Es, pues, una novela de transición: el tocador aristocrático va dejando paso a las visiones de la guerra del mismo modo que la sorna rítmica evoluciona hacia un lenguaje más expresionista y retorcido. El marqués de Bradomín es el mismo «don Juan feo, católico y sentimental», pero el decorado es más oscuro, como si Valle-Inclán hubiera ya empezado con los ensayos escenográficos que culminarían en las Comedias bárbaras. Es aquí donde deja la sentencia lapidaria –o sea fúnebre– de su afición al carlismo:
Yo hallé siempre más bella la majestad caída que sentada en el trono, y fui defensor de la tradición por estética. El carlismo tiene para mí el encanto solemne de las grandes catedrales, y aun en los tiempos de la guerra, me hubiera contentado con que lo declarasen monumento nacional.
Y un poco más adelante, ya casi al final de la novela, añade un recordatorio de lo que ya era estética superada:
Yo no aspiro a enseñar, sino a divertir. Toda mi doctrina está en una sola frase: ¡Viva la bagatela! Para mí haber aprendido a sonreír es la mayor conquista de la Humanidad.
Y es verdad que en esta Sonata seguimos sonriendo, pero ya es sonrisa ladeada, casi mueca. El marqués se pone a las órdenes del rey, Carlos VII, siempre tratado con suntuosa reverencia, y por eso mismo con su punto de sarcasmo; y, después de pasearse por la corte, saludar ceremoniosamente a las damas de la reina y rondar a un viejo amor, María Antonieta –con quien había tenido tuvo una hija «feúcha» que para evitar escándalo metieron en un convento–, viaja comisionado para rescatar a dos rusos que un cura trabucaire ha hecho prisioneros. En el camino le pegan un tiro en el brazo, lo que da lugar, quizá, a la parte más brillante de la historia, la entereza del herido y el espanto de la herida. El caso es que se refugia en un convento y allí lo atiende una vieja conocida, sor Simona, mujer franca y dispuesta, «con aquella voz grave y entera que tenía una levadura de las rancias virtudes castellanas», y cumple por él la misión de arrancar del terco cura de Orio a los cautivos rusos. En el mismo convento, la novicia sor Maximina cura el ánimo del marqués con su dulce voz…, y el dandy viejo, ay, la enamora. Resulta un poco excesiva, por más que respete los cánones del decadentismo, esa falta de lealtad del marqués, él que hace de la dignidad un bien supremo. Sor Simona, que tan bien se ha portado con él, se escandaliza con su falta de escrúpulo («¡lo sabía!, ¡lo sabía!»), por más que el marqués no parezca haber ido más allá, pero él parece vengarse de su propio invierno con un último alarde de cinismo desagradecido:
Después de una noche en lucha con el pecado y el insomnio, nada purifica el alma como bañarse en la oración y oír una misa al rayar el día. La oración entonces es también un rocío matinal y la calentura del infierno se apaga con él. Yo, como he sido un gran pecador, aprendí esto en los albores de mi vida, y en aquella ocasión no podía olvidarlo.
Los dos planos se alternan pero no llegan a fundirse. Valle-Inclán ya está pensando en las posibilidades estéticas de la guerra, en el levantisco fray Ambrosio y su cráneo temblón, en el heroísmo gratuito, como si fuese a defender la ruina, también con un toque invernal de batallas que se afrontan cuando ya se saben perdidas. Pero también continúa, de fondo, la melodía galante, las mujeres apasionadas y pecaminosas, ese detallismo protocolario que Valle sigue convirtiendo en poesía. También las amantes han perdido la frescura, e incluso ese ramalazo final de burlador con sor Maximina resulta ya un poco forzado, del mismo modo que el final se hace un poco largo, como si el muerto no acabase de morir. Es el gorigori del decadentismo, que también entona Valle a propósito del crédulo fray Ambrosio:
Yo callé compadecido de aquel pobre fraile que prefería la historia a la leyenda, y se mostraba curioso de un relato menos interesante, menos ejemplar y menos bello que mi invención.
El relato menos bello es la versión estética y desengañada de la guerra carlista, de la tercera y última, cuando Zumalacárregui ya era un mito antiguo y Cabrera se había retirado, y don Carlos andaba por los frentes aldeanos con sus hijos mellizos, todavía niños, la avispada infanta Margarita y el petulante Jaime, a quien ya se le ven trazas de inútil. Y la invención interesante es un capítulo más de sus memorias galantes, llenas de falsa pedrería, y eso que su condición de galán viejo les da un barniz melancolico que, por así decirlo, también es verdad.
Pero esta Sonata de invierno, más que el final de la serie, es una puerta que se abre. Su siguiente novela, Los cruzados de la Causa, empieza cuando el marqués vuelve a su palacio, dispuesto a venderlo para ganar la guerra, y ya le acaban de amputar un brazo. Pero entonces ha ganado el relato, la historia, y en vez de un dandy incorregible veremos al bronco y tremendo Juan Manuel Montenegro. La sonrisa modernista se apaga y empieza el grito legendario y la mueca expresionista.
Tan solo un detalle más. La Sonata de invierno es de 1905. En un momento de la lectura veo subrayada la expresión «sopa de convento», pero más adelante hay un párrafo entero sobre la llegada del marqués a Estella, donde ha de reunirse con el rey. Y allí las líneas de lápiz juvenil subrayan «el rumor de la lluvia en los cristales», «la tarde llena de tedio invernal», o «la plaza encharcada, desierta, sepulcral» en la que «se oía la canturía monótona de los niños de una escuela». Digo yo que alguien se habrá dado cuenta de que don Antonio también supo disfrutar de esta novela.






