2.9.13

La maleta de Virgilio



Entre las maletas que deshago estos días hay una que no volveré a llenar con el mismo equipaje, la de los libros que me han acompañado durante años, pero en especial estos últimos meses, mientras traducía lentamente las Geórgicas. La maleta me la hizo Les, un guarnicionero de la calle del Salvador, amigo de mi padre, hace 40 años, cuando estaba yo dejando el parvulario. La llevé después en el colegio y en el instituto, de profesor y de estudiante, la llevo en los viajes y llegará donde yo llegue, por lo menos. Cuando ponga el pie en el estribo, la colgaré del arzón. 



   El primero de esos libros que ahora repongo en su balda es y debe ser el inagotable comentario de Mynors. Seguí de principio a fin su edición crítica de todo Virgilio (la que tengo firmada por Rafel de Paula)  incluso en aquellos pasajes en los que casi todos los traductores le llevan la contraria. A veces, como en la discusión textual entre el pino y el laurel del canto IV, casi se queda solo, pero a mí me sigue pareciendo convincente. Es el gran legado de Sir Roger Mynors, que murió en 1989, a los 86 años, de un accidente de coche, cuando regresaba de trabajar en el catálogo de los manuscritos de la biblioteca de la catedral de Hereford. Él mismo conducía el coche hacia su casa de campo en Treago, en Gales. “As he left the catedral he was heard to say that he had had a good day”, dice Nisbet en el prefacio a este Comentario. 
   Mynors no solo indaga en el significado exacto de cada término y la lectura correcta de cada verso, sino que aporta todos los elementos de las Geórgicas que aparecen, de una u otra forma, en autores anteriores, principalmente en Lucrecio; discute con escrúpulo la historia de la transmisión de cada mínimo detalle, explica, organiza, recoge los textos griegos más cercanos al poema de Virgilio, de Teócrito, de Arato, y en ninguna de las casi cuatrocientas páginas de apretadísima tipografía (letra de nota al pie para un libro que es un pedestal) su prosa es fría o aburrida, sino la de un investigador con vastísimos conocimientos que disfruta de lo lindo con su trabajo y es un magnífico escritor.




El comentario de Thomas, que apareció un poco antes que el de Mynors, no es tan exhaustivo pero para el traductor quizá sea más útil en algunas ocasiones, porque Mynors da muchas veces por sentadas interpretaciones incontrovertibles de pasajes, muy pocos, de cierta oscuridad, y Thomas no deja pasar ninguno y lo primero que hace es traducirlos literalmente.  Mynors solo se detiene si el pasaje ha dado lugar a confusión, pero si su lectura, aunque difícil, está clara, solo aborda sus aspectos estilísticos, históricos, botánicos, zoológicos, etnográficos, geográficos, textuales y poéticos, pero no da traducciones literales salvo de términos concretos, y lo hace, cómo decirlo, por cortesía hacia el lector. 


          Esos eran los libros imprescindibles, los que estaban siempre abiertos. Ellos me traían lo que otros autores habían investigado, y me animaban a leerlos. Fue el caso, sobre todo, de D. D. White, cuyo estupendo Roman farming me ha acompañado muchas horas de jugosa lectura. Me encanta su orden, su claridad, su minuciosidad, ajena siempre al dato irrelevante, que es lo que humedece y garcea muchas veces los libros de erudición. Un filólogo o un historiador supongo que perdura por un tratado como el de White. Lo demás son, como la introducción a su Comentario que Mynors no pudo terminar, membra disiecta.
   En sus términos más generales (esos libros que son un repaso a toda la literatura antigua en busca de un asunto muy concreto), también es muy agradable  el tratado de Heitland, cuyo tono, siempre suficiente para no dejar de ser ni didáctico ni exhaustivo, me recuerda a otro libro que venero, La aurora del pensamiento antropológico, de Julio Caro. 


En los otros dos libros de White está el material que le sirvió, parcialmente, para componer Roman Farming. Hablan sobre todo de aperos y técnicas de cultivo, pero el autor aporta siempre dibujos de etnógrafo, también tipo Caro Baroja, detallados y sutiles (cuánto hay de don Julio en todo lo que me gusta). White es una de las delicias que me ha traído Virgilio y que, si no eran imprescindibles para traducirlo (aparte de Mynors/Thomas, cualquier traducción rebosa de explicaciones a pie de página), si lo eran para trasladarse al mundo al que se trasladó el poeta.


          El de Wilkinson es el mejor estudio de conjunto que conozco. Para escribir una introducción a las Geórgicas lo primero que hay que hacer es estudiárselo. El libro es del año 69, y permanece. Tanto en el caso de Mynors como en el de Wilkinson, los editores Nisbet y Rudd se ocuparon, respectivamente, de poner al día las cuestiones bibliográficas, asunto para el que lo más reciente quizá sea el trabajo de Volk, que es de 2008 y reúne unos cuantos artículos de distintos autores que repasan y actualizan casi todos los aspectos del poema. A Wilkinson se le cita siempre en la bibliografía, pero pocas veces se dice que se debe a él el orden de factores en el que se suele hablar de las Geórgicas.


