27.2.24

Oro en paño


Al volver a Femeninas, tantos años después, uno no se encuentra con nada parecido a un libro primerizo, pero tampoco, simplemente, con el decadentismo con el que se ha resumido esta primera etapa de Valle-Inclán. La muy medida construcción de las historias ya es obra de un escritor sin prisas, y el modernismo no se limita a la fastuosidad exótica y musical sino que llega a los orígenes mismos de la modernidad. Los críticos han encontrado en Salammbó (más que nada porque la cita el propio Valle-Inclán en La niña Chole) el origen de esta nueva mujer fatal, sádica y distante, con la que los decadentistas se emplearían a fondo, pero no he encontrado referencias a Poe, un autor que impresionó a los jóvenes noventayochistas (su huella en algún cuento de Baroja es evidente) y que estableció los fundamentos estructurales de la narración moderna, aquella que ocupa casi toda su extensión en ambientaciones estáticas que se resuelven en finales súbitos e impresionantes, que es como están diseñadas, por ejemplo, todas las narraciones de Femeninas.
Lo único que puede tomarse como primerizo quizá sea la insistencia en algún que otro tema decadente y ciertos rasgos de estilo en los que ya no incurriría, sobre todo el del psicologismo, que en La condesa de Cela llama la atención como un añadido prolijo. Entre esos temas recurrentes está el de la madre que quiere ocultar a sus hijos sus liviandades (la misma condesa de Cela), por más que ella misma sea hija de mujer fatal, un tema que después desarrolla con fuerte carga de cinismo en Epitalamio, donde la madre casa con su amante a su propia hija, casi una niña, para disfrazar así sus amoríos. 

En ocasiones, esa narración descriptiva reduce a lo mínimo el desenlace sorprendente (algo que frecuentará después en Corte de amor), como sucede en Tula Varona, una mujer que reúne «todas las excentricidades y todas las audacias mundanas de las criollas que viven en París: jugaba, bebía y tiraba del cigarrillo turco…». Tula seduce con juegos equívocos a Ramiro Mendoza, quien, por cierto, habla como un Rubén Darío de ocasión, y quizá por eso Tula lo despache con desprecio: «Tiene usted contestaciones de almanaque», le dice, y el lector se acuerda del Valle siempre distante, jamás meloso ni complaciente con la misma estética por la que transita.

Femeninas es también una fragua donde Valle-Inclán moldea por primera vez temas sobre los que volverá de manera brillante. Octavia Santino es un ejemplo muy particular. La historia de la dama moribunda a la que acude a ver su amante dará lugar a la Sonata de otoño, y una primera versión anterior a la de Femeninas ya la había publicado Valle-Inclán en México, en El Universal, en 1892, con el título de La confesión, que alude al macabro final en el que Octavia, en sus últimos estertores, confiesa a Perico Pondal que le ha sido infiel y el amante trata de sacarle con violencia el nombre de su rival… Valle-Inclán ya había publicado un relato anterior a esta escena muy poco antes, ¡Caritativa!, que desechó para esta versión final, todo lo cual da idea de que hizo y rehízo desde el principio, desde antes incluso de publicar su primer libro. El buen artista es el que sabe podar, y salvo esos excesos (brillantes, por otra parte) de La condesa de Cela, la verdad es que Femeninas es una pieza de orfebrería, pensada y compuesta con meticulosa paciencia, donde no falta el humor cínico que ya será para siempra una marca de fábrica no amparada solo en las exquisiteces modernistas sino en un oído muy fino para el desparpajo popular y teatral. Baste la reacción de Octavia cuando cree morir y Perico le ofrece llamar a un sacerdote:


—Entonces, ¿quieres que venga un confesor? Yo también había pensado en ello… Gravedad no la hay, eso no…

La enferma vaciló un momento; luego, volviendo a él los hermosos ojos, nublados por la calentura, exclamó con dolorosa resolución:

—¡No, no!… Prefiero condenarme así… ¡Anda, dame un beso!


Quizá el más flojo de los cuentos sea La generala, tanto por el tema (la joven dama, casada con un viejo, que se divierte con jovencitos modernos) como por el desarrollo, esa seducción bruscamente interrumpida que ya hemos visto en Tula Varona. Valle-Inclán también había publicado una primera versión de este cuento con el título de El canario, pues es la excusa de alta comedia, que se ha escapado un pájaro, la que Curra pone cuando está tonteando con el joven Sandoval y el general Rojas llama a la puerta. Lo más interesante quizá sea el motivo novelesco por el que se encapricha de Sandoval, que solo en su presencia Curra permite que el general fume, y la conversación sobre literatura en la que Sandoval defiende a d’Aurevilly y Curra a Alphonse Daudet, al mismo tiempo que desdeña el naturalismo de escritores tan olvidados hoy en día como López Bago.

Pero Femeninas también atesora dos obras maestras definitivas, inexcusables en cualquier antología, La niña Chole y Rosarito. La niña Chole, para cuya ambientación Valle-Inclán emplea reportajes de sus andanzas en México y, sobre todo, de su travesía a bordo del Dalila, ya forma parte desde sus inicios de un empresa mayor. Su subtítulo, Del libro Impresiones de tierra caliente, por andrés Hidalgo, ya indica que esta brillantísima narración no parará en convertirse en la gran novela de tierra caliente que es la Sonata de estío. Y también, como decíamos, es evidente que Valle ha trasladado al Caribe el ambiente lujoso y demoníaco de la Cartago de Salammbó, una libro que, por lo que dice algún especialista, formaba parte de sus más queridas lecturas infantiles. Y es verdad, no solo por el aire sacerdotal y desalmado de la niña Chole o su trato con los esclavos, sino por esa prosa recamada que sin embargo no cae en los vicios de la prolijidad o el abigarramiento. Las descripciones del gentío que llena el barco son impresionantes, la misma escena final del gigante negro lanzándose al mar a por un tiburón para regalárselo a la niña caprichosa es un prodigio de escritura, no compuesto de ornamentaciones modernistas al uso, como se suele dar por hecho, sino por una precisión verbal y un sentido del ritmo que nadie de su tiempo había conseguido. No es extraño que Murguía, en el prólogo, alabe tan sinceramente la madurez del estilo de Valle y le augure un brillante porvenir, con esa mezcla de sensibilidad y malicia, de oropel y mala leche que tanto partido le supo sacar don Ramón. 

Pero si en La niña Chole ya está definida esa prosa insuperable, tan precisa y sensorial como poco recargada, que llegará en las Sonata a una de las cumbres de la prosa castellana, en Rosarito se juntan otros elementos sobre los que Valle-Inclán volverá una y otra vez hasta el fin de sus días. Aparece aquí, por primera vez, a pesar de la Brumosa compostelana en la que transcurre La condesa de Cela, ese territorio mítico de la Galicia de las Comedias bárbaras, de tantos cuentos y piezas teatrales y de tantos pasajes de La guerra carlista, y se nos presenta, todavía no del todo definido, el gran don Juan Manuel de Montenegro, que aquí es todavía una mezcla del hidalgo tremendo con el que acaban sus propios hijos y el malévolo seductor que fraguará poco después en El marqués de Bradomín. De hecho, el final recuerda bastante al de la Sonata de primavera, por más que el viejo don Juan Manuel también vaya detrás de las mozas jóvenes, aunque formen parte de la familia. Pero la prosa de Rosarito, aun perfumada con la misma esencia modernista, ya va más allá, a una cadencia galaica, a un timbre heroico que no podía encontrarse en las filigranas decadentes. Leer ese cuento es abrir el portón del gran pazo valleinclanesco. No es raro que volviera una y otra vez sobre él, que lo rehiciera y lo reutilizara. Es el emblema de lo que habría de conseguir.

