Mostrando entradas con la etiqueta Novelas italianas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novelas italianas. Mostrar todas las entradas

19.8.26

Flaubert con palomitas


Volvamos al principio. En una entrevista para El País con Alessandro Piperno descubrí a un autor con aires dannunzianos (solo en el aspecto) que se declaraba lector de Javier Marías y reivindicaba la figura de Giorgio Bassani. Era profesor de literatura francesa, tenía una larga trayectoria como novelista y recomendaba, entre los autores italianos contemporáneos, a Sandro Veronesi. Piperno me cayó bien, y como de Marías ya lo he leído todo, me puse al día con Bassani y con Veronesi, de quien ya dije que fue todo un hallazgo, y ahora le tocaba el turno al propio Piperno y su novela Aire de familia, que es la que estaba promocionando en aquella entrevista.
Y lo primero que hay que decir es que Aire de familia no es una novela sino dos, tan independientes que no tienen nada que ver la una con la otra. Hasta mitad de volumen, el profesor de francés, entusiasta de Flaubert (el narrador, no el autor, aunque sean el mismo), escribe un arranque tipo La mancha humana, y no solo por las derivadas de la cultura de la cancelación sino porque la prosa y el tono recuerdan mucho a los de Phillip Roth. En este caso, el punto de partida es un puñado de frases sacadas del «maravilloso epistolario» (ya lo creo que sí) de Gustave Flaubert, que el profesor cita a sus alumnos y estos lo acusan de misógino y no sé cuántas cosas más, hasta el punto de que se ve apartado de su puesto como docente y poco menos que forzado a dejar la profesión. El tema es recurrente. En la vida real suceden casos todavía más sangrantes, como el de la profesora que prohibió la lectura de Romeo y Julieta en un colegio inglés por «apología de la heterosexualidad». Porque lo malo de los excesos woke es que se trata de actitudes tan delirantes que sus parodias acaban siendo tópicos de risa floja. En todo caso, si ese es el tema, hay que desarrollarlo, y no basta con personajes pasados de rosca como el viejo profesor que en su día fue el mentor del narrador y luego viene a sustituirlo, o la excompañera militante que maniobra para que lo echen, todos monigotes de brocha gorda, sin cara, sin matices, y sin gracia.
Y ahí viene el primer problema con esta novela. Si esta parte del socorrido tema cancelatorio no es más que un punto de partida para la verdadera trama, entonces es algo excesivo que una introducción sea más larga que su desarrollo, sobre todo si, como digo, no tiene nada que ver con él. Pero si hay que considerar esta primera mitad como novela aparte, entonces está sin hacer, sin desarrollar y desde luego sin rematar, porque todo queda en nada cuando empieza lo otro. Entretanto, el autor introduce otra historia muy manoseada de noble raigambre faulkneriana, la de los parientes o amigos de un muerto que pasan revista a sus vidas después del funeral, que a veces sale bien (Graham Swift, Last orders) y a veces queda disuelta en ese otro añadido del reencuentro y balance de triunfos y fracasos, como sucede aquí, donde también sirve para, al final del libro, tratar de enlazar, harto infructuosamente, las dos historias con otro reencuentro tan cauteloso como veladamente salaz.
Todo ello está escrito en una prosa, digamos, solvente, culta y veloz, pero no como un Ferrari exquisito sino como un camión cargado de palabras. Piperno sabe mantener la atención y la velocidad sin descuidar el lenguaje que se supone le corresponde a un profesor de literatura francesa como él, por más que la adoración de Flaubert no se avenga demasiado con ese tonelaje verborreico. Aunque eso daría lo mismo si hubiera seguido, más allá de la página 200, emulando a Roth, desarrollando una historia que servía para definir estos tiempos tan despóticos como ignorantes, esta selva de prejuicios en las que nadie esta libre de que llame a su puerta la policía moral para acusarle de cualquier nonada.
Pero la historia se agota, el profesor renuncia a la pelea y el escritor a la novela, y empieza entonces una historia más propia de telefilme norteamericano, tipo Tío no hay más que uno y por ahí, que de las sacrosantas cartas de Flaubert. Al narrador le viene del cielo un niño huérfano cargado de tópicos envueltos en papel de Navidad: los problemas en la escuela (bullying incluido, aunque el chico lo supera porque es más inteligente que todo eso), las estrictas costumbres judías que se trae de su anterior vida angloparlante, su súbita desaparición, con indagaciones y teléfonos («¡agente!»), y correteos y sagaces deducciones del narrador para encontrar él solo al niño e indicar a los miembros de la orquesta lacrimógena que templen sus instrumentos: los violines empiezan en la página 357, pero tampoco consiguen sus húmedos propósitos.
A todo esto, la prosa intelectual de Roth viene a ser sustituida por un remedo del Tom Wolf de La hoguera de las vanidades, con personajes tan excesivos como manidos (ese productor cinematográfico del que ni los hermanos Coen podrían sacar partido), y crece la sensación de que personajes, escenas y estilo son de recurso de novela vulgar, y lo que había empezado siendo un texto para seminario de literatura contemporánea se convierte sin disimulo en reciclaje para pulpa de aeropuerto. Y lo peor es que los lugares comunes que se suceden sin descanso son todos de cine popular norteamericano, y brilla por su ausencia lo que pudiéramos llamar la italianidad de la histora, o al menos un barniz de cultura no plastificada, de literatura sin grasas saturadas. Y de Flaubert ya ni hablemos. 
Queda la sensacion de cómo en nuestros días las fronteras entre la literatura culta y la de consumo fácil se van desdibujando. Una novelucha (bueno, dos) puede promocionarse como un delicatessen para lectores cultos. Una historia banal, sin nada memorable, llena de clichés archisabidos, puede hacerse pasar por un retrato implacable del mundo contemporáneo, quizá porque hay teléfonos móviles por todas partes, porque todos los personajes tienen mucho dinero (aunque no tengan trabajo) y todos los hoteles son suntuosos. Pero esto es lo que funciona, como si los lectores de John Grisham quisieran parecer aficionados a Umberto Eco, o como si la inteligencia ácida de Phillip Roth sirviera para enjaretar una comedieta de sábado por la tarde, de esas el nombre de cuyo guionista nunca importa a nadie. Las papeleras del aeropuerto de Bangkok están llenas de historias como estas.

