
Borges se quedó ciego del todo en 1955, y al final de su vida, contraviniendo los consejos de Spinoza que él mismo repitió más de una vez, se arrepintió de no haber mentido a su madre moribunda cuando le preguntó si había mejorado de la vista. Esto lo dice en una de sus últimas conferencias, ya con ochenta y tantos años, cuando se limitaba a repetir frases ya dichas, ideas ya comentadas, y a escuchar las preguntas del público y contestarlas con otras frases conocidas. Él mismo dijo que su ceguera no fue repentina sino «un lento crepúsculo». Estas conferencias que publica ahora Alfaguara, pronunciadas entre 1960 y 1985, un año antes de morir, son también, a su manera, otro lento crepúsculo, desde las brillantes disertaciones del principio a las charlas de recurso del final, desde las primeras perspicaces observaciones a las últimas citas manidas.
Cualquier profesor sabe que su crédito enflaquece cada vez que se repite, porque da la impresión de no haber puesto mucho empeño, de tirar de repertorio, de no pensar en lo que dice, y no hay nada que más aleje a un alumno que la desgana de quien le enseña. Borges era profesor, y sin duda brillante, pero quizá por todos esos años de enseñanza se produjo una especie de decantación de frases, de ejemplos, de citas, un puñado de perlas que deslumbran la primera vez que se ven, pero no las siguientes. A eso hay que añadir que, a pesar de que sus conferencias fueron transcritas y, con alguna excepción, corregidas por él mismo, no sé si le hubiera gustado a Borges la idea de que otros se ocuparan de su edición. De las veintiocho conferencias que se recopilan en este libro, cinco versan sobre la poesía gauchesca y el Martín Fierro, y las cinco son muy parecidas, con las mismas citas, con las mismas ideas y casi las mismas frases, por no hablar de que muchas de ellas andan desperdigadas en otras conferencias que en principio no versan sobre el mismo asunto. De todos modos nunca son exactamente iguales, y forma parte del placer ver cómo unas son, por así decirlo, más habladas que otras, o menos rehechas o corregidas. ‘Poesía y arrabal’, por ejemplo, otra variante sobre la literatura gauchesca, es, quizá, la más oral de todas, con un hilo que va y viene, llena de alusiones, excursos y por ciertos: un hombre, en fin, hablando de lo que sabe. Y algo parecido cabría decir de ‘Testimonios de mis libros’, que según la editora es la única versión taquigráfica no corregida por el autor.
Esto es también importante para la idea que Borges tenía de la creación literaria. Con frecuencia repite que el poeta es un amanuense, más que un creador, en el sentido que la palabra vate antiguamente tenía, algo así como un médium, un transcriptor de algo que le viene de fuera, ya sea la musa, como en el caso de Homero, de Virgilio o de su discípulo Camoens, a quien dedica tres conferencias, o el mismo Espíritu Santo, quien según la tradición judía fue quien dictó la Biblia, ejemplo que una y otra vez sirve a Borges para repetir aquella frase de Bernard Shaw sobre que no solo dictó la Biblia sino cualquier libro que merezca la pena, y que de un modo u otro reaparece en sus frecuentes y elogiosas alusiones al judaísmo («ese pueblo admirable al cual todos pertenecemos más allá de las vicisitudes de la sangre»), ya sea por su análisis del Libro de Job, un libro infinito para un dios inabarcable, o por sus dos charlas sobre Spinoza, de quien sobre todo alaba el hecho de no ser un escritor profesional sino un pulidor de lentes que escribía en sus ratos libres; de la idea de la importancia del azar, ese orden desconocido, que sacó de la lectura de Agnon, o de su admiración por Cansinos Assens, su principal proveedor de ideas para que Borges llevara el ultraísmo a Buenos Aires, y con él el culto a la metáfora.