El libro de Espasa que dormía en el estante, junto a las obras completas que editó Sánchez Zas para la Biblioteca Castro (y que debo decir que pecan de exceso de fidelidad a las primeras ediciones, sobre todo por lo que atañe a la puntuación, errática en ocasiones, ni sintáctica ni rítmicamente justificable) se completa, además de con un prólogo de Zubiaurre, con la novela corta Epitalamio, más tarde reconvertida en Augusta, que ya hemos comentado que es una variación de La condesa de Cela, más larga pero menos prolija, más provocativa y descarnada, llena de perturbadores elementos eróticos y retazos de, esa sí, decadente crudeza. La historia de Augusta y Attilio Bonaparte ya pisa los terrenos prohibidos que descubrió Valle-Inclán en Rosarito, y si recurre a la pastorela al estilo de Daudet, también vuelve al tema de la mujer enloquecida de aburrimiento y deseo, pero no al estilo de Gautier sino, otra vez, al de Flaubert, de quien solo he podido encontrar una alusión en boca de Valle-Inclán: «¡Flaubert, ese mal empleado de Hacienda!», dijo allá por 1929. No era raro en él, ni en ningún dandy de cualquier época, echar tierra sobre sus maestros.


Ramón del Valle-Inclán, Femeninas. Epitalamio, ed. Antonio de Zubiaurre, Espasa-Calpe, 1978, 205 p.

Nocturno

Cuaderno de invierno, 69


Hace tiempo que cayó la noche y los mastines no dejan de ladrar. Salgo a ver qué pasa, con el tiempo se aprende a distinguir el tono y la frecuencia del ladrido. Es noche de luna y sopla un viento pelado, y lo normal es que ladren a las sombras que se mueven en la noche clara, o que hayan escuchado cómo un gato se rebulle entre las hierbas para hacerse la cama, o que aproveche una rata la ausencia de los gatos para buscar comida entre los tronchos de berza que les tiran a las cabras. Puede ser también que les alteren las bombillas de los gallineros, las dejan encendidas para dar calor a los polluelos o para que las gallinas pongan más, o bien que haya entrado un coche en alguna finca con las luces apagadas, a echar de comer a los animales o abrir el tajadero. Pero en todos esos casos los ladridos son de alerta, no de alarma: sirven para advertir a los de fuera, no a los de dentro, y en este caso son más cortos y agudos, más inquietos, como si hubieran visto algo infrecuente. Galán ladra junto al ribazo y puedo ver el vaho de su aliento en el aire congelado. Incluso Morena, menos alterable, más siempre a la sombra de Galán, se desgañita con su ladrido fino y mueve la cola con energía. A veces, si ha llovido, hay buscadores de caracoles que caminan sin linterna por el ribazo, pero no en este tiempo, ni con una noche tan desapacible.
Así que me abrigo bien (el gorro, los guantes y el tabardo), cojo la linterna y bajo a donde están ellos. No tiene mucho sentido salir de casa cuando hay ruidos extraños, es exponerse gratuitamente al peligro, y mucho menos gritar ¿quién anda ahí? Salgo sin pensarlo porque no es normal que estén tan alterados los mastines, pero también su excitación me hace sentir seguro. Al mismo tiempo que los calmo con voces, como si su misión de avisarme ya se hubiera cumplido, disfruto de la rasca y del rumor del viento por la vega. La noche cruje con el hielo, algo que me produce un cierto regocijo: celebramos el frío como si fuera el último, como si ya no fuese a venir más. No veo nada, ni a nadie. Quizás es eso lo que celebran, que no se acaba el invierno.

26.2.24

Masía

Cuaderno de invierno, 68


En su tiempo debió de ser impresionante. No era solo el caserío agrícola de las masías. Cada uno de los edificios tenía porte de casona señorial, desde la balconada corrida y encarada al mediodía del piso alto del patio, al muro semicircular de poderosos contrafuertes que sujetaban en lo alto la era y el jardín; desde la reja curva de barrotes con punta de flecha entre pilares de ladrillo, a los altos palomares de planta octogonal, con tejadillos árabes y veletas historiadas. Una fea tapia de bloques grises ciega la entrada de los carros que venían de la vega, y salvaban el barranco por tendidos caminillos con barandas de hierro. La casa grande mira al sur, los aleros conservan las hiladas a serreta y los balcones los dinteles de ladrillo a sardinel con claves rematadas en mensulillas, como si fuera la fachada de un palacio de verano, una villa de recreo, cerca del río pero lejos de los mosquitos, donde airearse los veranos y curar la tisis en invierno. Se mantienen firmes los anchos muros encofrados con ladrillo y las paredes de mampostería de los pisos bajos, pero los tapiales de cal y canto se han hundido sin remedio, y algunos parece que perdieron sus alféizares adrede, cuando los animales sustituyeron a las personas y había que tirar pacas de paja desde las ventanas.
La ruina ya es irreversible. Desapareció la casa señorial, que en tiempos conservaba pesados muebles antiguos, largas mesas familiares y sillones de respaldo torneado. Pero continúa la casa de labor: donde antes dormían los carruajes, ahora se guardan los tractores, y en las caballerizas se amontonan los aperos de metal, las rejas y las gradas, los rulos y los rotovátores. En las cocinas que humeaban al llegar los fríos, se apilan ahora los sacos de pienso. Junto al corral antiguo se levanta una enorme nave de reciente construcción, con paredes de chapa y tejados de uralita, donde se recoge el ganado que por las tardes sigue bajando a pastar a los bancales de la vega.

Preside la ruina un hermoso chopo que quizás aún se alimente con los canalillos sobterráneos por donde se filtran los residuos húmedos de los ganados. Aunque todo siga funcionando, aunque en esta época no tenga hojas y alrededor el terreno esté descarnado y cubierto de piedras que se siguen desprendidendo de los muros, ese chopo es la única señal de vida.

