Este brillo no procede solo del fabuloso manejo del lenguaje que exhibe don Ramón, sino de un sentido de la distancia que forma parte de los usos modernistas de la época, sí, pero también va más allá: es un modo intemporal de hacer literatura, una fórmula magistral del arte de narrar por la que la exquisitez jamás es cursi ni la delicadeza relamida; al contrario, hay un humor cínico que lo traspasa todo y crea una forma de contar por encima de cualquier moda. Como mínimo, todo lo que luego él mismo desarrollaría como esperpento ya está en los rostros céreos y en las viejas enlutadas, en las mortajas franciscanas con crucifijos de plata y en las manos blancas que bordan los corporales.
Y eso no todos lo han entendido, ni siquiera en su época. Más de una vez he contado que este blog se llama Bernardinas porque es así como llamaba despectivamente Ortega y Gasset a estas Sonatas. Copio la cita casi entera porque es un buen ejemplo de lo descaminado que andaba el filósofo cuando confundía el simple modernismo decorativo con esta fiesta de la literatura:
¡Pero cuánto me regocijaré el día que abra un libro nuevo del señor Valle-Inclán sin tropezar con «princesas rubias que hilan en ruecas de cristal», ni ladrones gloriosos, ni inútiles incestos! Cuando haya concluido la lectura de ese libro probable y dando placentero sobre él unas palmaditas, exclamaré: «He aquí que don Ramón del Valle-Inclán se deja de bernardinas y nos cuenta cosas humanas, harto humanas en su estilo noble de escritor bien nacido».
Es el final de su crítica de la Sonata de estío, de 1904, un largo e interesantísimo artículo en el que, más que marrar el tiro, lo que hace Ortega es negar la diana. Habla de Valle-Inclán como de un artista de otro tiempo, experto en orfebrerías exquisitas, en ambientes escenográficos, en personajes que solo habitan paisajes de leyenda. Lo que le critica es que, con ese don formidable que tiene para el lenguaje, no mire al tiempo en el que vive, pero no con la tristeza que llenó de harapos la literatura del XIX, sino con esa mirada limpia y elevada que tampoco acabó siendo ninguna panacea. Le reconoce tener legión de imitadores, pero ninguno pasa del pastiche y de la martingala porque, sencillamente, no tienen su arte. El mismo Ortega da la impresión de competir en preciosismo en este artículo, como si él mismo fuera la prueba de que con esa prosa se puede salir de las bibliotecas antiguas y pisar las aceras de la actualidad.
La equivocación de Ortega, a mi juicio, era cosa de distancias. En términos pedestres, el distanciamiento modernista consistía, como digo, en pintar las escenas, en describirlas no como presenciadas sino como contempladas. Desde luego que Valle-Inclán se nutrió del conflicto entre ética y estética que así se generaba. En el mundo decadente, las cosas son buenas si son hermosas, aunque sean escandalosas, o precisamente por serlo. El cadáver de Gaetani está descrito con hermosa precisión, la misma que retrata la mirada contrita y pudorosa de María Rosario, o la malévola y sagaz del mayordomo. Es hermoso ver algo triste, según aquella estética que no encuentro mejor modo de definir que como lo hacía Baudelaire al decir que, cuando sentía que le estaba cayendo una lágrima, corría a mirarse al espejo.
Para Ortega esto no era más que moda. El propio Valle, años después, llamaría a estas joyas de juventud «mala musiquilla de violín», con lo que, por otra parte, no hacía sino piropearlas, porque la prosa de las Sonatas es más que una sarta de aventuras pasadas de fecha: es una forma de ver el mundo, antes y ahora, presente y pasado. Bueno, ahora no tanto. Ahora se vuelve a confundir preciosidad con preciosismo, si es que se piensa en ello, y el sarcasmo luminoso se guarda en un trastero que en su tiempo fue buhardilla para francachelas de poeta.
Pero volvamos a la Sonata de primavera. El primer rasgo de modernidad de esta serie es que la historia no se decora con elementos de ambientación sino que son estos elementos los que generan la historia. Es primavera, de modo que tiene que haber pasión y muerte, sacrificio y renovación. Muere el viejo monseñor Gaetani, con una divertida escena de agonía en la que confiesa haber deseado que no muriera el Papa porque así se le allanaría a él el camino del pontificado. Dicho de otro modo, hasta las actitudes piadosas esconden el veneno del egoísmo. Y muere también la niña María de las Nieves, en una escena del todo teatral, muy representable, pero también con un punto de sarcasmo: ¿quién, en el fondo, dejó abierta la ventana por la que la niña se precipita sino el deseo de aspirar la brisa de la primavera?
Valle-Inclán explotó en esta novela, más que en ninguna otra, la sonoridad del lenguaje eclesiástico. Su prosa litúrgica va engarzando un mosaico de palabras bellas, y de paso un ideal descreído: todo lo que tiene que ver con la iglesia es una hermosa construcción verbal. Las heridas del alma se enjugan con pañuelos de seda, las cámaras huelen a cirio, las procesiones están llenas de birretas y sobrepellices, por todas partes brillan los anillos de amatista y los severos doctores visten hábito escarlata. La pasión es sufrimiento pero también arrobo, como un velatorio con perfume de rosas.
Estos perfumes modernistas, ciertamente, tienden a empalagar. Valle-Inclán lo sabe, por eso son breves estas novelas, y breves las escenas que las componen. No hay en ellas esa transparencia que admiramos en los escritores realistas, que parecen no estar, pero también es inconfundible, abrumadora incluso, la presencia del Greco en sus obras y eso no las hace menos profundas. La horda modernista le daba al cascabel aliterativo y al doblete adjetival, pero no eran diestros en suertes en las que Valle-Inclán también es un maestro: la precisión al describir, la viveza del diálogo, o esa capacidad de transmitir sensaciones sin necesidad de explicarlas. Casi al azar me fijo en la escena en la que la princesa Gaetani abre la ventana fatal que servirá de desenlace. La princesa le está hablando al marqués de una santa incorrupta que se conserva en la capilla del palacio, y le anima a que baje a verla cualquier día.
Quedamos en silencio. La Princesa volvió a suspirar llevándose las manos a la frente; sus hijas, allá en el fondo de la estancia, se hablaban en voz baja. Yo las miraba sonriendo y ellas me respondían en idéntica forma, con cierta alegría infantil y burlona, que contrastaba con sus negros vestidos de duelo. Empezaba a decaer la tarde, y la Princesa mandó abrir una ventana que daba sobre el jardín.–¡Me marea el olor de esas rosas, hijas mías!Y señalaba los floreros que estaban sobre el tocador.
La escena la entendemos sin más explicaciones que el ritmo y la ironía, los juegos de color, el sonido y la iluminación. Casi escuchamos a las niñas, y desde luego vemos al astuto conquistador. Entendemos sin que nos lo expliquen, aspiramos el perfume sin necesidad de que el ambiente se cargue demasiado. Al final entenderemos que esa delicadeza sibarítica de la princesa, ese refinamiento extremo lleva escrito un destino trágico, igual que los bordados primorosos de las peanas adornan imágenes de moribundos, o que las flores están frescas o están mustias, son púberes o ancianas, sin término medio. También consiste en eso la crueldad del mes de abril.







