14.7.26

Tierra, mar y humo (y 6)


 Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
6. 1965-1969


En sus últimos años Aldecoa dedicó la mayor parte de sus no demasiados cuentos a temas que cristalizarían en la novela Parte de una historia, de 1967, y que tienen que ver con el giro que los acontecimientos estaban tomando en el país. Los extranjeros en España volvían a ser un tema, aparte de unos bichos raros, pero también la forma de vida de cierta burguesía intelectual que intentaba remedarlos. El cine ya no era solo la cámara desnuda que constata las verdades dolorosas, sino una retórica de arte y ensayo, una pose divine, como un cóctel de sabor francés en una terraza ibicenca con vistas al mar de Ulises.

Y así, aun en los cuentos de realismo tardío, vemos ya la cámara por alguna esquina. ‘Un buitre ha hecho su nido en el café’ es como si Orson Welles tuviese una querida que le birla un Cary Grant ya sesentón, a él y a otro aspirante igual de joven que ella pero que no da la talla, y suponemos que no solo la económica, sino más bien la talla social, el mucho mundo, ese glamur que entonces todavía era glamour. Es muy filmable, pero un tanto tópico, como algún otro intento de aspecto folletinesco con el que Aldecoa recayó en ese humor tan discutible. ‘El silbo de la lechuza’ parece, en efecto, un proyecto de folletín al estilo de García Pavón, en este caso con unas viejas ociosas y unos novios que se esconden, y unos animales de casino de provincias que envían anónimos al estilo de los de Calle Mayor, además de un loco que piensa que ha matado a su mujer. Lo menos gracioso es la evidente voluntad de serlo, y durante demasiadas páginas.

Hay dos cuentos, uno del 65 y otro del 68, que suponen un giro incluso drástico hacia esa estética culturalista, refinada, etílica y pretenciosa que por otra parte abundaba entre los escritores de su generación, desde Martín Santos a Garcia Hortelano pasando por todos los habituales del cogollito goytisolano. Uno es ‘Ave del paraíso’, paradigma de los cuentos gauche divine, contado con sarcasmo pero sin demasiada gracia. El mundo —cerrado— es una isla con bon vivants, beatniks, mucho alcohol, tratamientos nobiliarios y un exceso de parafernalia verbal para contar que beben mucho y no hacen nada. Sea una crítica o una concesión al experimentalismo de la época, resulta demasiado largo y vacío, aunque puede que en esto consista la crítica precisamente, algo más explícita en el otro cuento de este estilo, ‘Amadís’, la historia de un crimen, el asesinato de un viejo coleccionista de arte (y seductor de viudas y especulador inmobiliario) a manos de su joven pareja y de otro joven amigo. Enterrado en la hojarasca verbal, el ambiente es una mezcla de psicodelia ibicenca de la época y exquisitez lampedusiana. No es la primera vez que Aldecoa utiliza nombres de cuento medieval o de novela artúrica, o de drama simbólico decadente, pero el conjunto resulta demasiado prolijo, sobre todo porque, como en muchas otras ocasiones, la resolución del cuento coincide con su argumento, pero en este caso esa técnica despoja de interés buena parte del excesivamente largo relato.

Otro relato largo, también de aire Nouvelle Vague pero mucho más interesante, todavía en el 65, es ‘Los pájaros de Baden-Baden’, quizá uno de los más famosos del autor, aunque me temo que no tanto por su incuestionable calidad como por haber sido llevado al cine o porque el título se hacía eco de un chascarrillo muy madrileño que luego repetía con frecuencia Eduardo Haro: «Madrid en agosto es Baden-Baden». Sobre todo, claro, para cierta clase de selecta burguesía. Pero sorprende que con este relato se haya hecho una película, aunque sorprende menos que, con las licencias artísticas de la época, Camus utilizara el cuento como punto de partida, casi una mera coincidencia, porque la película no tiene nada que ver con el relato. Lo que escribió Aldecoa es sobre una mujer, Elisa, que está escribiendo un libro en verano y en su entorno aparecen tres hombres: un imbécil de su misma edad, suponemos que un alto cargo ministerial que está de Rodríguez en Madrid y quiere ligar con ella sin demasiado disimulo; un médico mayor que Elisa, que le trata con condescendencia y respeto pero también se siente atraído, y un joven fotógrafo que va a ilustrar su libro, desastrado y bebedor, muy beat (un poco pronto era en España para ser jipi), del que Elisa se enamora con un amor, este sí, de película francesa. Rechaza a quienes la desean (el estúpido Rodríguez, que además es el marido de una amiga de Elisa) y a los que la quieren (el médico abstemio, o casi), pero no puede resistirse a quien representa su propia juventud perdida. Mucho cubalibre para otra historia cool con más planteamiento que otra cosa. La supuesta película empezaría al terminar el relato. La de Camus, de 1975, va por otros derroteros.

Lo bueno de ‘Los pájaros de Baden-Baden’ es que para contar historias modernas, de mujeres liberadas y metáforas ardientes, tampoco era necesario martirizar al lector con oscuridades ni alambicamientos, algo que en la época fue una verdadera lata. Las buenas historias seguían requiriendo transparencia, como es el caso de ‘Party’, también de 1965 pero publicada tras la muerte del autor. Un hombre se emborracha de coñac y de celos mientras su mujer está en una fiesta. El relato hurga en esa enfermedad de la imaginación (Aleixandre) que son los celos, en una discusión narrada en condicional con «un dramático tono de alta comedia». El hombre se castiga, se regodea morbosamente con que la mujer vuelve de la fiesta y tras una conversación de aire libresco ella le dice (le diría) que no lo quiere, que está harto de él, de sus obsesiones y sus borracheras, por muy intelectuales que sean. Hasta ahí nos recuerda a las novelas que ya estaba escribiendo Murdoch (lo que no quiere decir que Aldecoa tuviera que conocerlas, claro), pero aquí el final es de un realismo predesarrollista: la mujer regresa de la fiesta y el que está harto del matrimonio parece ser él, porque ella resulta ser una inocente marujilla de la alta sociedad. El final consigue así redefinir el cuento entero, algo que si no se hace así de bien suele acabar fallando por pretencioso, y desde luego este no es el caso.

Hasta 1968 no volveremos a tener más cuentos. El año 67, suponemos, se pasaría escribiendo Parte de una historia; del 68 es el cuento ‘Amadís’, del que ya hemos hablado, y también ‘La noche de los grandes peces’, póstumo, que tiene todo el aspecto de ser un descarte de Parte de una historia, o un trabajo preparatorio. Nos trae recuerdos de Gran Sol y una mezcla entre la pesca de bajura y el turisteo pijo. Unos veraneantes de posibles salen a pescar con unos paisanos, la noche se da bien y sacan un pez zorro de cuatro metros que en su último estertor hiere a uno de los turistas en la mano, de lo que luego él presume entre sus ociosas amistades. Es una estampa sin mayor enjundia, pero con el reflejo de sus dos últimas novelas se llena de interés.

El último de sus Cuentos completos es del 69, ‘Un corazón humilde y fatigado’, también póstumo. Desde el título (Aldecoa murió de un ataque al corazón) hasta el contenido, el relato da el escalofrío de quien barrunta con cierta sorna su propio final. Unos comerciantes aparentemente sencillos y tradicionales reciben la visita de alguien que les pide que le ayuden a certificar la muerte de su hijo, que no se le siga dando por desaparecido. Son los «asuntos de la guerra» que siguen perturbando la tranquila vejez de la gente. Los tenderos se niegan, como se negaba tanta gente del país a decir siquiera que los suyos habían sido asesinados, y mucho menos los que no eran nada suyo. Eran los años 60, sí, pero aún ardía en silencio la memoria. El único que no parece tener miedo es un cura que bromea con la muerte seguro de que todavía le queda lejos. Como a Aldecoa… El cuento es un regreso al realismo sobrio, minucioso y brillante, pero sin rodeos ni prolijidades, y con esa estructura paradigmática de largo planteamiento y rápida solución, como si hubiera dejado para el final una pequeña muestra de lo mejor, de lo más característico, de lo más hondo y valiente, de lo más claro, de lo mejor escrito.

Así las cosas, y antes de leer los prólogos de Josefina Rodríguez Aldecoa, de comprobar qué cuentos seleccionó ella para su edición de Cátedra, solo con esta lectura parcial y caprichosa de los 79 Cuentos completos yo me atrevería a incluir los siguientes relatos en una supuesta antología. Todo este largo preámbulo no tenía más objeto que este escueto final.


