De manera que Santa Cruz es como un lobo acorralado que no tiene remordimientos por fusilar a nadie, ni los quiere tener; un guerrillero áspero en el trato, sin piedad ni con el enemigo ni con sus propios fieles. Él es fuerista y no reconoce la autoridad de Carlos VII, y su crueldad es «como la del viñador que enciende hogueras contra las plagas de su viña». No le tiembla la voz cuando manda ejecutar a Miquelo Egoscué, a quien ya iba avisando el pastor Ciro Cernín en la novela anterior.
Cuando llega a Otaín, apalea a sus pobres gentes por haber dado cobijo a la milicia republicana, y allí la novela entra en una fase que sirve de contraste argumental y estilístico y lanza cabos que suponemos habría que retomar en las dos otras novelas que no llegó a escribir, pero a mi juicio también descompensan un tanto la novela. En Otaín está el palacio de la marquesa de Redín, a la que detienen y meten en un establo hasta que tres viejos borrachos la juzgan y, por pura y desalmada diversión, en vez de ejecutarla directamente la pasean montada en un burro y cubierta de plumas. A Santa Cruz no le hará ninguna gracia: «Ahora cumple castigar a los que hicieron de una sentencia un carnaval», dice, y condena a los tres viejos a ir al frente con el fusil al hombro.
La novela se detiene en el palacio de Redín. Hasta ahora hemos disfrutado de un estilo sorprendentemente sobrio (insisto: de tono, en ocasiones, incluso tolstoiano), pero entre los liberales palaciegos vuelve otra música que ya nos suena. Jorge, el duque de Ordax, es una especie de Bradomín liberal. Cuando ve a Eulalia, la nieta de la marquesa de Redín, siente los efluvios de una estética pasada:
Experimentaba una emocion dulce y familiar en aquella sala, tan distinta de los alojamientos que le solía deparar la vida de campaña. Era el renacer de un amor juvenil y lejano bajo el perfume de las rosas, marchitas en los grandes floreros de las consolas.
Pero antes de que Agila desaparezca, Valle-Inclán da otro giro estético y argumental que sumar a su colección de contrastes: republicanos y carlistas, guerrilleros y generales, aristocratas y aldeanos, integridad y sevicia en los dos bandos, con jefes dignos y leales como España o Mendía y serpientes insensibles como el cura o el mismo Ordax. Y este otro contraste se produce cuando, en un delirio febril, el joven Agila se encuentra con el pastor Cermín, que va buscando el cuerpo de Miquelo, lo que da lugar a uno de los más hermosos pasajes de la novela. Después del decadentismo marchito y dolorido del palacio de Redín, Valle nos deslumbra con el relato de cómo un pastor salva el cadáver de su amigo de ser devorado por un lobo. No me resisto a copiar un fragmento de este episodio, que en sí es un magnífico relato breve.
—¡Capitán valeroso! ¿Qué enemigo te mató? ¿Qué bala traidora muerte te dio?
El cuerpo ensangrentado y roto del cabecilla está clavado en el ramaje de las hayas. La cabeza, negra de sangre, le cuelga hasta posar en tierra. Ciro Cernín se abrazó con aquel despojo y lo subió hasta el camino. Estaba enterrándole al pie de un gran roble que tenía la copa vieja y armoniosa, toda llena de paz, cuando el frío de los párpados le advirtió que tornaba el lobo. Se apercibió requiriendo el palo. Venían por entre los árboles unos ojos en lumbre: Se detuvieron mirándole muy fijos, y comenzaron á cerrar camino, más despacio. Se le vinieron de pronto encima, con un gañido fiero. Ciro Cernín pasó el palo zumbando, al vuelo de la tierra. Era el molinete que hacen los pastores para quebrarle las patas al lobo. Comenzó una lucha de astucia y de fiereza. Ciro Cernín se esquivaba rodeando el tronco del roble, y alguna vez subiéndose á las ramas. Al fin, el lobo quedó vencido: Se arrastraba sobre la yerba, todavía con los ojos en lumbre, pero aullando lastimero. Ciro Cernín le dio un gran golpe en la cabeza, enarbolado el palo a mandoble, y luego, desenvainó el cuchillo, clavándoselo por el ijar, para llegarle al corazón. Acabó de echar tierra sobre el cuerpo del capitán, y cargó con el lobo, como un trofeo.



