Estaba leyendo el Commentary de Mynors a las Geórgicas de Virgilio y, a propósito de los pétalos de la mielga, en los que «asoma el color púrpura de la violeta negra» («uiolae sublucet purpura nigrae»), leo una cita de Dorothy Wordsworth, que al hablar de un abedul viene a usar una expresión parecida: «through which gleams a shade of purple», «a través del que late una sombra púrpura». John Keats utilizaría una imagen parecida cuando describe el basalto de la Gruta de Fingal: «El color de las columnas es un tono negro con un brillo púrpura que late en su interior». Eso bastó, en cualquier caso, para que me apresurase a rellenar este vacío lector con los Diarios de Grasmere y Alfoxden.
Es probable que el del diario sea el género más practicado y el más desconocido, a no ser que sirva como documento añadido, y no estoy seguro de que pudiéramos leer ahora estos diarios si Dorothy no hubiera sido la hermana de William y testigo del alumbramiento del romanticismo inglés, si Coleridge no la hubiese pretendido, si en la casa donde horneaba el pan no se hubieran cocido las Baladas líricas. Pero nos habríamos perdido una obra extraordinaria por sí misma, con virtudes literarias que ahora nos parecen de lo más moderno. Está escrita por una mujer que lava la ropa y lee a Shakespeare, que pasea por el campo y traduce a Lessing del alemán, o espera a que se horneen las empanadas mientras copia los poemas de su hermano, escribe (y recibe) abundante correspondencia o lee a Boswell, a Spenser o a Chaucer. Desde luego que podríamos esperarnos una prosa de altura, cargada incluso de poesía, pero hay un par de rasgos que sorprenden por su hondura y su delicadeza.
El primero de esos rasgos es el fresco cotidiano. Dorothy se emplea en las descripciones de paisajes, todas impresionantes, pero también en la cantidad de mendigos, soldados heridos, familias errantes y demás paisanos de los lagos que aparecen por la casa y a los que ella presta su oído y su respeto, y en ocasiones algo del poco dinero de que dispone, cuyas historias escucha y cuenta y cuyas vidas comprende y admira. Ella y su hermano viven con apacible modestia, pero Dorothy no puede evitar el pensamiento de que «no somos lo bastante agradecidos con las condiciones de vida que disfrutamos» (p. 132). Y esa es de las pocas reflexiones que se salen de la actitud estrictamente descriptiva, de modo que sea el lector quien saque sus propias conclusiones sin necesidad de que nadie se las dicte. Ese nombrar, ese presentar sin juzgar, tan discreto como intenso –y por tanto elocuente–, es una virtud de alta literatura. En medio del inagotable afecto que demuestra hacia su hermano William, tan solo encuentro un muy discreto reproche: «William retiró algunas piedras del jardín, su primer trabajo en el jardín en lo que llevamos de año» (p. 119). Lo normal es que la ironía, de haberla, sea finísima: «William se encontraba muy bien, muy poético» (p. 76), o «William se cansó de buscar un epíteto para el cuco», o cuando anota que la despertó a las tres y media de la mañana «para saber la hora» (p. 120). Y lo mismo con su «queridísimo» Coleridge, de quien se muestra siempre muy pendiente, «cuántos motivos, tengo tantos motivos para preocuparme de él» (p. 85), y a quien le dedica muy sutiles muestras de amor, como cuando recibe carta suya y la guarda en el bolsillo, pero «al llegar a la cima del White Moss la puse en mi pecho, un lugar más acorde para ella».
Tanto el uno como el otro eran un poco vidrieras. William está constantemente agotado. La poesía lo deja hecho polvo: nunca está del todo satisfecho, aun cuando no sea capaz de encontrar ningún defecto a lo que ha escrito, y a veces incluso decide destruir un poema pero se siente incapaz, «y con esa indecisión se hacía mucho daño» (p. 124). Lo normal es que se pierda en el bosque junto al lago, concentrado en escuchar el canto de los pájaros, atento al advenimiento de algún verso, mientras Dorothy pasea tan campante (y el relato de sus paseos asombra por su hermosura) o se queda trabajando en el jardín. Siempre le duele algo, como enfermo de hiperestesia (por algo es pionero del romanticismo), aunque también a Dorothy, que se sobrepone con más templanza a sus dolores de cabeza y baja a la cocina para seguir con sus quehaceres.
Y lo mismo con Coleridge, de quien en el prólogo se nos informa de algo que merece la pena saber después de haber leído los diarios: que Dorothy lo rechazó (él estaba infelizmente casado) sin que por eso disminuyera su afecto, y que el láudano («opio, vino, especias y zumo de naranja») estaba haciendo estragos en la mente del poeta. Quizá por eso se duerme a mitad de una velada con Dorothy, algo que ella se limita a constatar, sin siquiera dar señales del más mínimo fastidio. Lo quiere, lo comprende, lo atiende, lo mima. Pero no puede ser.
