29.4.26

Las proporciones

«Cuando el tren llegó al destartalado apeadero del pueblo de sus antepasados, ella cogió de la mano a Manuel y le dijo: ‘Aquí seremos felices’. ‘Sí, algún día’, contestó él».

En este fragmento que me acabo de inventar está, al menos en potencia, todo lo que puede haber en una novela, incluido algún defecto grave. La narración es un conjunto de relaciones de escenas («el tren llegó»), explicaciones y antecedentes («antepasados»), descripciones («destartalado»), acciones de los personajes («cogió») y diálogos. Siempre es deseable cierta ambigüedad («algún día»), así como un esbozo de los caracteres que se desprenda de los mismos diálogos o descripciones, no de explicaciones añadidas por el narrador (en este caso, la condición remota del lugar o la ilusión de ella frente a la cautela o el escepticismo de él) pero no hasta el punto de caer en la confusión (¿la familia de quién nació en ese pueblo?).

Todo, en cualquier caso, debe guardar un equilibrio. Las malas novelas dan más explicaciones de las necesarias, o quedan enterradas bajo un aluvión de datos, o atascan el flujo narrativo con tediosas o irrelevantes descripciones, o presentan hechos repetitivos o insustanciales o diálogos que no llevan a ninguna parte, aunque lo peor es que uno de estos excesos destaque de los otros o que todo esté escrito y el lector no tenga nada que imaginar o suponer. La reina Esther, la última novela de John Irving, tiene todos estos defectos, salvo uno: se lee muy bien. 

Ya resulta un acto de fidelidad (y quizá por eso una licencia para la crítica) leer esta novela después de la insufrible El último telesilla, pero a Irving lo avalan los muchos buenos ratos que nos ha dado y que en La reina Esther actúan, la mayoría, como cameos narrativos, como si el autor pasara revista a sus novelas más queridas y a partir de ellas fuera tejiendo algo así como una antología. Desde el querido doctor Lester de Las normas de la casa de la sidra, con el que empieza la novela, al pequeño Winslow y la afición de Irving por la gente menuda que tuvo su máxima expresión en Oración por Owen; desde las indagaciones obsesivas en el mundo del tatuaje y la visita al Barrio Rojo de Ámsterdam (Hasta que te encuentre) a su devoción por Dickens y, sobre todo, Grandes esperanzas (la misma Oración por Owen o incluso El último telesilla); desde su aficion a la lucha grecorromana (al menos en media docena de novelas desde El mundo según Garp) a las familias poco convencionales o el tema judío (ya desde Hotel New Hampshire); o, en fin, esas mujeres complicadas, con relaciones sentimentales hasta hace bien poco tiempo fuera de la norma, de las que quizá su más acabado ejemplo (y la novela que a mí más me gusta de Irving) sea Una mujer difícil, pero que ya en El último telesilla, sin ir más lejos, formaban un tumultuoso gineceo lesbo-maternal en medio del que aquí se mece James Winslow, el protagonista, un joven que, más que ingenuo, parece tonto, y que al final de la novela, en un giro decepcionante por manido, resulta ser (ay, esos bucles) trasunto del propio Irving, de manera que el todo sería una autoficción real del autor paralela a la otra autoficción ficticia del narrador. Ah, y todo porque las sobreprotectoras madres (tiene dos) de Winslow quieren que tenga un hijo para no ir a Vietnam. Al final será una hija, lógicamente, porque en esta novela solo hay tres hombres con papel: el abuelo Winslow, experto en Dickens; un pasmado que se llama Claude, que anda como novillo sin cencerro, y el nieto protagonista, el futuro/pasado escritor, porque «el tiempo también es un personaje»…

Sí, es todo Irving: la muchedumbre de personajes, las historias que van saltando de aquí para allá, el detallismo documental, esa escritura como repentizada, que la hace tan fluida. En eso es el autor de siempre, y sin embargo… Volviendo a la necesaria proporción  —algo que en muchas de sus obras está tan conseguido que ni se percibe—, son ciertamente pocas las escenas con autonomía narrativa que uno encuentra en la novela: la del tatuaje de Esther (y homenaje a Charlotte Brontë), la de la casera que se insinúa a través de unos cristales biselados, la de la perra pastora alemana con miedo a las tormentas, que se alarga interminablemente, y con un final de tebeo, o la muerte de los abuelos, contada con excesiva precipitación, como un trámite narrativo más; pero el resto, casi todo, es relación de hechos y aportación de datos enciclopédicos, además de pasajes (el largo episodio de Viena) estirados mucho más de la cuenta y relaciones entre personajes que suenan un poco a catecismo libertario, algo que tanto nos cansó en su última novela. Uno no lee novelas para que le recuerden lo que ya sabe. Uno quiere preguntas, no respuestas. 