          Era también un buen momento para leer a los contemporáneos de Virgilio, a sus maestros helenísticos y arcaicos (hysteron-próteron, no hendíadis): Hesíodo, Teócrito, Apolonio, Arato, y a los maestros de casa, unos por venerables, otros por contemporáneos, la mayoría por seguidores y practicantes del culto virgiliano. Antes, Lucrecio y Catón; durante, Varrón y Plinio el Viejo, quien nació al poco de morir Virgilio; y mucho más tarde Columela o Paladio, además de todos los que de un modo u otro abordaron el tema de la agricultura en la Antigüedad, que es lo que tratan Heitland o White.
          Hesíodo y Teócrito son los maestros griegos de Virgilio. El primero por el tema, y por la naturalidad (a pesar de que en las écfrasis, las descripciones de paisajes y de animales, Virgilio sigue más a Homero), y el segundo porque fue en quien encontró Virgilio el material humilde que quería sublimar, los pastores de los que no se quería reír, el Cíclope joven y soltero que le producía, más que risa, ternura. Traduje ese idilio a propósito, creo, de una nueva edición del Polifemo de Góngora, otro de los temas que me llenan la maleta.



Por lo que a Apolonio respecta, y a pesar del poema Etna, demasiado tieso para ser de Virgilio, es más útil como modelo para el canto cuarto de la Eneida que para este otro poema: el brillo de la exhaustividad, la apoteosis de lo menudo está muy controlada en Virgilio, precisamente por eso, para no convertir la compasión humana en lujuria libresca. 
          Con Lucrecio, el gran maestro de Virgilio, nos topamos con el culpable de todo, Agustín García Calvo. Ya he contado aquí con qué rapidez me contestó el maestro (q. e. p. d.), en carta manuscrita, a unos versos de Lucrecio que traduje yo en el año 87, cuando estudiaba, según el método que él ya había practicado en su antología de Virgilio, un gran libro por muchas razones; una de ellas, la que más me afecta, es que cambió por completo la forma de entender el hexámetro. Incluso traduje, años después, el libro cuarto de las Geórgicas, entero, según esa especie de versículo rimado con que tradujo él por fin a Lucrecio en una versión que debería figurar entre las antologías de vanguardia de todos los tiempos. Lo dejé. El versículo de seis acentos me parecía demasiado largo, y los hipérbatos y ripios a que obligaba la rima demasiado bruscos.



          Por cierto, que la edición de Cátedra es de García Calvo solo en cuanto al prólogo, pero la traducción es del Abate Marchena, de principios del XIX, en uno de sus exilios volterianos en París. La traducción es espléndida, y desde luego está entre lo mejor, si no es lo mejor, de toda la poesía ilustrada española. Y es curioso porque en los endecasílabos de Marchena Lucrecio fluye sin la bronquedad del original (ni de la versión de García Calvo luego, eso es verdad), y que su claro castellano dieciochesco, tan musical, me suena más a Virgilio que a Lucrecio. Marchena no tradujo a Virgilio, pero su versión de Lucrecio es esplendorosa, y, si fuésemos un poco más aficionados a la historia, él mismo habría sido un gran personaje literario, como para meterlo en Historia de dos ciudades, por ejemplo.




          De los otros contemporáneos de Virgilio guardo recuerdos felices. Picotear en Catón, en Plinio, etc. siempre fue un placer, aunque solo fuese para comprobar algo que Mynors y Thomas ya habían comprobado, para estar allí. En cuanto a las traducciones, la de Amelia Castresana es muy Catón, ocupada solo de las cifras y de los contratos, con olor a tesis de Derecho romano.




De Columela apareció un facsímil de 1824, de Álvarez de Sotomayor, que compré pero apenas he consultado porque la traducción de José Ignacio García Armendáriz es extraordinaria, con todo el conocimiento técnico y filológico para hablar del tema y todo el castellano campestre que el traductor maneja como quien lava. Excelente. De Paladio no me paré a saborear la traducción, tan solo algunos datos (la larga discusión entre el pepino y el cohombro en el fragmento del anciano coricio, del libro IV, también pasó por él; al final ganó el pepino), aunque a quien más había que recurrir era, sobre todo, a Varrón, que publicó su tratado al mismo tiempo que Virgilio sus Geórgicas, y es un buen punto de referencia para saber la distancia que media entre ciencia y poesía. Plinio, en fin, es lectura tradicional. Su ciencia ficción me divierte mucho, sobre todo en sus conjeturas etnográficas y zoológicas, pero en lo que respecta a agricultura es de la máxima autoridad.




Cada fragmento traducido había que compararlo con otras traducciones. Si algo exige este poema es precisión; aunque la lengua de Virgilio es muy clara, la proverbial polisemia del latín admite un margen interpretativo a veces excesivamente amplio. Las que más he usado han sido las traducciones en prosa, por ese afán de exactitud y también porque, en tanto que poema didáctico, las Geórgicas tienen algo de prosaico, o, para decirlo en términos de Coleridge, los largos poemas necesitan versos que no sean tan sublimes. Claro que en el Romanticismo, por lo menos al principio, a la gente le gustaban los poemas largos, narrativos, que sin dejar de ser poemas tenían algo del ritmo de la prosa. Lástima que no lo intentara Espronceda con Virgilio, y no aquel Pelayo que no fue nunca a ningún sitio.