 Alessandro Piperno, Aire de familia, trad. Carlos Gumpert, Libros del Asteroide, 2026, 415 p.

15.8.26

Azul cielo


Cuando apareció Deep blue, el superprograma informático para jugar al ajedrez —hoy ampliamente superado—, se habló mucho de algo en lo que muchos no habíamos caído, que el jugador lleva a cabo un proceso instintivo de decantación, es decir, a lo largo de una partida rechaza cientos, miles de alternativas sin considerarlas siquiera. El gran maestro, el profesional de élite, no es tanto el que menos descarta como el que más profundiza en las que no descarta. El resultado, como todo el mundo sabe, es que hoy las máquinas son invencibles, pero también que su portentoso desarrollo es inversamente proporcional al simple placer de jugar.
Con la memoria —y con la literatura— sucede algo parecido. Los recuerdos evolucionan según un sistema instintivo de decantación, casi siempre ingobernable. Si pienso en mi infancia de finales de los 60 y principios de los 70, la memoria me proporciona un caos de imágenes disparejas que con paciencia y una buena dosis de recreación, o sea de inventiva, yo debería ir encajando. Si pienso, por ejemplo, en el día que nos dieron fiesta en el colegio porque se había muerto Franco, recuerdo alguna escena suelta, el abrigo de cheviot que llevaba Rodríguez, que a los diez años ya tenía cara de abogado, y unas cuantas escenas más que servirían para reconstruir no un día concreto sino una época, una sensación. En cambio, si tiro de Google o de redes sociales, acabaré diciendo el modelo y la talla del abrigo y la fecha de nacimiento de los hijos de Rodríguez, a quien después de aquel curso no he vuelto a ver.
Algo de esto da que pensar la novela de Sandro Veronesi, Septiembre negro, excelente por muchas otras razones que luego comentaré, pero estrictamente contemporánea en el sentido de que los novelistas ya trabajan con deep blue. Si algún defecto he de ponerle a esta novela es precisamente ese, que el protagonista sabe demasiado de lo que recuerda, algo de lo que el propio narrador se cura en salud: «Bobby Fisher ha pasado a ser mi ídolo borrando a casi todos los que tenía de niño cuando me gustaban todos los deportes —y cuyos nombres fui olvidando poco a poco y he tenido que buscar en Google para mencionarlos en esta narración». Pero le pasa a Veronesi, mutatis mutandis, lo mismo que a Cervantes, que solo se hace algo aburrido cuando sabe demasiado de lo que cuenta, en este caso de las Olimpiadas de Munich 72, tristemente célebres por aquel secuestro mortal de parte del equipo israelí. Al margen de esas ristras de nombres y apellidos, de medallas y campeonatos, la novela, la pura invención —o la memoria decantada— es de muy gratificante lectura.
Veronesi era otra de las recomendaciones de Piperno y con esta no me ha defraudado en absoluto, de hecho ya estoy a la busca de otros títulos suyos como Caos calmo que se me pasaron en su día y ahora ya no son sencillos de encontrar. El género de Septiembre negro es el de la salida de la infancia, ese territorio delicado en el que los juguetes quedan despojados del aliento que les daba vida y son sustituidos por la autoconciencia púber, en este caso por una fulgurante aparición del eterno femenino, por el primer amor. Gigio es un chaval de doce años cuyo cuerpo es atacado por la hormona del descubrimiento. Vive en la quintaesencia del catolicismo, con una madre irlandesa, fiel hasta el extremo, y un padre italiano que, como creo que decía Ángel González, practica la fidelidad pero tampoco es un fundamentalista. Completa la familia Gilda, una niña que brotará como una flor de la sabiduría, y los visita el clásico personaje del que un niño —y un lector— se encariña nada más verlo aparecer por la puerta, el tío Giotti, un estupendo relato en sí mismo que no voy a tener el mal gusto de desvelar.
Pero está la rama del amor, la bella Astel, hija de rico empresario italiano y suntuosa madre etíope, a la que conoce en la playa, en esos veranos de mar y juego, luminosos de mañanas fragantes, que solo son soportables cuando uno tiene esa edad. La buena idea de Veronesi es que lo malo, el drama, la negritud del verano, lo que podría haber llenado una novela entera de Camilleri, con relaciones turbias y venganzas familiares, aquí se deja para las páginas del desenlace, de manera que la novela entera es un largo prolegómeno, la recreación de un mundo que se vale por sí mismo, por mucho que la trama negra sirva para acelerar el desenlace y darle intensidad. Y eso que no dejo de encontrarle, aparte de los wikiexcesos, algún que otro defectillo. La escena cumbre, por ejemplo, la conversación que Gigio escucha detrás de una pared, está contada con un tipo de estilo indirecto que se hace machacón y mareante, y además resulta un tanto previsible: el lector sabe de qué va la vaina un par de páginas antes de lo que da la impresión de que el autor tenía previsto; y el final, ese recoger las cosas cuando se acaba el verano y la novela, es un tanto prolijo, incluso el epílogo botánico, hermoso y significativo, pero un poquito largo.
Y sin embargo todo lo demás, que es casi todo, es un placer continuado, empezando por una prosa clara como las mañanas en las que Gigio divisa las islas normalmente ocultas por la bruma, sin esa manía de preferir las vidrieras a las ventanas que, al menos aquí en España, sustituye las buenas historias, o las bien contadas, por efectismos palabreros que se evaporan antes incluso de hervir. Esta novela no: aquí los capítulos, todos estupendamente rematados, consiguen consistencia poética, autonomía estética sin necesidad de pirotecnias expresivas, por más que el autor no suelte la rienda del qué pasará. Septiembre negro queda en la memoria como esas películas con las que al día siguiente uno se despierta y le queda la sensación de no haber terminado de verlas, como si estuvieran aflorando todavía islotes de significado, gestos y palabras que pasaron desapercibidos pero se grabaron más allá de los inventarios exhaustivos, por el simple proceso de decantación que provoca la buena literatura sin necesidad de rellenarla con enciclopedias.

