3.4.21

El aire de un globo


Marías ha partido de una idea clásica: qué hacer cuando tienes que matar a alguien para evitar males mayores. Y cita un par de casos, los dos de gente que tuvo a Hitler a tiro, aunque podría haber recurrido a Stephen King, sospecho que no uno de sus escritores favoritos. Y así se pregunta qué habría pasado si su Tomás Nevinson tuviera el encargo de eliminar a una mujer que puede formar parte de la logística de ETA o del IRA. Y qué pasaría si tiene que averiguar cuál de las tres mujeres cuyas fotos le han pasado metidas en un sobre es la que puede colaborar con un nuevo y sangriento atentado. Hay, pues, un punto de partida y un ambiente general, el del terrorismo de los 90, que nos asustaba o indignaba según sea la cantidad de sus víctimas, la espectacularidad de sus atentados o la brutalidad de sus ejecuciones, pero que olvidamos más pronto que tarde.

El tema y la idea sostienen una magnífica primera parte, plagada de posibilidades. Los versos de Macbeth y de Eliot, en ritornellos muy armónicos, nos avanzan la hondura de cuanto se divisa, y la firme mano que los dibuja. Cuando, varios cientos de páginas después, el narrador se desplaza a «una pequeña ciudad del noroeste» para empezar con sus pesquisas, el lector de Marías no puede estar más entregado. Es el Marías de siempre, sí, pero es eso lo que te esperas y lo que agradeces.

Sin embargo, una vez que Tomás Nevinson llega a Ruán se produce un cambio en un doble sentido: el narrador abandona su especulativa lentitud, desinfla sus abstracciones y vuelve a la frase corta, de novela policíaca casi convencional, pruebas que no significan nada, actos fallidos, informantes, todo eso. Si algo nuevo tiene esta novela, es que Marías no había usado antes de manera tan ortodoxa los esquemas de las novelas negras, ese ir difiriendo los detalles definitivos, aquellos que podrían haberse dicho en la primera página. La novela entonces va rápida, más rápida, y es fácil jugar a ver cuál de las tres es la mujer que busca el protagonista, para denunciarla o para matarla, a pesar de que solo una sea, desde el principio, la más obvia sospechosa. Pero eso que podríamos llamar la compensación se sustentaba en la primera parte con la sintaxis reticular y el lenguaje entre poético y preciso (si no es la misma cosa) que despliega Marías; en este segundo tercio, sin embargo, a falta de reflexiones Marías introduce unos cuantos secundarios inverosímiles, monigotes de risa floja, gente vestida de colorines, con peinados extraños y costumbres bárbaras, que habla una parodia del lenguaje soez. En Marías esta inverosimilitud es también una marca de agua. Aquel espadachín con coleta goyesca de Tu rostro mañana, si no recuerdo mal, o el propio Trupa en Los enamoramientos, eran secundarios de comedia burlesca, igual que aquí los maridos o acompañantes de las tres mujeres en cuestión.

Esta segunda parte, en fin, es bastante floja porque Marías frecuenta territorios que no le gusta cómo son. Una novela de espías es todo carne, y en esta novela las primeras 500 páginas se pueden resumir en una sola. Y está bien que una novela pueda resumirse en un párrafo sin saltarse ningún episodio importante…, pero no tanto si es de espionaje. Por más que el autor recurra a episodios reales, algunos que vienen a cuento (el asesinato bestial de Miguel Ángel Blanco) y otros no tanto (la mafia londinense de los años 60), malo es que el lector espere no aquello a que lo conduce el autor sino aquello que el autor debería haber probado. Por ejemplo: el espía vigila, al estilo Hitchcock, a dos de sus tres presuntos objetivos; las graba, presencia sus intimidades, pero no recurre a las conversaciones telefónicas, que es lo primero, antes de buscar hotel, que debería estar garantizado, y sí a unas notas elocuentes que es como ir dejándose el carné por el lugar del crimen. El espía necesita pruebas que incriminen a una de las tres, no sabe cuál, y por muchas máximas británicas del MI5 y el MI6 que despliegue el narrador, hay una fundamental: cuando no hay pruebas para demostrar lo que en todo caso hay que dar por hecho, lo mejor es crearlas, poner un cebo, esperar una reacción, tender una trampa, algo. Pero el repetitivo y un poco pusilánime Tomás Nevinson piensa más en formulaciones distintas de lo mismo (el pasado se desdibuja, se olvida y se acaba reinventando) que en pillar a su bella durmiente con las manos en la masa. Todo es un dilatadísimo planteamiento inicial, una situación que no arroja mucha luz, sobre todo con la desesperante pasividad del espía, que se limita a consignar, lucubrar, imaginar, y más que llegar al fondo del asunto se pasa el libro en las musarañas. La documentación libresca queda bien, pero desentona con la falta de documentación práctica: si, por ejemplo, un espía trata así a un camello de cocaína, más vale que lo echen del cuerpo antes de que sufra un accidente… Y en todo caso hay algo propio de esas novelas de Agatha Christie, la misma que el narrador desprecia sin disimulo: utilizar personajes de paja, figurantes que alargan la trama sin llevar a ninguna parte.

En el segundo encuentro con Tupra, en Londres, el avión comienza su descenso. El ultimátum de Tupra es un abróchense los cinturones. Vale de personajes grotescos y situaciones prescindibles. Es como si, en vez de a Tomás Nevinson, se lo estuviera diciendo a Marías: «hala, majo, venga, que se nos hace tarde, decídete de una vez, haz aquello que hace que una novela de espías sea un género difícil, que hay que encontrar mucha información y reportarla con solvencia, sin digresiones extemporáneas ni detalles irrelevantes».

A ratos he pensado si no ha jugado Marías a El aire de un crimen, el escritor importante que hace una excursión por la novela de policías y ladrones. La misma ciudad de provincias, Ruán, suena leonesa, benetiana, aunque su caricatura sea un tanto tópica. Al lector que disfrutó de Negra espalda del tiempo le parecerá un pastiche como los que hacía en sus inicios, y al que leyó sin cansarse Tu rostro mañana, una frivolidad demasiado poco exigente; pero al lector de novelas policíacas le parecerá, más que un perro inflado, un libro aerostático. Salvo el principio muy Marías y un final entre demagógico y decepcionante, pero, este sí, muy bien narrado (si pasamos por alto los guiños cinematográficos, que nunca indican otra cosa que falta de imaginación), lo demás deja la sensación de que Marías piensa pero no se detiene, alarga cuando aún no se atreve, demora por el mero prurito de mantener la cadencia y las proporciones, y se repite.

Es curioso que uno disfrute de leer una novela y al terminarla tenga muy claro que no es buena. Es lo que pasa con Marías. Su prosa sigue siendo culta y absorbente, y precisamente por eso no necesitamos que se meta en faenas que requieren de más podas profundas y menos añadidos documentales, que aquí funcionan como apósitos las más de las veces. Una vez escribí una reseña no muy complaciente de Marías y varias de sus admiradoras se me tiraron al cuello. Las amantes de su prosa sinusoide toleran que cometa excesos narrativos o abuse de lo inverosímil, igual que Berta Isla, aquí en segundo plano, sigue amando a Tomás Nevinson a pesar de sus largas ausencias y su costumbre de no dar explicaciones.