Pero ese culto es juvenil y pagano. Con un afán clasificador y reduccionista que también aplica a los temas de la literatura fantástica, que él reduce a siete (la transformación, el onirismo, la invisibilidad, el tiempo, lo sobrenatural, el doble y las acciones paralelas), Borges piensa que el número de metáforas es limitado: el río y el tiempo, la existencia y los ojos, la vida como sueño, las mujeres y las flores, la luna como espejo del tiempo, la mariposa de Chuang Tzú (el hombre que soñó que era una mariposa y cuando despertó no sabía si era una mariposa que soñaba que era un hombre…), y un no muy largo etcétera. De hecho recomienda que las metáforas sean «un poco secretas», no muy escandalosas, e incluso medio se arrepiente de haber escrito La biblioteca de Babel, por ser una metáfora llamativamente kafkiana. Otras veces, y con toda la razón, justifica la metáfora como esencial en el lenguaje corriente (‘tirar la casa por la ventana’, por ejemplo), aunque resulta curioso que no distinga entre símil y metáfora, es decir, entre referentes explícitos e implícitos.
En todo caso no se declara muy amigo de ese culto a la metáfora desmelenada que profesó de muchacho, cuando aspiraba a ser «un escritor del siglo XVII», como Quevedo, a quien incomprensiblemente tiene en mucha más estima que a Góngora. Se ha citado alguna vez, por cierto, una supuesta frase suya en la que dice que el gran escritor es Quevedo, no Cervantes. Nadie lo diría por las flores que le echa al Quijote, sobre todo a la Segunda Parte, y muy especialmente al emocionante, por austero, momento de la muerte del personaje. En cuanto a literatura contemporánea, llama la atención, aunque tampoco mucho, que alabe a Jorge Guillén como el gran poeta en castellano de su tiempo (por su felicidad de lo presente, no por la mustia y falsa felicidad de lo pasado) y desdeñe a Lorca en tanto que escritor de «poesía decorativa», del mismo modo que le parezca mediocre el Neruda sentimentalón y floripondioso (y le alabo el gusto) pero le interese, y no por sus ideas, el político, supongo que el del cargante Canto general. No hay contradicción en ello: tampoco le interesa la democracia y sin embargo admira a Whitman, e insiste en que el verso libre es más difícil que el de sílabas contadas.
En cuestiones de poética Borges prefiere siempre la oralidad, lo que pueda ser entendido por cualquiera, precisamente por estar acostumbrado a oírlo. En el inglés almidonado y libresco que usa Borges en una de las conferencias, «a word in order to have some strenth about it, to be really effective, should somehow belong to the spoken language». Ello excluye el uso excesivo de localismos y atempera las tentaciones de prolijidad. Cuenta cómo de joven escribió un libro lleno de argentinismos, tantos que acabó siendo un texto incomprensible, y en varios pasajes, hablando, por ejemplo, de poesía gauchesca, insiste en que la mímesis no es una cuestión de minuciosidad, es decir, ningún gaucho describiría un paisaje porque de él solo le interesa si va a llover o no, aparte de que ningún gaucho usaría la palabra gaucho, que es, aparte de un término despectivo, un invento de poetas cultos. No es la primera vez que habla de ello. En uno de sus ensayos recuerda cómo Gibbon se dio cuenta de que en el Corán no aparece ni una sola vez la palabra ‘camello’, y sin embargo no hay nada más árabe que un camello. Bueno, sí: el Corán. Pero en el Martín Fierro, por ejemplo, «there is not a single word in slang». Aunque lo mejor quizá sea la mezcla de ambos registros, igual que hace Shakespeare, a quien dedica una conferencia —en castellano— en la que, ademas de insistir en su «multiplicidad», en la línea del poeta de poetas del que hablaban Coleridge y Keats, se luce al explicar esos dos versos de Macbeth que sirven de muestra para la mezcla feliz entre la lengua culta y la popular: «The multitudinous seas incarnadine, / making the green one red». La cita, y su explicación, son brillantes, como lo es darse cuenta de que está sacada de la Enciclopedia Britannica. El mismo Borges dice que siempre ha sido un gran lector de enciclopedias.