 Sandro Veronesi, Septiembre negro, trad. Juan Manuel Salmerón, Anagrama, 2026, 266 p.


13.8.26

Veramente insulso


En una entrevista interesante de hace unos días, Alessandro Piperno, que presenta novela en España, hablaba de los escritores italianos que él cree que van a quedar. Nombraba a Sandro Veronesi, del que tengo pendiente Septiembre negro, pero me llamaron la atención sus palabras sobre Giorgio Bassani, quien, «muy atacado en los años 60, es un autor que se ha mantenido bien. El jardín de los Finzi-Contini aún conserva su clasicismo». La novela de Bassani es una de esas que no lees cuando compras y luego se les va pasando la vez, de modo que fui a buscarla para rellenar ese —otro— hueco intolerable de obras maestras que corres el riesgo de no haber disfrutado.
Y lo cierto es que, leída la novela, me sorprenden las palabras de Piperno, sobre todo porque él es profesor de literatura francesa y apasionado lector y estudioso de Marcel Proust. Me sorprenden porque, bien, sí, desde el principio de la novela de Bassani uno se instala en ese amor por el detalle, en las descripciones impresionistas de paraísos abandonados, en viejos amores que para ser bellos debían ser dolorosos, etc., etc. Como decía Ungaretti (y cita Bassani), «sufrimiento, no me dejes todavía». Luego he leído que el propio Bassani se defendía de esos ataques esgrimiendo al propio Proust como modelo de su empeño narrativo, algo que tampoco dice mucho en favor de su defensa, porque los ataques estoy seguro de dónde venían: desde las primeras páginas hay otra novela que resuena inconfundiblemente, Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, hasta el punto de que uno se plantea cómo es posible que un libro haya sobrevivido al tiempo con tan descarada dependencia de otro que, además, es bastante mejor. Para compararse con Proust le avalan las minuciosas reconstrucciones del pasado y alguna que otra reflexión, por ejemplo esta:

…para mí, como para ella, más que el presente, lo que contaba era el pasado; más que la posesión, su recuerdo. Frente al recuerdo, toda posesión solo puede ser decepcionante, banal, insuficiente… ¡Cómo me entendia! Mi ansiedad por que el presente se convirtiera «inmediatamente» para poder amarlo y soñarlo a mi manera era igual que la suya, idéntica a la suya. Se trataba de «nuestro» vicio: ir siempre hacia delante con la cabeza vuelta hacia atrás. ¿No era así?


En su caso hay un componente dramático, disperso en la novela con una proporcionalidad un tanto rígida, que tiene que ver con el futuro de los personajes: los Finzi-Contini son una familia de aristócratas judíos en los tiempos en los que el fascismo no deja de sacar nuevas leyes raciales que los van arrinconando. El narrador, proustianamente anónimo, es un joven burgués, también judío, que entra en contacto con los Finzi en la universidad a través de Alberto, el hijo enfermizo, por quien conoce a Micòl, la hermana un poco perro del hortelano que va tirándole cañamones al narrador pero lo rechaza cuando él, en una escena un poco ridícula, trata de, como se diría entonces, hacerla suya. Y sí, Alberto y Micòl suenan demasiado a Sebastian y Julia Flyte, que no eran judíos sino católicos pero también veían cubrirse su mundo de yedra polvorienta mientras iban sonando a lo lejos tambores de guerra. Y el narrador es como ese Charles que, de maniobras con el ejército durante la II Guerra Mundial, encuentra la mansión de Brideshead y en ella su juventud dorada, del mismo modo que aquí el narrador encuentra entre unas tumbas etruscas el recuerdo del jardín cuya tapia quiso escalar. En la novela de Bassani, en vez de pintar frescos juegan al tenis (un poco repetitivamente), y en la cancha se cuela otro joven más bien gordo, Malnate, que sin embargo está a la altura de Micól y de quien el narrador sospecha que está liado con su amada. 
Gilberte o Julia, Saint-Loup o Sebastian, el narrador o Charles, hay sin embargo dos diferencias que alejan la novela de Bassani de las de Proust y Waugh. La de Bassani es muy meticulosa, muy estática, pictórica, con ese método de narrar no acontecimientos sino situaciones en las que se van intercalando noticias, la mayoría históricas, que hacen avanzar la acción; pero le falta esa hondura fluvial de Proust, esas largas reflexiones estéticas a partir de detalles siempre significativos, casi nunca meros efectos de atrezo, como aquí es el caso. Para ser proustiana le falta, digamos, sustancia. Si la comparamos con Brideshead revisited, en cambio, nos queda el punto de vista, el ambiente de aislamiento histórico, su contacto con una clase superior (en un pasaje se cita El rojo y el negro, por algo será) y unos personajes muy similares, pero en la novela de Waugh hay mucha más chicha, mucho contenido argumental. Los personajes no se quedan en el muchacho enfermo y medio mudo y en la joven insatisfecha y caprichosa: Sebastian y Julia evolucionan, se desarrollan, el uno hacia el fondo del mar y la otra hacia los yates de recreo; el propio Charles mezcla la melancolía con la aceptación, la comprensión con la distancia… Y, sobre todo, no dejan de pasar cosas. En la novela de Bassani todo es un cuadro de niños bien jugando al tenis cuya máxima preocupación es ensanchar un poco la cancha sin salirse del jardín cerrado, del sitio en el que ellos mismos se encierran para estar por encima de sus vecinos de Ferrara y en el que la historia los va encerrando por su condición de judíos. El final, además, después de tanta parsimonia, tiene dos defectos graves: es medroso y precipitado, lo primero porque termina con suposiciones, sin atreverse a contar, a cerrar con acontecimientos claros, con hechos, y lo segundo porque la aparición del supuesto rival de amores no estaba lo bastante preparada, y el tenebroso final que les aguarda a todos los personajes no es algo que durante la novela nos haga sentir lo que se nota que el narrador quiere que sintamos. 
Supongo que las críticas de entonces irían por ahí, aunque también sé que las otras novelas del ciclo de Ferrara, sobre todo Las gafas de oro, tienen fama de obras de arte. Habrá que leerlas.

