las catástrofes de Thom a los fractales de Mandelbrot, desde las constantes de Feigenbaum a las estructuras disipativas de Prigogine. El ensayo era muy claro —dentro de lo posible— y lo bastante entretenido como para extraer una porción de anécdotas que luego venían muy bien para lubricar las clases: bastaba nombrar el azar y recurrir a Borges para definirlo como un orden desconocido y las historias de científicos visionarios venían por sí solas.
Un verdor terrible nace del mismo patrón, y hasta bien avanzada su lectura uno no termina de entender por qué Anagrama lo ha publicado en su colección de novela y no en la de ensayo. Pero pasa con este libro como con alguna de las teorías sobre las que fabula, que no se sabe hasta qué punto es una cosa o la otra, ensayo o novela, ciencia o ficción. Cada capítulo repasa un episodio de la ciencia contemporánea protagonizado por científicos extravagantes. Labatut utiliza el género de el profesor chiflado y aplica a los problemas de la mecánica cuántica la prosa de Cumbres borrascosas. El resultado es un libro sobre los límites del conocimiento, y sobre aquellos cráneos privilegiados que se pasean por las riberas de la laguna Estigia, a ver si las ondas negras los inspiran. Por aquí desfilan alquimistas como Scheele, que para crear el más hermoso azul tuvo que sintetizar el veneno más mortífero creado hasta entonces, el cianuro; o Fritz Haber, que además de extraer suficiente nitrógeno para abonar una explosión demográfica, descubrió el Zyklon, al que los nazis, tan adictos a los venenos, dieron luego un uso muy particular. 

Labatut, con indesmayable brío, nos habla de las primeras intuiciones del matemático Schwarzschild sobre lo que tiempo después llamaríamos los agujeros negros, que ya entonces fascinaron a colegas como Einstein, o de la vida errante del matemático Grothendieck y su lejano discípulo Mochizuki, seres condenados a la inadaptación por el sobrehumano peso de su inteligencia, capaces de bajar a los infiernos de la percepción y del sufrimiento como aquel que baja a la bodega a por una botella de tinto, de retirarse del mundo para explicarlo, de negar la realidad para describirla, tan dotados para una sabiduría sobrenatural como ingenuos y hasta torpes en su análisis de las más simples y desustanciadas circunstancias cotidianas. Vivían presos de su propia luz, destilaban la esencia del universo, y se volvían majaras perdidos.

La mayor parte del libro, en realidad una historia que podría haberse contado de forma independiente, es la que se refiere a la pendencia científica que mantuvieron Schrödinger, el del gato improbable, y Heisenberg, el del principio de incertidumbre. Los dos destrozaron sus vidas en pos de una certeza incomprensible, la mecánica cuántica. Los dos llegaron al mismo terreno cenagoso creyendo que habitaban esferas incompatibles. Los dos sufrieron la incomprensión, el engaño y la enfermedad, el delirio y el dolor, la obsesión y la locura. Schrödinger se pasó de rosca en un sanatorio para tuberculosos, obsesionado con una niña como imaginada por Tim Burton y carcomido por la fiebre y la tos, de donde, sin embargo, salió con la fuerza suficiente para formular una ecuación cuya principal incógnita, la función de onda, sigue sin entender nadie, pero todo el mundo acepta como definitiva. Heisenberg, por su parte, tuvo que huir del mundo para que no lo matase su hipersensibilidad, a una isla que tiempo después serviría para explotar la munición que le había sobrado a Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial. En ese mismo grado de inflamación estaba su cuerpo cuando llegó a la isla y su mente cuando, entre obsesiones insoportables y delirios pestilentes, empezó a vislumbrar sus complicadas teorías sobre mecánica cuántica, las que nos vienen a convencer de que las cosas solo son de algún modo cuando se las mide, cuando se las toca, cuando se las detiene. Su mente, revolucionada por una inteligencia enfermiza, era un canto a la lucidez y a la locura, las dos al mismo tiempo y en la misma caja, como el gato.

La lectura se hace apasionante porque Labatut no se enrolla con las cuestiones puramente científicas, que expone de la manera más simple y poética, pero sí con las circunstancias de genialidad insoportable con que fueron concebidas. No hay un solo personaje que no sea un enfermo mental, o más bien un elegido para enseñar el camino por el que los otros habitantes de la tierra no serían capaces de orientarse, ni siquiera de adivinarlo. Los símbolos de la niebla y de la oscuridad son el pan de cada página, las situaciones de angustia y alucinación, una fórmula constante. Si alguien se imagina que un físico teórico es un señor de traje y corbata que hace números con un lapicero de ocho a tres y luego se va a su casa y lee el periódico en un sillón pequeño junto a su esposa, está muy equivocado. En este libro todos gritan y se tiran de los pelos, todos se hunden en sus propias paranoias y emergen como un Neptuno que hubiera sacado del fondo del mar la piedra filosofal. 

