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13.1.18

La situación Dickens


En los dos últimos años, Nocturna ha editado dos novelas de Dickens, La tienda de antigüedades y Nicholas Nikleby, que hasta ahora uno tenía en las ediciones de Edaf y Montesinos, respectivamente, ambas impresas en letra microscópica. Como todavía me resisto a leer con lupa, ha sido un placer encontrarse a la pequeña Nell en un libraco de letra clara y agradable, con tapa dura y bien cosido. 
El detalle no es moco de pavo, porque la fortuna de Dickens en España depende demasiado de los vicios editoriales. Oliver Twist y David Copperfield han merecido ediciones mejores, incluso de bolsillo, pero en las otras trece novelas mayores no siempre casa el primor editorial con una buena traducción. La edición de Dombey e hijo, por ejemplo, que publicó Ediciones del Azar es, en palabras de Guelbenzu, "un tanto descuidada", por decirlo finamente, y tengo una de Grandes esperanzas de Cátedra que parece escrita en un palillo. Las piezas que editó Montesinos, desde Casa desolada a Martin Chuzzlewit, o la misma Nicholas Nikleby, son buenas traducciones en un envoltorio demasiado sobrio y con una letra demasiado menuda. 
Otras veces la edición es aceptable pero la traducción lo entristece todo. Recuerdo la alegría que me dio que Espasa-Calpe reeditara Nuestro amigo común, y lo pesada que era la traducción. A Dickens hay que leerlo a velocidad de viaje, no de procesión, algo que sí ocurre con las estupendas versiones de Moreno Carrillo que publica Nocturna. Hasta ahora, solo había tenido esa sensación con la que González Férriz escribió de Barnaby Rudge, en estupenda edición de Belacqua. 
En cualquier caso, leer a Dickens cosido, no pegado, en buen papel y con tipografía clara, y en traducciones que rindan tributo al original, sigue siendo una buena noticia, en este caso doble (o triple, porque Nocturna también ha editado el Cuento de Navidad, mucho más accesible). Yo empecé por La tienda de antigüedades y he quedado tan satisfecho que en cuanto termine esta nota de lectura emprenderé la de Nicholas Nickleby. 
  Porque uno disfruta de la situación Dickens, en lo físico y en lo mental: en lo uno porque el acto de leer un novelón de Dickens requiere un mobiliario adecuado, como mínimo un sillón junto al fuego. Es como esos que se visten de gato cuando estrenan una entrega de su saga favorita, un frikismo divertido, y afortunadamente privado, porque uno no lleva espadas de neón sino gafas de alambre. Uno necesita estar escuchando a Charles Dickens como acaso lo escucharon a él en las conferencias que daba o al vecino en las sesiones de lectura que se organizaban en los pubs, en los que uno leía y los demás bebían cerveza y escuchaban. Su estilo es declamatorio, escribe para ser dicho en voz alta, pero en vez de utilizar los largos periodos para la pompa florida y la digresión gratuita, los llena de detalles, de sutilezas, y cuando se da el gusto de entregarse a la retórica, como hacía Cervantes, lo hace con buen humor. La densidad argumental de sus capítulos es muy baja, pero nunca deja de pasar algo interesante, y nunca se mete en figuras que apelmacen el relato. Y, aun cuando más fantasioso parece, no deja de ser nunca escrupulosamente realista. 
Quilp, por ejemplo, el enano diabólico de La tienda de antigüedades, está inspirado en un vendedor de mulas que vio Dickens en Bath, y por mucho que lo teatralice, que lo tenga siempre subido a las mesas como los monos, que lo haga dormir en una hamaca colgada del techo y que se ría como los malos de cuento, no deja de representar con fidelidad la miseria moral. Es un macaco sin corazón, y en el mundo de personajes verosímiles que le rodea no deja de ser también un comportamiento real en un cuerpo posible. La exageración nunca se acaba de despegar del suelo. Todo es identificable.
La novela es famosa, quizá más que por lo buena que es, por la que se armó con su publicación seriada. Todos hemos leído en alguna parte que los marineros preguntaban nada más atracar su barco por el último capítulo publicado, y que las campanas de Londres tocaron a muertos por la pobrecita Nell. Y no me extraña: la muerte de Nell, contada desde la desesperación de su abuelo, anunciada varios cientos de páginas antes, decorada con ruinas de iglesias y jardines silenciosos, sume al lector en un viaje en el que cada árbol, cada piedra, nos va removiendo el sentimiento hasta que, cuando nos encontramos con el desenlace, estamos en la situación ideal para sentir no solo lo que sienten los personajes, sino lo que el público pudo pensar en 1840. Y es grande que una novela escrita cuando las brasas del romanticismo todavía crepitaban siga sacando una lágrima a nuestros espíritus resabiados. Supongo que eso es lo que llamamos un clásico: la novela que sigue provocando las mismas sensaciones y parecidas reflexiones casi dos siglos después de publicada.
Mi entusiasmo por La tienda de antigüedades se debe, claro, a mi afición por el folletín. Las normas son claras: en cada capítulo pasa algo (pero solo algo, nada más que un algo) y queda algo por pasar. Cuando esa expectativa es firme, otro personaje toma las riendas durante varios capítulos. El juego de la presencia y la ausencia viene de la novela griega, aquellas separaciones injustas que nos hacen vivir con un personaje pero no apartar del otro el pensamiento. En este caso, es Kit, el muchacho pobre y honrado, el que se separa de su amiga Nell, una niña todavía, razón por la que Dickens necesite al muy secundario personaje de Barbara, con quien Kit, cómo no, se casará al final. Nell huye con su abuelo del malvado Quilp, el Mefistófeles que ha vuelto loco a su abuelo y lo ha convertido en un jugador patético. Huyen por caminos llenos de barro, entre impresionantes descripciones y personajes pintorescos: los titiriteros, muy cervantinos, o la compañía de figuras de cera (cuánto me he acordado del Chipitegui barojiano), gente libre que al lector biempensante de entonces —y de ahora— les podrían parecer, como mínimo, sospechosas, pero Dickens, como haría en Hard Times con el circo ambulante, siente cariño por ellos y los hace buenas personas; sus malvados son siempre sedentarios, tahúres de colmillo retorcido que captan al abuelo y, de paso, van minando la resistencia física de la pobre niña.