Javier Marías, Tomás Nevinson, Alfaguara, 2021, 680 p.

21.2.21

La sangre y el mercado


La vendetta
, tercera entrega de La comedia humana, es quizá su primera novela redonda en el sentido que le damos ahora: una trama de estructura compensada, unos personajes bien desarrollados y un final muy elocuente. El argumento le habría bastado a Zola para pensar en L’Assomoir, pero también a Lorca para plantear sus Bodas de sangre. Pero esta novela tan bien hecha es algo más: un ejemplo meridiano de la transición del romanticismo al realismo. Igual que hiciera con los temas clasicistas, Balzac desarrolla una novela de aventuras que con gusto habrían firmado los Dumas, pero, justo donde la novela romántica termina, Balzac añade un epílogo casi naturalista.
El comienzo es muy francés, pero no tanto porque aparezca Napoleón charlando con un paisano corso, sino porque es eso, lo corso, por lo que tiene de italiano, lo que excita la imaginación del autor: vanganzas entre familias, crueldad sin límites y un sentido irracional del patriotismo terruñero. El paisano, Bartolomé del Piombo, se vio envuelto en una guerra de familias contra los Porta que, en principio, no dejó títere con cabeza. Napoleón aquí no es más que la excusa histórica para lanzarse al tan romántico salvajismo mediterráneo: Piombo perdió sus posesiones y a sus familiares, y solo le quedó una hija, Ginebra, y su mujer, con las que acude sin blanca a que Napoleón los proteja. El propio Piombo aniquiló sin piedad a toda la familia Porta, incluso a un niño de seis años al que, antes de quemar la casa, ató a la cama donde dormía. El exotismo de la barbarie meridional es marca del romanticismo a lo Merimée, que aquí Balzac explota a todo su sabor.

Pero quince años después las tornas han cambiado y vuelto a cambiar y Napoleón ha sido desterrado a Santa Elena. Los bonapartistas son proscritos, los realistas los hostigan, todo ello representado en un taller de pintura en el que señoritas realistas murmuran y malmeten contra señoritas sospechosas, a la cabeza de ellas Ginebra, un típico producto corso: «Educada como en Córcega, Ginebra era en cierto modo la hija de la naturaleza, ignoraba la mentira y se entregaba sinceramente a sus impresiones, las confesaba, o más bien las dejaba adivinar sin el artificio de la pequeña calculadora coquetería de las jóvenes de París». Más adelante, Balzac nos dice de ella que era «inflexible en sus caprichos, vindicativa y colética como lo había sido Bartolomé en su juventud». Ese exceso de sangre es el que desata la trama. Porque el maestro del taller de pintura, Servin, esconde en un cuartucho a un joven bonapartista que se recupera de un tajo en el antebrazo. Ginebra, apartada por las niñas bien a un rincón del taller, lo descubre, se deja llevar por la curiosidad y habla con él. «¡Aquel proscrito era un hijo de Córcega, y hablaba su lenguaje querido!», lo que, claro está, es suficiente para que se enamore.

Pero su sanguíneo padre no está por la labor. Quiere a su hija para él, incluso le reprocha que lo traicione, con esa cerrilidad egoísta y aldeana por la que se daba por hecho que una hija, sobre todo si solo hay una, no tiene derecho a fundar su propia familia sino solo a cuidar de los viejos. Balzac aquí carga las tintas: el viejo es un bestia, incluso amenaza de muerte a Ginebra, pero siempre quedan las pacientes maniobras de su esposa para que al final acceda, de muy mala gana, a conocer al pretendiente. La novela está madura para proceder a una anagnórisis en toda regla, bien montada porque Balzac ha sabido barrer a los centrales, es decir, llevar la intuición del lector por otro lado para meter el gol por donde desde el principio había que meterlo, y estas notas no pretenden estropear a nadie su lectura sino registrar la mía, de modo que las almas sensibles al spoiler deberían dejar de leer aquí, porque… ¡resulta que el novio, Luigi, es un Porta, precisamente el niño que Piombo ató a la cama, allá en la salvaje Córcega, para socarrarlo junto a toda su familia! ¡La venganza no había culminado! Pero son corsos, y también la hija, que planta a sus padres y se larga con el muchacho. 

    Hasta que llegó Balzac, este tipo de novelas, tan entretenidas, se acababan en semejante final feliz. El romanticismo llega y sigue llegando hasta ahí, pero, otra vez, Balzac da un paso más. Los novios se casan, se aman, son dichosos, viven en un piso muy bonito, pero tienen que subsistir. Los románticos no contaban con este detalle, y el nuevo realismo los pone a los dos a trabajar, a ella pintando retratos y a él caligrafiando escrituras. Viven per sua mano, como cualquier hijo de vecino, por mucho que ella sea hija de un barón y él consiguiera la Legión de Honor. Tienen un niño y otra vez Balzac nos vuelve a despistar: ¿volverán los sicarios corsos a cumplir con la venganza? No, la venganza es otra.

Y aquí empieza Zola: la competencia los deja sin faena, tienen que trabajar como posesos, se abandonan al desánimo, pasan hambre y frío, hasta el punto de que Luigi decide venderse como carne de cañón por un puñado de monedas. Pero ya es tarde. El niño ha muerto y la madre, poco después, también. A Luigi solo le queda un mechón de pelo que su amada Ginebra le encarga llevar a su padre, como recuerdo de la hija que perdió. Y así lo hace, y en el mismo instante de cumplir la última voluntad, Luigi, delante de los padres de Ginebra, caer muerto. La vendetta, finalmente, se ha cumplido, pero no ha sido la sangre sino el mercado laboral. Digo Zola porque este final es el que alargaría en L’Assomoir hasta el hastío, no con corsos sino con otras víctimas menos ilustres de la realidad, y de paso fundaría el naturalismo tal y como lo habríamos de conocer. Claro que su impresionante novela no dejaría un regusto tan divertido como esta, tan romántico.


Honoré de Balzac, 'La vendetta', La Comedia humana, I, traducción (actualizada) de Aurelio Garzón del Camino, Hermida editores, pp. 181-265.

19.2.21

Amor insuficiente


Balzac continúa dándoles la vuelta a las convenciones menandrinas de Molière. En El baile de Sceaux la figura central es Emilia, hija casadera de un «viejo vendeano», es decir, un simpatizante de las revueltas populares contrarrevolucionarias de finales del XVIII (un antecedente de lo que aquí sería la guerra carlista: siempre copiando a los vecinos). El padre, como todos los padres de comedia, quiere rancio abolengo con dinero, pero la hija, una niña pija de manual, quiere más, un par de Francia, de los muchos que tanto el gobierno revolucionario como luego Napoleón nombraban a capricho. A ella le dan igual las raíces del árbol genealógico, porque «existen muy buenas casas descendientes de bastardos» y «la historia de Francia abunda en príncipes con barras en su escudo», lo cual no significa que la niña pueda contentarse con un conde cualquiera. No basta —aunque es imprescindible— la nobleza de sangre: tiene, además, que codearse con la florinata.

