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24.4.15

Taller de escritura barojiana


Me ha sido imposible dar con la portada de Locuras de carnaval en Caro Raggio, edición del 73. No la tienen ni en la propia editorial. La última portada decente es de 1952, de la editorial Dólar, reedición de la que había publicado Espasa-Calpe en 1937. No se volvió a publicar hasta 1973, en la magna edición de Caro Raggio, y desde entonces ha ido en el catálogo del Club internacional del libro, que es algo así como una empresa de libros al peso. La última que controlo es de una editora de temática madrileñista, Trigo ediciones, de 2010.
            Esta tercera parte de La juventud perdida es, pues, uno de los libros más recónditos de Baroja. La crítica tampoco ha colaborado mucho, a pesar de las advertencias de Julio Caro en la página que le dedica en la Guía de Pío Baroja, en las que se queda corto hablando del “gran interés” que tiene esta obra. Pero incluso Antonio Elorza, en el prólogo al tomo X de las Obras Completas que dirigió Mainer, que es donde la he leído, la cita muy por encima e incluso comete un error: no son cuatro las historias que incluye sino cinco, seguramente porque Antonio Elorza leyó la versión censurada, que había prescindido de una de las mejores, Los sacrificados, “censurada y prohibida”. Afortunadamente, estas Obras Completas sí la incluyen.
            La selección “mecánica y rutinaria” de las obras de Baroja, como decía don Julio, ha hecho que libros como este hayan quedado en un limbo editorial casi invisible. Y su interés no se reduce a esa melancólica mirada a tiempos pasados. Una buena introducción crítica de este libro tendría muchos pitos que tocar.
            Por ejemplo, el biográfico. Baroja la terminó en 1935, “fecha clave para él”, dice Julio Caro, “porque poco antes había muerto su madre”. Se nota el dolor, ya lo creo que se nota. Casi todas son de una tristeza fría, que es la que de veras emociona. Uno se apiada o siente rechazo hacia personajes reducidos a los decepcionantes resúmenes de su existencia. Hasta el sarcasmo sentencioso parece nacido del mal humor, no de las ganas de ser gracioso. Baroja tenía 63 años. Veinte años después aún firmaría alguna novedad ya desmigajada, pero los barojianistas solo discuten si para entonces era muy viejo o demasiado viejo, Mainer a la cabeza, quien data la entrada en la senectud cuando tenía cuarenta años, al menos la de ese “fondo sentimental” que tanto cita.
            Yo voy a dejar ese juego porque cada nuevo libro me resulta por lo menos tan interesante como el anterior, y esta trilogía de La juventud perdida me deja un sabor excelente, incluido el cuaderno del cura de Monleón. En el caso de Locuras de carnaval,  su condición de libro de novelas cortas independientes (con algún personaje de unas que figura mencionado en otras) nos devuelve al placer de aquellos relatos que reunió en libros como Los caminos del mundo, de la serie de Aviraneta, o, sobre todo, el magnífico La ruta del aventurero. Además de pasarlo de lo lindo, aquellos libros tenían, como ahora Locuras de carnaval, el interés añadido del taller de pruebas, porque en ocasiones variaba entre ellos más la técnica que el argumento, pero esa variación era más que suficiente para disfrutarlo. Aquí, por ejemplo, comprime más o menos el relato, cambia el punto de vista, el tiempo, el narrador, de un modo que a los entusiastas de la heterodiégesis les haría un nudo en los conceptos.
            El interés crece cuando uno se entera de que, a pesar de terminarla en 1935, se publicó, en diferentes folletines de cinco entregas cada uno, entre ese año y el siguiente, lo que lleva a pensar que, aunque tuviera todo el material terminado antes de su publicación, el carácter seriado habría determinado su escritura, como así es. Era una entrega de unos cuatro folios actuales cada semana. Los amantes de la entomología ya pueden escribir un artículo buscando de qué modo afectó eso a la composición.
            Hay mucho pienso académico sin tocar en este libro, desde luego, y no solo para barojianistas. Yo doy por hecho, por ejemplo, que los especialistas en Camilo José Cela ya habrán publicado y citado en docenas de notas a pie de página que en el prólogo de Un dandy comunista ya está el tono, el estilo, el tempo y el humor de La colmena. Venimos observando desde finales de los años veinte una prosa que muchas veces, a ráfagas, nos trae el estilo de Cela. Se hizo evidente aquello en La familia de Errotacho, y algunas otras veces que he ido apuntando con el lápiz en los márgenes. Pero lo de Locuras de carnaval es la prueba decisiva. Cela sacó de aquí La colmena, no de Manhattan Transfer. Puedo discutirlo con quien quiera.