Entre las cuestiones de proporcionalidad tampoco está de más comedirse un poco en la coralidad cuando se convierte en un follón en el que pierdes el hilo de quién es quién, o en una densa ristra de nombres de persona y de calles y plazas que tapan con su insistencia lo que pudieran hacer o lo que pudiera ocurrir en ellas. Pero lo más desproporcionado, a mi juicio, es que se prometa una cosa y se dé otra. La novela se titula La reina Esther, pero Esther, la madre biológica (solo biológica) de James Winslow, huérfana de la casa de la sidra, judía convencida que lucha por el pueblo israelí en los años 60 contra los usurpadores palestinos e incluso se deja un brazo en el empeño (otro cameo, esta vez de La cuarta mano), solo aparece, y es vista y no vista, muy al principio y muy al final, pero en realidad es un personaje del todo secundario que solo sirve para que Irving nos endose unas cuantas páginas de historia del movimiento sionista, y a través de Esther defienda un izquierdismo alejado de las prácticas expansionistas de la época de Menahen Begin, tan parecidas a las que ahora, a escala monstruosa, contemplamos impávidos. Incluso llega uno a pensar que la novela era otra, la del mozo empanado entre mujeronas, pero que, teniendo en cuenta la declarada simpatía de Irving hacia el pueblo judío, decidió, a través de un personaje marginal, echar su cuarto a espadas en favor de la causa judía, una complicada defensa del judío israelí que se opone a los asentamientos por la fuerza o las escabechinas de criaturas del Averno como Netanyahu, quien en ningún momento aparece porque la acción llega hasta los años 70. Otra explicación no tiene, por más que intente abrochar la novela llevando a James a Jerusalem para promocionar sus obras doblemente autoficticias, y allí se encuentre con Esther, decididamente «una judía de verdad».

Irving tiene ochenta y cuatro años. Sus dos últimas novelas (por lo menos) son pesadas, como si cada mañana rellenase un folio con papeles viejos porque ya no se le ocurre nada nuevo, adiposas, repetitivas. Uno se cansa de escenas irrelevantes de una sola frase, amontonadas entre personajes que no se detienen para que al menos los podamos escuchar. Pienso en Philip Roth o Julian Barnes, que al cumplir los ochenta dijeron que hasta ahí habían llegado. Y, por otra parte, el hecho de haber leído toda la obra de Irving (y haberla disfrutado, y haberla defendido y recomendado) casi que me exime de correr tupidos velos: lo que está mal está mal, y esta novela es un rollo macabeo. 


John Irving, La reina Esther, trad. Juan Trejo, Tusquets, 2026, 475 p.  

23.4.26

Sagradas lecturas


Pasé muchas tardes de la adolescencia en la biblioteca pública. Todavía hoy, de vez en cuando, recorro el camino desde allí hasta mi casa de entonces, sobre todo en invierno, ya de noche, tratando de aspirar algo de aquel tiempo, y si digo aspirar es porque ningún sentido me transporta al pasado con tanta precisión y con tanta plenitud como el olfato. La bibilioteca, por ejemplo, olía a papel, claro, pero mezclado con el olor de la calefacción de carbón que impregnaba el mobiliario, y también, a lo lejos, el de la tagarnina que el encargado del préstamo, un hombre canoso, muy mayor, por lo menos de cincuenta años, llevaba siempre colgando de los labios. En esa biblioteca, además de preparar trabajos que ahora se hacen solos, sin pasar por los ojos ni mucho menos por la mente del alumno, iba rastreando mi futuro. Había dos libros que para mí eran sagrados: no solo leía su contenido; los olía, los tocaba, memorizaba fragmentos, con la pena, o el aliciente, de que pertenecían a una sección fuera de préstamo. Uno era Poesía española, de Dámaso Alonso, en edición de Gredos, de la Biblioteca Románica Hispánica, aquellos volúmenes intonsos en origen y luego sin desbarbar, encuadernados en cartón amarillento, todavía no plastificados, con el nombre del autor en azul y el título en rojo; y el otro, La España imperial, de John Elliott, editorial Vicens-Vives, de cubierta blanca, con un galeón dibujado en la tapa, debajo del título, en grandes mayúsculas rojas, y encima de las fechas, «1469-1716», en letras negras de palo seco, que entonces eran la tipografía moderna de los libros de texto. El libro estaba publicado el mismo año de mi nacimiento, algo en lo que entonces no caí. Pero no pasó mucho tiempo antes de que los dos estuvieran siempre a mi alcance, el de Alonso en una reimpresion de cubierta plastificada y hojas guillotinadas de 1981, cuando ya me había decidido por los estudios de filología, y el de Elliott algo después, en una quinta edición de 1986, ahora con tapas azules, el galeón en blanco y la tipografía unificada en letra Times. Pero mientras los acariciaba en la biblioteca y los leía con la boca entreabierta eran como los estandartes de dos expediciones diferentes entre las que aún no me había decidido, si bien la cabra tira al monte y mis ensueños tenían forma de literatura. 

Sirva este preámbulo excesivo para contar que muchos años después he vuelto al libro de Elliott, su letra más bien pequeña en páginas levemente satinadas que el tiempo no ha deteriorado, y ha sido un placer doble, el de leer un clásico que sigue siendo imprescindible y el de volver a aquellas tardes de la biblioteca. Digo imprescindible no porque maneje siquiera una mínima parte de la bibliografía al respecto, sino porque es el tipo de libro del que, si los planes de estudio fueran sensatos, debería examinarse cualquier estudiante de letras al poco de llegar a la universidad. A mediados de los años 60 resultaba, si no sorprendente, al menos sí muy estimulante que un joven treintañero (educado en Eton y en Oxford, eso sí) regalara al hispanismo una obra típicamente inglesa por lo que tiene de visión panoramica, de resumen que no excluye nada esencial, que registra los hechos fundamentales y plantea los problemas más importantes, los estudiados y los aún por estudiar. Quien la escribió no aspiraba a la profundidad del Erasmo y España, pero lo conocía palmo a palmo. Más de medio siglo después, los repertorios de estudios históricos sobre los siglos XVI y XVII en España siguen empezando por aquí. Y no me extraña, porque es un libro admirable.