          
           Hay más por casa, pero me he manejado bien con tres traducciones en prosa. La de Recio, salvo media docena de pasajes que no acabo de ver por qué los interpreta como los interpreta, es muy fiel al original pero lleva un barniz literario algo desleído, tomado muchas veces de lugares comunes en la traducción de los antiguos. Otras veces, la mayoría, su versión es impecable, pero le falta algo, quizá lo que le sobra a raudales a la traducción de Llorenç Riber, la mejor sin ninguna duda, y no solo de entre las traducciones en prosa. A veces corta por lo sano y otras veces no interpreta bien, pero en su maravilloso castellano está Virgilio, su música, su afecto por las cosas. He tenido que escribir en la foto el nombre del traductor porque en las ediciones de Espasa, por lo menos en esta vieja, no se molestaban en ponerlo. Otro de los grandes descubrimientos que me ha deparado Virgilio ha sido la obra de este gran poeta, en verso y en prosa.



          La versión de Cuatrecasas es un alarde de sencillez y literalidad. Muchas veces que en Recio veo una expresión algo rebuscada de algún verso voy a Cuatrecasas y me encuentro con la forma más directa y familiar. Otras veces, el afán de literalidad apelmaza un poco los versos. Esta moda de las traducciones mascadas tiene su sentido histórico, pero los clásicos están mejor en la mata, no trillados.
          Las traducciones en verso las he mirado poco, la verdad. Tener delante la versión de Antonio Caro, o la de Espinosa, o la de Day Lewis, por supuesto la de fray Luis o más incluso la de Juan de Guzmán, es, sobre todo, una invitación al abandono. Caro es un poeta caribe, las cosas en él están convenientemente agigantadas. Es, como dice Recio, un monumento de la lengua castellana, pero un monumento que no se puede imitar, empezando porque es el último gran traductor de Virgilio que usó la rima en una silva de grandes hojas. Es hermosísima, pero veo más a Virgilio en Llorenç Riber, que bebe, naturalmente, del aire, del plectro luisiano. 




La traducción de fray Luis, incompleta, es otro monumento nacional, clásico, intocable. La leí antes y la leeré después, pero no durante. Los clásicos, para ciertas cosas, desaniman. Porque además la descripción ascética, el bodegón oscuro y la fruta iluminada, viene de Virgilio pero Virgilio no es solo eso. Virgilio es lo que Jorge Guillén entendió perfectamente cuando escribió aquello de "¡Oh piedra!", las criaturas son dignas no solo por ser hijas de Dios, sino por ser. Los ascetas son hijos de Dios, pero Virgilio es. Fray Luis es tan bueno que es demasiado fray Luis, y para ser Virgilio, como para narrar Guerra y paz, también hay que no ser.
   Queda la de Espinosa, la última gran traducción, de los años 60, en endecasílabos más tímidos que los de Caro, más recogidos, más luisianos, pero no por eso más virgilianos. La gran traducción de Espinosa es una versión abacial, bondadosa, como el otro fray Luis, el de Granada, que también sabía nombrar las flores del campo. Emociona menos que la de Caro, pero la de Caro es emoción desatada, cuadro de Botero, fiesta al llegar el tren. 



          Ninguna en español, de las que han optado por el verso largo con mayor o menor versatilidad rítmica, tiene el dulce son de la de Day Lewis al inglés. Es Wordsword, pero también es su contemporáneo Auden, poesía en el tiempo. El propio Day Lewis era partidario de una traducción en verso de las Geórgicas cada cincuenta años, y eso que él la compuso en 1942, en plena guerra, y en ese mismo tiempo se escribieron otras tres traducciones en verso inglés, para que digan luego que Virgilio no es un consuelo.
          No, en español no hay ninguna traducción en verso que me acabe de gustar, donde acabe de ver yo a Virgilio, ni siquiera la de García Calvo, que tiene aciertos deslumbrantes, pero cuando le sale el ramalazo garciacalvino, que es la mayor parte del tiempo, Virgilio desaparece entre el crespo cardado sintáctico del traductor.
          De entre los poetas vivos, uno fantasea con la posibilidad de que las tradujese Antonio Colinas, con versos como los de Noche más allá de la noche, los fragmentos alejandrinos, el poema del soldado, grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio, todo eso. O bien el poeta Rosendo Tello, de quien el otro día Toni Losantos me envió una geórgica de Magia en la montaña estupenda, en alejandrinos voladores, más o menos el tipo de verso que yo intentaba. 