            Locuras de carnaval

            La primera de las cinco historias, la que da nombre al volumen, es un alarde de plano-secuencia, la narración como descripción no de hechos sino de situaciones, unas parejas que van al baile de la Zarzuela, los amigos Isasi y el viudo Dorronsoro, el paseo, el colmado, el baile, el encuentro con la actriz Elvira Medrano, la cogorza que se agarran los caballeros, estúpida y tumultuosa, de gente que no sabe beber, y la aparición, apoteósica, de El Estudiante, que como se desliza como una fuina le roba a la Medrano el collar de perlas, con el consiguiente jaleo cochambroso del fin de fiesta, con mujeres que esperaban de la cita algo más que un maromo al que hay que llevar borracho a casa. Aparece también por allí La bella Charito, detalle suficiente para datar los hechos en los mismos años que sirvieron de modelo para escribir Silvestre Paradox, o sea en la frontera de los siglos.
            Este Estudiante viene a ser una mezcla del malvado Salvador que se encontraba siempre Aviraneta por París, un tipo siniestro, amarillo, y el capitán Ignacio Embid, un hombre acostumbrado a fracasar y a cometer delitos, que no es condescendiente ni consigo mismo ni con los demás y pasa por los asuntos de moral con un leve encogimiento de hombros. Después de resumirnos la divertida historia de sus andanzas, el Estudiante anuncia que se va a ir a un convento, y remata: “No sé si me haré un místico o robaré la caja”.
Hay más personajes así en este libro. Golfín, por ejemplo, hijo del Golfín de Las Noches del Buen Retiro, novela con la que aquí hay bastantes coincidencias. Ya celebrábamos allí esa otro espléndido plano-secuencia de la ópera en el Teatro Real.  Con esos dos fragmentos ya tenemos bastante para justificar todo el realismo objetivo que vendría después. A mí lo que me atrae, sin embargo, no es eso, sino cómo mueve la cámara, cómo se ríen los personajes, con qué pocas palabras nos mete Baroja, sin decirnos directamente casi nada, en el fondo de sus corazones. Todo suena a fracaso, a desperdicio, pero uno no tiene que soportar discursos morales: ves pasar a la gente, ingenua y torpe, bienintencionada y ceniza, pobres hombres y pobres mujeres, algunas, sin embargo, como la Mercedes, creo recordar, que es la que acompaña a Dorronsoro a casa, con más conocimiento que todos los hombres juntos, y que reaparecerá, con otro nombre, en la historia de Golfín.

Un dandy comunista.

            La presentación del licenciado Latorre, corrector de pruebas, escrita en presente, es ya, como decía, un pasaje de La Colmena. Este licenciado escribe notas sobre el padrón del edificio donde vive, en la calle del Pez, que más parece del Percebe. “De la literatura del licenciado no se podría sacar un detalle real y auténtico; de sus notas, sí”, dice el narrador que traslada esas notas al pasado. Es una de las muchas reflexiones de poética que va desperdigando Baroja por el libro, como aquella crítica que al principio le hacía, en un tren, como corresponde, una señora al autor: “Se me figura”, le decía, “que prepara usted un escenario romántico con sus bastidores, y que luego cuenta usted un sucedido vulgar y corriente”.  Sí, las notas de lo vulgar y corriente podrían ser la estética de estas historias.
            Lo del narrador dará unas cuantas vueltas. Primero cuenta el narrador, luego es Latorre y sus notas, después Latorre en pasado y en primera persona, y más tarde, sin más explicaciones, en la página 1088, cambia otra vez a la tercera. Latorre pinta un fondo muy poblado, los vecinos que se arremolinan en torno al restaurante de Pastelillos como luego lo harán otros con el café de doña Rosa, con su punto divertido y popular, hasta que aparece el protagonista de la historia, Adolfo Santovenia, un superhombre del tipo de Quintín, el de La feria de los discretos.  Adolfo se dedica a vivir su vida, “como decían los ibsenianos”, y no tiene escrúpulos para liarse con su tía, La Ángeles, mujer del señor Fabián, un contratista asturiano que lo ha acogido en su casa. De allí lo echan y luego se entiende con sus primas, la Sole y la Paqui, se pelea con su primo Marianito, por más que la madre de él y de ellas, la Pepa, no le dé mucha importancia.
            ¿Está Baroja recordando aquellas juventudes sin rumbo, avariciosas en su ignorancia, o está bordando en un cañamazo antiguo sus críticas a una moral reciente? No sé. La cantidad de arribistas sin escrúpulos que pueblan estas páginas invita a considerarlo, pero también los ejemplos de depravación y de algo que Baroja no tragaba: la indiferencia dentro de las propias familias, el egoísmo descarnado, la falta de principios. El propio Adolfo es un marxista-oportunista de cuidado, no tan listo como para que el farsante Panchito lo meta en un lío que termine con sus huesos en la cárcel. Pero lo más importante de él es el poco respeto que se tiene a sí mismo y a los demás. Son sujetos indignos, que si no estuviesen rodeados de la bullente algarabía de los personajes resultarían algo patéticos, como pasados de rosca.