Y lo es tanto que sería entre ridículo y ocioso ponerse aquí a glosar sus virtudes, si acaso recordar que con este libro aprendí lo que era una historia más allá de las fechas y los acontecimientos políticos, que abarcase cuestiones sociales, culturales, económicas y religiosas, lo que luego hemos disfrutado en libros de historia total. Para el lector de hoy, saturado de fantasías históricas a la medida de las ambiciones políticas del momento, no está mal recordar con Elliott lo que era España durante el reinado de los sacrosantos Reyes Católicos, una nación de naciones, una corona de reinos, tan variados como independientes, y con frecuencia tan ajenos, o que intentaron integrarlos a todos practicando lo mejor de cada uno, aunque sus esfuerzos de unidad llevaran muchas veces el precio de la intolerancia y el rastro del dolor. Y eso no cambió en esencia en los dos otros reinados del siglo XVI, el del manirroto y megalómano Carlos V y el del austero pero igual de megalómano (y a fin de cuentas de despilfarrador) Felipe II. De sus ascensos y caídas, sus enriquecimientos y sus bancarrotas, sus conquistas y sus derrotas, hubo algo que compartieron y que a fin de cuentas quizá fuera lo que mantuvo sus reinos en pie: no confiar en aristócratas para sus cargos de confianza, a no ser para los estrictamente militares, algo que Felipe III no cumplió con el duque de Lerma y aquello fue el principio del fin.

Cuando digo que no soy aficionado a las novelas históricas es porque frente a libros como el de Elliott me parecen pobres no solo desde el punto de vista documental sino del estrictamente literario: la claridad de la narración, la intensidad del relato y la calidad de la prosa de Elliott no necesitan de ficciones añadidas, antes bien la estropearían. Sus alicientes son muchos, pero me quedo con la de veces que me he acordado de asuntos que en esta España nuestra nos parecen contemporáneos y llevan detrás una muy consolidada tradición, sobre todo esa inclinación que tenemos a dividirnos en dos: los castellanos frente a los aragoneses (y catalanes), los nacionalistas castellanos y los nacionalistas mediterráneos, los cristianos viejos y los nuevos, los tradicionalistas y los renovadores, los Albas y los Ébolis, los ricos y los pobres, los tecnócratas arbitristas y los marmóreos privilegiados, el trigo y la lana, la plata de América y el cobre sin valor, el campo vaciado y la ciudad repleta; todo, siempre, sin término mediano, como algún autor de la época llamaba a la inexistente clase media en un país en el que trabajar era cosa de miserables, y en el que un duque podía tener hasta 700 criados, quién sabe para qué. 

El libro, con todas sus bancarrotas, con lo milagroso de dirigir un imperio cuando una orden escrita tardaba ocho meses en llegar a su destino, mantiene una, digamos, rancia grandeza hasta que muere Felipe II y el país se despeña en el más espantoso fracaso. Es la España de los favoritos, inútiles aprovechados como Lerma o ingenios febriles pero al cabo igual de ineficaces como el fascinante conde-duque de Olivares, a quien Elliott dedicaría otro gran clásico del hispanismo. Ese hombre quiso arreglarlo todo y se volvió loco de ver cómo todo se hacía pedazos. España nunca había sido un país, y si no se lo repartieron los lobos fue porque no solo Castilla y Aragón estaban enfrentados, sino porque incluso dentro de Aragón ni Cataluña ni Valencia estaban dispuestos a ponerse de acuerdo entre ellos. Este ha sido siempre país de, por así decirlo, individualismos colectivos, al que los borbones tratarían de meter en cintura con resultados que todavía hoy resultan discutibles. País de grandes lumbreras y ejércitos de curas lerdos, de astutos cardenales e inquisidores despiadados, de aristócratas insaciables y holgazanes y pecheros hambrientos y sufridos; imperio de riquezas excesivas al otro lado del océano y de la damnosa hereditas de los Países Bajos; tierra de pícaros que trabajan por no trabajar y de soldados que arrastran la espada por el suelo, de místicos humildes y gloriosos y del más presuntuoso aquí estoy yo.

La España imperial es, sobre todo, un punto de partida, y por eso digo que debería ser temario estudiantil. Es el índice, el mapa necesario, ese que cada día se echa más de menos en un conocimiento que desprecia las visiones amplias. A partir de aquí apetece leer, ya digo, a Bataillon o a Parker o a Braudel, o a Julio Caro, cuyo libro Los moriscos del reino de Granada ya me está mirando desde la estantería, y ya puestos, y teniendo en cuenta que Elliott no desdeña la literatura como fuente de comprensión histórica, al mismo Calderón, quien junto a Cervantes quizá sea el escritor al que más veces acude, quizá porque fueron los dos que mejor nos supieron calar. Es ese apetito inmoderado, el hilo que nos lleva a otras lecturas, lo que vuelvo a recorrer entusiasmado mientras disfruto de este libro, como aquellos tiempos en los que a uno le preocupaba si tendría tiempo de leer todo lo que había que leer.