Nell es buena sin llegar a tonta. Entrega las cuatro perras a su abuelo para que se las pula en una timba pero sabe poner freno a fuerza de sacrificio, y se desuella los pies descalzos en una huida hacia la tranquilidad, que en su caso es también hacia la muerte. Nell es una santa en el sentido más terrenal del término: las acciones de los otros no afectan a sus sentimientos, y acepta los vicios de su abuelo con una esperanza de redención. Es santa porque se sacrifica para redimir, y porque no lo hace por obligación sino por tendencia natural. Ella y Kit forman la pareja de niños inocentes, la integridad de una moral acosada por maleantes, en el caso de Nell, o por la falta de justicia en el de Kit. Con el chico, el recurso resultón de la confesión extraída cuando ya han condenado al inocente, los últimos momentos de prisas y carreras por los pasillos de la justicia, el reencuentro con la madre, etc., es un concierto de violines que si es melodramático es porque se aparta bondadosamente de la realidad, y crítico porque el mundo de los abogados queda como suele quedar en las novelas de Dickens, hecho un trapo. Nell, en cambio, lleva su sacrificio hasta el final, hasta la redención general, y la ayudan en su camino algunos arcángeles por los que Dickens siempre siente simpatía: además de los titiriteros, los maestros, el maestro de aldea, al que se nos presenta primero como un hombre débil en el 2º de la ESO de aquella época, pero luego, como si su bondad le concediera poderes especiales, es el que proporciona a Nell y a su abuelo un hogar después del larguísimo calvario. Ese abuelo del final, que nos trae a la memoria al doctor Manette de Historia de dos ciudades, es rehabilitado y al mismo tiempo condenado a ser consciente de que suya es la culpa de aquella muerte. El abuelo muere porque su tragedia es insoportable, absuelto de sus pecados y roto de arrepentimiento.
Este es el lado trágico de la novela, una de las vías de entretenimiento. En ella Dickens se demora y nos ofrece una porción de estampas poderosas. El cuadro de la ciudad costera en la que se pierden abuelo y nieta, ese bajar al infierno de los cíclopes, con aquel fantasma de trabajador que ya no puede dejar de contemplar el fuego, las brumas, el frío y la miseria, mendigos en un mundo de hambrientos y desesperados; el Dickens descriptivo, sin perder jamás el brío de su alocución, llega bastante más lejos que los grabados que ilustraban sus entregas, es literatura imaginada como pintura, adiestrada en la fragua de los clásicos. 
El otro lado, el de Kit, es el lado satírico de la novela, el más teatral. Los personajes ya se parecen más a las ilustraciones y la voluntad cómica es constante, bien con ese regodeo retórico con los que antiguamente la gente practicaba la ironía, bien con unos personajes afantochados que practican un humor de tartazos y representan una danza contra estados, cada uno un tipo despreciable, distinto y lamentablemente real. Dickens empieza con ellos la historia, y al lector moderno le hace moverse en el asiento la idea de que todo vaya a transcurrir con un suelo lleno de peladuras de plátano y personajes tan exagerados que nos suenan a humor pasado de rosca. Sweiveiler es un vago de tomo y lomo, atento a cualquier sablazo, un dandy que navega por sus vicios; Quilp, un sujeto repulsivo, siempre dando palos a la gente como los malos de las marionetas; los hermanos Brass, picapleitos sin escrúpulos, crueles y amargados, sádicos con la criada y serviles con el cliente. Ellos son quienes mantienen el sarcasmo, y nosotros los vemos junto a ese otro elenco de buena gente que va sufriendo sus excesos, Kit a la cabeza, pero también ese matrimonio venerable, aquí los Garland, que Dickens siempre mete en sus primeras novelas, como hados buenos de los personajes descarriados, gente de bien que en un momento dado puede vestirse de deus ex machina. 
Pero Dickens, sobre todo si está tan bien traducido, engancha enseguida. No se necesitan ni veinte páginas para cruzar las piernas y estirar un poco la sonrisa. Las escenas son más premiosas cuanto más cómicas, pero siempre hay una latencia, un no excederse, y un placer independiente del impulso argumental, el de la escena por sí misma. En todo caso, también aquí funciona la rehabilitación. Dickens comparte con los grandes novelistas europeos la idea de que la redención de un personaje da siempre mucho vuelo a una novela. Es el caso de Swiveller, el cantamañanas que al principio, y hasta bien entrada la novela, nos pareció un miserable más. Incluso supusimos que era él quien, no llevado por su estupidez sino por su mala idea, había delatado falsamente a Kit con el asunto del billete de cinco libras guardado en un sombrero. Aquí Dickens es muy hábil, y en todo ese episodio, magnífico, escamotea los datos precisos para que todo tenga más interés en su transcurso y produzca más agradable sorpresa en su final. A Swiveller lo redime la marquesa, una criada pobre que lo salva de la muerte y de la indignidad, y, después de una catarsis febril en toda regla, nos termina cayendo hasta simpático. 
Los dos caminos, tras un precioso viaje en coche de caballos hasta el fin de la noche, se juntan en el célebre, hermosísimo final de la muerte de Nell, tan bien escrito y planteado que irrita pensar en que se lo suela motejar de melodramático. El melodrama solo llega a las lágrimas, en todo caso, pero rara vez al corazón. Dickens no abusa de la musiquilla de violín, pero compone un réquiem impresionante.
Qué placer continuado. Qué delicia de prosa extendida, veloz, poética y mordaz, elevada y cercana. Creo que lo único que nos separa a veces de Dickens es, aparte de las malas traducciones, su excesivo éxito, el hecho de que ciertos recursos narrativos suyos se hayan imitado tanto y durante tanto tiempo que casi los tengamos aborrecidos. En él, sin embargo, lucen tersos como el primer día.


