Sigo a Edi Clavo y me gusta cómo escribe. Mientras el sedicente líder de Gabinete Caligari se arrastraba por bolos inmundos (y ahora sale a dar pena en los periódicos), aquel batería de camiseta de tirantes neorrealista iba escribiendo libros muy disfrutables. Ya comentamos aquí su memoria personal de Camino Soria y dijimos lo mucho que en su momento, 1999, nos gustó su primera pieza, Grasa y otros materiales nobles, magnífico libro de viajes moteros que nos dejó con la esperanza de que aquella prosa tan pulida nos trajera más buena literatura. Lo cierto es que al acabarlo pensé que Edi Clavo iba a ser, además de un buen batería traicionado, una de las mejores plumas de su generación, aunque luego se dedicó al testimonialismo rockero con Electricidad revisitada y al que él (yo no) considera el mejor disco de Gabinete. A ello hay que añadir su labor de historiador underground, faceta a la que me he acercado con Viva el Rollo!, de cuando él tenía 18 años, lo que no sé si hace que el libro sea más historia que testimonio, más investigación que memoria. Unas veces da la impresión de que tenga en su casa todos los comix (sic) y fanzines de los que habla, y todos los discos y todos los libros, y otras que ha escogido una selecta bibliografía (que cita pero no recoge al final) con la que acribilla el texto de nombres y apellidos.
Porque este es el principal pero que le pongo al libro. Por momentos me recuerda a esa prosa chispeante (ese era el adjetivo que se utilizaba entonces) que puso de moda Vázquez Montalbán y que estaba trufada de nombres, corrientes, extranjerismos, neologismos y vulgarismos rehabilitados, y que, con un ritmo muy vivo, daba la impresión de estar escrito por alguien que, aun estando en el ajo, todo lo tomaba con la debida distancia, todos sus comentarios eran convenientemente cáusticos y cualquier asomo de complacencia estaba rigurosamente prohibido. Y también era el registro de mucho periodista musical, del que Clavo nos brinda un fragmento firmado por Claudi Montaña en la revista Vibraciones que resulta ser un ejemplo perfecto del estilo de Viva el rollo! En todo caso ese ametrallamiento culturalista, que entonces sonaba tan enterao, ahora puede resultar entre facilón y gratuito: precisamente porque toda la información la tenemos a tiro de ratón, tiene más valor que nunca destajarla, espigar lo esencial, algo que Clavo desdeña en favor de un exhibicionismo erudito que en ocasiones se hace un poco pastoso. No es lo mismo practicar la erudición que copiar los títulos de crédito: lo primero ilustra y deslumbra; lo segundo aburre. Es cierto que ya en esa época los locutores de programas musicales se dormían en la suerte de los créditos, y era habitual (en ciertos géneros lo sigue siendo) que antes de cualquier pieza se nombrara una retahíla de nombres discutiblemente pronunciados con la familiaridad de quien suele tomar copas con ellos cada jueves: «Y a la batería, cómo no, el bueno de Mick Corrigan…» Ay, cuántas veces habré deseado que la radio se pudiese adelantar como las cintas de casette para evitarnos esos rollos gratuitos. Clavo hace algo parecido y se nota que siente afecto por aquellos pioneros del periodismo escrito y hablado, por Manrique, de quien elogia su «documentado arsenal»; por Mariscal Romero, padre del título del libro, o por Ordovás, cuya prosa deslenguada cita Clavo con generosidad y a quien mucho tendrá que citar si sigue su «estudio» (así lo llama) hasta finales de los 70 y principios de los 80. Del único que habla sistemáticamente mal es de Serra i Fabra. Me parece muy bien: yo tampoco lo soporto.
No es Viva el rollo! un libro de historia de la cultura popular sino, en todo caso, de historia de lo que llamamos underground y de lo que todos los underground despreciaban por manido y vulgar. En la pugna entre «rockeros y sinfónicos», que en cierto sentido vertebra este libro, cuenta más lo casi clandestino que lo paulatinamente generalizado. Hay omisiones muy elocuentes: tanto los rockeros mamados como los sinfónicos fumados, tanto Burning como Iceberg (por nombrar dos muy conocidos de entre los centenares de grupos que se citan) provenían, aquí y en todas partes, de los tres acordes del blues. El rock entró por ahí, en Madrid, en Barcelona y en Quintanilla de Onésimo (bueno, ahí quizá no). Lo que atraía a la gente del Concierto en Pompeya de Pink Floyd no era la modorra onanista sino el Mademoiselle Nobs, un blues aullado a pelo por un perro. En aquellos años la gente común no entraba en la modernidad por el elitismo wharholero sino porque el blues era lo más fácil de tocar con la guitarra.
