Me pasaba cada vez que hacíamos en clase un viaje por el libro. Hasta pasadas las bodas de Camacho, todo era sorprendente y divertido. Pero luego llegan los duques, ricos ociosos que no tienen otra diversión que mofarse de don Quijote y de Sancho y hacerles sacar lo peor de sí mismos. En la primera parte, aquellos personajes que caían en la cuenta de la locura de don Quijote son, casi todos, buenas personas, sensatas por lo menos. No solo el cura y el barbero, sino la bella Dorotea o el ventero Palomeque, que transige con el orate como tantos camareros le han seguido el rollo a algún borracho, a ver si se cansa y se va, o esas mozas del partido que se ríen sin malicia del único hombre que las ha tratado nunca con el debido respeto. Y los que no se apiadaban de él, de los yangüeses al vizcaíno, de Maritornes a sus clientes, es precisamente porque lo toman en serio, porque piensan que los está burlando, lo muelen a palos o discuten o se ofenden porque los trata como a gente de calidad. Hay sujetos repulsivos como Juan Haldudo, víctimas como Andresillo y locos aún más locos como Crisóstomo, pero a nadie que tenga dos dedos de frente y sepa que don Quijote está como una cesta de gatos se le ocurre abusar de él o divertirse viéndolo sufrir.
Este sadismo se adueña de la Segunda Parte, de todo el tiempo que los protagonistas pasan en casa de los duques y luego en la de don Antonio Moreno, en Barcelona. Ahí cambian los papeles y quienes lo consideran loco aprovechan para gastarle bromas pesadas, y los pocos que no se dan cuenta se enfadan con él como si fuese normal, o pretenden su ayuda como si la pudiera ofrecer. Por eso el único personaje de todo ese largo episodio que nos recuerda a los de la Primera Parte y todo lo anterior de la Segunda es doña Rodríguez, en cuya mala uva de dueña retorcida vemos más consideración que en los desalmados duques. Hasta caer en sus redes, los personajes siguen siendo buenos compañeros, gente noble, o pícara, pero no malvada. Sansón Carrasco se esfuerza por traerlo de vuelta al pueblo; incluso Ginés de Pasamonte, que podía haberlo descalabrado de un pasagonzalo, se aviene a que le pague el estropicio del retablillo sin entrar en más sangrientas reparaciones. Hasta los ricos son buenas personas, como ese admirable don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, que sabe de qué pie cojea don Quijote pero lo respeta y corresponde generoso a sus accesos de lucidez. ¡A los duques habría que haberlos dejado a merced de los leones, a ellos, y no a este señor tan amable! Y no es el único: Basilio es simpático por ingenioso; el primo, por inocente; las aldeanas se sienten humilladas pero no la emprenden a pedradas, y podrían haberlo hecho. Pero los duques…
Como lector tengo un defecto: me sobran los malvados. Ya sé que grandes títulos de siempre deben su fama a personajes de mala entraña, pero también sé lo que es la piedad como norma creativa. Por muy bordes o esquinados que sean ciertos personajes de Galdós, siempre hay un punto de comprensión en el autor, o por lo menos no hace de su maldad algo morboso, una mala baba patológica, ajena por completo al tormento de saber que se está obrando mal y, sobre todo, dando mal. Porque eso es lo que más antipáticos me hace a los duques, que por su culpa don Quijote descienda a la ciénaga del servilismo, niegue a su compañero, lo desampare, se avergüence de él, no menos que el propio Sancho cuando está con las damas y suelta por la boca lo que no siente el corazón. Las bromas son penosas: el padre de Clara Perlerina es un delincuente pervertido, lo de Clavileño no tiene ninguna gracia, sobre todo porque para tragarse la broma es necesario, además de inocente y bienintencionado, ser un imbécil. El médico Recio de Agüero es un sádico, y la patochada del asedio un verdadero crimen. Solo cuando Sancho se abraza a su pobre rucio y llora amargamente recobramos la emoción que nos había hecho disfrutar de su largo viaje, nos conmueve la dignidad del hombre que dice hasta aquí hemos llegado. Cuando, antes incluso de marcharse del palacio, Sancho se encuentra al morisco Ricote, las páginas vuelven a resplandecer de bonhomía, de gente común que con su dinero paga, aunque no se le permita habitar en su humilde mansión. Por fin se largan camino de Zaragoza y es como si hubiéramos salido de un túnel con el aire enrarecido, más aún cuando deciden pasar de largo y seguir camino de Barcelona.