Y es una lástima, en fin, que a don Antonio Machado no se le ocurriera nunca traducir las Geórgicas. Los alejandrinos de Campos de Castilla suenan a Virgilio, son Virgilio. Machado canta a los campos de Soria y en sus versos cobran la emoción y la hermosura que los propios lugareños no sabían ver. Machado nombra las cosas con palabra poética, sobre todo aquellas que parecían no ser materia de poesía, por demasiado humildes, por demasiado grises. Virgilio vistió las sencillas labores del campo con las galas de la más alta poesía, pero, en vez de decorarlas, de magnificarlas, buscó su nombre esacto, las redimió en su propia y desnuda sustancia. Decía el poeta C. Day Lewis que a la fascinación de traducir un trabajo “que es al mismo tiempo serio y encantador, didáctico y apasionado”, se unía el hecho de que “el verso didáctico es el único que puede traducirse literalmente sin perder la calidad poética del original”, precisamente porque las cosas están en los nombres de las cosas, y el poeta no se ocupa de disfrazarlas o de engalanarlas sino de nombrarlas.
          En Virgilio, y en Machado, la poesía no trata de estar a la altura del objeto heroico sino que son los objetos cotidianos los que trascienden al rango de poesía heroica, y todo ello sin afectación, escuchando, observando, animando incluso: admirando. La emoción solo nace de la admiración. Nadie puede emocionarse con algo que desprecia, y los autores omnipresentes, inflexibles, que al denunciar no hacen más que ponerse por encima de lo que dicen, son incapaces de encontrar el punto de vista en el que las cosas, cualquier cosa es digna y bella, y con frecuencia una lección para la vida. 



          Pero, ya digo, Machado no tradujo las Geórgicas, ni a ningún otro se le ocurrió hacerlo, que yo sepa, en verso alejandrino. Solo a finales del siglo pasado la traducción de La Farsalia de Lucano a cargo del poeta Mariano Roldán dejó sentado que el de catorce sílabas (y acento en sexta y mismas normas de escansión para ambos hemistiquios heptasílabos) es el mejor verso castellano para traducir hexámetros. En el caso de Lucano, Roldán usó un alejandrino barroco, como barroco es el original romano, y así es como había que hacerlo si, además del texto, quería traducir la poesía. Virgilio no es barroco, y Machado tampoco, y entre los muchos frutos de los Campos de Castilla se encuentra un poema que nos enseña a leer, y a apreciar, las “monótonas hileras” de Berceo. Sus versos o los del Libro de Alexandre se traslucen en Machado. Son los herederos medievales de Virgilio. Otro de los frutos que le debo: meterme hasta los ojos en nuestra poesía románica culta, el primer mester, el del siglo XIII.



          La cosa empieza y acaba con dos libros. Uno es el discurso de principio del curso 1968-1969 del Instituto de Enseñanza Media de Guadalajara, que a principios de los 90 se vendía en la Cuesta de Moyano y donde reverdecí el mito de las bugonias con que terminan las Geórgicas. El otro, el de Comparetti, llegó a casa cuando, en una de esas búsquedas de versos virgilianos, abrí la puerta del mester y me quedé dentro largo tiempo. El clásico de Comparetti es un festín erudito, cuyas páginas consagradas a oscuros monjes medievales me hacen mirar de reojo el primer tomo del célebre comentario de Austin sobre la Eneida
          Pero no, ya vale.  Largo trecho anduvimos, el tiempo es llegado. Volveré a las Geórgicas porque aún tengo que escribir una pequeña introducción, pero de momento la vieja maleta espera nuevos inquilinos.




