La perfección de El retrato de una dama no se refiere a que la historia está cerrada sino a que el retrato queda terminado, a que la joven dulce y optimista se transforma, aun antes de cumplir los treinta, en una mujer víctima del desengaño. El arco de la evolución del personaje ya está completo, pero la historia queda en suspenso. Isabel Archer marcha a Londres para asistir en la muerte a su queridísimo primo Ralph, a despecho de su desagradable marido, que aun sabiendo que está en su lecho de muerte habla del pobre Ralph con un cinismo repulsivo. Isabel decide ir, y la novela de James termina cuando ya han enterrado a Ralph y es hora de decidir qué hace con su vida, si vuelve a Roma con su marido detestable o se queda en Inglaterra y lo abandona.
Ahí empieza, en esa decisión, la novela de John Banville. Y empieza con un detalle que sorprende a cualquier lector atento de la novela de James. En sus últimas páginas, cuando Isabel llega a Londres y allí la espera Henrietta Stackpole con el sonriente Batling, por un momento pierde de vista a la doncella que la acompaña, que ha ido a ocuparse de que lleven las maletas, pero Isabel se acaba hospedando en casa de Henrietta y a la doncella no se la vuelve a nombrar, como si, más que no importar su existencia en el elevado mundo de los personajes, a James se le hubiera quedado olvidada entre el gentío de la estación. Banville empieza su novela, precisamente, prestándole a la doncella, Staines, toda la atención que James había pasado por alto, hasta extremos que a la propia doncella escandalizan.
Y ese es un síntoma del punto de vista que adopta Banville en esta continuación. Nada más llegar a Londres, por ejemplo —y sin que medien elaboradas justificaciones argumentales—, Isabel va a visitar a una sufragista, la señorita Janeway, para resumir la historia que lleva detrás y hacer algo que en todo el novelón de James no había hecho: desahogarse, explicarse, ademas de dejarse olvidado un bolso repleto de billetes de banco; un detalle, todo hay que decirlo, que, como el de la doncella en James, a ningún lector atento se le escapa.
Este desahogo y este olvido marcan las dos líneas que divergen del gnomon de James y hasta cierto punto también cuestionan la novela de Banville. No solo Isabel cuenta su vida, sino que el narrador se pasa más de medio libro recapitulando la novela de James, mucho más por extenso de lo que la comprensión de La señora Osmond requeriría. Es como si Banville diera por hecho que sus lectores no van a leer El retrato de una dama, que no se acuerdan de cuando lo leyeron o que, a estas alturas (2018) no tienen por todas partes amplios resúmenes del argumento y detalladas explicaciones de los personajes. En este punto incluso llega a ser repetitivo, cosa que en el elegante Banville hace al lector levantar las cejas y apretar los labios.
Es excesivo, sin duda, ese volver una y otra vez a lo ya contado por James. No creo que fuera necesario, al menos no tan demoradamente, porque además todo se centra en los dos puntales del suspense que uno tiende a soslayar: el verdadero origen de la fortuna de Isabel Archer y la verdadera madre de Pansy Osmond. En James, lo primero es un secreto para Isabel que el lector sabe desde el principio y ella solo conoce muy al final; lo segundo es una revelación casi folletinesca que no se imaginaban Isabel ni el lector (yo al menos). Banville destapa ambas desde el principio con todo lujo de detalles. Insisto: no era necesario, al menos no para ocupar con ello tantas páginas de la novela.
El otro punto divergente no me parece tan criticable porque cada cual es hijo de su época. Leyendo La señora Osmond uno admira todavía más el tempo jamesiano, ese ir avanzando sin precipitarse, deteniéndose a cada momento sin que parezca que nada se interrumpe, como aquel que conduce un carruaje tirado por muchos caballos y sabe de cuál de las muchas riendas tirar en cada momento para que el largo viaje no sufra contratiempos. Acostumbrados a los veloces y sobresaltados fuerabordas contemporáneos, la novela de James es como una larga y plácida travesía trasatlántica en la que nunca se pierde de vista la inmensidad y la profundidad de las aguas sobre las que se navega. En el caso de Banville, el mismo hecho de retomar la novela de James ya es una muestra del culturalismo posmoderno en el que se ha desarrollado su obra. Bien es cierto que, sobre todo en la literatura anglosajona, pocos son los grandes narradores que no se entregan al placer de escribir un novelón a la manera del XIX o principios del XX, como una especie de tributo a sus mejores horas como lector, y el caso es que Banville cuenta hoy con un prestigio parecido al de James entonces, si bien Banville le doblaba la edad al ambos escribir sendas novelas.