Giorgio Bassani, El jardín de los Finzi-Contini, trad. Juan Antonio Méndez , Acantilado, 2017, 295 p.

24.8.24

Fantasía natural



Compré Gotas de Sicilia por error, es decir, porque el texto de la solapa me llevó a una conclusión equivocada, pero he de decir que si el texto hubiera sido más fiel al contenido, nos habría proporcionado el mismo placer; o más, porque yo iba buscando libros sobre Sicilia, sobre su historia y sus gentes, al estilo del hermoso Sicilia paseada, de Vincenzo Consolo, y me imaginé que con semejantes credenciales el bueno de Camilleri habría dado una visión distanciada y, si no turística, sí para uso de viajeros cultos. Eso es lo que se desprende de líneas como estas:


En las páginas de Gotas de Sicilia desfilan las imágenes de la tierra natal de Camilleri, síntesis de un amor antiguo y sanguíneo y en las que brilla todo el ingenio y el carácter de la isla.

Son retratos y recuerdos que se transfieren de la memoria al papel de una forma única e irrepetible…


La palabra relato sólo aparece en el último párrafo del texto de contraportada, y de una forma lo bastante ambigua como para que el lector no sepa que se trata de siete cuentos siete, todos protagonizados por personajes sicilianos, y algunos, es verdad, tramados a partir de hechos reales, pero otros pura y divertida fantasía.

Así pues, ‘El tío Cola, «pirsona limpia»’, es un monólogo contado por el gánster Nicola Gentile, siciliano que hizo carrera en Estados Unidos y luego volvió a Italia y prosiguió con sus negocios. Sin embargo, nos dice Camilleri, entonces (años 50) la mafia  (la Cosa Nostra, en este caso) extorsionaba y cometía sus desmanes y atropellos, «una idea perversa y criminal, sin duda, pero alejadísima de la idea de masacre». El tío Cola sabe las teclas que tiene que tocar y a quién hay que engañar para conseguir una parcela de poder oscuro, pero no es ese asesino a destajo que nos hemos acostumbrado a imaginar. El monólogo, además, utiliza un idiolecto trufado de dialectalismos italianizantes que a mi juicio el traductor ha vertido en un lenguaje convincente, y eso que no sé cómo es el original pero sí he leído las explicaciones del propio traductor. Un ejemplo: 


Estrapo un lado del paquete: dentro había denaro, en billetes de cien. Me prendió una arrechera que ni te cuento, suelto una manata al paquete que lo tiero al suelo. El tipo se pone amarillo como un morto, le manca el rispiro y me sale diciendo…


Se sigue sin dificultad y consigue plasmar el tipo que representa el viejo mafioso, uno de estos, digamos, desalmados de buen corazón que parecen salidos de una academia telúrica para amantes de la buena vida y alérgicos al trabajo.

Pero Sicilia no es solo la esencia Corleone. En ‘¿Quién ha entrado en el estudio?’, el protagonista es Arfredu, tío del narrador, médico y filántropo, nigromante casi, creador de santos, incluso de uno para casar solteras, una especie de San Antonio de andar por Porto Empedocle, por no hablar de sus inventos pioneros, desde una central eléctrica a un váter elevado sobre el mar; de su afición, también prematura, a la apiterapia, o de su facilidad para convertirse en delfín, en un rasgo que recuerda a la sirena de Lampedusa, al menos en la manera de imaginar. Lo mejor del relato, no obstante, no son las sesiones espiritistas o los estrepitosos juegos para niños, sino la razón por la que el narrador se convirtió en su sobrino preferido: porque se coló en su biblioteca y descubrió que amaba la literatura.

Entre los cuentos más, digamos, antropológicos, me ha divertido mucho ‘El vino gusta a San Caló’, ambientado en la fiesta de San Calógero , a la que no sé por qué no ha ido Cristina García Rodero a sacar fotos de surrealismo popular (seguramente sí lo ha hecho). Es una fiesta que recuerda de algún modo al salto de la verja de Almonte, pero sin ese componente violento y desesperado de los rocieros, igual de tumultuoso pero más alegre, con un desparrame menos trágico; eso sí, tan vinoso y pagano que la propia Iglesia trató de meterlo en vereda, y de ahí parte el argumento de la historia. Claro que, tanto en Italia como en España, poco tiene la Iglesia que hacer en los divertimentos con que ha consolado a sus pobres feligreses desde el principio de sus tiempos.