Charles Dickens, La tienda de antigüedades, trad. de B. Moreno Carrillo, Salamanca, ed. Nocturna, 2017, 860 p.  

2.2.13

Historia de dos ciudades



Historia de dos ciudades (1859) es lo que podríamos llamar una novela de romanticismo crítico. Por lo primero, rivaliza en acción, misterios, cárceles, fugas y escapadas con la factoría Dumas, y por lo segundo deja claro que entre los efectos perversos del despotismo no solo está el tratar a tus compatriotas como animales, sino también el convertirlos en bestias salvajes. Entre el marqués de Evremonte, asesinado por el pueblo revolucionario al poco de empezar la historia, y la señora Defarge, asesinada por la viajera inglesa poco antes de terminar, hay un retrato sangriento y divertido, implacable y emocionante de lo que un inglés podía pensar de la Revolución Francesa, a pesar de que, como también describe Dickens, en Inglaterra, en la otra ciudad, hiciesen de la horca un pasatiempo cotidiano. El asco y la reprobación con que retrata a esos aristócratas de aparatosa peluca y cutis de muñeca vieja solo es comparable con el que utiliza para los revolucionarios ciegos, sedientos de venganza universal, que aplicaban los mismos privilegios hereditarios para morir que ellos, los aristócratas, habían utilizado siempre para someterlos. La señora Defarge no se conforma con mandar al cadalso a Charles Dornay por ser un vástago del opresor, por más que el propio Dornay fuese contrario al absolutismo; quiere también matar a toda su familia, a todo el árbol genealógico si fuera necesario. Su marido, el mismo que traiciona al doctor Manette, cree que ha llegado un punto en que ya es más que suficiente, ya han rodado bastantes cabezas, ya su mujer ha tejido bastante calceta en primera fila, sin importarle demasiado que le salpicase la sangre. Pero ella no. Ella tiene motivos para una venganza infinita, tan enloquecidos como perturbador es el recuerdo de lo que los antepasados de Dornay hicieron con ella y con toda su familia.
               A pesar de que Dickens no se para en teorizar al respecto, su diseño de los personajes está tan alejado de la farsa sádica de los borbones como del rencor inextinguible del populacho. Su narración de la carmañola, el baile de las masas borrachas de venganza, no tiene nada que ver con la tradición alegre de los que estrenaban libertad, más bien con una catarsis dionisíaca en la que cualquier locura tenía la misma justificación que las que hasta entonces habían cometido los señores. El papel de Mr. Lorry, un banquero inglés, modelo, a sus setenta y tantos años, de caballero intrépido, es la prueba permanente de que la Revolución Francesa fue una colisión entre los extremos que solo podía encauzarse con el modo de vida que ya llevaban en las islas. El propio Charles Dornay quiere ser inglés, e incluso el doctor Manette, el mejor personaje de la novela, tiene esa melancolía diquensiana del padre de Agnes en David Copperfield. Los tribunales de Londres, suele decir, funcionan mal, pero conservan ciertas garantías. No hace falta que un individuo se llame ciudadano para saber que lo es. Todos ellos (salvo, quizá, Dornay) representan profesiones liberales, abogados, médicos, una burguesía de la que no hay rastro en París, donde los que no son amos o lacayos de los amos son el pueblo sans culotte. No sé si Dickens nos escamotea aquí deliberadamente una comparación de clases sociales homogéneas o es que en la Revolución Francesa solo había pobres y ricos. A los jacobinos solo se los menciona, si no me he despistado, una vez, cuando el chivo expiatorio, Carlton, ha empezado a poner en práctica su plan para salvar a Charles Dornay de la guillotina. A Dickens no le interesa que Lorry y Manette discutan sobre las célebres contradicciones jacobinas. Son víctimas de la contradicción, y por lo demás la novela es acción, no digresión, acción prieta y veloz, sin más remansos que la generosidad con que deja hablar a sus personajes, aun cuando se estén muriendo, como el Basilio cervantino.
               En esta espléndida composición narrativa solo hay una cosa que me chirría un poco; es decir, solo hay un detalle que me parece propio de otra época, porque el resto, de la primera a la última página, pasaría hoy en día por una excelente novela histórica recién escrita. Ese detalle tiene que ver con la trama de personajes secundarios que arma finalmente la novela. El encuentro entre la señorita Pross y Salomon, su hermano perdido, a la sazón oveja, esto es, espía de la cárcel, me parece del todo gratuito, y la única concesión a esa clase de convenciones argumentales que en la época de Dickens (y ahora) todavía provocan placer en cierto tipo de lectores. En mí no mucho, sobre todo cuando disfruto de la maestría con que lleva las riendas de la diligencia desbocada que es esta novela. El asesinato del marqués es uno de los mejores capítulos que he leído en Dickens, y el doctor Manette y el shakespeariano Carlton, dos grandes personajes. El uno lucha contra las secuelas mentales de un largo cautiverio en la Bastilla, que se reproducen al contacto con la crueldad, y el otro es en sí mismo y personaje para una novela entera, el abogado brillante y disipado, desgarradamente solitario, a quien se le ofrece la amistad pero se le niega el verdadero afecto, y que decide dar la vida por algo que merezca la pena. Al romanticismo francés de un Dumas en la composición de la novela, viene a sumarse, como colofón, el romanticismo inglés de un Byron llevado hasta sus últimas consecuencias. Por eso sí se puede dar la vida, parece decirnos Dickens, por algo que mantenga tu nombre vivo entre quienes tienen motivos para quererte, entre los únicos que pueden perdonarte porque son los únicos que no te confunden entre la multitud, que saben quién eres.