25.2.24

Cautiverio

Cuaderno de invierno, 67


Mientras, en un cruce del camino, me pasa un rebaño por delante, pienso cómo sería una explotación de ganado lanar o caprino si solo se usase la lana o la leche y no se mandara ningún animal al matadero. Los machos solo están para cubrir, algo para lo que no hace falta más que uno en buenas condiciones. El resto muere al poco de nacer y son asados en las trébedes. Las hembras sobreviven, se quedan preñadas y llenan las ubres de leche hasta que, como dice Virgilio, ya no caben por la puerta del corral. En la granja de abajo había un macho grande y feo, de pelo rojo, sátiro con barba hirsuta entre media docena de cabras. Me preguntaba, al verlos en el cobertizo, qué pasaría en una explotación si no se sacrificase ningún animal antes de tiempo, bien por enfermedad contagiosa, bien por demasiado viejo. Los machos son buenos guardianes, pero, aparte de eso, solo sirven para pelearse. Apacientan los rebaños, establecen sus jerarquías, comen, pero en términos de productividad resultan innecesarios. Una vez, paseando por el río Guadalopillo, vimos que había bajado a la vega un rebaño de cabras monteses, con machos y hembras de todas las edades. Al advertir nuestra presencia emprendieron el regreso a las alturas de los peñascales, y fue interesante presenciar el orden de evacuación, por así decirlo, cómo primero jopaban los más jóvenes, después las hembras, más lentas las preñadas, y cómo los chivos más viejos, de cuerna larga y retorcida, esperaban vigilantes a que todas hubieran emprendido la ascensión y después cerraban la comitiva. Salvo las águilas y los halcones (y algún cazador desaprensivo), nadie altera el ciclo natural de las camadas, y todas son útiles entre ellas para la pervivencia del grupo. La domesticación deshace cualquier equilibrio, los ganados se convierten en harenes aburridos, las hembras se acostumbran a que les arrebaten a sus crías, los machos languidecen solos, con hastío de semental, sin conciencia de vejez ni de juventud. Cuando un cabrito se queda sin madre, otra cabra que perdió a su cría le tiene que dar de mamar a la fuerza, amarrada por una pata, en volandas casi. Los machos miran atontados, afortunadamente ajenos a la posibilidad de que el ganadero use sistemas avanzados de inseminación y decida eliminarlos por completo. Pero a veces los modos de producción, ay, generan pautas de conducta entre sus propios dueños. 

24.2.24

Laurel

Cuaderno de invierno, 66


«El invierno lo vuelve gandul al labrador», dice Virgilio, aunque también explica que es tiempo, entre otras faenas, de recoger bellotas y bayas de laurel, las dáphnides, como las llamaban los griegos. En casa siempre ha habido un macetón bien grande de laurel del que cortamos alguna rama para dejarla que se seque y cuando las hojas ya estén amarillentas y acartonadas echarlas a todos los guisos imaginables. La carne sin laurel nunca está buena; si se trata de cordero, ya es directamente incomestible. Antes las arrancábamos del árbol, que son más aromáticas, pero alguien nos contó que también pueden resultar más tóxicas, no sé. Con los años que lo llevábamos haciendo, ya nos habría entrado alguna enfermedad, porque no creo que aparte de la sal haya otro condimento que usemos tanto. Los recetarios hablan de un sabor entre dulce y amargo, lo que tampoco es decir mucho, pero también le encuentro un lejano toque como cítrico, en todo caso nada exótico, pariente de tomillos y ajedreas, de aromas de monte, intensos sin llegar a empalagosos. 
También es, claro, una planta enciclopédica, de Apolo a Fangio, de Dante a Garcilaso, con toda clase de efectos balsámicos y preventivos, aunque yo me quedo con lo que nos cuenta el doctor Laguna, quien, aparte de otras muchas curiosidades históricas y medicinales, dice que «el aceite laurino es admirable remedio contra la perlesía, contra el espasmo y contra todas las pasiones frías de los nervios», y se hace eco de un célebre pasaje de Suetonio: «Todos los escriptores confirman que el laurel jamás fue ni puede ser sacudido de rayo [«fulmine afflari negetur id genus frondis», dice el biógrafo]; por donde Tiberio César, siempre que sentía tronar, se ponía en la cabeza una guirnalda laurina». Y debe de ser cierto porque aquí truena con alma y no hay tormenta que no parta un árbol del río, y estamos rodeados de aguas que conducen la electricidad y copas altas que se menean, y se mueven los gatos y las palomas y ahí mismo hay un cercado con ganado menor, y sin embargo nunca un rayo ha lastimado siquiera una rama ni nos ha cortado la luz. Tengo que preparar, para estar aún más seguros, sendas coronas de laurel que encasquetarnos cuando se ilumine el cielo, con un frasco de aceite de bayas machacadas, que, según dice Laguna, «descarga maravillosamente el celebro». Falta nos hace.

23.2.24

Hortensia

Cuaderno de invierno, 65


Después de algunos días de engañosa primavera, de tración casi estival, ha vuelto el tío Paco con la rebaja, el viento crudo que llenaba el camino del río de polvo y de ceniza. A más de un labrador he visto correr detrás del fuego del ribazo, no fuese a saltar a la arboleda. Se conoce que una lengua de frío se desparrama por la costa atlántica y no tardará en mojarnos con el Bóreas, «el frío penetrante», los cierzos afilados y las lluvias brunas. Para el fin de semana, por de pronto, más vale que echemos una buena calda. El viento ya menea los troncos de los álamos, a rachas brama el temporal, suenan los canalones como el órgano de un templo en ruinas… Y en estas que salgo a ver si quieren algo los mastines y me encuentro con que han brotado las hortensias, pobres imprudentes, confundidas con el sol que a mediodía les iba templando la tierra. 
Son hortensias fuertes, tengo que decir. Trajimos los esquejes de Galicia, de una camino cerca del mar donde crecían como las yerbas, azules de fierro, ajenas a los hielos. Y dieron vueltas por lugares cada vez más fríos hasta parar aquí, donde ya han aguantado más de un temporal, pero siempre antes de que les broten esas hojas que se harán gruesas y enormes. Del tallo pálido revienta un botón verde imparable que es posible que se hiele en las horas que vienen. Habría que cubrirlas con un plástico, meterlas a cubierto, pero el caso es que nunca ha habido que protegerlas de la intemperie desde que salieron de la sua terra. Aún lucen hermosos, secos y lacados, los pompones del año anterior, que colgamos boca abajo en la penumbra del cobertizo hasta que se detienen en un tono elegante, violáceo, algo apagado, y ponemos en el búcaro del taquillón. Otros árboles igual de temerarios también se adelantaron peligrosamente, como el ciruelo ruin, más desmedrado y esquemático que sus hermanos, y que cualquiera sabe cómo acabará este año. Pero el tiempo ha hecho que sigamos confiando en las hortensias. Muchos años estuvieron en un ático que daba al norte, y cuando soplaba el viento de la sierra temíamos por ellas y había incluso que sujetar los tiestos con cordeles, pero siempre, a su debido tiempo, salían nuevas yemas. Son duras de pelar estas gallegas. Se nota que están hechas a viajar. 