  1. Chico de Madrid (1950)
  2. La sombra del marinero que estuvo en Singapur (1951)
  3. Los atentados del barrio de la Cal (1951)
  4. Los bienaventurados (1951)
  5. Caballo de pica (1951)
  6. Hasta que llegan las doce (1952)
  7. La humilde vida de Sebastián Zafra (1952)
  8. A ti no te enterramos (1953)
  9. Muy de mañana (1953)
  10. Los hombres del amanecer (1954)
  11. Santa Olaja de acero (1954)
  12. Aldecoa se burla (1955)
  13. Lluvia de domingo (1957)
  14. Young Sánchez (1957)
  15. Patio de armas (1961)
  16. Las piedras del páramo (1961)
  17. Fuera de juego (1961)
  18. Los pájaros de Baden-Baden (1965)
  19. Party (1965)
  20. Un corazón humilde y fatigado (1969)


Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, Alfaguara 2018, 777 p.

13.7.26

Tierra, mar y humo (5)

 

Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
5. 1961-1963

La década de los 60 trajo de nuevo abundante producción cuentística, nuevas vertientes temáticas y estilísticas que añadir al realismo de las vidas deprimentes. En ‘La despedida’, sobre la descripción de los viajeros en un tren, el registro de sus vidas sin sustancia —quizá un poco atacado de palabras—, hay un único retazo dramático al final, el del hombre que sale del pueblo por primera vez para operarse y su mujer lo despide entre sollozos. A pesar de la ternura, acrecentada, profundizada por la impasibilidad con que se narra, disuena ese desequilibrio de otros cuentos, lento, moroso y muy descriptivo al principio, más rápido al final, con otro tono más urgente, como con ganas de acabar. Pero hay que insistir en que se trata de una técnica, de una forma de disponer la narración. El hecho de que nos resulte algo desequilibrada no pasa de ser un gusto personal, faltaría más. Ya demostró Thelonius Monk (quien no me extrañaría nada que gustase a Aldecoa) que la disonancia puede ser arte superior.
En otros casos no hay que dar explicaciones. ‘Patio de armas’, por ejemplo, es un cuento importante y novedoso por varios motivos. Baste un párrafo para saber a qué me refiero: 

La barroca anaglipta contrastaba con el mobiliario vascongado, severo, macizo, intemporal, un punto insulso. Cupidónicos cazadores, ánades en formación migratoria, carcajes abandonados entre las juncias, piraguas embarrancadas en las orillas del agua, lotos, lirios, hiedras, mostraban sus relieves en el techo. Un zócalo de madera cubría dos tercios de las paredes. Ovaladas acuarelas, en marcos dorados, colgando hasta el zócalo, representaban paisajes convencionales: ruinosos castillos fantasmados por el plenilunio, bucólicos valles verdeantes engarzados entre montañas nevadas, una charca helada con zarrapastrosos niños patinadores…

Sí, es la prosa exquisita de Aldecoa, pero hay algo más que ya tiene el perfume joyceano que después pondría tan de moda Martín Santos. Entre los «cupidónicos cazadores» y las «midelgüésticas mozas» no hay tanta diferencia. Estamos en la época, y Aldecoa combina la estética cinematográfica (pronto se estrenará una versión de Young Sánchez) con una nueva forma de impresionismo. Unos colegiales se resisten a ser del todo conscientes de la situación de guerra en la que viven, a pesar de que matan al padre de uno de ellos. Hay un tono más elusivo, sin ese directo a la mandíbula que tanto jalearon los asiduos de las tertulias, al margen de que el cuento entra en el grupo de la pseudobiografía de la adolescencia. Y hay, también, algo de Los 400 golpes en ella (la película era muy reciente). A pesar del españolísimo prefecto tridentino, el cuento tiene algo de europeo, de blanco y negro anubarrado, miradas hondas e ingenuas, silencios elocuentes.
‘Patio de armas’ consolida una forma distinta de hacer literatura que no excluye los métodos que tan bien manejaba el autor. En ‘El porvenir no es tan negro’, Aldecoa da otra clase maestra de cómo se reproducen los diálogos para que además de verosímiles e insulsos sean altamente significativos, en este caso los de una reunión de oficinistas de medio pelo y sus señoras en el piso de uno de ellos. La voces son distinguibles y están muy conseguidas, igual que ese soso tumulto de las reuniones de entonces, todas marcadas por una tediosa falta de malicia, y de sustancia. Se interesan por miserias, por el precio de un butacón, por el sueldo del vecino. El mundo de la gente común, en realidad, es así, tan bienintencionado como mezquino. El final aquí es un poco siniestro: el padre se pone a hacer imitaciones y su hijo pequeño llora porque piensa que se ha ido (o le asusta su presencia exageradamente real…), en los lindes del humor negro, faceta que Aldecoa no abandonó nunca del todo. ‘Hermana Candelas’ desciende sin rubor a los terrenos de la broma, pero con desparpajo y más acierto que otras veces. Una mujer adivina el porvenir a ignorantes con ganas de tener novio como recurso para llegar a fin de mes, lo que exige que sugestione a sus cliente, pero no que les mienta. Tiene gracia la médium advirtiendo de que las voces del más allá puede que solo sean fantasías, como si, aparte de sacarse un dinerillo, no quisiera estafar del todo. Las voces del más allá no son las de los espíritus sino la de Telefónica, que llama a la pitonisa para reclamarle el pago de un recibo.
El estilo realista calamitoso lo seguimos encontrando en versiones algo diferentes, con su punto intrigante o la renuncia a la trama como tal. Ejemplo de lo primero es ‘Dos corazones y una sombra’, sobre una pareja de solteronas que todavía no han perdido la ilusión de pillar novio antes de que el tiempo se les eche encima. Pero son un poco raras: fingen que viven con su padre cuando llama un extraño, se encargan combinaciones que nadie va a ver puestas más que ellas. A pesar del raro perfume a cerrado que se respira, no deja de ser un poco tópico todo. Y ejemplo de lo segundo, la renuncia a la trama, podría ser ‘La tierra de nadie’, ramillete de estampas cuarteleras, con generales que se aburren y mandan a por vino al pobre recluta que ha aprendido a leer en la mili, un cuadro de jerarquía y dejadez que sofoca lo que pudiera tener de historia, de cuento.
Pero el realismo de siempre sigue dando buenos frutos, y ‘Fuera de juego’ es uno de ellos. En este caso no se retratan las penalidades de los desposeídos sino la comida dominical de una familia con pujos de burguesa. Los diálogos, excelentes, se concentran con la llegada del hermano, al que sus hermanas han visto con una chica que quizá sea de una clase social inferior. Todo el clasismo pequeñoburgués sale a relucir, la familia como conquista social y el «garbanzo negro» al que igual «le da revolucionaria». Son las huellas de un pasado que aún no está demasiado lejos, y ello traza dos líneas más relativamente nuevas, la de la sombra de la guerra y la de las ganas de huir de un mundo tan enteco. ‘Las piedras del páramo’ vuelve sobre la guerra con un despliegue muy poético, dramático incluso, pero bastante oscuro. Como de costumbre, un largo principio sosegado se resuelve al final en una situación que exige algo más que estar atento: un disparo, un detenido, un cura de por medio, un cadáver arrojado a la cisterna, y una, digamos, obligación estilística de oscuridad muy de su tiempo. Que esa penumbra se deba a la cautela con ciertos temas o a una nueva forma de abordarlos todos es algo que probablemente no podía quedar resuelto en la España de la época. Mejor no recordar, o hacerlo selectivamente, en un pasado exclusivo, en parte imaginado, como sucede en ‘La vuelta al mundo’, la triste historia del viejo marinero que consume sus días jugando al parchís con su mujer y evocando momentos de su vida en la mar como una forma de decir algo, aunque no sea cierto. La gracia está en darse cuenta, a mitad de cuento, de que son muy viejos. Pero esta historia del anciano que recorta sus recuerdos de papel no acaba de resultar original, por más que el personaje de la mujer, que le sigue la corriente, esté muy bien. Qué buenos son esos personajes aparentemente secundarios, casi mudos, cuando están tratados con delicadeza.
Y quedaba, para terminar el año, la otra propuesta, la huida, la necesidad del exceso, y un capítulo que combina la apuesta por la pseudoautobiografía con el signo de los tiempos, que para un escritor informado podría ser la literatura beat. Pero en España no empezó a publicarse a Korouac hasta la década de los 70, cuando Aldecoa ya no estaba, y eso le da especial interés a ‘La piel del verano’, un relato beat a la española marítima. Rafael lucha consigo mismo para no emborracharse otra vez con Antonio, pero empeña el reloj por un bocadillo de sardinas y unas cuantas absentas, hasta que la cosa ya no tiene vuelta atrás. Es el tema de la atracción irresistible, que sí, puede proceder, todavía, del decadentismo finisecular, pero ese ritornelo del «tengo que escribir» del protagonista nos traslada a literaturas mucho más cercanas en el tiempo. Aprovecho para citar una más de sus muchas espléndidas descripciones iniciales, esos arranques deslumbrantes que impulsan a la lectura íntegra del relato, en este caso con un estilo que sin perder la elaboración se hace incluso más poético por la vía de la concisión: 