23.1.13

Tiempos difíciles



Después de David Copperfield y Casa desolada, a sus 42 años, Dickens escribió esta maravilla de novela, algo más breve que las anteriores y que las que seguirían, y quizá por eso de una perfección argumental más allá de cualquier relleno lacrimógeno. Eso de bañar la novela en lágrimas, tan reblandecedor, aquí da paso a una historia lubricada de sarcasmo, apasionada y triste, escrita por un hombre que detesta la crudeza del utilitarismo en cualquiera de sus formas. Con la Biblia en la mano (abundan las citas directas entremetidas), construye una parábola sobre los peligros del tipo de educación que todavía hoy, siglo y medio después, sigue poniendo sus huevos en cerebros como el del tal Wert. Escuchando las pijadas que dice el profesor Gradgnind sobre la necesidad de los conocimientos útiles, de los datos y las transacciones, la competencia, los réditos, los números, me parecía estar escuchando un discurso de la consejera de Educación. Al final de la novela, un alumno aventajado, Bitzer (en la estela de Huriah Heep, pero más frío y menos acomplejado) le recuerda a su antiguo profesor que no ha olvidado nada de lo que le enseñó. “La única manera de manejar a una persona es mover su interés propio. Lo hombres somos así. Sabéis perfectamente, señor, que es este el catecismo que me enseñaron cuando yo era muchacho.” Acaba de frustrar los planes del viejo profesor para salvar a su hijo de la cárcel, si no de algo peor, y lo hace nada más que por un ascenso en el banco donde trabaja.
               Dickens está harto del puritanismo despiadado y la soberbia autosuficiencia que ya latía en Robinson Crusoe, más o menos por el tiempo en que Oliver Goldsmith creía en la bondad por encima del provecho. Este asunto nos llevaría demasiado lejos. El carácter anglosajón es una mezcla desigualmente repartida de ese individualismo rentable y ese otro sentimentalismo solidario. Por el día, en el trabajo, interpretan a Defoe, y por la noche, junto al fuego, leen a Dickens. Es como si Adam y Smith fuesen dos caras del mismo individuo, el uno cariñoso y desprendido, el otro interesado y calculador. El propio Dickens, de creer a Tomalin la Resentida, trataba sin piedad de ningún tipo con sus editores y a su señora no le hacía ni caso, pero luego era el padre que divertía a sus hijos y el que daba masajes cardiacos a media Inglaterra. La blandura vespertina no afectaba a la dureza matutina, convivían como un matrimonio de conveniencia que apenas se saluda por los pasillos, pero lo hace con exquisita educación. Pero Tomalin no es de fiar, por muchas verdades que diga. También Galdós pasó por pesetero e insensible, cuando se limitaba, como Dickens, a que los editores no lo engañasen y a que las mujeres no le amargasen la vida. Dickens desprecia el escualo-liberalismo de los banqueros, pero también la retórica intransigente de los agitadores de obreros. Es como si en Tiempos difíciles hubiera querido exponer, con brevedad y concisión, las ideas que de todos modos flotan por los océanos de sus otras novelas.
               No me gustan los resúmenes de argumentos, pero en este caso merece la pena. La pequeña Ceci es adoptada por el positivista señor Gradgnind, padre de dos hijos (tres, pero una solo figura) que son el resultado directo de sus teorías pedagógicas. Ella, Louisa, es una muchacha obediente y reprimida a la que su padre entrega en matrimonio al gilipollas de Bonderby, el banquero, un sujeto repulsivo que presume de infancia miserable, como la mayoría de los millonarios. El otro hijo, Thomas, es un inútil criado en las apariencias y el rencor. El tronco principal de la novela crece a partir de que Louisa se preocupa por un obrero, Stephen Blackpool, a quien sus compañeros acusan falsamente de colaborar con el amo de la fábrica, Bounderby, para debilitar el sindicato, y a quien el amo echa de la fábrica porque se niega a colaborar con él contra sus compañeros. A Thomas Gradgnind Jr. solo se le ocurre utilizarlo de señuelo para robar el banco donde lo metió su padre a trabajar. Pero la jugada le sale mal. El obrero muere finalmente, aunque le da tiempo a lavar su nombre. A Thomas intentan salvarlo, por compasión hacia su padre, los titiriteros entre los que se crió la alegre Ceci, y finalmente lo consiguen, a pesar de que la astucia legal de Bitzer trate de impedirlo.
               Así contado, en sus trazos más gruesos, la parábola no admite personajes redimibles. Bounderby es, además de petulante, un desalmado. El mismo encuentro madre e hijo que en otras novelas haría saltar las lágrimas, aquí es un episodio vergonzoso. Bitzer tampoco tiene alma. El que no es un desaprensivo es un acomplejado. Pero Louisa es una madame Bovary en positivo, es decir, la mujer soñadora a la que el galán de turno, más que seducirla, la hace despertar, por fin, para que abandone a su repelente esposo, aunque no vaya a marcharse después con él. Incluso su padre, el fanático del realismo práctico, acaba reconociendo su error, lo cual le hace merecedor de que sus hijos finalmente se salven. Por encima de todos, como un ángel, Ceci, la que se crió en el circo, conserva siempre la higiene del espíritu, la alegría y los buenos sentimientos como esencia natural del ser humano, siempre y cuando no se le acogote con las apariencias o con la necesidad de producir dinero. En Cocktown, la ciudad negra de hollín y de miseria, solo los titiriteros duermen sin humo, al raso, sobre la hierba. Los demás se pudren en matrimonios equivocados, en destinos más propios de bestias que de hombres, o en la olla de su propia vanidad.
               Todo esto son truchas que saltan en un río bravo, como siempre, plagado de personajes y de interesantes giros argumentales. Dickens no solo sabe sorprender, sino algo más difícil que eso: sabe sorprender a los perspicaces, pero sobre todo sabe que la gran sorpresa es que finalmente todo suceda del modo más natural. De las casualidades múltiples que pueblan David Copperfield solo queda una, tan solitaria que llama la atención: el modo casual como Louisa y Ceci descubren que Stephen Blackpool ha caído en un pozo, por un sombrero que se encuentran en el campo. Todo lo demás sigue la lógica de las jugadas de billar. Dickens está muy encima del argumento y demasiado encima de los personajes que detesta, que no tienen ninguna posibilidad. Es, en ese sentido, una novela seria, sin el optimismo narrativo, cervantino, de sus novelas largas. Está más premeditadamente armada, por así decir, y eso que siempre despotrico contra las premeditaciones novelescas. Pero, cuando se hace bien, es decir, cuando parece que no se hace, el placer es el mismo que en las novelas desatadas. A veces da la sensación de que a Dickens se le acelera la mano con los múltiples historias y personajes que le brotan del tintero, pero se la sujeta y sigue el trazo sombrío que se proponía. El Dickens serio, enfadado, hasta las narices del neoliberalismo de entonces, convive con el festivo, dicharachero, titiritero. En una novela sarcástica y ceñuda se propuso hablar de la bondad, y la bondad le surge sin querer, envuelta en maestría narrativa. Por momentos (el episodio del picaflor James Harthouse), da la sensación de que Dickens se ha tomado un descanso austeniano, de diálogos y saloncitos, agradable, de novela larga, pero pronto se sienta bien en la silla y la emprende con los banqueros viscosos. Tiempos difíciles no es breve solo porque Dickens la quisiera así, supongo, sino porque se empeñó en que fuera así, a pesar de su inclinación al desbordamiento. Esta lucha por no enjugazarse con bondades que puedan desacreditar la tesis de la novela, reivindicativa y grave, y de usarlas no como artificio narrativo sino como parte de la idea, es como un sacrificio de páginas, un esfuerzo de contención que da un resultado redondo. Dickens asombra cuando desparrama y cuando se pone serio, por la mañana y por la tarde, cuando es Adam y cuando es Smith.

14.1.13

Oliver Twist


Dickens terminó Oliver Twist con 25 años. Era, después de Pickwick, su segunda novela larga, su confirmación como escritor. No deja de ser admirable que después de encontrarse con una gran novela, Pickwick, sin casi pretenderlo, diese inmediatamente después, y a una edad tan temprana, semejante lección de oficio. El modelo narrativo de Pickwick no era Pickwick sino Fielding, pero el modelo de Oliver Twist ya es Oliver Twist. Dickens ya había perfeccionado el molde, y aunque le queden, en la concepción del relato y en el diseño de los personajes, cosas de la época de Goldsmith, sobre todo ese aire volteriano de los personajes que escapan del mal casi como consecuencia lógica de su optimismo, o supiese sacar de la novela gótica lo que le convenía para su propósito realista, el caso es que una novela por entregas, desde entonces y hasta ahora, se sigue escribiendo así.

