27.4.15

Música de saxófono

            

La guerra lo enfanga todo. De Susana (o Susana y los cazadores de moscas, como por mal nombre se la conoce) es muy difícil hablar sin vincularla con los días que su autor vivió en el Colegio de España en París, en 1938, sin dinero, sin reconocimiento, incluso con malas caras. En ese mismo año saldría también el aciago libro Comunistas, judíos y demás ralea, del que, a fin de cuentas, siguiendo a Sánchez Ostiz, nadie se hizo responsable, pero que ha servido para machacar a Baroja sin tener en cuenta ni las circunstancias de ese libro ni que dos años antes había escrito El cura de Monleón, novela por la que los fascistas de Madrid pedían su fusilamiento. Baroja es el modelo de quien, por no cambiar nunca de opiniones, siempre hay alguien, alguno de los muchos que cambian de ideas como de chaqueta, que lo tacha de traidor.
            Pero todo eso forma parte de la biografía, y aquí nos interesan las novelas, aun a pesar de que en esta, por lo visto, hay muchos personajes tomados del natural, como la propia Susana, según Julio Caro “una profesora de español, que vivía con su madre y que era hija de un latinista francés conocido”. O de que Miguel Salazar, el protagonista, tenga que verse sometido a las mismas penurias económicas y tenga a su alcance los mismos paseos liberadores que se dio Baroja (tantos que, según apunta malicioso Sánchez-Ostiz, tuvo que comprar ropa porque desgastaba las suelas de los zapatos):

Suprimía todo lo posible mis gastos. Mi único vicio era tomar café. La austeridad constituía mi norma. No había tenido amores, ni éxito con las mujeres. Estaba acostumbrado a que no me hicieran caso y me consideraran como hombre absurdo.

            Salazar vive en el hotel más barato de la contornada, que “olía a pobre”, y comprende que, siendo un don nadie como es él, la gente no le tenga simpatía, “pero hay veces en que el ambiente no parece solo de indiferencia, sino de hostilidad”, dice, y uno escucha entonces al viejo de 66 años, no al joven químico que no ha cumplido los treinta. Susana, entre bromas metaliterarias, le reprocha “esa actitud de viejo”.
            Lo que hace Baroja en esta novela es parecido a lo que hace Woody Allen en sus últimas películas: puesto que él ya es demasiado viejo para el papel de galán, contrata a un actor joven para que vea el mundo con su misma lente cáustica y enamore a la mujer con la que soñó toda su vida. Claro que ese joven químico enviado a París por su casera para que compre un específico que pueda ser rentable en España (en esas circunstancias, el más rentable habría sido, en efecto, un potente insecticida) solo es el joven que fue Baroja, al menos más joven, cuando se enamora de Susana, porque antes es cenizo hasta la impertinencia, con un tipo de resignación sarcástica que venimos viendo así de clara desde Los pilotos de altura, esa constatación imperturbable de las barbaridades, ese decir las cosas como son y como fatalmente serán, y luego encogerse de hombros. El héroe barojiano puede tener tristeza y melancolía, pero ya no tiene esplín, ya no acude a verse las lágrimas al espejo, como Baudelaire, porque ya no le quedan lágrimas y porque ya no le interesan los espejos.
            Pero ese joven galán sí puede cortejar, en la imaginación de Baroja, a la joven profesora de español, quien a su vez está compuesta por retazos de sus grandes protagonistas femeninas. Como dice Sebastián Juan Arbó, “las que murieron como Lulú, o como Nelly; las que se fueron como Sacha”. Sí, Susana tiene esa candidez que tanto fascinó a Baroja, pero también esa determinación. A Baroja no le gustan las mujeres tontas, pero tampoco las resabiadas. Baroja consigue que Susana se pase la novela recitando párrafos de enciclopedia sobre los temas históricos más raros sin que al lector le parezca pedante jamás. Es como la Mary de El cura de Monleón, pero si allí nos irritaba que Baroja rompiera el flujo narrativo metiendo una chapa erudita, aquí uno escucha a la deliciosa Susana y esas mismas parrafadas son curiosidades que amplían el interés del personaje.
            Susana es el consuelo, la razón de vida de Miguel, pero también la razón literaria de Baroja. “El carácter de combate que pensaba dar a mi vida”, dice Miguel, “contra la adversa suerte me parecía casi divertido”. Si cambiamos vida por novela, quizá encontremos la razón de por qué esta novela es, sobre todo, divertida. Las sentencias agoreras de Miguel, su sinceridad brutal, su poco afecto por los tópicos de la cultura son en ocasiones muy graciosas, como lo son las escenas multiculturales (el episodio de la polaca y las ratas es tronchante) o ese otro cañamazo que se va viendo por detrás de Susana, el de los cazadores de moscas.
            Se trata de unos cuantos personajes que revolotean en torno a Susana, desde su padre, Roberts, sobreprotector e hipocondríaco, al eminente profesor Olivier o al pintor Ferón, o al ya clásico taxidermista y anatomista, que rellena los cráneos humanos con cebada seca y después los mete en agua para que los granos se hinchen y los huesos se desarticulen. Todos ellos son gnomos barojianos, seres de un tiempo indefinido del siglo XIX, el tiempo de las novelas, y que aquí espantan las moscas de 1938 para llevar la novela a un jardín boccacciano, y van de excursión a merendar como si se fuesen a pasar la tarde a un cuadro de Manet, donde, cosas del siglo, se escuchan “tangos y rumbas y música de saxófono”. Y allí, en ese París de pinceladas sueltas, el personaje encuentra el sentido a su existencia y Baroja un motivo de esparcimiento.
            Hay una escena especialmente significativa. En el estudio del pintor Ferón (que podría ser el de Zuloaga, que se fue corriendo para no saludar a Baroja cuando lo encontró en París) hay un cuadro que encierra esa aspiración a la belleza como referencia, como punto de fuga. La broma es que el padre de Susana, Roberts, siempre que ve un cuadro de Ferón, pregunta algo sobre el lugar donde está pintado o sobre el tipo de vestido que llevan los personajes, pero jamás dice si el cuadro le gusta o no. Y Miguel Salazar, que se queja de esa actitud, tampoco se queda corto:

