3. 1954-1955
La producción cuentística de 1954 fue menos abundante, sobre todo, es de imaginar, porque es el año de El fulgor y la sangre, la primera novela que publicó Aldecoa. Sin embargo, otro cuento de ese año, ‘El mercado’, también tenía trazas de novela, no tan concentrada en el asunto como El fulgor…, que por otra parte parece una —excelente— novela corta expandida desde dentro de la historia, desde las vidas y recuerdos de los personajes que encarnan el breve y angustioso drama. ‘El mercado’ era otra cosa: dos historias paralelas con un débil hilo de unión (el negocio de las cañerías) que no es esencial en el relato, salvo por su condición metafórica: unos malviven rebuscándolas, otros sacan tajada especulando con ellas. Lo que los une es el noviazgo/casamiento de una familia pobre, dedicada a rebuscar en las basuras (como el señor Custodio), y otra con ínfulas burguesas, con el padre comerciante de pescadería, su hija un poco boba y un desaprensivo cazadotes. Tiene un aire muy cinematográfico, pero, como dijo el otro, propone mucho y no resuelve nada. La cosa termina con un cuadro de gentes humildes, con ramalazos de crimen pasional que no llegan muy lejos, y de otras remilgadas y entontecidas por el qué dirán. Les une el hecho de que casi todos (sobre todo ellos) son igual de tontos. Hay escritores que tienden al sarcasmo y otros a la compasión. Aldecoa es de estos últimos, y cuando se deja llevar por la guasa despectiva no alcanza los niveles de cuando se dedica a comprender. La parte de los basureros, sobre todo lo relativo al padre, tiene mucho más interés que la otra, está menos mediatizada por la inquina del autor, por otra parte del todo comprensible. Seguro que hay lectores a los que les parece justo lo contrario.
Sin embargo, los otros dos cuentos del 54 parecen confirmar esa impresion. ‘Los hombres del amanecer’, que va directo a la antología, tiene que ver con ese lado compasivo. Dos amigos se ganan la vida cazando víboras para un laboratorio, pero ahora no las quieren y prefieren ratas. Hay una dignidad sugerida en su descripción, no explícita, de buena gente que vive como puede, aunque sea en una ciénaga inmunda, como un andarríos. No es la primera vez que la dignidad en la ciénaga, tema tan barojiano, sale a colación, y, por lo demás, el tema de las ratas de laboratorio llegará a ser muy famoso, y no será esta la última vez que lo mencionemos.
El otro ejemplo estupendo de comprensión sin sarcasmo es ‘Santa Olaja de acero’, que aborda la jornada de dos fogoneros en un tren. Hay un susto que puede acabar en tragedia, pero queda en nada, en uno de los muchos riesgos que tienen cada día que afrontar. El lenguaje, técnico y austero, detallista pero sin filigranas gratuitas, es del tiempo del Jarama, y se desplegará con ese mismo tono en Gran sol. Aunque se centra en Higinio, un trabajador sencillo, la figura del bárbaro Mendaña, que ha comido lagarto y rata y lo que se terciara, recuerda un poco a la del Matao. Pero esa búsqueda ya va a ser una constante. En ‘Entre el cielo y el mar’, de 1955, un chiquillo, marinero en tierra, quiere embarcarse en un pesquero, lo que para él significa tanto como que lo tomen por un hombre hecho y derecho. La historia sucede en tierra firme, donde se quedará la infancia, pero el cuento huele a mar.
Antes de dar el siguiente paso, Aldecoa visitó territorios conocidos. En ‘El asesino’, pinta, otra vez con saturaciones esperpénticas, un cuadro de vagos flamencos con un barbero inglés de pasado turbio. Se nota que el objeto es reproducir el habla de los andobas, apalancados en la taberna, dándole al cante y al vino. El inglés es un charlatán que no termina de hacer gracia, como si Aldecoa hubiera conocido a uno de esos personajes fabulosos sobre los que se podría escribir una historia, pero luego se escribe la historia y resulta que tampoco era para tanto. El cuento nos remite a los inicios solanescos, pero ‘El caballero de la anécdota’ tiene que ver con esa huella que al principio de la década le había dejado La colmena. En el estilo apenas hay diferencias, si acaso en que este caballero no es un miserable, tan solo el cliente de un café sobre el que murmura el camarero y hace cábalas siniestras porque no sabe quién es. Luego resulta que es aficionado a la poesía (como Martín Marco), pero lo sabemos por otros personajes que asoman para decirlo. Hasta la dueña del café se da un aire a doña Rosa.