               Para empezar, cada capítulo (en torno a unas 1500 palabras), no incluye más que un tramo narrativo, es decir, una frase del argumento. La información necesaria para proseguir la lectura se reduce a un hecho, a una breve conversación, a un episodio concreto. Dickens pinta: comienza describiendo, enhebra un diálogo y, cuando, por así decirlo, el diálogo ya está maduro, cuando cae la información por su propio peso, incluye el hecho resumible, el tramo de argumento, con sus correspondientes sorpresas y expectativas. Un ejemplo sencillo de cómo funciona es el encuentro de Nancy, la esclava del malvado Sikes, y Rose, el ángel ex machina que terminaba apareciendo en la novela de Goldsmith. Nancy tiene que dar un solo dato, que el siniestro Monks es hermano de Oliver Twist, y para ello despliega un diálogo lacrimógeno donde brillan la dignidad de Nancy y un lenguaje de salón, o como mínimo de vicaría, impropio de quien no recibió jamás ninguna educación y vive amarrada a un sujeto malencarado que tiene una lengua como una dalla.
               Algo parecido sucede, poco después, con la reaparición del generoso Brownlow, o en aquellas escenas en las que discuten o flirtean el celador Bumble y su esquinada esposa (que tiempo después, en versión amable, se convertirán en el matrimonio Micawber). El modelo se repite con más frecuencia en la segunda parte, después de que Oliver quede tendido en una zanja, con un brazo herido, famélico y exhausto. En ese momento se produce una fractura argumental que creo que es el único reproche (ya ves) que se le puede hacer a la construcción de la trama. A partir de entonces suceden dos cosas: que aparecen los personajes buenos y que el argumento parece escrito al revés, desde el final. Todo, desde ese momento, colabora en la resolución de la novela. Se acumulan los elementos folletinescos (el hermano oculto, el anillo sumergido, las últimas voluntades, la verdadera familia, la herencia recuperada, etc.), pero el extraordinario impulso de la primera mitad, esa imborrable descripción de los bajos fondos londinenses, y, particularmente, el personaje de Nancy, creo que se hacen a un lado en favor de una colección de tópicos de novela bizantina -que son los que alimentaron la ficción durante veinte siglos-, hasta que vuelvan a brillar en el impresionante final, desde la entrevista de Nancy con Brownlow y Rose, espiada por ese pre-Huriah Heep que es Noah Claypole, pasando por su asesinato y por el grandioso auto de fe que culmina con el ahorcamiento involuntario de Bill Sikes.
               Pero esa primera parte, quizá precisamente porque no hay que resolver nada, es una maravilla. Los capítulos se sostienen solos. La narración vuela en diálogos interesantes, en tipos curiosos, en descripciones impresionantes. Es como si, para empezar, Dickens se ocupara de pintar un fondo negro sobre el que resalten las figuras azul celeste que harán acto de presencia a partir de la escena del anciano bueno, Brownlow, en la tienda de libros. Digamos que, si la novela hubiese terminado en esa zanja, con la muerte de Oliver, y la posterior trama folletinesca se hubiese adelgazado de lagrimones y hubiera sido realimentada con más bajos fondos en aras del espléndido final, también la recordaríamos como una obra maestra, la vincularíamos con Dostoievski, encontraríamos sin dudas el modelo del primer Baroja, pero faltaría el creador de lágrimas, el Dickens melodramático, el que sabe tocar el violín con la pluma y ablandar la voluntad del lector. En la segunda parte (final aparte) disfruto de la nitidez constructiva; en la primera, de la novela. Y, puestos a fantasear, me imagino a Galdós pensando algo parecido, incluso creyendo que tanto el personaje de Rose Maylie como el de Nancy daban para mucho más, hasta para una novela como Fortunata y Jacinta, ya puestos.
               Es lo bueno que tiene Oliver Twist, que debajo de los tópicos folletinescos abundan los personajes potentes y los tipos característicos, los capítulos que se sostienen solos y las escenas bien narradas. Dickens decora el ambiente con personajes que ya nacen con su propio molde, todos con una etiqueta que los identifica: la porroquia del celador Bumble, el viscoso querido del judío Fagin, el me como la cabeza del anciano Grimwig, el que habla por la nariz, el que da lecciones de jerga, etc., etc. Pero Dickens se cuida bien de no etiquetar a los personajes grandes, amén del propio Oliver: Nancy, sobre todo, pero también ese Sikes que parece el Bizco de Baroja, e incluso, insisto, la joven Rose, cuya historia de amor queda un poco sin contar (y que volvió a retomar en David Copperfield) hasta que se zurce con una poco convincente aparición final del soso Harry. Habrá luego muchas Nancies en Dickens, y muchas Roses, pero aquí ya están delineadas todas las que vendrían después.
               Dickens es un autor de ambientes y personajes. Las tramas, la carpintería, todavía requieren en Oliver Twist de largas explicaciones que aten los cabos (un procedimiento discutible que sin embargo será el fundamento de cualquier novela negra), pero lo importante, para mí, no es eso, sino su otro extremo, el arte cervantino de lanzar cabos para recogerlos cuando sea menester reanimar la narración, por ejemplo después de alguna de las largas conversaciones sin más propósito que el del juego verbal. En cierta ocasión (creo que fue a propósito de Nuestro amigo común), pregunté a un amigo londinense si esas largas escenas de parloteo, muchas más en aquella novela que en Oliver Twist, tenían como fundamento la mímesis, la ambientación verosímil, o el simple relleno entretenido que requiere un folletín en sus épocas valle, por así decirlo. Me dijo que no, que eran un fin en sí mismo, el placer shakespeariano del juego verbal, y que eso a los ingleses les divierte mucho. A mí no me divierte tanto, por ejemplo, el final dickensiano de Una comedia ligera; al margen de admirarlo en lo que supone de alarde lingüístico, con aquellos hampones chamullando germanías, no me parece que tenga esa gracia sostenida que forma parte, por lo visto, del genuino humor inglés[1].
               Dentro de unos días tendremos que comentar esta novela en clase. Lo primero que voy a preguntar, antes de proceder a la autopsia, es de qué dos personajes no principales les ha quedado mejor recuerdo. Yo, cuando acabé su lectura, no tenía muchas dudas. Uno es el pequeño Dick, la noticia de cuya muerte, aun a pesar de ya sabida, me dolió tanto como a Oliver Twist. Hay veces en que el meloso Dickens nos empalaga un poco (la historia de Harry), pero hay otras, como en el caso de Dick, en que comprendemos la profunda emoción que debía embargar a los lectores de entonces, y a los oyentes, que de todo hubo y para todos había. Dick es el más acabado ejemplo de indefensión y de pureza que hay en la novela. La verdad es Dick, lo que Dickens quería denunciar es ese muchacho que sabe que va a morir y desea suerte al que quizá viva, y al que sacan del hospicio y llevan a Londres a que se muera en cualquier sitio solo para que no le tengan que pagar el entierro. Me llega al alma ese chiquillo, mucho más que los litros de lágrimas que derrama Oliver. No soy capaz de torcer la sonrisa y juzgarlo como un truco melodramático. Me lo creo, sentio et excrucior, qué le vamos a hacer.
               Y el otro personaje es el perro. Es, como Dick, uno de esos personajes hilván, pespunte apenas, que, según el modelo de Andresillo, aparecen en contadas ocasiones, pero su figura es recordada y saludada con alegría cuando asoma. El perro de Sikes es así. Aguanta las palizas gratuitas de su amo, pero se aleja de él cuando sabe que lo va a matar, y finalmente vuelve, cuando su despiadado amo cuelga de una soga: “Saltó a los hombros del muerto. No acertó y cayó hacia el foso dando una vuelta completa en su caída, y, golpeándose la cabeza contra una piedra, se despachurró los sesos". Es decir, su comportamiento y su destino van paralelos a los de la propia Nancy. Ella también vive amarrada a quien la maltrata, y también trata de huir, y también vuelve por su pie y muere, con la cabeza destrozada, tratando de agarrarse a Sikes. Es difícil comparar a un ser humano con un perro y derramar la inmensa piedad hacia los dos que derrama Dickens. Las tramas son intercambiables, cortapegables, entonces y ahora, pero los detalles son los que dan la medida del talento.