El otro rasgo de modernidad procede del hecho de que estos diarios no parecen surgidos de la intención de publicarlos o de crear una obra con ellos. De hecho abundan las lagunas, los días en los que no ocurrió nada interesante o, sencillamente, dice, «he olvidado lo que pasó» (p. 82), lo que enriquece la verosimilitud del conjunto. Gracias a esa intimidad, a esa voluntad sencilla de anotar lo que ve, lo que pasa, lo que la pone contenta, la presumible retórica queda eliminada en favor de una prosa límpida, con frecuencia restallante, de una altura poética incuestionable. Es prosa, en su mayor parte, de frases cortas, de parataxis asindética, que acumula impresiones sin que en principio importe que unas no tengan que ver mucho con las otras, y suele rematar los párrafos con otra todavía más distinta pero al mismo tiempo elevada, interrogante, inspiradora. A veces se detiene en el detallismo vegetal, a «los troncos verticales de los fresnos [que] resplandecían como lanzas» (p. 102), a las genistas de tallos esbeltos que «se arqueaban como plumas, a medida que se acercaban a su extremo se volvían cada vez más delgados, el peso de la nieve los agitaba suavemente», o a sus queridos abedules: «…están sacando por todas partes una hoja pequeña: vistos así me parecen más ligeros y elegantes que cuando están completamente llenos de hojas grandes; el árbol parece inclinarse hacia la brisa, como enamorado de sus propios movimientos deliciosos».
El diario de Alfoxden, que no llega a veinte páginas, es anterior al de Grasmere, que ocupa casi todo el libro, y nos avisa el editor de que en las páginas de Alfoxden se sospecha que quizás algunos párrafos fueron escritos a cuatro manos con William. No me extrañaría. El tono es distinto, más enfático, más deliberadamente poético: «El paisaje parecía extenderse cuanto más se observaba, tanto que el pensamiento sentía miedo de calcular sus límites» (p. 254). Este y otros ejemplos sorprenden porque en todo el diario de Grasmere encontramos algo así. Y sin embargo allí disfrutamos, por ejemplo, de una preciosa de los narcisos (p. 161) que recuerda, en algún caso literalmente, el poema de William I wandered lovely as a cloud. Pero bastaría con la geórgica del viernes 16 de abril de 1802 para calibrar la calidad de lo que corresponde en exclusiva al genio de Dorothy, o cualquiera de sus paseos por los lagos, o la única vez que los abandona, cuando viaja a Londres y nos regala otra impresionante descripción de Calais: «Ningún paisaje de novela es ni la mitad de hermoso» (p. 222), dice allí, y de paso da una pista de cuál es la poética en la que se inspira, seguramente sin siquiera pretenderlo, por talento igual de natural que el color púrpura del abedul o la elegancia de las nubes que avanzan sobre los lagos.
Es probable que el del diario sea el género más practicado y el más desconocido, a no ser que sirva como documento añadido, y no estoy seguro de que pudiéramos leer ahora estos diarios si Dorothy no hubiera sido la hermana de William y testigo del alumbramiento del romanticismo inglés, si Coleridge no la hubiese pretendido, si en la casa donde horneaba el pan no se hubieran cocido las Baladas líricas. Pero nos habríamos perdido una obra extraordinaria por sí misma, con virtudes literarias que ahora nos parecen de lo más moderno. Está escrita por una mujer que lava la ropa y lee a Shakespeare, que pasea por el campo y traduce a Lessing del alemán, o espera a que se horneen las empanadas mientras copia los poemas de su hermano, escribe (y recibe) abundante correspondencia o lee a Boswell, a Spenser o a Chaucer. Desde luego que podríamos esperarnos una prosa de altura, cargada incluso de poesía, pero hay un par de rasgos que sorprenden por su hondura y su delicadeza.
El primero de esos rasgos es el fresco cotidiano. Dorothy se emplea en las descripciones de paisajes, todas impresionantes, pero también en la cantidad de mendigos, soldados heridos, familias errantes y demás paisanos de los lagos que aparecen por la casa y a los que ella presta su oído y su respeto, y en ocasiones algo del poco dinero de que dispone, cuyas historias escucha y cuenta y cuyas vidas comprende y admira. Ella y su hermano viven con apacible modestia, pero Dorothy no puede evitar el pensamiento de que «no somos lo bastante agradecidos con las condiciones de vida que disfrutamos» (p. 132). Y esa es de las pocas reflexiones que se salen de la actitud estrictamente descriptiva, de modo que sea el lector quien saque sus propias conclusiones sin necesidad de que nadie se las dicte. Ese nombrar, ese presentar sin juzgar, tan discreto como intenso –y por tanto elocuente–, es una virtud de alta literatura. En medio del inagotable afecto que demuestra hacia su hermano William, tan solo encuentro un muy discreto reproche: «William retiró algunas piedras del jardín, su primer trabajo en el jardín en lo que llevamos de año» (p. 119). Lo normal es que la ironía, de haberla, sea finísima: «William se encontraba muy bien, muy poético» (p. 76), o «William se cansó de buscar un epíteto para el cuco», o cuando anota que la despertó a las tres y media de la mañana «para saber la hora» (p. 120). Y lo mismo con su «queridísimo» Coleridge, de quien se muestra siempre muy pendiente, «cuántos motivos, tengo tantos motivos para preocuparme de él» (p. 85), y a quien le dedica muy sutiles muestras de amor, como cuando recibe carta suya y la guarda en el bolsillo, pero «al llegar a la cima del White Moss la puse en mi pecho, un lugar más acorde para ella».