El siguiente paso iba a llegar de la mano de la autobiografía, o más bien de lo que ahora llamaríamos autoficción, y su arranque es muy prometedor: en ‘Aldecoa se burla’, el estudiante Aldecoa se sonríe y el profesor le exige que diga de qué; como no lo hace, recibe un castigo ejemplar y desproporcionado. Se huele el ambiente de los colegios, el humo de la patria, con un lenguaje sobrio, con su punto de amargor y de ternura. Y en esa misma línea, pero algo prolijo y sin demasiada gracia, le siguió ‘Maese Zaragosí y Aldecoa, su huésped’. Aquí el estudiante Aldecoa le da largas al casero para no pagarle. El casero es un alma cándida que le tiene fe a los remedios de curandero, llenos de nombres de flores, sobre todo porque no tiene dinero para ir al médico; pero es buena persona y el narrador se acaba apiadando de él, lo que no sé si hará bien a la moraleja pero sí a la calidad del cuento, por esa oposición entre sarcasmo y compasión que comentábamos.
Volveremos a ese mundo de la adolescencia, al aire viciado de monsergas y puro de miradas que Aldecoa recuerda de los colegios, pero antes encontramos algunas otras muestras de realismo depresivo. ‘Balada del Manzanares’, por ejemplo, cuenta la desangelada relación de una pareja de tortolitos de posguerra. Es cierto que otra vez la sorna contribuye a que la historia sea un poco chusca, pero encontramos algo muy importante para la fecha en que se publica: el contraste entre los paisajes, de muy elaborada y fulgente poesía, con el diálogo de besugos de los novios, sus riñas tontas y sus reconciliaciones más tontas todavía. Pero ese contraste, ese contrapunto de paisaje lírico y diálogo vulgar es la fórmula que encontró Ferlosio para El Jarama. Una vez más, y no será la última, aparecen intuiciones, esbozos, ensayos de Aldecoa que otros, sin mejorar su calidad, elevaron a cotas históricas.
Porque para estas fechas (Aldecoa tiene treinta años) su prosa ha alcanzado la plenitud, por más que no hubiera de renunciar después a esa minuciosidad tan recamada que a veces lastra un poco su prosa. ‘Vísperas del silencio’ es otro relato largo, casi novela corta, de dos historias paralelas, una de pobres y otra de ricos, a cuál más triste. El vínculo es que el niño pobre enferma y muere, y el niño rico sigue vivo. En la familia pobre, el padre es pocero, con dos hijos un tanto vagos, uno de ellos con ilusiones de ser futbolista, y una madre, Pilar, que redescubre el viejo amor por su marido. En la familia rica, un viudo se desespera con un hijo perdis, mal estudiante, bebedor, que hace tonterías con su novia pero no se atreve a abandonar el momio del hogar, y una hija casada con un pobre hombre, Crisanto, al que desprecia por «apergaminado». Vemos sus vidas insulsas, unos en las alcantarillas, otros en una finca campestre y un piso con criadas en Madrid. Es objetivismo descriptivo, de diálogo ágil y verosímil y descripciones contenidas, otro más en el aire coral de La colmena, como si Aldecoa hubiera tratado desde diferentes puntos de partida una novela de ese tipo, pero ni aquí ni en ‘El mercado’ lo hubiera terminado de conseguir. No lo hizo, y tampoco hay que lamentarlo, porque el siguiente relato, que sí se haría largo y redondo, es una novela del 56, Con el viento solano, otra pieza maestra que no necesitaba de contrastes ni personajes múltiples, sino de una sola historia, un solo personaje principal, y un pulso firme y sensible para contarla.