La novela comienza, otra vez, con un largo preámbulo, esta vez histórico, sobre las nostalgias monárquicas del padre, y otra vez se desata en veloz y divertida narración cuando nos presenta a la hija tiquismiquis, que no ve más que defectos en sus pretendientes, todos ellos, según su padre, buenos partidos. Por ella no pasa la idea de que quizá el amor sea un buen motivo para casarse, y reivindica con altanería su derecho a decidir por sí misma. Tiene gracia esta paradoja: como producto de la Revolución, reclama su independencia de criterio; como cría de alta cuna, solo quiere un aristócrata poderoso. No hay revolución que elimine los vicios clasistas. Cien años después, como contaba Amor Towles en Un caballero en Moscú, los gerifaltes del partido quitaban las etiquetas de los vinos exclusivos para que parecieran iguales que los vinazos de taberna. Pero solo se las bebían ellos. Y otros cien años después, lo primero que hacen los partidos del pueblo es crear su propia aristocracia, o codearse con la de toda la vida. En fin, citaríamos a Lampedusa si no fuera tan manido.

El caso es que la niña mona melindrosa va dejando pasar el tiempo sin que aparezca nadie a su altura. Pero hete aquí que en un baile campestre, en Sceaux, fuera de las poses parisinas, su mirada se topa con un joven que la derrite, y «su egoísmo se metamorfoseaba en amor». Para conquistarlo, Emilia se vale de su tío, un anciano vicealmirante que no duda en faenar de celestino para que su ojito derecho encuentre al galán por quien bebe los vientos, en una escena de rancedumbre, equitación y duelo a primera sangre que no llega al río pero está muy bien pensada. Y sí, los jóvenes, Emilia y Maximilien, se enamoran como lo que son, pipiolos instintivos.

Hasta aquí, lo clásico. A partir de aquí, Balzac. Porque la niña, entre los sofocos del amor, solo tiene una preocupación: ¿estará Maximilien a su altura? El apellido, Longueville, figura en los legajos nobiliarios, pero… Es estupenda la escena en la que, en vez de preguntarle si la amará toda la vida, Emilia le pide los papeles. Y el otro, más volteriano que goethiano, la deja con la duda. Pero pronto se descubre la tostada, la gran tragedia de la muchacha: ¡Maximilien es un comerciante de paños! Es la rima que ata esta novela y la anterior (a no ser que el negocio textil sea la esencia de la serie, ya veremos), y un escollo que la desairada Emilia es incapaz de atravesar. No hay ola de amor que pueda con una tienda de ropa, ay.

Antes y después, en las comedias clasicistas y en las películas de Hollywood, la cosa debería volver a sus cauces melodramáticos. Aquí, no. Emilia rechaza a Maximilien, comme il se doit, sin esperar a las casualidades cómicas de siempre. Porque el buen mozo sacrificó su fortuna en favor de su hermano diplomático y por eso se quedó entre los retales, pero un accidente oportuno quitó de en medio al hermano y le dejó no solo la fortuna sino la condición de par de Francia. Cuando todo eso sucede (en media página), Emilia ya ha plegado velas y, a falta de pretendientes de tronío, se termina casando con su anciano tío, el vicealmirante que le hizo de alcahuete. Las murmuraciones especulan sobre qué tipo de matrimonio es ese, qué clase de comedia es esa en la que la doncella se acaba casando con el viejo tolerante. El prototipo que nosotros conocemos como El sí de las niñas acaba saltando por los aires, Emilia paga su ambición, aunque quizá sea lo más apropiado a su carácter. La comedia se hace real, y de paso nos proporciona un nuevo tópico que, por ejemplo, en manos de Galdós y su Evaristo Feijoo acabará cobrando una extraordinaria dignidad.

Como ya sucedió en la primera novela de la serie, Balzac nos sorprende por su frescura (una vez resuelto el expediente introductorio) y por su habilidad mitográfica. En medio de las casualidades de salón, Emilia es real, el ejemplo de la mujer que se hunde en sus aspiraciones, desde luego menos atractiva que Augustine, pero, otra vez, un modelo para que Stendhal lo explote en la fascinante Mathilde La Mole. Los guionistas de sobremesa no tienen más que acudir a estas novelas para encontrar sus tramas, aún ahora, aunque pocos se atreven a huir de los finales previsibles. Y, en fin, como ya me ocurrió en La casa de «El Gato juguetón», de pronto me encuentro con destellos, avant la lettre, de un tono familiar. Por ejemplo, en el momento en que Emilia siente por vez primera la atracción de Maximilien:


Nos ocurre a menudo mirar un vestido, una tapicería, un papel blanco con la suficiente distracción para no percibir en él inmediatemente una mota o algún punto brillante que más tarde impresionan súbitamente nuestros ojos como si no hubiesen aparecido hasta el instante en que los vemos; por una especie de fenómeno moral bastante semejante a este, la señorita de Fontaine reconoció en uno de aquellos jóvenes el tipo de las perfecciones exteriores en que ella soñaba desde hacía tanto tiempo.


¿Leyó esto Proust? 


Honoré de Balzac, 'El baile de Sceaux', La comedia humana, I, traducción de Aurelio Garzón del Camino, Hermida editores, pp. 107-179.

18.2.21

El retrato de Augustine


Balzac es un monumento que todos conocen y pocos visitan. Por lo que a mí respecta, con Papá Goriot, Eugenia Grandet y Las ilusiones perdidas me he dado durante muchos años por satisfecho. Su enormidad, los 89 títulos de su Comedia humana, era una montaña demasiado poco accesible para una simple excursión. Pero en los últimos años la editorial Hermida decidió publicarla completa, en 17 volúmenes estupendamente bien editados, con traducción de Aurelio Garzón del Camino. Así que me ha dado por asomarme al primer tomo, y el viaje no ha podido empezar mejor. Salvo Las ilusiones perdidas, que ocupa un volumen entero, las novelas de Balzac son breves y, sobre todo, rápidas. El lector que le hinca el diente a La casa de «El Gato juguetón», la novela que inicia el ciclo, se amosca un poco con la detallada descripción inicial de la casa donde vive la familia del comerciante de paños Guillaume. Si todo es así, piensa uno, el camino se hará largo. Pero da la sensación (qué gusto da leer sin prejuicios académicos a un gran clásico) de que el primero en cansarse fue el propio Balzac, porque de inmediato la novela coge una velocidad extraordinaria, como si el autor se saltara las escenas intermedias y las descripciones innecesarias, y su prosa ubérrima se centra en el análisis de los personajes, más que de las acciones, de las que nos da unos pocos ejemplos breves, tres o cuatro conversaciones en momentos culminantes. ¿Hace falta más? Pues, terminada la novela, la verdad es que no.