Los estibadores habían dejado el trabajo para comer; en las sombras de las bodegas de los veleros tomaban ensalada y vino fresco. El andén del muelle olía a especias, a amoníaco y petróleo. Un hombre, sentado, pescaba desde la punta del espigón. La dala del barco de línea vertía un chorro manso, y su rumor de fuente transponía el embarcadero a plazuela. En los bordes de la chimenea se disolvía lentamente el humo de los fuegos de a bordo. La brisa estaba aún lejana en la alta mar vacía. Cardúmenes, por tamaños, daban nervadura a las aguas; aceraban, sombreaban, verdecían. Balsas de aceite se irisaban en torno de los manchones. Estaba roñada y aparentemente quebradiza la escalerilla de hierro, que se perdía en una neblina vegetal. Entre las matas de moluscos y las alguillas algo se entreabría u oscilaba. El cielo azul apresaba en su campana la ciudad blanca, el agua negra-azul-verde-negra, y el relámpago dorado, a veces violeta, de los mondos montes, cicatrizados de torrenteras. 

No tenemos cuentos del 62, y solo tres del 63. En ‘La chica de la glorieta’ sigue la línea noctámbula y desgarrada, con las mismas dosis de inclemente verosimilitud que de ternura, en este caso la noche de una joven prostituta que finalmente consigue avío. Es una noche cualquiera; bueno, una noche que sale bien…, o no, porque no está claro quiénes son los del 600 que paran para contratar sus servicios. Seguimos en ese tono que, tal vez impropia o anacrónicamente, llamo beat, con una voz, la de la chica, verosímil pero no deslumbrante.
Los otros dos nos remiten a lo más antiguo de su obra y a lo más reciente, pero son perfectamente compatibles. En ‘Los pozos’, con estructura similar a la de Young Sánchez —menos elaborada— se cuentan los prolegómenos de una corrida de talanqueras, en un pueblo con un alcalde y un marqués, y todo lo que eso significa. Vuelven los ya casi olvidados aires solanescos (incluso celianos, por El gallego y su cuadrilla), pero también la dignidad del fracasado que Aldecoa nunca abandonó. Y, en fin, ‘Al margen’ tiene el interés de que anticipa temas que abordará en Parte de una historia, su última novela, aquí con una mujer que se debate entre dos hombre, uno que le recrimina que beba tanto y otro que la incita a beber más. Asoma el mundo de alcohol y cigarrillos que tanto daría de sí entre la intelectualidad tardofranquista, a la que Aldecoa todavía le dio tiempo a retratar.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, Alfaguara, 2018, 777 p.

11.7.26

Tierra, mar y humo (4)


Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
4. 1956-1960

No hace falta hurgar mucho para deducir que Ignacio Aldecoa, tras la publicación de su segunda novela, escribió ese mismo año y el siguiente varios relatos pensando ya en la impresionante Gran Sol, de 1958, año del que no aparece registrado ningún cuento. Estos trabajos previos se centran en un realismo antropológico, documental, de oficios duros, descritos con minuciosidad y precisión pero sin alardes de retórica. ‘En el kilómetro 400’ es el primero de ellos, la historia de unos camioneros que cargan en puertos del Norte y van hacia Madrid. Los diálogos exigen haber sido escuchados, presenciados, con una prosa bien afilada para describir de la manera más realista posible la exigencia del oficio. Aparecen, sin embargo, personajes quizá muy auténticos pero excesivos por bestiales, como el cojo de la taberna, que inevitablemente nos recuerda al tullido de la venta de El Jarama, aunque aquel también tenía mala leche pero no era tan bárbaro. Como se hace inevitable en el realismo de la época (y ello da que pensar que quizá este cuento también fuera un esbozo de novela), no falta la tragedia en el desenlace, en este caso bien resuelta porque no es la más previsible, aunque igual de triste. Las escenas laborales, los conflictos entre compañeros aislados del mundo en sus tajos, siguieron con ‘La urraca cruza la carretera’, en este caso una cuadrilla que asfalta una carretera con un calor de justicia. Un joven, el sufrido pinche, desperdicia el agua del botijo ante el enfado de sus compañeros. Luego va a rellenarlo y, por lo que se entiende, al tirárselo a un compañero el otro no puede agarrarlo y se hace pedazos. Está muy bien descrita esa jerarquía casi castrense de los trabajos penosos, así como el desgaire del muchacho, demasiado verde y remolón, como si todavía no fuera consciente de lo que se le viene encima. Y el tercero de estos cuentos de currantes, ya del 57, es ‘Rol de ocaso’, un ensayo general para Gran sol, con marejada incluida y otros elementos que allí desplegará, los tecnicismos marineros y el cansancio del barco y de sus tripulantes, el mal rollo contenido, el patrón atrabiliario… No es exagerado decir que Gran sol es este cuento debidamente alargado.
Pero antes de esa novela vieron la luz tres piezas más. La última de ellas (según el orden de la compilación) es la un tanto recurrente ‘Esperando el otoño’, en la que unos jóvenes haraganean en el bar del pueblo, juegan al ajedrez, al mus, beben de fiado y esperan la primera lluvia del otoño. No tienen otra cosa que hacer: su futuro es entrar en la fábrica de cemento o en la de productos químicos, y a ninguno le hace gracia. Y no hay mujeres. En ese pueblo no hay mujeres. Su realismo cinematográfico está muy bien pero ese camino ya lo había agotado Ferlosio, porque hay novelas que abren tendencias y otras son tan buenas que además de abrirlas las clausuran, al menos en la época en que fueron escritas (y, en el caso de El Jarama, todavía hoy).
Los otros dos cuentos del 57, sobre todo uno, son piezas maestras. En ‘Lluvia de domingo’ Aldecoa vuelve a un impresionismo quizás autobiográfico, con evocaciones del aburrimiento y Stevenson en la lluviosa lejanía; los sueños, las prisas por cumplirlos, la decepción inevitable y esa soledad que después de Sallinger ya identificamos con la adolescencia. El estilo es cercano al monólogo interior, con sensación en vez de trama, y resulta novedoso en su producción e inevitable pensar si Martín Santos lo leería; yo creo que sí. A pesar de que todavía nos encontraremos con algún otro cuento de ese tenor, no es descabellado pensar que, igual que hizo con sus demás novelas, estas autoficciones adolescentes estaban llamadas a fraguar en otra larga historia, por qué no un Retrato del artista adolescente en versión española. 
Lo mismo podría haber sucedido con el que quizá sea el más famoso de sus cuentos, ‘Young Sánchez’, y hasta cierto punto el que ha generado una etiqueta cómoda para lectores vagos. Aquí se narran los prolegómenos del primer combate como profesional de Paco, Young Sánchez: el gimnasio cutre del barrio, la familia humilde, con un padre orgulloso del que el joven se avergüenza (como Stephen Daedalus, por cierto), el trabajo en un taller, el bar que frecuentan los boxeadores, sobre todo uno, el excampeón, y finalmente el vestuario. Cuando suena la campana para que empiece el combate, el cuento ya está contado.
La fama de Aldecoa como cuentista le debe mucho a este relato, por el tema, que se puso de moda como ambiente callejero para consumidores beat de jazz en vaso largo, envuelto en humo, y por el estilo, seco y eficaz, escurrido como un peso pluma antes de la pelea, sin ahorrar en ambientación sórdida. Es el retrato de los sueños humildes, y seguramente incumplidos, de las hostias que no van a sacar de pobre a nadie, todo lo más a dejarlo sonado. Pero, aparte del acierto en el tema, en el ambiente, es un cuento imprescindible. Que demasiados comentaristas y apologetas hablen de toda su obra pensando solo en este cuento no creo que haya que reprochárselo al autor. Es lo típico por estos lares.
Entre 1958, cuando merecidamente ganó el premio de la Crítica con Gran Sol, y 1961, Aldecoa solo publicó tres cuentos, si bien en el 59 sí reunió algunas piezas anteriores. Supongo que hay razones biográficas que lo justifiquen pero esta es una lectura a palo seco y solo después, si acaso, rebuscaremos en el cajón de los matices. Así, por ejemplo, en el 59 solo publicó un relato, ‘El corazón y otros frutos amargos’, que a mi juicio no es un buen cuento por el tratamiento del tiempo. Un jornalero llega a un campo a trabajar y de pronto ya le ofrece un compañero irse con él y una moza lo engatusa. El inicio sí tiene su propio tempo, según esa marca de estilo de largos prolegómenos que no nos acababa de convencer, pero el resto está deslavazado. 
    Y de 1960 tenemos otros dos relatos que tampoco incluiríamos en la antología, por diferentes motivos. ‘Aunque no haya visto el sol’ supone un cambio de registro, con una prosa más deliberadamente poética, como un moderno romance de ciego con mujer borracha. La narración se construye sobre imágenes sueltas, con párrafos como versículos, a lo largo del tiempo, sin la —necesaria— compresión temporal de los cuentos anteriores. Además resulta un tanto lastimero, lo que no hace ningún bien al realismo, lo mismo que el humor zumbón, sobre el que ya hemos apuntado —las pocas veces que nos ha salido— que pese a manejarlo bien no era el fuerte de Aldecoa. En ‘La espada encendida’, un alcalde viudo y amargado se obsesiona con imponer la moral en el pueblo. Al alguacil lo trata como a un criado, y le ordena vigilar el parque por si hay alguna pareja metiéndose mano, para multarlos. Ese tono de sarcasmo grueso (el cuento está dedicado a Rafael Azcona), que no veíamos desde el principio, sirve aquí como parodia del guardián de las buenas costumbres que ya empieza a estar solo en el mundo, quizá como una primera conquista del desarrollismo. En todo caso, la explicitud de la caricatura, que puede serlo del régimen entero, está muy bien como denuncia y testimonio pero nos deja un tanto fríos como relato. Pero eso también es lo que suele pasar, y en Aldecoa, afortunadamente, resulta del todo excepcional.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, Alfaguara, 2018, 777 p.