También tiene que ver con el culto popular ‘Los primeros comicios’, sobre la graciosa competencia entre monárquicos y campesinos lampedusianos, comunistas y socialistas garibaldinos y democristianos de imposibles equidistancias, a propósito de las primeras elecciones regionales silicilanas en 1947. La cuestión, que no voy a desvelar porque tiene mucha gracia, es que cada facción quiere que el Cristo de la Pasión lleve una bandera distinta, en consonancia con sus respectivas adscripciones ideológicas, y que el padre Aurelio, responsable de la procesión, tiene que decidir con qué bandera viste al santo, o lo desnuda. Camilleri aclara, al final, que lo sucedido, por disparatado que parezca, sucedió de verdad en su pueblo, Porto Empedocle, el sitio donde, ya que estamos, se localiza la célebre Vigata, que es donde está la comisaría de nuestro querido Montalbano…

Porque el exceso es pariente de la fantasía, y el apasionamiento se lleva bien con lo increíble, de modo que a Camilleri no le cuesta nada (es más, también parece verídico) jugar con la falsa erudición, a lo Borges pero más festivo, en ‘Hipótesis sobre la desaparición de Antonio Patò’, donde se cuenta cómo el pueblo no acepta la verosimilitud de una escapada común y corriente (dos amantes aprovechan una función teatral para huir) y sí las descacharrantes hipótesis de ilustres científicos y expertos en supercherías. Casi igual de fantástico es el titulado ‘Andanzas de un lunario’, con la particularidad de que aquí todo es verdad, cómo se difundió una publicación dirigida a la cultura popular en los años 20 del siglo pasado, con investigaciones y propuestas más propias de los creadores de sirenas que de los etnógrafos del momento. Pero, eso sí, muy sicilianas.

En este ambiente tan divertido y delirante, casi está de más, incluso por su muy breve extensión, el cuento ‘El sombrero y la boina’, fábula de ideología simple que casi sabe a poco en un conjunto tan barroco y desmelenado. Si lo que sugería la nota de contraportada es que Camilleri presenta la peculiar forma de ser siciliana, fantasiosa y excesiva, en eso, al menos, sí que da en el clavo. Pero con decir que es un libro estupendamente bien escrito que juega con la, en Sicilia, difusa frontera entre realidad y fantasía, ya habríamos tenido suficiente, y también lo habríamos leído.


Andrea Camilleri, Gotas de Sicilia, trad. David Paradela López, Gallo Nero, 2021, 102 p.

16.8.24

Preludio sicilïano




Me ha hecho gracia encontrarme, mientras leía El Gatopardo, con una máxima que habré repetido decenas de veces en mis años de profesor: «Hay gente que dice: ‘¿me entiendes?’, y hay gente que dice: ‘¿me explico?». Dicho por el príncipe don Fabrizio, «de un interlocutor puede lograrse más si le dice: ‘no he explicado bien’, en lugar de ‘no ha entendido usted un cuerno’», lo que incide en otra de las enseñanzas que siempre me he esforzado en transmitir: la buena educación sirve para respetar al otro, sí, pero también para mantener con él la debida distancia. La persona bien educada nunca se toma confianzas, del mismo modo que, como también dice aquí Lampedusa, la impasibilidad es el fundamento de la distinción. El respeto, la distancia…
    Ese es el mundo en el que se ha criado don Fabrizio, El Gatopardo, ocasionalmente intransigente, pero por lo general sensible y comprensivo, dentro, claro, del mullido mundo que le ha tocado. Pero igual que se apiada de la muerte de un conejo en un día de caza (en una escena que recuerda mucho a otra que Lampedusa nos cuenta en sus memorias, la del petirrojo que mató de niño con una escopeta y cuya cabeza vio cómo su lacayo estrujaba con los dedos, «primer y último día que salí a cazar»), o no ve con malos ojos que su sobrino Tancredi, cuya condición de hombre de acción prefiere a la languidez aristocrática de su propio hijo, se aparee con la hija de un palurdo (de un palurdo podrido de dinero, eso sí), a don Fabrizio le molesta que no se respeten las más rancias normas del protocolo doméstico, que se varíen los estrictos horarios del placer o que se cambien de sitio los trastos viejos. Tendrá que ser la propia iglesia, tan rancia ella, la que destaje las reliquias verdaderas de las que no fueron más que afán coleccionista de sus antepasados, pero eso ya sucederá cuando el príncipe haya muerto y sus hijas sean viejas solteronas.

De modo que don Fabrizio vive entre dos mundos. «Pertenezco», dice, «a una generación desgraciada, a caballo entre los viejos y los nuevos tiempos, y que se encuentra a disgusto con unos y con otros». Es decir, comprende el estallido popular garibaldino, por más que deteste el ascenso de la burguesía o la riqueza que no sea de cuna; incluso sueña con que todo, al transformarse, siga como está, pero siempre quedará un residuo de modernidad plebeya que le hará vivir con más nostalgia del pasado que esperanza en el porvenir. El Gatopardo, además, es un viejo prematuro, porque ni a mediados del XIX, en la época garibaldina, se era un abuelo decadente a los cuarenta y ocho años. Arrastra la vejez de su nobleza, y eso que aún le quedan más años por delante que al propio Lampedusa. Tolera lo que detesta, por más que a veces le hierva la sangre, pero confía en Tancredi, su sobrino, y en que el cacique arribista, Sedàra, que no sabe llevar un frac, por lo menos no desentone en los bailes del gran mundo palermitano. Ya se encargará su hija, Angélica, hermosa y calculadora, de que nadie eche en falta una marquesa de verdad.

Y ahí está, creo, la clave pero también el inconveniente que le veo a la novela entera. El Gatopardo es un clásico por muchos conceptos: por su estructura fragmentaria, como a base de momentos que absorben los procesos; por su prosa elaborada pero no sofocante, exquisita pero no barroca, con esa naturalidad culta, tan propia de la buena educación. Ilustra, en general, la ruina de un mundo que se pierde en su endogamia descolorida, en sus palacios suntuosos y vacíos, al tiempo que constata, con el debido cinismo, que las jerarquías cambian de nombre pero no de sustancia. Sin embargo, aquello que al principio se criticó de la novela, que era una novela vieja para ser escrita a finales de los 50, es su primer rasgo de modernidad al tiempo que, a mi juicio, su principal defecto. Es como una antología de un novelón, con un puñado de capítulos selectos, escritos con la densidad poética de una obra breve, pero con el aliento narrativo de una novela larga. Su principio marca un compás que, de seguirlo, nos habría llevado a las mil páginas, y sin embargo los episodios se acaban con bruscos saltos de tiempo que ya solo dan fe de la vejez y de la muerte. Hay, digamos, un espléndido arranque y un elegíaco final, pero el desarrollo se quedó en dos o tres capítulos que solo anuncian la historia en la que al lector le hubiera gustado vivir una larga temporada. Esa desproporción es uno de los fundamentos de la posmodernidad, tanto por lo que tiene de adoptar un género anterior como de deconstruirlo en una narración fragmenaria. Luego hemos visto muchos y buenos ejemplos de cómo se puede escribir en plena modernidad un novelón de corte decimonónico, y quizá El Gatopardo sea en ese aspecto pionera. Pero nos quedamos con los resultados, con el remanso de la desembocatura, no con el ancho discurrir del tiempo. ¿Qué es de Angélica, cómo es su matrimonio con Tancredi? ¿Cómo vive Concetta su despecho, su profunda decepción? Y, sobre todo, ¿cómo se adapta el príncipe a los nuevos tiempos?, ¿cómo se hace viejo?