Banville domina el arte de James, esa es la verdad, pero también que no lo hace de forma tan continuada, con un ritmo tan sostenido, y que se vale de recursos que aceleran el relato, lo que a veces provoca una especie de disonancia: una prosa exquisita, repleta de matices, la Italia fragante, delicadamente iluminada, apaciblemente contemplada, pero también con toda la humedad oscura de la ruina, con el aire viciado de las catacumbas de la novela negra: el bolso extraviado, el secreto que se anuncia, los ambientes tensos, sobre todo el agón entre Isabel y su marido, Osmond, con una violencia que vibra en cada línea y que parece abocada a un desenlace sangriento, tanto que la solución, que quizás habría complacido a James (Isabel no se venga de su marido dejándolo en la ruina sino a merced de la madre de la pobre Pansy), después de tanto subir los tonos graves y amenazantes casi que resulta un poco descafeinada. Y eso por no hablar de una especie de broma merced a la cual todos los caminos llevan a París y en una misma sala del Louvre se encuentran personajes que páginas atrás estaban a miles de kilómetros, como esos teatrillos en los que se organizan apoteosis a despecho de la más pudorosa verosimilitud. James disimula un poco más estas licencias rocambolescas, aunque si Banville se regodea en ellas es porque forman parte del mundo aparte, sin apenas distancias entre países o entre continentes, del que se habla en El retrato de una dama. Y como no todo iba a ser versión —o parodia—, se guarda Banville un toque final propio del mismísimo Benjamin Black, pero también epítome de esa forma de culturalismo que hace bien poco ha dado resultados tan divertidos como el de Nocturno en Venecia. En el caso de La señora Osmond, el broche de oro viejo es Florencia, Boccaccio, Santa María de Novella, la peste…, y no digo más, porque el ¡tachán! de Banville no merece ser desvelado como él hace con las anagnórisis de James.
Ahí empieza, en esa decisión, la novela de John Banville. Y empieza con un detalle que sorprende a cualquier lector atento de la novela de James. En sus últimas páginas, cuando Isabel llega a Londres y allí la espera Henrietta Stackpole con el sonriente Batling, por un momento pierde de vista a la doncella que la acompaña, que ha ido a ocuparse de que lleven las maletas, pero Isabel se acaba hospedando en casa de Henrietta y a la doncella no se la vuelve a nombrar, como si, más que no importar su existencia en el elevado mundo de los personajes, a James se le hubiera quedado olvidada entre el gentío de la estación. Banville empieza su novela, precisamente, prestándole a la doncella, Staines, toda la atención que James había pasado por alto, hasta extremos que a la propia doncella escandalizan.
Y ese es un síntoma del punto de vista que adopta Banville en esta continuación. Nada más llegar a Londres, por ejemplo —y sin que medien elaboradas justificaciones argumentales—, Isabel va a visitar a una sufragista, la señorita Janeway, para resumir la historia que lleva detrás y hacer algo que en todo el novelón de James no había hecho: desahogarse, explicarse, ademas de dejarse olvidado un bolso repleto de billetes de banco; un detalle, todo hay que decirlo, que, como el de la doncella en James, a ningún lector atento se le escapa.
Este desahogo y este olvido marcan las dos líneas que divergen del gnomon de James y hasta cierto punto también cuestionan la novela de Banville. No solo Isabel cuenta su vida, sino que el narrador se pasa más de medio libro recapitulando la novela de James, mucho más por extenso de lo que la comprensión de La señora Osmond requeriría. Es como si Banville diera por hecho que sus lectores no van a leer El retrato de una dama, que no se acuerdan de cuando lo leyeron o que, a estas alturas (2018) no tienen por todas partes amplios resúmenes del argumento y detalladas explicaciones de los personajes. En este punto incluso llega a ser repetitivo, cosa que en el elegante Banville hace al lector levantar las cejas y apretar los labios.