10.7.26

Tierra, mar y humo (3)


 Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
3. 1954-1955

La producción cuentística de 1954 fue menos abundante, sobre todo, es de imaginar, porque es el año de El fulgor y la sangre, la primera novela que publicó Aldecoa. Sin embargo, otro cuento de ese año, ‘El mercado’, también tenía trazas de novela, no tan concentrada en el asunto como El fulgor…, que por otra parte parece una —excelente— novela corta expandida desde dentro de la historia, desde las vidas y recuerdos de los personajes que encarnan el breve y angustioso drama. ‘El mercado’ era otra cosa: dos historias paralelas con un débil hilo de unión (el negocio de las cañerías) que no es esencial en el relato, salvo por su condición metafórica: unos malviven rebuscándolas, otros sacan tajada especulando con ellas. Lo que los une es el noviazgo/casamiento de una familia pobre, dedicada a rebuscar en las basuras (como el señor Custodio), y otra con ínfulas burguesas, con el padre comerciante de pescadería, su hija un poco boba y un desaprensivo cazadotes. Tiene un aire muy cinematográfico, pero, como dijo el otro, propone mucho y no resuelve nada. La cosa termina con un cuadro de gentes humildes, con ramalazos de crimen pasional que no llegan muy lejos, y de otras remilgadas y entontecidas por el qué dirán. Les une el hecho de que casi todos (sobre todo ellos) son igual de tontos. Hay escritores que tienden al sarcasmo y otros a la compasión. Aldecoa es de estos últimos, y cuando se deja llevar por la guasa despectiva no alcanza los niveles de cuando se dedica a comprender. La parte de los basureros, sobre todo lo relativo al padre, tiene mucho más interés que la otra, está menos mediatizada por la inquina del autor, por otra parte del todo comprensible. Seguro que hay lectores a los que les parece justo lo contrario.
Sin embargo, los otros dos cuentos del 54 parecen confirmar esa impresion. ‘Los hombres del amanecer’, que va directo a la antología, tiene que ver con ese lado compasivo. Dos amigos se ganan la vida cazando víboras para un laboratorio, pero ahora no las quieren y prefieren ratas. Hay una dignidad sugerida en su descripción, no explícita, de buena gente que vive como puede, aunque sea en una ciénaga inmunda, como un andarríos. No es la primera vez que la dignidad en la ciénaga, tema tan barojiano, sale a colación, y, por lo demás, el tema de las ratas de laboratorio llegará a ser muy famoso, y no será esta la última vez que lo mencionemos.
El otro ejemplo estupendo de comprensión sin sarcasmo es ‘Santa Olaja de acero’, que aborda la jornada de dos fogoneros en un tren. Hay un susto que puede acabar en tragedia, pero queda en nada, en uno de los muchos riesgos que tienen cada día que afrontar. El lenguaje, técnico y austero, detallista pero sin filigranas gratuitas, es del tiempo del Jarama, y se desplegará con ese mismo tono en Gran sol. Aunque se centra en Higinio, un trabajador sencillo, la figura del bárbaro Mendaña, que ha comido lagarto y rata y lo que se terciara, recuerda un poco a la del Matao. Pero esa búsqueda ya va a ser una constante. En ‘Entre el cielo y el mar’, de 1955, un chiquillo, marinero en tierra, quiere embarcarse en un pesquero, lo que para él significa tanto como que lo tomen por un hombre hecho y derecho. La historia sucede en tierra firme, donde se quedará la infancia, pero el cuento huele a mar.
Antes de dar el siguiente paso, Aldecoa visitó territorios conocidos. En ‘El asesino’, pinta, otra vez con saturaciones esperpénticas, un cuadro de vagos flamencos con un barbero inglés de pasado turbio. Se nota que el objeto es reproducir el habla de los andobas, apalancados en la taberna, dándole al cante y al vino. El inglés es un charlatán que no termina de hacer gracia, como si Aldecoa hubiera conocido a uno de esos personajes fabulosos sobre los que se podría escribir una historia, pero luego se escribe la historia y resulta que tampoco era para tanto. El cuento nos remite a los inicios solanescos, pero ‘El caballero de la anécdota’ tiene que ver con esa huella que al principio de la década le había dejado La colmena. En el estilo apenas hay diferencias, si acaso en que este caballero no es un miserable, tan solo el cliente de un café sobre el que murmura el camarero y hace cábalas siniestras porque no sabe quién es. Luego resulta que es aficionado a la poesía (como Martín Marco), pero lo sabemos por otros personajes que asoman para decirlo. Hasta la dueña del café se da un aire a doña Rosa.
El siguiente paso iba a llegar de la mano de la autobiografía, o más bien de lo que ahora llamaríamos autoficción, y su arranque es muy prometedor: en ‘Aldecoa se burla’, el estudiante Aldecoa se sonríe y el profesor le exige que diga de qué; como no lo hace, recibe un castigo ejemplar y desproporcionado. Se huele el ambiente de los colegios, el humo de la patria, con un lenguaje sobrio, con su punto de amargor y de ternura. Y en esa misma línea, pero algo prolijo y sin demasiada gracia, le siguió ‘Maese Zaragosí y Aldecoa, su huésped’. Aquí el estudiante Aldecoa le da largas al casero para no pagarle. El casero es un alma cándida que le tiene fe a los remedios de curandero, llenos de nombres de flores, sobre todo porque no tiene dinero para ir al médico; pero es buena persona y el narrador se acaba apiadando de él, lo que no sé si hará bien a la moraleja pero sí a la calidad del cuento, por esa oposición entre sarcasmo y compasión que comentábamos.
Volveremos a ese mundo de la adolescencia, al aire viciado de monsergas y puro de miradas que Aldecoa recuerda de los colegios, pero antes encontramos algunas otras muestras de realismo depresivo. ‘Balada del Manzanares’, por ejemplo, cuenta la desangelada relación de una pareja de tortolitos de posguerra. Es cierto que otra vez la sorna contribuye a que la historia sea un poco chusca, pero encontramos algo muy importante para la fecha en que se publica: el contraste entre los paisajes, de muy elaborada y fulgente poesía, con el diálogo de besugos de los novios, sus riñas tontas y sus reconciliaciones más tontas todavía. Pero ese contraste, ese contrapunto de paisaje lírico y diálogo vulgar es la fórmula que encontró Ferlosio para El Jarama. Una vez más, y no será la última, aparecen intuiciones, esbozos, ensayos de Aldecoa que otros, sin mejorar su calidad, elevaron a cotas históricas.
Porque para estas fechas (Aldecoa tiene treinta años) su prosa ha alcanzado la plenitud, por más que no hubiera de renunciar después a esa minuciosidad tan recamada que a veces lastra un poco su prosa. ‘Vísperas del silencio’ es otro relato largo, casi novela corta, de dos historias paralelas, una de pobres y otra de ricos, a cuál más triste. El vínculo es que el niño pobre enferma y muere, y el niño rico sigue vivo. En la familia pobre, el padre es pocero, con dos hijos un tanto vagos, uno de ellos con ilusiones de ser futbolista, y una madre, Pilar, que redescubre el viejo amor por su marido. En la familia rica, un viudo se desespera con un hijo perdis, mal estudiante, bebedor, que hace tonterías con su novia pero no se atreve a abandonar el momio del hogar, y una hija casada con un pobre hombre, Crisanto, al que desprecia por «apergaminado». Vemos sus vidas insulsas, unos en las alcantarillas, otros en una finca campestre y un piso con criadas en Madrid. Es objetivismo descriptivo, de diálogo ágil y verosímil y descripciones contenidas, otro más en el aire coral de La colmena, como si Aldecoa hubiera tratado desde diferentes puntos de partida una novela de ese tipo, pero ni aquí ni en ‘El mercado’ lo hubiera terminado de conseguir. No lo hizo, y tampoco hay que lamentarlo, porque el siguiente relato, que sí se haría largo y redondo, es una novela del 56, Con el viento solano, otra pieza maestra que no necesitaba de contrastes ni personajes múltiples, sino de una sola historia, un solo personaje principal, y un pulso firme y sensible para contarla.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, Alfaguara, 2018, 777 p.


