2.4.26

Las armas ocultas


La trilogía narrativa La guerra carlista (1906-1909) y la dramática Comedias bárbaras (1906-1908, aunque la última, Cara de plata, es de 1922) comparten estética y personajes, si bien la serie de novelas permitía recursos que la otra debía integrar en la maquinaria escénica y también en un sentido, digamos, operístico de la trama. Pero en general Valle-Inclán siempre practicó la misma estética, y aun los mismos ambientes, en los distintos géneros que iba alternando. En estas dos series el camino al esperpento ya está claro, si es que no lo estaba en las Sonatas, pero allí seguía jugando, con dominio incomparable, a las provocaciones decadentes, y aquí encuentra la vía del expresionismo trágico y el tesoro tradicional. 
Los Cruzados de la Causa es una buena muestra de esa transición. Aquí el marqués de Bradomín ya es un dandy viejo que vuelve cansado a su palacio gallego, decidido a dejarse de poses galantes y echar el resto en favor de la causa carlista, que ya entonces era un crepúsculo de desbandadas. El encuentro entre Bradomín y don Juan Manuel Montenegro, el padre violento, el hidalgo tremendo que asusta y protege, clemente y cruel, es el encuentro entre dos estéticas que se suceden, y es llamativo cómo Bradomín queda bastante más apocado junto a su primo Juan Manuel de lo que fingía estar cuando alternaba con el rey. Montenegro vive con su bufón y su barragana y sus hijos camastrones, salvo Cara de Plata, que aquí es un émulo de su padre, si bien en las Comedias bárbaras esa emulación llegará demasiado lejos.
La trama de la novela es dramáticamente sencilla, dicho sea por lo mucho que de teatral hay en ella. Las monjas de un convento esconden un cargamento de fusiles para la causa. Un barco liberal, La Almanzora, saca a su tripulación para descubrirlos porque alguien, seguramente Roquito, confesó al sufrir tormento cuando lo apresaron mientras iba reclutando mozos en la raya de Portugal. La madre abadesa, “alta, ojerosa, con las manos tan blancas que parecían hechas del pan de las hostias”, es como una segunda sor Simona, la monja buena que se horrorizaba con la inmoralidad de Bradomín en la Sonata de invierno. En medio de una diálogo sobre la clemencia y la crueldad en tiempos de guerra, la monja le avisa de dónde están los fusiles. 
Pero Valle-Inclán ya ha entrado en otro mundo. Su tratamiento del lenguaje popular ya no es el de la época del modernismo. Bradomín se rebaja pidiendo aportaciones para la guerra incluso a gente como el señor Ginero, un viejo beato, con aires de judío, a quien el marqués desprecia pero pide ayuda. Cuando Bradomín se encuentra con Cara de Plata, el muchacho ya tiene el humor de su padre: «¿No nos estaremos comiendo tu brazo?», le dice al marqués, y Valle dibuja un epitafio: «Aquel viejo dandy que amaba tanto la originalidad, la impertinencia y la audacia, hizo, sin embargo, un gesto doloroso».
Las tropas liberales que registran el convento son ya un coro fantoches borrachos como los que después veremos tantas veces, y de ellos sale la subtrama de la novela, popular y trágica, y con toques de algo muy frecuente que yo no sé si se ha estudiado con detenimiento: lo mucho que Lorca le debe a Valle-Inclán. En temas, en lenguajes, en recursos. En este caso, una madre abofetea en público al hijo que se dejó llevar por los liberales, escandalizada porque ayude a profanar suelo sagrado. El hijo, arrepentido, huye y arroja el fusil, pero es alcanzado por las balas en el capítulo más intenso de la novela: «¡Alto!, ¡Date!». Esta muerte da lugar a la tragedia de la madre, que provocó por amor de Dios la muerte de lo que más quería, y la de la muchacha que, como en los romances medievales, esperaba a su amor marinero, y con la que culmina, en un episodio bellísimo, la novela entera. Pero también esta muerte abre los truenos de don Juan Manuel, con una cólera “justiciera y violenta”, dispuesto a hundir el navío liberal, compasivo con el muchacho y la madre, como esos viejos señores tradicionalistas que protegían a sus súbditos y se apiadaban de ellos. Su furor contra Mendizábal, «¡el destructor de toda la tradición española!», llega incluso al carlismo cortesano. Un poco después, Bradomín trata de justificarlo pero Montenegro lo corta en seco:

—Esa justicia que deseamos los que nacimos nobles, y también los villanos que aún no pasaron de villanos, la hará por todo el reino Carlos VII.

—Tendría que levantar horcas, durante un año entero, en todas las plazas y a lo largo de todos los caminos reales, y no es hombre para ello vuestro Don Carlos.


El último tramo de la novela, la acción se acelera (sin aflojar la densidad estética) con el desenterramiento de los fusiles y el viaje con carros de bueyes, comandado por Cara de Plata, para embarcarlos en la nave amiga, que quizá también vaya en misiones de contrabando. Pero eso también les sale mal y tienen que dejarlos enterrados en la playa. Mientras el barco se aleja, Valle-Inclán se luce en esa misma tradición por la que clama don Juan Manuel, pero esta vez en las lágrimas de una muchacha:

La niña se acercó al ventano. Ya era escasa la luz, y abrió la vidriera. El viento le alborotó el cabello, y gruesas gotas de lluvia borraron la tinta de la carta. Bajo el alero revoloteaban dos gorriones, la tarde agonizante tenía la tristeza de una vida que se acaba, y las luces de la goleta desaparecían en un horizonte de niebla. La niña, con el rostro mojado por la lluvia, permanecía en el ventano contemplando la carta, sin desdoblarla, y sus ojos tenían un suspiro de luz como la tarde.


Es el remate de un coro de lamentos junto al cadáver del marinero, que en este final repica como un ritornelo trágico, entre los juramentos del viejo hidalgo y las lágrimas de la muchacha. Qué mejor que terminar una historia de brumas gallegas con una hermosa cantiga.
La guerra carlista, pese a la gloria de su autor, ha pasado a la historia oculta bajo su propio tema, como los fusiles bajo el suelo del convento. Las Comedias bárbaras han recibido mucha más atención, y estas joyas de drama narrativo, de poesía novelesca, me da la sensación de que han pasado casi como piezas menores. Desde luego no han gozado del prestigio ni de la influencia que desplegaron las Comedias y que en cierto modo siguen desplegando. Como novelas, como arte de novelar, me temo que su barco también partió y su maestría se quedó en la playa.

Ramón del Valle-Inclán, Los Cruzados de la Causa.  La guerra carlista I, Espasa Caple, col. Austral, 1969, 148 p.


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