La historia se centra en Augustine (en la novela se castellaniza el nombre, pero en la última edición se volvió a dejar como es), hija menor del pañero, que como todos los pequeños burgueses de la época, primer tercio del XIX, soñaba con casar a sus hijas con algún mozo solvente. La mayor, Virginie, ama al perfecto heredero del negocio, que sin embargo bebe los vientos por la pequeña, quien, a su vez, se encandila con un artista (“todos los artistas son unos muertos de hambre”, sentencia el padre). Un planteamiento tan molière solo puede resolverse con un regreso al orden, expediente que Balzac ventila en muy pocas páginas, porque resulta que el artista, el pintor Sommervieux, no es ningún mindundi, tiene dinero y además, ah, pertenece al gran mundo, se codea con aristócratas y se riza el pelo a lo Calígula. Y es ahí donde Balzac se olvida de las comedias de salón para centrarse en el retrato de Augustine.

La idea (la tesis, podríamos decir) es que los matrimonios interclasistas siempre fracasan. En un par de páginas Balzac los casa y los desgracia. Sommervieux es un artista, rodeado de modelos desnudas y amante de mujeres aristocráticas, sobre todo una, la duquesa de Carigliano, a la que regala el retrato al óleo que pintó de Augustine. Y ahí está el drama de la muchacha: engañada por un fanfarrón, Augustine se siente despreciada; acude a sus padres, que, sobre todo el padre, se huelen la tostada y la empujan al divorcio. Pero ella quiere recuperar a su marido, lo que da lugar a la estupenda escena cumbre de la novela. Augustine visita a la duquesa de Carigliano y, con humildad enamorada, le expone la situación. Y la duquesa, espléndida, la comprende y la ayuda, sobre todo porque para ella Sommervieux es lo mismo que Augustine para su marido, y también lo sustituye por un joven aristócrata de usar y tirar. Si uno se encontrara con los parlamentos de la Carigliano en las páginas que Proust le dedicó a la duquesa de Guermantes, tardaría en darse cuenta del cambiazo, igual que si los encontrara, más próximos, en los de la duquesa de Sanseverina de La cartuja de Parma. 

La Carigliano castiga al pintor devolviendo el retrato de Augustine, pero él sospecha que se lo ha regalado al petimetre que lo sustituye, lo que le hace montar en cólera y destrozar el corazón de su mujer. Balzac ya ha contado lo que quería. Stendhal habría seguido, pero él factura un final precipitado con el hundimiento y muerte de la pobre Augustine. La novela queda, así, en una escena, en el resumen de una trama que habría dado mucho de sí, pero también en la esencia de lo que habría que recordar. Porque, a fin de cuentas, no es lo mismo disfrutar de una novela que recordarla. Gozamos de un mundo, pero recordamos una escena; admiramos una trama, pero se nos queda una imagen, un retrato, una voz. Es como si Balzac supiera qué es lo que va a quedar de su novela, la mujer que se rebaja para reconquistar a su marido adúltero, un tema que luego ha dado y sigue dando mucho de sí. En términos pictóricos, La casa de «El Gato juguetón» es un cuadro a medio hacer del que solo emerge una figura (dos) y lo demás queda difuminado, resuelto en pinceladas rápidas, apenas esbozado y rematado en cuatro trazos. ¿Y no es moderna esa forma de pintar? Particularmente me cansan esas novelas que se empeñan en mantener hasta el final las mismas proporciones, el mismo ritmo y la misma densidad. El caso de Balzac es justo el contrario: el planteamiento (el pintor observando desde fuera la casa del pañero) es moroso y pacientemente hilado; la escena cumbre, de perfectas hechuras; el final, un apaño cosido de cualquier manera. Lo bueno es que se nota que, al escribirla, el autor ha empezado con esmero y parsimonia, que se ha lanzado al encontrar la entraña de su personaje, y que luego ha tenido prisa en terminar, y eso confiere a la novela un carácter más vivo y orgánico que si todas las piezas hubieran merecido el mismo empeño, la misma dedicación y el mismo espacio. Es en esa imperfección donde la novela consigue la vitalidad. Acabar de cualquier manera es lo que hacemos cuando hemos entregado todo lo que queríamos dar. 


Honoré de Balzac, 'La casa de «El Gato juguetón»', La Comedia humana, I, traducción de Aurelio Garzón del Camino, Hermida editores, 2015, pp. 33-105.

16.2.21

El hado padrino


Acercarse ahora a Knut Hamsun me temo que requiere una justificación. Las biografías sumarísimas insisten en que a la vejez le salió una viruela fascista que, ay, desautoriza su obra completa. Yo he llegado a él por otras vías menos paranoicas que me llevaron a curiosear en la literatura escandinava, de la que Hamsun es, junto con Ibsen o Strindberg, uno de los grandes. Era una celebridad desde que en 1888 publicara Hambre, y fue en 1920, tras publicar La bendición de la tierra, cuando le dieron el premio Nobel. Luego todo se volvería más turbio. 

No hago caso a esas historias. Leo con placer a D’Annunzio y sigo citando a Pirandello, del mismo modo que Celine me repele y pienso que Marinetti estaba zum-zumbado, pero no por ello cuestiono su importancia. En España, ya Umbral me hizo ver que Agustín de Foxá era un fino estilista y  Rafael Sánchez Mazas (que vistió a los falangistas con el azul de los arrantzales y, sobre todo, engendró al gran Ferlosio) escribió una buena novela, La vida nueva de Pedrito Andía. Últimamente se airean documentos filofranquistas de Cela para seguir lapidándolo, y yo no pierdo ocasión para celebrar su estilo incomparable y algunos de sus libros, joyas absolutas de nuestra literatura. ¿Me convierte eso en sospechoso? El otro día leí un sesudo artículo que desautorizaba la obra de Umberto Eco porque en El nombre de la rosa hay un tratamiento machista de la chica que se lía con Adso de Melk. Quien lo escribió demostraba que solo había visto la película, pero daba igual: ya puestos, La estructura ausente u Opera aperta también había que arrojarlos a la hoguera. Si todos los anacronistas patrios fueran, al menos, un poco coherentes, de la primera mitad del XX no quedaría en pie más que Carmen Laforet (hasta que se enteren de que admiraba a Baroja, claro).

El caso es que en Noruega parece que se avergüenzan un poco de Hamsun, al mismo tiempo que señalan La bendición de la tierra como una de las piezas más influyentes del siglo XX. El resultado de uno y otro etiquetado es que sus libros se dan por amortizados. Y sin embargo hay elementos todavía interesantes en esta novela. El primero, su manera de narrar, de contar, más bien, porque mientras los escritores de su época hurgaban inacabablemente en los instantes y en los detalles, Hamsun da la sensación de estar escribiendo un argumento de casi cuatrocientas páginas, con una prosa que saca el lirismo de la desarticulación, de la yuxtaposición de frases que en los tediosos cánones de redacción actuales exigirían una porción de marcadores textuales que Hamsun poda con eficacia. Muchos años después, esa forma de narrar, pero más melosa y melodiosa, haría las delicias de los garciamarquistas…