8.7.26

Tierra, mar y humo (2)



Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
2. 1952-1953

Al margen del proyecto novelístico Ciudad de tarde, que por los cuentos anteriores podemos barruntar que seguiría pautas parecidas a las de La colmena, 1952 es, valga la siniestra polisemia, un año de depuraciones; en el caso de Aldecoa, la de una clara decantación por el realismo poético, sin florituras ni alardes léxicos, pulido, directo, como es el caso del estupendo ‘Hasta que llegan las doce’. A partir de la noticia de un accidente, el cuento reconstruye la vida miserable de la familia de un obrero a través del deambular de un niño, un viernes sin escuela, como probablemente fuera el resto de los días. El niño se refugia por instinto en los juegos sin juguete, juegos de pobres, de oficios humildes. Donde otros niños dejarían volar su imaginación con aviones de papel, este juega a barrenderos… Aunque no estamos ante un objetivismo puro, al que Aldecoa se acercó mucho pero nunca practicó con extremo rigor, aquí ya se percibe un cambio, una estilización realista que, como sucedería con ‘Chico de Madrid’, no es del todo gratuito suponer que debió de interesar a su buen amigo Sánchez Ferlosio.
Los temas de realismo crudo se suceden con ‘El diablo en el cuerpo’, donde a un comerciante acomodado le toca un par de veces la lotería y se obsesiona con que ha hecho un pacto con el diablo, hasta que pierde el jucio. El tema de la obsesión por salir de pobres o no caer en la pobreza no era infrecuente (antes, por ejemplo, ese personaje de Cela que se vuelve loco porque olía a cebolla; poco después, aquellos inquilinos de Hoy es fiesta, la tragicomedia de Buero, a los que pierde un billete de lotería), pero aquí el autor intenta ser gracioso, lo que no suele salir bien, y tarda en arrancar, algo que ya comentamos que, por lo mucho que se repite, forma parte de una técnica deliberada. A veces esa larga introducción parece un cuento aparte, como en ‘Camino del limbo’, inmediatamente posterior, la vida de un pobre oficinista que esperaba más de la vida. Sobran, además, algunos dejes melodramáticos, y no acaba de casar bien, como si fueran dos historias empalmadas, el largo principio en la estación de tren con la vida en las oficinas de un taller de metalurgia.
Pronto, sin embargo, esa misma línea férrea pasaría por un importante apeadero, ‘La humilde vida de Sebastián Zafra’, que, por las fechas y el contexto, parece una primera versión de Con el viento solano (1956): también se llama Sebastián el gitano de la novela que mata a un guardia y huye desesperadamente. En el cuento, una familia de gitanos va por esos mundos buscándose la vida y visitando a un familiar que está en presidio. Las mujeres sufren la inconsciencia bruta de sus maridos, y los niños sobreviven como bestezuelas. Contrasta el bucolismo de las descripciones del campo con la miserable vida de estas criaturas, digamos, libres. Dos gitanos se van a buscar metal de la guerra, y uno, Sebastián, muere cuando desentierra una granada.
Son tiempos muy crudos. En ‘Quería dormir en paz’ vemos a un personaje desamparado, del tipo Martín Marco, que duerme en un banco de la calle y tiene que dar explicaciones a la policía, pero aquí la crudeza es mucho mayor. El hombre llora por su miseria y su hijo muerto, seguramente de hambre o de un entorno insalubre. Como no se puede identificar, lo llevan a comisaría unos guardias que ni se ensañan ni se compadecen, como si fuera el pan (o la falta de pan) de cada día. Es tremendo, y eficaz porque resulta otro ejemplo de lenguaje depurado, vecino de una transparencia que Aldecoa no siempre quiso practicar.
Como para terminar el año huyendo de tanta sordidez, el autor viajó de nuevo al mar en ‘La nostalgia de Lorenza Ríos’, que tiene un tono de canción, de bolero pescador. Es interesante porque anticipa lo que será Gran Sol, pero la fuerza dramática se le va en el barniz melancólico con que lo quiere pintar. Aquí la música lo desdibuja.
Las biografías dicen que de 1953 es la novela inédita El gran mercado, que acaso se refiera a un largo cuento publicado al año siguiente, porque la producción cuentística es ya de por sí muy abundante. ‘…Y aquí un poco de humo…’ es una delicada fantasía sobre la muerte de un niño, que para variar no es pobre. Sin embargo hay que reiterar el desajuste de un largo principio que da la sensación de que el protagonista no es el niño enfermo sino la vecina, doña Ricarda, que lo entretiene hablándole al chiquillo de la muerte, para que se vaya haciendo a la idea… El final es ingenioso, pero comparativamente muy escueto, no solo con respecto al cuerpo del relato sino a otros en los que esa, digamos, concinnitas narrativa está más cuidada; por ejemplo en ‘Un cuento de Reyes’, la triste historia de Ómicron, un hombre negro que como fotógrafo profesional pasa hambre pero como rey Baltasar le hacen fotos por ser negro de verdad, sin necesidad de embadurnarse con betún, y además le dan unas perrillas para que compre algo de comer. El cuento se construye sobre el diálogo, con más agilidad, sin tanto intervencionismo. Vamos hacia el objetivismo fotográfico, y resulta curioso que  Aldecoa no lo practicase más (que Aldecoa no escribiera su Jarama), porque lo cierto es que se le daba muy bien.
Los temas, con más o menos ironía, no se salen de la miseria que a poco que levantase la vista podía ver un escritor a principios de los 50. Cuando se habla de la influencia de Baroja, no es tanto en el lenguaje, siempre menos transparente, sino en su conciencia de que el escritor asume la tarea de mirar en torno, de narrar su presente y a los que no pueden narrarlo por sí mismos, y en ese símbolo de la tierra negra, la hondonada humilde, el detritus digno y honrado que más de una vez aparece por estos cuentos. Esta dignidad del pobre da lugar a piezas como ‘Al otro lado’, la historia de un emigrante que vive en una chabola y no encuentra trabajo en la ciudad. Aquí Aldecoa no se anda con rodeos ni cede al lector la oportunidad de deducir lo que se le cuenta: el emigrante malvive en una chabola con su familia y busca trabajo sin conseguir nada, hasta que ve a un vecino mendigando y en un último arrebato de dignidad decide volverse al pueblo, aunque tengan que luchar de nuevo contra el hambre. Al margen de la explicación sobre los orígenes de este emigrante, de por qué se vinieron a buscar trabajo y de esa frontera que los separa de los que, como algunos dicen ahora, tienen prioridad, el cuento se construye sobre los diálogos y la descripción breve, casi enteramente objetiva. El tema reaparece en ‘Seguir de pobres’, la triste historia de unos segadores ambulante cuyo largo principio parece etnografía lírica, a veces un punto excesiva. Luego llega la acción: a uno de los segadores le da un mal aire, lo que permite que se vea la crueldad ignorante del médico y la solidaridad de los compañeros. Volviendo a Baroja, me acordaba de la madre de Manuel en La Busca —otra vez— y del cura bárbaro y pancista que no la atiende en su lecho de muerte. 
De los cuentos con el tema del hambre y la emigración podríamos espigar ‘A ti no te enterramos’, una espléndida geórgica con variaciones sobre el tema del hijo pródigo: «Pasa rápidamente el tiempo en el campo. No hay monotonía en el trabajo, porque el trabajo de la tierra se hace con todo el hombre: con los ojos, con las manos, con cuerpo y alma…» El argumento, leve, no tiene las desproporciones de otros cuentos, y la prosa, de un lirismo virgiliano, no se duerme en la suerte. El campo es duro: labor improbus. El hijo enfermo se siente inútil en una familia de labradores que lo miran con afecto pero también con eso que Flaubert llamaba el callo moral, hasta que termina por marcharse a la ciudad, a buscarse un trabajo más cómodo y no ser un estorbo en casa y una boca más que alimentar. Las cosas, sin embargo, no van como imaginaba, como entonces y ahora imagina cualquier emigrante. El final semiabierto es una buena elección: ¿morirá de tuberculosis?, ¿regresará de la ciudad, por dignidad, por falta de fuerzas o por sentirse allí también de sobras?
Lo que sí es cierto es que la novela se aproxima: algunos cuentos ya son novelas cortas, proyectos de largo alcance que por lo que quiera que sea no pasaron la frontera del relato. Es el caso de ‘Solar del paraíso’, también con esos aires barojianos de los arrabales descritos con ternura. Es posible que la miseria todavía nos suene un poco a la que veíamos en La colmena, pero desde luego ya no hay huellas de Solana. Aquí se cuenta la historia de una familia —abuelos, padres, niños— que vive de un pobre jornal en una chabola. Una tormenta les anega la casa, y el dueño saca partido del desastre y los echa para construir viviendas en el solar. Los desahuciados van a trabajar a La Cañada, que para las mujeres es un —humilde— paraíso de oportunidades, pero para el hombre, ya casi sesentón, vago y alegre, el paraíso es el solar donde ha echado raíces, la taberna, los amigos, por miserable que fuese todo. Es, por otra parte, uno de los relatos donde con más escrupulosidad siguió Aldecoa las normas del objetivismo no intervencionista, si es que eso es posible más allá de aquellas que reclama un guion de cine.
Mucho más ajustado a su condición de cuento, con una historia más reducida, más condensada en una anécdota significativa, es ‘Tras de la última parada’, en el que un hombre se encarga de llevar a una mujer la citación de una embajada que seguramente cambiará su vida. «El hombre de ciudad» (sujeto que se repite con insistencia celiana) es el portador de la suerte que él no tiene, recadero de dichas de las que solo puede ser testigo. El cuento, de aire más impresionista, renuncia sin embargo a los alardes en favor de una precisión cada vez más limpia, la misma que encontramos en ‘Muy de mañana’, un buen relato al que solo le sobra la última frase, «La llaga de Roque, la llaga de la soledad que Roque necesitaba de Cartucho», innecesariamente pleonástica y melodramática, porque el resto es bien bueno. Un vendedor de melones vive pobremente con un chucho tullido y comparte con él lo poco que tiene. En un descuido, un coche le mata al perro y lo deja solo. Está muy bien la austera y cruda descripción, también llena de ternura, de cómo viven los dos, pero esa explicación final añade lo que ya sabíamos. Aun así, es un ejemplo de cómo avanza la desnudez estilística, aunque en ‘El autobús de las 7.40’ se aleje del objetivismo para desplegar, quizá con excesiva rapidez, un elenco de demasiados personajes, los que ve un soldado tímido y de poca virtud que sube a un autobús. Escucha lo que dicen los viajeros, sobre todo dos mujeres que parecen estar de vuelta de todo, pero no se atreve a decir nada. Es demasiado largo y carece de la intensidad que lo haría un poco más claro, otro caso de proyecto de mayor alcance que se quedó en apunte breve. Pero ya estamos a punto de que aparezca El fulgor y la sangre. Con sus idas y venidas, con sus aciertos y sus desproporciones, el escritor ya estaba hecho.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, Alfaguara 2018, 777 p.

