La venta, las varias ventas a donde van a para los personajes, desprenden su fragancia teatral y cervantina. Hasta una de ellas llega, viajando desde la novela anterior, desde la Galicia de los Montenegro a la Navarra invernal y carlista, Cara de Plata con su tía, la monja Isabel, y Eladia, la muchacha sorda, en un carro de contrabandistas en el que no se dice en ningún momento que vayan los fusiles de Los cruzados. De hecho es inspeccionado y se certifica que va de vacío. En la venta reconoce Cara de Plata a Roquito, de quien ya sospechó en su momento, y en la venta, en otra venta, terminará la novela.
Las dos mujeres también pasean su carro de venta en venta, y curan heridos de un bando y de otro, y se preguntan qué es aquello de la guerra, «¡un olvido de la vida y del fin! ¡Un resplandor que calma todos los pensamientos!», pero la monja comprende, a su manera fanática, que la guerra y la sangre son signos de redención, si bien «la guerra comenzaba a parecerle una agonía larga y triste, una mueca epiléptica y dolorosa». Ese y otros resplandores de hogueras en las que se abrasa la vida forman también un motivo que estructura la novela. La guerra se identifica con la hoguera, Roquito juega con los tizones de una hoguera que acabará quemándole los ojos. En su venganza brilla el resplandor del fuego que acaba con la ebria soldadesca. La partida de Egoscué asa las cabras de Ciro, cuyas cabezas degolladas «eran de aspecto brujesco bajo el resplandor de la hoguera, con sus ojos lívidos, y sus barbas sangrientas, y sus ojos infernales».
La accion se desata en una escaramuza final entre carlistas y republicanos, impresionantemente bien narrada, que comienza con un zagal subido al asno del capitán (siempre la fatal audacia de los inocentes) al que «una bala le abrió un agujero en la frente», y él «siguió sobre el asno con las manos amarillas y un ojo colgante sobre la mejilla, sujeto de un pingajo sangriento. Fue inclinándoselas lentamente hasta caer, y el asno quedó inmóvil a su lado». Su padre lo venga de inmediato, y arrastra un herido a la cuneta, y se suceden las cornetas y los tiros, los cadáveres y las banderas, las heridas tumefactas y esa rara insensibilidad que hace que el infierno sea un estado natural. Cara de Plata demuestra su valor recuperando a una yegua, cabalgando como un héroe por los peñascales, las monjas no miran a quien atienden y Egoscué demuestra su valor y desoye las funestas predicciones.
Nadie quería al cura Santa Cruz, como se verá en la siguiente novela, pero los militares tienen esa cosa de la lealtad… Pero ya los viejos carlistas le acusan de que con sus barbaridades solo hace que desacreditar a los carlistas. Sabemos que la acción ocurre en 1874, aunque el duque de Ordax, al brindar por la república, dice que «hubiera sido mejor un responso que un brindis», y otro apunta que «ahora debe brindarse por el hijo de doña Isabel», es decir por Alfonso XII. Están en el palacio de Redín, en un interludio anterior a la batalla en el que suena esa «música ligera que el viejo clavicordio desgrana lleno de pesadumbre». Estos contrapuntos entre los salones galantes y los caminachos llenos de sangre se harán más evidentes en Gerifaltes de antaño. Aquí solo son preludio de trompetería, la calma que precede a la batalla.
Por este y otros detalles, más evidentes en la siguiente novela, uno tiene la sensación de que Valle-Inclán apuntaba a una especie de Guerra y paz a su manera, con su distancia, esa que hace que acontecimientos ocurridos tan solo treinta y tantos años antes se narren con el brío épico de las hazañas y de las leyendas. El lenguaje, sin perder la estética grotesca, se apoya mucho más en la precisión y el ritmo poético para conseguir una brillantez casi siempre apabullante, pero Valle-Inclán lleva firmes las bridas para no dejarse llevar por esos retorcimientos que oscurecerán un tanto algunas otras novelas. No estamos aún en los desparrames de El ruedo ibérico. Pero incluso con el freno tirante su prosa resplandece, su fuego nunca se apaga.