La bendición de la tierra no escapa, empero, de lo que, por lo que atañe a nuestra literatura, he llamado alguna vez la novela jarrapelleja, es decir, el tema campestre como excusa de la brutalidad. Hamsun nos cuenta la historia de Isak, un colono «de barba de hierro» que se va con el hatillo a una tierra pobre que no quiere nadie, y busca una moza que tampoco quiere nadie porque tiene el labio leporino. Los dos trabajan como acémilas, levantan chozas, drenan ciénagas, tienen hijos, vacas y cabras, huyen de los avances tecnológicos, en este caso en forma de telégrafo, y levantan piedras con las manos. Isak es simple y forzudo, e Inger, su mujer, asume su condición de mula porque con ese labio monstruoso no puede pedir nada mejor. Pero pasa por su choza un «mendigo lapón» que, al saber que Inger está preñada, le regala una liebre. La mujer pare una hija con el labio partido y la mata, quizá porque no le desea una vida como la suya, pero este infanticidio (y otro más, como el de la sirvienta Barbro) se convierten en la sustancia dramática de la novela. Inger termina en prisión, pero allí le cosen el labio y la enseñan a coser vestidos, de modo que a su regreso lleva incorporada una casquivanía que hace del pobre Isak un cornudo a tiempo parcial. Uno se pregunta si el relato no parte de una misoginia un poco sádica (Oline, la vieja que trajo al lapón, también es una pájara de cuidado), hasta que, casi al final, el juicio a Barbro, la otra infanticida, es ocasión para desplegar unos cuantos discursos en favor de la mujer que no acaban de compensar la idea de malas pécoras que ha ido construyendo en las trescientas páginas anteriores.

Pero hay un personaje, Greisler, que termina de mosquearnos. Isak construye una granja que acaba pareciendo un pueblo entero. Se hace rico, «el marqués del páramo», después de años de durísimo trabajo, pero nada de lo que consigue habría sido sin los favores, consejos y regalos del tal Greisler, un excomisario que aparece cada vez que las cosas van mal. Es como el señor Lobo de Pulp fiction, capaz de arruinar a los mezquinos para enriquecer al laborioso Isak, decirle qué tiene que comprar (o regalárselo) y cómo tiene que cultivar una tierra dura, helada y aguanosa. ¿Qué significa Greisler? Supongo que los eruditos noruegos habrán llegado hace décadas a alguna conclusión, pero al lector moderno y extranjero le suena a que por sí mismo el labriego no es capaz de nada, que necesita la tutela de un demiurgo que cada vez que aparece por allí le soluciona la existencia. ¿Un símbolo de las obligaciones del estado? ¿Una metáfora del dios que premia a los justos y esforzados y castiga a los oportunistas y avarientos? ¿Un Melquíades de la nieve?

No sé en qué se verán reflejados los noruegos. Pero a esa extraordinaria precisión con la que se publicita la novela de Knut Hamsum, y a pesar de su forma tan compacta de narrar, yo diría que le sobran unos cuantos kilos. Igual que la sublimidad sin interrupción termina resultando empalagosa, la precisión inagotable acaba siendo cargante.


Knut Hamsun, La bendición de la tierra, traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, Nórdica, 2021(=2015), 362 p.

29.1.21

Paisaje

Cuaderno de invierno, 40



Los habitantes de los valles no suelen ser muy conscientes de qué hay más allá de las montañas. Es difícil imaginar que detrás de esa muela de faldas calizas, tapizadas de pinos bajos, no hay otro río con su bosquecillo de sargas y de álamos ni sotos de ribera donde bajan las ovejas a pastar, sino barrancos de arcilla surcados por ramblas y escorrentías, gargantas impracticables, desiertos de polvo y de barro. Al norte hay un páramo ventoso y al sur un delta de muelas terciarias, en cuya superficie se cultivó en otro tiempo vid suficiente para regar de vino peleón la comarca entera. Desde el cielo parece un archipiélago seco, salvo por el ancho y tendido desfiladero por donde baja el río.

La idea del paisaje con la que nacimos era el monte pelado y la chopera. Las estribaciones y otros elementos del paisaje fotogénico estaban muy lejos porque había que acceder a ellas por carreteras descarnadas que culebreaban en las paredes de los barrancos, o remontar el río hasta su nacimiento, entre bosques de pinos y peñascos rojizos, pero las vías principales, las que nos llevaban a las grandes capitales de provincia, eran un valle de secano y un monte de carrascas truferas. El viajero no veía más que bancales llenos de piedras y antiguos sabinares convertidos en pasto ralo. Las escenas de feracidad, colorido y un carro de heno se reducían al merendero junto al balsón, y solo traían imágenes de un calor achicharrante o de un frío estremecedor. Con el mal tiempo solo iban al monte los cazadores y los buscadores de rebollones, y en invierno ni eso. El resto lo identificábamos con lo desapacible. Lo que entonces podría habernos parecido fascinante, las calles de los pueblos cubiertas de lodo rojo, las encinas inclinadas a favor del viento, las masías perdidas, nos parecían el escenario del atraso, una asociación demasiado simple entre lo seco, lo pobre y lo feo. 

Nos quejamos de despoblación, pero es precisamente a partir de esa inmensidad sufrida, de esas asperezas arañadas por el viento desde donde uno empezó a recomponer el gusto por el campo que tenía al lado de casa, al otro lado de aquellas muelas. Cuando paras el coche en la carretera en mitad del Campo de Visiedo y lo que ves te parece muy hermoso, es que has empezado a comprender este paisaje.

28.1.21

Anticiclón

Cuaderno de invierno, 39



Esta tierra tiene estas cosas. Por la mañana hay que ponerse el tabardo de borreguillo y a mediodía vas a cuerpo gentil. Disfrutas del sol en mangas de camisa y al atardecer hay que encender el fuego, como si al meterte en casa regresases al invierno. Los árboles, y eso que llevan años soportando esta contradicción meteorológica, vuelven a caer en la misma trampa. La semana que viene no solo florecerán los almendros, seguro que más de un frutal abre sus yemas, lo suficiente para que cualquier noche se vuelvan a helar. Los labradores rezan primero por que no hiele demasiado, y al día siguiente por que no haga tanto calor. 

Faltan pocas horas para febrero pero la Morena ya va de sombra en sombra, su cuerpo no se dará ninguna prisa en echar el pelo del invierno. Hasta entonces, como el tiempo no cambie, pasará calor. Uno está tan tranquilo leyendo a sus escritores nórdicos y afuera parece que estemos en mayo. Le remuerde la conciencia y sale a laborar un rato. El cuerpo está como si no se le hubiera deshecho del todo el hielo a las articulaciones. Los mastines, tumbadazos, escuchan los tañidos de la azada, la cuenta atrás para que se vaya esta calor impertinente. Los días alargan incluso más de lo debido: cuando se pone el sol, uno se enjuga el sudor de la frente con el dorso de la mano, deja en su sitio las herramientas y acude contento al encuentro de la noche, más o menos como los mastines, que cuando ya todo es sombra se levantan, se estiran y ladran un poco como para entonar la voz. Resucitan al frío, y yo, en cierto modo, también. Regresa un sentimiento que también tenía congelado, el cansancio indulgente, como si a partir de entonces cualquier pérdida de tiempo estuviera justificada, al menos hasta que salga el sol y nos volvamos a sentir culpables. Galán aparece de debajo de un seto, con el andar despatarrado y zambo de los que se levantan de la siesta, va con los ojos cerrados al abrevadero y se bebe lo menos un litro de agua. Por el poco entusiasmo que le pone, tiene que estar calentucha. Yo abriría la nevera y me bebería de un trago un trinaranjus de limón, pero lleno un vaso de agua y espero a que se quede más tibia, no me vaya a sentar mal.