7.7.26

Tierra, mar y humo

 


Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
1. 1948-1951

No he leído la antología que Josefina Rodríguez Aldecoa preparó para la editorial Cátedra de los cuentos de Ignacio Aldecoa. Prefería leerlos antes todos, al menos los 79 que incluye la edición de Alfaguara de 2018 —también prologada por su viuda—, seleccionar los de una hipotética e inviable antología y compararla con la canónica.
Abriría esa selección, sin duda, ‘Chico de Madrid’, de 1950, que, además de por su calidad, llama la atención porque recuerda en el tono a Alfanhuí, que se publicó en 1951. Chico de Madrid es un mendigo libre al que mata su vida silvestre, devorado por el tifus. Brillan la inocencia imaginativa del chiquillo, la ternura y el lirismo con los que se siente parte de la naturaleza, a pesar de vivir en un mundo sórdido que sin embargo ya no carga el ambiente con el aire acre, solanesco, de muchos de los cuentos anteriores. Hasta sus veinticinco años, que se dice pronto, Aldecoa escribió historias de cómicos errantes (‘La farándula de la media legua’), que no van a ninguna parte y sobreviven en aldeas cuyos vecinos son un hatajo de bestias. Estos follones entre cervantinos y valleinclanescos no dejarían de aparecer aquí y allá por sus novelas, pero no con tanta intensidad como en esos primeros cuentos, con estudiantes que se ríen de un pobre hombre que sueña con ser actor en el Madrid absurdo y hambriento de ‘El hombrecillo que nació para actor’, o el miserable de ‘Un artista llamado Faisán’, pícaro limpiabotas, hijo de alambrista y volatinera, «retórico para gallofero» cuya pasión y muerte (de tuberculosis, en el palomar de un hospital) también recuerda, con esos dos colegas borrachuzos, y aparte de a los clásicos de la picaresca, a la muerte de Max Estrella. Otras veces, como en ‘Crónica de los novios del ferial’, vemos una pareja de pobres fracasados, descripciones mugrientas en las que el novio, celoso y brutal, se ensaña a golpes con la muchacha, en un tono más impactante y sin esos regodeos clasicistas, pero con la misma suntuosidad solanesca; o una timba barriobajera en ‘El figón de la Damiana’, tabernucha en la que se arma la de San Quintín, los jaques se mentan a las respectivas madres y un limpiabotas con tufos de maleante mata a un mendigo de un navajazo. Muy Valle-Inclán el lenguaje, muy solanesco el hedor. El gato de Luces acaba ahorcado con una corbata por dos cafres borrachos. 
Este tono picaresco, a veces de estirpe quevedesca ( ‘El fantasma de Treviño’) y, por lo galleguizante, ilustrativo del vínculo que une a Cela con el Valle-Inclán de Divinas palabras, empieza a cambiar a partir de  ‘El loro antillano’, un cuento político en el que un loro revolucionario da su vida por no callar, y la gente, que se escandalizaba con él, sigue acomodada en su vida mezquina, ya sin ningún impertinente que se lo recuerde. «El loro se dio una pechada de vociferar contra la moral al uso y contra la tiranía celtibérica», dice, en una época en la que semejantes alusiones tenían su punto de temerarias. El cuento inaugura también un tipo de humor zumbón, algo condescendiente, en el que incurría Aldecoa de vez en cuando y no es lo mejor de su legado, pero que, si bien la miseria y la ruindad son las mismas que hasta ahora, sustituyen la estética solanesca por algo más parecido al juguete cómico barojiano, en cuentos como ‘El teatro íntimo de doña Pom’, sobre la mujer que quiso ser bohemia, fracasó pero al final se hizo dueña de una pensión. Algo parecido sucede en ‘Función de aficionados’,  que transcurre en «aquella ciudad pequeña, mojigata y estreñida», y que viene a ser una mezcla entre la mujer que siempre quiso hacer teatro y aquellos primeros cómicos de la legua. Pese a la sordidez ambiente, el lenguaje ya es menos amanerado, sin tanta filigrana léxica.
Pero ‘Chico de Madrid’ señala una senda nueva, y por ella siguió el autor en cuentos como ‘Pájaros y espantapájaros’, donde cuatro juglares cuentan cada cual su historia más o menos soñada, y a ese lenguaje tierno y luminoso se le añade un lirismo, otra vez, algo galleguizante, un poco a lo Fernández Flórez. El año 50, no obstante, lo terminaría con ‘El libelista Benito’, otro sainete tipo Paradox sobre la imposibilidad de quejarse, pero en un tono que ya nos parece anterior, con un humor engolado que además resulta un poco confuso.
En el año 51 Aldecoa inicia otro rumbo que ya no dejará de frecuentar. En ‘La sombra del marinero que estuvo en Singapur’, «la dársena de los pesqueros asombraba de movilidad. Los pescadores de altura embarcaban su prisa para el Gran Sol». Un marinero nos recuerda a quien luego será El Matao, protagonista de Gran Sol, y la brisa poética, ya nada solanesca, recuerda un poco a la de las grandes novelas marineras de Baroja, entre Shanti Andía y el capitán Chimista, si bien no tanto —todavía— aquel gran Embil de Los pilotos de altura, libro que a Aldecoa le tuvo que gustar.
En literatura es infrecuente avanzar en línea recta. Tras este buen relato encontramos ‘El herbolario y las golondrinas’, otra vez en un tono Paradox que luego gira de modo siniestro, con una comididad desagradable y brutal. En ‘La muerte de un curandero meteorólogo’ encontramos, además, uno de esos defectos narrativos que acaban convirtiéndose en rasgos de estilo: el preámbulo se come el cuento, pierde ritmo, aburre y deja el argumento para el desenlace, y esta desproporción, como veremos, llegará al extremo de reservar el asunto para las últimas líneas, como si se hubiera ya cansado de narrar lo que en principio estaba pensado para ser más largo.