Lo que más me gustó en la casa fue el paisaje que se divisaba desde una de las ventanas del estudio. Delante se veían unas colinas de poca altura, llenas de bosquecillos tupidos y frescos, y, a cierta distancia, el río, que brillaba al sol. En aquellas alturas, entre masas de castaños y de olmos, se destacaban grupos de árboles frutales llenos de flor blanca y sonrosada, que tenían colores tan suaves que eran como una caricia. La gradación de los tonos, el rosa pálido, el rosa encendido, el rojo y el malva, y después el verde y el negro de algunos follajes oscuros, era verdaderamente admirable. El cielo, de un azul desvaído, con nubes blancas y ligeras, parecía una tela de seda adornada con encajes.

            Este es el tono de la novela, y ese también el carácter de Susana, que de buenas a primeras se marcha por problemas de salud y uno ya ve venir el final de Sacha, el de Ana, el de siempre. Baroja juega al final zigzagueando con el destino de sus personajes (es decir, el destino que a pesar de todo suele imponerles Baroja): primero se va y no dice nada, luego vuelve y dice que no estaba mala, pero el obsesivo padre decide ir a un clima más benigno para su salud y se la lleva a Egipto… Unas cuantas vueltas adobadas con genuinas descripciones de los barrios bajos de París, los que le pillasen cerca, para concluir en un final precipitado, de media línea, marca de la casa, que sin embargo da sentido a todo.
            Miguel inventa un florero matamoscas para ganarse la simpatía del padre de Susana, pero estos matadores de moscas son unos ilusos, pobres románticos arrinconados, muertos de miedo, que juegan a vivir metidos en un cuadro o en un libro y a colgar del techo cocodrilos disecados. No era solo el repertorio que Baroja combinaba para sacar otra novela (lo que también hace Woody Allen, por cierto) sino el mundo que lo acompañaba: las mujeres frescas y delicadas, cultas y obstinadas, sonrientes, y los hombres con melena blanca que se dedican a coleccionar curiosidades. A Miguel Salazar no le apetece ir al Trocadero para ver la Exposición Universal de 1937, pero sí a la feria de los tiovivos, que describe igual de bien que aquella de Pamplona en Las figuras de cera. “A veces se ven cosas más curiosas mirando a un rincón que contemplando un museo o yendo a una biblioteca”, le dice a la culta Susana, que lo quiere porque no se cree esas caras largas ni ese pesimismo obligatorio. Lo quiere porque sabe que no es lo que aparenta, y solo esa sensación basta para que Susana llene la novela entera y aceptemos el abrupto final como aceptamos la vida breve de las mariposas. 

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