22.2.24

Susto

Cuaderno de invierno, 64


Tenemos fundadas sospechas de que ayer Galán debió de pegarse un buen tortazo al bajar las escaleras del jardín. Como no hay hojas en los árboles y han quemado las hierbas de los cuellos, de los taludes y de los ribazos, los gatos no pasan desapercibidos ni se emboscan, y se pasean con descaro por los huertos de alrededor. Galán, en cuanto los guipa, sale como una centella, baja las escaleras de cuatro en cuatro y corre hasta la valla, donde los amenaza con su ronco ladrido. En una de esas estampidas atolondradas debió de resbalarse o doblarse una pata porque luego, cuando salimos a llamarlos para que se recogieran, Morena subió con su parsimonia de siempre y Galán puso las patas delanteras en el primer escalón pero no se decidió a subir. Nos miraba, olisqueaba la escalera, volvía grupas y se volvía sin saber muy bien dónde marchar, como si quisiera subir pero le diese reparo. Estuvimos contemplándolo un buen rato, a base de caricias y buenas palabras, llevándolo y trayéndolo para cerciorarnos de que no cojeaba ni renqueaba. Morena lo esperaba arriba, a la puerta del invernadero, con mirar triste y paciente. Y allí nos mantuvimos, aguardando a que se decidiese, sin agobiarlo, pero él no se sentaba ni se daba la vuelta y se iba, síntoma de que tenía ganas de tumbarse en su colchoneta pero una barrera invisible se lo impedía. Unos minutos después, cuando el instinto le hizo sentirse seguro, subió las escaleras con cuidado, nosotros íbamos detrás, con las manos extendidas pero sin tocarlo, como aquel que acompaña a quien está aprendiendo a montar en bicicleta o da sus primeros pasos después de mucho tiempo escayolado, y se metió en su guarida y ha dormido tranquilo, los ronquidos se oían desde el comedor.
Pero esta mañana no ha hecho sus rondas de reconocimiento ni se ha dedicado a espantar a las palomas que pasan la noche entre las ramas de los pinos. Se ha tumbado allí donde le señalaba el primer rayo de sol, algo mohíno, los belfos caídos, los ojos pequeños, y Morena, que suele engolfarse tras los aligustres hasta que empieza la calor, se ha tumbado junto a él, atenta, como los amigos fieles que no se van ni dicen nada. No le hemos visto nada raro al andar, pero ahí ha estado, quieto, como esperando a que se pase el susto.

21.2.24

Sarmiento

Cuaderno de invierno, 63


Íbamos a esperar, como es costumbre, a las vísperas de San José, pero viene todo tan adelantado que ya hemos empezado a podar las parras. Todo ha de ser que empiecen los sarmientos cortados a llorar antes de tiempo y una noche la savia se les congele. Dicen que el lloro no les viene hasta que la tierra coge un poco de temperatura…
Hemos empezado por las parras viejas, las de uvas tintas, de ásperos hollejos, que se plantaron cuando yo era niño. Ahora la corteza se les despelleja y todos los años hay algún sarmiento que no prospera, alguna guía que se seca, pero también hay otros que crecen vigorosos y se hacen como el dedo de gordos y trepan por las ramas del nogal. Es como si la savia fuera dejando de abastecer a las yemas que no han de tirar lo mismo que si fuera tierno. Nosotros, no obstante, las podamos, a ver si el año nuevo trae otro sarmiento bien preñado. La misma ondulación del tronco se debe a que no siempre lo apuntalábamos cuando el racimo lo doblaba, y así culebrea, se apoya en los puntales, sube y baja, pero echa todavía sarmientos lo bastante duros para que no se partan con el peso de las uvas.

En otros lados del jardín, en otros sombrajos y cenadores, pusimos moscateles sin pepita, la mar de dulces. Estas otras hay que pelarlas y la pulpa es ácida pero sabrosa. Son las uvas con que antiguamente se hacía el vino casero, no sé yo si el mismo que antes de la filoxera llenaba los trenes de toneles, aquel potente vinazo que debía de ser como un suplemento alimenticio para las magras vituallas de diario. Nosotros no hacemos vino pero he probado alguno hecho con uva similar, y más vale acompañarlo con bocados contundentes que llenen el estómago si uno quiere mantener el equilibrio cuando se levante de la silla. Preferimos las mermeladas, que salen muy ricas sin apenas echarles azúcar.

Siempre estuvieron ahí, y algún año hubo, por esas cosas de la vida, que dejamos los sarmientos sin podar. Se hicieron enormes, pero ya llevamos una larga temporada cuidándolas para que sigan produciendo esa reliquia de sabor. Ahora ya están viejas y de vez en cuando alguna rama seca termina haciendo brasas para las chuletas, pero queremos que nos sobrevivan, que estas uvas recias sigan siendo un fruto del pasado. 

20.2.24

Flor

Cuaderno de invierno, 62


Solemos comparar la vida con las estaciones. Cada cual la empieza por la que más le conviene, casi siempre por la primavera. Otros renacemos en otoño, maduramos en invierno, decaemos en primavera y en verano nos apelmazamos. Por eso los primeros anuncios clásicos de la primavera me producen más astenia que alegría. La flor del almendro, que antes era un aviso lejano, ahora es el anuncio del calor. El mundo pierde sus matices. Todavía queda un tercio del invierno pero como no venga una borrasca despistada ya podemos ir barriendo la leñera. Apenas hemos quemado las varas de la poda y ya se ve crecer la hierba entre las cenizas. 
Semejantes cambios del tiempo hacen pensar en la vida no como una sucesión de estaciones sino como el desarrollo de una sola. Este invierno tendrá noventa días, los años de una larga vida. Llevamos poco más de sesenta y da la sensación de que todo ha concluido y que no han de volver las nieves de antaño, y que si vienen será para helar las flores adelantadas. Los almendros, más que un principio, anuncian un final. Son como una flor en el ojal de un jubilado, que respira hondo y se prepara para una larga travesía del desierto hasta que el agua se termine y entre la arena brille la blancura de los huesos, esos «albentia ossa» de que hablaba Tácito. Esa flor tan tópica y tan tierna es el principio de una estación anodina que durará ocho meses de sopicaldo. Veo los árboles nevados y ya yo me dan ganas de celebrar los ciclos ni las resurrecciones. Es más bien como si un sudario caliente se hubiera posado sobre los bosquecillos. Anoche ya no encendimos la chimenea, esa fue nuestra manera de certificar que acaban las agitaciones del frío.

Pero la falta de entusiasmo no les quita la belleza. Son las primeras y también la medida de la hermosura simple, de líneas claras, el blanco intenso con el morado leve, los sépalos de un verde claro, de un verde todavía verde, que asoman entre los pétalos y rodean el ramillete de estambres amarillos. Nos atrae por lo que nos queda de insectos, como si fuésemos a libar en ellos una vida más larga, sin tanto calor. Nos consuela ser abejas que se afanan en su dulce trasiego, por más que cada año el panal se vaya derritiendo más temprano.