Es excesivo, sin duda, ese volver una y otra vez a lo ya contado por James. No creo que fuera necesario, al menos no tan demoradamente, porque además todo se centra en los dos puntales del suspense que uno tiende a soslayar: el verdadero origen de la fortuna de Isabel Archer y la verdadera madre de Pansy Osmond. En James, lo primero es un secreto para Isabel que el lector sabe desde el principio y ella solo conoce muy al final; lo segundo es una revelación casi folletinesca que no se imaginaban Isabel ni el lector (yo al menos). Banville destapa ambas desde el principio con todo lujo de detalles. Insisto: no era necesario, al menos no para ocupar con ello tantas páginas de la novela.
El otro punto divergente no me parece tan criticable porque cada cual es hijo de su época. Leyendo La señora Osmond uno admira todavía más el tempo jamesiano, ese ir avanzando sin precipitarse, deteniéndose a cada momento sin que parezca que nada se interrumpe, como aquel que conduce un carruaje tirado por muchos caballos y sabe de cuál de las muchas riendas tirar en cada momento para que el largo viaje no sufra contratiempos. Acostumbrados a los veloces y sobresaltados fuerabordas contemporáneos, la novela de James es como una larga y plácida travesía trasatlántica en la que nunca se pierde de vista la inmensidad y la profundidad de las aguas sobre las que se navega. En el caso de Banville, el mismo hecho de retomar la novela de James ya es una muestra del culturalismo posmoderno en el que se ha desarrollado su obra. Bien es cierto que, sobre todo en la literatura anglosajona, pocos son los grandes narradores que no se entregan al placer de escribir un novelón a la manera del XIX o principios del XX, como una especie de tributo a sus mejores horas como lector, y el caso es que Banville cuenta hoy con un prestigio parecido al de James entonces, si bien Banville le doblaba la edad al ambos escribir sendas novelas.
Banville domina el arte de James, esa es la verdad, pero también que no lo hace de forma tan continuada, con un ritmo tan sostenido, y que se vale de recursos que aceleran el relato, lo que a veces provoca una especie de disonancia: una prosa exquisita, repleta de matices, la Italia fragante, delicadamente iluminada, apaciblemente contemplada, pero también con toda la humedad oscura de la ruina, con el aire viciado de las catacumbas de la novela negra: el bolso extraviado, el secreto que se anuncia, los ambientes tensos, sobre todo el agón entre Isabel y su marido, Osmond, con una violencia que vibra en cada línea y que parece abocada a un desenlace sangriento, tanto que la solución, que quizás habría complacido a James (Isabel no se venga de su marido dejándolo en la ruina sino a merced de la madre de la pobre Pansy), después de tanto subir los tonos graves y amenazantes casi que resulta un poco descafeinada. Y eso por no hablar de una especie de broma merced a la cual todos los caminos llevan a París y en una misma sala del Louvre se encuentran personajes que páginas atrás estaban a miles de kilómetros, como esos teatrillos en los que se organizan apoteosis a despecho de la más pudorosa verosimilitud. James disimula un poco más estas licencias rocambolescas, aunque si Banville se regodea en ellas es porque forman parte del mundo aparte, sin apenas distancias entre países o entre continentes, del que se habla en El retrato de una dama. Y como no todo iba a ser versión —o parodia—, se guarda Banville un toque final propio del mismísimo Benjamin Black, pero también epítome de esa forma de culturalismo que hace bien poco ha dado resultados tan divertidos como el de Nocturno en Venecia. En el caso de La señora Osmond, el broche de oro viejo es Florencia, Boccaccio, Santa María de Novella, la peste…, y no digo más, porque el ¡tachán! de Banville no merece ser desvelado como él hace con las anagnórisis de James.
John Banville, La señora Osmond, trad. Miguel Temprano, Alfaguara, 2018, 378 p.