Los cínifes

            La densidad narrativa va cambiando según la historia. De esos demorados planos-secuencia (que en el fondo proceden del naturalismo, pero darían mucho de sí) podemos pasar al relato-argumento, a la descripción no de escenas sino de hechos, no de personajes sino de sucintas biografías. El arco de posibilidades del te voy a contar es muy amplio, pero la esencia del cuento es esa, de modo que no tiene por qué ser un defecto el argumento puro, lo irresumible, porque así contamos también muchas veces las cosas. Es más, es la manera natural de contar. Debería averiguar si la costumbre de dictar sus novelas es anterior a la de sus tiempos en París. Mainer habla un poco despectivamente de que Baroja dictó esas novelas “a secretarias ocasionales”, algo que siempre redunda en mayor densidad narrativa, pero que no tiene que ser malo, todo lo contrario.
            Los cínifes es, pues, la historia de Golfín hijo, un cínico con mala suerte. Baroja se entretiene más que en otros relatos de este libro en la caracterización moral del personaje. A Adolfo, pero sobre todo a Dorronsoro y compañía, los veíamos actuar. Aquí Baroja nos dice cómo era Golfín y nos da ejemplos que lo demuestran. “Nadie pudo saber cuáles eran sus opiniones políticas. A veces hablaba como republicano, y otras como absolutista”. “Era un cínico que se consideraba interiormente vencido, fracasado. Tenía ansia de mandar, de lucir. había sido en su juventud un falso revolucionario, un falso anarquista. Ahora evolucionaba y quería ser un gran señor”. “La mayoría eran vulgares, sin talento, y, sin embargo, acertaban y triunfaban. Y él, en cambio, inteligente, ingenioso, escritor perfilado, iba de tumbo en tumbo”. Etcétera.
            El amargor del fracaso había sido un tema generacional. Me estoy acordando ahora del Teófilo de Pérez de Ayala, por no hablar de la leprosería de Cansinos Assens y del catálogo de famosos miserables. Pero el caso de Golfín no es exactamente el del bohemio. Es igual de retorcido que todos los bohemios de Baroja, pero es un pobre hombre. Un amigo triunfador, Pepe Valdés, le da una oportunidad de medrar al amparo del dictador Primo de Rivera (con quien asiste en Barcelona a un espectáculo ¡de mujeres desnudas!), y consigue un puesto de gobernador de provincias. Golfín no sabe lo que hace y se tiene que ir del pueblo, y al amigo se lo paga delatándolo, aunque tiene que soportar esa humillación tan afilada por parte de quien descubre la inofensiva traición de un piernas insignificante.
            Golfín tiene a mano varios tipos de salvación, por la vía criminal con su amigo Valdés o por la vía civil con la cantante Pura Doni, el modelo de mujer que Baroja salva siempre de la quema: natural y firme, clara y decidida, con la cabeza en su sitio y pocas ganas de aguantar maromos, sobre todo después de que Golfín comete el error trágico de abandonarla. La Pura, madre soltera, sabe buscarse un hueco en el mundo del espectáculo, ser respetada y aplaudida, mantener su integridad moral a salvo y pescar un buen partido antes de que las arrugas llenen el escenario de patetismo. Lo tiene muy claro pero nunca pierde la ingenuidad que la llevó hasta Golfín. Hay muchas así en estas últimas novelas de Baroja. Desde la Concha de Las noches del Buen Retiro hasta las otras Conchas que aparecen aquí. Son todas de la estirpe de la gran María Aracil, la mujer con la que Baroja no parece haber dejado nunca de soñar.