Con la minga


Una mujer se duerme en el tren al ir a trabajar por la mañana y acaba en un pueblo perdido donde la toman por actriz y la llevan a representar la típica recreación histórica. Un hombre que aspiraba a gran actor vuelve a su pueblo después de una vida de fracasos y allí organiza la ya casi olvidada recreación histórica. Hombre y mujer dejan atrás sus tristes vidas y se pierden juntos en un ensueño de amor.
Este es el punto de partida, y el de llegada, de la última novela de Luis Landero. Se nos cuenta la vida triste de los personajes, sus trabajos grises, sus familias pobres, un marido mueble, una novia tragaldabas, el querer y no poder de los personajes de Landero, antihéroes de barrio, que se ilusionan con proyectos «como jugando a inventar una historia con la ingenua convicción de los niños» y tienen «un trasfondo como de bobería y de futilidad». Así ha sido desde los tiempos de Gregorio Olías, el Faroni de Juegos de la edad tardía, por más que a veces (en Una historia ridícula, por ejemplo) desaparezca una de las caras del personaje, la del sueño posible, la de la ilusión inofensiva, y quede un —para mí desagradable— ensañamiento en la mediocridad. No es el caso de La última función. Aquí Landero aprecia a sus personajes, escribe a favor de obra, y eso ilumina la novela con un candor que se basta sin necesidad de armar complejas tramas ni meticulosos desarrollos. Salvo Blas, el marido de Paula, la mujer perdida en el apeadero de los sueños, que es el retrato deprimente y fiel de tanto varón fracasado, de gente que empezó hiperactiva y luego se quedó varada en un sofá, viendo programas estúpidos, sin quitarse la ropa de conserje, con «cara de tortuga», el resto de personajes tienen todos su punto de rehabilitación estética, que para eso sirve una novela. Todos son gente sin brillo, muchos soñaron con lo imposible, pero ni los devora el resentimiento de ser corrientes y molientes ni se pierden en palinodias masoquistas. Igual que Amelia, la novia tragaldabas, come y folla como una leona y cambia de novio cuando encuentra otro con más apetito, así todos se avienen a conquistar quimeras asequibles y participar en festivales de ilusión que no necesitan de talento sino de buena voluntad. 

Landero tira en este punto de un clásico de la cultura contemporánea, el turismo como único modo de resurrección de los pueblos perdidos y la recreación histórica como fórmula fingida, teatral, de congeniar a todos los vecinos y atraer a los forasteros. La España de hoy no se entiende sin ese afán por recrearse, por disfrazarse todos los vecinos para representar un pasado de mitología pobre. Cualquier aldea tiene su fin de semana medieval, su belén viviente o su tragedia de Longinos, y los vecinos que no pudieron saludar desde el escenario del Teatro María Guerrero ni pasearse por alfombras rojas tienen al menos la oportunidad de encarnar por unos días el alma de su pueblo. Y a eso, además, lo llaman futuro. Landero no ha dejado escapar esta curiosa paradoja de la España que se esfuma porque nadie quiere vivir en descampados, y la convierte en el territorio favorito de su poética novelesca, «el caso singular de un vano intento, de un sueño que tarde o temprano acaba desembocando en la inmisericorde realidad, con todo lo que eso tiene de heroico, de lastimoso, de inútil, de cómico, de trágico y hasta de ridículo, según el sueño sea o no más fuerte y verdadero que la realidad misma». Pocas novelas de Landero se salen de esta idea, y cuando el equilibrio entre el sueño ingenuo y la rutina rastrera se decanta por uno u otro lado, la cosa es menos efectiva que cuando ambos son caras de una misma moneda, la que compra, si no la felicidad, al menos una existencia llevadera.

Es el reino de Landero y en él se mueve como Pedro por su casa. El lector no espera giros argumentales ni aventuras apasionantes. Lo que hay es ese mínimo resumen del principio, y a partir de ahí una técnica que, en lo estructural, consiste en ir sacando hilos adelante y atrás, contar de dónde viene cada cual, hacerle una cabeza, como aquel que dice, llenar la historia de prolegómenos, de aquello que leemos antes de empezar lo gordo, aunque luego resulte que lo gordo no está, es otro hilo suelto, otra descripción previa, otro escenario. El encanto de Paula, quien, como la heroína de Miguel Mihura, se redime jugando, está en la necesidad de regresar al punto de partida, al día en que, siendo niña, un mago de la legua la hizo desaparecer bajo una capa carmesí, y en no saber, como una Segismunda de cercanías, si sigue dormida o ya se ha despertado. Y el de Tito, el hombre de voz imponente, es algo parecido, la redención del artista que naufragó en una oficina, imposible sin el apoyo que le prestan sus vecinos, sin que los demás finjan que uno es quien quiso ser y se presten con entusiasmo a ser figurantes de aquella ilusión perdida.

Pero la novela no es una suite deliciosa solo por eso. De no ser por la prosa de Landero, no pasaría de ser eso que Valle-Inclán llamaba «literatura de pobre hombre». Lo agradable —y fascinante— es cómo Landero estira la historia, duplica los nombres y los adjetivos, alarga las enumeraciones, reitera las descripciones y empalma las digresiones; cómo, de una idea mínima, a base de ir saltando de secundario en secundario, de vida en vida y de escenario en escenario, la novela, sin perder el ritmo ni un lenguaje que debe parte de su atractivo a cierto, digamos, revenimiento, no necesita meterse en dibujos para salir airosa y redondearse como lo que es, como una historia corriente y olvidable que por unos días se decora de afecto solidario y admiración sincera.

En cierta ocasión trataba yo de explicarle a un amigo que con los años la experiencia hace que uno empiece una clase que había preparado y al minuto ya se haya ido por otro lado mucho más interesante, y que a veces, con un comentario, con una frase, con una pregunta, puede salir una clase bastante más instructiva que si se hubiese atenido al temario oficial. «O sea, con la minga», me dijo mi amigo. Pues eso: uno termina La última función y piensa que Landero la ha escrito sin complicaciones, dejándose llevar por su propia voz, sin acudir a más documentación que alguna noticia breve de un diario de provincias, y ha conseguido sin el menor esfuerzo una pieza mucho más gratificante que otras en las que al trasluz se podía ver la complicada partitura. El escritor llega a lo más alto de sí mismo cuando da la sensación de que su novela se mueve sola y él escribe como quien lava. Así como si nada.


Luis Landero, La última función, Tusquets, 2024, 220 p

19.2.24

Caballo

Cuaderno de invierno, 61


Aparte de las cabras y de las ovejas, vemos estos días algún que otro caballo rondando por la vega. Los hay de dos clases sociales bien distintas. En las mañanas de sol puede verse un hermoso alazán de patas blancas que cabalga un jinete con aspecto jerezano, gorra campera y chaleco lleno de bolsillos. Lo trae hasta un maizal ya cosechado y ahí practica con él ejercicios de doma, le cambia el paso, lo hace andar de lado, recular, o que trote levantando mucho las rodillas, o se arranque al galope hasta el ribazo. Más de una tarde lo he visto a él y a otros dos muy parecidos, con mantas protectoras, pastar en un bancal junto a su cobertizo, pero en las noches de hielo, y mucho menos en el temporal de principios de invierno, no se los veía por la vega, seguro que estarían a resguardo en algún establo caliente, entre paja limpia y seca.
Pero más adelante hay un poni royo, en un cercado de alambre, y otros dos caballos menos lustrosos, uno negro despintado, más grande que el otro, blanco sucio y con hechuras de burdégano. No tienen un mal techo en el que cobijarse cuando por las noches cae la rosada ni cuando a mitad del día pica el sol. De buenas maneras y sin que se me notase mucho, le pregunté al dueño, un día que estaba descargando una paca de paja para dejarla allí tirada, si iba a dejarlos todo el invierno. «No, no», me dijo, «cuando se gire el mal tiempo me los llevaré a una nave que tengo». Esto fue antes del temporal, pero entonces ya las noches eran frías y los pobres jamelgos bebían agua en una bañera vieja, llena de hojas y de arenilla, y más de un día los vi que lamían las últimas gotas sucias del fondo. Eso sí, el dueño, muy ufano, me los ofreció por si algún día quería dar un paseo…

Desde que cedió el temporal paso casi todos los días por el cercado y me alegro por ellos cada vez que no los veo. Aunque por el día se pueda ir a cuerpo gentil, esta noche, por ejemplo, el termómetro ha bajado hasta los tres bajo cero y ha habido que meter a los mastines aunque no quisieran. Estos caballejos son rústicos, peludos, seguro que aguantarían, pero así yo también me quedo más tranquilo.