Todas esas preguntas las esperaríamos ver contestadas en una novela antigua y solo sugeridas en una moderna, concebida en una época en la que la imaginación ya pasa por el celuloide, y más en este caso en el que Visconti, más que adaptar la novela, la devoró. Pero al margen de Burt Lancaster, que ha colonizado el recuerdo y la imaginación, está el verdadero protagonista de la novela, Sicilia, sus mujeres bravas y voluptuosas como Angélica, o céreas y angulosas como Concetta; los bárbaros de lupara como la familia del jesuita Pirrone (en un capítulo que abunda en esa desproporción de la que hablábamos porque es una genuina digressio) o el protomafioso Sinàra, rústicos violentos, hacendosos con avaricia, capaz de encerrar en casa a su guapa mujer porque la considera, ¡él!, demasiado bruta. El menos genuino quizá sea Trapani, un personaje soreliano (a Lampedusa le encantaba Stendhal) que se sale del incesante no hacer del siciliano. Don Fabrizio no deja de repetirlo: «En Sicilia no importa hacer mal o bien: el pecado que nosotros los sicilianos no perdonamos nunca es simplemente el de ‘hacer’». O bien: «Los sicilianos no querrán nunca mejorar por la sencilla razón de que creen que son perfectos. Su vanidad es más fuerte que su miseria». Hermosa y brutal, Sicilia es dura como la piedra y centellea con el sol salvaje, pero también es el reino de los placeres naturales y escondidos, de los aullidos de Polifemo y los gemidos de Galatea, del azul profundo de Odiseo y las margaritas que crecen en las junturas de sillares milenarios. Merece la pena copiar entera una mezcla de oda y elegía que dedica El Gatopardo a su amada Sicilia, mientras discute con el legado Chevalley, que quiere convencerlo para que sea senador. Me lo llevaré copiado en un papel antes de pisar la isla, para saber a qué atenerme.


—Somos demasiados para que no haya excepciones. Por lo demás, ya le he hablado de nuestros semidormidos. En cuanto a ese joven Crispi, yo no por cierto, sino usted, acaso vea si cuando llega a viejo no se sume en nuestro voluptuoso sopor: lo hacen todos. Veo, además, que me he explicado mal; dije los sicilianos y hubiese debido añadir Sicilia, el ambiente, el clima, el paisaje siciliano. Éstas son las fuerzas , y acaso más que las dominaciones extranjeras y los incongruentes estupros, que formaron nuestro ánimo: este paisaje que ignora el camino de en medio entre la blandura lasciva y la maldita fogosidad; que no es nunca mezquino como debería ser una tierra hecha para morada de seres racionales, esta tierra que a pocas millas de distancia tiene el infierno en torno a Randazzo y la belleza de la bahía de Taormina; este clima que nos inflige seis meses de fiebre de cuarenta grados. Cuente, Chevalley: mayo, junio, julio, agosto, septiembre y octubre; seis veces treinta días de un sol de justicia sobre nuestras cabezas; este verano nuestro largo y tétrico como el invierno ruso y contra el cual se lucha con menor éxito; usted no lo sabe todavía, pero puede decirse que aquí nieva fuego como sobre las ciudades malditas de la Biblia; en cada uno de esos seis meses si un siciliano trabajase en serio malgastaría la energía suficiente para tres; y luego el agua, que no existe o que hay que llevar tan lejos que cada gota suya se paga con una gota de sudor; y por si fuera poco las lluvias, siempre tempestuosas, que hacen enloquecer los torrentes secos, que ahogan animales y hombres justamente allí donde dos semanas antes unos y otros se morían de sed. Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quién sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado sólo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio: todas estas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de por una terrible insularidad de ánimo.


Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo, ed. Raffaele Pinto, Cátedra, 1991, 285 p. 