Como Flaubert (que no era santo de su devoción), Borges trabaja un texto hasta el extremo de que su escritura parezca no haberle costado ningún esfuerzo. Cree, con Shakespeare, en el «estímulo inmediato», en que la literatura surja de una cierta inocencia, no de la premeditación. «Yo no trato de intervenir en mi obra», dice más de una vez, como los vates antiguos pero sin ningún espíritu que los acompañe más allá de la intuición, del esperar que algo asome, una frase, una idea, algo que ayude a construir un mito, porque los mitos «son más importantes que los hechos». Borges prefiere atisbar esa sombra en el mar que parece una isla y quizá sea un continente, según la frase que unas veces atribuye a Stevenson y otras a Conrad, y dejarse llevar. Aspiraría a la épica, como los grandes, aunque sabe que «a la larga, todos los poemas heroicos giran hacia la elegíacas, porque los hechos gloriosos pasan, y la derrota muchas veces otorga la dignidad del que no tiene la victoria». Ahí está el gran Héctor para confirmarlo.
En sus últimas conferencias Borges no tuvo reparos en hacer la decantación de su propia obra. De entre sus libros de cuentos, dice que los mejores son El informe de Brodie y El libro de arena, los dos de un escritor ya setentón —y ciego—, y entre los de prosa prefiere El otro, el mismo, del 64, y La cifra, de cuando había ya cumplido los ochenta años; es decir, prefiere lo último y prefiere lo hecho cuando ya solo podía escuchar, no leer, y ya solo podía dictar, no escribir, que es la situación en la que se mantuvo durante las últimas tres décadas de su existencia.
Y también en esas últimas actuaciones es donde más alusiones políticas encontramos. Al margen de su irrenunciable, casi altivo argentinismo: «Me siento argentino, profundamente argentino, irreparablemente argentino», a pesar de esa, dice inclinación al desperdicio del talento que padecen sus compatriotas. Pero «pertenecer a un país es un acto de fe. Ser argentino es sentirse argentino». Aquí las fechas son orientativas. En política, se declara conservador, «anarquista spenceriano», es decir un negacionista del Estado, y también «un hombre de 1955», el año que cayó Perón y triunfó, a cañonazos, el golpe militar también llamado Revolución Libertadora. Pero esto lo dice Borges el año 75, meses antes de otro alzamiento militar, el que se bautizó con el no menos pomposo nombre de Proceso de Reorganización Nacional y aterrorizó a los argentinos durante ocho años. En septiembre del 75, Borges, después de reafirmar su patriotismo, dice que los argentinos están «atravesando una época turbia», para la que tiene una humilde solucion: «Si cada uno de nosotros trata de conducirse honradamente estaremos ayudando a salvar a este país», al que ve, un tanto ciceronianamente, «entregado a cultos innobles»: el lujo, el dinero, con «mercenarios alquilados por diversos bandos», violentos pero en realidad cobardes. Se aleja, insiste, tanto del comunismo como de la democracia, lo que no le impida valorar, como vimos, lo bueno que hayan escrito unos y otros. Y en el año 85, dos años después de acabada la dictadura, reconoce: «En ciertos momentos era muy difícil decir ciertas cosas. Pero algunos escritores, Sabato o yo, por ejemplo, gozábamos de cierta impunidad y la aprovechamos, en un país tan fácilmente miedoso como la Argentina». De qué «ciertos momentos» habla, ya no es asunto de este libro.
No obstante, y siguiendo a Borges, las opiniones no importan, no al menos para disfrutar de un artista como él o para determinar el juicio sobre sus obras. La literatura, y la vida, que a estos efectos son la misma cosa, están por encima de ello, y a fin de cuentas, como él dice, «no hay días en que no haya un instante de cielo y varios instantes de infierno y muchos instantes de purgatorio». En ese laberinto estamos.
Jorge Luis Borges, Conferencias reunidas. 1960-1985, compilación y edición de Sara Luisa del Carril, Alfaguara, 2026, 424 p.