12.7.13

Dentro del puño


Hay un concepto japonés, ma, que designa el espacio y tiempo, el silencio imprescindible, el vacío que sirve para dar sentido a todo lo que está ocupado y a todo lo que sucede. Digamos que el pasado sábado, en el bar Tropezón, de la Iglesuela del Cid, el famoso jugador de morra Cruz III fue vencido por el ma.
   Se enfrentaban la pareja Cercós y Pitarch, que juegan a la catalana, y la local de los hermanos Cruz. Fue un combate extraordinario. Ya desde las primeras rondas quedó de manifiesto la abrumadora superioridad de Cruz III, que acorralaba a sus adversarios con agobiantes andanadas y sacaba siempre la mano alternando arriba y abajo, de modo que sus oponentes no tuviesen margen para la predicción. Pero hubo tiempo, y espacio, y nadie bajó los brazos.
   La estrategia de Cruz III es tan antigua como el juego, y por eso mismo la que distingue a los grandes jugadores. El adversario, si quiere seguir concentrado en los movimientos de su contrincante, empieza a dejarse llevar por una misma sucesión de apuestas que determinan su derrota. La morra es un juego de pocos elementos, pero muy delicados, llenos de tiempo interior. El uno se apuesta con el puño; el dos, con el pulgar y el índice; el tres, con esos dos y el corazón; el cuatro sin el pulgar, y el cinco con la mano abierta. El hecho de que el pulgar solo se use en tres apuestas (2, 3 y 5) hace que el movimiento para cualquiera de ellas cambie drásticamente con respecto a las otras dos. Sacar el pulgar cuesta más tiempo que sacar el índice y el corazón, por eso conviene sacarlos con el brazo en movimiento, para que esa diferencia mínima, ese espacio de entretiempo no sea detectado por el contrincante, que, si es tan hábil como Cruz III, puede tener mecanizada la respuesta sin necesidad de calcularla. Era difícil saber quién movía los dedos de Cruz III, si su instinto o su agilidad mental, o su experiencia, que viene a ser la suma de ambas virtudes.
   Secundado con seriedad por Cruz I, la pareja se mostró imbatible durante los primeros enfrentamientos. Cruz III se concentra con la cabeza baja, con los labios fruncidos y los ojos clavados en el puño, como auscultando esos espacios internos, el vacío que se necesita para burlar al tiempo y entrar en el terreno del rival; pero luego yergue la postura y ataca de frente, con una decisión que intimida, y la falange del pulgar engatilla el dedo índice de modo que nunca termina de cerrar el puño y, más que abrir la mano, la dispara. Cruz I, por su parte, medita de espaldas al espacio de juego, no es tan agresivo en la constancia y la movilidad de sus apuestas, pero con sus aciertos brinda márgenes de riesgo al compañero.
   Ninguno de los cuatro retuvo el juego por alargar los cantes. Todos golpearon seca, noblemente. Pitarch se batió con brío y mantuvo prolongados duelos, pero esos últimos tantos de Cercós al gran Cruz III fueron lo mejor de la noche. No solo estaban en juego las cervezas sino también el orgullo. Cercós representa la morra bajoaragonesa, y los temibles hermanos Cruz la morra del Maestrazgo. Todavía no contamos con un estudio riguroso que aborde sus diferencias y similitudes, pero, a tenor de lo visto en la noche del sábado, se pueden incorporar algunas observaciones a los materiales de la investigación. Los Cruz están hechos a una morra seca y elevada, muy intensa e isócrona, como un constante y veloz martilleo que provoca los errores del contrario. Cercós, en cambio, iba de menos a más. Sujetaba los primeros envites y esquivaba las repeticiones, pero cuando entraba en el punto tiraba con más arrojo incluso, y si el punto se hacía largo protagonizaba intensos cuerpo a cuerpo. Su juego es más fogoso, brillante en el fragor de la batalla, discreto en los puntos cortos, en el juego sin espacios. 
   Ni Cercós ni Pitarch cejaron en su empeño hasta que en las últimas rondas equilibraron el tanteo e incluso Pitarch amarró varios puntos espectaculares, un torrente de apuestas, un intercambio de golpes numerados aleatoriamente con el implacable Cruz I. Pero ese gran último punto entre Cercós y Cruz III desdibuja los distingos: era morra en estado puro, la intuición y la técnica, la constancia y el arrojo. Cercós había ido creciendo en concentración conforme avanzaba la noche. No perdía de vista la mano del adversario, la abertura del puño, jugaba con sus mismas cartas y en su extrema concentración había logrado meterse incluso en los cambios a cuatro, que son los momentos más vertiginosos. Cruz III sacaba el cuatro abajo con la palma, Cercós lo metía por arriba con el dorso. Cruz III le buscaba el dos, le repetía las que le sacó con otros doses, y se cebó tanto con los doses altos y los cuatros bajos que repitió un par de veces un ata- que con el puño después de tres salidas, algo que Cercós cogió al vuelo y remató el tanto, que duró varios minutos, con un cuatro por arriba con los dedos y un cinco con los labios que dejó a Cruz III sin posibilidades, consciente de un error que no había durado más de media décima, ni siquiera eso. Cruz III se quedó con la mirada fija en el puño, el que guarda el secreto de sus victorias. Estaba tan prieto que no hubo tiempo de empezar a abrirlo. No hubo espacio. 
   El público jaleaba el tanto entusiasmado, y salió del bar muy satisfecho del gran espectáculo que acababa de presenciar, e intercambiaba cálculos y apuestas para el próximo enfrentamiento, que tendrá lugar en primavera. 


Ilustración de Juan Carlos Navarro 

El pastor Aristeo

Con este famoso epilio termina el libro IV de las Geórgicas y el poema entero de Virgilio. Empecé a colgar fragmentos en este blog, ahora lo veo, hace siete años. Dejo para el resto del verano las labores de martillo y formón, los cantos, las rebabas, pero la traducción ya la doy por terminada.