Tanto el uno como el otro eran un poco vidrieras. William está constantemente agotado. La poesía lo deja hecho polvo: nunca está del todo satisfecho, aun cuando no sea capaz de encontrar ningún defecto a lo que ha escrito, y a veces incluso decide destruir un poema pero se siente incapaz, «y con esa indecisión se hacía mucho daño» (p. 124). Lo normal es que se pierda en el bosque junto al lago, concentrado en escuchar el canto de los pájaros, atento al advenimiento de algún verso, mientras Dorothy pasea tan campante (y el relato de sus paseos asombra por su hermosura) o se queda trabajando en el jardín. Siempre le duele algo, como enfermo de hiperestesia (por algo es pionero del romanticismo), aunque también a Dorothy, que se sobrepone con más templanza a sus dolores de cabeza y baja a la cocina para seguir con sus quehaceres.
Y lo mismo con Coleridge, de quien en el prólogo se nos informa de algo que merece la pena saber después de haber leído los diarios: que Dorothy lo rechazó (él estaba infelizmente casado) sin que por eso disminuyera su afecto, y que el láudano («opio, vino, especias y zumo de naranja») estaba haciendo estragos en la mente del poeta. Quizá por eso se duerme a mitad de una velada con Dorothy, algo que ella se limita a constatar, sin siquiera dar señales del más mínimo fastidio. Lo quiere, lo comprende, lo atiende, lo mima. Pero no puede ser.
El otro rasgo de modernidad procede del hecho de que estos diarios no parecen surgidos de la intención de publicarlos o de crear una obra con ellos. De hecho abundan las lagunas, los días en los que no ocurrió nada interesante o, sencillamente, dice, «he olvidado lo que pasó» (p. 82), lo que enriquece la verosimilitud del conjunto. Gracias a esa intimidad, a esa voluntad sencilla de anotar lo que ve, lo que pasa, lo que la pone contenta, la presumible retórica queda eliminada en favor de una prosa límpida, con frecuencia restallante, de una altura poética incuestionable. Es prosa, en su mayor parte, de frases cortas, de parataxis asindética, que acumula impresiones sin que en principio importe que unas no tengan que ver mucho con las otras, y suele rematar los párrafos con otra todavía más distinta pero al mismo tiempo elevada, interrogante, inspiradora. A veces se detiene en el detallismo vegetal, a «los troncos verticales de los fresnos [que] resplandecían como lanzas» (p. 102), a las genistas de tallos esbeltos que «se arqueaban como plumas, a medida que se acercaban a su extremo se volvían cada vez más delgados, el peso de la nieve los agitaba suavemente», o a sus queridos abedules: «…están sacando por todas partes una hoja pequeña: vistos así me parecen más ligeros y elegantes que cuando están completamente llenos de hojas grandes; el árbol parece inclinarse hacia la brisa, como enamorado de sus propios movimientos deliciosos».
El diario de Alfoxden, que no llega a veinte páginas, es anterior al de Grasmere, que ocupa casi todo el libro, y nos avisa el editor de que en las páginas de Alfoxden se sospecha que quizás algunos párrafos fueron escritos a cuatro manos con William. No me extrañaría. El tono es distinto, más enfático, más deliberadamente poético: «El paisaje parecía extenderse cuanto más se observaba, tanto que el pensamiento sentía miedo de calcular sus límites» (p. 254). Este y otros ejemplos sorprenden porque en todo el diario de Grasmere encontramos algo así. Y sin embargo allí disfrutamos, por ejemplo, de una preciosa de los narcisos (p. 161) que recuerda, en algún caso literalmente, el poema de William I wandered lovely as a cloud. Pero bastaría con la geórgica del viernes 16 de abril de 1802 para calibrar la calidad de lo que corresponde en exclusiva al genio de Dorothy, o cualquiera de sus paseos por los lagos, o la única vez que los abandona, cuando viaja a Londres y nos regala otra impresionante descripción de Calais: «Ningún paisaje de novela es ni la mitad de hermoso» (p. 222), dice allí, y de paso da una pista de cuál es la poética en la que se inspira, seguramente sin siquiera pretenderlo, por talento igual de natural que el color púrpura del abedul o la elegancia de las nubes que avanzan sobre los lagos.
Dorothy Wordsworth, Diarios de Grasmere y Alfoxden (1798-1803), trad. Gonzalo Torné, Alba, 2019, 263 p.

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