9.8.24

Placeres permanentes




En este ferragosto de vientos elementales, ardientes, voraces, 
uno se retira a la Sicilia más fogosa, la de soles de acero y colinas calcinadas. Y era el momento de leer los Relatos de Lampedusa, en edición comentada por un descendiente de prosa farragosa que no tiene nada que ver con la exquisita transparencia del autor. El libro, en las ediciones corrientes, tiene un largo primer fragmento de las memorias de infancia de Lampedusa y dos relatos, La Sirena y Los gatitos ciegos, aunque aquí se ha añadido otro mucho más breve, La alegría y la ley, que al editor no le gusta y que es de un neorrealismo gogoliano muy curioso tratándose del príncipe que lo escribió, y un buen ejemplo de cómo un cuento se edifica sobre lo previsible para cambiar en el último momento. En este caso, es la historia de un humilde chupatintas, despreciado por sus compañeros, a quien regalan un enorme panettone para fin de año. Lo previsible es que el postre de siete kilos, cuando lo abra delante de su sufrida mujer y sus hambrientos hijos, sea algo así como un pastel de callejón. Pero no: la cosa es aún peor, porque la mujer se empeña en que el marido regale el panettone a un abogado que en cierta ocasión les echó una mano. El final, de un cinismo gatopardiano, lo dejo para quien lo quiera leer.
Los otros dos relatos han corrido mejor suerte crítica, y eso que La Sirena se construye, muy refinadamente, sobre un error de bulto. Es la historia de un viejo helenista, condecorado por las mejores universidades, experto en los más difíciles asuntos, recluido en su propia sabiduría por no contagiarse de la ignorancia general, empezando por la de sus propios colegas universitarios, que puede que sepan griego antiguo, pero, ay, no lo sienten. El caso es que este filólogo sabio cuenta al narrador, un joven periodista que no sabe griego, una historia, la mar de suntuosa, y perfumada de un erotismo que el editor se empeña en que sepamos que es bestial, que le ocurrió al profesor cuando era joven con una sirena de las de toda la vida. Bueno, no toda, porque las sirenas como esta, con cola de merluza, son un invento de la imaginería medieval, y las que aparecen en la Odisea, que Homero no describe, son, según las pinturas sobre ánforas que nos han llegado, criaturas con alas de pájaras piparras. Es, en fin, un error impropio de un profesor de griego, menos relevante, en todo caso, que esa desproporción tan lampedusiana entre la larga y atractiva introducción (el mal carácter del profesor, sus costumbres asociales, su casa, sus libros, su lento abrirse al narrador) y la breve aparición de la sirena, que muestra su carnosidad marina con un expresionismo que me recordaba el de Josef Winkler, y se vuelve a sus reinos subacuáticos, con la madre Cirene y las laboriosas ninfas, supongo.

El otro relato, Los gatitos ciegos, se nota que era el comienzo de una novela sobre la mafia siciliana, la de terratenientes bárbaros y expeditivos que luego hemos leído en algunas novelas de Sciascia, y que debió de quedar interrumpida por la súbita enfermedad que llevó a la tumba a Lampedusa, nada más que dos años después de haber decidido, a los cincuenta y ocho, que se iba a dedicar a la literatura. Solo pudo completar su celebérrima novela, y esta otra se quedó en denso pórtico a una historia de la que nos privó la enfermedad, un cáncer de pulmón de esos que no respetan ni a los príncipes y que se lo llevó en tres meses.

El resto, el largo fragmento de sus memorias, es una fascinante descripción de las casas en las que Lampedusa vivió de niño, y siguió viviendo hasta que las bombas de la Segunda Guerra Mundial redujeron a escombros su palacio palermitano. Quedó en pie la casa de Montechiara, donde il signore di Milano rodó su espléndida lectura de El Gatopardo. Las descripciones de casas están entre mis temas literarios favoritos, sobre todo si son tan grandes y complicadas, tan llenas de alcobas y de pasadizos, tan profusamente decoradas de frescos y volutas, papeles sobredorados y fondos de colores regios, del verde Nilo a la púrpura cardenalicia; casas con caballerizas e iglesias privadas, llenas de santos barrocos, e incluso un teatro como Dios manda donde actúan cómicos de la legua y por una de cuyas puertas laterales entra de balde el pueblo entero y saluda a la familia, que sonríe condescendiente desde su palco principal. A los lectores de El Gatopardo (o a quien haya disfrutado con la prosa de D’Annunzio) estas cosas nos hacen gracia, por más que sean tan incorrectas y tan ancient régime, o quizá por algo que dice el autor (p. 48) y que se ha convertido en cita inexcusable, no tanto como la de que todo ha de cambiar, pero casi. «No sé», dice Lampedusa, «si con esto he logrado sugerir que yo era un niño que amaba la soledad, que prefería la compañía de las cosas más que de las personas», lo que explica que su vida en la casa de Santa Margherita, a donde la familia iba en un viaje interminable de aldeas inmundas y trochas polvorientas, fuera «ideal» para ese niño. Lo comprendo. De mis largas lecturas barojianas conservo un especial recuerdo de su afición a las descripciones de casas, no tan palaciegas ni ostentosas, más sobrias y destartaladas, pero con esos recovecos que siguen siendo el gran placer del niño poco sociable. Las casas y los jardines, porque el suntuoso jardín de Santa Margherita, con sus tritones y sus estatuas musgosas y desnarigadas (todo lo que después aparecerá en El Gatopardo) también me recordaba a la que quizá sea la más larga y detallada descripción de un jardín que yo he leído, la de Baroja en El laberinto de las sirenas, obra que no creo que leyera Lampedusa, aunque las dos comparten ese amor por la simbología de los arriates, las veredas laberínticas o ese desparrame romántico en el que, como dice aquí Lampedusa, es más sugerente el olor de las múltiples fragancias voluptuosas que la visión de los arbustos asalvajados.

Huelga decir que la lectura de estos Relatos me ha llevado con andares de sonámbulo hasta mi vieja edición de El Gatopardo, que volveremos a leer, cómo no. En la penumbra moderadamente fresca de unas tardes tan espantosas hay que refugiarse en esta clase de placeres.


Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Relatos, ed. Nocoletta Polo y Gioacchino Lanza Tomasi, Anagrama, 2020, 171 p.