J. H. Elliott, La España imperial, Vicens-Vives, 1986 (5), 454 p.

17.4.26

A la hora convenida


Igual que no había película de Berlanga en la que no apareciera por alguna parte el imperio austrohúngaro, no hay novela de Mendoza en la que los personajes no se encuentren a la hora convenida. Es una marca de fábrica: el dominio de la fraseología y del vocabulario específico, pero también de una jerga novelesca que por sí sola nos transporta a un género concreto y a un modo de leer, a las historias de policías y ladrones, por estrambóticos que sean, y a la fruición del lector enjugazado. Mendoza siempre ha sido un maestro en ese mundo metaliterario, las novelas que llevan añadido el placer de otras novelas que las inspiraron o siguen flotando en la memoria, y también en el dominio de un castellano que yo no sé si no será en sí mismo ya un recuerdo. Nos hemos pasado muchos años divirtiéndonos con sus novelas de el detective sin nombre y dándolas a leer a nuestros alumnos, para que vieran cómo puede hacerse reír con una lengua tan clásica y tan colorida. El tiempo hizo que a los alumnos fueran dejando de hacerles gracia, y ahora me temo que no solo no entenderían el idioma en el que están escritas, sino que a sus propios nuevos profesores les costaría entrar en esa clase de humor, cuando no en ese lenguaje. Hace unos años, en unas oposiciones a profesores de Lengua, se pidió a los candidatos que analizasen la fraseología de un texto, y no es que la inmensa mayoría lo hiciese mal: es que ni siquiera sabían qué se les estaba preguntando. 
Pero el caballero Mendoza sigue ahí, provecto y lozano, y a sus ochenta y tantos años hace tiempo que dijo que su carrera literaria ya estaba cerrada pero desde entonces no deja de escribir libros. Y sus lectores que se lo agradecemos, por más que a veces las carcajadas de las primeras páginas, que son como la alegría del reencuentro, del saber que sigue vivo, se vayan apagando en sonrisas flojas, más fieles que divertidas.
Es lo que sucede con La intriga del funeral inconveniente: un arranque que da mucha risa, una segunda parte algo confusa y repetitiva y un final que es un reencuentro, de manera que la verdadera intriga no radica en una trama que casi suena a versión bufa (y tan bufa) del destino de Stuart Pedrell en Los mares del Sur, ni en el episodio de altas esferas catalanas con que se enreda, sino en dónde está el personaje al que todos echamos de menos, el detective loco. Hasta entonces no ha aparecido el comisario Flores sino un tal inspector Jarana, ni el doctor Sugrañes ni Fábregas; tan solo la sufrida y atolondrada Cándida nos ha hecho concebir la esperanza de que la novela no sea el entierro del célebre personaje. De manera que a una intriga tan deliberadamente cochambrosa y embrollada se le superpone el suspense de lo que los lectores habituales esperamos, y en esa tercera y última parte se nos da cumplida satisfacción, ya lo creo.
Mendoza nos había tendido la trampa del cadáver, esta vez no en una piscina sino en un tanatorio, pero igual de desconocido. Las dos primeras partes son tan diferentes que uno tiene por momentos la sensación de que el autor empleó dos relatos independientes y los empalmó hilvanando algunos personajes. En el primero aparecen algunos (el empleado de pompas fúnebres, su sensata mujer, el cura cantante de rancheras o, sobre todo, la hija del funerario, Titina) que en la segunda se quedan en episódicos o directamente son sustituidos por otros (la empresaria Pía, el negociante en apuros, Allibei creo que se llamaba) y el único vínculo de unión es un excomisario que está entre Torrente y Villarejo, con un toque de aquel señor Braulio de La ciudad de los prodigios que por las noches se vestía de mujer, y un joven periodista, Ramoncito Valenzuela, para quien Mendoza reserva un sonoro guantazo final. 
La primera parte, muy divertida, recuerda incluso a novelas como La isla inaudita; la segunda, bastante más sosa, no aporta mucho a la trama (quién es el muerto al que están velando), o lo que aporta podría haberse condensado sin tanta broma repetida. A mi modo de ver, en ella echamos de menos a esos buenos personajes del principio que podrían haber sacado adelante la novela entera. Y la tercera, la anagnórisis del detective loco, esa sí nos devuelve a territorio conocido, a la primera persona, al despiporren mental de un sujeto tan sensato como estrambótico, quizá lo uno por lo otro, y a otra hornada (nunca mejor dicho) de personajes nuevos que hacen pensar en que ese final era parte de otra historia: el pastelero y su señora, el zagal de la moto, Xuxo, cruce del célebre Biscúter con el ladronzuelo que protege Montalbano, más algún otro monigote de súbita y fugaz aparición. Disfrutamos esta tercera parte porque es un regreso convincente al ambiente de las primeras novelas de la serie, y porque Mendoza sigue aprovechando el humor desmadrado para repartir mandobles a diestro y siniestro, desde la epidemia de los móviles a la pedantería estúpida de los nuevos barbarismos, pero sobre todo al penoso periodismo escrito que sufrimos en nuestros días. De la mano del tontaina Ramoncito Valenzuela, un periodista de tres al cuarto, Mendoza compone el contraste más espectacular de toda la novela, el que enfrenta su escritura rica y matizada, con esa precisión irónica de revistero antiguo, de redactor de atestados, esa gracia nunca pesada del escritor redicho que maneja la lengua como le da la gana, y por otra parte la bazofia de escritura burda, nacida de las oquedades del guásap, que ilustra ahora los periódicos y, como casi todos son digitales, no sirve ni para envolver sardinas. El artículo final de Ramoncito es la verdadera resolución del misterio: por qué ahora ya no podemos dar a leer estas novelas tan divertidas a la gente menuda. Con el follón iletrado que llevan en la cabeza, sería imposible que entendieran nada. ¿Oye tú, y qué puto random es eso de convenida?