18.2.24

Poda

Cuaderno de invierno, 60


Todos los años intento someterme a rigurosos manuales sobre poda y siempe acabo haciendo caso a lo que me dijo una vez un primo mío: «Tú corta las que tiren para adentro y para arriba, y au», y más o menos es lo que termino haciendo, llevado más por la intuición y por cierto sentido estético que por cualquier otra norma. Y así repelo el árbol de ramas finas y despejo los muñones en los que han crecido varas demasiado juntas, y corto en forma de y griega las que tiran verticales, consciente de que al año que viene multiplicarán la letra y la que tire más al interior habrá que podarla entera. 
Quién sabe si es ese el método más adecuado y el que mejor preserva y sanea. Una vez podado, pienso que todo se dirige a que llegue a las pomas más altas sin demasiado esfuerzo y a que las que salgan sean más gordas que las que naturalmente saldrían, y que si el resultado me satisface se debe a que un árbol podado se parece más al que dibujaría en un papel. La simetría y la copa proporcionada son aspiraciones humanas, no frutales. Estoy seguro de que un árbol feo y desgarbado, más tupido por un lado que por el otro, más crecidas unas ramas que las otras, puede dar más fruto que esta estética de peluquero que nos mueve a dejarlo como lo dejamos, y eso que no somos maniáticos ni fundamentalistas. 

Ni siquiera creo que haya que podarlo tanto, porque pasa con la poda que uno empieza cortando una ramilla como con temor a hacerle daño y termina serrando ramas gruesas que se salen de la simetría ideal. La decisión de acabar con una rama que lleva creciendo tres o cuatro años termina siendo un acto casi instintivo. Es entonces esa misma falsa idea estética del arbolito regular la que obliga a detenerse antes de dejarlo en cuatro palos desnudos y salvajemente mutilado. Un año iba a venir un experto en poda pero ese mismo invierno decidió abandonar su faceta docente. Al año siguiente, nuestra poda intuitiva hizo que unos árboles estuvieran preñados de frutos y los otros no tuviesen más que alguno de muestra. Desde entonces nos regimos por el mismo criterio autodidacta que empleamos en el huerto: lo que un año sale bien, al siguiente se repite; lo que sale mal, se olvida.

17.2.24

Crujido

Cuaderno de invierno, 59


Al pasar junto a un árbol viejo lo hemos oído crujir. Hace un día raboso, como se llama por aquí a estos días fríos y ventosos, y también a los zagales contestones y que no se dejan manejar. El Raboso es también, por cierto, un vinazo áspero de la llanura veneciana, hecho con uva picina, que según Plinio el Viejo es «la más negra de todas». Quizá en español raboso tenga que ver, como en italiano, con rabia, palabra que también se usa cuando el tiempo es inclemente: hiela con rabia, sopla el cierzo con rabia, etc. Hoy, en fin, era un día de esos, «para destetar buitres», como decía el otro, y el viento hacía crujir al árbol seco igual que crujen las ventanas desvencijadas de una casa en ruinas. 
No es fácil distinguir en estos árboles cuáles son las ramas muertas y cuáles están vivas todavía. En casa solemos, en verano, marcar con un clarión o atar un trapo a las ramas secas del ciclamor o del almendro viejo, para cortarlas cuando pierdan la hoja sin dañar ninguna que conserve aún algo de savia. A veces están grises y resquebrajadas pero aun así les salen «algunas hojas verdes». Resulta muy desagradable cortar una rama gorda y darse cuenta de que todavía brilla la humedad en la medula, y seguramente le quedaban más años para estar seca del todo que a uno mismo para dejar de respirar. Estos días, con la poda en marcha, hay que andarse con ojo para cortar y no amputar.

Estos otros árboles, al borde del camino, no tienen quien les marque las ramas secas. Este que cruje creció enclenque y torcido, como si el viento raboso lo hubiese azotado desde que era un tallo flexible. Algunos crecen rectos al amparo de otros árboles o de algún reser invisible donde no pega el aire tan continuamente. Este creció giboso, y aun es posible que a su disformidad haya también colaborado el que a alguien le sobrase alguna rama fundamental, porque le estorbaba para labrar o porque le daba sombra a un corro de cebada. El resultado es una torcedura dramática, resistente y contrahecha, petrificada en su propio desamparo, rabosa ella misma como el vino ese que, dicen, va tan bien con las carnes fuertes y los sabores terrosos. Cualquier día pasará la motoniveladora, lo arrancarán de cuajo y lo dejarán allí hasta que se pudra.

16.2.24

Selva

Cuaderno de invierno, 58


Todos los inviernos digo que voy a limpiar la parte de abajo. Cuando se desnudan los membrillos, el sauce y la noguera que jalonan el cuello de la acequia, siempre me digo que de este año no pasa. La parte de abajo se quedó como esos nombres no especialmente precisos que persisten por alguna razón añadida. Podríamos llamarla de algún modo más poético, el paseo de los membrillos, por ejemplo, pero eso implicaría sanearlo, limpiarlo de ramas cortadas que amontonamos a modo de empalizada para que los perros, sobre todo Galán, no empujen la valla, y de chupones que les salen a los membrillos y a los odiosos ailantos. Habría que arrancar las zarzas y levantar la yedra que repta por el suelo, y rastrillar las capas de mantillo que se van superponiendo cada otoño y descargar el talud que lo separa de la parte más civilizada del jardín. Lo llamamos la parte de abajo como podríamos llamarlo el trastero, el sitio al que no da tiempo a ir para ordenarlo antes de que la primavera vuelva a ponerlo intransitable. Deberíamos afanarnos durante muchos días para traerlo a pliego, o contratar maquinaria que desmontara el talud y albañiles que levantaran un murete y abrieran una senda de sablón. «Y entre tanto pasa el tiempo sin remedio, pasa y seguimos dando vueltas a los detalles, cautivos del amor…», dice Virgilio, y ya solo van quedando fuerzas para mantener aquello que levantaron los bríos de la juventud. Hay partes del jardín que nos recuerdan lo que ya no ha de cambiar, quizá porque tampoco es necesario avasallarlo todo. Son lugares que gozan de una cierta independencia, con esa tolerancia selvática, un tanto inglesa, tan distinta del rigor francés cartesiano en el que nada puede quedar sin la huella de su domador. Nos limitaremos a podar los membrillos, a ver si no se hielan este año, y a quemar los palos de ailanto y a despejar una hilera de tierra para que las calabazas lo enmarañen todavía más, pero también este invierno nos olvidaremos de los sueños de extrema, rectilínea pulcritud. Los mastines en sus rondas han abierto un caminillo por el que se puede pasar cuando bajamos a tirar los cubos de ceniza, y tienen un corro despejado donde se tumban a observar los rebaños de cabras que pastan en el maizal de más abajo. Con eso, de momento, es más que suficiente.