El lenguaje, sin embargo, se va haciendo más conciso. En ‘Los atentados del barrio de la Cal’, otro buen relato, el tono es igual de amargo pero ya no hay tanto palabrerío y todo está más escurrido. El cuento pisa terrenos del mito: hace falta que alguien casi se mate para que vuelva a la paz a un pueblo de brutos y borrachos, porque los mismos que se odian a muerte se asustan luego de esa misma muerte y compiten en buenas maneras. Y parecida calidad la encontraremos en ‘Los bienaventurados’, otro de sus cuentos clásicos, una picaresca de posguerra con la lengua más sujeta, más barojiana, todo más proporcionado (el principio un poco largo), y el tópico del golfo que roba para que le den de comer en la cárcel. Volvemos a disfrutar de la ingenuidad de los chiquillos y la hermosura de las descripciones, después de tres cuentos que habían supuesto un paso atrás: ‘Los bisoñes de don Ramón’, de nuevo entre zumbón y moralizante y con un planteamiento demasiado largo; la ‘Biografia de un mascarón de proa’, una idea curiosa pero llevada más allá de sus posibilidades, sobre todo porque no hay historia sino resumen de épocas, por lo demás un tanto manidas; y ‘El ahogado’, otra vez muy Valle-Inclán, con el lenguaje de las Comedias bárbaras, esta vez incluso con formato teatral, o de novela dialogada. Como cuento, de 'El ahogado' queda el sarcasmo solanesco de los mayores, las dudas (literarias, teatrales) de los chiquillos y una aparición de la muerte que daba más de sí.
El año 51 aún traería un regreso a la España negra en el brutal ‘Caballo de pica’, que cuenta la muerte de un torero viejo al que le hacen tragar vino con un embudo hasta que revienta como los caballos de picar. El cuadro de la timba y los gañanes, con la escalofriante bestialidad con la que termina, es de un tremendismo que con demasiada frecuencia tendemos a adjudicar a Cela en exclusiva, cuando la sombra de Solana era más frondosa de lo que parece.
Hablando de Cela, el año se cerraba con tres cuentos que sugieren los tanteos de Aldecoa en el empeño abordar una novela, y que esa novela tuviera el personaje múltiple, el tono tirando a objetivista y el tema del realismo posguerrero que acababa de sentar plaza con La colmena. Se nota mucho, por ejemplo, en ‘Para los restos’, a pesar del final entre lírico y surrealista, pero la técnica es parecida y con los mismos mimbres podía haber seguido hasta más allá de las docientas páginas: rigor de atestado, presente de indicativo, paralelismos, anáforas onomásticas, humor negro… Y algo parecido sucede con ‘El aprendiz de cobrador’, más sórdido si cabe, y con más sorna, o sea más celiano todavía. Comparado con los anteriores, desde luego que es un lenguaje nuevo, pero no el que iba buscando Aldecoa. ‘Los vecinos del callejón de Andín’, un cuento alargado, disparejo (el duelo de Antonio y el Bayoneta), tiene un principio y final más propios de la novela que no llega a ser. El mundo es interesante, pero se queda en apunte, intentona emparedada entre los largos adagios descriptivos.
Estos trabajos previos a su primera gran novela le ocuparán aún dos años más, pero también darán un ramillete de cuentos buenos. De momento hemos asistido al Aldecoa con dominio de la herramienta: esos espléndidos preámbulos, algunos, insisto, algo desproporcionados, y ese buen oído para el diálogo realista. En la década de los 50, el manejo de ambos registros, el hablado realista y el lírico descriptivo, será el que marque lo mejor de nuestra narrativa. En ello estaba el joven Aldecoa.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, prólogo de Josefina R. Aldecoa, Alfaguara, 2018, 777 p.


12.6.26

El herrerillo de Pombo

 


El segundo volumen de estos Cuentos autobiográficos sigue la línea de barajar textos de distinta procedencia y condición. «Todo se me va volviendo ahora un ultimar. Un ultimar los cuatro trastos que me quedan, mis papeles inéditos…», y ello sin una aparente organización que pudiéramos tomar por sistemática, pero que sí podemos recomponer. Por un lado se nota el tiempo de los textos en sus peculiaridades estilísticas. Queda alguno, pocos, del Pombo torrencial y luminoso, de largos periodos musicales, de fogosidades rilkeanas, pero abunda más ahora una sintaxis de frases cortas, entrecortadas, sincopadas, como dichas a impulsos intermitentes, dejadas salir despaciosa y despaciadamente, pero fraguadas luego con el inigualable sentido del ritmo que tiene y tendrá el gran Pombo. Es esta una oralidad más anciana, más trabajosa, pero al mismo tiempo más nítida y más tierna, en ese admirable propósito de transparencia que ilumina los mejores cuentos de este libro.

En el tono más, digamos, anterior, encontramos cuentos-cuentos, relatos puramente ficticios, construcciones literarias, penetradas algunas por ese afán conceptualizador, de personajes-idea, que me atrevería a denominar unamuniano. Hay, claro, y para mi gusto son las más hermosas, miradas al pasado, la infancia santanderina —y palentina—, los fantasmales personajes de una infancia entre rara y peculiar, muy divertida. Y hay otros estrictamente biográficos, sin asomo de autoficción, de modelado, bastantes de los cuales se quedan en un ahora íntimo, lúcido, a solas ante el último suspiro, una actualidad senil que reconforta con su educado buen humor. Cuántas veces habré repetido en clase que quejarse es de mala educación. Y Pombo es un señor muy educado.