Es lo que se llama una escritura romántica, imagino que tan lejana de la realidad como cercana a los fenómenos que describe. Igual que no sabemos si el gato está vivo o muerto, tampoco sabemos dónde acaba la wikipedia y empieza la fabulación, hasta dónde llega la ciencia y deja paso al cuento gótico moderno. Los pesticidas, las nuevas dimensiones o la imposibilidad de una certeza son lo bastante terroríficos como para prestarse a esta literatura de rostos cadavéricos con ojos sanguinolentos. Solo al final del libro declara su autor que «esta es una obra de ficción basada en hechos reales», y agrega una ristra de libros que el lector puntilloso puede leer para deslindar los hechos de la fantasía. No merece la pena: definitivamente, el libro es más propio de la sección de novela que de la de ensayo, y como tal supongo que hay que disfrutarlo. Los alumnos fliparían.


Benjamín Labatut, Un verdor terrible, Anagrama, 2023 (=2020), 217 p.

Vara

Cuaderno de invierno, 44


Junto a las varas recién cortadas, de un gris azulado y madera clara, humeda de savia, están las que corté el año pasado y sirvieron de rodrigones para los tomates y las judías. Las fui arrancando para preparar la tierra (se acerca el menguante de febrero) y las dejé al pie de la valla de madreselva. Las varas frescas están separadas por tamaños, unas, las más largas, para las judías, las medianas para los tomates y las más cortas para los frambuesos y los groselleros, y también para ir armando los tutores a media altura y en la parte superior. Todas ocuparán su discreto lugar hasta que hagan falta, pero antes tengo que cortar las varas viejas en palitroques de un par de palmos de largo para encender la chimenea. Los vamos cortando, los metemos en los sacos vacíos de pienso de los mastines y los dejamos abiertos a la intemperie, a que sigan secándose unos meses más, hasta que se empiecen a pudrir. Entre las varas viejas y las nuevas quedan los arces desmochados, el tronco más robusto cada año, pero ni siquiera los muñones de tres o cuatro ramas para que la sombra se extienda paralela al suelo. Interesan más las ramas verticales, las que nacen del tronco mismo, o del principio de un ramón cortado, porque luego se hacen más rectas, más gruesas y más duras. 
Cuando termino la escabechina, cubierto de serrín blanco, nevado de madera fresca, me bajo de la escalera y contemplo la copa repelada. Leo en un libro muy romántico de Benjamín Labatut que Fritz Haber, descubridor de pesticidas y fertilizantes, al final de su vida no lamentaba haber patentado el Zyklon, que luego aprovecharían los nazis, sino haber conseguido, con sus extracciones de nitrógeno y reducciones de amoniaco, que las plantas se alimentaran sin control, y fue consciente de que, si la humanidad no las mantuviese a raya, inundarían el planeta entero hasta asfixiarlo. Estos arces míos no contribuirán a ese verdor terrible, desde luego, pero sí es cierto que cuando deje de podarlos cada año se desparramarán como árboles disformes, su ramaje crecerá desproporcionado, no como un río con sus meandros sino como un erizo de púas monstruosas, las ramas finas se ovillarán y él mismo acabará estrangulado antes de hora. Su pervivencia depende del cultivo, de negarle un desarrollo natural para que sea útil. Con las personas pasa lo mismo.

1.2.24

Cabra

Cuaderno de invierno, 43


Cuando bajamos a pasear al río vemos las cabras del vecino, cada vez menos, ahora solo tres, cuyo dueño espera a que paran para quitárselas. «Son muy esclavas», dice con resignación, aunque luego añade que si no tuviera los ochenta años que tiene seguiría viniendo desde su casa cada día en bicicleta, aunque estuvieran cayendo chuzos de punta. Pero ya quitó el macho, se conoce que cuando se aseguró de que las hembras estaban preñadas, y vendió o sacrificó (no quiero saberlo) la última camada de cabritillos. Estos días veíamos trancada la puerta del cobertizo y pensábamos que ya se había deshecho de ellas, pero luego las veíamos triscar entre los rastrojos y alguna calabaza mordisqueada en la corraleta donde salen a tomar el sol. Cuando pasamos les decimos algo y ellas nos miran con sus pupilas rectangulares, inmóviles, como esperando que les echemos un troncho de berza o un manojo de alfalfa. Las miro y retiro la vista pronto, como si no quisiera encariñarme con ellas, lo mismo que me pasa con los chotos cuando el dueño, muy ufano, nos dice que ya están a punto para el cuchillo. 
    Son restos de un animalismo nietzscheano. El otro día caminábamos hacia el cruce con San Blas y nos encontramos con el rebaño de la masada de Artigot, que estaba repelando las mazorcas de un maizal recién segado. Pasamos junto a ellas y saludamos desde lejos al pastor. A la vuelta, el ganado ya había subido por la cuesta y el pastor lo estaba metiendo en la paridera, pero un poco más adelante, orilla del camino, vimos una cabra que se había enredado en una valla. Balaba desesperada y los cuernos le impedían liberarse de los alambres. Mi primera intención fue liberarla, pero, como no sé nada de cabras, supuse que se asustaría y saldría pitando y se perdería, de modo que intenté avisar al pastor, gritando, braceando, a ver si me veía desde arriba. Incluso le dijimos a un vecino que subía con el coche por el camino de la masía que le avisara de que se le había perdido una cabra. Nos dijo que sí, que además lo conocía, y perdimos cuidado. Al día siguiente nos lo encontramos, y aparte de decirnos que estaba sordo, nos explicó que había echado en falta a la cabra porque había un cabrito desparejado, pero que poco después había vuelto ella sola…
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