Los sacrificados

            En su anatomía del arribismo como trampolín para el fracaso, Baroja no se olvida de las víctimas. Vivimos en un mundo de cínicos y desalmados y solo una voluntad fuerte lo puede soportar. La bondad no basta. La bondad es otro fracaso todavía más cruel, porque es un fracaso sin culpa, el triste papel secundario en la tragedia de los otros. Baroja gira el foco y ahora el secundario será Luis, el jovencito perdis que despluma a la familia, y el protagonista será Enrique, el pobre hombre, el que hizo lo que la moral dictaba, y así le fue.
            Es magnífica esta novelita. No me extraña que la censura la prohibiese. Además forma parte de ese subgrupo tan interesante de las novelas pintadas, de los personajes pintores, de los colores vivos, de los fondos umbríos. De hecho el prólogo de la novela, el marco de la historia, que ya de por sí daría sin problemas para una novela, es, proporcionalmente, largo con arreglo a la historia que lleva dentro. Se trata de que Baroja, “hace treinta y tantos años”, vio a un pintor de cementerios, un artista honesto y mediocre, que se ganaba su vida y la de su hijo pintando postales, menudencias, baratijas, cuando él hubiera querido pintar grandes paisajes y cuadros de tema. El pintor ha fracasado pero no por ello ha envenenado su carácter; es más, ha encontrado un acomodo, no da sablazos y se gana los garbanzos con la pintura. ¿Es eso fracasar?
            El caso es que este hombre había pintado un cuadro que no estaba mal, una pareja sentada en un banco, en el cementerio. La novela es la historia de esa pareja, pero antes, para empezar, Baroja nos ha regalado una emocionante descripción del oeste de Madrid, emocionante por lo hermosa y porque encierra esa melancolía de quien recuerda los paisajes de Camino de perfección, cuando Ossorio, con una boina y un revólver, se echa al camino. Esa descripción y el triste destino del pintor tiñen la historia de un tono apagado. Me imagino sus cuadros como los de Regoyos, que a Baroja le gustaban más que los de Sorolla.
            La historia es que ni Mari Luz Hinojosa ni Enrique García Heredia, que se aman desde niños, y de ellos fue testigo y amparo el general Heredia, pueden casarse, la una porque cede a las presiones egoístas de sus padres (y desoye los consejos de su hastiniano hermano Carlos), más pendientes de asegurarse la vejez que de hacer feliz a su hija, y el otro porque tiene que gastar todo su dinero para tapar las goteras que va dejando por ahí su hermano Luis. Ella se casa, en matrimonio blanco, que ya es algo muy siniestro, con don Pedro Pizarro, “viudo, enfermo y rico”, y él espera como Florentino Ariza, pero sin darse tanta vida.
            El final es tremendo. Es como debería haber terminado El amor en los tiempos del cólera para no dejar regusto empalagoso. En una novela de tono triste, permanentemente desesperanzado, este final es un paso más en la desdicha, y el toque final, que tanto me ha recordado al final de La senda dolorosa, una rúbrica de humor negro, un no somos nadie que Cela también imitaría, esta vez en una escena de cementerio de San Camilo 36.         
            Lo más triste de que este magnífico relato fuera censurado es que, si no lo hubiese sido, tampoco le habrían hecho ningún caso.

A la alta escuela

            El último relato me ha vuelto a recordar a Maupassant, vertiente neurasténica. Es la relación, en argumento puro, del ascenso y caída de Luis Ochoa Salazar, “hijo de un fabricante de Bilbao, de familia linajuda”, que se obsesiona con una marquesa, la señora Cardigan, esposa libertina de un marqués morfinómano. Es Concha y el marqués amarillento de Las noches del Buen Retiro, pero pintados con cuatro certeros trazos.  Como Thierry, Luis se abandona al amor, esta vez con asesinato del viejo de por medio, pero Baroja ha ido urdiendo una trama de narradores, más bien testigos, confidentes, el doctor Recalde y el mayordomo John Max, que llena la historia de Luis de bruma y lejanía, la anglifica, la pinta de tinte oscuro.
            El resultado, otra vez, dentro de un esquema ya conocido, es imprevisible a fuerza de personajes que narran y testifican, pero lo mejor es la reacción general cuando el asesinato se destapa: todo el mundo se encoge de hombros, se encubren unos a otros amablemente y aquí no ha pasado nada. La única víctima es Luis, que se vuelve loco y, esta vez sin formalidades convenidas, en un arrebato de cólera, mata a su padre. Baroja solo nos lo cuenta. No tiene el mal gusto de interpretarlo.


            Gran libro, sí señor, un vivero de ideas, de formas, de soluciones narrativas, pero un alarde también de cómo resolver como quien lava un encargo para el periódico, darle a todo una sólida coherencia temática y dejar, al menos, un par de novelas que deberían seguir en activo. 