Eduardo Mendoza, La intriga del funeral inconveniente, Seix Barral, 2026, 251 p.

15.4.26

Maldito cura


Valle-Inclán dedica la tercera entrega de la serie a un retrato minucioso del cura Santa Cruz, a la ambición de reunir bajo su mando todas las partidas carlistas. Santa Cruz odia a los otros cabecillas, a Lizárraga porque ha concertado con los republicanos librarse de él, o al viejo Mendía porque el cura sabe que se está muriéndo y quiere a sus hombres, y porque es más noble de espíritu que él. El asunto histórico, según resume el duque de Ordax, es que se necesita que el cura «haga una degollina» entre los que dieron amparo a los republicanos para desacreditar al carlismo en las cortes europeas, en las que trabajan «por obtener la beligerancia». A eso se niega el general España, razón por la que será relevado, si bien, finalmente, sus tropas dejan de hostigar a la partida del cura.
De manera que Santa Cruz es como un lobo acorralado que no tiene remordimientos por fusilar a nadie, ni los quiere tener; un guerrillero áspero en el trato, sin piedad ni con el enemigo ni con sus propios fieles. Él es fuerista y no reconoce la autoridad de Carlos VII, y su crueldad es «como la del viñador que enciende hogueras contra las plagas de su viña». No le tiembla la voz cuando manda ejecutar a Miquelo Egoscué, a quien ya iba avisando el pastor Ciro Cernín en la novela anterior. Cuando llega a Otaín, apalea a sus pobres gentes por haber dado cobijo a la milicia republicana, y allí la novela entra en una fase que sirve de contraste argumental y estilístico y lanza cabos que suponemos habría que retomar en las dos otras novelas que no llegó a escribir, pero a mi juicio también la descompensan. 
    En Otaín está el palacio de la marquesa de Redín, a la que detienen y meten en un establo hasta que tres viejos borrachos la juzgan y, por pura y desalmada diversión, en vez de ejecutarla directamente la pasean montada en un burro y cubierta de plumas. A Santa Cruz no le hará ninguna gracia: «Ahora cumple castigar a los que hicieron de una sentencia un carnaval», dice, y condena a los tres viejos a ir al frente con el fusil al hombro. Todos siguen camino pero la novela se detiene en el palacio. Hasta ahora hemos disfrutado de un estilo sorprendentemente sobrio (insisto: de tono, en ocasiones, incluso tolstoiano), pero entre los liberales palaciegos vuelve otra música que ya nos suena. Jorge, el duque de Ordax, es una especie de Bradomín liberal. Cuando ve a Eulalia, la nieta de la marquesa de Redín, siente los efluvios de una estética pasada: 

Experimentaba una emocion dulce y familiar en aquella sala, tan distinta de los alojamientos que le solía deparar la vida de campaña. Era el renacer de un amor juvenil y lejano bajo el perfume de las rosas, marchitas en los grandes floreros de las consolas.

    Incluso deja caer Valle-Inclán ramalazos que hasta entonces había mantenido apartados de su realismo austero. Al hablar de la tía Rosalba, hermana de la marquesa (solo de padre: era hija de una criada), «la sombra de la vieja es muy grotesca en la pared, y la alcuza marca el garabato de una nariz bajo el borde pringado del manto». Esta mujer con alcuza da paso a un personaje que cabe sospechar que Valle-Inclán se limitó a presentar para desarrollarlo en un título posterior, el joven Agila Palafox de Redín, que tiene a su familia muy enfadada porque se ha ido a la guerra, un sitio al que, si no eres un general, solo puedes ser un pobre diablo. Este muchacho se enfrenta a su familia («hubiera querido que los carlistas incendiaran el palacio de su abuela»), huye, va a parar a un molino donde lo emborrachan…, y ahí le perdemos la pista. Teniendo en cuenta cómo iba hilando Valle las tramas, no es descabellado pensar que en Las banderas del rey o de La guerra en las montañas, las dos novelas que dejó sin escribir, el joven Agila tuviera su protagonismo del mismo modo que Miquelo quedó en suspenso en El resplandor de la hoguera, hasta que aquí lo ejecuta el cura.
Pero antes de que Agila desaparezca, Valle-Inclán da otro giro estético y argumental que sumar a su colección de contrastes: republicanos y carlistas, guerrilleros y generales, aristocratas y aldeanos, integridad y sevicia en los dos bandos, con jefes dignos y leales como España o Mendía y serpientes insensibles como el cura o el mismo Ordax. Y este otro contraste se produce cuando, en un delirio febril, el joven Agila se encuentra con el pastor Cermín, que va buscando el cuerpo de Miquelo, lo que da lugar a uno de los más hermosos pasajes de la novela. Después del decadentismo marchito y dolorido del palacio de Redín, Valle nos deslumbra con el relato de cómo un pastor salva el cadáver de su amigo de ser devorado por un lobo. No me resisto a copiar un fragmento de este episodio, que en sí es un magnífico relato breve.

