7. Dos prólogos para un epílogo
Termino la lectura de los Cuentos completos de Aldecoa volviendo al propósito inicial, comparar la selección que preparó en 1977 Josefina Rodríguez Aldecoa con aquellos que más me han gustado, aparte de leer la introducción que escribió entonces para aquella antología de Cátedra y la de 1998 para la edición de todos sus cuentos en Alfaguara, a cuál más interesante.
J. R. Aldecoa seleccionó catorce cuentos, de los que siete figuran también en la lista de veinte que me salió a mí. Coincidimos en Chico de Madrid, Los bienaventurados, Aldecoa se burla, Young Sánchez, Patio de armas, Fuera de juego y Un corazón humilde y fatigado; y no coincidimos en Entre el cielo y el mar, La urraca cruza la carretera, Seguir de pobres, Los bisoñés de don Ramón, Los pozos, La despedida y Ave del paraíso. Cuando uno lee esos dos prólogos, sobre todo el hermosísimo estudio de 1995, entiende por qué los incluyó la autora, no solo por apegos biográficos o porque ilustren facetas y etapas artísticas, sino porque están leídos con la sensibilidad de un personal y perfectamente razonable sentido de la perfección.
Del primer prólogo del 77, el más breve, compuesto por un esbozo biográfico, las razones de la selección, extractos de declaraciones del propio Aldecoa y de críticos que hablaron de su obra, ya nos quedamos con varios aspectos que explican lo que en una lectura fría no pasaba de intuición: su recurrente mirada a la adolescencia vitoriana, con cuentos como ‘Aldecoa se burla’ o ‘Patio de armas’, su viaje a Nueva York en el 58 y su contacto directo con el grupo de Jack Kerouac, su atracción por una Ibiza previa al desembarco melenudo, todavía con aldeanas de luto y aventureros beatnik, su fascinación por los deportes «violentos y trágicos», como el boxeo y los toros, asunto este último del que proyectaba una novela, o su amor por la libertad, la justicia y la dignidad cuya coherencia le hacía evitar cualquier encasillamiento político. En Aldecoa, en efecto, encontramos toda la solidaridad del mundo y ni una sola frase panfletaria. Este modo de ser lo matiza Josefina Aldecoa con estas palabras admirables:
Por qué nuestra generación se ha visto tan cargada de responsabilidades, de perplejidades. Por qué nuestra ruptura con el mundo de nuestros atemorizados padres no fue agresiva ni alborotada, sino seria, triste, consciente. Por qué nuestros padres nos daban lástima, nos inspiraban ternura, casi deseábamos protegerles. Vivían asustados y querían mantener tan a la fuerza el viejo mito del porvenir seguro… Nosotros veíamos que no podía ser, éramos libres de previsiones y futuros, pero también desengañados antes de empezar. Creo que en la literatura de este grupo se refleja ese desaliento y esa ternura. Se ha hablado de realismo, de literatura social, de literatura pesimista, dura y fea. Así era lo que veíamos y vivíamos desde la infancia. Pero lo contemplábamos con amor. No teníamos odio. No pedíamos cuentas a nadie, padres, hermanos mayores. Lo aceptábamos todo, resignadamente. Muchas veces se ha hablado de literatura resignada para definir a los novelistas de esta generación. Puede ser. Hay mucho valor y mucha sabiduría y mucha humanidad en la resignación.
Lo cito por extenso porque me parece un alegato inmejorable contra quienes miraban por encima del hombro eso del realismo social y también contra quienes usaron la coartada del pronunciamiento para disfrazar sus carencias artísticas. Se luchaba por un lado contra la censura y por el otro contra la literatura de carné. Aldecoa, Ferlosio, Fernández Santos o los pintores de la Escuela de Madrid representan esa hermosa y difícil resignación. Para la autora, «la posguerra ha machacado, ha triturado la capacidad de lucha, ha hundido al pueblo español en la desesperación y en la impotencia», al menos hasta que en los años 60 empezase a brillar un tibio sol. Por el túnel de los años 50 Ignacio Aldecoa transitó (con salidas a la refrescante superficie neoyorquina y a las relajantes playas ibicencas) con tres valores que Josefina le adjudica al espléndido relato Chico de Madrid: «el amor al ser humano, la ternura por su frágil destino y la belleza del idioma».
En cuanto a la clasificación por temas, poco hay que objetar a la que propone J. R. A.: el trabajo, la guerra, la burguesía, los condenados, los viejos y los niños, los seres libres; salvo, en todo caso, que tanto los condenados como los seres libres son una denominación lo bastante ambigua como para que puedan adscribirse a ella muchos otros cuentos. En su muy celebrada edición de los cuentos completos, Alicia Bleiberg establecía estas otras ocho categorías temáticas: los oficios duros, la clase media, los bajos fondo, el éxodo rural, las vidas extrañas, los niños y la guerra, la aventura y los ambientes marinos. Pero aquí también resulta demasiado elástico hablar de vidas extrañas (se refiere a inadaptados o incomprendidos) y tampoco se tiene en cuenta la evolución tanto de los temas como del modo de abordarlos. La —insisto— bellísima introducción de Josefina del año 95 se ajusta más a esa evolución: los personajes libérrimos y pintorescos, la aventura y el viaje, el mar, los inadaptados, la guerra, los trabajadores, los perdedores, los humillados y ofendidos (rama barojiana, añado yo), la burguesía gazmoña y vencedora, el mundo de las tabernas, la emigración, el chabolismo, más ese mundo beat que sedujo a Ignacio desde que lo conoció.