18.4.15

Et in Arkadia ego


        Baroja escribió esta novela en 1936, y en ella cometió un error de proporciones narrativas que casi le cuesta la vida. Es la historia de un cura vasco que sueña con vivir tranquilamente en la aldea y al que sorprende la revolución del 34. Odiado por unos y por otros, crítico con los obreros comunistas y con los patrones nacionalistas vascos, espantado del rumor de la violencia, reprendido por la jerarquía y alejado de sus colegas vividores, se retira a un pueblo minúsculo de las montañas de Álava y allí se dedica a leer libros críticos con el cristianismo y a buscar incoherencias en las Sagradas Escrituras. Llega a la conclusión de que lo que no es cuento es copia, y lo que no sincretismo de otros cuentos igual de estrafalarios y de otras actitudes igual de despóticas y absurdas.
            A Baroja casi lo fusilan los carlistas al comienzo de la guerra, y un periódico de Madrid comentó que esto “le serviría de lección para no escribir libros tan abyectos como El cura de Monleón”.  En la novela, Javier Olarán es incomprendido por unos y por otros, que es lo que le pasó a Baroja al publicarla. La izquierda no vería bien el nacionalismo ensimismado y bien comido del cura en la aldea, y la derecha diría, más o menos, lo que dice Elena Soriano en uno de los pocos estudios (un estudio de dos páginas) que conozco sobre esta novela: “…la última parte del libro deja de ser novela, para convertirse en la más desafortunada tesis de doctorado en ateísmo”. Y eso sin discutir algo igual de evidente que el anticlericalismo de Baroja: que El cura de Monleón es una novela muy interesante.
            La primera parte es exquisita, un relato de internados en el seminario y un hermoso idilio vasco. “Ser cura de una aldea vasca constituía su ideal; esto le parecía lo cristiano y lo noble; no aspiraba a dignidades, a púrpuras ni a solemnidades. La vida del seminarista, con sus estudios, sus rezos, su confesión semanal, sus ejercicios espirituales, le llenaba el espíritu”. Nada de esto dice Baroja con sarcasmo. Es más, da la sensación de que ese placer inalterable de la disciplina, el mismo que no puede soportar su condiscípulo Ignacio Arizmendi, es algo que comparte el joven seminarista Olarán con el viejo escritor Baroja. En efecto, a los curas se les invitaba a vivir en una paz sin juventud, “en la casa campesina amplia, cómoda, limpia, con su huerta y su jardín”, viendo pasar las horas, vulnerant omnes, ultima necat, vuelve a citar Baroja; pero dentro del misticismo campestre de Baroja, el fatalismo no es más que una postura junto a la chimenea.
            Baroja decora este fondo primero con hermosas descripciones de la ciudad de Vitoria, del viaje a Monleón y del dulce atardecer al que ha entregado el cura su existencia. Allí se va con su tía Paula, una beata silenciosa, y todo va estupendamente hasta que empiezan a salir los enviados de Baroja, tipos fijos de sus obras que se aparecen a Javier para perturbar su ataraxia.
            El primero es Basterreche, el médico sensato, el hombre activo, un personaje que viene gustando a Baroja desde su primera novela, La casa de Aizgorri, con aquel don Julio de drama ibseniano. Luego toma diferentes nombres. En El laberinto de las sirenas es Recarte, que acompaña al autor hasta que este se pierde en sus fantasías italianas, y aquí en El cura de Monleón se llama Basterreche, “un muchacho de buen aspecto, barba rubia y anteojos” a quien Javier Olarán había conocido “en una gira nacionalista”. Basterreche se ha casado en la ciudad con una mujer bastante estúpida, enferma de delirios de grandeza, que es una epidemia que viene del siglo pasado, y que nos recuerda cómo Panchita, la guapa criolla, trataba a Ignacio Embid en La estrella del capitán Chimista. En ambos casos, el marido defraudado se deshace de la dama melindrosa, y en el caso de Basterreche no necesita poner el mar de por medio: le basta con la legalidad republicana para divorciarse. Sus opiniones, de un barojianismo tajante, aturden un poco al cura, que no deja de apreciar al buen amigo, inteligente y sin prejuicios que, además, acabará casado con Pepita, la hermana de Javier. Basterreche, por ejemplo, opina que no hay una tradición católica vasca, y que “el comunismo y el cristianismo tienen los dos la misma raíz judía y rencorosa”. Incluso pone en cuestión la existencia de Cristo, con argumentos simples como la quinina.