[1] Sólo así se entiende, dicho sea de paso, que los ingleses llamasen a Mourinho number one, que no es, como pensamos, una declaración de admiración sino un giro barriobajero que equivale a algo así como el menda, es decir, una forma de reírse de su egoísmo vulgar. Lo digo porque en Oliver Twist los chulánganos maleducados también se llaman a sí mismos number one

12.11.12

David Copperfield


1.

Terminé la biografía de Dickens tan mosqueado con su autora que decidí acudir al encuentro del verdadero Dickens. Y empecé David Copperfield, que llevo a medias. David se ha reencontrado con Tapples, un muchacho muy noble y muy sufrido que había en el internado de Salem’s House, cuando el padrastro de David, el malvado Murdston, se lo quitó de encima.
               Hay personajes secundarios que gusta que reaparezcan, que suponen una grata sorpresa, pero hay otros, como Tapples, que tienen que reaparecer, que el lector los necesita para encajar alguna pieza suelta, en este caso la pieza Steerforth. Steerforth es otro compañero del internado de Salem’s House, el protector de David (nunca de balde), a quien el protagonista admira más que a nadie. Este Steerforth, varios cientos de páginas atrás, se portó muy mal con el pobre Tapples, no intervino para que se librara de una paliza y demostró mucha menos gallardía que el, entonces, insignificante Tapples. El narrador no lo comenta, pero insiste poco después en su rendida admiración por Steerforth.
               Esto es lo que se llama tirar un cabo. Hasta que no reaparezca Tapples no quedará desenmascarado el verdadero valor moral de Steerforth, y eso que cuando por fin aparece (en un muñido teatral en el que interviene el moroso Micawber) tampoco es él quien trata de quitarle a David la venda de algodón que le hace poner a Steerforth por las nubes. Es Agnes, la bella Agnes, a quien pretende el viscoso Uriah Heep.
               Contar un argumento de Dickens es meterse en un embrollo de personajes. Todos se cruzan como en una calle sin semáforos. Los hilos narrativos son trapecios que coinciden con otros trapecios donde van montados otros personajes. Micawber entra y sale del libro por cualquier parte, como un personaje del que resulta difícil desembarazarse y que, en cambio, nos alegra con su visita. Micawber es el moroso Vázquez que yo leía de pequeño, un tipo del que no hay que fiarse pero que divierte escuchar, y que en el fondo nunca deja pufos capaces de arruinar a nadie, sino un reguero de pequeños impagos que lo llevan de una casa a otra, como las infancias barojianas. Dickens juzga mucho, pero también comprende. Los hay que no pueden salirse de su condición de muñecos malos, los Murdston, el saurio Uriah Heep, el inquietante Steerforth, pero los buenos lo son siempre dentro de sus debilidades. Son buenas personas, como el marido de Pegotty, el cochero, más agarrado que una lapa, como la divertida Mrs. Micawber, la típica esposa del bohemio, igual de tronada que él, que lo sigue al fin del mundo porque es la única que se fía, y lo hace con un amor exagerado, de opereta, muy divertido.
               El otro gran personaje, claro, es Pegotty, ilustrísima heredera del Ama de Julieta. Es igual de parlanchina que ella y en sus parlamentos lo sigue mezclando todo, pero tiene un corazón como el de un ternero (por eso se le estallan los botones) y toda la sensatez del mundo. Qué bien funciona este personaje, lo pongas donde lo pongas. Desde las amas negras de Faulkner hasta las añas de Pombo, las amas siempre han sido una buena excusa para que el poeta hable por ellas, se asome a su lengua y a su pensamiento, a cómo lloran y a cómo se alegran, y a cómo lo lían todo para ser las únicas capaces de verlo claro. Dickens sabía escucharlas. Hay una carta llena de borrones, mal escrita, con letrajas nacidas de los nervios y de la inocencia, del puro, desconcertado sentimiento, que nos conmueve con cada falta de ortografía, que ya sabía Dickens que suelen ser pruebas de sinceridad. 
               David Copperfield no tiene eso que podríamos llamar el regodeo que me cansó un poco en Nuestro amigo común. Hay hilos mayores, personajes que atraviesan la obra entera, unos para dramatizarla y otros para decorarla, o para cambiar de tema, o para hacernos reír. Dickens emplea un procedimiento muy útil y muy sencillo para el que solo se necesita escribir como él escribe. Cada personaje secundario, de esos prebarojianos que se dedican a cosas raras, viene marcado por un tic narrativo que repite sin cesar. El de Uriah Heep, quizás el más gracioso de todos, es el de la falsa humildad, llevada a un extremo que incluye y mitifica a todos los que se dicen humildes. El padrastro Murdston solo sabe hablar de la firmeza, y practicarla según sus tenebrosos métodos. Micawber se pierde en sus floreos gaseosos y siempre corta igual: “En una palabra”, dice, y resume su parlamento de la forma más sencilla y más reveladora. Micawber siempre acaba consciente de que está en la ruina, pero se recupera enseguida y vuelve a perderse en floreos. Me he quedado cuando David lee la carta en la que Micawber, con lenguaje judicial, le explica que ha dejado a Tapples sin un duro. El bueno de Tapples se había fiado de él y lo había avalado. Veremos cómo hila Dickens ahora el sablazo a Tapples con el descubrimiento de la verdadera identidad de Steerforth. Micawber parece ser que se ha ido con sus deudas a otra parte.