De las palabras de Aldecoa sobre sí mismo, destaco aquí dos aspectos que me siguen pareciendo igual de importantes para entender la escritura de cualquier época. El primero es el catón del novelista:
Ser escritor es, antes que nada, una actitud en el mundo. Yo he visto y veo continuamente cómo es la pobre gente de toda España. No adopto una actitud sentimental ni tendenciosa. Lo que me mueve es, sobre todo, el convencimiento de que hay una realidad, cruda y tierna a la vez, que esta casi inédita en nuestra novela.
En fin, dejemos eso, que me pongo enfermo. El otro asunto tiene que ver con su definición del estilo: «Un anhelo de precisión verbal». Habría que hacer aquí un matiz que es el único que no veo reflejado ni en los dos prólogos ni, dentro y fuera de ellos, en la crítica que he podido leer sobre Aldecoa. Esa precisión no es la misma al principio que al final, ni tampoco lo que la niega y la enriquece: la poesía. Aldecoa, ya lo vimos, pasa de un lenguaje nacido del esperpento a la ternura impresionista, y luego de un idioma terso y afilado a un cierto alambicamiento entre poético y filosófico. En los cuatro casos es preciso, desde luego; en todos deslumbra la exactitud de lo que dice, pero no es el mismo el lenguaje de esas descripciones con las que suele arrancar los relatos que el oído fino que aplica a los diálogos cuando los personajes están más lejos de él. Y esto, que ya hemos comentado que es la clave para entender El Jarama, obra de la misma manera en la parte central de la obra de Aldecoa, que todavía juega a la alternancia y brillante oposición entre lengua oral y lengua poética, entre el escribo como hablo (y como se habla) y el escribo para ser leído (mejor incluso que escuchado). La historia de esas dos actitudes, que tan bien conviven en Aldecoa, era y es la de cómo afrontar el lenguaje novelesco.
El otro prólogo de Josefina R. Aldecoa, el de los Cuentos completos, es, ya digo, una pieza maestra, y me alegro de haberlo leído después de los relatos porque no habría podido ni querido evitar que mediatizara mis impresiones. Habría sido inútil intentarlo. Varias décadas después del fallecimiento de su marido, ese prólogo está escrito desde la emoción, como un ejercicio de reivindicación del escritor pero también del amor que los unía. En él, discretamente, sin nombrarlos, Josefina pone en su sitio a quienes le reprochaban un «exceso de virtuosismo», por citar la célebre sentencia de Max Aub, y por eso ella declara que Ignacio «detestaba la solemnidad, rechazaba la pedantería y le gustaba pasar levemente sobre los asuntos graves», y ese virtuosismo no era más que contar historias «del modo más eficaz y con el lenguaje más bello y expresivo». Esa eficacia se modula con registros, y por eso, con independencia de su evolución estilística, no es lo mismo el solanesco ‘Caballo de pica’ que el neorrealista ‘Young Sánchez’, ni tampoco el exquisito ‘Ave del paraíso’ que el delicadísimo ‘Un corazón humilde y fatigado’. Como decía un gran narrador de la generación anterior, Torrente Ballester, a cada historia le corresponde su modo de ser contada, y en ello radica también el verdadero virtuosismo de Aldecoa, más allá de una verbosidad que en ocasiones (y eso también es cierto) hace que, como decía Ortega de Gabriel Miró, haya que leerlo con la mano en visera, para que el fulgor de su estilo no nos deslumbre y podamos ver con claridad lo que nos está contando.
Para Josefina, el principal tema literario de Ignacio fue «la comprensión del dolor y el sufrimiento de los otros», por más que le atrajeran las delicias literarias (de adolescente, en la levítica Vitoria, se vestía de Oscar Wilde) o flirteara con las vanguardias (fue gran amigo del postista De Ory, e incluso escribió una Carta de un joven postista). Pero esos temas que ya he señalado es lógico que se sustancien en cuentos que van más allá de su innegable calidad, y es en este segundo prólogo donde encontramos las otras razones sentimentales que hicieron que la antóloga los incluyera. Así, por ejemplo, dice que el bellísimo Chico de Madrid (a la cabeza de mi selección personal) fue «el primer cuento que me dio a leer Ignacio cuando le conocí». Menudo ramo de rosas… O que en el poemario Libro de las algas, del que también nos ocuparemos, «es fácil ver, casi en cada poema, el germen de una historia que más tarde narrará en prosa». No es ocioso tener en cuenta esta raíz poética para entender sus cuentos, desde luego.
Hay más coincidencias que me alegran como simple lector, por ejemplo su afecto por el pueblo gitano, y ese Sebastián Zafra que prefigura al Sebastián Vázquez de Con el viento solano. Y algunas disonancias, cuentos que incluye Josefina y a mí me resultaron pelín melodramáticos o con esa dichosa concinnitas asimétrica que no es más que una manía mía, pero cuya explicación biográfica puede ser otro bello relato en sí misma:
Nunca olvidaré el origen de uno de mis cuentos preferidos, La despedida. Viajábamos por la Castilla profunda, en uno de aquellos trenes tristes y lentos de la posguerra. En una pequeña estación, donde el tren paraba un minuto, vimos a una pareja de viejos que se despedían sin palabras. Era un abrazo torpe, apenas un rápido y breve acercamiento. El viejo se separó y miró a la mujer un instante. Ella se secó con el dorso de la mano una lágrima. Él subió al tren y la mujer se quedó en el andén, sola, esperando a que el tren se pusiese en marcha. No volvimos a ver al viejo en ningún momento. Debió de entrar en otro departamento. Pero de esa intensa despedida nació uno de los cuentos más hermosos de Ignacio. Cada vez que lo leíamos nos hacía llorar. En aquellos años llorábamos con la literatura, porque éramos jóvenes. Y creíamos en todo lo que sentíamos.