Geórgicas, IV, 315-566

   ¿Qué dios, oh Musas, quién nos trajo esta industria?
¿Dónde tuvo su origen este nuevo saber?
El Pastor Aristeo, como es bien sabido,
cuando huía del Tempe, en el río Peneo,
y después de perder por las enfermedades
y el hambre a las abejas, se detuvo afligido
en la fuente sagrada donde nace este río
y entre muchos lamentos habló así a su madre:
«Madre, madre Cirene, que moras en el fondo
de estos remolinos, ¿por qué, si es verdad,
como dices, que Apolo el timbreo es mi padre,
de alcurnia preclara de dioses me creaste
para que me odiasen los hados del destino?
¿Dónde fue a parar el amor que me tenías?
¿Por qué me diste orden de esperar el cielo?
Es que incluso esta gloria de mi vida mortal
que la diestra custodia de mieses y ganados
después de hacer a todo me trajo a duras penas,
aun siendo tú mi madre la tengo que dejar.
Ea, que arranque tu mano mis árboles frondosos,
fuego lleva enemigo y prende los establos,
arrasa las cosechas, incendia los bancales,
levanta el hacha recia y acaba con las viñas,
si es que tanto enojo te causó mi honor.»
Mas la madre el sonido en su lecho sintió
en lo hondo del río. Alrededor de ella,
ya las ninfas hilaban vellones de Mileto
teñidos del color oscuro del vidrio,
Nesea y Espío y Talía y Cimodoce,
suelto el limpio cabello sobre los blancos cuellos,
y Drymo y Ligea y Janto y Filodoce,
y Cidipe y la rubia Lícoris, la una virgen,
la otra ya por entonces experta en las primeras
fatigas de Lucina, y Clío y su hermana,
Béroe, ambas hijas del Océano, ambas
de oro y de pintadas pieles ambas ceñidas,
y Éfira y Opide y la asiana Deiopea
y la rauda Aretusa, al fin depuestas las flechas.
Entre ellas estaba contándoles Climene
los inútiles celos que ocupan a Vulcano,
la astucia y los goces furtivos del dios Marte,
y empezando en el Caos narraba de los dioses
sus densos amoríos, mientras ellas devanan
cautivas del poema, con huso suaves copos,
y otra vez llegaron a oídos de su madre,
las quejas de Aristeo, y todas sorprendidas
quedaron en su escaño de cristal. Y Aretusa,
saliendo a mirar antes que sus otras hermanas
sacó rubia cabeza por cima de las aguas
y dijo desde lejos: «Oh hermana Cirene
no en vano te asustas de tan grandes lamentos,
es él, Aristeo, tu desvelo mayor,
quien llora junto al padre Peneo sin consuelo,
y con razón te llama cruel». La madre, su alma
herida por un nuevo temor, «Tráelo», dice,
«vamos, tráelo aquí con nosotras, que es justo
que pise los umbrales de los dioses». Al tiempo,
ordena separarse a las profundas aguas,
bien abiertas, por donde pueda el mozo entrar.
Y una ola curvada en forma de montaña
rodeó al muchacho y en su enorme seno
lo acogió y hasta el fondo del río lo condujo.
Iba ya Aristeo entonces admirando
la casa de la madre y sus húmedos reinos,
los lagos cerrados dentro de espeluncas,
los bosques resonantes, y él, estupefacto
ante el movimiento enorme de las aguas,
los ríos contemplaba todos, que se deslizan
con rumbos diferentes bajo la ancha tierra,
el Fasis y el Lico y la fuente donde brota
el profundo Enipeo, y donde el padre Tíber
y donde las corrientes del Anio, y el Híspanis
que suena estruendoso entre los peñascales
y el Caico de Misia, y con un par de cuernos
dorados el Erídano, y apariencia de toro,
no hay ningún otro río que fluya más violento
por fértiles cultivos hasta el mar purpúreo.
Y en que hubo llegado a la bóveda de piedra
que cubre su morada, sintió Cirene el llanto
inútil de su hijo, y límpida aguamanos
le ofrecen las hermanas, paños llevan de raso.
Unas ponen las mesas cargadas de manjares
y otras las copas llenan, ardiendo está el altar
con fuegos de Pancaya, y la madre le dice:
ven, coge estas copas de vino de Meonia
y en honor del Océano haremos libaciones.
Y al mismo tiempo eleva sus preces al Océano,
que es padre de todas las cosas, y a las ninfas
hermanas que cien bosques protegen y cien ríos.
Tres veces derrama Cirene néctar líquido
en el fuego vestal, y tres veces la llama
subió resplandeciente a lo alto del techo.
Afirmando el ánimo con el augurio, dijo:
«En el fondo del Cárpato, del reino de Neptuno,
se encuentra un adivino, el cerúleo Proteo,
que cruza el vasto mar en un carro tirado
por peces que también son bípedos caballos.
Ahora mismo está Proteo visitando
los puertos de la Ematia y su patria, Palene;
las ninfas y el anciano Nereo le tenemos
en gran veneración, pues, como adivino,
sabe todas las cosas, las que son, las que han sido,
y las que traerá después el porvenir;
y como así a Neptuno le avino, sus rebaños
apacienta monstruosos debajo de las aguas
y a sus horribles focas. Antes que nada, hijo,
lo tienes que amarrar con lazos a Proteo,
para que así te explique el origen del mal
y le dé solución. Pues no dará consejos     
si no es por la fuerza, ni ablandarás con ruegos;
emplea fuerza bruta y cuando lo tengas preso