            Y así Baroja, envuelto en la sotana, nos lleva a su ideal de buen vasco, tan lejos de una religiosidad carlistona bastante reciente como de esa raza gregaria y feroz que veía el escritor en los comunistas. Este buen vasco es Shagua, un campesino de mirada limpia, individualista, silvestre, franciscano. Quiere que los caseríos disten como mínimo una legua, y practica un ecologismo que es religiosidad animista, la que Baroja se imaginaba en la Arkadia vasca, antes de que llegasen los curas. Y no es casual que una sobrina nieta de este Martín Sagua, el buen vasco salvaje, sea la Eustaqui, criada de Javier y de su tía mientras viven en Monleón.
            Hasta aquí llega el idilio, hasta que empieza a ver en la Eustaqui algo más que una muchacha del caserío, y ello por culpa del odioso sacramento de la confesión. Son páginas muy divertidas. Javier tiene que tragarse los pecados del pueblo, “el confesionario le excitaba y le irritaba”, porque desde ahí no se veía más que la falsedad de los meapilas que por la mañana comulgan y por la noche se aparean como perros sin dueño. Baroja no da detalles, solo llama “suciedades” a los pecados que las mujeres le contaban, acaso para provocar a un cura tan guapo. Hay una que no deja de pecar, y cuando Javier le dice que se niegue, ella confiesa que es que se lo hace con otro cura del pueblo.
            Javier padece misofobia espiritual, le repelen los enfermos repulsivos y las mujeres húmedas, lo trastornan como trastornaban a Fernando Ossorio las costumbres libertinas de su prima. Pero, así como Fernando se lo hizo con Laura, este Javier ve a la Eustaqui y se muerde los labios. Si hubiese que trazar una genealogía de los tipos vascos, Eustaqui estaría en la rama de las vascas menudas, del caserío, tipo Anthoni, incluso Manón, aquella de Las figuras de cera. Pero Manón pertenecería más a la rama Pamposha, la de Jaun de Alzate, la ninfa juerguista. No, Eustaqui es lista y trabajadora, como un amigo fiel que mira con sus “ojos castaños claros, muy inocentes y muy alegres”, como lo fue la Salvadora para Juan Alcázar o Lulú para Andrés Hurtado, que eran ninfas de ciudad. Eustaqui es, en fin, el ideal barojiano de mujer, uno de ellos, porque el otro es una irlandesa que se llama Mary y que pertenece más a la línea sucesoria de María Aracil, mujeres cultas, francas, sin prejuicios, viajeras de posibles que cuando se juntan con Baroja entablan rapsodias interminables, como sucedía en Los visionarios. Esta Mary ha estudiado en Cambridge y le suelta a Javier una digresión sobre los mártires de la legión tebana que al lector, mutatis mutandis, le suena a Wikipedia.
            Mary también le tira los tejos a Javier, pero algo se ha roto. En la novela, digo. Algo se ha roto porque hasta entonces la narración es espléndida. La novela nos ha cautivado, quisiéramos unos amores euskaldunes, paseos del cura y la Eustaqui entre las vacas. Pero llega la revolución del 34. La narración se acelera y Baroja ensaya una crónica de los acontecimientos todavía novelesca, con algaradas y tiros en la noche y rumores y delaciones. La fábrica del pueblo, lo único que sobraba en el idilio, y que hasta entonces no había merecido más de una docena de líneas, da a Baroja para exponernos con detalle qué no le gustaba del igualitarismo proletario y qué detestaba del señoritismo nacionalista. “Yo no soy de la derecha ni de la izquierda”, afirma Javier, “yo no tengo nada que ver con eso”. Y, más adelante, sentenciará: “yo no soy más que vasco”.
            Unos y otros lo desprecian. El obispo lo llama al orden por haber protestado ante los desmanes de la guardia civil, de modo que Javier decide aislarse, “volver a su vida solitaria y romper toda clase de relaciones con la gente y también con nacionalistas y socialistas”. Tampoco quería saber nada de mujeres. “Le preocupaba mucho la Eustaqui. Hablaba con ella con demasiada delectación. En su cabeza se iba formando una imagen confusa en que se mezclaban Mary la irlandesa y la Eustaqui como si fueran la misma persona”, y cuando la Eustaqui se ofrece a irse con él y con su tía a una aldea de las montañas, Javier se niega, y es un error, sobre todo narrativo, porque brota en él “otro hombre más rudo, más seco y más fuerte que el de antes”, que va “echando abajo todo sentimentalismo y mirando la vida con sarcasmo e ironía”.
