Desde que, en 1855, terminara de publicar Norte y sur hasta que retomara la novela larga con Los amores de Silvia en 1863 y, un año después, su gran testamento literario, dolorosamente inacabado, Hijas y esposas, Elizabeth Gaskell se dedicó a historias y relatos de aparente menor ambición, sobre todo los recogidos en Lady Ludlow, pero también dio a la imprenta una novela que unas veces se incluye entre las cortas y otra entre las largas (y aun otras en ambos inventarios), y ello tan solo por motivos de paginación, por ser más breve, porque El trabajo de una noche oscura es, en el sentido que se le quiera dar, otra de sus grandes novelas.
Cuestiones aritméticas aparte, esta discreta postergación quizá se deba a que Gaskell sorprende aquí con una combinación de géneros narrativos a la que no estábamos acostumbrados y de motivos que ya habíamos visto en otras novelas suyas. Es cierto que empieza como después empezarán sus dos últimas novelas largas, con las ilusiones poco probables de una mujer culta y leal para con un hombre que no la merece. Su dilatado arranque nos sitúa en ese mundo austeniano a partir del que Gaskell suele usar el bisturí sociológico, en este caso la lanceta de sangrar caballos. Pero da la sensación de que, más que prepararnos para el giro argumental que nos espera, Gaskell cambia de idea y lo que prometía ser una historia sentimental y realista se anima con el dominio del relato gótico que ya tenía más que demostrado. De pronto hay un cadáver en la biblioteca.
Hasta ahora navegábamos tranquilamente por la casa del señor Wilkins, un abogado que, como sucederá después con el médico de Hijas y esposas, padece el estigma de dedicarse a una profesión socialmente inferior al mundo de los desocupados insignes. Este hombre, que ha perdido a su mujer y a una de sus hijas, tiene en la otra, Ellinor, el único motivo para no venirse abajo, y aun así Wilkins tiene ese aire shakespeariano de los personajes que se abandonan a la inacción, que se hartan de tirar del carro de su probidad profesional y se dan a la desidia y al alpiste. Ni siquiera Dunster, un empleado riguroso y antipático al que Wilkins hace socio para que el despacho siga adelante, logra detener la caída libre. Ni tampoco el joven Corbet, prometido de Ellinor y vástago de una rancia familia que desprecia al abogado. Ni siquiera el viejo y leal criado Dixon, de quien nos acordaremos en Los amores de Silvia cuando aparezca el viejo Kester.
Con estos mimbres Gaskell trenzaría hermosos cestos, pero aquí, de pronto, hay un cadáver, y la prosa remansada se desata, y la luz de la luna ilumina una escena propia de Horace Walpole. Es, insisto, como si la autora hubiera decidido que no le gustaba ese camino y que había que pegar un puñetazo en la mesa, hacer a un lado los papeles, mojar de nuevo la pluma en tinta negra y seguir con renovados bríos y elementos ya conocidos.
Porque a partir de aquí, y sin que la intensidad y el interés decrezcan en ninguna página, Gaskell reutiliza pasajes y personajes que nos suenan de novelas anteriores, sobre todo de Mary Barton y de Ruth: la complicidad atormentada con los delitos paternos, hasta cierto punto fortuitos, o por lo menos fruto de un impulso desesperado, como es el caso del padre de Mary Barton; el juicio a un inocente leal como quien cargó con las culpas de aquel crimen, y la consiguiente lucha de la protagonista entre el amor a la verdad y la lealtad a los seres queridos. Pero también aparece, como en Ruth, el petimetre seductor que luego se llama andana o los buenos amigos que protegen a la muchacha, en este caso varios personajes que mantienen el tono de cercanía y de bondad que siempre suena incluso detrás de las más tristes circunstancias. Allí están la institutriz Munro, el protector Ness, el fiel Dixon o el pretendiente Livingstone, que es como si el Collins de Orgullo y prejuicio fuera un tipo que nos cayera bien. Todos ellos forman ese coro ético frente al que la arrogancia y la deslealtad se amilanan en el escenario. Incluso Corbet, que podría ser tan miserable como el que abandonó a su suerte a Ruth, acaba cediendo, en su condición de triunfador, más a los impulsos de la integridad que a los de la reparación o la mala conciencia. Es cierto que el desenlace puede parecer una versión del de Mary Barton en todo lo que tiene que ver con el juicio al inocente, pero en ningún caso disuena con el desarrollo del argumento ni con el juego de géneros con el que Gaskell lo ha hecho progresar. Al contario, uno se sonríe con frecuencia al encontrar un nuevo alarde argumental de esta sabia contadora de historias: allá donde se espera una determinada solución narrativa, la autora sorprende con otra que, además, es la más lógica de cuantas podía utilizar. Sorprender con lo inesperado es mucho más sencillo que hacerlo con lo esperable. En Gaskell es una constante lección de cómo se desarrolla una trama.
Parece ser que esta novela surgió de un merecido descanso, de un viaje que llevó a Gaskell a Roma, estancia de la que en la novela quedan algunas descripciones del carnaval que, según su biógrafa, responden punto por punto a lo que vivió la autora, así como el itinerario de su regreso, que en la novela es un desesperado saltar de barcos a trenes para salvar de la horca a alguien por quien en su tiempo no era frecuente tomarse demasiadas molestias, el pobre criado Dixon, tratado con el respeto y la delicadeza que Gaskell pone siempre al servicio de quienes no tenían quien contara cómo de nobles pueden llegar a ser.