2.

               Hay algo decepcionante en el final de David Copperfield, más allá de la simple decepción de que se acabe. Se trata de una discrepancia argumental que por otra parte se debe a la habilidad de Dickens para que el lector conjeture permanentemente, es decir, se plantee la novela en los términos en los que se la plantea el autor. No se trata de pensar qué pasará ahora sino cómo se resolverá esta cuestión. La primera pregunta es propia de novelas agatacristianas, la ignorancia como suspense. Pero la segunda propone al lector una partida en la que no hay trebejos escondidos, y en este punto hay dos jugadas que no me gusta cómo ha resuelto el autor.
               La primera es el personaje de Dora. Hija del acaudalado señor Spenlow, el primero que da trabajo –remunerado solo con prestigio- al joven David, esta niña es tonta desde el principio. Tampoco sería muy exagerado decir que no se puede ser más tonta, mimada, gazmoña e infantil, hasta un extremo que ya no recuerda la infancia sino el retraso mental, un poco como esa sensación que dan a veces las declaraciones de Ana Botella. Cuando Dora se entera de que David tiene que trabajar (su tía Betsy, la que lo mantiene, se ha quedado sin un duro por culpa, como sabremos luego, de los manejos de Uriah Heep), el amor se le esfuma enseguida. Qué asco, un trabajador. Dickens ha llevado al extremo la tontería de la niña, subrayada por el no menos estúpido perro Jip. Lo normal, entonces, es que Dickens terminara con ella su noviazgo y volviese sus ojos a Agnes, la gran mujer de la novela, pero entonces a Dickens se le plantea un problema: el final debe ser la unión inminente de Agnes y David, pero, si Dora desaparece ya de escena, para rellenar los huecos sentimentales antes del gran final con Agnes habría que haberse inventado otra novia.
               Se nota en qué línea Dickens decidió cambiar de rumbo. Él, que es capaz de alargarse lo que sea menester con una tormenta (espléndida) o un diálogo insulso y divertido (Micawber vs. Micawber), lo resuelve sin embargo de un plumazo, en tres líneas, como aquel que dice. De pronto muere míster Spenlow y se descubre que no le queda un duro, o sea que la niña rica no tiene ni para el ajuar. Y se casa con David. La jugada es maestra, porque hasta entonces oíamos a un escéptico Copperfield fingir un amor increíble hacia una boba de reglamento. Pero este matrimonio insulso tiene la virtud de hacerlo víctima de la ironía bufa, como si él no se diese cuenta de lo que todo el mundo tiene claro, que aquello es imposible. Ocurre entonces que David se acostumbra, y Dora, puesto que resulta cargante ser tan permanentemente idiota, empieza a revelarse, con uve, como un personaje mucho más interesante de lo que creíamos: el autoengañado David empieza, a pesar de sí mismo, a tener razón, y Dora empieza a ser lo que muchos años después sería la Kitty de Ana Karenina, una mujer dulce y aparentemente frágil que a la hora de la verdad actúa como una gran mujer.
               Pero no. Igual que en una tarde decidió cargarse al padre de Dora, a míster Spenlow, en otra tarde, y en uno de los capítulos más breves del libro, decide cargarse a Dora. Eneas necesita que muera Creúsa para liarse con Dido. Stallone necesita que unos bandidos matasen a su mujer para liarse con la tetuda del cartel. Hay que quitar a Dora de en medio, y de paso al perro, que se muere, ya puestos, como el perro de Ulises. Luego, de vez en cuando, dice que es viudo, pero se le olvida con facilidad. Si Tomalin analizara esta novela, diría que David es un monstruoso maltratador que asesinó con su frialdad a la maravillosa Dora. La verdad es otra. Dickens es un mitógrafo, casi incapaz de crear personajes que no se le puedan ir de las manos, crecer y desarrollarse en verdaderos mitos, complejos y paradigmáticos. Pero también le corta las alas a la pequeña Emily, que se fuga con Steerforth, o a su tío, el hermano de Peggoty, un hombre entregado a una búsqueda. De todos queremos más porque están vivos y son grandes personajes, pero, si así la novela tiene mil y pico páginas, si los hubiera desarrollado a todos aún estaríamos leyéndola. El pecado de Dickens no es tratar a Dora con desprecio. El pecado es matarla cuando ya la había puesto a volar y la niña tonta del principio empieza a ser una mujer deliciosa a quien la tía Betsy nos ha enseñado a ver. (Otra que tal: la tía Betsy está pagando eternamente los desprecios que le hizo a la madre de David, en una forma de expiación que desborda el personaje para insinuar otra gran historia).
               Aunque, puestos a cortar alas, el tajo más decepcionante es el que le da a Steerforth. Nos pasamos la segunda mitad de la novela esperando que reaparezca Steerforth. Alguien lo ha de desenmascarar, y dudamos de si será el gran Traddles (que sin embargo se ocupa de desenmascarar, con ayuda de Micawber, al malvado Uriah Heep), o bien si, un poco al estilo de Dora, nos sorprenderá con lo que mejor se puede sorprender en una novela, que sea todo aquello que pensamos que no puede ser. Steerforth ha raptado a la bella Emily, que estaba a punto de casarse con el pobre pescador, pero pronto sabemos que la raptó no por usarla y tirarla sino porque la amaba de verdad. Todo lo cual, sin embargo, no dura. El joven malcriado por su madre no tardará, y lo sabemos desde lejos, mediante mensajero, en abandonar a su suerte, deshonrada, a la pobre Emily, y él mismo barruntamos que se lanza a un sumidero romántico, como aquellos versos de Alceo, el del hombre que queda solo sobre un barco a la deriva, que tanto imitarían luego los poetas de la época de Dickens. Muere a lo lejos, después de que, muy inverosímilmente, intente rescatarlo el pobre pescador al que le birló la esposa, que también muere en el empeño. Pero tanta muerte desgraciada no puede paliar el hecho de que Steerforth se ha quedado sin papel. Lo intuimos, pero no lo vemos. Tiene encarnadura de protagonista trágico, no de mero secundario. Le pasa a Dickens lo que después le ocurrirá a su discípulo Galdós: que algunos personajes son tan grandes que, si no son los protagonistas exclusivos, quedan infrautilizados.
               Esto de sacar defectos a los clásicos resulta muy gratificante. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se tomó la molestia de crear esos dos personajes, desarrollarlos, darles vida, encomendarles la tarea (por lo menos en el caso de Steerforth) de sostener buena parte del interés de la novela, para luego, por cuestiones de espacio, dejarlos desdibujados en un segundo plano que no se merecen? Visto de otro modo, estas renuncias, estas descompensaciones, son las que garantizan que la novela siga viva. Nos reconocemos como reales en cuanto detectamos las imperfecciones. Steerforth y Dora son dos móviles de acción que quedaron en agua de borrajas, quizá como las liebres de los atletas, necesarias para llegar hasta el final, pero que rara vez terminan la carrera. Lo malo es que eso no se decide. Un buen novelista decide, pero no premedita. Al plumazo de la muerte de Spenlow le siguió el plumazo de la muerte de su hija. En medio, un trozo de vida.  