aprieta las cadenas; solamente con ellas
se quebrantan inútiles al fin sus artimañas.
Yo en persona, cuando el sol haya encendido
ardiente el mediodía y las hierbas pasan sed
y los ganados van buscando ya la sombra,
te conduciré hasta la guarida del viejo,
allí donde del agua cansado se retira,
para que te resulte más fácil atacarlo
mientras yace dormido. Pero cuando lo tengas
sujeto con las manos y con las ataduras,
tratarán de engañarte apariencias diversas
y semblantes de fieras. Se trocará de pronto
en un cerdo con púas y en un tigre negro,
en dragón escamoso y en rubia leona,
o hará el crepitar de la llama y así
zafarse intentará de las cadenas, o bien
escurrirse disuelto en finos chorros de agua.
Y contra más se mude en todas las figuras,
tanto más fuertes, hijo, aprieta las prisiones,
hasta que el cuerpo vuelva a ser como lo viste,
cuando al coger el sueño él cerraba los ojos».
   Así dice, y derrama perfume de ambrosía
con el que untó el cuerpo entero de su hijo;
del cabello arreglado emanó un dulce aroma
y un ágil vigor a los miembros le vino.
En la falda se encuentra de un monte erosionado
una gruta muy grande donde se aglomera
con viento el oleaje, y en recónditas cavas
se rompen, que no hay más segura ensenada
para los navegantes que se han visto perdidos;
dentro, tras el escollo de un peñasco enorme,
Proteo se guarece. Aquí la Ninfa deja,
al joven en las cuevas, de espaldas a la luz;
ella, a lo lejos, queda oculta entre la niebla.
Ya ardía en el cielo el Sirio abrasador
que torra a los sedientos indios, y un sol de fuego
la mitad de su esfera ya había consumido;
las hierbas se agostaban y los rayos cocían
en sus cauces resecos las corrientes profundas,
calientes hasta el cieno: en esto que Proteo,
saliendo de las olas, iba a su antro habitual;
alrededor de él los habitantes húmedos
del vasto mar salpican a lo lejos, brincando,
un amargo rocío. Las focas, por la playa,
todas diseminadas se acuestan a dormir.
Y así como hace el guarda del establo
allá en las montañas, un día que el lucero
de vuelta de los pastos trae a los terneros
camino de las cuadras, y azuzan a los lobos
cuando se oyen sus balidos los corderillos,
Proteo se asienta en medio del rebaño
y encima de una piedra los cuenta uno por uno.
Como sabe Aristeo cuáles son sus poderes,
sin casi consentirle que sus miembros fatigados
recomponga el anciano, con un grito tremendo
se abalanza sobre él y echando las esposas
se apodera del viejo cuando está tendido.
Proteo, a su vez, sin olvidarse de sus artes,
se transforma en toda clase de maravillas
en fuego y espantosa fiera y agua de río.
Mas, como ningún truco le brinda escapatoria,
vuelve a su ser, vencido, y con la voz de un hombre
finalmente así habló: «¿Y a ti quién te ha mandado, 
intrépido muchacho, que entres en mi casa?
¿Qué vas buscando aquí?» Pero él: «Tú lo sabes,
Proteo, tú lo sabes; nada puede engañarte,
pero tú deja ya de intentarlo. Venimos
siguiendo los mandatos de los dioses, aquí,
en busca de un oráculo para la ruina nuestra».
No dijo más. Por fin, ante estas palabras,
torció el adivino con fuerza extraordinaria
los ojos encendidos de glauco resplandor,
y haciendo rechinar los dientes con violencia
abrió de esta manera sus labios al destino:
   «No te dejan tranquilo las iras de algún dios;
purgas grave delito: el malandante Orfeo
te suscita estas penas en nada merecidas,
si el hado lo consiente, y se venga con saña
por la esposa perdida. Pues aquella muchacha,
mientras de ti escapaba precipitadamente
por la margen del río a una muerte segura,
no vio ante sus pies una enorme culebra
que entre las altas yerbas guardaba la ribera.
Mas entonces el coro de sus amigas Dríadas
las cumbres de los montes llenó con su clamor;
y lloraron las cumbres del Ródope y el alto
Pangeo y la tierra de Reso belicosa
y los Getas y el Hebro y la ática Oritia.
Orfeo, consolando su amor perdido,
a ti, dulce esposa, con la cítara hueca,
a ti junto a sí mismo en playas solitarias,
a ti al despuntar el día te cantaba,
a ti en su caída. Se adentró, incluso,
en las fauces del Ténaro, por la entrada profunda
de Plutón, y allí, entre negros espantos,
llegó hasta los Manes por bosques tenebrosos
y hasta el rey terrorífico y hasta los corazones
que con ruegos humanos no saben ablandarse.
Las sombras delicadas, movidas por el canto,
salían de recónditas moradas del Erebo,
los espectros de aquellos que no verán la luz,
tantos como los pájaros que se esconden a miles
entre las hojas cuando la lluvia del invierno
o el Véspero los echan desde las montañas,
madres, hombres, los cuerpos privados de la vida
de héroes magnánimos, los niños, las doncellas,
jóvenes arrojados a las piras fúnebres
delante de sus padres: los cerca el cieno negro
y los feos carrizos del Cocito y la odiosa
ciénaga con sus aguas lentas, los aprisiona
fluyendo nueve veces la Estigia alrededor.