27.1.21

Segur

Cuaderno de invierno, 38



La batalla de los ailantos no había hecho más que empezar. El exterminio ha seguido como antes del temporal, arrancando las raíces retorcidas, hasta que me he encontrado con un tocón del que salía más de una vara. Al quitarle la hojarasca de encima y descubrirlo un poco con la azada, ha aparecido la madre de las zocas, al menos de todas los que colonizan aquella zona. Le salían, una por cada lado, cuatro raíces gordas como anacondas, imposibles de arrancar por el método de la palanca, tronchos demasiado gruesos que aconsejaban tirar de hacha.

Primero ha habido que descubrir bien el tocón, cavar un agujero a su alrededor hasta que se viese la dirección de cada una de las raíces principales y si había alguna otra que creciera en vertical. Al principio he usado la azuela con la que saco astillas para la estufa, pero la raíz del ailanto no es tan blanda como sus troncos. Luego, haciendo cálculos, hemos llegado a la conclusión de que las raíces llevan quince años engordando sin parar con el humus de las hojas de los membrillos, que forman un túnel de ramas, y el agua que corre por la acequia. He pensado incluso en desenfundar la motosierra, pero es un artefacto del diablo que cuando lo manejo me vienen a la mente demasiadas pesadillas como para estar tranquilo. Al primer rebote en un nudo puede saltar la cadena y abrirte en canal. De modo que me he inclinado por el hacha grande, la de abrir los troncos clavándola una sola vez y golpeando con ella en el tajo como si fuera una maza. Esta vez era distinto. Con lo gruesas que son las raíces, hay que hacer faena de aizkolari. Claro que yo no levanto al cielo el hacha ni la hinco con todas mis fuerzas subido encima del tronco, con los pies descalzos y el dedo gordo peligrosamente cerca de la hendidura; yo, más que golpear con el hacha, la dejo caer bien dirigida. Aun así, la segur es tan pesada que ya he hecho una muesca que llega por lo menos a la mitad de la primera de las cuatro raíces. Estaba la mañana fresca y me he puesto una txapela que compré en Casa Arturo, en Vera de Bidasoa, y un jersey azul de lana con cremallera. Para ver lo que estaba haciendo mientras descansaba de hacerlo, yo creo que iba bien conjuntado.

26.1.21

Rama

Cuaderno de invierno, 37



La rama del pino grande que desgajó la nieve ha caído a pocos centímetros de un ciruelo que pusimos el año pasado. El plantón aún lleva la etiqueta, prunus domestica, y la rama unas piñas prietas y lustrosas. Era una rama joven, con el primer gris claro en la corteza. La secaremos en rollo, sin quitarle las ramillas ni descortezarla, para que la savia siga dando de comer a las acículas y engordando las piñas. Cuando empiecen a ponerse feas y se tomen de un color cobrizo será el momento de cortarlas. 

Pero su destino es incierto. Quemar las varas de la poda o usarlas para rodrigar tomates es un final, digamos, digno. El aprovechamiento siempre nos parece una virtud con la que galardonamos a los objetos, como si les rindiésemos tributo. Cuando encendemos el bidón para quemar las hojas secas, tan solo echamos directamente al fuego las ramas de los ailantos, de cuyo humo pestífero nos protegemos hasta que se consumen. Pero las otras acaban, clasificadas por grosores, en las distintas cajas de palos para encender. Si la madera es más noble, le buscamos un destino más decorativo. Este verano, por ejemplo, a uno de los guindos viejos se le tronchó una rama por el peso de los frutos. Era una subrama de una de las cuatro que le dejaron en la primera poda, hace casi medio siglo, y era lo bastante larga, recta y gruesa como para sacar de ella un elegante bastón. Otras veces, por ejemplo de un peral que se murió de viejo, corto tarugos del tamaño de una figura de Axel Petersson, esas tallas deliberadamente bastas, como esculpidas a hachazos, con las que el artista sueco sacaba toda la ternura hiperrealista de sus tipos campestres. En un rincón de la leñera voy almacenando tarugos dentro de los que imagino cosas.

Pero con este pino no hay mucho que hacer. La parte más gruesa no da para nada vistoso, su madera es demasiado blanda para tallar cucharas, y tampoco demasiado firme para usarla de varal. Sirve, en todo caso, para sacar tedas, pero no es bueno quemarlas en casa porque hacen exceso de hollín y tupen el tubo de la chimenea. Supongo que, puesto que el azar hizo que no se cargase el ciruelillo, se merece al menos que lo usemos de tentemozo para apuntalar el ciruelo viejo, que sigue cargándose de pomas y a veces las ramas le llegan hasta el suelo.

25.1.21

Poda

Cuaderno de invierno, 36



Ayer llovió con alma, y como esta mañana el terreno estaba muy pesado hemos decidido, aunque falten unos días para el menguante, empezar la poda por el viejo cenador, por un rosal con un tallo como la muñeca de gordo y la madeja de zarcillos de las parras vírgenes que llevaba enredados entre las espinas. También había lianas sarmentosas colgadas de los travesaños y arrastrándose entre las columnas, las matas de yerbabuena y los mechones de césped agostado.

El rosal ha llevado su tiempo. Algunos chupones ya eran varas considerables que invadían el sitio de paso. Por las ramas altas, los muñones habían sido arranque de múltiples tallos que tampoco es que medrasen demasiado. La poda siempre tiene esa precaución de no dañar ningún vástago fértil, pero eso pronto se convierte en el vicio de no dejar más que las ramas principales. Nadie lo podó durante años y siguió dando esas rosas enormes, los pétalos de un rosa fuerte que empalidece hasta llegar al sépalo. Tampoco era cuestión de dejarlo escuálido: bastaba con que se quedase limpio y escoscado.

Con los zarcillos la faena ha sido distinta. Se trataba de enhebrarlos entre los tallos ya secos y como acorchados de las parras más antiguas, que aún transportan alimento suficiente para que sigan creciéndoles las hojas. Otros que habían crecido a pie de tronco los hemos cortado para plantarlos en acodo allí donde las parras vírgenes ya están anunciando el final. 

El cenador está aseado, el rosal parece un anciano recién salido de la peluquería, donde le han descargado las vedijas y le han cortado los pelánganos, y así, todo pincho, recién masajeado con abrótano macho, no parece más joven pero da más gozo verlo, y sin embargo ves a los amigos de su generación que empiezan a faltar. Después de arreglar el rosal había que serrar una parra que se murió a principios de otoño. Ya estaba vieja y los muñones apenas daban brotes, tan solo un sarmiento que prosperó con toda la savia que le quedaba al tronco y que allá por el mes de agosto se secó para siempre. Esa parra sufrió, hace años, cuando era joven pero ya daba uvas, la tala salvaje de unos niños que vinieron de visita, y sin embargo se recuperó y se hizo gorda y retorcida. Ha dado unas uvas negras un poco ásperas pero muy dulces. Esta tarde la quemaremos en la chimenea.