Esos que llamamos cuentos-cuentos no son muchos. Más de uno recuerda a aquel Ortega de Los delitos insignificantes, el profesor (o escritor) que huye de su falta de sustancia, o bien otro personaje se acaba lanzando al mismo vacío, como la amante desesperada stricto sensu, despreciada por un hombre que le da largas, hasta que, llevado por la misma cobardía, acude a la cita y se la encuentra en el suelo del patio interior. Hay uno, que combina referencias biográficas y novelísticas, de los niños que van a pescar a la playa con don Rodolfo (en lontananza Aparición del eterno femenino, y no es la única vez), que falla porque la tragedia es previsible y porque no acaban de casar bien las dos partes, las dudas del cura y la tragedia de los niños. Son dos elementos que a un cuento de ficción se le deben exigir: unidad de sentido y una cierta imprevisibilidad, sobre todo si vienen mal dadas. Un buen, estupendo ejemplo es el cuento ‘La moto’ (no incluyo todos los títulos porque mi escritura es ya de por sí lo bastante farragosa), donde sí funcionan esas dos premisas: la angustia de una madre ante la peligrosa inconsciencia de su hijo y un final trágico que, al tiempo que imprevisto, es sin embargo el más lógico, el menos sorprendente. Buen cuento. 

Hay tres más de pura ficción (o casi), dos de los cuales parecen resultado de limpieza de corrales, en este caso de cajones, el del vecino de urbanización pija obsesionado con llamar a sus vecinos ‘padre’, gracioso pero excesivamente largo y quizá no bien resuelto, y un dramatis personae que recuerda el mundo de Donde las mujeres pero no tiene una armadura narrativa tan interesante, quizá por lo convencional de su resolución y porque en la novela disfrutábamos de un mundo y en un cuento se disfruta de una historia. El último cuento-cuento, un poco pleonástico, quizá sea el del niño que roba, casi sin querer, el anillo de amatista del cardenal, buena ocurrencia que aquí se empantana de cuestiones morales y vuelve una y otra vez sobre el hecho sin proponer en realidad un desenlace. 

Este cuento está entre la historia y la idea, entre la pura ficción y esa conceptuosidad esquemática y filosofal que, solo para entendernos, llamamos unamuniana. Hay más casos: reflexiones sobre la muerte, el fracaso y el amor al prójimo, o ese otro del profesor incapaz de transmitir por un exceso de autoestima, que contrasta, a lo lejos, con el del exalumno que, pasados muchos años, siente la necesidad de agradecer a una profesora lo que en cierta ocasión dijo en clase: «A empeorar, siempre hay quien nos gane. A mejorar, en cambio, si uno se empeña, cada vez hay menos». Es, en efecto, una cuestión moral que suena a semilla de novela, hecha o por hacer, porque el personaje del joven amargado por sus empeoramientos es bastante habitual en Pombo. El hecho de que otra vez el final sea un poco insulso, como de recurso no del todo contundente, a pesar de las apariencias, hace pensar que quizá sí estuviera destinado a algo más largo. Es lo que tienen los relatos conceptuosos, que se funden en su propósito, más de reflexión que de relato, como ese un tanto farragoso de la condición sagrada de la música por parte de una mujer algo desorientada.

Más cercano a la autobiografía está lo que pudiéramos llamar autoficción, aunque todavía no sé si ello se refiere al personaje que es trasunto del autor o al autor que se traviste del personaje que no es. En el caso de Pombo es un género que brota con toda naturalidad: el propio Pombo es un personaje verosímil de una vida inverosímil. Él mismo lo dice: «¿Es esto, por cierto, un relato autobiográfico o un cuento chino?», todo a propósito de los líos amorosos de la madre del narrador y de cómo él la defendía en casa de sus cotorreantes tías. En otros casos da la sensación (yo no me sé la vida de Pombo: esperaremos a que Mario Crespo la publique, aunque ya escribió un libro sobre la imagen de Santander en su obra literaria); da la sensacion, digo, de que se imagina lo que habría ocurrido si, por ejemplo, hubiera vuelto realmente a vivir a la provincia, allí donde «nunca pasa nada». Pero este recurso más o menos autoficticio no es el que mejores resultados da. En ocasiones los cuentos no son más que un cambiante dejarse llevar, como ese, ya muy al final, en el que empieza discurriendo sobre no saber qué decir, sigue inventando un alter ego chistoso y se vuelve otra vea a la adolescencia de los veranos palentinos, del campo y las gallinas y las mulas, y los desencuentros entre sus padres que marcaron su carácter entre expansivo y retraído, entre solitario y juguetón. O el de ese abuelo que es al tiempo el abuelo de Pombo y el propio Pombo, con los nietos que son nietos ficticios y primos reales, y esa charla del abuelo con la criada que es la de Pombo con su asistenta o con una antigua amiga, Celia Cecilia Villalobos, pongamos por caso. Todo fluye, sí, pero deslavazadamente.

Otros, acaso los mejores, son estrictamente biográficos, es decir en absoluto ficticios, en absoluto cuentos, por más que así se los llame, y se haga con una coherencia incuestionable. Es aquí donde encontramos al Pombo más sencillo, al más despojado, por ejemplo cuando recuerda cómo le influyeron Cagigal (de quien ya habló en el primer volumen), la práctica deportiva o la novela Nada, de Carmen Laforet, donde honestamente sitúa su encuentro con la falta de sustancia como tema literario. Varios de estos cuentos son de actualidad cotidiana, del mundo que rodea al escritor, limpio, sin ficción y sin apenas filosofía, pero con ternura compartida, unas veces hacia un gato, o hacia su ayudante de los últimos años, o hacia sí mismo. Decía Umbral que al último Cela le bastaba con ver un herrerillo posado en el alféizar para escribir una página maestra, y con ello, muy en Umbral, no solo alababa su magisterio sino que se compadecía del no estar ya del todo en este mundo. Pombo sigue en este mundo, ya lo creo, pero sabe ver los herrerillos. En este nuevo, reciente tono claro y sincopado, Pombo no se corta cuando habla de su celebridad actual pero tampoco de sus inicios, de cuando José Luis López Aranguren le animó a ponerse en contacto con Juan Benet y este consiguió que Rosa Regàs lo enchufara en La Gaya Ciencia. Pocos autores hay que hablen de sus padrinos con esa tranquilidad. Quizás haya que estar de vuelta de todo para saber que no todo en este mundo es escribir como los ángeles.

De todos modos, y tal y como me ocurrió con el primer volumen, de lo que más disfruto es de los relatos de su infancia santanderina, de esa «correosa sociedad santanderina», de su tremenda abuela Carolina, la que llamaba la atención a las bañistas que se bajaban el tirante del bañador (algo que repite dos veces en el libro), o de aquella encantadora Elke de la Aparición, la niña austriaca, a la que años después se encontró casada con un señor de Oviedo, o la hermosísima elegía autoficticia del niño Joaquín, el propio Pombo en aquellos veranos castellanos, consciente de su soledad, amparado en sus lecturas, Machado, Juan Ramón, en una prosa algo más extendida, quizás anterior, cuando recuerda a las gallinas y se ve a sí mismo ahora picoteando «piedrecitas de ocurrencias a ver qué va saliendo».

Hay bastante de poética en el libro, de reflexión sobre la creación literaria, desde sus aprendizajes con Henry James, la del escritor «caudaloso y cauteloso», lo primero envolvente, lo segundo para «refinar la atención cuidadosa de sus lectores», a su afición, tantas veces proclamada, a las novelas de Iris Murdoch y sus personajes entre fantásticos y fantasmales, porque «yo mismo me he vuelto fantasmal y ficticio a la fuerza, de querer serlo siempre, o de describir siempre situaciones inesperadas, fantasmales». En ‘El novelista’, habla de que el autor es el único tema de sus novelas, y, aunque haya figuraciones y transfiguraciones porque no llegan a ser relatos íntimos, se nota un cierto cansancio de sí mismo. Pombo reconoce la inspiración como «un don intermitente (de los dioses, digamos) que solo puede ser capturado a la cacea», como aquel que pesca «una ocurrencia interesante» con la que escribir un cuento.

Entre sus recursos de obrador Pombo subraya la importancia de la casa: «La casa es, para cada cual, una conciencia en sí misma paralela a la propia conciencia del individuo. De ahí que la descripción de pisos y lugares y de casas sea un cometido esencial de escribir novelas». Y su casa, la casa de Argüelles que ahora recorre en silla de ruedas y donde cultiva frondosas plantas de interior, es también el escenario de varias de sus últimas novelas y de algunos de estos cuentos, como alguna espléndida reflexión sobre el hecho de esperar la muerte, de estar preparado, o esa declaración crepuscular de que «cada vez ‘pensar’ se va volviendo más contar cosas», en ese paulatino apartamiento que es ir terminando con bien, quedándose con lo que sigue haciendo funcionar la memoria y latir el corazón, y no quejarse jamás.


Álvaro Pombo, Cuentos autobiográficos, volumen II, Anagrama, 2026, 286 p.

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