23.9.06

Dickens 2


En el epílogo de Nuestro amigo común, Dickens arremete contra la situación en la que malviven los pobres ingleses cuando se publica la novela, en 1865. Si uno no hubiese leído antes la inmensa llanura por la que transcurre la narración, pensaría incluir ese alegato en una antología de defensa de los desfavorecidos cuyo primer texto fuese, naturalmente, la Modesta proposición de Jonathan Swift.
Lo malo es que el lector de ahora lee semejante proclama con un punto de estupefacción. En la época de Dickens, los ciudadanos no estaban divididos políticamente entre la izquierda y la derecha en términos de igualdad social. En ese largo final en el que Dickens va casando a cada oveja con su pareja llega incluso a empalagar un poco la severidad (la simplicidad, diría yo) de los juicios morales del autor, para bien y para mal.
Los personajes que salen bien parados nos irritan por su clasista sentido de la felicidad. Sólo ascienden de clase dos bellas damas, dos cenicientas que en realidad nacieron en un sitio equivocado, la una, Bella, en la casa de un miserable chupatintas, y la otra Lizzie, en la de un mendigo con trabajo, algo muy anglosajón, el batelero Hexam, un prehomínido que se muere enseguida. Las dos muchachas son elevadas al sitio que les corresponde, y tras ellas y sus hermosos maridos (un rico heredero que se hace pasar por muerto y un abogado que se codea con la flor y nata londinense), van los Boffin, que han fingido durante toda la novela que eran ricos para volver al estado que les hace más felices: el de criados del hijo de su antiguo dueño. Y cierran la comitiva dos frikis, gente deforme con buen corazón, gente pobre y fea y retrasada que ya tienen bastante con sostenerse el uno al otro las muletas.
Pero los que salen mal parados casi nos irritan más. Otro prehomínido batelero (el Bizco de Baroja, talmente), Riderhood, que muere ahogado en el arroyo del que nunca salió. Un buscavidas, Silas Wegg, de quien Boffin, el viejo servicial, se mofa obligándole a leerle por las tardes a Edward Gibbon, algo que Silas jamás le perdonará. Una marquesa idiota, cotilla y gorda, convenientemente ridiculizada al final de la novela por Twenlow, el único aristócrata de pata negra, porque todos los demás, todos los imbéciles, son aristócratas falsos, sobrevenidos, advenedizos.
Aun con todo, los dos personajes más odiados por Dickens no son estos despojos sin conocimiento, sino dos individuos en los que tanto cargó las tintas que le salieron mejor incluso de lo que se merecían. El uno, Charles Hexam, es un mequetrefe desagradecido que repudia a su hermana, que le pagó a hurtadillas los estudios, porque desentonará en su bien ganada posición social con ese sujeto de baja condición con el que la pobre Bella se quiere casar. Ese sujeto, cómo no, es el rico heredero, que oculta su identidad y aprovecha para educar a su prometida, para cuando la presente en sociedad.
El otro personaje despreciable, Bradley Headstone, es un anticipo clarísimo de míster Hyde; es como el Cardenio del Quijote, que le dan teleles cuando se acuerda de su amor perdido. Toda la basura en la que viven las clases humildes de esta novela le cae encima con el crimen más rastrero y la muerte más vil, como castigo por ser mediocre, por intentar medirse con un rival principesco. Su final es el de una rata indigna, el de un cobarde sin derecho a compasión.
Ambos pingajos, Charles y Bradley, son profesores en un colegio. Encima eso.

20.9.06

Dickens


Continúo con el vicio, “casi patológico”, como dice Bolo, de empalmar novelones decimonónicos igual que los fumadores desesperados encienden un cigarro con la pava del otro. La cosa obedece a razones terapéuticas que sería difícil explicar. Pero hay casos peores, desde luego: un librero de la Cuesta de Moyano me contó que Juan Carlos Onetti pasó los últimos años de su vida varado en la cama y devorando sin tregua las noveluchas que su esposa le compraba, poco menos que al peso, en una caseta especializada en Marcial Lafuente Estefanía. Al principio me produjo un poco de aprensión, como si fuera cierta la leyenda de que los alcohólicos irrecuperables prefieren un tetra–brik de Don Simón a una botella de Vega Sicilia, pero con el tiempo vas descubriendo que los efectos beneficiosos de la ficción leída no son proporcionales a su calidad, ni siquiera al deslumbramiento que nos haya podido llevar en volandas por sus páginas.
Yo, de momento, me dedico a la cerveza inglesa. Acabo de terminar Nuestro amigo común, de Dickens, a quien ya mencioné a propósito de la basura. No era raro que diese la matraca con el síndrome de Diógenes porque la novela es sobre personas que trabajan en la basura, que van llenos de ella, que la llevan en las entrañas o que, incluso, les salva la vida. Teniendo en cuenta que la traducción era penosa, como escrita por un sordo, su lectura fue como esos viajes que son entretenidos pero hacen parada en todos los apeaderos, o como esas conversaciones en las que alguien encuentra algo que decir y lo repite todo tres veces para que resulte más interesante. A espléndidas escenas, medidas, niqueladas, le seguían largas conversaciones que en inglés deben de ser graciosas. La impresión general es que, cuando algo interesante va a suceder, el tren se para y entran dos ruidosos viajeros que tampoco huelen demasiado bien.
(Hablando de olor, en una de sus páginas me enteré de que por aquella época se solían echar bolitas de mirra en los cajones, para perfumar la ropa. Así que me fui a la calle Postas, a una de esas tiendas de objetos religiosos, con estanterías llenas de copones y modelos sin masa corporal que sostienen vistosas casullas. Compré la mirra y quemé un poco en mi estudio. ¡Y qué asco! Huele como a heno podrido, huele como el frasco del perejil cuando le cambiamos el agua. Mucho cuidado con los ritos literarios. Casi me pongo malo.)
En fin, el caso es que la novela, a pesar incluso de la traducción y de un formato tan apretado que, cosa insólita, tiene menos páginas que su original inglés, plantea unas cuantas cuestiones de interés que ya comentaré otro día. Uno de los efectos secundarios de leer a Dickens es que luego cuesta un poco coger el hilo del propio pensamiento.
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