Fue una suerte conocer la obra de Elizabeth Gaskell a través de la espléndida novela Norte y sur, en 2015, porque yo creo que hasta entonces lo único que había traducido era Cranford, o por lo menos el único libro con el que se identificaba a su autora; y no solo en España: parece ser que solo a finales del siglo XX Gaskell dejó de ser en Gran Bretaña la autora de 'Cranford' y empezó a calibrarse de nuevo su mayúscula estatura como novelista. Conque tengo la sensación de que si hubiera empezado a leerla por Cranford no habría seguido, y algo similar me ha ocurrido con las otras dos novelas de la serie, Las confesiones del señor Harrison y Lady Ludlow, que me resultaron de un humor lejano, escritas para un público distinto, no sé si solo el público inglés o incluso el público inglés del XIX. Debe de ser lo primero porque se han hecho series con estas novelas y veo por ahí que son algo así como el paradigma del costumbrismo tierno. A Dickens le encantaban, más aún después del potente debut de Gaskell con Mary Barton, cuando la invitó a escribir para su revista Household Words y Gaskell se dejó de dramas desgarrados y ensayó con éxito el género rural.
Cranford es un bondadoso cuadro sobre la mojigatería de las élites de aldea, las señoras que no se manchan las manos en el huerto y pasan el tiempo auscultando el corazón del vecindario desde su ventana o visitándose para tomar el té. La historia la narra la joven Mary Smith, cuyo nombre solo se nos dice muy al final, amiga de la señorita Jenkins y la señorita Matty, dos solteronas que han vivido en Cranford toda su vida. Se diría que a través de ellas se nos divierte con el tópico de la alta burguesía campestre venida a menos, que no ahorra en formalidades pero sí en todo lo demás, sobre todo en comer. Y sin embargo estas damas que se agarran a una idea sobrevalorada de sí mismas tienen el buen corazón que el público (y Dickens) más valoraba, por mucho que las historias sean solo humorísticas en los relamidos tratamientos, porque casi todo lo que se cuenta es tristísimo.
Abundan, por ejemplo, las muertes y las enfermedades. Nada más empezar la novela, la señorita Brown sufre una extraña dolencia y es cristianamente atendida por su hermana y su padre. El padre salva a un niño vagabundo de morir aplastado por un tren, la fiera corrupia de aquel entonces, pero él mismo tropieza y es arrollado. Días después, su hija, incapaz de sobreponerse a la enfermedad y la desolación, muere también, y la hermana, la señorita Jamie, encuentra refugio en el matrimonio con un militar que sirvió a las órdenes de su padre. Pero hay más. La señorita Matty, en plan Fermina Daza, se reencuentra con su amor de juventud, Holbrook, que sigue soltero y es un buen partido. Tras algunas sutiles y complicadas maniobras de acercamiento, parece que, como Dido, la señorita Matty reconoce el rastro de una antigua llama, pero el pobre Holbrook, rejuvenecido, viaja a París y el viaje acaba con él. Otro entierro. Esta desconsolada señorita Matty se queda casi en la indigencia cuando su banco quiebra, pero encuentra la no muy espléndida pero sí voluntariosa colaboración de las otras damas, cuyos maridos o están también muertos o en algún lugar lejano.
Hay dos historias que, sin ser un canto a la alegría, animan la función. Una es la de Peter, hermano de la infortunada señorita Matty, que cometió de joven una extraña travesura, vestirse de mujer y pasearse con un bebé de pega, y su padre le infligió un muy británico castigo físico, hasta que el muchacho, abochornado, se marchó de casa. Nadie supo más de él, pero a través de otra dama desgraciada, la esposa del mago Brunoni, la señorita Matty se entera de que quizá su hermano fuese a parar a la India, con lo que se nos prepara una anagnórisis con la que resolver la novela y los problemas económicos de la pobre dama.
La otra historia es, precisamente, la del mago Brunoni, un ilusionista errante que se gana la vida como buhonero de trucos malos. Malgastó en la India los mejores años de su vida, hasta que su esposa, a la que ya se le habían muerto cinco hijos pequeños, lo arrastró de vuelta a casa. La llegada del mago al pueblo es una revolución textil. Todas las señoras –incluida lady Glenmire, una aristócrata de verdad que luego resultó ser tan pobre como las otras, pero más simpática y resuelta–, hacen un mundo de aquel espectáculo, de qué sombreros ponerse (la traducción habla de «gorras», que no pega mucho), de qué vestidos no raídos llevar, de cómo comportarse para no mostrar al populacho su entusiasmo, etc, etc. El tal Brunoni exhibe su ilusionismo apolillado y se marcha con su familia por donde ha venido, no sin dejar en Cranford la mala fama de haber robado no se sabe qué. Con un poco de esfuerzo, se hacen divertidas las páginas en las que todas esas cacatúas hacen cábalas sobre quién puede haber sido el ladrón, hasta que se enteran de que el robo se redujo a dos manzanas y los ladrones a unos chicos del pueblo, y eso que nadie en Cranford podía caer tan bajo…
Los finales son amables y samaritanos. Las damas buscan alojamiento para la errante familia del mago, que resulta herido en un accidente de coche (de caballos); incluso la criada de la señorita Matty, Martha, se ofrece a mantenerla y a llevársela a vivir con su prometido, un tema que da para una condescendiente sonrisa lacrimógena (o, tiempo después y en nuestra lengua, para la impresionante Misericordia). Pero ya antes, con la ayuda de sus amigas, Matty ha podido establecerse con una tienda de té, claro, y el hermano pródigo, Peter, reaparece a tiempo de que todo quede en su sitio.
Como documento de realia sobre las costumbres de la época, sobre todo en materia de sombreros, la novela es una mina, y agradable porque Gaskell nunca escribió nada que no fuera una delicia de prosa. Pero a estas alturas nos resulta un poco sosa, un poco gazmoña, por más que el humor surja precisamente de la parodia de esa misma gazmoñería. A los ingleses no sé qué les gusta más, si la actitud o su parodia. Eso Gaskell también lo sabía.
Elizabeth Gaskell, Cranford, trad. María Faidella, Alba, 2012, 290 p.