15.2.24

Quema

Cuaderno de invierno, 57


Cada año viene al terreno de más abajo un señor que prende fuego a los ribazos de ambos lados del bancal y se sienta en un cajón a contemplar cómo avanzan las llamas sin salirse de su recorrido. De vez en cuando se levanta y con una rama apaga una llama que, supongo yo, podría soltar alguna chispa que prendiera en el talud de más arriba. Luego acude a otro extremo del ribazo y vuelve a encender, y cuando espesa la humareda me doy cuenta de que por allí se ha levantado un poco de viento que mantiene las primeras llamas lejos de los cerezos que cultiva el vecino. Vuelve a sentarse, se enciende un cigarro y espera que el fuego siga su curso. Si cambia el viento, el señor se vuelve a levantar y sofoca las llamas que han llegado a cierta altura, poca, ciertamente, porque la quema es humo y cañas que crepitan al arder, pero no hay llamaradas que se enrosquen hacia el cielo ni fogatas que puedan extenderse, todo lo contrario de otros vecinos que siempre se confían más de lo debido y acaban teniendo que echar mano de mangas y calderos. Este señor, en cambio, no veo que use agua. Su única herramienta es la rama con la que a veces apaga el ribazo que se puede desmandar y el cigarro con el que vuelve a encenderlo después. Entiende el viento, se sabe orientar en la humareda. No sé si es el dueño de la finca o uno de los tres o cuatro agricultores que van con sus máquinas labrando para unos y otros, quizá sea un especialista con nombre y todo, el quemador, el rastrojero, qué se yo, pero todos los años, cuando viene, me da la misma sensación de que sabe lo que se lleva entre manos.
Río arriba quemó unos carrizos que habían crecido en el lecho de un ramal de la acequia. Antes de que se consumieran los cañutos, alguien echó el agua y el resultado es un fondo negro con reflejos y espigas hirsutas que al margen de los campos que riegan y separan componen un ejercicio de expresionismo abstracto. La naturaleza sin contexto tiene siempre un atractivo misterioso. Este señor ignora que su tarea eficaz, medida, sobria y aseada deja curiosas obras de arte por el campo. Quizá lo sepa. Quizás es eso lo que mira mientras fuma.

14.2.24

Hoyo

Cuaderno de invierno, 56


Hoy había que cavar un hoyo para trasplantar un aligustre que ha crecido, acaso demasiado, en un macetón de barro. Los hoyos tienen algo de arqueológicos. Igual que con los terrones del huerto, no me conformo con dar cuatro golpes de azadón y sacar después la tierra con la pala, si es que cabe. Por algún curioso trastorno necesito ir excavándolo muy poco a poco, trazar un cuadrado de lados muy rectos e ir sacando limpias las paredes con el palanquín, y agacharme con una paleta de albañil y con ella ir repasando los bordes, las rebabas, con la idea de avanzar hasta un cubo perfecto de unos cuarenta centímetros de arista en el que quepa no solo la raíz del aligustre sino una cama de abono y un relleno de tierra buena. Al avanzar con la paleta van saliendo tierras de distintos colores, capas de arena de cuando allí se hizo una obra, cascotes de ladrillo, raíces de árboles que hace mucho fueron arrancados. El hábitat dormido del subsuelo va saliendo y yo lo destajo y lo voy amontonando junto a las hojas secas para formar un mantillo con el que pueda luego cubrir el suelo alrededor del tallo. Cuando la cosa se pone dura, lo relleno de agua y espero a que la absorba, y otra vez voy sacando fragmentos, contando raíces, haciendo palanca con la punta de la paleta para liberar guijarros incrustados en la tierra. 
Hago las cosas que no se han de ver como si hubiera que dejarlas a la intemperie. Hace muchos años leí un libro que me impresionó, Dios lo ve, del arquitecto Óscar Tusquets. Era un recorrido por aquellas obras concebidas para llegar a la máxima perfección posible y que nadie las viera nunca, desde los retratos que se metían en los féretros de los antiguos egipcios, de un naturalismo sobrecogedor, a estructuras de metal que servían de armadura para construcciones de cemento. Intentaré que este hoyo, cuando lo termine, sea una escultura de aire, un volumen perfecto y vacío, y lo miraré un rato y es posible que incluso le saque otra foto, poco antes de meter el mazacote del aligustre, que ya solo al entrar descarnará la tierra, y rellenarlo rápidamente para mantenerlo vertical. El agua con que lo riegue luego se ocupará de ablandar las paredes y deshacer las diferencias. No solo quedará oculto sino que dejará de ser.

13.2.24

Oveja

Cuaderno de invierno, 55


Pensé que las ovejas se asustarían, que se irían corriendo al vernos apuntarlas con la cámara, pero la suya no es una mansedumbre huidiza; al contrario, al vernos se acercaron como si fuésemos el pastor que venía a sacarlas de allí. Siguiendo la línea del ribazo hay una malla de nailon de un metro de alta para no tener que vigilarlas, suficiente para que ellas no se salgan y para que cualquier perro, no digamos un lobo, entre sin saltar siquiera.

  De las ovejas siempre hemos pensado que eran tontas y con ese pensamiento ya teníamos bastante, lo cual tampoco es muy inteligente por nuestra parte. Está demostrado que recuerdan, que reconocen, que socializan. No todo en ellas es estar aborregadas. A estas, víctimas del entretiempo, les debe de parecer extraño que las hayan abandonado. Con la cantidad de hierba que tienen a su disposición, la única razón por la que se nos acercan con la mirada fija y la sonrisa buena es que esperan que nos las llevemos a un sitio cubierto donde reencontrarse con sus amistades, echarse en sus rincones preferidos y rumiar como sus antepasados la paja y el alfaz, y desde luego disfrutar del calefactor comunitario en estas noches aún bastante frías. Es ahora cuando más las vemos, en terrenos no sembrados, en barbechos que verdean con la lluvia, en huertos no labrados en los que las ovejas limpian las bufalagas y de paso los abonan antes de pasar la reja. Luego, cuando empiecen a crecer los ajos y los cereales, dejaremos de verlas tan a menudo, seguramente solo en bancales abandonados, o en sotos a la orilla del río, pero ya no creo que las dejen días y días a repelar el suelo entre ribazos negros.

¿Qué podrá más en ellas, la seguridad de que el pasto no se acaba o la inquietud de que nadie viene a echarles de comer? ¿Les deprimirá el recuerdo del rebaño grande, de los alegres paseos por la cañada? ¿Sentirán el frío de no tener un cuerpo al lado, de haber sido despojadas tan temprano del vellón? Su inexpresividad conformista y empanada es más bien una percepción nuestra. Supongo que ellas se observarán de otra manera, y de otra manera pasarán la noche ateridas de frío, preguntándose las unas a las otras qué habrá sido de aquel hombre que les daba de comer, de aquel perro que las protegía.