20.9.15

Aperitivo siciliano


Desde que acabó el curso pasado, en junio, no he sentido la menor inclinación a dejar aquí alguna reseña de lo que leía. Los libros pasaban por mí como el verano, como una vida sin importancia, como esa extrema libertad (es decir, esa indulgencia plenaria) que se tiene cuando aún queda tiempo para tomarse a uno mismo en serio. Siempre me ha gustado como tema literario, por cierto, ese tiempo de agonía, el limbo del estudiante que ya ha decidido que no tiene tiempo material para preparar un examen y sin embargo, ay, aún queda mucho tiempo espiritual para rendirlo. Por mis ojos perezosos pasaron Patricia Highsmith, Virginia Woolf, Mario Puzo, Steven Runciman, el irrelevante Murakami (no sé qué le ven a ese tipo, la verdad) e incluso, a principios de verano, cuando creía que iba a hacer algo, otro libro de Baroja, del que ahora tendré que hablar de memoria o volvérmelo a leer. Pero entonces no tenía sensación de desperdicio. El verano en sí mismo es un blando desperdicio. Solo después de casi una semana de clases ha vuelto la necesidad de tomar notas. La memoria disipada del verano me parece, ahora que tengo mucho menos tiempo libre, casi una falta de respeto. Solo cuando ha vuelto a instalárseme en la oreja una mosca de correcciones y preparaciones reivindico no solo seguir tumbado leyendo un libro sino además dejar constancia escrita para cuando quiera recordar lo que leí.
            Es el sino de los profesores. Más que leer, repostamos. Y tiene que venir otro profesor, en este caso un compañero, a recomendarme un libro para que la máquina lectora y escritora pueda engranarse otra vez. Un libro, para que todo cuadre, escrito por otro profesor, Gesualdo Bufalino, uno de esos autores imprescindibles que uno no había leído nunca, mira. Claro que el hecho de que me lo recomendase Manuel, lector de Bayal y de González Egido (y de Foster–Wallace) facilitó el reingreso en cierto tipo de literatura. A las pocas páginas de Argos el ciego ya me había venido el aroma de hogaza de algunos grandes libros españoles de los 80, La fuente de la edad, Camino de sirga, Juegos de la edad tardía. Son libros que saben a pan, a miga compacta y delicada, un poco tomada del olor a cerrado de las artesas, que dura varias semanas y conforme se va endureciendo adquiere un sabor cada vez más exquisito. ¡Oh las barras de pan de mi primo Benedicto, cómo iba yo recogiendo como un pájaro las migas que quedaban en el hule, mientras los mayores, a los postres, alargaban la conversación! Ese pan sabía a tiempo. Era el pan denso que había comido Cervantes, y la típica prosa del profesor de literatura.
            Argos el ciego, la novela que me acabo de leer de Bufalino, para abrir boca, será todo lo barroca y un tanto surreal que dicen por ahí, pero a mí me parece de un realismo metaficticio conseguidísimo. Me explico. El narrador y protagonista es un profesor en un pueblo de Sicilia que se enamora de las mujeres por solipsismo resignado, y  que por las tardes hace y no hace lo mismo que por la mañana. Es lo mismo porque en sus dedos laten los clásicos que acaba de recitar, y no es lo mismo porque, más que imitarlos, combate la oralidad con que los explicaba. El profesor escribe literatura literaria, y todo ello junto es de una extraordinaria verosimilitud. Se huele la melancolía, el amor a un verso de Virgilio, ese hablar con citas medio escondidas. Émbrotes, me decía un compañero de estudios cuando se me colaba la bola plateada del pin-ball, que es lo que le dijo Aquiles a Héctor en las playas de Troya. Bufalino escribe así, con bromas cultas, con endecasílabos dantescos y adjetivos antepuestos, como si pasase cada frase por un tribunal grecolatino. Traduce la Anábasis con su amada Maria Venera, simpática y pendona, y el mínimo suceder se cuece con la levadura de la poesía clásica. El resultado no es que leamos por hambre de saber sino por vicio de degustar, y que nos riamos de gozo cada vez que Bufalino cuela un cita de Homero. Por lo demás, él mismo, a poco del final, nos resume su aventura:

            Maria Venera amaba a Trubia hasta el escándalo. ¿Y por qué no? Habían hecho juntos incluso un niño; o lo que habría sido un niño. Se había escapado con Gafo, de acuerdo, pero por un feroz puntillo, una necesidad de escarnio en la que desahogar la negrura del corazón. ¿ Y yo? Yo había llegado a tiempo de cerrar el cuadrilátero, en tanto que tropa auxiliar, sometida caballería.
           
Estos profesores viven encadenados a la literatura, se refugian en ella, se consuelan con ella y sobreviven en su soledad gracias a ella, y esto, en el libro de Bufalino, respira verdad. Otra cosa es (me vuelve a venir Landero) que el protagonista, amén de testigo, del que mira desde atrás, sea un poco tontaina, por más que el barroco delicato que utiliza se preste un tanto a ello. Admiramos las palabras, “indecisas entre la poesía excelsa y la prosita recreativa”, como las lecturas de Isolina, pero nos gustaría que el narrador tuviese un poco más de sangre en las venas. La morosidad exquisita redunda en bobería, de modo que nos terminamos la novela, como aquel que dice, a fuerza de pan.
            Pero hay algo muy mediterráneo en todo esto. El protagonista nos remite al hombre aquel de Fellini que se subía al árbol y aullaba como un lobo, voglio una donna... Aquí los tipos zanganean en torno a Maria Venera, sobre todo, o Cecilia o cualquiera de las damas de compañía del señor Nitto, y el recuerdo del amor es un husmear perruno entre la hierba seca del verano, allá en Sicilia. El marco es lo de menos. El marco da para esparcir en páginas líricas y metaficticias lo que recuerda un viejo al que le han entrado ganas de quitarse de en medio. Pero es marco, no asunto, no tema. Es una coartada para la melancolía, una justificación del tono, “un extravagante sabor a inexistencia”.
            Seguiremos con la Perorata del apestado, que Anagrama incluye en el mismo volumen de su serie, qué ingeniosos, Otra vuelta de tuerca. Pero no ahora. La novelas como Argos el ciego son novelas bloque, disfruto en ellas pero no almaceno ninguna escena especial, tan solo algún personaje; producen un placer constante y elevado, pero en ellas la historia está anegada de estilo. La historia es entre esquemática y escasa, lógico si se tiene en cuenta el nivel de detalle, y el hecho de que todo pueda salvarlo la prosa (y la espléndida traducción de Joaquín Jordá) nos deja más reafirmados en la idea de la libertad de la novela que en lo que se nos acaba de contar, más contentos de leer que de haber leído.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.