—¡Capitán valeroso! ¿Qué enemigo te mató? ¿Qué bala traidora muerte te dio? 
El cuerpo ensangrentado y roto del cabecilla está clavado en el ramaje de las hayas. La cabeza, negra de sangre, le cuelga hasta posar en tierra. Ciro Cernín se abrazó con aquel despojo y lo subió hasta el camino. Estaba enterrándole al pie de un gran roble que tenía la copa vieja y armoniosa, toda llena de paz, cuando el frío de los párpados le advirtió que tornaba el lobo. Se apercibió requiriendo el palo. Venían por entre los árboles unos ojos en lumbre: Se detuvieron mirándole muy fijos, y comenzaron á cerrar camino, más despacio. Se le vinieron de pronto encima, con un gañido fiero. Ciro Cernín pasó el palo zumbando, al vuelo de la tierra. Era el molinete que hacen los pastores para quebrarle las patas al lobo. Comenzó una lucha de astucia y de fiereza. Ciro Cernín se esquivaba rodeando el tronco del roble, y alguna vez subiéndose á las ramas. Al fin, el lobo quedó vencido: Se arrastraba sobre la yerba, todavía con los ojos en lumbre, pero aullando lastimero. Ciro Cernín le dio un gran golpe en la cabeza, enarbolado el palo a mandoble, y luego, desenvainó el cuchillo, clavándoselo por el ijar, para llegarle al corazón. Acabó de echar tierra sobre el cuerpo del capitán, y cargó con el lobo, como un trofeo.

La casa de labradores donde va a parar el joven Agila no puede ser la de los Montenegro porque están en Navarra, pero don Diego, el padre, el «lobo cano», sí es como don Juan Manuel, y sus cinco hijos nos recuerdan a los hermanos de Cara de Plata, que aparece por allí con otros dos voluntarios, gente de Miquelo Egoscué, leales a su memoria, que huyen del cura sangriento. Es otra forma de enhebrar personajes y argumentos de novelas diferentes y dejarlas listas para otras por venir. Aquí la novela culmina con un espléndido agón final entre el moribundo Mendía, cabecilla carlista, y el sibilino cura, que va a verlo pero no lo mata (y se lo dice) para que no huyan sus soldados, como sucedió con Miquelo, y se junten con él. No los necesita, pero no quiere que los recoja Lizárraga. Prefiere esperar a que se muera Mendía de su «mal de piedra». Quiere ser único y señor. Impresiona en este final la dignidad del viejo Mendía, la melsa fría del maldito cura, quien sin embargo tiene un momento de flaqueza cuando se entera de que las tropas republicanas se retiran a Elizondo, como si, pasado el peligro, le viniera una débil sombra de humanidad.

Ramón del Valle-Inclán, Gerifaltes de antaño. La guerra carlista III,  Espasa-Calpe, col. Austral, 1980 (5), 139 p.