Un placer. Otro. Terminamos la novela y nos ponemos a preparar un kedgeree, el arroz con huevo, especias y pescado ahumado con el que se desayuna el juez que no puede volver atrás pero al menos tiene la oportunidad de reparar el gran error de su vida: no haber sido valiente para amar a la única mujer que lo habría hecho feliz.
Cuestiones aritméticas aparte, esta discreta postergación quizá se deba a que Gaskell sorprende aquí con una combinación de géneros narrativos a la que no estábamos acostumbrados y de motivos que ya habíamos visto en otras novelas suyas. Es cierto que empieza como después empezarán sus dos últimas novelas largas, con las ilusiones poco probables de una mujer culta y leal para con un hombre que no la merece. Su dilatado arranque nos sitúa en ese mundo austeniano a partir del que Gaskell suele usar el bisturí sociológico, en este caso la lanceta de sangrar caballos. Pero da la sensación de que, más que prepararnos para el giro argumental que nos espera, Gaskell cambia de idea y lo que prometía ser una historia sentimental y realista se anima con el dominio del relato gótico que ya tenía más que demostrado. De pronto hay un cadáver en la biblioteca.
Hasta ahora navegábamos tranquilamente por la casa del señor Wilkins, un abogado que, como sucederá después con el médico de Hijas y esposas, padece el estigma de dedicarse a una profesión socialmente inferior al mundo de los desocupados insignes. Este hombre, que ha perdido a su mujer y a una de sus hijas, tiene en la otra, Ellinor, el único motivo para no venirse abajo, y aun así Wilkins tiene ese aire shakespeariano de los personajes que se abandonan a la inacción, que se hartan de tirar del carro de su probidad profesional y se dan a la desidia y al alpiste. Ni siquiera Dunster, un empleado riguroso y antipático al que Wilkins hace socio para que el despacho siga adelante, logra detener la caída libre. Ni tampoco el joven Corbet, prometido de Ellinor y vástago de una rancia familia que desprecia al abogado. Ni siquiera el viejo y leal criado Dixon, de quien nos acordaremos en Los amores de Silvia cuando aparezca el viejo Kester.
Con estos mimbres Gaskell trenzaría hermosos cestos, pero aquí, de pronto, hay un cadáver, y la prosa remansada se desata, y la luz de la luna ilumina una escena propia de Horace Walpole. Es, insisto, como si la autora hubiera decidido que no le gustaba ese camino y que había que pegar un puñetazo en la mesa, hacer a un lado los papeles, mojar de nuevo la pluma en tinta negra y seguir con renovados bríos y elementos ya conocidos.
Porque a partir de aquí, y sin que la intensidad y el interés decrezcan en ninguna página, Gaskell reutiliza pasajes y personajes que nos suenan de novelas anteriores, sobre todo de Mary Barton y de Ruth: la complicidad atormentada con los delitos paternos, hasta cierto punto fortuitos, o por lo menos fruto de un impulso desesperado, como es el caso del padre de Mary Barton; el juicio a un inocente leal como quien cargó con las culpas de aquel crimen, y la consiguiente lucha de la protagonista entre el amor a la verdad y la lealtad a los seres queridos. Pero también aparece, como en Ruth, el petimetre seductor que luego se llama andana o los buenos amigos que protegen a la muchacha, en este caso varios personajes que mantienen el tono de cercanía y de bondad que siempre suena incluso detrás de las más tristes circunstancias. Allí están la institutriz Munro, el protector Ness, el fiel Dixon o el pretendiente Livingstone, que es como si el Collins de Orgullo y prejuicio fuera un tipo que nos cayera bien. Todos ellos forman ese coro ético frente al que la arrogancia y la deslealtad se amilanan en el escenario. Incluso Corbet, que podría ser tan miserable como el que abandonó a su suerte a Ruth, acaba cediendo, en su condición de triunfador, más a los impulsos de la integridad que a los de la reparación o la mala conciencia. Es cierto que el desenlace puede parecer una versión del de Mary Barton en todo lo que tiene que ver con el juicio al inocente, pero en ningún caso disuena con el desarrollo del argumento ni con el juego de géneros con el que Gaskell lo ha hecho progresar. Al contario, uno se sonríe con frecuencia al encontrar un nuevo alarde argumental de esta sabia contadora de historias: allá donde se espera una determinada solución narrativa, la autora sorprende con otra que, además, es la más lógica de cuantas podía utilizar. Sorprender con lo inesperado es mucho más sencillo que hacerlo con lo esperable. En Gaskell es una constante lección de cómo se desarrolla una trama.
Parece ser que esta novela surgió de un merecido descanso, de un viaje que llevó a Gaskell a Roma, estancia de la que en la novela quedan algunas descripciones del carnaval que, según su biógrafa, responden punto por punto a lo que vivió la autora, así como el itinerario de su regreso, que en la novela es un desesperado saltar de barcos a trenes para salvar de la horca a alguien por quien en su tiempo no era frecuente tomarse demasiadas molestias, el pobre criado Dixon, tratado con el respeto y la delicadeza que Gaskell pone siempre al servicio de quienes no tenían quien contara cómo de nobles pueden llegar a ser.
Un placer. Otro. Terminamos la novela y nos ponemos a preparar un kedgeree, el arroz con huevo, especias y pescado ahumado con el que se desayuna el juez que no puede volver atrás pero al menos tiene la oportunidad de reparar el gran error de su vida: no haber sido valiente para amar a la única mujer que lo habría hecho feliz.
Elizabeth Gaskell, El trabajo de una noche oscura, trad. Tatiana Marco Marín, Libros de seda, 2023, 285 p.

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