Desde luego que la lengua es a cada página más asombrosa, y que algunos interludios (el de Teresa Panza, su presencia y sus cartas, sobre todo) nos devuelven lo que habíamos disfrutado tanto desde el principio. Y también es verdad que sin esa farsa ducal no habría llegado Cervantes al extremo metaliterario que desde entonces no ha dejado de causar tanto asombro como inspiración. Sí, sí, todo eso es verdad. Pero esos duques están a punto de cargarse la novela. De hecho, cuando llegan don Quijote y Sancho a Barcelona, y al margen del catálogo de géneros con la novela pastoril (la Arcadia fingida), la bizantina de bandoleros (la banda de Roque Guinart), la morisca (el reencuentro de Ricote y Ana Félix) o la sentimental (Ana Félix y Gaspar Gregorio), el primer encuentro con don Antonio Moreno y su busto parlante ya nos hace torcer el morro: pero si esto es lo mismo del mono de maese Pedro, pensamos, pero con más artificio y más explicaciones técnicas. Y antes de la llegada de Ana Félix, en el episodio naval, disfrutamos de ese género léxico marino que tanto dio de sí, pero no se nos escapa que Cervantes está más pendiente de cómo se llaman las partes del barco que de traernos pescado fresco.
Todo eso, sin embargo, lo aceptamos porque ni el del busto parlante —y eso que comparar a don Antonio Moreno con don Diego de Miranda es todo un tratado de buenas costumbres—, tiene tan mala idea como aquellos aristócratas innobles; la mayoría, fuera del círculo empresarial de don Antonio, incluso es buena gente, que es lo específico cervantino, ser buena gente. Y ya volvemos a lo nuestro (y también a la melancolía del atardecer) cuando el Caballero de la Blanca Luna cabalga por la playa de Barcelona. La reaparición de Sansón Carrasco nos alivia como si se nos recordase que todavía queda gente bien nacida, que no todo es mala sangre e idiotez. Y aun así, y casi como una apoteosis teatral, en su regreso de Barcelona todavía pasarán por el aro pestilente de los duques con la muerte fingida de la boba de Altisidora y toda esa parafernalia infernal que, al cabo, hace decir a Cide Hamete «que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos».
Doy por hecho que todos estos episodios han tenido su correspondiente lectura social: en un país que se descosía, y no precisamente por comer demasiado, una aristocracia hecha al despilfarro gratuito y una alta burguesía obsesionada con imitarla son los que se mofan de este pobre hombre, y no las gentes que se ganan el pan y la sal, y que saben lo que vale un peine y quizá por eso no están enfermos de impiedad. Y quizá también por eso quiera don Quijote cambiar, cuando ya le va bajando el globo, las armas por la garrota y los palafrenes por las cabras, en una hermosa transición que nos lleva a reconocer el paisaje humilde de su aldea como el hogar que también los lectores habíamos abandonado. La realidad es el ama, el cura, la sobrina, el barbero, Teresa Panza, Sanchica, Sansón y el propio Sancho, y la locura es la caterva de bárbaros sin compasión, los auténticos encantadores, locos ellos mismos de avaricia y crueldad, todos los que disfrutaban burlándose de dos pobres ignorantes, por mucha cultura libresca o popular que siempre tuvieran en los labios. Por eso en castellano ignorante no es solo el que no sabe, sino el que confía en quien no debe.
Pienso que Cervantes tiró un poco demasiado del hilo de Avellaneda, que tampoco merecía tantas atenciones, y por él metió a don Quijote en semejante nido de serpientes, pero también que lo hizo adrede y que en los últimos capítulos, con el hidalgo ya en su casa, vuelve a salir el sol. La amistad compensa la mala idea. Sansón Carrasco intenta seguir una fantasía sanadora, no morbosa, cuando lo anima a echarse todos al prado a cantar madrigaletes y cuidar el ganado con los perros Barcino y Butrón, que no lo dice Cervantes pero seguro que eran mastines nobles y buenos como los míos. Ese final conserva la emoción de la primera vez, el triunfo de los buenos sentimientos, algo que no ha cambiado de aquella lejana primera lectura y que ahora es lo que con más alegría quiero celebrar.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Turner-Biblioteca Castro, 1993, pp. 537-1113.