12.4.26

Los ojos del fuego


El proyecto de La guerra carlista se quedó en tres entregas que iban a ser cinco, por lo que no merece la pena conjeturar sobre cuestiones de uniformidad. De las tres que tenemos, sí es verdad que las dos últimas tienen la unidad temática y argumental de una sola novela, que es lo que, años después, le ocurriría a Baroja con algunas entregas de sus Memorias de un hombre de acción, que dos libros forman una sola novela, por ejemplo en el caso de La veleta de Gastizar y Los caudillos de 1830 o en el de La senda dolorosa y Humano enigma. En el caso de Valle-Inclán, El resplandor de la hoguera prepara el terreno para desenlaces que veremos en Gerifaltes de antaño, como es el caso de los sucesos en el palacio de Redín o el encuentro de Miquelo Egoscué con el cura Santa Cruz, que en El resplandor es un bordón de avisos trágicos para que no acuda, como los del molinero de Argiña o, en dos ocasiones, el pastor Ciro Cermín, el de las siete cabras, un Tiresias de pueblo «con los ojos llenos de niebla».
Esa historia culminará en la siguiente novela, pero esta se vertebra sobre la epopeya trágica de Roquito, de quien ya se sospechaba, en Los cruzados de la Causa, que había delatado a los contrabandistas de fusiles, y que aquí expía sus culpas de manera trágica y grotesca: primero, haciéndose pasar por oveja descarriada, degüella a un soldado republicano y prende fuego al caserío en el que se alojan los militares; luego le alcanza un tiro en la espalda («la carne aterida gustó como un regalo correr la sangre tibia»), y es apresado poco después, pero salva la vida porque la mendiga Josepa sigue la cuerda de presos, y los militares que custodian a Roquito tienen escrúpulo en matarlo delante de ella, en cualquier pinar del camino, antes de que lleguen al presidio; de allí Roquito logra escapar, confundido entre los otros fugitivos, entre ellos el carcelero, y va a parar a la venta en cuya chimenea lo esconden porque llega un destacamento de republicanos con boleta. Allí, negro de humo, medio abrasado, pierde la vista, y la misma que lo salvó, la mendiga Josepa, le reprocha su mala cabeza: haber confesado, en un delirio de fiebre, que fue él quien prendió fuego al caserío.
La venta, las varias ventas a donde van a para los personajes, desprenden su fragancia teatral y cervantina. Hasta una de ellas llega, viajando desde la novela anterior, desde la Galicia de los Montenegro a la Navarra invernal y carlista, Cara de Plata con su tía, la monja Isabel, y Eladia, la muchacha sorda, en un carro de contrabandistas en el que no se dice en ningún momento que vayan los fusiles de Los cruzados. De hecho es inspeccionado y se certifica que va de vacío. En la venta reconoce Cara de Plata a Roquito, de quien ya sospechó en su momento, y en la venta, en otra venta, terminará la novela.
Las dos mujeres también pasean su carro de venta en venta, y curan heridos de un bando y de otro, y se preguntan qué es aquello de la guerra, «¡un olvido de la vida y del fin! ¡Un resplandor que calma todos los pensamientos!», pero la monja comprende, a su manera fanática, que la guerra y la sangre son signos de redención, si bien «la guerra comenzaba a parecerle una agonía larga y triste, una mueca epiléptica y dolorosa». Ese y otros resplandores de hogueras en las que se abrasa la vida forman también un motivo que estructura la novela. La guerra se identifica con la hoguera, Roquito juega con los tizones de una hoguera que acabará quemándole los ojos. En su venganza brilla el resplandor del fuego que acaba con la ebria soldadesca. La partida de Egoscué asa las cabras de Ciro, cuyas cabezas degolladas «eran de aspecto brujesco bajo el resplandor de la hoguera, con sus ojos lívidos, y sus barbas sangrientas, y sus ojos infernales». 
La accion se desata en una escaramuza final entre carlistas y republicanos, impresionantemente bien narrada, que comienza con un zagal subido al asno del capitán (siempre la fatal audacia de los inocentes) al que «una bala le abrió un agujero en la frente», y él «siguió sobre el asno con las manos amarillas y un ojo colgante sobre la mejilla, sujeto de un pingajo sangriento. Fue inclinándoselas lentamente hasta caer, y el asno quedó inmóvil a su lado». Su padre lo venga de inmediato, y arrastra un herido a la cuneta, y se suceden las cornetas y los tiros, los cadáveres y las banderas, las heridas tumefactas y esa rara insensibilidad que hace que el infierno sea un estado natural. Cara de Plata demuestra su valor recuperando a una yegua, cabalgando como un héroe por los peñascales, las monjas no miran a quien atienden y Egoscué demuestra su valor y desoye las funestas predicciones. 
Nadie quería al cura Santa Cruz, como se verá en la siguiente novela, pero los militares tienen esa cosa de la lealtad… Pero ya los viejos carlistas le acusan de que con sus barbaridades solo hace que desacreditar a los carlistas. Sabemos que la acción ocurre en 1873, según se nos dice al principio de Gerifaltes de antaño, aunque el duque de Ordax, al brindar por la república, dice que «hubiera sido mejor un responso que un brindis», y otro apunta que «ahora debe brindarse por el hijo de doña Isabel», es decir por Alfonso XII. Están en el palacio de Redín, en un interludio anterior a la batalla en el que suena esa «música ligera que el viejo clavicordio desgrana lleno de pesadumbre». Estos contrapuntos entre los salones galantes y los caminachos llenos de sangre se harán más evidentes en Gerifaltes de antaño. Aquí solo son preludio de trompetería, la calma que precede a la batalla. 
Por este y otros detalles, más evidentes en la siguiente novela, uno tiene la sensación de que Valle-Inclán apuntaba a una especie de Guerra y paz a su manera, con su distancia, esa que hace que acontecimientos ocurridos tan solo treinta y tantos años antes se narren con el brío épico de las hazañas y de las leyendas. El lenguaje, sin perder la estética grotesca, se apoya mucho más en la precisión y el ritmo poético para conseguir una brillantez casi siempre apabullante, pero Valle-Inclán lleva firmes las bridas para no dejarse llevar por esos retorcimientos que oscurecerán un tanto algunas otras novelas. No estamos aún en los desparrames de El ruedo ibérico. Pero incluso con el freno tirante su prosa resplandece, su fuego nunca se apaga. 

Ramón del Valle-Inclán, El resplandor de la hoguera. La guerra carlista II, Espasa-Calpe, col. Austral, 1961.