24.1.21

Pila

Cuaderno de invierno, 35



El correo ha sido ágil y antes de que viniera el camión de la leña me ha llegado El libro de la madera, de Lars Mytting, que leo para ambientarme. Con la madera pasa como con la nieve, que solo los países del norte tienen un vocabulario completo para referirse a ella, y este libro es una enciclopedia de cuanto puede saberse sobre cortar leña, apilarla y quemarla. En Noruega hay cifras mareantes de consumo de madera, porque también las hay de bosques bien gestionados. Salvo por la fiebre del fueloil de los 70, al parecer sigue siendo su principal fuente de calor.

Un capítulo particularmente curioso es el dedicado a la pila de leña. «La tradición noruega», dice Mytting, «es talar cerca de Semana Santa, cuando la nieve está compacta y helada y los troncos se deslizan fácilmente sobre ella». Nadie entonces se plantea solo amontonar la leña contra la pared de la leñera, los troncos a un lado y al otro los palos. En Noruega esculpen fallas de combustión lenta, arte fungible, minuciosa construcción land art a la que cada año se le pega fuego. Las novias no tienen más que ver cómo el mozo apila la leña para saber con qué individuo se van a casar. Myttin detalla hasta quince caracteres deducibles. Comparada con las formidables esculturas de leños con las que se pavonean los noruegos en las fiestas de primavera, mi leñera, donde no cabe una pila muy alta pero los tarugos están separados por grosores, sería la de un individuo cauteloso pero no considerado, para lo que se conoce que hay que mezclar los leños grandes con los más finos. Peor están los que lo dejan todo en un montón, algo que revela «ignorancia, decadencia, pereza, alcoholismo o todo a la vez». 

Bien es verdad que semejante riqueza formal (hasta diez formas distintas de apilar la leña) se refiere, sobre todo, al secado de la madera, tan complejo como aquí el de los jamones, y a que los noruegos se calientan con madera de abedul, fácil de hendir. Ya me gustaría verlos cortar alegremente, con sus barbas rubias y sus camisas de cuadros, los tarugos de carrasca que se estilan por aquí, y eso que las hachas nórdicas (a las que se dedica otro frondoso capítulo, como a las estufas o al mismo calor) tienen un ángulo del centímetro final del filo de 32º. ¡Así cualquiera! 

23.1.21

Proyecto

Cuaderno de invierno, 34



De buena mañana hemos pensado en salir al jardín en busca de faena. Teníamos labores empezadas, la nieve ha parado el reloj. Incluso hay un algo de prisa que es la forma más lenta de la urgencia, pero urgencia al fin y al cabo: hay que empezar ya con la poda, preparar la tierra para los puerros, proseguir con el exterminio de los ailantos, arrimar más leña, por no hablar del día en que haya que hacer recuento de las bajas, qué plantas han resistido, qué animales faltan. Pero eso lo postergamos. Después de tantos días en la madriguera, lo importante es llegar a tiempo de la siguiente luna, hacer todo lo que hubiéramos hecho si el mundo no se hubiese detenido. Ahora ya tendríamos podadas las enredaderas y los vástagos de los membrillos. Habríamos vuelto a los preparativos, que es la fase más entretenida de casi cualquier acontecimiento. Urge ponerse al día, o, por lo menos, mirar el jardín como un lugar en el que pueden hacerse cosas. La belleza estática de la nieve, su larga presencia, interrumpe el ejercicio de la imaginación. Algo sin nieve permite ver cómo se transforma y cómo se podría transformar con muy medidas intervenciones. Con los colores regresan las posibilidades. 

    Volvemos a nuestro mundo cuando nos acordamos de las obligaciones que nos habíamos ido creando. La contemplación a secas se vicia con la nostalgia; paradójicamente, para depurarla es necesario combinarla con la acción, al menos con la posibilidad de acción, de volver al recuerdo de estar haciendo. Cuando el anciano vuelve al pueblo, a descansar, lo primero que hace es ponerse el traje de faena. Para él es una forma no contaminada de volver a ser quien es. 

    Es ese, sin duda, el fundamento del ora et labora. Rezar no equivale a trabajar, como muchos entienden, sino todo lo contrario: si trabajas también puedes rezar, pero si solo rezas no puedes trabajar. Pero la acción también requiere sus preparativos, su oración. Tan interesante es planificar lo que se hará como hacerlo, a veces incluso más, sobre todo si no son grandes proyectos sino faenas de poco momento. Uno descansa y contempla, se contempla, se ve como se vio y como se quiso ver. Más tarde, cuando lleve ya un rato el sol en lo alto (si es que no cuajan esas nubes brunas que veo que vienen del suroeste), saldré a podar un rosal.

22.1.21

Color

Cuaderno de invierno, 33



La impaciencia es mala consejera. Tampoco hacía falta deslomarse para borrar las huellas del temporal. El viento del sur ha traído esta noche un buen rato de lluvia fina, y por la mañana ya le habían vuelto al campo los colores. Hemos emergido de un mundo en blanco y negro. Salvo por algún rastro que queda en los barrancos de la umbría, han bastado unas horas para que la nieve desapareciese. De donde no se ha ido del todo es del camino del río, el único sitio que barrieron con excavadoras. Abrían el paso pero lo apretaron tanto que la lluvia no lo ha podido limpiar. Queda, desde aquí, una delgada línea blanquecina, los restos de una invasión disuelta de la noche a la mañana. 

El reencuentro con los tonos cálidos, la reaparición de los matices, es también un regreso a la realidad. Tanta nieve nos abstraía. Uno se explica esos estilos secos y rectilíneos de los escritores nórdicos. Ellos verán muchos matices en la nieve, pero el minimalismo es un invento del invierno. Hoy las ramas escapan del gris, la maraña de ramas finas en las copas de los álamos ha recobrado un ocre pálido verdoso, del moho que han criado en tantos días de humedad. Junto al río, la hierba sigue aplastada por un peso que no está. Hay unas acelgas con pliegues en las pencas que yo creo que están vivas. Los ribazos se desperezan, los rastrojos recuperan sus reflejos amarillos, el campo de calabazas ya no parece un papel rayado. La celosía que proyectan los árboles saca de la tierra tantos tonos como imperfecciones, cada lado de cada surco, cada cara de cada terrón. Lo que queda de la nieve ya no es más que una gota de color violeta en los campos de maíz. Ese violeta yo también se lo pondría a las zonas de sombra. Ayer estaban negras, hoy brillan como las berenjenas. 

Nuestro apego a la realidad es proporcional a la cantidad de matices que somos capaces de apreciar en ella. Esta gama de pardos cenicientos, como entrando en calor, es el regreso a un sitio conocido. Como no somos noruegos, por unos días hemos vivido a merced de una estética de tonos básicos, compactos, impermeables a los detalles y a las excepciones, con toda la vida sepultada bajo un manto blanco u oscurecida por sombras negras. Más que un paisaje, era como una ideología. 