            Allí, en la aldea perdida, leyendo sin parar, Javier se dedica al panteísmo descriptivo y a la antropología popular. Incluso elabora teorías sobre el determinismo geográfico en la crisis de la fe, de modo que aquellas “ideas fuertes, desoladas, antirreligiosas, las sintiese en aquel país adusto, pétreo y severo” con cumbres nevadas al estilo de Unamuno. “Yo me quedo quieto en mi rincón”, se dice Javier, en frase que Miguel Pérez Ferrero pondría en lugar más aparente, la biografía de Pío Baroja.
            Baroja ya tenía escrita la novela. El final que había preparado, las últimas diez o doce páginas, con la muerte de la tía Paula, el reencuentro con Basterreche y con su hermana, la promesa de irse a Bilbao a vivir con ellos… y con la Eustaqui, era un buen final para una estupenda novela. Pero Baroja decidió llevar al extremo su voluntad realista. No solo imaginó que Javier Olarán, solo en aquel villorrio, se empapó de textos de todas las épocas sobre la incoherencia histórica y moral del cristianismo, sino que el propio Baroja los leyó y los anotó minuciosamente ¡a lo largo de sesenta páginas! Es impresionante. Nunca había visto un ensayo metido en medio de una novela tan aparatosamente. Bien es verdad que está escrito como si hubiera ido apilando impresiones, sin hacerlas texto, sin trabarlas, una detrás de otra, y eso le da cierta agilidad y también cierta verosimilitud, pero el narrador aparece tres o cuatro veces y nunca más de media línea, de modo que el lector debe cambiar de postura y resignarse a lo que Baroja le propone: que se sienta igual que Javier Olarán en el largo invierno de su crisis de fe, tragando libros que ponen en cuestión todo el sustrato intelectual del cristianismo.
            No deja títere con cabeza. Amarrado a los antiguos, sobre todo Celso y Tertuliano, o los más modernos Strauss y Renan, va enumerando los errores de mímesis que hay en la Biblia, incluso los simples fallos de script. Al principio resulta un poco irritante, pero no porque no tenga interés lo que dice sino porque se ha cargado el enérgico discurrir de la novela con un discurso interminable sobre por qué la religión cristiana es una sarta de fantasías contadas de un modo bastante chapucero. Pero es sincero. Solo tres o cuatro veces se le escapa a Baroja la retranca, hasta que cae en la cuenta de que es Javier el que va tomando nota, en medio de una espantosa crisis de fe.
            El cura de Monleón es más larga que sus compañeras de trilogía. Las noches del Buen Retiro tiene 202; Locuras de carnaval, 162, y El cura de Monleón, 238. Quiero decir que la novela no necesitaba semejante excursus, o que, en todo caso, con una docena de páginas, entreveradas de cotidianidad campestre, no habría roto el magnífico ritmo de la novela desde su principio, la intensidad creciente, las decisiones difíciles. Había material más que suficiente para llenar esas doctas páginas de diálogos y personajes y paseos. Es interesante lo que dice, su punto de vista, pero la novela me temo que se la carga.
            Lo que más admiro en los ensayos de Baroja es ese modo suyo de enfrentarse a cuerpo limpio con los temas más profundos. Baroja no se arma de manuales para saber lo que dijo Kant. Abre un libro suyo y lee, y encima no lo encuentra tan complicado como le habían dicho. En una cultura española tan amiga del refrito y de la taxidermia enciclopédica, Baroja lee a Tertuliano como si estuviera leyendo el periódico, atento a lo que dice, no a la época ni a las tendencias. Eso me gustó de la célebre conversación con Iturrioz de Andrés Hurtado, el plantearse los grandes problemas de la filosofía a palo seco, el hacerse las preguntas que se haría cualquiera, sin tecnicismos ni hermosas construcciones conceptuales. Así se plantea Baroja la historia de la iglesia, expurgando literalidades. Ni los teólogos alemanes modernistas, que querían darle un sentido simbólico a las paparruchas bíblicas, podían tragarse una imaginación tan pobre. Y, sin embargo, ahí estaba, y ahí estaría. Pocos días después, esos mismos cristianos estarían a punto de fusilarlo. Si llega a dejar la novela en sus proporciones narrativas, ni se habrían enterado. Pero ese exceso estructural no deja de ser un gesto de valentía.