Es más, hasta las mismas mansiones de la Muerte,
las entrañas del Tártaro, quedáronse pasmadas,
y las Furias, que llevan serpientes azulencas
trenzadas al cabello, y se quedó Cerbero
tres veces boquiabierto, y se paró en el aire
la rueda de Ixión. Ya Orfeo regresaba,
ya había salvado todas las amenazas;
devuelta a la vida, Eurídice subió
caminando tras él hasta la luz del día
(condición que había impuesto Proserpina),
cuando se apoderó del incauto amante
locura repentina, de veras perdonable
si es que los espíritus supiesen perdonar.
Orfeo se detuvo, olvidándose, ay,
y el ánimo entregado, ya en puertas de la luz
se volvió a mirar a su amada Eurídice.
Y todos sus esfuerzos allí se derrumbaron,
rotos fueron los pactos con el cruel tirano,
se oyeron tres estruendos en los lagos avernos.
«Qué es lo que nos ha perdido», dice ella,
«desgraciada de mí, y a ti también, Orfeo,
qué locura tan grande? He aquí que los hados
otra vez de regreso crueles me reclaman,
y el sueño ya me cierra los ojos arrasados.
¡Ha llegado el adiós: la noche interminable
envuelta se me lleva, y tiendo hacia ti
mis blandas manos, ay, pero ya no soy tuya!»
Dijo, y de pronto, igual que el humo sutil
en aire se disipa, se fue desvaneciendo
delante de los ojos de su amante, y ya
no volvió más a verlo tratando de agarrar
las sombras para nada, ni decir tantas cosas,
ni volvió a consentir el portero del Orco
atravesar el lago que se interponía.
¿Qué podía hacer? ¿Adónde dirigirse
si le habían quitado dos veces a su esposa?,
¿con qué llanto a los Manes podría conmover,
alzando qué palabras a los dioses del cielo?
Pues yerta ya flotaba sobre la barca Estigia.
Cuentan que él pasó siete meses llorando,
uno detrás de otro, al pie de un alta roca
y junto al Estramón de solitarias aguas,
y que a estos lamentos dio suelta en el fondo
de cavernas heladas, amansando a los tigres
y haciendo que a su canto siguiesen las encinas;
así es como llama la triste Filomela
a la sombra de un álamo a sus crías perdidas
que el duro labrador al acecho sacó
implumes de su nido; mas ella por la noche
llora mientras repite, posada en una rama,
su amarga canción, y llena los entornos
de quejas desoladas.Y ya no hubo amor,
ya no hubo himeneo que doblegar pudiera
el corazón de Orfeo. A solas recorría
los hielos hiperbóreos y el Tanais nevado,
los campos nunca viudos de escarchas rifeas,
llorando a su raptada Eurídice y los dones
sin fruto de Plutón; deste honor desairadas,
las mujeres ciconas, entre ritos sagrados
y orgías del nocturno Baco, hecho pedazos
los miembros del mancebo por la vasta llanura
fueron diseminando. Aun cuando el tracio Hebro
llevaba dando vueltas, en medio de las aguas
la cabeza arrancada del marmóreo cuello,
¡Eurídice!, clamaba la voz, la lengua fría,
¡Ah mi pobre Eurídice!, y el alma se le iba:
¡Eurídice!, sonaban las márgenes del río». 
   Esto dijo Proteo, y se arrojó de un salto
al piélago profundo y allí donde cayó
dejó un remolino de olas espumosas.
Mas no se fue Cirene, que habló así al temeroso:
   «Hijo mío, conviene que alejes de tu ánimo
tus desgraciadas cuitas; esta es la causa toda
de la enfermedad, por tal razón las ninfas,
con quienes ella, en coro, por los bosques profundos
danzar solía, enviaron la muerte a las abejas.
Tú, como un suplicante, eleva tus ofrendas
pidiéndoles la paz, y honra a las Napeas,
ninfas afables ellas, que aceptarán tus votos
y aplacarán su ira. Te diré por su orden
de qué manera debes decirles tu oración
Escoge cuatro espléndidos toros, de bella estampa,
que pastan en las verdes alturas del Liceo,
y otras tantas novillas con la cerviz intacta.
Levanta cuatro altares para estos animales
cabe los elevados santuarios de las diosas,
derrama de sus cuellos la sangre consagrada
y en un bosque frondoso sus cuerpos abandona.
Luego, al rayar la Aurora en el noveno día,
leteas amapolas ofrendarás a Orfeo
y sacrificarás una oveja negra
y al bosque volverás: matando una becerra
darás culto a Eurídice para que se apacigüe».
Y aquí ven un prodigio repentino y fascinante:
pues zumban las abejas por todo el interior,
por entre las entrañas podridas de los toros,
y bullen a través de las costillas rotas
y arrastran grandes nubes, y en la copa de un árbol
se juntan y en racimo cuelgan de tierna rama.
   Todo esto yo cantaba del cultivo del campo,
del ganado y los árboles, en tanto el gran César,
junto al profundo Éufrates, lanza rayos de guerra
y como vencedor da leyes a los pueblos
que así bien lo quieren, y emprende el camino
que le ha de llevar hasta el Olimpo mismo.
   Era la dulce Parténope la que a mí, Virgilio,
me daba en aquel tiempo su alimento, a mí
que en gustos de un ocio sin gloria florecía,
y que también compuse canciones de pastores,
y audaz como los jóvenes a ti te canté, Títiro,
tumbado a la sombra de un haya frondosa.
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