Son cuestiones marginales. Tampoco este libro es sobre literatura, y sin embargo se dedica un capítulo a la tríada inevitable: Kerouac, Ginsberg y Borrows, y a su versión española, que aquí se reduce a Mariano Antolín Rato y a Félix Francisco Casanova, poeta canario que murió con 19 años. El tema merecería libro aparte, tanto por quienes probaron por estos pagos con la estética de la melopea (cienes y cienes de poetas), como por quienes introdujeron otras novedades que atraían a los amantes de la música (Cohen, por ejemplo), o dieron a conocer a autores que pronto estarían junto a los discos más sobados: de Lovecraft a, un poco después, el propio Tolkien. Al margen de Rato y el experimentalismo lisérgico, igual de plasta que los experimentalismos de vino tinto, tan frecuentes entonces, Clavo solo cita, muy de pasada, al propio Vázquez Montalbán y, con indisimulado desprecio, a Francisco Umbral. Es tal la desproporción entre la base de datos que vuelca sobre el mundo del cómic y lo superficial y vano del de la literatura, que casi podría haberse ahorrado el capítulo, o haberlo planteado de otro modo, no sé.
Esa desproporción no es en absoluto exagerada cuando comparamos el documentadísimo capítulo de los comix con los dedicados a los albores de la radio y la televisión enrolladas, quizá porque la información en este caso es mucho más accesible, lo que no impide que Clavo se luzca en otros muy divertidos, sobre todo el dedicado a «horteras y bailongos», con afinadísimos retratos de Camilo Sesto o Barry White, si bien meter al primero en el mismo lote que Manolo Otero o Miguel Gallardo suena un poco a exceso de mala leche, aunque desde luego clava la suficiencia con que tanto rockeros como sinfónicos contemplaban lo que no tenía la suerte de llamarse pop sino todavía canción ligera. Con bastante tacto, el autor pasa por encima de aquellos que sí habían escrito historia pop-rock y en el año 75 la seguían escribiendo, quizá porque no habría sido justo mofarse de ellos. En su lugar, Clavo prefiere repasar lo que los grandes santones del rock (Dylan, Stones, Zappa, Pink Floyd o los ex-Beatles por separado) hacían a esas alturas, un repaso necesariamente superficial con opiniones tan contundentes como manidas, y alguna incluso excesiva, como la de sentenciar que Wish you were here fue lo último de Pink Floyd que mereció la pena. Que al autor no le interese The wall solo quiere decir que en este libro hay partes de estudio exhaustivo y otras de opinión tan contundente como gratuita.
Las partes más interesantes lo serían todavía más si no estuvieran semienterradas en ese arenal de datos, por ejemplo la que cierra el libro con sendos dilatados reportajes de lo que fueron las jornadas rockeras de Burgos y Canet, ejemplo de buenas intenciones, mala organización, voluntad hedonista, medios precarios y ese tufo a carajillo y garrafón que convertía los conciertos en verbenas, en algunos casos afortunadamente. Esas últimas cincuenta páginas son, creo, lo mejor del libro, incluido un capítulo en el que Clavo reivindica una modernidad que no solo llegó de los discos traídos de extranjis desde tugurios londinenses sino que vino del sur, de África, que la trajeron los legionarios con sus paquetes de grifa y su lengua mestiza, e hizo parada y fonda en una Sevilla con tendencia al desmadre. Es verdad que entre el espíritu de rock jondo (Smash, Triana, Lole y Manuel…) y el verbeneo sinfónico catalán (su querido Sisa, Iceberg o la Dharma) Madrid daba la impresión de oler aún a abrótano macho. No sé si era tan cutre como lo pinta Clavo (yo aún estaba en el jardín de la infancia), pero si toda la información, sobre todo de los conciertos, la registró él de primera mano, la verdad es que no solo vivió intensamente sino que tiene una memoria prodigiosa.
El libro, en fin, se disfruta más por ese idiolecto bizarro (en el sentido clásico de la palabra, no en el nuevo) de jergas, extranjerismos, marcas, grupos y tecnicismos discograficos y por la atención prestada a eventos tan significativos como volanderos que por la marabunta onomástica, empeorada por lo que, de lejos, es su principal defecto. La editorial Sílex debería gastarse un dinerillo en correctores, porque desde el punto de vista ortotipográfico el libro es un desastre. Sobran y faltan comas, se confunden los puntos y coma por los dos puntos, las comillas simples por las dobles; hay un mejunje asistemático entre letra cursiva y regular: extranjerismos habituales se escriben en cursiva, y otros para iniciados van en regular, y menos mal, porque si todos fueran en cursiva el libro resultaría mareante. Pero hay más: uno puede ser todo lo punki que quiera en materia ortográfica, pero las faltas sientan mal a cualquiera, sobre todo si el autor escribe bien. Con los monosílabos acentuados es la monda: unas veces con tilde y otras sin tilde (caso de mas/más cuando ambos son adverbio, o los relativos interrogativos). Solo es coherente en su empeño de no acentuar el monosílabo sí ni cuando es adverbio ni cuando es pronombre personal. Bueno, casi, porque lo escribe bien una vez y cincuenta y seis mal; que, como decía el Pastor de Andorra, yo también sé contar.
Edi Clavo, Viva el rollo! Una crónica de Rock & Rollo en la España de 1975, Sílex, 2022, 323 p.