13.4.15

Las marquesas peligrosas


Después de Los visionarios, de 1932, cualquiera habría dicho que Baroja, ya sesentón, había abdicado del arte de fabular y lo había sustituido por el reportaje y la charla, dicho sea esto último en alusión a las tertulias que forman sus novelas opinativas y al tono catilinario que exhiben sus heterónimos, Fermín Acha y así. Incluso es moneda corriente decir que a partir de 1930 Baroja ya estaba acabado como fabulador y que sus novelas, más que ser porosas, padecen de osteoporosis. Claro que, si eso se dice después de leer La estrella del capitán Chimista, argumentos hay donde agarrarse.
Pero no. Así como en La familia de Errotacho, también de 1932, brillaba el gran narrador, en ese caso de novelas cortas, en Las noches del buen Retiro volvemos a encontrar al novelista sobrado de recursos, entre otras razones porque tiene detrás una larga carrera de donde ir espumando episodios, técnicas y personajes que, en las debidas proporciones, vuelven a dar una novela interesantísima. Así que, por mucho que nos acomodemos a un nuevo tipo de novela-reportaje o, más bien, novela-charla, Baroja vuelve a venirse arriba y firma una novela que quizá (ya estamos) sea su última gran actuación.
Con ella iniciaba la trilogía La juventud perdida y se encontraba a sí mismo igual que el protagonista, Thierry, se mira en los escaparates de la calle de Alcalá. Si, a principios de siglo, Baroja alternaba las novelas contemporáneas con otras que se remitían a un pasado romántico, ahora, en la década de los 30, alterna el reportaje contemporáneo con su propio pasado romántico, el que componían aquellas primeras novelas contemporáneas, valga el retruécano. Y así vemos una redacción, la de El Bufón, que recuerda mucho a la de Silvestre Paradox, así como las cenas demoradas y el cutrerío cómico; o que la condesa de Aracena tiene el mismo “erotismo de leona en celo” que tenía Laura (y que tienen los borbones de Los visionarios, claro), y Jaime Thierry el mismo “furor colérico” que tenía Fernando Ossorio; o que el desprendimiento romántico, siempre agrio, que tenía Quintín en La feria de los discretos y el desapego por la propia obra de Pepe Carmona (este es más reciente) vienen a ser parecidos; o que, en fin, Thierry se consume como el Juan de Aurora Roja, y el vecindario que arropa a Thierry en Cuatro Caminos es parecido al que lo arropaba en aquella novela, incluido el vecino de gustos tétricos, aquel Aristón que aquí se llama Beltrán y es tan buen trabajador como el regente de la imprenta de Manuel.
No es difícil encontrar más parecidos con aquellas novelas de principios de siglo, quizá porque, para Baroja, el mundo que vivió y el que escribió están fundidos en su memoria narrativa. El 98 ya era una categoría histórica que incluía literatura y realidad en las proporciones en que las incluye esta novela. Quizá más literatura, y no solo suya. De hecho, quizá esta sea la novela más galdosiana de Baroja, y novelas como La de Bringas, Miau o El doctor Centeno van saltando a la memoria en las impresionantes descripciones del mundo elegante pero también en el proceso de consunción que acaba con Thierry, y que si nos parece similar al de Juan Alcázar es porque Juan también nos recordaba a Miquis. La marquesa de Villacarrillo, por su parte, viene a ser una mezcla de Eloísa y de Juana, las dos hermanas de Lo prohibido , la una frívola y derrochadora, la otra indiferente a las pamplinas, si bien Thierry no tiene la sensatez de aquel José María Bueno de Guzmán. A mí incluso se me representa, viéndola actuar, a Odette de Crècy, y rápidamente veo en el marqués de Castelgirón un barón de Charlús y en la marquesa de Aracena una madame de Villeparisis. Es Baroja, claro, escueto y recatado, pero el ambiente de los jardines o del paseo de coches del Retiro está descrito con esa maestría que no tiene nada que envidiar a los cultivadores del impresionismo musical. Las doce páginas que le dedica a la velada del Teatro Real son acaso lo mejor de la novela, y de algunas otras, otra prueba más de que Baroja tocaba todos los palos, no solo ese mariposeo deslavazador que se le achaca.
La novela tiene mucho de obra en clave. Al parecer, por allí salen muchos amigotes suyos de cuando entonces. Incluso Jaime Thierry, el protagonista, parece que se refiere a un joven que también le arreó un bofetón a otro que le había llamado mariquita, con el correspondiente duelo, pasaje, por cierto, que tiene menos entidad de suceso real que cualquiera otra página de la novela. Sí, es, como dice Sánchez Ostiz, con su punto de condescendencia, “un cuadro de costumbres de una época”, lo cual, si no se aclara si el fresco que resulta es bueno o malo, tampoco es decir mucho. Sanchez Ostiz alaba la novela, pero no dice por qué.
Yo estoy porque este Thierry naciese de la propia novela, que, después de un amplio lienzo de personajes, ese fondo que va creando desde hace décadas, un ir y venir de personajes ambientales, había llegado hasta Carlos Hermida, un joven arribista que explota a la joven maestra Matilde Leven y la abandona por el frufrú de una marquesa. Matilde Leven es el gran personaje perdido de la novela, arrinconado en su sensata huida, sustituido por personajes también muy interesantes pero escamoteado como una María Aracil que se nos hubiera ido de las manos. El zángano, por su parte, vive de los artículos que le escribe su novia, pero es un personaje demasiado indigno y Baroja escoge otro, Thierry, a quien le pone a hacer lo mismo pero con bastante más grandeza.
Thierry muere víctima del “esplín masoquista” (Leidseligkeit, que la amante sabe alemán), de una angustia que no conduce a nada, pero también, muy románticamente, de un amor creíble, angustiado, dominador, ingenuo al cabo, muy en Werther, sobre todo por cómo se comporta el marido. Ella, en cambio, es la mujer por la que se nota que alguna vez ha babeado Baroja. La rusa, claro, Ana, que aún colea desde hace por lo menos quince años. Hay en ese amor fracasado sentimientos de verdad, pero ahora se cierne sobre ella la comprensión que dan los años. No hay una sola línea referida a Concha, una mujer de costumbres licenciosas, que sea ofensiva o no contribuya a su hermosura. Thierry se desespera por la superficialidad y el interés de los aristócratas, y Baroja describe con precisión el tipo de celos que genera ese tipo de mujer, “celos retrospectivos”, otra de las razones por las que pensar en Proust cuando uno lee esta novela no es ninguna tontería.
Digamos que la melancolía reavivó al novelista. Las Noches del Buen Retiro es otra novela-resumen, novela-delta de novelas como en su momento fue El laberinto de las sirenas. Ha dejado atrás los amores tardíos y fabula concentrando pasiones de madurez con delirios de juventud. No ha querido hacer humor con el sarcasmo, y por eso en esta novela uno se ríe con frecuencia, porque está en ese punto de sorna que con un manejo deslumbrante del idioma logra lo que en Silvestre Paradox, a intento, no lograba.
Sí, he dicho manejo deslumbrante del idioma. Hay páginas de esta novela, el episodio de la Patro, por ejemplo, que debieron fascinar a Camilo José Cela. Hay capítulos que ya son una página de La Colmena, por más que hable del pasado y se centre en las clases brillantes. Baroja llega, quizá, a su máximo grado de perfección expresiva, ese punto de maestría que hace perder un poco de fuerza, la fuerza bruta que se tiene cuando se está verde, algo que, mirando sus propias novelas de aquella época, seguro que también le produjo su nostalgia. Thierry está lejos. El dandi anarquista muere como don Quijote, rodeado de curas y barberos, de gente corriente, de los vecinos pobres que hicieron feliz a Baroja cuando las ariscas y viciosas marquesas del Retiro le tiraban gañafones, o lo despreciaban.  
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