La prosa bucle


Después de leer Mañana y tarde nos habíamos quedado con ganas de formarnos una opinión algo más matizada sobre el Nobel Jon Fosse y recalamos en Melancolía, dos novelas que, puesto que sus protagonistas son parientes, se sirven en un solo libro. Melancolía I, a su vez, está compuesta por una novela de dimensiones convencionales, otra de las que solemos llamar corta y un relato de los que solemos llamar largo. Melancolía II es una novela breve. Los cuatro textos tienen que ver pero también se pueden tomar como piezas autónomas en la medida en que no necesitan de los otros para cobrar sentido ni los detalles que aportan modifican la interpretación de los demás.
La novela larga con que da comienzo el libro es la historia de un poeta loco de mediados del siglo XIX. Tiene miedo a no saber pintar, a que su maestro lo desprecie, y está enamorado, con un platonismo delirante, de la hija de su patrona. Como a Oblómov, el héroe de Iván Goncharov, le cuesta levantarse de la cama, vive preso de sus pensamientos en forma de bucle, todo se lo repite unas cuantas veces, la mayor parte de ellas literalmente, como si necesitara pisar de forma repetida en el mismo suelo antes de plantar el pie, antes de plantar el pensamiento. Su lectura me recordaba a aquel minimalismo repetitivo de los Maertens, Nyman o Gass que tan de moda estaba, todavía, a mediados de los 90, la época en la que Fosse escribió este libro. Se trataba de una constante repetición de frases con levísimas variaciones entre cada una de sus ejecuciones yuxtapuestas, y un regreso permanente a otras frases ya dichas sobre las que se vuelve a ensayar el periodo repetitivo. Así eran muchas piezas de estos músicos y así es, en este libro (en esta primera novela larga, sobre todo), la prosa de Jon Fosse. 

Esa forma de escribir está justificada porque la historia se cuenta en primera persona y el protagonista, el pintor Lars Hertervig, está loco perdido. Sus pocos paisajes mentales son el traje de color terciopelo lila con el que viajó de su pueblo noruego a Alemania para hacerse un gran pintor, pero también los celos que le inspira el tío de su amada Helene, al que se imagina sobándola con sonrisa babosa y que se aparece en la puerta de la habitación de Lars para decirle que se vaya, en escenas cuyos elementos decriptivos recuerdan a las del padre de Gregorio Samsa; pero sobre todo vive sumergido en la paranoia de que él, Lars, sí sabe pintar pero los otros, casi todos, no saben, a pesar de lo cual se mofan de él y lo sablean. La escena en la que Lars, por fin, «entre sus dos maletas», acude al café de los artistas y allí lo embroman y se ríen de él y le hacen círculo como en las pesadillas y lo engañan diciéndole que su amada Helene lo espera al fondo del café, es ya un grado de repetición que va de lo hipnótico a lo desesperante, que es lo que solía suceder con aquellos músicos minimalistas, pero en este caso con la obligación añadida de que todo sea invariablemente desolador. El recuerdo de Poe, que ya nos vino a visitar en Mañana y tarde, es aquí un constante ritornelo. La realidad más inmediata es para Lars también la más inasible, lo más persistente es lo más cruel. Lars debe salir de un laberinto mínimo que lo está mortificando, pero su manera simple y espiral de ver el mundo resulta convincente, es decir, no sería de extrañar que la mente de alguien abatido por la obsesión funcionara de esa forma tan ingenua y machacona, encadenada a las mismas percepciones entre reales y fantasmales.

La segunda parte, la novela corta, sucede cuando Lars ha sido ingresado en un sanatorio y quiere largarse de allí. Quiere volverse a poner su traje de artista y salir de aquel agujero kafkiano (otra vez) en el que la única obsesión del médico es que los pacientes quiten nieve a paladas como forzados y no se masturben. Todo lo que puede satisfacer alguna ilusión está prohibido, empezando por pintar, y un guardián convenientemente intimidatorio se ocupa de que nadie disfrute de un minuto de soledad. Lars se refugia en su amada Helene, con la que puede charlar con la misma verosimilitud con la que ve caer la nieve, y en darse un descarnado placer, con la misma obsesiva insistencia con la que no puede salir de sus repetitivos pensamientos.

Pero hay algo en Melancolía I que no sé si responderá al estilo de Fosse (ha escrito muchos libros) pero aquí decepciona un poco a un lector como el que suscribe, que por lo demás tampoco es muy aficionado a los finales campanudos: el dejar las cosas como están, sin resolver, como si cualquier mínimo retoque final estropease la armonía general, con esa voluntad, digamos, panorámica que busca más la impresión estática del conjunto que la evolución narrativa. Ocurre también en la novela corta que cierra esta primera parte y que apenas tiene que ver con las otras dos. A finales del siglo XX, un escritor de treinta y tantos años decide entrevistarse con un pastor de la iglesia noruega y lo que encuentra es a una pastora que encima está muy buena, lo invita a té y a vino, se ofrece a secarle la ropa y a que la visite cuando quiera, y el escritor, algo desconcertado por tanta amabilidad y por tan sugerente cuerpo, y también empapado por la lluvia, aterido de frío, decide largarse sin continuar la senda que él mismo ha trazado. Se supone que es el autor de la historia del pintor, y se supone también que la pastora noruega tiene algo que ver con la ideación de Helene, la muchacha que centra las obsesiones de Lars, pero todo queda sin hacer, no más que apuntado. El lector es conducido hasta un paisaje y, cuando llega al umbral, se le invita a que vuelva por donde ha venido. 

La otra novela corta, Melancolía II, es terrorífica, escatológica en el doble sentido de la palabra: habla del acabamiento de su protagonista, la vieja Oline, y de la inmunda vejez que la martiriza. Oline ya no controla la memoria ni los esfínteres, todo se le olvida y se caga y se mea en cualquier parte. En su cabeza entran y salen escenas de cuando era niña, las espantadas y cambios de humor de su hermano Lars (luego pintor, luego loco encerrado en un sanatorio), las salidas de tono de su padre, capaz de desmontar la casa familiar para llevársela a otra parte solo porque piensa que el vecino le ha tirado una piedra, o el mal rollo con la cuñada, Signe, que va a buscarla porque su marido, el hermano de Oline, está a punto de morir. Oline carga con la cruz de ir a por pescado pero no puede llegar a casa, antes tiene que detenerse en la letrina, los niños se mofan de ella, los gatos se le comen el pescado, solo un vecino se apiada de la pobre vieja y sale a pescarle una merluza, con la que asiste, sin darse cuenta, a la agonía de su hermano… Es difícil añadir ningún detalle que no sea más deprimente todavía. Esa sensación que ya tuvimos con Hamsun, esa obligación de lo morbosamente triste, en la historia de Oline llega a su máxima expresión. Seguramente Jon Fosse probó caminos algo menos desoladores en la larga trayectoria que lo llevó a lo más alto. Nosotros, de momento, ya hemos tenido bastante.


Jon Fosse, Melancolía, trad. Ana Sofía Pascual Pape, Random House, 2023 (1995, 1996), 375 p.

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