2.4.26

Las armas ocultas


La trilogía narrativa La guerra carlista (1906-1909) y la dramática Comedias bárbaras (1906-1908, aunque la última, Cara de plata, es de 1922) comparten estética y personajes, si bien la serie de novelas permitía recursos que la otra debía integrar en la maquinaria escénica y también en un sentido, digamos, operístico de la trama. Pero en general Valle-Inclán siempre practicó la misma estética, y aun los mismos ambientes, en los distintos géneros que iba alternando. En estas dos series el camino al esperpento ya está claro, si es que no lo estaba en las Sonatas, pero allí seguía jugando, con dominio incomparable, a las provocaciones decadentes, y aquí encuentra la vía del expresionismo trágico y el tesoro tradicional. 
Los Cruzados de la Causa es una buena muestra de esa transición. Aquí el marqués de Bradomín ya es un dandy viejo que vuelve cansado a su palacio gallego, decidido a dejarse de poses galantes y echar el resto en favor de la causa carlista, que ya entonces era un crepúsculo de desbandadas. El encuentro entre Bradomín y don Juan Manuel Montenegro, el padre violento, el hidalgo tremendo que asusta y protege, clemente y cruel, es el encuentro entre dos estéticas que se suceden, y es llamativo cómo Bradomín queda bastante más apocado junto a su primo Juan Manuel de lo que fingía estar cuando alternaba con el rey. Montenegro vive con su bufón y su barragana y sus hijos camastrones, salvo Cara de Plata, que aquí es un émulo de su padre, si bien en las Comedias bárbaras esa emulación llegará demasiado lejos.
La trama de la novela es dramáticamente sencilla, dicho sea por lo mucho que de teatral hay en ella. Las monjas de un convento esconden un cargamento de fusiles para la causa. Un barco liberal, La Almanzora, saca a su tripulación para descubrirlos porque alguien, seguramente Roquito, confesó al sufrir tormento cuando lo apresaron mientras iba reclutando mozos en la raya de Portugal. La madre abadesa, “alta, ojerosa, con las manos tan blancas que parecían hechas del pan de las hostias”, es como una segunda sor Simona, la monja buena que se horrorizaba con la inmoralidad de Bradomín en la Sonata de invierno. En medio de una diálogo sobre la clemencia y la crueldad en tiempos de guerra, la monja le avisa de dónde están los fusiles. 
Pero Valle-Inclán ya ha entrado en otro mundo. Su tratamiento del lenguaje popular ya no es el de la época del modernismo. Bradomín se rebaja pidiendo aportaciones para la guerra incluso a gente como el señor Ginero, un viejo beato, con aires de judío, a quien el marqués desprecia pero pide ayuda. Cuando Bradomín se encuentra con Cara de Plata, el muchacho ya tiene el humor de su padre: «¿No nos estaremos comiendo tu brazo?», le dice al marqués, y Valle dibuja un epitafio: «Aquel viejo dandy que amaba tanto la originalidad, la impertinencia y la audacia, hizo, sin embargo, un gesto doloroso».
Las tropas liberales que registran el convento son ya un coro fantoches borrachos como los que después veremos tantas veces, y de ellos sale la subtrama de la novela, popular y trágica, y con toques de algo muy frecuente que yo no sé si se ha estudiado con detenimiento: lo mucho que Lorca le debe a Valle-Inclán. En temas, en lenguajes, en recursos. En este caso, una madre abofetea en público al hijo que se dejó llevar por los liberales, escandalizada porque ayude a profanar suelo sagrado. El hijo, arrepentido, huye y arroja el fusil, pero es alcanzado por las balas en el capítulo más intenso de la novela: «¡Alto!, ¡Date!». Esta muerte da lugar a la tragedia de la madre, que provocó por amor de Dios la muerte de lo que más quería, y la de la muchacha que, como en los romances medievales, esperaba a su amor marinero, y con la que culmina, en un episodio bellísimo, la novela entera. Pero también esta muerte abre los truenos de don Juan Manuel, con una cólera “justiciera y violenta”, dispuesto a hundir el navío liberal, compasivo con el muchacho y la madre, como esos viejos señores tradicionalistas que protegían a sus súbditos y se apiadaban de ellos. Su furor contra Mendizábal, «¡el destructor de toda la tradición española!», llega incluso al carlismo cortesano. Un poco después, Bradomín trata de justificarlo pero Montenegro lo corta en seco:

—Esa justicia que deseamos los que nacimos nobles, y también los villanos que aún no pasaron de villanos, la hará por todo el reino Carlos VII.

—Tendría que levantar horcas, durante un año entero, en todas las plazas y a lo largo de todos los caminos reales, y no es hombre para ello vuestro Don Carlos.


El último tramo de la novela, la acción se acelera (sin aflojar la densidad estética) con el desenterramiento de los fusiles y el viaje con carros de bueyes, comandado por Cara de Plata, para embarcarlos en la nave amiga, que quizá también vaya en misiones de contrabando. Pero eso también les sale mal y tienen que dejarlos enterrados en la playa. Mientras el barco se aleja, Valle-Inclán se luce en esa misma tradición por la que clama don Juan Manuel, pero esta vez en las lágrimas de una muchacha:

La niña se acercó al ventano. Ya era escasa la luz, y abrió la vidriera. El viento le alborotó el cabello, y gruesas gotas de lluvia borraron la tinta de la carta. Bajo el alero revoloteaban dos gorriones, la tarde agonizante tenía la tristeza de una vida que se acaba, y las luces de la goleta desaparecían en un horizonte de niebla. La niña, con el rostro mojado por la lluvia, permanecía en el ventano contemplando la carta, sin desdoblarla, y sus ojos tenían un suspiro de luz como la tarde.


Es el remate de un coro de lamentos junto al cadáver del marinero, que en este final repica como un ritornelo trágico, entre los juramentos del viejo hidalgo y las lágrimas de la muchacha. Qué mejor que terminar una historia de brumas gallegas con una hermosa cantiga.
La guerra carlista, pese a la gloria de su autor, ha pasado a la historia oculta bajo su propio tema, como los fusiles bajo el suelo del convento. Las Comedias bárbaras han recibido mucha más atención, y estas joyas de drama narrativo, de poesía novelesca, me da la sensación de que han pasado casi como piezas menores. Desde luego no han gozado del prestigio ni de la influencia que desplegaron las Comedias y que en cierto modo siguen desplegando. Como novelas, como arte de novelar, me temo que su barco también partió y su maestría se quedó en la playa.

Ramón del Valle-Inclán, Los Cruzados de la Causa.  La guerra carlista I, Espasa Caple, col. Austral, 1969, 148 p.


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