21.1.21

Letargo

Cuaderno de invierno, 32



Tan solo era cuestión de esperar un par de días más a que la lluvia o el deshielo terminasen de derretir la nieve, pero he notado en mi cuerpo los primeros síntomas de hibernación, la piel fría, las pulsaciones bajas y pocas ganas de comer, de modo que me he puesto a limpiar la umbría, primero con la pala, para rascar los cuajarones de hielo, y luego con el cepillo de púas de metal, no sea que vuelva a helar esta noche. Han sido un par de horas a lomo caliente, todo sea para no amodorrarme como los murciélagos. No se me iba de la cabeza el drama de Oblómov, la gran novela de Iván Goncharov, el tipo que no acierta a levantarse del sofá, y desde allí contempla la perspectiva de ir a alguna parte, aunque solo sea a beber un vaso de agua, y la repasa cadenciosamente, la visualiza, que se dice ahora, hasta que una losa de pereza le nubla las entendederas, olvida qué es lo que estaba pensando y se vuelve a adormiscar. La inactividad de estos días fomenta esa sensación, y uno ya se ha dado cuenta, y no solo por los novelistas rusos, de que hay una desidia sustancial, una modorra constitutiva, orgánica. Esa galbana profunda, que a tantos arruina la existencia, no depende de la voluntad porque la anula, pero tampoco es natural. Los mastines son ronceros de temperamento y sin embargo no perdonan una ronda de guardia ni un ladrido al forastero, ni mucho menos un gato. Esto es otra cosa, es la impasible aceptación de que ningún esfuerzo merece la pena. El día sale húmedo y pastoso, no hiela pero no se van las nubes negras. El goteo constante de las canaleras y unas rachas de viento que ululan en los respiraderos no hacen sino fomentar la pigricia. Es apabullante la de buenas razones que la justifican. Se necesita un esfuerzo considerable para abandonar la piltra y hacer algo de apetito, obligarse a mirar los bloques de hielo que levanto con la pala y no darle la espalda al movimiento de los días. Aunque no sé si merece la pena. A veces uno se siente como esos osos a los que en mitad del invierno despiertan de malos modos y los suben a una escalerilla, a hacer el payaso, y los cansan sin necesidad y los hacen comer sin hambre.

20.1.21

Adagio

Cuaderno de invierno, 31



Sería un día como este, «que es rosas la alba y rosicler el día», el que menciona Góngora en la dedicatoria del Polifemo. El sol no ha llegado a abrirse paso, pero se ha levantado un vientecillo de par de mañana y la noche no ha sido tan gélida como estas últimas. Se va dejando ver la tierra donde habían hecho sus caminos los mastines, veo abrirse en los barbechos corros más oscuros, ribazos jaspeados de hierba seca. Escucho el goteo de los canalones, la nieve que ha dejado la cumbrera al descubierto y va deslizándose por el tejado, y que es un reloj discontinuo, más lento, menos implacable. Aunque solo hemos amanecido a cuatro grados bajo cero, el terreno está tan húmedo y pesado que no reanudaremos las labores hasta dentro de un par de días, si es que la lluvia lo permite.
Este irse poco a poco de la nieve tiene algún que otro inconveniente. El hielo no está solo en las pisadas, sino en charcos que se extienden durante el día y a la noche cuajan en cristales transparentes. Salgo esta mañana decidido a coger el hacha y seguir por donde lo había dejado, aquel tocón de ailanto que se resistía, pero al primer resbalón en una de esas placas finas casi doy en tierra con mis huesos, de modo que he considerado más prudente retirarme a leer a John Muir, el patrón de los naturalistas norteamericanos, antes que jugarme el esqueleto. Está resultando algo desapacible esta novena de la tormenta. Así serían los inviernos en Wisconsin, un terreno duro y blanco y negro, meses de hielo y fango, la tierra ya sembrada, la sorda incertidumbre de los días. Aquí caminamos hacia un invierno seco con oscilaciones térmicas de veintitantos grados, y estos días que van del crudo hielo al solecillo tienen algo de paisaje contumaz, un poco impertinente. El movimiento del invierno es el de una mancha que no acaba de limpiarse. Más que un desarrollo, una plenitud o un ocaso, es un parsimonioso restablecimiento. En la ciudad la gente mira el barrizal de nieve para no escurrirse, pero intenta no verla, hacerse a la idea de que ya no está. En el campo las variaciones son más lentas. Hoy han consistido en un blanco que pasa del fondo azul al más violeta, y un reloj de agua que, más que marcar las horas, las acompaña.

19.1.21

Ascetismo

Cuaderno de invierno, 30



Leo La vida simple, el diario de Sylvain Tesson de cuando se fue a pasar seis meses a Siberia, en una cabaña junto al lago Baikal, no lejos de Irkustk, por cierto, la ciudad de donde salió el submarino que acabó en sarcófago y donde nacieron varios personajes de Otoño ruso. Me interesaba la relación entre frío y ascetismo, pero el libro, adornado, eso sí, con una porción de imágenes brillantes y francesas, da una idea trágica del frío (el hielo es un crujido permanente) pero cómica del ascetismo: hay pocas páginas en las que el protagonista no sea visitado por alguien o vaya él de visita. Si lo que quería es aislarse, no le hacía falta salir de su casa de París, pero aquí las horas de soledad, aun rebozadas de poesía y rayos blancos de sol que avanzan sobre el hule de la mesa, suenan más bien a insoportable aburrimiento, razón por la cual el protagonista se arrea una botella de vodka tras otra. El libro necesitaba que pasasen cosas, acontecimientos excepcionales, descubrimientos reveladores, experiencias inolvidables, en una cabaña de madera de tres por tres, en medio de la nieve y junto a un bosque de cedros centenarios. Tesson no se aparta nunca del espíritu juvenil robinsoniano, con el cuchillo grande de matar osos clavado en el cabecero de la cama, obligándose a pasar calamidades en viajes sin objeto a través de la ventisca, a treinta grados bajo cero, para encontrarse con guardabosques que no hablan y volverse otra vez por donde ha venido. Los episodios están narrados con espíritu de reportero audaz que visita los extremos pero finge callar lo más íntimo de cada encuentro, lo de siempre. 
Pero la novedad, el descubrimiento absoluto (el de quien vive, transitoriamente, como de vacaciones, en un sitio en el que ningún lector vivirá), son más bien contrarios al ascetismo, que siempre descubre lo que cualquiera puede ver. El asceta navega en la rutina, la mejor forma de no naufragar en las horas muertas, y esa rutina está distribuida para contemplar los distintos momentos del día, las diferentes formas de las lechugas, los cambios del tiempo. Al asceta le basta ver cómo se las ingenian las hormigas para entrar en el tarro de miel por más que le pongas una buena tapadera, como dice fray Luis de Granada en unas páginas maravillosas que en cuanto salga del hielo cinematográfico de Tesson volveré a leer con verdadera sed.
 
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